sábado, 25 de junio de 2016

Desperté puro cuerpo y la lluvia

El deseo de la lluvia brilla en la oscuridad como una mano suave que buscar acariciar la superficie retraída del paisaje que canta.
Hay pequeños alivios al pie de los árboles que surcan el camino.
Alondras entre las hojas verdes del invierno que sueña primaveras.
Alondras entre la sal del viento atravesada de lado a lado por una flecha aguda disparada entre horas.
La clara voz se va como una piel sobre la marea de las palabras que cesan su marejada tormentosa para separar el verbo del corazón y dejar que la sangre se amanse, se arremoline y venza al fuego.
La vida vira de lo que quiere a lo que puede y tiembla -certera- sobre sus lágrimas.
Es un saber que sabe que no sabe, pero intenta.
Otra vez más.
De este lado del vidrio, la ventana es un agua profunda donde sumerjo mis animales para que naden libres los días que me faltan.
Los niños de mis sueños han reído con toda su belleza.
Y desperté puro cuerpo y esperando la lluvia

jueves, 23 de junio de 2016

Algo así

Así como que bajen arrabales desde dentro del alma.
Así como que sobre sol, cuando cierro los ojos.
Así como que no haya piedras que taponen los nudos.
Así como que esta noche se salve y se abran de repente, uno a uno, los colmenares que perfuman la luna.
Así como que suba paredes el amor y vea desde arriba las palabras perdidas, como que cese el viento y se vean los peces, como que se arrojen de cabeza los miedos en el piso y la balanza caiga de un lado o del otro, pero caiga.
Así.
Algo así.
O de otra manera.
Pero que sea algo
y yo con ello,
atrapada en la red de la tarde dormida.
Así,                                                                        
bailando en el aire    
la danza de los justos que dice que sea algo.
Algo así.
El germen de otro sueño.
La vigilia del tiempo.
La flor de la belleza.
La falla de mis nombres.
Mi desnudez vestida.
Mi tibio corazón.
Así.
Como si fuera algo.
Algo así.

Móvil de Juliana Bollini

Cosas poco prácticas

(c) Juliana Bollini
Sé pocas cosas y todas poco prácticas. Cualquiera diría que no sirve para mucho atravesar la niebla del otoño con los ojos abiertos, o zurcir amapolas de hojas desgarradas. Quizá tampoco mirar por las ventanas de los trenes el tamaño del tiempo que es la luna o escuchar la piedra que mella las palabras. No sería de puro pragmatismo conocer dónde queda esa calle que es ávida de puertos, o el sitio exacto donde se impide el paso del dolor otra vez, o el aire del amor que dibuja la muerte. Y sin embargo tiemblo como un fósforo en medio de la lluvia y no entiendo por qué.

martes, 21 de junio de 2016

Qué simple es

La suavidad del verbo adelgazado en letras.
La madera que es más sutil que el tiempo.
Los perros que ladran en el alba.
Los corpúsculos brillantes de la nieve.
La tarde del silencio que se abisma.
Los libros del deseo escritos en la luz.
La voz con el borde del abrazo del árbol.
El caballo que se esconde en el viento.
El cantar casi río.
El cuerpo casi carne.
El beso casi fuego.
El amor.

Qué simple es.


El Roca/ Por la tarde

Los pájaros bajan en picada al borde de los vidrios del tren detenido en la estación. El sol llueve sobre los recodos donde la sombra se guarece y busca darle sentido a lo que aún queda escondido en las raíces de los árboles como si fuera un pequeño tesoro, tan diminuto que cabe en un pañuelo plegado. A través del viento envío una palabra porque, a ciencia cierta, creo que no conozco ninguna otra cosa. Todo se resume en esa verdad: cristalina como la gota de oro que el sol sacude ahora que el tren se ha puesto en marcha. Después estiraré la hebra para zurcir la vida con aguja de plata y mis dedales de madera pintada cantarán la melodía que he sabido enseñarles. El tren cruza los bordes mientras cae la tarde, mojada de luz detrás de las ventanas. Se carga de agua el andén de la estación: llueven rayos solares otra vez. 

viernes, 17 de junio de 2016

La amiga

La amiga estacionó el auto en una vuelta, sacó dos tazas con flores de colores  y un termo verde. Al lado, un policía bajó del auto y abrió el baúl. Se ajustó el revólver negro y la caja con las balas. Ella pensó que era justo lo que necesitaba ver: alguien ciñiéndose un arma lista para matar. El resto del paisaje era un plaza fría, el puente para cruzar las vías y una calesita detenida. Miró hacia el frente. El policía cerró el baúl y la amiga sirvió el té. El auto se llenó de un olor fresco y salvaje a té: negro, sin azúcar. Las palabras fueron vertiéndose a la par del líquido: una taza, dos tazas. Pero no se quedaron trabadas en el interior: por la ventana entreabierta las palabras salían y eran pájaros azules desenredándose entre las ramas frías hacia el cielo gris; eran pájaros volando sobre los trenes que iban y venían sin cesar; eran niños que se trepaban a la calesita que comenzaba a girar. Después, cuando ella emprendió el regreso, en el atardecer dorado, las palabras se hicieron lana y la arroparon como un abrigo infinito que le dio calor al cuerpo y entonces al corazón.

lunes, 13 de junio de 2016

El amor tiene rodillas rotas

Pongo mi corazón alucinado en esta taza.
Y le echo agua hirviendo para que se haga una tisana con esas plumas nuevas.
Dicen que la infusión de plumas de corazón alucinado son capaces de revertir el sentido del viento para que salga el sol sobre las últimas praderas que han sido tan lluviosas.
Ya estoy bastante anciana.
Y tengo los párpados cansados de verme repetida al infinito.
¿Será esa la deuda con la muerte o habrá otra forma para salir del laberinto?
El corazón alucinado bulle en el agua que hierve y llena el borde de la taza, pero no puedo verlo.
Todos mis ojos están puestos en la forma que asume la verdad entre puntada y tela.
¿Por qué volver del sueño cuesta tamaña sangre?
¿Por qué no puede ser más simple la tormenta en el mar que, ciegos, navegamos?
Lo que mi corazón alucinado en agua hirviendo dice es que quiero creer, quiero estar viva, quiero negar esta vez el abismo: el mío personal.
Atrás gritan las viejas bocas las palabras de siempre.
Y el futuro es una niebla de sapos, de guerreros dormidos, de furores cansados y algún que otro jilguero.
A veces el amor  tiene rodillas rotas y sin embargo continúa el camino, sangrando, con los ojos llorados; con la esperanza que agoniza en los dedos. Él sigue: va cambiando sus viejas vestiduras y persiste de desastre en desastre para que, a veces, se estrenen maravillas. 
Y los jilgueros en la línea de bruma de la tarde cantan.
Todavía.
Su canto es verdadero.
Porque no hay otra cosa que la verdad para cantar.
Es la única flor que los siglos mantienen intacta aunque caiga la lluvia.
La tristeza es una trampa húmeda y las tisanas de corazón alucinado saben a muerto pronto.
Desde el alcázar del dolor no se ve la mañana.
Hay que curar las llagas del amor con palabras que sepan a verdad.
Lo demás es el agua que queda en el fondo de la taza: congelada, vacía y corre veloz por el caño a la calle.
El amor tiene rodillas rotas, pero camina.
Con sus vestidos de ayer, con los de ahora: siempre camina.
Siempre: es decir, todos los días que me quedan en esta frágil vida. 

sábado, 11 de junio de 2016

Grupo de familia/La herencia del dolor

Antes o después, el dolor siempre tiene herederos.
En estos días había pensado escribir con palabras tan dulces que fueran capaces de mitigar el pasado, como si los días vividos pudieran, si no borrarse,  dejarse limar en sus punzantes asperezas.
Y entonces sucedió.
Dos o tres líneas y cayó esa herencia en la que siempre tengo la forma desgarrada.
La luz severa y sin resquicios para colar la vida.
Buscar consuelo donde hay otra muralla y darse la cabeza con las piedras hasta ver cómo sangra y pensar en las máculas, los signos, los estigmas, la trasnochada sombra.
Un viento blanco que trae la vergüenza de andar pidiendo amor de puerta en puerta y que nadie se abra.
¿Quién corrige la hora de esa fiesta en que éramos niños y supimos mirarnos?
¿Quién vuelve atrás la vida que navega en la letra?
El asesino de las planicies ha muerto hace años.
Y sin embargo acecha en dos o tres palabras.
Ya se ha dañado el día en que pudimos decirnos la suavidad enternecida del recuerdo.
Cada vez el círculo asfixia más a gusto.
Y quedo yo, adentro, pidiéndole a tu sangre que recuerde y que abras tu alma para que el asesino muera de una vez para siempre sin lastimarnos con sus garras de muerto.

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