viernes, 16 de septiembre de 2016

Un viaje: -101 días

Ella extiende el mapa: una pantalla que titila y pone imprimir. Ahora apoya el papel en la mesa y piensa . Todo empieza siempre en París -de una u otra manera- hay allí una especie de ombligo del viaje que no puede eludir. Y luego un tren, como no podía dejar de ser. Ve una valija magenta, la Gare de Lyon y tres horas hasta Saint-Charles. Llegar, abrazar, besar, abrazar, volver a besar y caminar por las callecitas hasta Saint-Hilarie. Después será visitar Saint-Cannat, y la mesa tendida el 31 con esa parte armenia de mi familia con la que seré feliz. ¿Y después? ¿Qué viene despues?, piensa ella. ¿Buscar la belleza de los relatos en las calles? ¿Caminar por las calles originarias de Génova con una niña a la que debe transmitir la herencia de una palabra que a veces se diluye? ¿Ver a Jorge Luis en Ginebra y leerle algún poema para que me recuerde? ¿O seguir la huella de un rey en Aquisgran? ¿Subir al Mont-Saint Michel cuando la marea baje? ¿Internarse en las calles de Bruselas y las de Brujas? ¿Conocer los canales de Ámsterdam? ¿Cruzar el canal y llegar a Londres, esa gema desconocida que la deja indiferente? ¿O tal vez avanzar hasta Berlín? ¿O buscar a Leonardo en los castillos de los reyes del Loire? El mapa se le antoja la representación del deseo que, por ahora, arma a fuerza de pura voluntad. La vida está -cada vez más.- sujeta con alfileres quebradizos y los sentidos interiores no quieren desaparecen arrasados por la belleza del mundo que se impondrá como un libro abierto. Entonces recuerda que, en Clunny están ellas: la dame y la licorne. Y sabe que subirá esa escalera que cruje para quedarse en penumbras ante los tapices que volverán a decirle las cinco vías del conocimiento para arribar al deseo, que es la única belleza y verdad. 

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