sábado, 23 de mayo de 2015

Clase de costura

Un pájaro se ha posado en el borde de las horas.
Enhebro la aguja con un hilo de sangre y la penetro en la masa compacta de la tela hasta el final.
El hilo pasa.
El pájaro se acomoda y deja salir su caja de sonidos como un torrente precipitándose hacia las hojas amarillas.
Ya no quedan más verdes, pero el pájaro suda un rocío turquesa en su pecho de fuego.
La aguja entra otra vez en la tela: emerge con su punta de acero y el hilo como una frágil vena por detrás.
Una puntada y el pájaro que canta como si solamente fuera un gorjeo de luces y de sombras, un corazón batiendo sobre la tela apresurado, un animal que cabe en un dedal.
Da unos saltos apenas, casi unos saltos, un respirar y la aguja que rasga la superficie hasta que queda su cola de algodón que pasa y vuelve y pasa y vuelve como la música del ave que se acerca y se aleja según la lleve el aire sobre las hojas doradas del otoño que no se anima a ser.
El hilo se vierte sobre la tela en pasos diminutos: saltos también de una aguja que asoma su cabeza y se sumerge y el hilo la acompaña atravesando la tela como si fuera la lluvia que no llega, que no moja la tierra, que no despierta olores, que no enciende el oxígeno con su furia de verdes, el tiempo que se va.
Anudo el hilo por el revés del paño y lo corto a dentelladas limpias y calientes.
Ha quedado una flor de sangre sobre la tela blanca, un hachazo de rojos, de pespuntes, de cruces, de algodones en llamas.
El pájaro desciende. Se posa en ella y se larga a llover sobre sus plumas festoneadas mientras su canto de aguja dibuja las gotas sobre la tela que se moja de luz.

jueves, 21 de mayo de 2015

Carta a una señorita en Marsella /4

Mi querida Maïa:
He estado pensando que las familias tienen historias que se pasan de boca en boca. He estado pensando que estamos lejos, pero que eso no significa que vos no puedas escucharlas y aprenderlas. He estado pensando que las historias familiares son las que nos permiten elegir quiénes queremos ser  ya sea porque las creemos y repetimos o porque las rechazamos y preferimos cambiarlas. Como fuera que vos resuelvas hacer, voy a contarte lo que yo sé de  nuestra historia. Es,  como todos, un relato parcial. Tu papá, si hubiera prestado atención, habría podido completarlo; pero estuvo atento a otras cosas (y lo bien que hizo);  así que  solo sabrás lo que te diga yo. Algún día vos se lo contarás a tu manera a tus hijos y el relato de nuestra familia perdurará en el tiempo. 
Los Pinasco, aunque vos no te lo puedas imaginar, venimos de un lugar que está mucho más cerca de Marsella que de Buenos Aires. Tu tatarabuelo Lorenzo Pinasco nació en Cogorno, Italia, a escasos kilómetros hacia el este de donde vos estás leyendo esto. Mi papá (que era tu abuelo) dice que era un italiano muy rubio y de ojos muy claros, que tenía un bigote enrulado en las puntas y que para que no se le desplanchara al dormir, se ponía un trapo atado en la nuca que lo mantenía en su sitio.
Bueno, por hoy, ya fue mucho.
Hasta la próxima, Maiushkina.
Te extraño hasta todos los cielos y espero volver a viajar prontísimo.
La tía. 

martes, 19 de mayo de 2015

Querido Julián

¿Qué hacés, pibe?
No sabés lo que te estás perdiendo.
Sí, es cierto, pasaron tantos años, tantos miles de años desde que te sacaron de ese lugar y te tiraron al mar creyendo que te borraban para todos los días que quedaban en el mundo.
¿Habrás podido mirar alguna vez afuera, por esa ventanita, para olvidar que tenías tan solo dieciocho y que mis dieciséis te buscaban sin poder dar con vos?
Hoy, cuando miraba estas fotos, me imaginé que ellos nunca supusieron que, al arrojarte de ese avión, vos ibas a cubrirte de canto para volver a posarte, bajo la lluvia de hoy, y gritar, con esa voz que ahora se me antoja tan pequeña, quizá porque he alcanzado una edad en que podría ser tu madre, pero no.
¿La viste, no?
¿Viste a las madres amigas de tu madre que se murió de pena porque eran otros tiempos y nadie las oía?
¿Las viste andar por esos edificios que pudrieron tu cuerpo nuevecito?
Che, ¿eras vos, no? ¿Eras el que cantaba en la primera fila?
Lo sabía, Julián.
Siempre lo supe. Solo faltaba que pasara el tiempo, que los pibes volvieran, que cantaran saltando como antes nosotros.
¿Viste, Julián?
No todo tiempo pasado fue mejor.
Volviste.
Nunca te vieron volar desde el avión con tus alas de pájaro y no caer.
Ahora tenés un nido donde fuiste tan muerto, tan dolorosamente matado, tan tristemente torturado de miserias.
Y ahora estás ahí, yo lo sabía desde antes, pero esperé. Quería que fuera una sorpresa.
Mañana, y pasado y todos los días en que pase con el tren, dale, asomate un poco y saludame.
Voy en el segundo vagón, me vas a reconocer tan fácil: sigo siendo tu novia de solo dieciséis.


viernes, 1 de mayo de 2015

La escuela: entre la jaula y la nada

Este enero, en Marsella, iba con Maïa por la Rue Saint-Benedict a buscar a Owotchitchi a su guardería y le pregunté:
-Y hoy, ¿qué hiciste en la escuela?
-Nada. No hicimos nada.
Como tantas otras veces, esa respuesta me sobresalta siempre. De 8 a 16, nada. ¿Nada de nada o nada que resulte significativo entonces es lo mismo que dejar pasar las horas hasta que suene la hora de la Liberación (así con mayúscula y en Francia)? Nada.
Después, preguntando un poco, la nada se había compuesto de algunas cuentas, las batallas de Napoleón y un cuento  que había leído la maestra y que la había puesto un poco triste.
A esta imagen se superpone otra, en Barcelona, camino al parque Güel, por una cuesta, justo al salir de la avenida y un día sábado soleado. Una escuela, silenciosa y cerrada, con altas rejas que se doblaban perpendicularmente en una especie de jaula alta que, supongo impediría salir las pelotas en el recreo -y los niños en esas horas de nada, agrego-.
Se ve que, mientras viajo, yo no puedo dejar de ver lo que me sostiene y me convoca: los niños, el aprendizaje y la escuela. Como si no hubiera otro paisaje para mí, vaya donde vaya.
Muchas escuelas son lugares foucaultianos de encierro, ámbitos con paredes pintadas de colores apagados, con aulas pequeñas con -a veces- alguna que otra ventana, con patios sin plantas -los niños las estropearían con sus pelotazos-, donde circular es dar vueltas como un perro para morderse la cola, en los que no se puede correr porque nos lastimaríamos ya que los pasillos son estrechos y mejor que no llueva...entonces techemos el patio porque quién aguanta a los niños si no pueden salir a los patios. 
Hay escuelas bellas, claro que sí y debe haber -supongo- ordenanzas municipales que reglen la relación entre lo descubierto y lo cubierto en sus diseños, escuelas a las que los chicos acuden gustosos, pintadas aunque solo fuera de blanco, con espacios para que dibujen en las paredes o en las baldosas o se sienten a leer al sol o corran sin que nadie los detenga. Lo sé porque la mía es una de esas. Pero son escasas.
Y si al ámbito decadente y carcelario sumamos esa sensación que los chicos tienen y que se resumen en "nada" no nos queda ni una experiencia vital para alegrarnos. 
Alguien dijo una vez que si un médico de 1700 llegara a una sala de operaciones de 2015 no sabría qué hacer; pero si lo hiciera un maestro de la misma época vería que, en incontables oportunidades, seguimos haciendo las mismas cosas, sentándonos en el mismo orden, parándonos en idénticos lugares aunque, a veces, los chicos escriban o lean en pantallas. 
Cada día estoy más convencida de que no es casual que mi cerebro conecte ambas cosas: los espacios y las actividades. Siento que deberíamos revolucionar la educación para que sea un ámbito de descubrimiento y alegría, de colores y saberes, como en aquel poema, "Tarea escolar", de Prevert:
Dos y dos son cuatro
Cuatro y cuatro ocho
Ocho y ocho dieciséis…
¡Repitan! Dice el maestro
Dos y dos son cuatro
Cuatro y cuatro ocho
Ocho y ocho dieciséis.
Pero el pájaro lira
Pasa por el cielo
El niño lo ve
El niño lo oye
El niño lo llama:
¡Sálvame
Juega conmigo
Pajarito!
Entonces el pájaro desciende
Y juega con el niño.
Dos y dos son cuatro…
¡Repitan! Dice el maestro
Y el niño juega
El pájaro juega con él…
Cuatro y cuatro ocho
Ocho y ocho dieciséis
Y dieciséis y dieciséis, ¿cuánto es?
Dieciséis y dieciséis son nada
Y mucho menos 
De ninguna manera
Treinta y dos
Y sigue la ronda.
El niño ha escondido al pájaro
En su pupitre
Y todos los niños 
escuchan su canto
y todos los niños
escuchan su música
y ocho y ocho desfilan a su vez
y cuatro y cuatro y dos y dos
desfilan a su vez
y uno y uno desfilan también.
Y el pájaro lira juega
Y el niño canta
Y el profesor grita:
¡Cuándo terminarán de hacer payasadas!
Pero los demás niños
Escuchan la música
Y las paredes de la clase
Se desploman tranquilamente.
Y los vidrios vuelven a ser arena
La tinta vuelve a ser agua
Los pupitres vuelven a ser árboles
La tiza vuelve a ser acantilado
Y el portaplumas vuelve a ser pájaro.


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