sábado, 29 de octubre de 2016

Otro pájaro


Escucho corazón en corazón
y la belleza queda adentro del vuelo del cristal.
Hay que barrer la vida y volver a las cosas de siempre: la mesa puesta, el mantel extendido, la hora de llegada, el silencio con que comienza el día, alborotado de cantos y de luces.
Escucho corazón
y mi mano dibuja otro pájaro con su pico repleto de palabras que traza una línea en lo blanco del cielo.
Escucho corazón en corazón por sobre corazón
y me late la sangre de los ojos que es pájaro de vuelo quebradizo
y una llave de oro con que abrir el futuro,
que ya el pasado se gastó de puro invierno.

miércoles, 26 de octubre de 2016

La igualdad de las cosas

Siempre han sido iguales las cosas. Simplemente se trataba de mis ojos embelleciéndolas al mirar. ¿Era eso, no? ¿Era la forma de mirar que no tiene regresos y nos llena de temor como si fuésemos niños que conocemos la respuesta que nos darán, aún antes de preguntar? Se trataba de mis ojos, entonces. Las cosas siempre han sido eso: cosas. Y han estado allí para que mi mirada las fuera anudando en el hilo de una posible significación. Era el sentido que todo lo reúne de manera caprichosa y estremecedora; definitiva y medular. Respiro con la certeza profunda de que ahora abriré los ojos y el mundo seguirá allí, con sus cosas iguales y yo, con mis ojos para mirar, sorprendida  por el estupor de la conmiseración, pero sabiendo que la pregunta no está en las cosas sino en mi forma de mirar. 

La herida de lo faltante

En la mañana, silba a un lado y otro de los pájaros para que la verdad haga su nido y regrese la hermosura por debajo de todo mal. 
Va por la casa persiguiendo el perfume del tomillo para cubrirse la herida de lo faltante y descansar. Sabe que, en espacios pequeños, entre los brazos, casi es seguro que pueda sonreír. 
Pero conoce que, en los regresos, siempre habita el temor. 

lunes, 24 de octubre de 2016

La escuela de las hadas

Cuando yo era una niña  quería ser Cordelia y haber nacido del huevo azul de una golondrina o del agua de una fuente que hubiera oído cantar a los niños... me llenaba de esperanza saber que cualquier niña podía llegar a serlo, que solo hacía falta un poco de suerte y un corazón bien puesto. Como lo primero -la suerte, digo- no me venía siendo favorable; me empeñé en el asunto del corazón bien puesto, es decir, del lado izquierdo, algo centrado y latiendo a ritmo. Hay que decir que las hadas como Cordelia hablan y su voz baja por los tallos de las flores, corre de una raíz a otra y se desgarra en enredaderas de campanillas azules que solo ellas oyen. El mundo, vivido así, con boca y ojos de hada, es un sitio inhóspito que nunca está a la altura de semejantes feéricas expectativas. Pero he insistido y, curiosamente, cuanto más aprendí a ser hada, más supe rodearme de gente de delicados gestos de belleza. Como una cinta suave, sus miradas me envuelven y me arropan en las noches de lluvia, me sirven banquetes del árbol de los panes y quesos, me visten con tules de colores y me aceptan, medio hada, medio tonta, medio torpe... Y a esta altura, eso me ha dado la única varita posible que yo necesitaba: que ellos me soplaran en el viaje para hacerme invisible. "El viento sopla de Norte a Sur, y acaba de pasar una bandada de golondrinas. Son las doce y media y dentro de media hora será la una.*"  Puedes cerrar los ojos, Cordelia: te has recibido de hada. 

* Conrado Nalé Roxlo, La escuela de las hadas, Buenos Aires, Colihue, 1998

viernes, 21 de octubre de 2016

La verdad

Como una hoja fría se ha limpiado la herida. Ahora mana una sangre roja, una sangre que duele en el tajo abierto de la carne, una sangre que me moja la boca y tiñe mis palabras. Cierro los ojos para apartar imágenes de fuego que giran en el amanecer que entra por los vidrios. No hay reescrituras. Estoy desnuda y sangro. Es una sangre roja. Es una sangre limpia. Con las piernas inmersas en la tierra, despliego mis raíces. La verdad no tiene sustitutos: es una hoja fría, es un filo de oxígeno brillando con su pulso en la tormenta. Y sangro, mientras me río con burbujas de luces que rompen el curso de las lágrimas. Hay pájaros volando entre mis muslos largos. Son unas aves blancas y se tiñen de sangre. 

jueves, 13 de octubre de 2016

Panadero

Renacen los panes que habíamos perdido en no sé ya qué mesa en que las palabras había levado de manera imperfecta y defectuosa. Un poco más o menos de sal arruinó la cosecha y no había manera de que el cuchillo entrara en la materia para sanarla un poco. Entonces vi tus manos en el plato , mover con sutileza las harinas, esperar el instante en que el vapor consume la humedad en fragancia. Viniste con tu luz encerrada en una linterna pequeñita a ver cómo iba todo en ese calor que era un mundo entero. Y yo quería hablar, porque los verbos me alivian el sustento; pero había silencio y la harina levaba su carne de pureza dormida. El tiempo: ese brujo que teje o que desteje y que iba cosiendo tus panes y mi boca, esto que era la casa en que habíamos resuelto que vivíamos: una pequeña capa crocante por arriba y una miga suavísima, de granos diminutos donde el mundo movía su rito hospitalario. Un colibrí volaba de tus ojos al cielo y volvía a traerme un tendal de abrazos que yo iba enjuagando y colgaba al sol mientras tu pan crecía. Después tendí la mesa para que pudiésemos besarnos, que era lo que tanto queríamos y nos reímos frescos: corría la mañana con sus brisas de horno perfumado. El animal deseoso nos bordeaba los cuerpos que iban descubriendo las rutas que allí estaban: desde siempre, desde el día en que se rozaron un lejano enero. Cortaste el pan y lo fuimos comiendo en un giro infinito: esa dicha perfecta del que da de comer y el que agradece, panadero. 
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