viernes, 17 de junio de 2016

La amiga

La amiga estacionó el auto en una vuelta, sacó dos tazas con flores de colores  y un termo verde. Al lado, un policía bajó del auto y abrió el baúl. Se ajustó el revólver negro y la caja con las balas. Ella pensó que era justo lo que necesitaba ver: alguien ciñiéndose un arma lista para matar. El resto del paisaje era un plaza fría, el puente para cruzar las vías y una calesita detenida. Miró hacia el frente. El policía cerró el baúl y la amiga sirvió el té. El auto se llenó de un olor fresco y salvaje a té: negro, sin azúcar. Las palabras fueron vertiéndose a la par del líquido: una taza, dos tazas. Pero no se quedaron trabadas en el interior: por la ventana entreabierta las palabras salían y eran pájaros azules desenredándose entre las ramas frías hacia el cielo gris; eran pájaros volando sobre los trenes que iban y venían sin cesar; eran niños que se trepaban a la calesita que comenzaba a girar. Después, cuando ella emprendió el regreso, en el atardecer dorado, las palabras se hicieron lana y la arroparon como un abrigo infinito que le dio calor al cuerpo y entonces al corazón.
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