lunes, 24 de octubre de 2016

La escuela de las hadas

Cuando yo era una niña  quería ser Cordelia y haber nacido del huevo azul de una golondrina o del agua de una fuente que hubiera oído cantar a los niños... me llenaba de esperanza saber que cualquier niña podía llegar a serlo, que solo hacía falta un poco de suerte y un corazón bien puesto. Como lo primero -la suerte, digo- no me venía siendo favorable; me empeñé en el asunto del corazón bien puesto, es decir, del lado izquierdo, algo centrado y latiendo a ritmo. Hay que decir que las hadas como Cordelia hablan y su voz baja por los tallos de las flores, corre de una raíz a otra y se desgarra en enredaderas de campanillas azules que solo ellas oyen. El mundo, vivido así, con boca y ojos de hada, es un sitio inhóspito que nunca está a la altura de semejantes feéricas expectativas. Pero he insistido y, curiosamente, cuanto más aprendí a ser hada, más supe rodearme de gente de delicados gestos de belleza. Como una cinta suave, sus miradas me envuelven y me arropan en las noches de lluvia, me sirven banquetes del árbol de los panes y quesos, me visten con tules de colores y me aceptan, medio hada, medio tonta, medio torpe... Y a esta altura, eso me ha dado la única varita posible que yo necesitaba: que ellos me soplaran en el viaje para hacerme invisible. "El viento sopla de Norte a Sur, y acaba de pasar una bandada de golondrinas. Son las doce y media y dentro de media hora será la una.*"  Puedes cerrar los ojos, Cordelia: te has recibido de hada. 

* Conrado Nalé Roxlo, La escuela de las hadas, Buenos Aires, Colihue, 1998
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