lunes, 18 de julio de 2016

Desaparecidos

Todo este puto día pensé en tu polera negra y mi desconsuelo, en la soledad raída de mis manos aquellas madrugadas en el campo en las que no podía volver a dormir y pensaba la furia que se comía de a pedazos mi pobre corazón inexplicable. Pensé en la fuente de huevos fritos de la tía Elaine y mi estómago cerrado en un puño, en el terrible dolor de no entender qué era lo que había sucedido, qué hacía yo -de solo dieciséis- en ese pueblo de cuatro calles que no tenía cura los trescientos sesenta y cinco días más ingratos de mi vida. Pensé en la palabra que me habitaba como una morada por donde todavía podía desplazarme mientras mi cuerpo se hacía más liviano y se fijaba en la noche como vientre de piedra. pensé en mi destierro como una paria, sin amigos, sin familia, apartada de todo y de todos. La vida siempre es el recuerdo de esa víspera, de ese territorio en que nos hirieron y fuimos fuertes para penar la herida. Y yo entonces no podía y lo pensé todo este puto día en que me parecía que había salido sin apagar la hornalla y la casa explotaba en una furia de canarios encendidos. Yo entonces no podía y también en ese campo interminablemente oscuro yo estaba desaparecida de mi misma. Y solo había mis palabras, la lluvia que me llaga los tobillos y tu polera negra que del 76 a esta parte está sucia y algo desteñida. escribo cartas que nadie recibirá y que dicen que en este puto día me fui como el viento cuando golpearon tu rostro, cuando la vida -esa de entonces- terminó.
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