miércoles, 31 de diciembre de 2014

Un viaje/ Día 2: la familia francesa

Cada familia es un hilo que se enlaza y desenlaza. A veces las hebras se gastan y se quedan finas hasta desaparecer, en otras circunstancias el nudo es tan fuerte que hay que escarbar para soltar. Mi familia fue siempre de hebras abiertas, a simple vista parece que cada cual hace su vida sin importarle el tejido de los demás; pero de vez en cuando tomo la aguja y doy una puntada que cruza hasta el otro lado del mar. Y entonces veo que era pura apariencia eso de que nada importa de los demás: en el bordado de los que viven acá hay un lugar para que yo entre con mi hebra y hagamos entre todos un dibujo que durará después de que se acabe la eternidad.

martes, 30 de diciembre de 2014

Un viaje/ Día 1: Lufthansa

Para mi propia patología era la compañía adecuada: nada fuera de control. Pasaron por el ingreso impecables, uniformados en amarillo y azul y con cada cabello en su predeterminado lugar. Casi con paso de ganso, pero no. A la hora indicada, comenzaron llamando por clase y por fila: 49, 48, 47... Casi un sorteo para el Servicio Militar.
Al ingresar, una pila de diarios en alemán, una almohadita blanca almidonada y una frazada azul con ribetes amarillos de seda. Despegue y aperitivo o como se diga en alemán porque los tipos te hablan en la lengua del Rhin como si fuera lo más natural del plantea. Pero, claro, chabón, ¿ o vos no hablás alemán como todos nosotros? El vuelo salía de Buenos Aires, no era conexión con otro, y sacando a los que, a veinte cuadras se distinguía su germanidad, todo el resto éramos argentos nacidos y criados. Los tipos, igual, te hablan en alemán. Y yo te contesto en español así que, Margaritte, hacete un esfuercito, tan rubia, tan pálida, tan fraulein.
El aperitivo eran unos alcoholes y jugos raros, y unas galletitas saladas con forma de avión. El lado chistoso de los alemanes fue darme unas galletitas de avión en el avión. Muy divertido, che. Yo bebí agua. Sí, Adolf, agua sin gas. A-gua. ¿ Me captás?
Al toque Margaritte me encaja la cena: una ensalada con crema, pollo con arroz y verduras al vapor (media hora de gestos para entender que pollo no era pasta. Po-llo, pas-ta no) y una torta de queso de la que me hubiera mandado cuatro porciones más. Café y apagamos la luz porque el plan dice que ahora me debo dormir. Sí, Adolf, ya me dormí; no vengas más a controlar.
A las 9 (hora alemana); las 5 en Buenos Aires, Margaritte me enjareta un jugo de naranja y al rato una bandeja (hago un esfuerzo por no robarme la vajilla que es un divinor) con una barra de cereales, ensalada de frutas, yogur, pan, galletitas; manteca, queso y dulce para untar; y una fuente de aluminio caliente con dos tortillas de papa, un revuelto de espinacas y castañas y un rostbeaf. Ok, Adolf, me rebelo. Hasta acá llegó mi obediencia. Me como el yogur y las frutas y dejá de mirarme como un SS extemporáneo.
Los tipos dijeron que aterrizaban a las 11: 10 y lo hicieron. Juro que lo hicieron.
Frankfurt está cubierta de nieve.
Avisan que la manga está ocupada y nos vamos a demorar.
Ah, fallaron, no eran tan perfectos. se les corrió un poco el peinado.
Nos demoramos medio minuto exacto. Lo controlé.
Adof y Margaritte me saludan al bajar.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Un viaje/ Día 0: lo que queda

La línea es punto a punto. Se parte y se regresa; de una ciudad, de una misma. A los que tenemos el amor desparramado por el planeta siempre nos falta un mango para el peso. Si estamos en cualquier acá, pensamos en allá; nunca es completo. Pero así es la vida para que sea vida: incompleta, y perfectible. En todas las familias se establecen papeles: a mí me tocó la memoria y el pespunte/ ir de acá para allá llevando los relatos -los pretéritos, los actuales, los que serán en la historia de los Pinasco desparramados por el ancho bordado del planeta. En mi maleta llevo palabras en el idioma en que mi hermano y yo fuimos haciéndonos para que Maïa aprenda su color, la espesura de sus olores literarios, la textura de sus sílabas extrañas. Yo voy: llena de libros, de fotos, de recuerdos; tan solo para unir, para que el río no se seque jamás, para que crezca la memoria y me perdure. Acá, en esto que es hoy lo que se queda, están mi gata niña, mi hijo, mi francoparlante, mi amiga Vera y una casa verde en Turderaville en la que aprendo a ser todo lo liviana que puedo, dado mi rol. Siempre es así la vida: incompleta y perfectible, y a mí me toca pespuntear los fragmentos de acá para allá. 

domingo, 28 de diciembre de 2014

Un viaje/ Día -1: Carta a una señorita en Marsella (III)

Querida Maïa:
Y parece que lloverá. No tenemos que olvidarnos del paraguas. Ya puse el mío en la maleta. No nos va a asustar una lluviecita de invierno en París, ¿no es cierto?
La cuestión es que en apenas cuarenta y ocho horas estaré bajando de ese avión para ya, de una buena vez, por fin, menos mal, era hora, darte miles de besos y de abrazos.
Te llevo muchas sorpresas en la maleta y lápices para que dibujemos y escribamos. Pensaba que, si tus papás lo permiten, puedo irte a buscar un día a la escuela e irnos juntas a merendar por ahí. No sabés cómo me gustaría esperarte en la puerta de tu école y verte salir con los otros niños y la mochila en la espalda. Porque, si nos ponemos a repasar, nos debemos como cientos de salidas de la escuela, de fines de semana, toneladas de dulces y leches chocolatadas, diez cumpleaños, otras tantas Navidades y nueve Años Nuevos. Eso es demasiado para una vida.
Pero, bueno, no es el momento de las cuentas hacia atrás; sino de los deseos para adelante.
Y para ese futuro -que ya está al alcance de los dedos- quiero que me esperes que ya estoy llegando.
Te quiero.
Nos vemos el martes.
Besos, abrazos, cachetonazos y más, mucho más.
La tía Julieta

Leer: la mirada de los otros

¿Para qué insistimos con la lectura: a nosotros, a nuestros hijos, a los niños con los que compartimos la escuela? ¿Para qué les martillamos la cabeza con que lo hagan? ¿Cuál es el "beneficio" que obtendrán (porque ha de haber alguno, tan tangible como comer frutas o cepillarse los dientes, para que insistamos de tal forma e ideemos planes para que ello suceda y, encima, sea con placer...)? Damos por descontado que "hay que" leer para ser mejores, para ser más sabios, para ser más buenos, para ser, en definitiva, para ser.
Siguen siendo misteriosas, para mí, las razones por las que las personas eligen leer, y, cada día que pasa, creo que hay tantas como lectores. En este rubro dos más dos no da nunca cuatro. Por ejemplo, en mi caso, dos padres lectores, una gran biblioteca y la compra de libros para niños dieron una hija lectora compulsiva, un hijo no lector acérrimo y otro casi. 
Hace treinta y cuatro años que egresé de Letras y otros tantos que trabajo con libros y con niños, y no creo que la lectura deba ser una obligación. De ninguna manera. No se es ni mejor persona, ni más sabia, ni especial porque se lea. La bailarina clásica no va por la vida convenciendo a todos de que el ballet es una experiencia favorecedora de circunstancias como, seguramente, lo es. Sin embargo, nosotros armamos planes, ideamos recursos, nos disfrazamos, hacemos malabares y, con lentitud, nos vamos olvidando de lo único valedero: del contacto con el otro.
Porque un libro es siempre eso: otro. Un ser humano cuya mirada se ha hecho palabra y cuyo valor reside en su maestría para hacer de las palabras el vehículo para comunicar su modo de interpretar la realidad. El que lee se sumerge en ese baño de otredad y belleza, y de él depende cómo emerge: habrá quienes solo hagan la plancha, otros mojarán apenas sus pies en la orilla, otros bucearán en las profundidades, algunos atravesarán canales furiosos y embravecidos; pero a nadie se lo debería obligar a desear el agua. 
Leer es un acto voluntario y lo que de él se derive pertenece a la intimidad más privada. Eso no significa desentenderse; sino, simple y sencillamente, bancarse que el otro diga "No". Como madre disfruté leyéndole a Pablo desde que era un bebé de días; como profesora de literatura puse mi pasión al frente de todo. Pero también me apasionan los verbos y no voy por la vida intentando que todos experimenten el gozo de conjugarlos y observar la sutil trama que tejen con la idea del tiempo. Así como hay chicos que aceptan nuestras sugerencias, hay otros que nos acercan a la música o que dibujan o bailan. 
Creo que todos los niños deben ser arrimados a una experiencia estética, la que sea, obviamente yo privilegio la palabra porque de ella me nutro y vivo, porque creo que cuando leo el Quijote, además de su parodia, veo el alma de un hombre al que la vida maltrató en cuanta oportunidad pudo, y lo que me conmueve es su posibilidad de hacer de la furia ese soberbio relato, porque cuando leo la perfección de Góngora pienso cuánto dolor ha de haber anidado en su cuerpo para retirarse así de la palabra y construir un edificio perfecto por donde se lo mire, pero que aparenta distancia y vacío como si la literatura fuera para ser despoblada de carne y repleta de ninfas y Polifemos monstruosos.
Obviamente desearía que todos mis niños leyeran entusiasmados, que pudieran elaborar su mirada de las cosas a partir de la de los escritores que les acerco, que se asombraran de las insólitas combinaciones del lenguaje literario, que las imágenes verbales se les quedaran prendidas como estrellas, que cerraran a Proust y corrieran a hacerse un tilo para mojar la magdalena o que leyeran a los gritos la Ilíada creyendo que Zeus bajará a callarlos. Pero respeto a aquellos a quienes eso no les sucede. ¿Si creo que se pierden algo? Tanto como yo cuando no oigo música. Pero así es la vida: incompleta, siempre, porque la falta es necesaria para que surja el deseo, que es la única fuerza que mueve montañas.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Un viaje/ Día -2: las horas previas

Las horas que faltan.
Innecesarias horas y la maleta lista.
Una ciruela roja.
Una taza de té.
Dos minutos menos.
Mejor dormir.
He bebido demasiado café.
Paso la televisión de cabo a rabo.
Horas inevitables.
Siempre faltan horas para llegar al momento en que el avión se suspende en el aire y vuela y nosotros adentro con el tiempo suspendido y unas horas perdidas en la nada que recuperaremos al regresar.
Un teléfono.
La voz y las palabras de los amigos.
El calor y el deseo del frío.
Cuarenta y ocho horas más.
Después volar.
Y esa alquimia en que el tiempo se come la distancia.
Y el avión roza el suelo.
Ya.
Por fin.
Y una taza de té.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Navidad/ madre e hijo

Hay festejos distintos. Yo, hoy, les contaré el mío. Porque es un milagro. Si pienso hacia atrás treinta días; que yo esté, ahora, escribiendo, aquí, en esta casa, es un milagro. Empecemos por decir que ni mis hermanos ni yo fuimos bautizados y que mi hijo tampoco. Él, además, tenía unos abuelos que ayunaban para Iom Kippur. Entonces  los dos festejamos porque el día está en rojo y corresponde: al fin y al cabo es un feliz cumpleaños. La cuestión está lejos de ser esa: no es el motivo el asunto o la adscripción al evento religioso. Muchos hay de agua bendita en la coronilla que serían echados a patadas del templo por el homenajeado mientras cargan las bolsas de sus incontables regalos. Nosotros no. No seríamos echados. Hemos andado demasiado descalzos sobre un piso astillado y ahora nos hemos detenido un instante a descansar. Y en ese exacto momento festejamos. Comimos, cada cual puso en su plato lo necesario y salimos en la noche silenciosa a caminar por esta parte de la ciudad en que las calles son laberintos enredados. Ya sabíamos que el Minotauro lo llevamos dentro y que no hay otro hilo que el que sepamos colocar para regresar. Así que anduvimos por ahí, en una noche fresca y estrellada, mientras la gente comía tras sus ventanas y nos llegaban los ecos de sus voces velados por nuestra risa. Que ese y no otro ha sido el milagro de esta Navidad: el retorno de la risa. Así, sencillo, la convicción de los límites, de los fracasos, del camino amputado y la risa como proyección y amuleto para futuros caminos que el propio acto de reír inaugura. Porque reírse de la vida y de uno mismo es poder dar un paso más allá, hacia donde no hay ninguna otra cosa más que caminar y reír y eso, justamente, es el milagro del día 24. Lo demás, lo que funciona como posible lastre amargo, se disuelve en el aire de la noche y en la risa porque no hay otra que seguir. Entonces regresamos y vimos una película en la que unos justos y valerosos soldados mueren por rescatar unas obras de arte que unos injustos y cobardes soldados habían robado para sí. Y hablamos de viejos museos, que visitamos juntos, en donde los justos y valerosos acumulan desde hace siglos lo que se llevaron de países donde se comportaron injusta y cobardemente porque así de relativo es todo, excepto la risa, claro está. Volvimos a comer alguna cosa. Era tarde y decidimos dormir y es la primera vez en la vida que soy invitada a dormir en esta casa. Es Navidad.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

365 días

Hace 365 días que convivimos. Mañana empezará un año más. Aquel 25 de diciembre, andando por una ciudad que dormía sus festejos de Navidad, cerré mi casa de Parque Chas. En este año viajé mucho: a razón de 80 kilómetros diarios, el total es de aproximadamente 17.000 kilómetros que, traducido a libros leídos, hace una enormidad. Y cada día en que regresé, el francoparlante me abrazó a la hora de dormir y yo, erizo por todas partes, me dejé abrazar y también lo abracé. Hicimos muchas cosas juntos y otras cada uno por su lado. Habitamos la casa, lloré, viajamos, nos reímos mucho, tuvimos perros y gatos por todas partes, discutimos, nos pusimos de acuerdo, recibimos e hicimos grandes amigos. Este 2014 fue un año de logros y superaciones y el amor estuvo presente siempre para sostener, empujar, confrontar. Siento que soy una mujer afortunada y que te quiero y elijo por todos los años que nos quedan por vivir. 

Un viaje/ Día -5: El periplo

Viajar: salir de sí.
Dejar atrás las tazas conocidas en la mesa, los manteles cuyos zurcidos hemos hecho, los saleros cascados en el borde preciso, las fuentes, los armarios...
Dejar atrás la luz que entra en el cuarto a las 11:37, el doblez de la sábana, la voz que dobla en ángulo de 90, la parra que se cae de madura.
Dejar atrás ir y venir cruzando la ciudad, los libros que no tienen lugar donde guardarse y crecen como plantas en un bosque lluvioso.
Dejar atrás la circunstancia en que nadamos como peces, la lengua que nos hace decir lo que anida en el alma y sale, los sabores del agua.
Ir hacia otros colores, diferentes aromas, ignotas tierras, desconocidos mares.
Ir hacia días helados para buscar la huella de quién fueron los nuestros.
Ir hacia niños que aguardan los abrazos porque saben a patria.
Ir hacia ciudades de nombres luminosos: Frankfurt, Marsella, París, Atenas, Carcassone, Nice, Barcelona, Burgos, Santiago, Lisboa, Sintra, Madrid; y en cada parada esperar otro viento, otro recuerdo que quiera construirse, otras palabras.
Viajar: un periplo de días en que se sale solo para volver a hacerse y regresar distinta: más rica de imágenes, de aire, de lenguajes.
Viajar: un dibujo de fuego labrado sobre un mapa.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Un viaje/ Día -9: Marsella

Marsella tiene un puerto en el que anclan los barcos marselleses y descienden su pesca. Los pescadores gritan y hay olor a peces y  agua mezclados con las voces. 
Desde una colina, arriba de un alto pedestal Nuestra Señora con su niño peronista en brazos mira la gente circular por caminos sinuosos al borde de las aguas mientras los hornos de navettes saben a azahar y a calor endulzado de naranjas. En el cour San Julien sirven unas copas con jugos misteriosos de ciruelas extrañas y una podría perderse subiendo y bajando las escalinatas del Panier hasta dar con ese sucuchito donde venden un cubo de jabón que durará más que nosotros mismos. 
En la Charité han hecho un museo donde las culturas mediterráneas depositaron sus restos y hay marcas de los pies con que Odiseo y más tarde Eneas marcaron estas tierras.
Me gusta estar en Marsella: es la tierra donde vive mi hermano, es la mirada perdida en tantos textos, es el amor que siento sin condiciones por mis dos sobrinos que nacieron en sus calles pequeñas. es un lugar donde voy para sentirme querida por la exigua familia que me queda (sin relatos siniestros, sin aullidos de muerte, solo con el afecto que ellos y yo nos tenemos a través de mares y de océanos). Marsella es un lugar donde me sé feliz, en toda circunstancia: y tiene la exacta dimensión de una alegría: intensa y unos días.
Así que Pablo, su dulce (y desconocida para mí aún) Anna -a quien quiero a través de palabras-, mi amada Maïa y el pequeño Andréa estarán en los rostros que yo mire sedienta cuando el avión toque tierra francesa. Falta una nada. Espérenme, los quiero desde siempre y hasta que dure este infinito. Espérenme. 

viernes, 12 de diciembre de 2014

Nietos/la identidad de todos

Cada nieto es un fragmento que vuelve, la isla que no estaba dibujada en el mapa (pero sabíamos que existía), el gajo que debía haber prendido, la palabra que faltaba acentuar. 
Cada nieto se recupera a sí mismo y trae consigo a sus padres, llevados a la tortura en la honda noche de la sangre estallada; crea un nuevo organismo que vive y en el que las abuelas vuelven a tejer, los tíos cuentan cuentos que no habían querido olvidar y los primos esperan con la pelota picando treinta mil años en la vereda familiar.
Cada nieto recupera lo que le faltaba a esta tierra y se sienta a la mesa en que todos comemos en una silla que le habían guardado sus papás. Brinda, canta y se deja rodear por los compañeros que sobrevivieron, los amigos, la maestra vieja de aquella escuela,  el verdulero de la otra cuadra, el peón del pueblo y la provincia vecinos. Todos pasan, lo abrazan y le agradecen porque cada nieto posee el fragmento de risa que nos falta para reírnos para siempre, para alegrarnos de que la vida ha vencido a la muerte y de que nosotros somos muchos y más.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Querido hijo

Tejí hace tiempo en mi vientre un nido: con plumas, con dolores, con sueños y te formé en mi corazón durante meses (exactos fueron ocho y un parcito de días). Puse muchas palabras, la madre que no tuve y hubiera deseado que tuvieras, relatos, dibujitos, los libros -como siempre-, la soledad que entonces sostenía. Cuando naciste eras el que yo había soñado y mejor todavía. Yo pude lo que era: me resbalé en la niebla, anduve a tientas (que siendo madre es como andar a ciegas), dije cosas que no eran, cometí atropellos, di puntada sin hilo, quise dar y no pude. Ahora estás aquí, enfrente de mí, y te quiero: como te quise entonces, pero más todavía. Porque ahora nos vemos el alma: y está desnuda, sin ningún artificio. Después de tantos años ya no sirven las vueltas: nos vemos como somos: descarnados, fallados, doloridos, con una historia que quema y compartimos, con un cuerpo que llama, que rechaza, que necesita y grita. Y siempre la palabra que, aunque terrible, repara, acerca, invita. De todas las cosas de mi vida, vuelvo a elegirte siempre porque elijo la vida que tuve para darte y querría ser grande para aún abrigarte, para que pasen las olas que nos hunden, la sangre que nos llama, la pena que nos nombra. Así es lo que nos toca: intransferible y nuestro. Y vamos caminando, juntos, hasta que pase el viento y podemos querernos, vos que vagas por Asia y yo desde mis páginas..  

miércoles, 10 de diciembre de 2014

La herida

Yo venía. Con la cabeza gacha. Rumiando en el noveno estómago mis circunstancias. El pibe salió ciego, como salen los chicos cuando se llevan el mundo por delante, como cuando tienen doce años y no hay nada más que su trayectoria hacia no saben dónde. Y entonces impactamos: su vértigo y mis penas. No pude ver. Se me nubló el mundo -que, al final, no fue tan malo  entonces- y me tomé de una tabla. Alguien hablaba, pero yo no entendía. Será que comprender está ligado a ver -dijo Edipo de Tebas cuando era de Corinto todavía. Y abrí los ojos y una mujer decía: "Tenés sangre" Y todos pensaban en el chico. Yo me miré la mano que estaba toda roja y pensé en la doctora y fui y volví a buscarlo al pibe. Alguien le había dado hielo y yo sangraba. En Olivos llovía y corrimos bajo la lluvia, atravesando el parque. "Hay que coser", dijo la médica. Y me largué a llorar: mi hijo, la vida, mi madre que se ha muerto hace sesenta días, un viaje que se aleja, los años pares, mi cuerpo que se achica, mi paciencia, no poder ayudar, mis penas personales, mi cansancio, la vida escindida en mi cabeza. Y lloré, no por el tajo que pedía sutura; sino por los pedazos, por los fragmentos que no pueden coserse, que me atormentan, (y justo llovía en el parque vacío), que me llenan de miedos. Lloré, como quería hacerlo hace días y no tenía excusas como en ese momento en que la sangre caía de la herida que era un labio abierto que sangraba de adentro, de muy adentro, de tan adentro que se perdía en el punto imperfecto de los días. Después alguien me dijo que soy de un inconsciente optimista; y yo apliqué las mismas compresas en la herida perdida y fui a la casa de mi hijo, con la cabeza rota a juntar mis fragmentos. A la noche -tarde ya- regresé a mi casa y me dieron helado; el limón es lo único que llena mi inapetencia. Y yo solo venía: a ciegas/ como siempre/ pero yendo porque hay que ir aunque se caiga el mundo y se incendien las vísperas.

sábado, 6 de diciembre de 2014

El pájaro suicida

Hay una gata agazapada entre la hierba verde. Es una gata negra de ojos amarillos. Brilla su iris como una piedra fosforescente en el calor iluminado del verano. Un pequeño pájaro de pecho colorado desciende en picada a mordisquear la hierba. Repta la gata apenas separada del suelo con la mirada fija en las plumas del pájaro. Está vivo: su pecho se abre al respirar. La gata acecha inmóvil. El pájaro salta, aletea, levanta vuelvo y vuelve al suelo. Una y otra vez, en una provocación inconsciente que le costará la vida. Eleva sus ojos a las ramas, calcula a cuál desea subirse; pero permanece allí, entre la hierba verde sin ver los ojos de iris amarillo fosforescer en el pelaje oscuro. Cada vez más cerca, cada vez más sutil. Cuando la bestia queda al alcance de una zarpa del incauto pájaro feliz y ya está a punto de saltarle encima para hundir los colmillos en su cráneo con un crujir de huesos astillados, de entre la mata de lavandas otra gata -contagiadas sus pupilas de las flores azules- salta y cae sobre la fiera negra que no esperaba la infantil aparición. El pájaro sobre la rama agradece la intromisión de la gata gris con un trino que rompe la pesadez de la mañana de diciembre. Otra vez será.

martes, 2 de diciembre de 2014

Es el amor francés

Para Claudio Herna
El instrumento propio de la paciencia se duerme en la ausencia de las esperas. Y crece, despacio, una garganta desabrigada que susurra. Vos traés de a poquito tu oreja para que yo le diga que los amores no tienen libros de contabilidad, que nadie debe nunca nada, que las semanas son luces y fríos y calores y lluvia que a veces filtra los techos y nos moja las manos; que la palabra tiene colores que no pueden tolerarse; pero habla. Siempre nos está diciendo que es puente que da sombra en la aridez y pone alivio con compresas de barro, que eso es el amor: un barro que se amasa con los tilos lentísimos de la tarde, un conjunto de hierbas curativas, una infusión  con que brindamos a nuestra misma salud por los siglos que nos quedan por transitar de ahora en más, una sangre que limpia como si fuera tormenta de baldazos, una luna que roza la cama en que dormimos abrazados y todo sigue siempre que es decir hoy, ese tiempo infinito en que te digo que, pese a todo, es el amor y sus talismanes poderosos para seguir riendo. 
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