sábado, 10 de septiembre de 2016

Esas otras que ya no puedo ser

En otro lugar, a esta hora, el sol está cayendo entre mis manos.
Allí son apenas las siete de la tarde y el espectáculo del mundo es amarillo sobre un borde de agua.
En ese mismo sitio, mi corazón palpita como un pájaro que canta
y hablo en otra lengua el verso de otro amor que no conozco.
Mi voz es una suave música de tonos prolongados
y allí mis piernas huyen despacio -no como aquí que corro sin descanso-.
En ese otro sitio ya no tengo impaciencias; pero me habita una misma nostalgia que teje idénticos dolores.
No hay nada que termine en ese otro allí.
Muda, mi boca suspira entre los dientes
y el mar es agua tan profunda que estremece.
Hay fuegos en las islas lejanas
y abriga a la distancia una cadencia de primaveras otras.
A veces tengo ganas de llorar, como ahora y aquí:
ha de ser la azul melancolía de todas las mujeres que ya no puedo ser: la bella,  la dura, la cuerda, la de curvas sinuosas, la generosa, la dulce, la que nunca se asusta, la que no escribe nunca, la silenciosa.
Ha de ser la tristeza por las médusas altivas de mi alma,
por la harina sin fin de mis fantasmas,
por el amargo pan.
Eso ha de ser.
Y en aquel sitio,
bajo otra mirada que me observa y me habla de oros en los ojos
soy otra yo,
casi mejor de tanto desconcierto.
En ese allí se me han ido los rizos que yo tengo y mi cabello sumergido es una red donde nadan estrellas y peces encendidos mientras voy por las aguas, con la cabeza hundida y sin ningún temor.
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