viernes, 31 de octubre de 2014

Signos

Hay que leer los signos,
ver el sintagma entero en que se alinean,
hurgar el hueco en donde la palabra se disuelve en su cara -la otra- de silencio.
Y ahí,
tan solo ahí,
clavar los dientes
mordisquear los lamentos,
hundir las suaves yemas
para que reverdezca nuevamente,
azul como una madrugada de domingo.
He estado de viaje de mí misma
y deseo volver
en medio de los signos.
No quiero ser la que descifre los secretos,
la receptora de todos los relatos.
Voy a cerrar los buzones y comerme la llave.
No quiero sintagmas con huecos de silencio.
Me merezco la risa.
Otra vez.
Cada vez otra vez.
Y tus ojos que miran mis palabras.

viernes, 24 de octubre de 2014

Duelos

Cuando Mariano murió -hace ya cuatro años- la ciudad era otro muerto por velar. Había esquinas por las que no podía volver a pasar porque nos veía -a ambos- como una estampa presa para siempre allí. También hubo veces en que me empeciné en  sentarme sola en la misma mesa del mismo sitio, segura de que iba a aparecer por ahí. Tardé mucho en borrar su número de teléfono, en dejar de hablarles a sus fotos. Solo me atreví a entrar una sola vez al blog que teníamos para nosotros dos y no pude ir más allá de su última entrada seguida por mis escrituras convocando la nada. Hace unos meses pasé por la esquina de la casa y no me atreví a ver a su Jeanne d'Arc. Tardé mucho tiempo en volver a leer y solo lo hice con El paciente inglés, ese texto maravilloso acerca del poder del amor más allá de toda realidad.  Ahí, alguien dice que la muerte es algo que ocurre en tercera persona y cuando él murió - y durante mucho tiempo después- yo seguí usando el "vos".
Mis otras experiencias se juntaban con esta y yo creía que la muerte -que es ese desolado desierto que nos toca transitar a los vivos (que solo eso es morir: siempre es el otro/siempre es nuestro agudo dolor)- yo creía que eso tenía las mismas dimensiones para atravesar: días infinitos de memoria; diálogos que, de alguna forma, hay que concluir; lugares que es necesario resignificar; cicatrices que deben ser suturadas; punzadas agudas que terminarán dulcemente maduras.
Pero esta vez no hay lugares que llenen mi recuerdo o  por los que yo no debería transitar, ni palabras de difícil pronunciación, ni otra persona gramatical que no fuera la tercera.  Observo,  con cautela, que hace tiempo que hablo de mi madre  en absoluta soledad; que, aún viva ella, el mío era un monólogo a la nada, a eso con lo que la muerte, en su irrupción terrible, nos obliga a lidiar. Entonces siento otro tipo de temblor: el de quien se queda esperando que lo que no sucedió -en este caso el amor- se levante del vacío y rescate algunas bellas piezas para empezar a bailar. 

jueves, 23 de octubre de 2014

El ovillo y el amor

Los días son madejas infinitas que estiro hacia una punta y ovillo hacia la otra.
Y ahí, donde estás vos, puedo poner la cabeza entre tus manos
y descansar.
Porque el amor es eso: unas manos para ovillar.

lunes, 20 de octubre de 2014

Domingo

Soles.
Un ombú bajo la lluvia.
Una cesta de moras.
Unas sábanas limpias.
La tarde que se cae.
Dormir en las estrellas de tus brazos.

Día de la madre

Es necesario que el mundo se deshaga para volver a armarlo: que el cielo sea agua; que la tierra, verano; que los pájaros, gatos que le  rugen al viento. Que las cosas se enlacen de forma diferentes y que solo subsistan los sueños que nos cantan alrededor del fuego. Es necesario deshacer las costumbres y estar atentos a que quede el amor -el que te tuve el día que naciste, el que fui construyendo, el que he rescatado de días de tormentas, el que guardé del aire entre mis tibias manos y en el horizonte de un día que comienza lo abro para que eche alas y vuele atravesando barrios, ciudades, primaveras hasta tu casa y se pose en tus vidrios y te vea dormir para volver a casa y al oído contármelo.

sábado, 18 de octubre de 2014

El suspiro de Margaux

Viene y se trepa. Primero ofrece la frente, con la cabeza gacha; luego el cuello extendido para que yo pase mi índice desde su mentón bajando con lentitud. Sobre mi brazo izquierdo, como si fuera una niña, voy sintiendo el peso entregado de su cabeza y el motor sin fin de su ronronear. Pero hay un momento, un único e imperceptible instante, en que Margaux suspira: el aire  se le escapa entre los finos colmillos y se deja dormir, entregada en la confianza de no haré con ella nada que pudiera causarle un dolor, en la confianza de que me une el amor a su alma de gata, en la confianza de que nada nos podrá alejar de esa entrega, de esa duerme vela en que mi índice roza su cuello y ella suspira antes de empezar a soñar.

FILBITA 2014


martes, 14 de octubre de 2014

La memoria

Los pasos perdidos
Los amaneceres huecos
Los días que se fueron
La tristeza sutil que es un desgano
La contundente que es llanto
Los párpados que cubren la mirada
Las manos como mantas
Los cabellos dormidos
La repetida boca que se calla
El perfume ajado del pasado
La palabra
La nuestra
La que nunca se dijo
Y ahora
Ya no tiene sonido
Ya no tiene sentido
Ya flota
Como la espuma vacía de la orilla
Como la arena efímera y eterna
Como la silla donde espero
Aún
Como hace miles de días
Sabiendo desde siempre
Que las aguas no traen lo que aguardo
Que no hay cosa que tenga más dolor que este silencio.
Que lo fue podrá no ser
Pero
La ausencia que tiene su ejercicio
Seguirá así
Aunque el relato que teja la memoria esté lleno de trampas
Consolaciones vanas que tienden la piedad
Donde antes hubo horror
El teatro
La catarsis
La distancia
Más tarde o más temprano
La conciencia

domingo, 12 de octubre de 2014

Mi madre era pequeña

Mi madre era pequeña como un pespunte, pero la hebra de su hilo se extendía por surcos infinitos: atravesaba llanuras de hielos que estaban allí desde antes de los erizos prehistóricos; pasaba por montañas de acero incorruptible; daba la vuelta por ríos que bajaban turbulentos en un alud de lodo y sangre; se demoraba en desiertos de tierra inerme y seca. Mi madre era pequeña y muchas veces había que acunarla para que se callara con palabras que yo siempre desconocía o no podía retener. Mi madre cabía en el hueco de una mano que nunca fue la mía y ya no lo será porque su memoria es un clavo pequeño, tal vez una tachuela germinada, que se hunde en el calendario de mi existencia desde hace muchos siglos atrás. Y yo, que llevo a cuestas mi colección de muertos, a los que les canto mis canciones de miel cuando la lluvia los deshace donde sea que estén, pienso en mi madre tan pequeñita, tan tachonada, tan pespunteada en su rostro de niña que me mira desde el amor que nos quisimos tener y no supimos cómo porque hubo ríos, llanuras, desiertos y montañas que nos interpusieron sus distancias una y otra vez. Entonces pienso en  los ruedos que deberé deshacer para crecer. 

Bueno, ya está

Quiero dormir hasta que el día cambie y se lleve esta extraña tristeza compuesta de vacíos, esta nostalgia de caramelos rotos y papeles perdidos. Quiero dormir hasta que suba el sol y entibie las aristas y abra las ventanas, y los cuartos astillados de la infancia vuelen entre los vidrios con un viento de aquellos. Quiero tener un fragmento de cielo que sea todo mío donde yo pueda dibujar con unas tizas húmedas las caricias que debí haber merecido alguna tarde de portafolio nuevo, un fragmento de cielo donde suene otra vez la voz grisácea de mi padre hablándome para que yo comprenda la urgencia  repentina de su historia. Esto es un duelo -ni más ni menos otro- no solo de una muerte sino el entierro de lo que nunca fue y deja mordeduras indelebles y oscuras. Quiero dormir hasta que vuelva otra luna redonda, cristalina, sea la madrugada y yo diga: "Bueno, ya está", se suelten los pespuntes y me importe una nada lo que no haya pasado sino lo ancho y hondo que pueda suceder de ahora en más. 

sábado, 11 de octubre de 2014

Miranda y la tempestad

Llamo a mi hermano Mariano porque necesito saber cómo él, justamente él, está en estos días. Quizá siempre tenga la sensación de velar por el bienestar de los que hemos  quedado desparramados por el mundo. Tal vez ser hermana mayor sea un poco esto: llamarlos para ver si necesitan alguna cosa en la que yo los pudiera amparar. No me es fácil hablar con él. Lo quiero extensa y profundamente, pero la palabra, que tan ligera y obediente suele ser para mí, se agosta con él (como con mi hijo, pienso). Nos decimos un par de cosas que arañan superficies y me pasa con su hija menor de tan solo 8 años. Miranda es tal como Shakespeare pensó a su personaje: un hilo que permite flotar y rescatar el amor. Entonces de heroína a heroína de tragedia inglesa nos entendemos: "Cuidalo mucho a tu papá.", le digo y agrego, "Dale muchos besos, pero muchos, muchos." "Claro, tía. Yo ya sé.", me dice. Y la tempestad deja de soplar. "Sos una princesa que tiene que abrazar al rey", termino. Y Miranda se ríe como lo hacen los niños que viven a la orilla del mar. 

viernes, 10 de octubre de 2014

Mon petit frère Pablo

Acabo de hablar con mi hermano, el que vive en Marsella. Ayer, su dulce Anna me dijo palabras francesas llenas de un afecto hecho de su amor a él. Quizás ahora se limpien los cristales donde todos nos mirábamos mirar. Como fuera, las palabras fluyen como peces en el agua azul de la distancia; y la familia es algo que iremos construyendo con estas nuevas piezas, como todo sistema que debe volver a ser. Mi hermano es un corazón que anida en el mío, al que yo quiero y elijo desde el día en que nació y lo nombré con sus cinco letras. Me gusta hablar con él y saber que, en dos meses, distinguiré su cara entre las cientos que pueblen ese aeropuerto de Marseille. Como siempre cuando cortamos, sé cuánto lo extraño y de qué forma mi vida estuvo unida a él. El vacío que siento en estos días se puebla con su risa y es como si mi papá estuviera a mi lado corriéndome el cabello mientras lloro. La vida es un tejido en el que los nudos se disuelven o se ciñen, según lo que podamos hacer. Tengo mucha esperanza de que, ahora, liberada una energía que cortaba mi alma, yo pueda empezar a ser enteramente tierna. Tengo mucha esperanza de que, cuando este 31 de diciembre levante mi copa en Francia, junto a Anna, mis sobrinos y junto a él, una forma de ser que estaba guardada en mí pueda nacer.

jueves, 9 de octubre de 2014

Quizá

Quizá se me deshagan las espinas como líquidas sombras.
Quizá se me derritan uno a uno los cristales de fuego que me cercaban como bocas solo para morderme.
Quizá me hablen las estrellas y me borden pespuntes de luces en los ojos.
Quizá pueda ver la lisura extrema de las cosas para cantarme las canciones de cuna que no tuve
y ser hija de mí y pasarme la mano por el pelo como una tímida caricia que me estaba esperando.
Ser viento
y lluvia
y sol.
Quizá ahora el amor deje la muerte atrás y sea primavera
Quizá yo ahora vea lo que ven otros ojos en mi alma.
Quizá.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Vuelo

Querría poder volar
como si fuera un pájaro
y planear con el viento entre las plumas,
porque
en una manito apenas
me caben los momentos que jamás me entregaste
y
un agradecimiento:
haber aprendido de niña
a andar sobre mis piernas para alcanzar mi cielo
a nadar en mi miedo para ver la otra orilla
a apretar bien los párpados en medio de la lluvia.
Lo demás
-lo que la gente dice que fue haber sido hija-
eso lo desconozco
y me iré de este mundo sin haberlo sabido
porque no me enseñaste
ninguna otra cosa que no fuera largarme al ruedo del silencio.
Y tal vez haya sido de verdad que tu último gesto fue también el primero.
Ahora estoy al borde del abismo
pero ya sé de qué sustancia está hecho mi vuelo.

Hoy es el día

La muerte es una extraña visitante que nunca nos dice de qué manera debemos comportarnos. Incomoda como un traje que falla, como un sombrero que nos sacude el viento. Y nos deja desnudos. A veces se lleva a los seres que amamos. Otras, a nuestra madre. Y entonces nos quedamos pensando qué deberemos hacer para saldar la cuenta que nos quedó pendiente. Lloro, pero lo dijo Homero, lo hago por mis males.
Ojalá hayas sido alguna vez feliz.

martes, 7 de octubre de 2014

Un día.

Un día, mi madre se morirá. Y el verbo está ahí, en la pantalla. Y lo veo,  inmóvil, sin que yo pueda entender lo que sus sílabas presagian. Diré ese día futuro que ella se ha muerto y no usaré ninguna metáfora para un hecho común -al fin y al cabo, en este instante a cientos de personas se les están muriendo madres-. Pienso hacia atrás y no hay recuerdos que pudieran nadar hacia la luz o el algodón tendido; no hay mesas donde se amasen las caricias como pájaros sorprendidos ni tan siquiera el soplo de una palabra melodiosa. Querría yo saber hoy, a no se cuántos  días de esa fecha ignota, si la muerte traerá la tristeza o la rabia, si sentiré el vacío de la batalla que nunca dejó otra cosa que no fuera una sórdida prosa y un fragor de caballos enloquecidos, violentos, desbocados. Y lo que no aprendí del amor y ya no será nunca, ¿en qué ojos volverá a no habitarme detrás de los cristales zurcidos con mis manos? Un día, ella se morirá. Y dejaré de sentir por fin esta agonía, tan hondamente en medio de la carne, que, a veces, no me deja sonreír.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Azul fosforecido

¿Alguna vez miraste el cielo a esta hora?
Fosforece de azul.
Cantan los pájaros y alguien, lejano, los acompaña.
Afuera el aire pespuntea su tibieza y el sol se desnuda entre nubes celestes.
Voy encendiendo luces en la casa dormida como si fueran piedras arrojadas en el sendero largo de otro día.
El agua borbotea en la cocina y la gata se ovilla junto a la ducha con su nostalgia de peces.
Hablo con los habitantes invisibles de la mañanas y me responden con su humedad de pámpanos.
Salir tiene algo de sirenas y ceras, algo de precipicio diurno, algo de sumersión en las horas calientes que duermen todavía.
Y sin embargo, salgo.
La calle está vacía y amanece.
¿Alguna vez miraste el cielo a esta hora?

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