domingo, 28 de septiembre de 2014

Feliz cumpleaños para el francoparlante

Hoy cumple años. Los mismos que yo. Hace ya 21 meses y dos cumpleaños que festejamos. Cada mañana me despìerto con sensación  gusano y él me obliga a mutar como mariposa: pese a mis miedos, mis desplantes, mis malos modos, mi tono de pizarrón viviente. Hubo quienes no daban ni dos centímos por nosotros y hemos transitado 6000 libros, 9 perros, 7 gatos, y varios momentos de pura intimidad. A su lado he conocido la alegría, que es mucho más profunda y verdadera que la felicidad. 

jueves, 18 de septiembre de 2014

Eso dijo Odiseo

Qué es de la línea suave y gris y temblorosa que me anuda los dedos con su cuerpo de gasa cuando pretendo hablar pero enmudezco y vuelve la nostalgia a invadirme las horas eternas del regreso.
Eso dijo Odiseo mientras Calipso le alargaba el tiempo en inmortalidades varias.
Eso dijo: yo solo lo repito.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

El viento

Peino mi corazón como si fuera agua y guardo mis palabras en los bolsillos del silencio. Después me miro en el espejo y veo: lo que no quiero, como un zurcido transparente e irremediable que se oculta, pero que lo descubro en el canto matinal de los pájaros. Algunas metamorfosis me atemorizan más que los roedores e intento regresar a la nostalgia de los sitios perdidos. Las alas pierden sus plumas; los peces, sus escamas y todo se hace como viento que pasa. En alguna estación van quedando maletas y paraguas que se habían perdido. A esta hora exacta caen los mismos milímetros de agua: en Siberia, en Manhattan o dónde caiga el agua con esa derechura imperdonable. Yo atravieso desiertos empapada de lluvia. El día se vuelve un áspid incomodísimo y me duele el costado, ese lado insaciable  que marca a dentelladas.  Después viene la noche que cubre las vitrinas y se alza en los patios. En el ruido de postigos ya dejo de pensar y cierro todo, inclusive los ojos para que cese el vértigo del viento que me arrasa.

domingo, 14 de septiembre de 2014

De la furia a la reflexión: o de cómo se fueron los aplazos

Mi primera reacción fue saltar a la yugular. Nos quitan el arma neutrónica, se iguala para abajo, no se premia el esfuerzo, se les va a regalar la nota, serán todos unas bestias brutas, etc., etc. Roja de furia, de indignación, de fastidio. 
Y después me di a pensar que la evaluación no debería medir resultados, que tendría que prestar atención a los procesos que despliegan todos y cada uno de nuestros chicos y que, muchas veces, el piso que ponemos para el siete resulta inalcanzable para muchos. ¿Eso significa que no estudiaron o que no se esforzaron o que no aprendieron? ¿Cuántas veces muchos colegas que aullaron esta vez  le pusieron siete a un chico porque, aunque no sabía eso que queríamos que supiera, se había matado para llegar a saberlo? 
Y recordé aquella vez, hace mucho tiempo,  que, en un primer año, alterada, les dije. "Ustedes no aprenden nada." Se hizo un profundo silencio, alguien levantó la mano y dijo: "Yo aprendí a separar en sílabas." Y otros se animaron: "Yo ahora sé poner tildes.", "Yo me doy cuenta del narrador". Ellos evaluaban sus logros: yo sentí una vergüenza infinita de mí misma y les rogué que me disculparan porque la que no había aprendido nada era yo.
¿Cuántas veces puede intentar un niño llegar y frustrarse en el camino una y otra vez? ¿Cuántas veces hará el esfuerzo antes de tirar la toalla? ¿Cuánto lo intentará y verá su hoja sin la nota ya inalcanzable?
Y no se trata de premiar la vagancia. Claro que no. Se trata de acompañar a los más débiles para que sigan caminando, a los más desprotegidos, a los que necesitan el abrazo que les permita continuar.
Nada me produce más dolor que un niño que, por múltiples y diversas razones, no entiende. Deténganse dos segundos y piensen si no comprendieran lo que leen, lo que se espera que hagan, lo que les están explicando, lo que deben escribir. Es una sensación de desamparo y menoscabo tremendamente dolorosa.
En realidad, lo del uno, dos y tres no tiene ninguna relación con esto y es una anécdota vacía, frívola y estúpida. Se trata de que todos nosotros pensemos nuevas formas de evaluar que sean inclusivas, que tengan en cuenta lo que cada chico es, lo que puede dar y la forma en que es capaz de florecer. 
Porque qué otra cosa que ver florecer a nuestros chicos queremos sus maestros...

jueves, 11 de septiembre de 2014

Ser maestros

Enseñamos a leer y escribir: desde que las letras son jeroglíficos incomprensibles, y luego monigotes despatarrados que se resisten a obedecer. Enseñamos a leer y escribir que es mostrar un camino para aprender a descifrar una ruta que se abre en infinitos senderos. Enseñamos a leer y escribir que es internarse muy adentro para hallar las palabras que nombren los fantasmas, las alegrías, las tristezas, las rabias: los que son propios y necesitan los verbos que los nombren. Enseñamos a leer y escribir que es volver transparente la risa y los sueños que han soñado los otros poniéndoles palabras. Enseñamos a leer y escribir que es ir desenvolviendo el pensamiento de a pasos chiquititos para que se haga propio, inédito e insólito. Enseñamos a leer y escribir que es -para nosotros, los que enseñamos- aprender a ver las cosas desde otra perspectiva, que es pensar cómo caminar al lado del que anda aprendiendo, que es darse cuenta de que no podríamos hacer otra cosa que enseñar a leer y escribir porque ese acto es pura inauguración de la maravilla de ser seres humanos. Enseñamos y aprendemos porque ellos, los que aprenden, nos enseñan, también, a leer y escribir ese río sagrado en el que vamos juntos y es todo una alegría -con sinsabores, como toda alegría verdadera.
¡Feliz día, maestros!

lunes, 8 de septiembre de 2014

Amor de madre

¿Cómo se tramita querer a una madre? ¿En qué lugar se tira el ancla si al pensarlo no hay otra cosa que un vacío agudo y una lluvia que no cesa  y un pantano de bestias desatadas y una agonía igual o parecida a la que asesinaba las siestas infantiles? ¿Cómo se hace para decir que debo sentir lo que el conjunto común de los mortales y ver mi propio rostro recto, duro, inconmovible y ninguna otra cosa que esa herida que no se cierra nunca y mancha todo? ¿Por qué no puedo ser más buena y olvidar el silencio a que fui sometida y transformarme en una suave enfermera perfecta -aun sabiendo que no la calmaré- y asistir con ese afecto neutro que deviene del urbanismo y la amabilidad? ¿Qué son estos pinchos y espinas que me crecen para no entregarme por tamaño temor a la zarpa que ruge aunque sea una anciana pequeña que se pierde en su cama? ¿Por qué no puedo perdonar y seguir?

martes, 2 de septiembre de 2014

Del realismo y los niños que leen

Harta de que el chico leyera los relatos fantásticos de Cortázar en clave realista, me di por vencida y dije: "Mientras puedas justificar tus  apreciaciones..." 
Al fin y al cabo, cada cual lee con lo que trae y le es dado. 
Pará, pará: ¿qué decís? ¿Exclusivamente realista a los 16? ¡Uff! ¡Algo huele mal y no es, precisamente, en Dinamarca! 
Porque estoy en contacto diario con muchos niños y jóvenes cuyas edades oscilan entre los 5 y los 17 años puedo afirmarlo: el realismo avanza a zancadas, llevándose puestos los universos maravillosos y fantásticos. De seguir con la tendencia nos veremos cohabitando con niños en edad escolar incapaces de ver más allá de lo materialmente tangible, niños a los que ningún genio maligno les torcerá la verdad de sus fidedignas percepciones.
Me hablarán ustedes de Potter o de Narnia o de Tolkien.   Perfecto: denme tanques editoriales capaces de vender a su madre y leeremos lo que fuera. Yo no hablo de consumidores, digo lec-to-res. Sin poner en tela de juicio los valores de semejantes novelas y de sus fanáticos, convendrán conmigo en que el poder persuasivo del mercado editorial central con sus "lanzamientos", "películas", " prensa", etc., etc., etc. inclina la balanza y deja fuera de discusión todo lo que pudiésemos decir.
Yo -aquí y ahora- hablo de lectores: de esos niños que, por decisión propia, van a la librería y revisan anaqueles; o los que les piden a padres, maestros o bibliotecarios algo para leer. Esos niños se han tornado peligrosamente realistas. 
Y no es que el realismo sea una mala palabra. Claro que no: Tolstoi, Leopoldo Alas, Flaubert y el bueno de Balzac están allí para desmentir cualquier acusación de mi parte. En Dickens me he deleitado hasta el hartazgo. Yo hablo de ese realismo simplón que satura gran parte de la literatura para niños y adolescentes, que le pone palabras fáciles a la cotidianeidad y cuya impresión estética -si la hubo- desaparece cuando cerramos el libro.
Por supuesto que hay otros textos que cuentan sucesos que se rigen por las leyes de nuestro mundo de referencia que escapan a esta  generalización.  Pienso en Stefano de Andruetto, relato realista en el que la presencia de una doble temporalidad y una doble instancia enunciativa con un narratario solo evidente en la última oración del texto, nos conmueve no solo por lo que cuenta sino por cómo lo hace: que, en definitiva, eso es la literatura.  O El Escuadrón Esqueleto de Polly Horvath en el que todo lo posible que se cuenta se delira de pura improbabilidad y cuatro narradores tejen con sus voces un microcosmos donde se desnudan la muerte, la soledad y la desesperada condición humana.
Creo que hay literatura áspera, a contrapelo, que admite varios estratos de lectura, sobre la que hay que andar con pico y pala, clavando estacas para que no nos lleve el viento; y literatura suave, que esa acondicionador desenredante, que no ofrece la más mínima contracorriente, sobre la que se surfea sin turbulencia, que no se guarda nada porque todo lo que tiene para decir lo dice sin connotaciones ocultas en un verbo. 
Cada cual -niño o adulto- elige la que más le agrade y lo haga feliz. Yo,  como docente, quiero ofrecer esos textos que te cambian la forma de mirar el mundo, que te dan un puñetazo en la cara, que te abren el pecho para extirparte el corazón y mojártelo con el agua de las palabras. Para mis chicos quiero textos que les hagan ver los pliegues de la realidad a través del lenguaje y que los sumerjan en la duda, en lo opaco que se vislumbra en el tejido de un texto: esa ambigüedad de la que solo se sale a dentelladas o acariciándose. Quiero textos que les den eso otro que se intuye en los sueños, que es más que lo que se ve con los ojos distraídos con los que todos los días miramos  lo cotidiano.  Yo quiero que la hora de lengua y literatura sea ese momento en que abrimos el mundo maravilloso de las palabras y nadamos en ellas para conocernos, para entendernos, para comprender que, aunque parezca, no estamos solos en la noche. 
Y esa literatura debe ser, en primer lugar, justamente eso: literatura. Que es mucho más que un texto impreso. Debe ofrecer un trabajo de orfebre con el lenguaje y, a través de ello, apelar a abrir camino para ver más allá de lo real: ya sea porque explora la certeza de otros mundos posibles, porque instala el desconcierto o la duda o porque revuelve lo cotidiano como si lo mirásemos por un caleidoscopio.  
Leer es un enorme trabajo. Lo ha sido siempre y lo es mucho más en estos días en que la atención se fragmenta y disuelve, en que cuesta tener paciencia para permanecer hasta que el texto se revele. 
Sigo creyendo -con una fe fanática- que lo mejor que podemos hacer por nuestros chicos es brindarles la posibilidad de que un libro les cambie el alma para siempre.
Menuda cosa para desperdiciar la oportunidad en cosas vanas.
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