domingo, 25 de mayo de 2014

La patria es mayo



   Desde que era muy chica la Revolución de Mayo tuvo un significado muy preciso en mi vida porque lo había tenido en la de mi padre. Mi hermano se llama Mariano en homenaje a Moreno, y mi padre era un admirador incondicional de Juan José Castelli, de manera tal que siempre vi aquel hecho histórico como algo próximo para  recordar desde la emoción de una utopía que había alumbrado a un grupo de hombres que quisieron darle otro destino a lo que todavía no era ni siquiera una patria.
    No sé demasiadas cosas sobre causas o consecuencias de esos hechos, no más que las que sabe el común de la gente; pero siempre me emociona pensar en los seres humanos como capaces de soñar y, sobre todo, de hacer para que esos sueños sean reales. Hombres de pensamiento y de acción a los que los vientos de la Revolución francesa les habían cambiado la cabeza y que salieron a construir un mundo mejor para ellos y para quienes los rodeaban.
   De los relatos de mi papá me queda la imagen de un grupo de intelectuales jóvenes, y algo ciegos en su pasión renovadora,  capaces de  hacer tabla rasa con todo lo instituido para conspirar contra el gobierno colonial. En mi mente infantil cobraban vuelo sus gestos de héroes románticos y sufría con la muerte sospechosa de Moreno –recuerdo el gesto teatral de mi papá diciendo aquella frase “Se necesitó tanta agua para apagar tanto fuego” mientras el cuerpo envenenado de Moreno se hundía para siempre en las frías aguas del océano.  Escucho aún su voz hablando de  la entrega desinteresada de Belgrano, la pasión inflexible de Castelli, la lealtad de Monteagudo, las actitudes de barricada de French y Berutti . En sus relatos ninguno de estos hombres era medido y prudente sino manojos de pasión tumultuosa y poco reflexiva.
    Contaba mi padre que, la noche de 24 de mayo de 1810, Belgrano se había quedado dormido en un sillón mientras sus amigos, en la sala contigua, decidían que era la hora de tomar las armas para que se cumpliera con lo que el pueblo había resuelto. De repente, Belgrano se despertó sobresaltado y entrando en el salón donde los otros discutían, exclamó, con la mano apoyada en la cruz de su espada:  "Juro a la patria y a mis compañeros que si a las tres de la tarde de mañana el virrey no ha renunciado, lo arrojaremos por las ventanas de la Fortaleza".
    Los años han pasado, a esos cuentos se unen otros muy dolorosos que tiñeron de sangre y miseria nuestra tierra. Y sin embargo cada vez que pienso en la Patria, cada vez que trato de entender qué significa no pienso ni en la bandera ni en el himno ni el ejército de los Andes:  pienso sólo en Mayo. Pienso en esos hombres a escondidas en la Jabonería de Vieytes confabulándose por un mundo mejor y entregando su sangre para hacerlo posible, porque así creo que es: antes y ahora hacer para que el mundo sea mejor para aquellos que nunca tuvieron nada.

 

Perdurabilidad

Los pequeños espacios y los nudos;
la luz en que las cosas se sumergen y renacen,
los colores  veloces contra el vidrio,
el roce de tu mano en mi cuello;
el perfume agazapado en la memoria;
la satinada tersura de una taza;
la voz queda y secreta del recuerdo;
lo que decimos y todos sus reveses de silencio;
la lluvia y sus palabras de agua;
el chocar de los platos;
la ropa desvestida en el lavado;
la risa colada  entre los besos;
la calle de tierra y elregreso;
la madrugada feroz que va hacia el norte;
los ojos de los niños;
la madre que no tuve;
el padre que ya ha muerto;
los sobrinos lejanos como peces;
el hijo que se deja;
 los libros que responden,
las horas en que vuelvo a recordarme;
el amor y su red de maravillas;
los lápices que escriben para que pueda verme;
el jardín y sus nieblas;
la vida interior de cada invierno;
los viajes, las postales, las maletas;
la harina con que amaso:
así de perdurable es el mundo

Del placer de volver sobre uno mismo para aprender

Cada vez que, en un curso, debo evaluar me sucede lo mismo: reparto las hojas y ellos se ponen a trabajar. Yo los miro y sé que suponen que estoy controlando que no hablen, que no se pasen papelitos y todas las cosas que los chicos piensan que hacemos los profesores en el lapso en el que ellos realizan una prueba. Pero no: yo los veo con la cabeza baja, casi pegada la nariz a la hoja, y trato de imaginarme de qué forma resolverán lo que les propongo, qué ansiedades y certezas los atravesarán, qué dificultades saben que podrán sobrepasar y cuáles se les presentan, en principio, como infranqueables.
Muchas veces, en el frente del aula, o trabajando con los alumnos de banco en banco, alguno dice “No entiendo”. Esa frase nos interpela a nosotros, los maestros, que somos la otra parte de ese proceso que se da en cualquier situación de enseñanza- aprendizaje. ¿Cómo puede ser que, si yo enseñé, él no haya aprendido? Suelo pedirles que me digan qué es lo que no entendieron. Y la primera respuesta es: “Nada”, porque, seguramente, esa es la sensación visceral del que no logra aprender lo que le están enseñando. Y cuando una indaga, cuando una dice “Tratá de pensar con precisión qué es lo que no entendiste”, el nudo comienza a deshacerse, porque nos internamos en los hilos sutiles con los que cada uno teje su aprender.
Pero, ¿por qué es importante reflexionar sobre el modo en que se aprende?
La autorreflexión es el ejercicio de interiorización que permite que los sujetos tomen conciencia de sus procesos de aprendizaje, los identifiquen y controlen para regularlos y favorecer el desarrollo de una habilidad que contribuye a su crecimiento no solo como estudiantes; sino -y fundamentalmente- como individuos. El que piensa cómo aprendió, cuánto sabía al empezar, cuánto sabe al terminar, dónde estuvieron sus facilidades, en qué dificultades se atascó definitivamente, podrá disfrutar de lo que hizo, validar sus conocimientos por sí mismo y no por una calificación, planear estrategias, abordar otros caminos para superarse y correr en los tramos en que su ruta esté libre.
Los chicos deben pensarse como aprendices (en el sentido medieval del término que definía al que entraba en un gremio a dar los primeros pasos en un oficio), es decir, como aquel que está aprendiendo algo de lo que seguramente tiene algún conocimiento antes de empezar, saberes que deberá revisar para ver con qué maleta empieza el recorrido, que se trazará él, independientemente de nuestras directivas, las más de las veces demasiado generales y abstractas.
El año pasado, en un 6to año (11 años), trabajamos duro con la estructura de la secuencia descriptiva según la plantea el lingüista Jean-Michel Adam. Al comienzo de la unidad didáctica, los chicos habían escrito descripciones, leído y analizado secuencias en textos, trabajado en profundidad aspectos gramaticales y discursivos, y, al final, les planteé un nuevo trabajo de escritura a partir de las maravillosas imágenes del álbum Emigrantes del australiano Shaun Tan. Se hizo silencio, escribieron, corrigieron solos y en grupos, como solemos hacer, y empezaron a leer. Inmediatamente noté el progreso desde aquellos primeros textos a los que estaban compartiendo. Así que paré la lectura, pregunté si notaban diferencias entre el antes y el después, y les pedí que hicieran una lista de los avances que observaban en su escritura y el porqué de esa mejora: fueron capaces de decir que manejaban la estructura y eso los ayudaba a ordenar sus ideas, que habían dejado de enumerar objetos y usaban conectores espaciales lo cual les permitía organizar las cosas en el espacio descripto, que eran conscientes de los tiempos verbales que podían usar lo cual los hacía dudar menos a la hora de escribir, que sabían utilizar el diccionario de sinónimos de Word y eso los ayudaba a cohesionar mejor el texto, entre otras observaciones. Su registro de lo que habían aprendido les permitió a ellos mismos, por sí solos, validar su aprendizaje; y a mí me puso inmensamente feliz.
Me gusta pensarme como una facilitadora, como una acompañante activa y propiciadora de procesos de autorreflexión en los chicos. Me gusta decirles “Pensá cómo lo hiciste”, “Si das tal respuesta, decime ahora cómo lograste darte cuenta”, “Repasá, hacia atrás, los pasos que caminaste para llegar acá”.
La autorreflexión de los chicos sobre sus formas de aprender, además, me permite a mí misma reflexionar sobre mis formas de enseñar, sobre mis estrategias, sobre mis logros y mis fracasos, sobre lo que debo replantearme para que la experiencia sea gratificante. Esa mirada de todos hacia nuestros procesos cognitivos nos ayuda a reconsiderar lo que hacemos, reafirmar o modificar nuestras propias valoraciones, nuestras concepciones del vínculo didáctico que estamos construyendo, nuestras expectativas sobre nosotros mismos y sobre el otro. Aprendemos a dar y a pedir, y entendemos que nuestro camino hacia el conocimiento necesita de nosotros y, además, de los demás.
Reflexionar sí; pero, también,reconocer al otro, respetar sus tiempos y procesos, saber escucharlo, demostrar interés por sus ideas, señalar con amabilidad, ser exigentes en el cumplimiento de los propósitos a la vez que tolerantes ante la diversidad, comprensivos y, en general, demostrar la pasión que se tiene por lo que se realiza y el afecto por las personas involucradas en el proceso educativo.
Así que valoro, propicio y ejercito la autorreflexión en el proceso de enseñanza-aprendizaje como toma de conciencia de los hechos que ocurren en nosotros (maestros y alumnos) cuando construimos conocimiento, porque solo si pensamos cómo lo hacemos podremos comprenderlo, interpretarlo y buscar la significación y el sentido que tiene para nosotros el saber.
La autorreflexión constituye un importante recurso que favorece el compromiso del sujeto con su aprendizaje y afecta la personalidad en su integridad y, aunque la analicemos como parte de la esfera cognitiva, lo cierto es que la trasciende; ya que se reflexiona con los recursos intelectuales, pero también participan los valores, los sentimientos, las experiencias previas, las vivencias, las emociones, las necesidades, los intereses, y los ideales.
Creo que no hay aventura más emocionante que la de aprender –tengamos la edad que tengamos, somos seres curiosos y ávidos por saber-: ser testigos de la forma en que los chicos se enfrentan consigo mismos y se superan es uno de los regalos más maravillosos de la profesión de enseñar.
Julieta Pinasco, "El placer de volver sobre uno mismo para aprender", 
Revista Tarbut, Número 30, Año X

miércoles, 21 de mayo de 2014

Fantasmas en la lluvia

En la avenida cae la lluvia sobre el asfalto, mojado hace rato. Los colectivos andan vacìos y con las luces prendidas como de fiesta. Uno tras otro, en caravana fantasmal, con pasajeros de niebla y de llovizna que miran, con sus ojos de agua, el horizonte donde los rayos se desnudan de su traje de luces. Uno tras otros, con sus números encendidos de colores en el frente y sus asientos sosteniendo la nada y la lluvia que cae, sigue cayendo y mojará las horas de un miércoles de fantasmas mojados  que avanzan hacia el sur para morir chocados contra el frío. Ya oigo las sirenas ulular desde la orilla del río marrón, como la lluvia sobre el polvo de la muerte.

martes, 20 de mayo de 2014

Decreto de necesidad y urgencia

Alguien debería decretar que las madrugadas de frío son para quedarse en casa y abolir, de una buena vez por todas, los trabajos y las obligaciones que sean exteriores, que solo se permita quedarse debajo de las mantas, beber café entre las sábanas o al lado de una estufa, ovillarse a media mañana y caer en esa duermevela en que las cosas se tornan difusas y volátiles. Alguien debería decretar que hay que andar todo el día con medias de lana hasta las rodillas, pero descalza; en bata, pero con pullover; con el pelo mojado, pero con gorro; que hay que beber, cada tanto, una taza de sopa mientras se piensa que hasta septiembre falta demasiado. Alguien debería decretar que se le agreguen al día dos horas entre las once y las doce para que el atardecer llegue más tarde y una pueda verlo contra los cristales. Alguien debería hacerle ese bien a la humanidad sufriente del invierno. Archívese y dése a conocer.

lunes, 19 de mayo de 2014

Noche aún

En Turderaville es noche oscura y la casa calienta su motor para empezar el día. Hay ruido a cucharitas en las tazas y el agua de una ducha como aquella pretérita tormenta. La gata se hace ovillo y ladran los cachorros a una luna que jamás habían visto. Oigo tu voz hablarles, pienso en el día que buscará su norte: la autopista repleta, los niños y sus gritos, la comida que no cocino yo, el regreso pensando en el regreso. Es noche aún y la luz del farol se filtra entre las plantas. Hay un silencio espeso como aceite: solo se oyen mis teclas y tus pasos. Otro día se viste junto a la estufa en mayo. Alguien prende las luces: Turderaville se viste de mañana y anda.

sábado, 17 de mayo de 2014

Lo que me salva

Estoy zurciendo palabras en la pantalla con una aguja quebradiza de tiempo.
Y la noche,
que es noche
y oscura
y algo helada,
trae vocablos que se cuelan en las líneas cosidas.
Esta mañana -eran las siete y veinte y aclaraba- la luna colgaba su medalla plateada en un cielo celeste y te dije si veías la luna. Tuve que hacer lugar para que vieras el cielo en mi almohada. Después -algo más tarde- trajimos tu bicicleta y el corazón te bailaba en el borde celeste de los ojos como si te hubieras bebido la luz de aquella luna y se te fuera derramando en pedazos de risa.
Pero antes -entre la luna, la taza de café y tus ojos contentos- leímos un relato de ramas amorosas, de princesas Verbenas y Mirtilos que buscan las raíces en los bosques profundos.
Hace días que pienso que, en los tiempos que corren, solo me salva despertar amparada en tu abrazo: que miremos la luna refulgir en el marco, que yo zurza palabras, que los ojos te bailen con su brillo de cielo.

Ilustración de Nicoletta Ceccoli para "La floresta-raíz-laberinto" de Ítalo Calvino                                                                               


domingo, 11 de mayo de 2014

Amasar pastas y mi padre

La lluvia ha aguado el domingo,
pero canta la harina su melodía de masa en la cocina.
Sube el aroma perfecto de las pastas: tomate, albahaca, ajo...
y recuerdo a mi padre, con quien algunas veces yo amasaba.
Sus ojos casi blancos de tan claros
miran el lento deslizar del palo en la mesada,
controlan el cuchillo con el que ahora voy cortando de a uno los fideos.
La lluvia trae la marejada melancólica de otro domingo nuestro.
Tenderemos la mesa,
vendrán nuestros amigos,
y mi padre -que ya no está- estará entre nosotros hecho luz de recuerdo.


miércoles, 7 de mayo de 2014

domingo, 4 de mayo de 2014

Que sea yo feliz

Que sea yo feliz.
Pero de esa manera incompleta.
Que me falte una parte del cuerpo
y pueda masticarme en el vacío de alguna entereza. Porque si tengo todo,
me dejaré comer por las alimañas del olvido y la molicie
y me dará lo mismo que haya sol
o que el día esté oscuro,
que el cielo sea azul
o que naden los pájaros.
Que me falte alguna cosa que yo desee mucho como el amor de madre o los ojos de un hijo,
para que sea siempre a medias:
fragilidad perdida de la hora que pasa.
Que sea yo feliz.
Y que nunca me sea suficiente.
Como si adentro de mis aguas sonara una campana y yo no pudiera escucharla.
Para que una aguja suture mis pedazos y la luz se colara.
Siempre incompleta.
Siempre finita.
Siempre con una parte que yo desconociera.

*Ilustración de Gabriel Pacheco

sábado, 3 de mayo de 2014

Los pájaros del alma


Temprano canta el alma en el rincón dormido de tu cuello.
En su canción descose los besos que nos dimos
y los entibia
para que den sus frutos, que son pájaros.
Abre el alma los vidrios
-yo hago café en puntas de pie y en la penumbra-
y los besos dan vuelos entre las hojas ahora amarillas de los árboles.
Después regresan a los labios
y parecen quedarse quietecitos,
 emplumando la suavidad y el vértice agudo del deseo.
La belleza es un pájaro dormido.
Y el alma, que lo sabe,
sin pretéritos que intentan derribar la arquitectura que hemos levantado,
con palabras tan locas que no tienen sentido;
el alma, que lo sabe, hace nidos fragantes en nuestros propios cuellos
y une con puntadas las telas del amor que hemos tejido
y canta
mientras la oscuridad se llena de luces que chorrean corpúsculos dorados
entre tu cuerpo que duerme
y el mío que hace café en la penumbra del silencio que ya se hizo mañana.

Polvo de hueso

Si algún día mis huesos se deshacen como tristes astillas, vidriecitos, trozos de cántaros quebrados, yo iré perdiendo la carne que sostienen, iré mirando desde afuera la gente que camina y no podré ya andar como solía. Si eso sucede, déjame en el jardín: yo seguiré escribiendo en mi cabeza infinitas historias y caerá la lluvia mientras tanto.
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