jueves, 28 de agosto de 2014

Mi madre, esa lectora

Por circunstancias extremas de su vida (mi abuela murió cuando ella tenía siete años y su padre los dejó para casarse con otra) mi madre solo fue a la escuela hasta los 12 años. Nunca pudo dejar de ser la niña que le habían robado: caprichosa, egocéntrica y malvada. No le fue fácil vivir a mi madre y yo pagué las consecuencias. Pero, a fuerza de ser honesta, esa mujer diminuta, que mide escaso metro y medio y pesa 40, que parece estar fuera de todo, ausente, taciturna y súbitamente enloquecida, me legó la lectura, que es el bien más grande que yo tengo en mi vida. Con su escolaridad primaria escasa, mi madre lee, como pocas veces  he visto en este mundo. Ella -y solo ella- ha releído completo a Dostoievski, se ha devorado a Chejov, a Tolstoi, a Proust (cuando se lo puse en sus manos). Tiene una forma de leer infantil: los personajes son seres reales para ella. Se enamora de Wallander y llora cuando alguien -a quien verdaderamente quiere- se muere. Como mi madre tiene una moral comunista y puritana, se enoja con la traición amorosa y la infidelidad, se entusiasma con las entregas puras a las peleas políticas y sociales. A los 84 años, sigue leyendo como única actividad que la atraviesa y pide siempre más y más libros. Cuando la veo, me habla de sus lecturas como si fueran la historia de su vecina de cuarto. Quizá, para que me quisiera algún día, de niña supuse que debía ser como ella y me entregué -yo también- a la furia lectora. Cierto es que  hice de ese acto fundante mi profesión y mi fuente de ingresos, pero va más allá; porque la literatura no es lo que  hago sino  lo que soy. Como lo que es mi madre. Tal vez, en este acto de escritura. yo esté reconociendo que, pese a todo el abandono y la tristeza en que transcurrió mi infancia, mi madre, sin saberlo, me legó una identidad que me permitiera resistir el agudo dolor que ella me causaba. Y en ese gesto se anudó todo el amor que fue capaz de darme.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Diario de viaje (III)

A esta hora de la mañana solo se escucha el motorcito ronroneante de Margaux que se ovilla en mi regazo y cada tanto levanta los ojos y me mira con una profundidad que yo no conocí en animal alguno. Pienso en el día que aún no se ha llenado de texturas y es una superficie sobre la que puedo dibujar cualquier sueño. El invierno comenzará a ovillar sus días y volverá la primavera. Pienso en las cosas que debo hacer en este 2014: terminar los libros (haber escrito uno completo en 30 días me alienta porque si me esmero en octubre termino los dos restantes), leer y trabajar las novelas para entregarlas en un par de semanas, y actividades así que debo ir anudando. El 2015 comenzará con heladas y niños a orillas de otro mar. Cuando pienso en el viaje, hay un muro de tareas que me impide visualizar mis propios pasos. (Nota al pie: debo caminar más ahora, para caminarme todo después) (Otra: debo darle otra oportunidad a Barcelona, ciudad que siempre me resultó hostil). Ayer hice un calendario para empezar a definir qué sucederá en la quincena que viene después de Francia, después de Grecia. Y otra vez me sentí de buen humor. Andréa y Maïa son luces de Año Nuevo y abrazos en París.

martes, 26 de agosto de 2014

La niña que se subía al árbol muy alto, muy alto, muy alto

Había una vez una niña que se subió a un árbol muy alto, muy alto, muy alto y no se cayó.
¡Qué bien se veían las cosas desde arriba!
Los techos, la gente, las calles...
Hasta los perros que,  a veces, la atemorizaban parecían ahora inofensivos.
La niña tomó por costumbre subirse al árbol muy alto, muy alto, muy alto.
Lo hacía una vez por semana o dos.
Pero un día, vaya a saber una por qué, subió al árbol muy alto, muy alto, muy alto y se cayó.
¡Oh!, dijo la niña.
Y cuando nadie la miraba, en un rincón de su casita, lloró.
No sentía dolor.
Ni un poquito apenas de dolor.
Lloraba porque se había dado cuenta de que, ahora, cada vez que subiese al árbol muy alto, muy alto, muy alto para ver los techos, la gente, las calles, y los perros que desde arriba parecían inofensivos; lo haría sabiendo que se podía caer.

sábado, 23 de agosto de 2014

Ahogo

Hubo una palabra que se infló hasta ocupar todos los resquicios.
Después...
Después ya no pude respirar.

Ciento quince infancias recuperadas/ Ahora y siempre

Esos niños. Esos padres. Esa alegría de soñar con un mundo mejor para todos. Ese deseo de hacer, de meter las patas en el barro y construir. Y la furia. El dolor. La sangre derramada, torturada, desaparecida, robada. Trato de salir de mi corazón y pienso -desde afuera, como si me fuera dada esa distancia- en lo que significa arrojar un hombre de un avión, acribillarlo a balazos, y pensar que es posible cambiar la identidad con un simple truco. Pienso en la belleza, en la entrega, en el remover las piedras para hallar los vestigios, no de la muerte sino de la vida que siguió latiendo, aun en las condiciones más adversas. Pienso en los huesos que faltan enterrar y en los niños que aún quedan por hallar. Y a la vez, junto con las lágrimas, anido un orgullo histórico: por las madres, padres, hermanos, tíos, esposas, maridos, abuelas y abuelos que buscaron sin detenerse nunca y por todos los que marchamos año a año con ellas, ahora y en los tiempos democráticos en que la regla era el olvido y la vuelta de la página de la historia. Pienso que a veces nos mandaron a ocupar una diminuta nota al pie (Walsh nos había enseñado qué sucede con esas notas) y, sin embargo, seguimos soñando con una larga mesa en la que estuvieran todos los desaparecidos y los niños robados. Porque la infancia y la juventud habrán sido clandestinas, pero la sonrisa es bien visible. Que el círculo de la ronda se ensanche y nunca termine. Ahora y siempre!
 

viernes, 15 de agosto de 2014

La chica que teje palabras

Tejo palabras de una hebra larga.
Tan larga que podría dar la vuelta al mundo dos veces.
Y sobraría lana,
todavía.
Un punto arriba.
Un punto abajo.
Agujas de tinta en para tejer palabras
con sus puntos de luz
de agua
de árbol verde
de pájaro mojado.
Palabras una fila arriba otra fila abajo.
Santa Clara los puntos.
Arroz.
Palabras elástico que se llenan de viento,
porque si hace frío me pongo mi saco repleto de palabras y cuando me aburro un poco le destejo los puños y lo vuelvo a tejer.
¡Esta chica!, decían mis hermanos, ¿quién la entiende? Desteje para volver a tejer.
De lo que  no se daban cuenta era de que mi ovillo crecía, crecía y ya daba otra vuelta más.
Un día, mi abuela, que tenía una canasta repleta de retacitos de lana, me enseñó a tejer palabras con una sola aguja.
¡Qué bueno!, grité yo. Entonces podía dibujar con la otra, que es como tejer pero sin palabras: solo de puro color.
Y empecé a tejer con una aguja derecha y otra izquierda distintas, pero a la vez.
¡Esta chica no come!, dijo mi madre cuando la polenta se endureció en el plato, ¡Solo quiere tejer!
Dejémosla, dijo mi padre, ya se va a cansar.
¿Cansar?, pensé yo con mis palabras y mis coloritos tejidos como fuego, como agua, como estrellas y cielos, como bichos de vidrio, como hocicos de liebre.
¿Cansar? Y las agujas no se veían: de rápido, de suaves, de agujas que siguen sin parar.
Así ahora, mientras estás leyendo, ya tejí una bufanda y me fui a pasear.

Carta a una señorita en Marsella (II)

Querida Maïa:
Quizá en l'école oíste hablar de la revolución del 14 de julio. Quizá ya sabés que los franceses la pasaban muy mal porque tenían unos reyes un poco egoístas a los que no les importaba mucho que el pueblo pasara hambre. Dicen, pero vaya uno a saber si es verdad, que una vez le dijeron que el  pueblo no tenía pan, y ella contestó: "Que coman torta". Imaginate si iban a tener torta cuando les faltaba una simple baguette. Estos dos reyes, Luis XVI y María Antonieta, que están enterrados en una hermosa catedral de París que se llama Saint-Denis, se hicieron un palacio impresionante que ahora es un lugar para visitar. Porque el pueblo podía pasar hambre, pero ellos vivían a lo grande. Entonces en julio de 1789, los franceses se hartaron e hicieron una revolución  y fue algo tan, tan importante que le cambió la cabeza a muchas personas en el mundo. Acá, en Argentina, unos señores que admiraban mucho a los revolucionarios franceses y sus ideas de que todos éramos iguales, libres y hermanos, también hicieron una revolución en mayo de 1810 y echaron al virrey.  Así que mirá cómo vienen a parecerse las revoluciones de
tu país y del país mío y de tu papá.
Aparte de todo eso, el Château de Versalles es muy lindo. Tiene unos jardines muy grandes (y muy ordenaditos),  enormes salones dorados y con unas lámparas llenas de cristalitos y los dormitorios del rey y la reina que son impresionantes. 
Como fuera que sea, además de la belleza del palacio, lo bueno es que la gente pueda elegir a quienes los gobiernan y cambiarlos si no lo hacen bien.
Te mando un beso recontragrande
La tía

martes, 12 de agosto de 2014

De viaje (II)

(c) Julieta Pinasco
Soñar Marsella, la bella.
La de las calles apretadas del Panier.
La de los barcos y el Vieux Port.
Soñar Marsella, la de navettes anaranjadas
y sardinas perfectas.
La del niño de oro,
la del niño de oro en brazos de la madre,
la del niño de oro en brazos de la madre en la colina más alta
y debajo la mar.
Soñar Marsella,
con sus barcos colgantes,
sus mosaicos exactos,
sus islas con castillos diminutos.
Soñar Marsella,
y el jirón de familia,
su color de alegría
y gorriones azules que hablan en francés.
Hay una  pajarita de grandes ojos negros
que me espera en los aleros de Marseille- Marignane.

domingo, 10 de agosto de 2014

Yo me pregunto

Yo me pregunto
por qué alguien espera que una mujer dé a luz y a los dos meses la mata -como si hubiera sido un frasco donde esperar una germinación-,
por qué a las pocas horas otro arranca ese niño del seno de su madre,
por qué lo entrega a otro otro -como si fuera cosa que debiera trasplantarse-,
por qué ese otro poderoso lo da -para sacárselo de encima, para que no le pese, para que no sea su hilacha en el camino-,
por qué los otros callan durante tantos años.
Yo me pregunto
por qué el alma no les picaba
cuando miraban televisión, oían radio, leían
y sabían -esas cosas se saben, se sospechan, se niegan-,
por qué no preguntaban,
y ese alguien esperó que el otro otro, el poderoso, muriera de muerte provecta y portentosa para decir "yo creo", "me parece" "tal vez"...
Yo me pregunto
por qué se marca la esencia profunda de la vida,
la que perdura como una impronta pese a toda la muerte,
la que se dice en los sonidos pese a todo el silencio,
que traza los rasgos con un pincel de sangre, -la que lo hizo hijo.
Yo me pregunto
por qué un día la historia da sus pespuntes y une
y llega un hijo a dar a luz un padre -y es eso tanto o más poderoso que cualquier otra historia-.
Yo me pregunto
por qué nos abrazamos en esta euforia colectiva y profunda
y nos sentimos mejores y más plenos.
El dolor cicatriza y es una herida melancólica y dulce que dice que ellos no pudieron matar de muerte a la vida porque ella sigue, se impone, fructifica.
Y no hay ninguna respuesta para eso: solo una alegría soberbia y compartida.
Y que todos aprendan: los que no bajan los brazos, ahora los entrecierran porque la vida les concedió la dicha de no morir antes del perfecto abrazo en el que todos deseamos ampararlos.
El mundo es ahora 114 veces mejor.
Más justo.
Más entero.

sábado, 9 de agosto de 2014

Carta a una señorita en Marsella (I)

Maïa:
Quizá necesites ahora que alguien te ayude a leer en español. No importa. Yo necesito que me ayuden a leer en francés y soy como cinco veces más grande que vos.
Pensaba que, cuando estemos en París, me gustaría llevarte a un lugar que a mí me gusta mucho, pero mucho, mucho: es el Musée du Moyen Age. Cuando entremos vas a ver que es un pequeño palacio hermoso. Adentro hay expuestas cientos de cosas lindas que usaban las damas y los caballeros: peines de marfil, cofrecitos, espejos, libros con miles de dibujos con tinta azul y de oro, vestidos, armaduras. La Edad Media sucedió hace muchos siglos, en la época del rey francés Carlomagno. Pero lo más lindo de ese museo es subir por una escalera de madera y llegar a una sala donde hay colgados unos tapices: son seis y se llaman "La Dame et la Licorne." y ya te voy a contar, cuando estemos ahí, qué significan. Yo quiero mucho a la dama. Y cada vez que voy a París la visito, a veces más de una vez. Me gusta quedarme sentada en la penumbra de esa sala donde ella y yo tenemos largas conversaciones acerca de las sensaciones y la forma de conocer. Vos pensarás que ha de ser aburrido ir siempre al mismo lugar, pero cada vez que entro allí veo algo distinto, descubro alguna cosa que no había visto en el encuentro anterior: son secretos que la dama guarda para revelarme cada vez que puedo ir a visitarla.  En mi casa de Buenos Aires, además, tengo un cuadrito con uno de esos tapices para no olvidarme de ella.
También pensé que nos podíamos tomar el RER e ir a visitar los palacios de Versailles, los del rey Luis XVI y la reina María Antonieta, pero eso te lo cuento en otro mail.
Si querés contestame en francés y yo le pido a Claudio que me ayude a entender. ¿A vos qué te gustaría que visitemos en París?
Te dejo una imagen de La Dame et la Licorne para que la vayas viendo. 
Un beso inmenso
La tía

domingo, 3 de agosto de 2014

Mi fiesta de cumpleaños

Una fiesta de cumpleaños.
Una torta con velitas.
Una torta con cintitas.
Y poemas.
Y dibujos.
He recibido: cajas de colores, pinturitas, libros, bufandas verde agua, ropa, una bailarina de cocina...
Mi casa ha estado llena.
Y mi corazón todavía canta
en los aleros,
junto a los pájaros,
en el borde dormido de la almohada.
He dicho que otro año empieza.
Y se ha hecho la luz.
Gracias por haberse llegado a encender la fogata.

sábado, 2 de agosto de 2014

Confesiones de un nuevo año/ De cómo se mira

Hoy festejo mis años (ya pasó mi cumpleaños). La casa se llenará de gente, de grandes y de niños. Soplaré las velitas y pediré deseos. Se cumplirán: me viene sucediendo. He sido una persona afortunada y he tenido dolores. Han sido equivalentes y, sin embargo, siento la dicha de la vida que llevo.Tengo sol en el alma y cosas en que sigo creyendo. De todos mis fantasmas hay algunos que vuelven y  ya somos amigos: se sientan en mi mesa y conversamos largas horas hasta que los veo partir como llegaron: tan solo con lo puesto. No he bajado los brazos, pese a todos mis muertos/ los que se fueron y aquellos que se hundieron en el abismo negro de todo desconcierto. Es cierto que hubiera deseado ser algunas otras cosas, pero no supe cómo. Me quedan muchos días hasta el próximo julio y los ojos abiertos. Tengo lo necesario y canto cuando puedo. Hoy festejo mis años: bienvenidos, amigos. 

Un soplo apenas

Un soplo apenas y el día se inaugura como si fuera un viento que alguien desenrolla. Él me apoya su mano y murmura palabras que navegan el aire. Los pájaros se agitan, plumetean, hacen sus abluciones en el agua del cántaro. Hablamos bajo. Entre susurros. Volvemos a dormir unos instantes hasta que el sol se planta y templa los cristales. Es sábado de gloria. Como siempre. Me oigo trajinar en la cocina y me digo "Es el viento". Multiplico mis manos y bordo las tareas en el día. Lo miro hacer: la tierra, las maderas, el fuego del asado. Hace ya muchos días que vamos y venimos. Un soplo apenas y coseché una brisa primaveral a esta altura del mundo. 
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