martes, 28 de abril de 2015

La muerta

Lo que está es esto: el silencio.
El resto es una serie de malentendidos como hojas en una tormenta de repente.
Y una desidia que es escarcha y lluvias de agosto en medio de la calle y un bondi que se ha muerto. Habrá que caminar para alejarse preguntándose cómo es posible que el murmullo infantil sea ya esta cosa con tamaño de monstruo debajo de la cama, de la piel, de los ojos.
¿Dónde quedan los hijos, no los propios/los otros? ¿Por qué yo pienso en ellos como nadie pensó en mí, entonces, bajo la ingrata lluvia que llovía el silencio?
Hay una muerta que habla.
Ella que era siempre una niña sigue cavando fosa.
Escribo para ahuyentar sus dedos, su aliento, sus ojos desgarrados como agujas.
De un lado tanto amor,
y del mío esta nada.
Quisiera desprenderme pero llueve, y no hay nada -más allá de la muerta- que pudiera hermanarnos.
Cae la noche.
Y con ella el silencio.

sábado, 25 de abril de 2015

La red y la llave

Mi madre tejió una red de secretos en la que -soñó- yo quedaría atrapada para siempre. Lo que nunca supo fue que ella misma me entregó con las palabras escritas la llave con la que yo lograría huir. Ese fue su único acto de amor. 

sábado, 18 de abril de 2015

El maestro lee

El pibe lo mira leer. Desde el fondo (del aula, de sí, del mundo, de toda la existencia). Lo ve sonreír y escucha la quebradura de la voz. Y piensa qué tendrán las letras que pueden mover esa emoción, qué pasará en su cabeza cuando lee, por qué será que le gusta leer, cómo es que no se aburre, se harta, se distrae como me pasa a mí, y si hay algo que no estoy viendo yo y que él sí cuando dice esas palabras que necesitó decir otro, cómo es esto que se le llena la boca de agua si dice río y yo me quedo en la orilla, con sed y con calor. Se acurruca en el banco para ofrecer resistencia: no quiero ser como mi padre es ni tan siquiera pensar las cosas que él grita, ni llorar como mi madre cuando cree que nadie la escucha, y si la clave está en las palabras que este hombre, ahí, nos está leyendo a nosotros que parecemos indiferentes, que hacemos como si no nos importara lo que ellos tienen para decir. ¿Ellos, quiénes? ¿Mis padres? ¿Mi hermano que vuelve cansado de tanto trabajar y no quiere que nadie le hable y menos que menos yo? ¿Por qué el maestro nos lee tantas palabras que parecen que pesan, que nos aplastan? ¿Por qué se toma el trabajo de leer como si no se diera cuenta de que Sonia se pinta las uñas, Marco y Mateo conversan en voz baja desde que él empezó a leer y Bruno ya ronca llenando de baba el pupitre? ¿Por qué este hombre sigue leyendo como si nada existiera más que esas palabras, una tras otras que hablan de un río y una barca que llevan lejos? ¿Y si fuera que sus palabras , no las de él sino aquellas a las que está llenando con su voz fueran la barca y el río y el paisaje lejano y yo solo debería dejarme remontar? ¿Para huir? ¿Hay que huir de lo que está aquí, en esta orilla: el esmalte de Sonia, los murmullos de Marco y Mateo, los ronquidos de Bruno, el llanto de mi madre, los gritos de mi padre, el fastidio de mi hermano? ¿Por qué sigue como si nada existiera, pero aquí? El maestro está aquí. Yo puedo oír desde el fondo su respiración, veo su sonrisa, lo escucho leer. Está aquí y se toma el trabajo de ignorar a quienes no lo escuchan. El maestro me está leyendo a mí. Yo soy importante para él. Sabe esto que estoy pensando mientras su voz me sube a la barca y me muestra los matices del cielo azul, las piedras de la orilla, los ribetes del agua. Yo puedo verlos como él, como él ve a través de las palabras. Mañana cuando mi madre llore yo pensaré que su llanto es un río y le mostraré la arena de su orilla para que ella vea también. Mañana cuando mi hermano se irrite le diré que se suba a la barca y se tire a descansar bajo el sol y a mi padre lo invitaré a sumergirse en el agua para que se le disuelvan las ganas de gritar. El maestro levanta la vista, mira a los pibes, piensa que ha sido en vano, que nadie lo escuchó. Y el del fondo (del aula, de sí, del mundo, de toda la existencia) se pregunta por qué el maestro ha dejado de leer.

jueves, 16 de abril de 2015

Accidente de tránsito

En la 9 de julio y Diagonal hay un hombre que dice
sobre el asfalto dice
y la gente lo mira
desde la orilla
sin acercarse
y el hombre dice
y los autos que pasan
Llega la policía
y el hombre dice
y la gente camina alrededor
y lo mira
a veces
y a veces pasa
y no ve
y no escucha
y salta el cuerpo ahí
sobre el asfalto
desde la orilla
que se llama cordón
y los anuda
y el hombre dice
se arremolina el tránsito
los que tocan bocina se enardecen
los que no tocan suspiran furibundos
se oye una ambulancia
y a duras penas algunos se corren
dejan pasar
es una ley
y nadie quiere ir preso
llegar tarde a la cena
perderse los gritos en la tele
no mirar a los hijos
no hablar con la mujer o el marido o el gato
y el hombre
su cuerpo ahí
debajo de las ruedas
el hombre dice
y atrás el obelisco
y los semáforos
y alerta el amarillo se dispara
y pasan raudos hacia otro lado
y el hombre dice
en un charco de sangre
de pena
de dolor
algunos piensan no me tocó a mí
ya pasó la muerte hoy no me tocó a mí
no me tocó
y dan vuelta la esquina
el rostro
la tarde que se escapa
uno disfrazado de Batman se saca una foto con el hombre ahí
y la ambulancia pasa
y el hombre muere con lentitud y esfuerzo
tarda la vida en irse
en deshacer su nudo
en desechar la carne
en despuntar como un dolor ajeno
imaginar al agente que entra que trae la noticia que rompe a la mujer que espera a los hijos que aguardan
y el hombre ahí
boqueando como una bestia dolorida y ansiosa
un animal al fin
como lo fue al principio
tan solo diferente porque dice
pero los otros lo saltan
lo esquivan
lo ignoran
y se cierra la luz
cae la noche -que no era tropical-
-que era mansa, otoñal y desnuda-
y el hombre dice
y la voz se le pierde debajo de la lluvia
que moja sus palabras
que diluye sus verbos
que desdibuja lo que aún le quedaba
cae el telón
y todos vuelven a casa
 a contarles a los hijos a la mujer al gato
que un hombre había muerto ahí
y no sabés qué cosa impresionante che
mientras ve en la pantalla al hombre
cuando ahí todavía decía
pero ya no.

viernes, 10 de abril de 2015

Metafísica








No hay otra metafísica que la del cuerpo.
Suda, se afiebra, tiembla, se ausenta.
Es sede del dolor: carne latiente que se agudiza hasta el delirio.
Es vorágine del remolino, del placer, de la angustia, del llanto que no deja mirar, del odio ciego que impide que se oiga no ya al otro sino a nosotros mismos que lo moramos ignorándolo hacia alturas profundas.
No hay otra metafísica: tanta que el cuerpo es inefable.
Oh, cuerpo/cuerpo mío, superficie y carne y vísceras por donde siento el mundo que se manifiesta con sus colores y sus ruidos!
Oh, cuerpo/cuerpo mío, donde pasó la muerte de los otros todavía y ya pronto la mía y será tan solo tierra, exiguo cuerpo mío.
No hay otra metafísica: tanta que no puede decirse, que se sigue ignorándolo, que se lo piensa vacío, cáscara de infinitos relatos que el mismo cuerpo anda, anida, finita.
Y es solo un duelo de células que pasan, que se empecinan, que se visten, desvisten y quedan ateridas en la lluvia.
De los ojos (globos de carne colorida y cristales) al cerebro (de seso y neuronas que se rozan en una danza de algas subacuáticas y furiosos destellos) y abajo el corazón bombea sangre, tinta de miedo y pasión para escribir que el cuerpo está y se apura o ralenta o se anuda y despliega.
El cuerpo se vacía y se llena en amplias marejadas,
impone su presencia,
se ausenta y llamamos
al alma, insustancial sustancia que garantiza limpieza (¿Qué alma tiene mocos?), espíritu celeste o blanco; pero jamás violento rojo de fuego que nos rasga.
Hablo y escribo con la boca, los dedos, las cuerdas vocales que me cuelgan de mis labios que gritan.
Cuando olvido mi cuerpo, aparece el fantasma, el monstruo que se queja, que reclama y se enferma para que alguien alguna vez le diga que es el cuerpo y que no hay metafísica que no sea la suya: parirás con dolor es decir con el cuerpo atravesado por la vida que pasa, atravesado por el dolor que se llena de muerte, atravesado siempre.
No somos sino cuerpo.
Lo demás es metáfora.

Fotografía de Patricio Reig (emmagunst.blogspot.com.ar)

martes, 7 de abril de 2015

La flor bella y la tijera

Había una vez un hombre que encontró una planta con una flor que le pareció muy bella y se la mostraba a todos diciéndoles "Miren qué flor más bella he conseguido". Un día de invierno se levantó con fiebre y estornudando y cortó de un tijeretazo la flor. Luego comentó, a quien lo oyera, que le daba alergia y le había ocasionado aquel virus siniestro que lo tenía moqueando. La planta no dijo nada, pero evitó, desde ese día, dar flores bellas porque cada tanto regresaba a su memoria el ruido de la tijera al cortar. 

sábado, 4 de abril de 2015

Mañana

Está húmedo y fresco.
Y verde.
Muy verde.
Tan verde como podría imaginar el fondo del mar.
Nadan unos pájaros por el cielo.
Se abren camino en el oxígeno con sus aletas de pluma.
Duele tanto impensado verdor.

jueves, 2 de abril de 2015

Las dos gatas de Turderaville

En esta casa supo haber dos gatas.
Una llegó a finales de octubre. Yo creía que iba a ser un gato y había pensado llamarlo Rojo. Cuando me la dieron inmediatamente le dije Lou. Llegó a casa ovillada en mi pecho, pero se desprendió de mí con velocidad. En primer lugar, porque eligió otro dueño -que no fui yo-; y, en segundo lugar, porque Lou es independiente y osada, poco dada al abrazo y las demostraciones de afecto intensivo. Desde pequeña se subió a cuanto árbol altísimo había en la casa, se peleó de igual a igual con los gatos del barrio y cazó pájaros para masticarlos, temblorosos y aún vivos, bajo la mesa de la cocina, en un desparramo de plumas y sangre bastante bestial. Es una gata distante y meditativa, solo querría dormir arriba de su dueño -si este se lo permitiera-,  no le gusta jugar con nada (como si fuera seria por decisión natural). En septiembre del año pasado fue madre de cinco cachorros -Flopi, Renée, Camilo, Enzo y Houston- a los que atendió con responsabilidad y desapego. Después de limpiarlos y darles de mamar, se escapaba por los tejados a pasear por Turdeaville.
La otra llegó a finales de mayo y desde antes se llamó Margaux. Cuando me la dieron se instaló en mi pecho y durmió muchas noches allí. Hice un cargador con una bufanda roja y la llevaba de acá para allá. Nunca en la vida conocí un animal que fuera tan niña. La primera vez que salió al jardín, lo exploró con cautela, yendo de la dichondra a mi falda cuando sentía temor. Cada vez que osaba subirse a algún árbol, terminábamos usando una escalera para bajarla porque era incapaz de realizar la proeza. Reclamaba los brazos, las caricias, las conversaciones, los gestos atentos y exclusivos. Le gustaba que yo tomara un alicesco flamenco rosado y se lo lanzara, para atraparlo en el aire y mirarme para que yo lo volviera hacer. Nunca intentó cazar: moría por el yogur y el alimento balanceado y se sentaba en mi falda cuando tendía la lona para matear. No fue madre, pero les enseñó a usar las piedras a los hijos de Lou con quienes jugaba cuando la madre los dejaba para pasear. En enero de este año, cuando yo estaba en Barcelona, un auto se la llevó. Como siempre me acompañaba hasta la reja para verme salir, creo que ese día -dieciséis en mi largo periplo- no pudo más de ausencia y salió a ver si yo regresaba dejándome sola y triste cada vez que pienso en ella. 
Ahora, en esta madrugada en que el francés y mi hijo duermen aún, pienso en las gatas de Turderaville y en cuánto de mí proyecto en ellas. Ojalá supiera rescatar a la Margaux que siempre se ovilla en mi corazón. Ojalá hubiera otra gata capaz, como ella, de dejar salir la suavidad de mí.
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