viernes, 28 de noviembre de 2014

Poner el cuerpo

El mundo se deshace.
Quedan plumas perdidas, opacos cristales astillados, añicos de recuerdos estrellados, aludes de barro, sismos pretéritos.
Bajo los pies
tiemblan los territorios y los mapas
estallan una y otra vez.
Solo abro los ojos:
hay que prestar atención al paso sucesivo y al otro;
hay que sentir el aire que quema la garganta, que la llena de fuego;
hay que mirar la ruta intimidante
y siempre continuar:
aunque brillen los filos de las armas en los huecos inhóspitos;
aunque la suerte se permute
y cambie la peripecia;
aunque nada parezca decir sí.
Hay que seguir:
poner el cuerpo en el ojo oxidado de la tormenta
aunque caigan los rayos
y nos maten
una y otra vez.
Porque
quien no se siente deshecho,
quien no mira cómo la sangre cae de sus entrañas, 
quien no dice estoy muerta ya no puedo seguir,
olvidará la dicha
de perder las batallas,
de arrastrarse en el barro,
de oler como un demonio,
de querer reventarse la frente contra un muro
y luego
-ya de pie (porque siempre sucede)-
verse así 
y ponerse el cuerpo
que estaba destrozado
y lamer las heridas
y dejar que la lluvia lo limpie mientras llora.
Y el agua manará 
de su alma que ha estado esperando 
al cuerpo que se pone, 
que se ilumina 
y que comienza a andar.
Porque esto -también- se denomina amor.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

La sangre de mi sangre

En el desierto extenso, expulsada de todo, tan solo con la sombra de mis libros y una pequeña pala que busca las raíces en esa misma  tierra que desea mi alma. Rossignol, nacido en Algeciras, ¿cuándo cambió su nombre? ¿En qué exacto momento en la punta del agua se inclinó sobre el libro y le pidió a Dios que cuidara su patria que era solo el lenguaje? "Manuel, mira allá arriba.", le dijo. "¿Qué, mi Señor? Solo veo un pájaro. Es grisáceo y efímero."  "Escucha cómo canta." Y el pájaro  tembló sobre la encina y el corazón del hombre se rindió a la evidencia. "Soy esa ave que canta encima de las ramas", dijo. Y Dios le concedió su nombre Rossignol para que sangre de su sangre la buscara en los libros. 6000 volúmenes como si fueran años. Expulsada de todo, buscando mi simiente, en el desierto extenso, voy yo, la que no tiene otra patria que no sea su lengua, que no sean sus libros . Rossignol, nacido en Algueciras, mi tatarabuelo andaluz, balbuceaba en su lengua, expulsado de todo. Y yo, 6000 libros más tarde, le rozo las yemas de sus ásperos dedos en la tarde que cae, roja como la sangre de la patria que quiero en el ancho desierto, en el adentro de este cuarto en que escribo el nombre de ese hombre: Manuel Rossignol, la sangre de mi sangre.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Pensándome

Los que me toman las manos.
Los que rezan por mí.
Los que me dicen que sí.
Los que me guardan en su pecho.
Los que me ofrecen consuelos diferentes y a medida.
Los que me tejen una bufandita para el frío.
Los que me hacen tostadas.
Los que me besan desde lejos.
Los que no saben y sonríen.
Los que me acunan con sus palabras.
Los que me dan talismanes y milagros.
Los que escriben mi nombre para que sea protegido.
Sepan que,  cuando el cuerpo es un desierto inhóspito y vacío, solo se sobrevive porque ustedes están pensándome.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Frío

El miedo es una mano que no cede. Se trepa como una dentellada de bocas diferentes y no pasan las horas. Se quedan ahí, como atoradas, encimándose fuera de sí. No alcanzo a ver la vereda de enfrente. Desde este cordón es Japón, Indochina, Sumatra. Tengo un frío constante que no alcanza a calentar ni tan siquiera el sol.

viernes, 21 de noviembre de 2014

El deber del placer

Hacés la carrera de Letras porque querés enseñar literatura. Te gusta leer desde que eras así de chiquita y, además, un día se te dio por escribir. Así que vos, que ibas a estudiar Historia, en la ventanilla de la Facultad cuando la tipa dice "¿Carrera?", vos decís Letras. "No, no, pará" -protesta  tu cerebro- "era Historia. Íbamos a estudiar Historia. ¿No te acordás que habíamos ido a una cosa que te hizo miles de test y dijo Ciencias Políticas y nos matamos de risa? ¡1977 y Ciencias Políticas! ¡Qué buen chiste! Historia era lo más parecido al fervor militante que no habían podido acallar en vos en tantos meses. ¿Cómo que Letras?" Y entonces, lo mirás fijo al cerebro y le decís: "Me hacés el favor y te callás: es Letras y punto." Y lo obligás a fumarse tres griegos, cuatro latines, miles de literaturas dadas por gente horrible en tiempos más horribles aún. Y encima los otros -esos incordios de la naturaleza humana- te preguntan: "¿Letras? ¿Y de qué vas a vivir?" "Voy a dar clase porque desde que era también así de chiquita jugaba a ser maestra." "¿Y para eso hacés cinco años en la UBA?", te dicen los turros. Y vos seguís, te recibís y entrás, confiada y feliz, al aula... No, no, antes de entrar, recuerdo, te hace una zancadilla el señor Placer que está esperando tan solo a los que vamos a enseñar Literatura, a los imbéciles que cargamos libros y libros y libros. ¿A qué profesor de Historia, por ejemplo, le martillan la paciencia con que el alumno debe sentir placer ante el conocimiento de las causas de la batalla de Caseros? ¿A cuál le reclaman  que los chicos deben mearse con los binomios cuadrados perfectos? ¿ O que la razón de la clase de abdominales es la adrenalina placentera del gozo? No, solo a los de Literatura que, obviamente, nos frustramos porque, con un poco de suerte y con una personalidad desafiante y avasalladora, logramos que tres de treinta y cinco sientan un estremecimiento que nace en la base de la columna y se prolonga por todas las ramificaciones nerviosas hasta estallar en el cerebro (sí, ese que decía, con razón, Historia) y transformarse en una compulsión adictiva. Porque, dejémonos de embromar, leer no le gusta a todo el mundo y es lógico que así sea: tampoco  a todos les gusta el cine o la física o la biología. Hay gente para todo en esta vida. Y así como disfrutar o no de la geografía no cambia gran cosa la cualidad humana, tampoco lo hace la literatura. Lo que pasa es que los que leemos tenemos la lente un poco distorsionada y creemos que el que no lee es un tipo al que le falta alguna cosa. Aceptémoslo de una buena vez: a los que le falta alguna cosa es a los que leemos y por eso -solo por eso- lo buscamos como obsesos en los libros. Pero volvamos al punto: somos lectores y enseñamos literatura.  Y alguien -bien sádico, por cierto- nos cargó el sayo del placer como un deber. Algo tuvo que ver Kant cuando planteó aquello del imperativo categórico. Porque si yo siento placer, cómo no puedo hacer que esta parva de adolescentes, ocupados en vivir y amar y dolerse y retorcese de gozo, sientan un gramo de este estremecimiento que sentimos los que leemos al leer. ¡Qué omnipotencia egocéntrica la nuestra! ¡Ser la medida de todo el placer! ¡Y encima dejarlo por escrito en una planificación! Gente de Letras, liberémonos del deber del placer. O en todo caso, empecemos a enseñar Historia. ¡Y listo!

jueves, 20 de noviembre de 2014

Regreso a casa

Ahora voy a llegar a la esquina. Me bajaré del transporte y miraré a la izquierda para cruzar y alcanzar el cantero; después, a la derecha para llegar a la vereda. Caminaré por la calle de tierra que esta mañana tenía charcos. ¿Estarán ahí todavía? En la quinta de los Berger ladrarán los perros y en la casa de enfrente la brisa moverá un atrapasueños con sonido de cuento. En la esquina me saludará el señor de la cabina que ya sabe mi nombre. Responderé el saludo al pasar y doblaré con el perfume de los tilos como una esponja suave y fresca. Cuando corra la reja, los perros vendrán galopando a saltarme en el pecho mientras Margaux maúlla, siempre a mi derecha, sin que yo pueda verla. Lou llegará cuando haga la cena.  Desandaré el sendero de Oz hasta el patio donde el jacarandá se desmaya de lilas entre las hojas. De espaldas a la mesa, dejaré caer mi mochila sobre la mesa y habré llegado a casa como hace once meses.

Mis deudos

A veces pienso en la muerte -la mía- y en los hilos que quedarán sueltos, flotando. Pienso en los que tendrán que lidiar con mi recuerdo, hacer los compilados y olvidarme. Querría que no sufran demasiado y que aprendan a convivir con la que fui para ellos. A veces pienso en eso y lloro porque no podré hacerlo cuando suceda.

martes, 18 de noviembre de 2014

Toros

Los toros de la madrugada mugen mudos en los corrales de la sombra.
En el barro hunden las patas de su luz amarilla
y bufan en el aire traslúcido de la que aún es noche.
La furia sin yugo de la mañana les pisa las pezuñas
y extrañas rosas llueven sobre su lomo de cansancio
donde titila la oscuridad que ya se duerme entre las copas de los álamos.
Los toros -casi piedra- tienen ojos y engaños
y un pelaje rosado para cubrir  la vaca que espera masticando la  dicha en su estómago de pasos infinitos.
Hunden el hocico en las horas que vienen
y de un salto trepan las vallas de las estrellas para arrastrar el sol con que amanece.
Y del corral abierto brota luz.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Un viaje/ Día -41

Hay un hotel a cinco cuadras de Acrópolis dorada que me está esperando. Entraré en ese cuarto y veré la ciudad como era hace siglos, envuelta en mirtos y olivos bajo una luz azafranada y pura. Mi corazón aletea de gozo prematuro porque otra vez seré Casandra e Ifigenia, y diré esas palabras que volaron hasta clavarse en los techos de una Atenas perfumada y profunda; porque se llenará mi cuerpo de recuerdos que me fueron prestados en páginas de griego traducidas.  Yo soy siempre la misma y ahora atravieso la puerta de cuerno de los sueños.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Un viaje/ Día -45

Había pensado en no viajar. Tiempos que no cerraban, piedras que lastimaban, un zapato que, de pronto, era pequeño y apretaba. Pero si no he podido tapar el sol con la mano, qué haría quedándome acá. Además la vida tiene opciones: una lanza una barca al agua, si zozobra hay dos caminos: seguir andando con la confianza de que no naufragará o abandonar la travesía. Yo elijo la primera, con los ojos y el corazón abiertos. Y busco en las tinieblas de la información de qué carecen mis playas y poseen las otras: aguas más turbulentas, cierto poder para hacer doler, un abismo oscurísimo. Pero yo soy esta, la que soy, la que no puedo dejar de ser, la que no desea intercambiarse con ningún otro ser vivo de este planeta.
Y estoy a 45 días de cruzar el océano con una pequeña maleta para abrazar a muchos que me quieren y a los que quiero con la alegría de mi sangre mejor.
He comenzado la cuenta regresiva.
Allá voy.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Confianza

A veces cae una lluvia mansa -como un jolgorio de gotas que cantan con boca colorida- y se ve bien detrás de los cristales, en el regazo de la casa que ampara. Pasan las horas como bandadas de aves repentinas entre los tilos mojados y las hierbas. La oscuridad se abre en la íntima luz con las palabras y llueve, así, sobre las sábanas dormidas bajo el agua. Pero a veces el aire se llena de violencia y rasga en torbellinos la mañana. Enfurecida lluvia con cuchillos de plata, bocanadas eléctricas de sombra, encapotada lluvia que cae, hiere, anega, mata. El corazón pelea con los fantasmas de tantos animales enjaulados y llueve con dolor, con rabia, sin mañana. Quedan sin luz los lirios y las manos se ajan. Acribillan las gotas la línea de la espalda y tallan tremebundos agujeros por donde se desliza, desnuda, la confianza.  Pero -entonces-, indefectiblemente, regresa la mañana y sale el sol. Los seres vivos hacen sus abluciones, cantan. Vuelve el amor a rescatar la risa y coserla en el alma. Los murmullos se enredan en el borde del cuello. Siempre vuelve la vida. No puede detenerse: aunque llueva mil días y otros mil. Si no, más valdría perderse para siempre. Es de esto que se trata, digo; y abro las ventanas.

sábado, 8 de noviembre de 2014

La orfandad

Escarbo mis recuerdos en busca de la piedra luminosa que permita elaborar la pérdida que he procurado acallar, teniendo en cuenta la ausencia del dolor. ¿Quién podría llorar por carecer ahora de lo nunca estuvo? Es un absurdo, me digo. Y pienso en aquel julio, a los dos años, en que me enviaron a San Juan a festejar mi nacimiento en la casa de Dominga, la mujer que ayudaba en la limpieza. Hay una foto donde estoy detrás de un banco con una torta y un rancho con la cordillera atrás. Mis padres, en Capital, ¿qué pensarían ese día 23?  Alguno de los dos, ¿me recordaría en esa jornada con amor y se diría " es su cumpleaños y es tan pequeña y yo la he enviado tan lejos, con gente desconocida y ahora la deseo abrazar."  Yo habría cambiado cada libro, habría querido ser analfabeta a cambio de dormir una noche de niña en cama de mi madre y que ella me leyera, como una maga, los libros que tenía; aunque no entendiera ninguna de esas palabras para dormirme en el arrullo de su voz espaciosa. Yo habría olvidado cada coma, cada verbo; solo porque sus manos rozaran mis cabellos y me acunaran en esas noches de espanto en que soñaban que todos habían muerto y me quedaba, sin memoria, perdida en una plaza y no sabía hablar. Escarbo en mis recuerdos para dar con la luz; y solo hallo un trozo de carne viva saturado de púas, una sanguinolienta médula que no deja de replicar la soledad como una radio que alguien se olvidó de apagar. Escarbo, escarbo y no puedo detenerme. Hace ya treinta días que cavo en mi memoria y,  desde arriba, hay quienes tiran piedras sobre mi carne en duelo. A veces digo no necesitar nada, solo para que sepan que bebo el agua de los gestos menudos como si fueran mensajes de socorro en mis botellas para no naufragar. El silencio es una espuerta que solo carga soledad. En la arena los toros rozan sus pezuñas en la sangre y los banderilleros los azuzan sin que nada los enfurezca. Hay que mirar la ira callada de sus ojos de piedra, su pelaje mezclado de barro y de sudor y abrir los portones de la arena para que salgan, para que corran, para que sean libres y hallen la piedra luminosa que ellos también desean poseer.

Las familias y los vidrios

Las familias se reúnen a festejar cumpleaños. Comen pasteles, brindan y se desean felices navidades, años nuevos, buenas vidas. Se regalan paquetes con cintas lustrosas o pequeños besos, dulces como la miel. En las noches, las familias se cuentan cuentos o miran fotografías para hallar parecidos y recuerdos mientras beben té. Las familias son espejos, brillantes mediodías de verano junto al mar: esa cena, ese domingo, la lluvia en ese toldo, o esos platos de color azul.
Yo miro detrás de una vidriera a las familias murmurar sus secretos de figurita imposible, veo a las madres que pasan las manos delicadas sobre el cabello de los niños que leen y a los padres que las miran hacer. De este lado del vidrio vivo con mi silencio como un lazo de fuego, y no tengo recuerdos ni parecidos ni un brazo que me acune en la tormenta ni siquiera la memoria de un pastel. De este lado del vidrio yo estoy sola: desnuda y miserable; y no hallo la puerta donde encajar una llave de hierro que alguna vez alguien me dio. De este lado del vidrio yo sé todos los cuentos y me los digo mientras me paso los dedos por los cabellos una y otra vez; pero no es igual. De este lado del vidrio las familias se mueren cuando se ven los ojos y los cadáveres taponan las alcantarillas mientras no deja nunca de llover.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Detalle

Escribir.
En la calle de tierra húmeda han caído las flores del jacarandá.
Y se recorta una textura y un perfume sobrepuestos a un contraste que atrapan las palabras.
Ahora esa calle mojada donde aún han quedado los charcos está atrás y las flores irán pudriéndose lentas sobre ese barro. Alguien las pisará y deberá cuidar no resbalarse.
Sin embargo se escribe que en la calle húmeda las flores han caído lilas y el lenguaje congela vívido el detalle para siempre.
Y cada vez que unos ojos lo lean habrá una calle embarrada y un colchón lila vibrante.
Escribir/ Rescatar la maravilla de ver lo que más tarde derrotará el tiempo.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Tejido

Se teje: dos agujas y un hilo.
Y en el medio
los ríos con aguas de milagro, y cinco peces de fría plata  clara, y unos guijarros como si fueran bocas, el cielo en espejo y las copas tan verdes de los árboles ahora.
Un punto.
Y otro.
El hilo sube y baja.
Otro y se escapa.
Volver atrás y retomar el viento que sube en la baranda y me encrespa las piernas, el borde suave de la ropa en el muslo, el perfume perdido, los besos, las mordidas, las risas susurradas.
Y las agujas y el hilo y el tejido que crece, que hay una hilera mala, muy justa, muy floja, ya perdida
Y unos ojos me miran detrás del desayuno, saltan sobre mi falda, huele a café perfecto y a esa calle de barro donde se derramaron brillantes Santa Ritas.
Solo un hilo que baja y sube y baja
Y el sonido metálico que hacen las agujas mientras tejo.
Crujen los tiempos.
Yo hablo de la vida.

martes, 4 de noviembre de 2014

Un mes

El sábado hará un mes que mi madre habrá muerto. Apenas treinta días. Y hacia atrás años con el hilo tensado como una oscura horca o curvado en una cuerda floja. Frágil equilibrista he quedado hace un mes con un pie en el vacío y el viento se ha colado, huracanado, sin darme tregua ni sosiego. Yo creo que resisto (el resto dice lo bien que lo supero); pero sé bien que, dentro, hay miles de cristales astillados que no logro  juntar: querría volver atrás el tiempo -con lo que sé ahora- para que mi vida infantil pudiera prepararme mejor para andar en el mundo; tener los ojos lanzados al latido de mi alma y un regazo donde apoyar la cabeza para que me la rocen diciéndome que todo va a pasar.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Bonjour, Oliverio (IV)

Queridísimo:
Hacía mucho que no le escribía. Y, lo que es mucho peor aún, hacía mucho que no salía a volar por ahí. Vio cómo son estas cosas: una comienza por hache y termina por be. Cuando se quiere dar cuenta escribió cinco libros y se olvidó de volar. Imperdonable.  Es que han pasado tantas cosas en estos días: desde madres que dicen ya y se les da por morir hasta fantasmas que me golpean en las rodillas para darme miedo cada vez que intento reír. Por suerte usted -y un par de amigos que tengo andando por el mundo- me han hecho ver -un poco crudamente, por cierto- que dos más dos, a veces no es cuatro y que, en ese caso lo mejor es abrir una ventana y empezar aletear. Claro que usted, Oliverio, lo supo desde antes y me dejó envuelta en mi crisálida de silencio porque nadie se hace mariposa a los tortazos; es, simplemente, una cuestión de decisión personal. Yo soy perseverante. Mi hijo me dijo  el otro día que yo me mandaba grandes mocos -él habla así y usted lo sabrá disculpar- pero tengo la infinita capacidad de intentar e intentar. Como bien aclaró usted anoche también soy de un egoísmo inconmensurable.  Lo sé. Y sumemos a ello  un par de fobias duras de roer que bastan para apartarme hasta de mí misma. Hoy, justo hoy, alguien me dijo que había que dejar que lo inútil se fuera hacia el remolino de la destrucción.  Yo debo aprender tantas cosas aún: a escuchar,  a ver más allá de los perímetros de mis circunstancias,  a prestar atención, y por sobre a liberar los lastres que me atan al deber ser. Y debo volver a volar: no porque sea una obligación; sino porque si no vuelo -sin pechos de magnolia para ofrecer- voy a morir más sola que un sapo en medio de la playa de la desolación. Así que, mi querido Oliverio, lo invito. Ya sé que llueve; pero no sabe el sol que brilla más allá.
Con amor
María Luisa

sábado, 1 de noviembre de 2014

A llorar al campito

Siempre estuvo ahí. Como un nudo diminuto. Como un pespunte que se trabó y la aguja de fino frío helado, atascada. Siempre hay que tironear. Y el viento otra vez metido entre los ovillos. ¡Habrase visto! Siempre ahí. Como una premonición. Un relámpago de intuición que espantaba como una mosca con la mano. Ahora no, se dijo, no es el momento de ver. Un rato más con los ojos cerrados.  Sí. Mejor. Y el pespunte y la aguja atascada. Cuando quiso entenderlo fue un estallido fulgurante. La mosca había devenido en elefante. Y barritaba con sus patas pesadas sobre ese amanecer que aún era madrugada. La verdad -meditó- hay que mirarla de frente y en ayunas. Y bancarse sus nudos, sus pespuntes y sus agujas atascadas en medio de la hora en que cae la luna y se lleva los velos. Una copia barata, un sucedáneo, un remedo cortado con un filo oxidado. Pero de cada nudo quedan ardiendo las palabras y su suerte de asesino serial: una tras otra en un sintagma viscoso. Lo que se dijo estuvo siempre: un nudo en la punta de la lengua y a llorar al campito. Zurcir al aire libre no es cosa buena: se pierden los dedales, se enredan los ovillos en el viento. De frente y en ayunas: así es como se hace. Lo demás es catarsis que termina a las cinco. Eran las cinco en punto. Ya sube la gangrena por las trompas de lirio y cae gota a gota sobre la arena sangre.

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