jueves, 19 de febrero de 2015

Ahora hay un muerto

Ahora hay un muerto.
Solo.
Como siempre los muertos.
Mientras lo deshace la lluvia y lo cerca el silencio.
Nadie sabe cuál era su rostro de mañana,
con qué letra escribía su conocido nombre,
de qué pie le apretaba el zapato,
si soñaba al dormirse.
La muerte es una soledad que se llena de signos, que escribe los relatos a posteriori siempre, que corta lo sangrable de un inefable tajo y los vivos se adueñan de las palabras sueltas, las retuercen a gusto para que digan su lectura del muerto que se queda apretado sin poder desdecirse como hacemos los vivos porque la muerte es una araña siniestra y tempestuosa y el muerto se acongoja con todos silencios: desearían los muertos ser recuerdo en la boca, que la memoria vuele, que el río de la pena no lloviera en su tumba.
Ahora
(en este instante mismo)
todos ponen un muerto para torcer la historia que se escribe con otras circunstancias y andan, diciendo que es distinto porque ahora hay un muerto.
Y el calendario vuela porque hace 20 años también había un muerto, y otro, y otro, y otro, y otro hasta la estrepitosa suma que da ochenta y cinco y no hubo tantas cuadras ni tantas indignadas conciencias que fueran pregonando que era distinto entonces.
Los muertos lloran porque morir es una enorme desgracia para ellos y para los que sí conocían su rostro a la mañana, la escritura  del  nombre y el pie que molestaba. Los que se quedan vivos deben lidiar con ello aunque apenas se pueda y dar respuesta justa a cada uno que no haya la vida segado con el tiempo: al muerto de ahora, a los de 20 años, a los que en aquel marzo fueron matados y siguen sin respuesta.
Porque si algo tienen los muertos es que  todos se pudren igualitos y se lloran lo mismo: al sol, bajo la lluvia, gritando o en silencio.

domingo, 15 de febrero de 2015

Ahora los hombres duermen

Ahora los hombres duermen.
Y los perros se echan en las fronteras de la casa y del mundo.
Ahora la brisa conjura el aliento de la muerte y la aleja para que no haga pena.
Ondean los manteles  de la noche en los espejos acostumbrados de la mañana;
y huele a naranja, a caos de palabras que quedaron olvidadas sobre la mesa y se durmieron, así, amontonadas, promiscuas sin sus frases, desnudas y catárticas, presurosas y densas.
Ahora el sonido abre su abismo en el cántaro tibio de los pájaros que se hablan desde el olivo para desearse buenos días mientras los hombres duermen.
El césped, que se ha bebido el agua de esta madrugada, estira su verdor bajo el manto del sol y canta: son notas esmeraldas y turquesas en el pentagrama taciturno del viento.
Saco la silla al patio,
tiendo la ropa limpia,
borbotea la pava,
barro los restos de lenguaje perdido,
pienso en los escolares que silabean en otros territorios,
miro la delgadez  de un febrero que pasa,
le engujo la frente a la tristeza de la patria,
dejo que el día entibie los ángeles belicosos que nos cercan,
y me resbalo sobre los sueños en que los hombres duermen y el mundo se desliza sigiloso y pintado al agua.
Para el amargo sabor de los traidores ya habrá otro día con su collar de furia: hoy crepitan los verdes y es su fiesta.
Mientras los hombres duermen y los miedos se escapan

martes, 10 de febrero de 2015

Amanecer febril

 Sobre los márgenes púrpuras del día unos pájaros cantan sus notas amarillas y el día, lento como el vino en la copa, rueda entre las ramas y se hace sol. ¿Quién dijo que los chorros de agua que resbalan azules no son las músicas con que las horas buscan la tierra para dormir? Febrero vuelve a comer su furia y la devuelve convertida en calor. 

lunes, 2 de febrero de 2015

Un tren


Yo quiero ver un tren,

llévame a ver un tren,

no los recuerdo
yo quiero ver un tren. 
Luis Alberto Spinetta

Atrás, lejano, perdido en el espacio nocturno y silencioso, oigo pasar un tren. Apenas un sonido que se pierde mientras la madrugada se calza sus zapatos rosados olvidados al borde de algún lecho. Se abren puertas que fueron cicatrices  y las sombras se mueven, lentas junto a los vidrios. Ha quedado la ropa por tender en su instante de agua. La palabra se queda solitaria en el borde de la frase que no termina de cuajar y el tren araña la piel de la mañana que no es, que limita aún con el escondite perfecto de las luces. Como si fuera verdadero, o pasado, o ajeno, el tren pasa con su confianza abierta en la otra estación, en las migajas de su esplendor sonoro que se aleja, en el día que -inevitable, se ha echado a andar.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...