miércoles, 22 de julio de 2015

Nadège

La traje en brazos y asustada. Eligió mi cuarto para refugiarse y desde allí atreverse a un espacio, extraño e inconmensurable. No es una gata niña, como lo fue siempre Margaux: es una gata sabia. Mira el afuera con atención como si estuviera evaluando sus posibilidades de aventurarse en él sin correr riesgos mayores. Es tibia e increíblemente suave; y comunica, sin vaguedades, lo que desea: que le acaricie el vientre, que le acerque mi cara para lamerla, que la oculte en mis brazos, que la deje bajar. Margaux, rechazada por su madre, carecía de anclaje desde dónde poder enfrentar árboles altos o autos asesinos; Nadège busca -con cierta efectividad- que los perros la acepten y jueguen con ella; que Lou se digne a perder su actitud de tía ofendida y estoy segura de que lo logrará. Como fuera, en estos días que, a veces, se nublan y me hacen llorar, Nadège ha venido a ocupar su lugar: yo necesito que me quieran sin cuestionamientos ni reclamos, que me acepten y me desnuden la ternura que allá debo tener, que me miren con confianza y entrega. Las cosas nunca suceden por casualidad y menos que menos el amor. 

sábado, 11 de julio de 2015

Los pasillos.

En estos días -largos y repletos- he pensado en vos.  Ayer, por ejemplo, algo parecido a tu perfume me asaltó al dar la vuelta en un pasillo: doble gancho a la mandíbula y un esfuerzo desesperado de mi parte por quitarte de encima mío.  En otras circunstancias es una puerta entornada y el recuerdo de un patio en Colegiales que podría describir, pero por la cual temo -todavía- asomarme. Hay memorias incómodas, mamá, que una no sabe bien en qué sitio de su conciencia darles alojo. Hay frases que se estiran hasta anudar el cuello de donde seguís tirando. Como fuera que sea, te alojás en un vacío que me resulta insostenible, pero no puedo darte forma: ni a un lado ni al otro te resignás a ocupar tu lugar e ir, lenta, volviéndote humo. La lista roja es infinita: esas escenas de las que soy parte y veo desde afuera, las otras que quise habitar y de las que una y otra vez me expulsás. No es que te extrañe a vos, a vos concreta: tus ojos, tus manos, la espesura liviana de tu cuerpo. Extraño el símbolo porque siempre he carecido de él, porque me hice madre sin tener un punto al que volver los ojos, sin saber. Y ayer, cuando sentí tu aroma quise morir, mamá. Y lo pensé. Porque es tanto el amor que me dejaste huérfano e imposible, derramado en un abismo de silencios, de gestos indiferentes, de heridas insanables que a veces, en los pasillos, no sé bien para qué lado escapar. 

jueves, 9 de julio de 2015

9 de julio: de cómo me aventuré en el terreno de la escritura.

Cuando yo era chica, el agua de los cordones se escarchaba. Los 9 de julio, en la escuela pública a la que iba, había acto. Clarisa, que fue como una mamá que trabajaba en mi casa y nos cuidaba mucho, me planchaba el guardapolvo con tablas y la cinta azul, me mandaba a lustrar los zapatos negros con presilla  y me acomodaba -como podía- el desorden de rulos detrás de una vincha blanca. Yo me iba con mi papá al acto; porque él siempre estaba en la Cooperadora de la escuela, y, después de la conmemoración, ayudaba a servir chocolate caliente y a repartir alfajores. Yo pasaba de la leche porque la nata me daba asco; y guardaba el alfajor para mi hermano más chico, Pablo, que moría por los de dulce de leche. Me ponía en la fila, le pasaba el vaso de chocolate a algún varón deseoso y metía el alfajor en el bolsillo para Pablo. 
En los actos siempre me tocaba actuar: supe hacer de naranja del Mono Liso, de flor en otra de la Walsh, de Remedios de Escalada... pero seguro que el 9 de julio no hacía de nada porque, en la jura de nuestra independencia, no hubo mujeres, digo, ese día exacto, porque lo que es antes, cuando tuvimos que cargarnos al reino sí las hubo y muy valientes; pero en el gobierno de Onganía , si bien no lo recuerdo, nadie debe haber exaltado a las revolucionarias de la patria. En aquel momento la patria era cosa de hombres de mármol, hombres bien machos se entiende.  
Nunca fui abanderada: era desprolija, cuestionadora, discutía con la maestra lo que callaba en casa, me peleaba a los golpes con los varones; pero siempre me hacían escribir y decir los discursos. Recuerdo que, en esos años, en que empezaba a remontar el río del lenguaje, revisaba los libros de historia de mi casa y armaba, sobre la hoja en blanco, collages de palabras que no eran mías, combinaba un poco de acá y otro de allá hasta que el texto decía lo que yo quería que dijera. Así aprendí a escribir y empezó a interesarme la historia. Como eran esos años que iban entre 1965 y 1971, los actos se morían en San Martín y no sé nada de lo que vino después: ni Rosas, ni Urquiza, ni los caudillos. En mi casa eran comunistas, así que había libros de historia argentina de Ponce y otros que no me acuerdo, y esas eran las cosas que yo decía en la escuela. Es una pena que nadie guardara esos papeles: me hubiera gustado conservarlos. Lo que sí recuerdo era el enorme placer que me causaba combinar los fragmentos hasta que los zurcidos entre uno y otro texto se hacían invisibles. Cuando terminaba de leerlos en público y aplaudían yo sentía que estaba cometiendo un ilícito, que esos aplausos no me pertenecían, pero, a la vez,  me sabía buena "mentidora". Quizá entonces me estaba recibiendo de escritora que es lo mismo que decir fingidora porque qué es la literatura si no la mejor de las imposturas por medio del lenguaje. 
Después, muchos años más tarde, cuando yo ya había recibido mi título en una Universidad ensangrentada y muerta, vino Gerard Genette y me calmó la conciencia intertextualmente. Para ese entonces yo ya había llenado muchos cuadernos -que tiré un día de locura- con textos solo míos, que no había pegoteado de nadie; aunque, en realidad, todos escribimos desde nuestras lecturas y nos la pasamos recortando y pegando desde esas memorias que nos alimentan y nos han alimentado. 
Hoy, ya nadie me pone una vincha blanca y los zapatos que lustro no tienen presillas ni botones, mi papá no me lleva de la mano y a mi hermano, cada vez que viajo, le llevo tapas de empanadas. Sigo sin ser abanderada, pero ya soy prolija aunque atropellada, me mantengo cuestionadora, discuto acaloradamente, pero no blando reglas como espadas sobre las cabezas de mis compañeros; nadie me manda a dirección adonde voy sola para trabajar con un equipo que me acepta y me tolera con todo lo bueno y malo que poseo. En la escuela sigo escribiendo discursos y, como dice Jaguit, mi compañera de oficina, "te mando esto que redacté, hacé tu magia y ponelo lindo". A mí me gusta pensar que mis palabras hacen magia porque me habitan desde siempre y han sido mi posibilidad de supervivencia cuando los años se hicieron oscuros, adentro y afuera: no he tenido una vida sencilla y luminosa; pero rescato de ella pocas cosas: mi padre, mis hermanos, mi hijo, algunos amigos, un par escaso de hombres de los que supe elegir y las palabras, siempre las palabras: las mías, las de los otros, en suma, las palabras. 

miércoles, 1 de julio de 2015

El horizonte

Yo, Kublai Khan, llevo ya muchos años de caminar arriba de un abismo, de ver las piedras como dagas con sus puntas de vidrio y seguir, de hilar una sangre tortuosa que pone el corazón como una oscura fiera encima de la mano, de pensar que ahora me asaltará la muerte en medio de mi vientre y barrerá con todo dejándome perdida en medio de un desierto hecho de sal y fuegos. Y sin embargo he andado un día y otro día y uno más, casi arrastrando un cuerpo que ya no tiene ni siquiera una sombra con que ampararse en las tardes sedientas. He andado porque supe, intuí, lo soñé, que hay un horizonte donde crecen dos álamos de plata y allí estarán aquellos que he amado para abrazarme y compensar las penas con que anduve cargando los años de la vida que me tocó arrastrarme solo para llegar y ver que hay un círculo de agua en donde hacen abluciones las alondras y yo estaré allí para mojar lo que quede del cuerpo. Después.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...