sábado, 31 de octubre de 2015

¿Por qué voy a votar a Scioli?

Porque escribí libros de Lengua que el Ministerio de Educación repartió gratis en cientos de escuelas públicas.
Porque escuché a una maestra en el Chaco cuando me contaba de una alumna que siempre tenía la netbook enchufada para llevarla cargada a su casa donde no tenía luz y estudiar sin gastarle velas a la madre.
Porque vi, en el sur, a una piba, en medio de la nada, con su netbook conectada a un panel solar estudiando.
Porque tenemos el calendario de vacunas  más completo de Latinoamérica.
Porque se repartieron nueve millones de libros de literatura  para los chicos a lo largo y a lo ancho del país.
Porque tenemos un Centro Cultural bellísimo donde todas las actividades son gratuitas.
Porque los derechos humanos fueron reivindicados como política de Estado.
Porque no creo que Scioli y Macri sean lo mismo: ninguno hará la revolución que soñaron mis padres, es cierto; pero Macri me deja a miles de kilómetros de esa utopía y Scioli, unas pocas estaciones más cerca.
Porque no quiero volver a las noches en que cenaba mi hijo y yo, con mi sueldo de docente, comía las sobras.
Porque no me importan los modales de Cristina: la elegí como presidenta, no para que sea mi amiga.
Porque en estos doce años mi situación personal progresó ya que mi esfuerzo personal se dio en una sociedad que progresaba.
Porque creo que hacer política no es "ayudar" a nadie sino construir entre todos.
Porque el Estado Nacional pagó cada uno de los tramos de mi formación profesional desde que entré a primer grado hasta que egresé de la Universidad de Buenos Aires y tengo una deuda que saldar para que otros puedan estudiar como yo lo hice.
Porque me gusta viajar en tren cada mañana cuando voy y vengo de mi trabajo y que estén limpios y salgan a horario.
Porque quiero poder visitar a mi familia que vive en el exterior una vez cada tanto y no perderme el crecimiento de mis sobrinos.
Porque quiero dejarle una casa a mi hijo ganada con mi trabajo.
Porque lo dijo Rodolfo Walsh en su última carta: los planes económicos que hambrean a los pueblos solo se sostienen con represión y yo no quiero más de esto.
Por todo esto, el 22 de noviembre pondré mi voto por Daniel Scioli, por el Frente para la Victoria.

De los sueños y las casas

¿Qué es un sueño? En principio algo íntimo, personal. Yo sueño, por ejemplo, con comprar un terreno y levantar una casita, pequeña; pero que tenga un patio o un jardín diminuto y enormes ventanas por donde pase el sol. Algo modesto, se entiende; pero que pueda dejar como legado. Ese es mi sueño. 
Y para que sus sueños se hagan realidad (porque de eso se trata) una hace unos números, consulta, diseña, planifica, piensa en las horas y las trabaja sin prisa y sin pausa porque los padres le enseñaron la fuerza del esfuerzo aunque, en este caso, se trate de trabajo intangible, falto de materialidad, pero que conlleva sus horas de cansancio (como todo trabajo).
Pero esa es tan solo la quintita de una, el sueño privado, si se quiere. Para que haya esa casa, el sueño ha de ser colectivo, inserto en otros sueños, plantado en una tierra en la que todos podamos esforzarnos para alcanzar la casa, el pan, el pupitre en la escuela, la vacuna en el brazo. 
Y yo venía andando, digamos que tenía los metros cuadrados del jardín, un par de ventanitas, la puerta, los grifos, los lavabos. Ahora espero con la bronca que llegue el 22 para pensar si mi sueño se queda con baldosa y media o puedo pasar a imaginar el cuarto, el comedor y un patio.
Nada es más simple de pensar que una pequeña casa que vivía en mi alma.
Nada es más simple de pensar que millones de libros que viajaron a manos de unos niños que, por primera vez, leyeron los sueños que encierran las palabras.
Nada es más simple de pensar que una computadora prendida en medio de la pampa, la puna, la selva, la quebrada.
Nada es más simple de pensar que un sueño personal, pero anclado en el sueño de todos, remontando en el cielo. 

Hacia el 22 de noviembre. Comentario 3

Los balotajes tienen sus meandros, pero con mayor visibilidad ostentan sus meaderos públicos y ostensibles. Es hora de limpiar el baño y pasar a la cocina o hacerse a la idea de que seguirán prometiéndonos cloacas para todos y todas. 

Hacia el 22 de noviembre. Comentario 2

Caminar con viento a favor es fácil. La cuestión es llegar a destino cuando el huracán sopla en contra. (De pronósticos meteorológicos y otras yerbas)

viernes, 30 de octubre de 2015

Hacia el 22 de noviembre. Comentario 1

Los saltos al vacío son fascinantes: por algunos segundos te parece que, finalmente, lograste volar.
Pero, en el fondo del precipicio, agazapada, siempre te espera la ley de la gravedad.

Mucho más temprano que más tarde se abrirán las grandes alamedas

En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la Patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor.
[...]
El pueblo debe estar alerta y vigilante. No debe dejarse provocar, ni debe dejarse masacrar, pero también debe defender sus conquistas. Debe defender el derecho a construir con su esfuerzo una vida digna y mejor.
Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clases para defender también las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos.
Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará.
Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. [...]
El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.
Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.
Salvador Allende, 11 de septiembre de 1973

miércoles, 28 de octubre de 2015

El viento o la veleta

Como el mundo es redondo se aconseja,
no situarse a la izquierda de la izquierda,
pues, por esa pendiente , el distraído
suele quedar de pronto a la derecha.


Se han dado casos. Se repiten tanto
en estos tiempos de confusa urgencia,
que el que quiere cambiar la flor de mano
debe ejercer la ciencia y la paciencia.


Pero no en breves raptos o relámpagos
ni a palos con el águila agorera,
tampoco en conversadas salamancas
de sexo y saxo y de pilosa niebla.


Esas raras maneras del hartazgo
suelen ser distracciones pasajeras,
síntoma tipo de que el ocio endémico
sustituye la historia por la histeria.


¡Hay que ser consecuente con la furia!
Escoger entre el viento o la veleta.


Armando Tejada Gómez

La barbarie, siempre la barbarie

Los civilizados practican la ideología de la desideologización: no sudan, no gritan, no se apasionan. No tienen compañeros: solo saludan vecinos a los que los unen la proximidad geográfica, la medianera, la ligustrina del jardín. En su mundo no hay grietas porque se ocupan de barrer las sobras y las discordancias debajo de la alfombra. Hacen negocios con lo público y denostan la ayuda social porque, desde siempre tuvieron un plato de comida para arrancar el día. Los que no llegan, para ellos, es porque no lo quieren: el mundo siempre fue así y la pobreza es parte constitutiva y normal de lo real.
La barbarie ha andado sola desde que a Mariano Moreno lo hundieron en las aguas y a Castelli le cortaron la lengua. Ha deseado en la oscuridad un mundo mejor. Quizás no sea este, pero se le parece bastante. La barbarie ha sido fusilada, bombardeada y desaparecida por el mundo de la civilización, esa que preconiza la concordia y los buenos modales. Ha sido hambreada, raleada, le prohibieron decir el nombre de sus amores, le dijeron que no tenía capacidad para pensar y le enajenaron derechos para dejarla del otro lado de la educación, la justicia y la salud.
En una tierra tan ancha y tan rica como la nuestra, los civilizados no están dispuestos a perder ni un mísero terrón. En su última y travestida versión saben que el discurso es un arma cargada de futuro (ese que solo desean para ellos, copia del pasado que añoran) y lo han disfrazado de barbarie: son los nuevos civilizados que hablan la lengua de las víctimas y les ofrecen lo que jamás les van a dar: alcanza con volver la vista al feudo donde durante ocho años hicieron lo que saben hacer: endeudar y ajustar. Lo grave es que los bárbaros nos hemos quedado sin palabras y sin palabras no se puede ganar.

lunes, 26 de octubre de 2015

Hay que pasar el invierno

De pronto se acabó el verano.
Y hay -otra vez- que pasar el invierno.
Y volverá a hacer frío,
la sopa será escasa y no habrá gas para calentarla,
y zurciremos el saco que zurcimos hasta hacerlo remiendo,
y no diremos nada sobre nuestra memoria porque estará prohibido,
y se hundirán las tablas que poco a poco habíamos ido levantando.
Hay que pasar el invierno.
No nieva aún,
pero cae una lluvia,
finita,
granizada,
que te taladra las vueltas de la pena.
A la final, vio, se trata de que la vaca se suelta de su atadura
y la conciencia se va con ella.
Es eso.
El pasto de la vereda de enfrente siempre es más verde.
Sobre todo en verano.
Y ahora
que hay que pasar el invierno:
se morirá la vaca de hambre y nosotros con ella.
Otro dolor y ya son incontables.
La escarcha quemará las raíces -por lo visto no eran muy profundas-.
Tiempos de puertas para adentro.
Y el viento que nos arremolina en los pie de página de la historia.
Otra vez.
Desde Mariano Moreno que sucede lo mismo.
Y no voy a llorar.
Desde ese entonces que me aguanto las lágrimas.
Me siento en la puerta de casa a ver pasar las hordas encapuchadas y con guantes de acero.
Parece que festejan lo que yo me aguanto desde entonces.
Es otro invierno que llega.
Hay que pasarlo: guardar reservas, callar silencios, continuar escarbando.
Allá,
en lo inquietante y profundo,
el sol está latiendo todavía.
Hay que encontrarlo y sentarse en la ronda para que pase -pronto, lo más pronto posible- este terrible invierno.
La patria sigue siendo el otro aunque elija que pasemos -otra vez- el invierno.

lunes, 19 de octubre de 2015

Eso no alcanza

Dijo
Y el alma se rompió en astillas que cayeron debajo de los muebles.
Después pasó la escoba
la pala
el trapo
y quedaron las huellas de tanto que no alcanza.
Y a Miguel por doler le dolía el aliento
Pero no alcanzaba
Y eso era tan solo todo,
Miguel,
Con tres heridas: la de la vida, la del amor, la de la muerte. 

domingo, 11 de octubre de 2015

22 de agosto de 1972/ Trelew/ María Antonia Berger

Yo era adolescente, pero es como si fuera hoy. Estábamos en un patio y hacía frío. Las medias tres cuartos y las rodillas desnudas, la bandera a media asta y gritábamos "Presentes". 22 de agosto de 1973: un año de la masacre de Trelew. Un mes después fue el golpe en Chile y empecé a militar; pero, de alguna forma, en el comienzo siempre estuvo Trelew y su memoria en mis rodillas heladas, en ese patio y en  el luto de esa bandera en la mitad del mástil ondeando en un día que yo conservo gris. Y cada vez que llega agosto, vuelvo a ese sitio, vuelvo a ese día. 
Cuando me mudé a Turdera, un día me dijeron que en la calle de tierra, en esa cuadra, esa casa había sido la quinta de los Berger. Allí, María Antonia y sus compañeros habían estado una vez preparando una operación. Cuenta alguien que la casa tenía enormes bibliotecas y que él iba de libro en libro intentando reconocer quiénes vivían allí.  Cada vez que, al amanecer, transito esa tierra, cantan gallos en la casa de María Antonia que ahora está ocupada por otros porque, con seguridad, de la familia Berger no ha de haber quedado nadie para narrar su terrible destino: más de cien militares rodearon la casa de Lavallol  donde vivían su padre, el médico Juan Berger, otro hombre y una mujer. Al padre, de 70 años,  lo fusilaron ante los ojos azorados de los vecinos de la cuadra y  de la madre, también Antonia,  no se sabe nada al día de hoy. Una granada tirada al partir destruyó totalmente lo que quedaba en pie en Lavallol: solo quedaron maderitas y plásticos de tres centímetros dicen los vecinos. María Antonia fue acorralada por una patota de la ESMA en una casa de Capital el 16 de octubre de 1979. Sobre su destino final, hay quienes cuentan que el Grupo de Tareas  levantó su cuerpo para exponerlo en la ESMA; otros, en cambio, relatan que se identificó a los gritos comunicándoles a los militares que la habían cercado que se iba a entregar. Entonces salió de la casa, tiró la pistola delante de la patota que se lanzó sobre ella sin advertir que tenía el cuerpo cubierto por granadas y que, en su último gesto, ella también los hizo desaparecer. 
Ahora es octubre, han pasado ya muchos años: no tengo frío adolescente en las rodillas ni banderas que me enluten a media asta. Pero la casa de María Antonia sigue allí, tal vez aún estén en sus paredes esos libros esperando que alguien los rescate y diga quiénes eran los que vivían en esa quinta, quienes leían en esas páginas, quiénes suspiraban y reían de amor. Y yo escucho los gallos y pienso que nos empeñamos en estirar el tiempo pero que la vida es un círculo que nunca cesa de girar. 

viernes, 2 de octubre de 2015

El agua

Le tengo miedo al agua. En realidad, no al agua exactamente. Le tengo miedo a sumergirme, a no hacer pie, a ahogarme. Es un miedo irracional, que no sé manejar, que me desborda. Necesito que mis pies toquen el piso y que mi cabeza quede fuera, sobre la superficie. Ni hablar de zambullirme y abrir los ojos para volver a ver cómo era allá abajo. Podría argumentar que a los cinco años, en una colonia de vacaciones a la que odiaba ir, me obligaban a meterme en la pileta dos veces al día y que cuando aduje que me dolía la cabeza, los profesores me arrojaron sin piedad a la parte profunda. Aún recuerdo los manotazos por alcanzar el borde y el agua vista por debajo entre la turbulencia de la desesperación. Claro está que no pude superarlo, aunque lo he intentado en numerosas veces. Algún día me rendí a la evidencia de saber nadar, pero solo donde toco el fondo. 
Y a la vez, nada me fascina tanto como el agua: esa ausencia de ruidos, la profundidad mojada y espesa de la luz en los fondos azules, la cadencia adormecedora o feroz del oleaje, su limpio olor clorado, el sabor espeso de sus sales yodadas. Me fascina el agua como un universo imposible y ajeno: sirena inversa que está condenada a sus piernas y ansía sumergirse para que el agua la rodee y contenga, el agua que también es la madre, doblemente fatídica. El agua.
Le tengo miedo al agua: no vaya a ser que muera encerrada en su vientre, antes de ver la luz y liberarme de su abrazo mojado; no vaya a ser que se me llenen los pulmones de peces y me broten corales junto los labios; no vaya a ser que sea  otra pieza encerrada en mi propio acuario; no vaya a ser...
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