sábado, 11 de junio de 2016

Grupo de familia/La herencia del dolor

Antes o después, el dolor siempre tiene herederos.
En estos días había pensado escribir con palabras tan dulces que fueran capaces de mitigar el pasado, como si los días vividos pudieran, si no borrarse,  dejarse limar en sus punzantes asperezas.
Y entonces sucedió.
Dos o tres líneas y cayó esa herencia en la que siempre tengo la forma desgarrada.
La luz severa y sin resquicios para colar la vida.
Buscar consuelo donde hay otra muralla y darse la cabeza con las piedras hasta ver cómo sangra y pensar en las máculas, los signos, los estigmas, la trasnochada sombra.
Un viento blanco que trae la vergüenza de andar pidiendo amor de puerta en puerta y que nadie se abra.
¿Quién corrige la hora de esa fiesta en que éramos niños y supimos mirarnos?
¿Quién vuelve atrás la vida que navega en la letra?
El asesino de las planicies ha muerto hace años.
Y sin embargo acecha en dos o tres palabras.
Ya se ha dañado el día en que pudimos decirnos la suavidad enternecida del recuerdo.
Cada vez el círculo asfixia más a gusto.
Y quedo yo, adentro, pidiéndole a tu sangre que recuerde y que abras tu alma para que el asesino muera de una vez para siempre sin lastimarnos con sus garras de muerto.

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