martes, 30 de junio de 2015

Mañanas de tren

Tomo el de las 7:05. La estación es una ballena negra de hierro y por sus venas corren las formaciones iluminadas como serpientes de calor. Camino por el andén dejando atrás las boleterías, los bares en penumbras donde despachan un café tortuoso y las librerías cerradas a esta hora. Meto la mano en mi bolso y saco un paquete plateado con un sándwich de queso que mastico como si fuera el día que comienza. Los vagones azules huyen hacia un punto de fuga y me resisto a ser devorada antes del penúltimo vagón. Del sandwichito ya no queda nada cuando me siento y abro el termo de café. El tren arranca. Por la ventana derecha -a como sale el tren- el cielo es una banda roja donde los pájaros se sumergen en la sangre del sol. Si miro el otro lado, en la oscuridad veo otros vagones en otras vías como casa encendidas en la oscuridad. Pongo la radio y dejo que las noticias se lleguen hasta mí. Suave despierto al mundo una vez más. La ciudad se va llenando de ventanas amarillas y autos de ojos rojizos. Pienso en los rostros dormidos, los lechos perfumados y calientes, los gatos ovillados a los pies. Y van pasando las estaciones como si fueran fugaces pensamientos a la espera de la hora exacta para salir. Bebo la última gota de café y me levanto para bajar. Las puertas se abren y exhalan su calor. Desciendo,  me arropo y miro el tren partir.

lunes, 29 de junio de 2015

Planes

Soplaré hasta que quede libre el suelo de basuras (lo que intento decir es simple y literal: el barro, los residuos, las miradas perdidas, las palabras no dichas, los gestos suspendidos, el perdón que no dijo, el dolor y la herida). Después estiraré los brazos y volaré muy lejos, liviana y en el viento. Solo eso. 

martes, 16 de junio de 2015

Nunca fui peronista


El invierno. Hay que pasar el invierno. Y más si trae sangre.
Hay que pasar la muerte que viene desde el cielo como una peste bíblica. 
Y los muertos regados, tristes flores sin sus raíces ciertas.
Los brigadieres tiraron sus aviones y su lluvia de fuego.
Y cayeron los pájaros como si fueran piedras.
Y la gente corría atravesada por la lluvia de bronce, por la luz de las balas.
Después -siempre hay un después cuando cae la muerte- no había quién llevara la cuenta: 
¿Mil cabezas deshechas?
¿Cien docenas de piernas?
¿Dos millones de venas?
Hay que pasar el invierno. Y en las tierras del miedo dura la muerte infinitos solsticios antes de fugarse del ruedo. No alcanzan las alfombras para ocultar la mugre que rueda como una sombra insomne en la Plaza en que brota la sangre.
Esta es la historia.
Yo no soy peronista: tan solo sé quién ha puesto los cuerpos, quién traspasó el invierno, quién se hizo primavera aquel día de junio. 

jueves, 11 de junio de 2015

Pastelitos de manzana

Puede ser que ahora esté lloviendo. La verdad, no lo sé. Allá y acá son sitios tan distintos como un otro y un yo. Lo que sucede o sucedió es un dato intransferible que cubrimos con palabras para que el verbo sea un puente y alivie, al menos, lo inevitable del dolor. Como cada vez yo estoy -acá o allá-: a eso se resume haber parido, a dejar los pastelitos de manzana para una próxima vez.

martes, 2 de junio de 2015

Mi familia

Tengo una familia pequeña:
Un padre que ya ha muerto.
Un hijo que es carne de mi alma.
Unos hermanos lejos.
Unos sobrinos que amansan mi dureza.
Ellos tejen el abrigo con que yo miro el mundo. 
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