sábado, 26 de abril de 2014

Lejanía/

Estar lejos, como si hubiera un solo punto en el que una fuera quien es y todo lo demás fuera situarse a cierta distancia de esa que una es allí y en ningún otro sitio. Alejarse y aspirar otros olores que no son los de la casa en que una se sabe, en que una se siente, en donde respirar pasa desapercibido. Lejos, de pronto, una habla de la respiración como si el aire fuera otro. Y no solo, como si los pulmones fueran otros y hubieran olvidado qué era eso de inhalar/ exhalar. En la distancia es que una se sale, no solo del lugar que la acompaña sino, también, de los gestos continuos que nos acostumbramos a repetir: duermo en una cama que desconoce mi cuerpo, como en un plato que no he lavado con anterioridad, entro en un baño que no guarda ningún recuerdo de mi cuerpo desnudo. Sin embargoy yo: no llego a tanto en estas voces que me habitan, pero soy la más ajena  de mí, la que se ve más lejos, la que se vuelve objeto de sí. Estar lejos: no estar allí que siempre es aquí y los pronombres se tornan inservibles para expresar la magnitud del extrañarse, de ese hacerse extraño aunque el cuerpo continúe el mismo y no se pueda recordar cómo era que entonces el aire entraba y limpiaba y salía. ¿Cómo es ser yo aquí? Alguien lee a otros un texto que dice lo que hice. ¿Mi biografía intelectual? Y no me reconozco. Esa de la que hablan, que hizo lo que hizo, que dijo lo que dijo, ¿seré yo? Al final, una chica me abraza. Ha venido hasta el Chaco del centro de Corrientes. ¿Para escuchar a cuál: a la que ahora mismo habla y dice las palabras gramática y textual, o a la que ayer a la tarde se sintió desdichada y perdida en su periplo maternal? ¿Quién soy al fin? Una entonces respira, a duras penas, se trata de un acto mecánico y vital, fuera de toda voluntad. El aire entra y sale y una habla, habla, habla porque ya sabe que el lenguaje le otorga entidad y es la casa más próxima, donde le gusta estar.

viernes, 25 de abril de 2014

Vuelo

Por la noche, desde arriba, las ciudades son tejidos de luz desparramadas en la negrura. Cada tanto, un farolito se desplaza y una imagina un auto que atraviesa un sendero de faroles a los lados. Entre esos manchones desperdigados pasan ríos y árboles que apenas se vislumbran. Del otro lado del avión, ha comenzado a nacer, completamente naranja, el día.

viernes, 18 de abril de 2014

Un bicicleta viajera

Cuando la bicicleta se vio olvidada tuvo nostalgia de ser libre y echó andar. Bajó Hipólito Yrigoyen hasta la bruma del Riachuelo, de allí al río del color de la arena donde  se subió al primer barco que pasaba. En su cubierta de madera lustrada cruzó el océano hasta el Puerto de Palos donde la primavera la llenó de perfumes. El paisaje la mareó un poco y se vio desorientada; pero, rápida, probó atravesar España hasta los Pirineos y desde allí, entusiamada, siguió y siguió bajando por la costa marítima hasta pasar el puerto de Marsella y su viejo Panier. Notre-Dame-de-la-Garde y su hijo dorado torcieron un poco sus cuellos al verla andar rauda y alejándose hacia el horizonte por el que sale el sol. Más allá se detuvo en la casa de un jovencito rubio que la encontró en su puerta una mañana al salir a estudiar. La bicicleta lo miró y supo que, de alguna forma, había vuelto a casa; pero no pudo explicar por qué.

Los escritores también se mueren

Sobre si los escritores son seres humanos de lo más comunes podríamos debatir siglos enteros, porque la afirmación tiene una parte de verdad y otra de error fatal.  
La parte en que acordaríamos dice que son personas que duermen, hacen café, se cepillan los dientes, retan al hijo, pagan la cuenta del mercado, aunque esa parte no nos importa a nosotros, sus lectores. Algunos son seres humanos memorables para su familia y  amigos; otros, escorias que ni el perro quisiera tener cerca. 
La parte en que no acordaríamos es la verdaderamente importante para sus desconocidos y lectores (porque, al fin y al cabo, un lector no es nunca, ni mucho menos, un desconocido). Un escritor es un ser humano capaz de trabajar con el lenguaje que todos usamos día a día y transformarlo en otra cosa: en un acto de arte. Porque los escritores son sus libros, es decir, lo que ellos fueron capaces de construir con las palabras, lo que pudieron evocar con el lenguaje, la epifanía de un verso, los mundos que se desbordaron en sus páginas, lo que le hicieron decir a ese personaje que resonará en nuestra memoria afectiva y sensible durante el lapso que nos dure la vida. 
Entonces, poco importa si muere (es ser humano y le corresponde una medida finita de existencia): la parte que nos toca a los lectores es un recurso eternamente renovable para el que solo basta abrir un tomo y leer, releer y volver a leer cuantas veces queramos. 
Sin embargo, hay ciertos escritores que, para algunos lectores, son sus libros y mucho más que eso. Cuando mueren, una no puede menos que sentir tristeza porque, es verdad, han quedado sus libros, pero ya no habrá otros más. El lector no sentirá esa tensión expectante que se llama "ha salido su nuevo libro y qué dirá ahora". Llamo a eso la orfandad del lector. Este año yo la sentí cuando supe que había muerto el poeta Juan Gelman. En estos días he vuelto a hojear sus libros, y he pensado en el dolor de una serie finita, en la improbable magia muerta de su ausencia en las vitrinas de las librerías, en las veces en que conté los billetes y le resté dinero a mi comida para comprar Interrupciones. Y me sentí vacía y sola y dolorida.
Algunos -no es mi caso- sienten algo igual hoy: son aquellos a los que se les ha muerto García Márquez. Conocí Cien años de soledad de la mano de Josefina Ludmer, y su análisis poderoso iluminó mi lectura del  libro. Quise entrañablemente Del amor y otros demonios por esa cabellera cobriza creciendo como burbujas del cráneo muerto dela niña. Es curioso porque el escritor ha sido -sobre todo- narrador y yo lo recuerdo por sus imágenes poéticas. Vicios de lectora han de ser los míos.
Como sea que fuera, este año 2014 va matando mucha gente. Pero, como siempre, la muerte no puede con la vida porque la muy astuta se empeña en seguir llenando páginas, volúmenes, obras completas. 
Los escritores, esos seres humanos, también mueren; pero no mueren porque están hechos de sus propias palabras. Y los lectores los sobrevivirán per secula seculorum.

miércoles, 16 de abril de 2014

La militancia ortográfica

De un tiempo a esta parte he decidido hacer oídos sordos al reclamo ortográfico de amigos, conocidos y ajenos. Por una parte, pareciera ser que los profesores de lengua somos los únicos responsables de las faltas ortográficas de los alumnos, el receptáculo de cuanta quejan tienen colegas y padres acerca de lo mal que escriben los chicos. Cierta vez, en una reunión de profesores, intenté socializar la responsabilidad y que cada cual se hiciera cargo de la escritura de su área y los mismos que se quejaban se negaron rotundamente a recoger el guante. Por otra parte, los propios docentes de lengua corrigen ortografía como si fuera la única bandera que no arriarán aunque vengan degollando.
La didáctica de la escritura es compleja. Aprender a escribir, a partir del Segundo Ciclo, cuando  se supone que los chicos ya están alfabetizados, se transforma en algo "neblinoso" que no ofrece fácilmente la punta de la piola para desenredar de un tirón. Entonces, como la falta ortográfica es detectable con facilidad, muchos maestros se calzan la lapicera roja (poco importa que sea violeta o verde, en el fondo sigue siendo mortalmente roja) y corrigen la ortografía mientras se enojan por cómo escriben esos chicos a los que -por cierto- nadie se tomó el trabajo de enseñarles  a escribir textos.
Porque de eso se trata: de que los chicos aprendan a escribir textos de diverso tipo y con diferente finalidad. Y para eso habría que enseñarles, con paciencia, estructuras, lo literario y lo académico, recursos cohesivos, ejercicios de sintaxis oracional cada vez más compleja, correlaciones verbales, la puntuación como marcación sintáctica. Habría que sentarse junto a ellos y preguntarles qué quisieron decir para ayudarlos a reflexionar sobre la distancia entre su deseo y sus frases. Pero, claro, es un trabajo lento y descomunal, entonces la bandera roja del "no pasarán" ortográfico es mucho más expeditiva y, ciertamente, menor.
En el mejor de los casos, algunos profesores arman una grilla de símbolos estrambóticos para comunicarle al pobre alumno que está mal la sintaxis, o la coherencia, o la estructura; sin ninguna instrucción precisa de lo que debería hacer para enmendarlo. Y allá va el pibe con su lista -que, con suerte, no cambia de un año a otro- de signos  y su texto a tratar de adivinar qué esperan que realice con esa oración subrayada con puntitos; porque, por otra parte, sintaxis es un contenido que nadie le termina de enseñar. Mejor resuelve la ortografía que siempre luce bien y es mucho más fácil de corregir que, por ejemplo, la coherencia textual.
Siempre pienso en los chicos puestos en la tarea de escribir. Los masetros somos seres de una crueldad sin fin. En primer lugar, diseñamos consignas de escritura que ni nosotros seríamos capaces de llevar a buen puerto. Tuve una colega que hizo escribir -a sus alumnos de 13 años-  romances (versos octosílabos asonantados en los pares) sobre sus propias historias familiares. En segundo lugar, no tenemos ningún respeto por el texto del otro que, en este caso, es justamente nuestro aprendiz: se lo llenamos de tachaduras, le imponemos nuestro estilo, lo mandamos a reescribir sin preguntarle jamás qué quiso decir para ayudarlo a conseguir eso que él deseaba y no lo que a nosotros nos parecía que debía decir. Y finalmente, lo conminamos a la escritura porque no somos capaces de despertar ese vínculo con la palabra escrita y que se llama: necesidad de comunicar lo que soy, lo que pienso, lo que siento. 
Y nuestros chicos nos obedecen y escriben, con miedo: al error, que ya saben que cometerán y que no le será perdonado; a la consigna, que no tienen idea de cómo realizar; a la lluvia de correcciones, que disecarán su producción y que no podrán resolver, y así ad infinitum.
Entonces, la ortografía es el mal menor. Para todos.
Y, sin embargo, nadie, hasta ahora, ha podido resolver la cuestión de qué hacer con la pedagogía del error ortográfico. Para muchos docentes marca una divisoria: de este lado estoy yo que me sé todas las reglas y no cometo un solo error; y del otro esas bestias -alumnos o no- que no saben escribir (versión ortográfica de la sarmientina civilización y barbarie). Otros pensamos todo el tiempo cómo hacemos con la ortografía y lo pensamos sabiendo que hay males mucho mayores que resolver y que mejor un texto bien armado y con faltas que un moco textual impoluto. Y tratamos de trabajar desde la derivación de palabras, con ayuda de correctores, diccionarios; poniendo nuestro saber a disposición de los escribas; socializando en listas las dificultades de escritura y su solución; haciendo estadísticas para saber qué reglas sí es necesario enseñar; propiciando los intercambios de conocimiento entre pares; recordando en voz alta cómo escribimos eso ayer; anticipando las dificultades.... Nada da resultados completos porque no existe la escritura ajustada cien por ciento a norma, porque los chicos están aprendiendo a apropiarse de un sistema gráfico y es esperable, sano y lógico que cometan errores. Lo importante es enseñar que a las dificultades -sean estas ortográficas o de otra clase- solo se las puede abordar reconociéndolas, buscando estrategias para hallar una solución que quizá sea por hoy y mañana haya que volver a empezar. Como en la vida misma. 

lunes, 14 de abril de 2014

El placer de leer/ Qué hacer en la escuela

La materia se denomina "Prácticas del lenguaje". Ni Lengua (como la llamamos todos) ni Literatura (como la nombrábamos en los últimos años de la escuela). Y, a decir verdad, su denominación es motivo de controversia tanto como las razones y modos en que se lee en la escuela, por no decir que la escuela toda es motivo de controversia.
Hace tiempo parece haber surgido con fuerza una postura que defiende a rajatabla la lectura por placer en la que el niño debería vincularse con la lectura solo a través del gozo estético que esta pudiera producirle. 
En primer lugar, la postura peca -según entiendo- de cierta ingenuidad en tanto naturaliza lo que es una compleja formación cultural: el placer estético.  En segundo lugar, presupone que el placer nace espontáneamente del contacto con la literatura. En tercer lugar, hace abstracción del esfuerzo cognitivo que implica leer. Y finalmente, supone que ese esfuerzo y su consecución no trae aparejado un goce infinito o que ese disfrute va en desmedro, aparentemente, de la "felicidad" de leer. 
Pero vayamos por partes:
El placer estético es fruto de una historia y un aprendizaje.  Cada lector acumula en sí una historia que ha formateado su placer: las lecturas hechas, los aprendizajes que lo han formado, la época en que ha nacido (no es igual la experiencia de placer de un lector del siglo XVIII que la de uno en pleno borbotón romántico), la estructura económica y política que lo vio nacer (Recordemos cuánto de nosotros en los 70 nos negábamos militantemente a Borges). Convengamos entonces en que nadie nace con una disposición estética "natural". Se aprende a disfrutar de la lectura literaria como de la de cualquier expresión artística. Ojalá todos los niños vivieran en ambientes familiares que  los acercaran al arte. Pero la democracia -por hablar de un régimen político entre otros- no provee a todos de igualitarias experiencias estéticas, y es la escuela la que tiene el deber (y el placer) de acercar a muchísimos niños a, por ejemplo, la lectura. De cómo lo haga, del propio placer lector del maestro, de cuánto sea capaz de comunicar su forma de obtenerlo, de las herramientas de lectura que pueda proveer a los chicos dependerá el gozo que estos puedan sacar, a su vez, en sus lecturas posteriores, las importantes, las que se hacen solos, después de ser introducidos en la fiesta.
Leer es un esfuerzo. Lo es para los niños pequeños que avanzan por la selva descrifrando las palabras, lo es para los más grandes que caminan por la cornisa, teniendo a un lado la montaña de los signos y del otro, el abismo de la connotación, ese aparato fenomenal medio del cual todo texto literario parece que  habla de esto y de aquello, ¿o de aquello otro que dice mi compañero que él ha entendido? ¿Es que yo soy un tonto porque entiendo otra cosa? Si algo sucede cuando leemos es que la literatura  desnuda nuestras cuestiones, arrasa nuestras certezas, nos inquieta, nos alarma. Creemos entender algo y no sabemos cómo verbalizarlo. Nos encontramos con que los demás han entendido cosas diferentes y debemos detenernos a argumentar a favor de nuestra interpretación, o evaluar los argumentos ajenos. 
Todo esto para decir que -según mi praxis y mi teoría- la literatura en la escuela es un fin en sí misma. No creo que la lectura literaria deba servir para "enseñar gramática", para "enseñar valores" o para "disfrutar simplemente", entre otras bondades.  Soy una fervorosa defensora de que a la escuela vamos a aprender, que en el aula es, en primer lugar -pero no exclusivamente-, la construcción del conocimiento lo que nos reúne. Como docente me propongo acercar a los chicos a textos de calidad, a textos que forman parte del acervo cultural de la comunidad social e histórica de la que forman parte, contagiarlos del entusiasmo de leer, de sentirse sacudidos por esa sensación maravillosa que consiste en "entender", tenga este entendimiento la forma de una vaga intuición o un elaborado mecanismo. Y por sobre todas las cosas, me siento responsable de enseñar herramientas, pero no en forma abstracta e independiente, sino de las precisas herramientas que hacen falta para leer un texto determinado y a partir de esa experiencia concreta tender hacia la universalización y abstracción del recurso. Suelo pensar en qué necesito enseñar para leer tal o cual libro y no qué libro preciso para enseñar tal o cual herramienta. Por ejemplo, vimos que, en El mar y la serpiente de Paula Bombara, la narradora va complicando la estructura oracional a medida que crece y ese recurso sintáctico permite comprender la evolución del pensamiento de la protagonista; o pensamos en ese curioso narrador de La mirada del lobo que usa la tercera persona, pero parece observar a través de los ojos de Lobo Azul o de África, o miramos de qué forma los distintos sucesos de Rompecabezas de María Fernanda Maquieira se relacionan metafóricamente entre sí formando un entramado sutil y poderoso para sugerir lo que el texto no dice nunca literalmente: los motivos de las ausencias. He leído el Martín Fierro en quinto año (Creo que la escuela también debe hacer leer esos textos que son las bases de nuestra cultura) y nos sumergimos en un debate acerca de las clases dominantes y la utilización de los excluidos de los  proyectos de las elites oligárquicas argentinas.
Nadie lee, y mágicamente obtiene su cuota de placer estético permitido. En mi caso tuve la fortuna de nacer en una casa con padres lectores, culturalmente activos y dueños de una inmensa biblioteca. A eso le sumé una necesidad personal de hallar las respuestas y el consuelo afectuoso que esos padres no supieron darme y que yo me procuré en los libros. En idénticas circunstancias, mis hermanos no leyeron. Tuve la suerte de encontrarme con maestros que me enseñaron a leer. La señorita Pezzoni (la hermana de) alumbró retóricamente mis ingenuas lecturas de Lorca y me abrió la puerta a Góngora. Siempre recordaré como una epifanía gozosa el análisis de Dámaso Alonso de aquel "infame turba de nocturnas aves". Nunca sentí que, cuando alguien me daba herramientas, estaba quitándome mi cuota de placer. Muy por el contrario, siempre sentí que me elevaban por sobre lo permitido y les estuve agradecida por enseñarme a leer mejor, más ajustadamente, por mostrarme llaves y dejarme sola para que las probara. 
Los maestros deberíamos ser lectores expertos dispuestos a compartir nuestro tesoro con los aprendices que se nos cruzan en el camino. Pero lo cierto es que no todos lo somos. Yo disfruto en el aula cuando mis chicos leen, aprenden, experimentan, intentan, descubren, y así crecen. Y ese placer siempre es compartido.

sábado, 12 de abril de 2014

Tarea de bordado

Te bordaré mi rostro
con una hebra de hilo sutilísimo.
y en dos o tres pespuntes se me verá la risa volando por la tela.
Después vendrás,
cuando sea la noche,
y con tus hilos azules me darás un paisaje de árboles y ríos.
Yo dormiré con la música de agujas bordadoras
y el viento de la orilla acunándome.
A la mañana,
en el ruedo envainillado de las sábanas,
quedarán los zurcidos de los sueños dormidos.
Tras de los dobladillos diremos dos palabras
y el día se llenará de plumas y de encajes.
Entrarán en ojales los botones de nácar.
Abriremos presillas.
Me prondré mi dedal -ese que tiene un hada- y bordaré la vida hasta la otra mañana.

jueves, 10 de abril de 2014

Una lista

La ropa que da vueltas.
La cena que se hace.
Los pespuntes que damos en las cosas.
La risa que se llena de palabras.
La sábana que vuela con el viento.
El sol haciendo fondo entre los ojos.
Los vasos de colores y de vidrio.
La casa que se llena de deseos.
Las fotos que tenemos.
Los sueños que nos pueblan.
Lo que se llama amor.
Lo que se llama casa.
Lo que vos sos.
Lo que yo soy.
Lo que nosotros somos juntos.
Una lista, sucesión que nunca se termina y solo crece: eso es/ lo que nunca deja de ser y fructifica.
Lo único que importa al fin del día.

sábado, 5 de abril de 2014

Casaverde

Tenemos una casa verde: esmeralda, seco, oliva, manzana, limón. En nuestra casa, los libros y la música se encaramaron en las paredes y nos miran pasar, mientras se cuentan canciones y se cantan historias en un parloteo susurrado que desgaja sonidos como si fueran agua.
Tenemos una casa verde: a veces espinaca, o eucalipto, o alcaucil, o simplemente escarola. Y las paredes se llenaron de cuadritos que florecen en medio de marejadas de verde turquesa, aguamarina, verde Nilo y en hilo, verde licor de menta al sol.
Tenemos una casa verde que, en abril, se ve amarilladamente verde y, en enero, brilla de verde azul.
Nosotros vamos subiendo sus caminitos: pasito a paso.
Y vemos las huellas de los animales que nos siguen como el dibujo de un verde jungla: enredaderas de patas que trazan flores sobre la tierra, y corazones, y los pájaros que se posan a beber. En el dibujo hay un camino verde y un hombre y una mujer que suben con una manada de animales atrás.
Tenemos una casa verde donde el día reverdece hasta que cae el sol y sube al cielo una luna mientras la gata, en el tejado, la mira con sus inmensos ojos verde neón.

jueves, 3 de abril de 2014

Atravieso abril

Atravieso la madrugada con una enredadera de abriles neblinosos. Las calles son cintas de grisura celeste y parpadean las luces amarillas en las vidrieras perdidas como niños. Hay perfume de violetas entre las hojas que caen en una danza lenta y un remolino con deseo de lluvia que no llega se demora en la acera. Todavía la luna despereza el sueño de sus luces con pespuntes de frío. Atravieso el sueño dormido donde te he dejado entre sábanas tibias. La taza es un aljibe de oscuras aguas dulces. Hay tanto de nocturno en el momento: los niños desvelados del recuerdo envueltos por las madres que tejen sus mantas con esperanza dulce. Atravieso el espacio, esa distancia en que dejo de ser la casa en que vivimos  y me disfrazo de sabia comprensiva. La hora me atormenta y espero un aguacero de pétalos azules, leves sobre mi pelo, leves.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...