viernes, 28 de febrero de 2014

Mariano Levin: 29 de mayo de 1951/ 28 de febrero de 2010

Querido mío:
Donde sea que estés, que lo más probable es que sea en ese sitio inasible que llamamos memoria  (hecho de nombres, de palabras, de pelusa, de tiempo), donde sea que te hayas refugiado con tu sangre tan blanca que había olvidado -de pronto- como no hacerse río, donde sea que hayas recalado tu barca a juntar piedrecitas y ver atardeceres, sabé que te recuerdo porque hay un cuarto en medio de mi alma que llevará tu nombre, porque no somos otra cosa que el resultado de bocas que nos nombran a través de los tiempos y  allí hay una parra podada que siempre reverdece, hay un amor dormido, hay un cepillo con dentífrico arriba. Sabé que, el otro día, hablaba con un viejo vecino y le decía que no hay una palabra que pueda definir lo que nosotros somos, que ya no puedo decir que sos mi qué, porque la muerte es eso: infintas puertas que se cierran de golpe y, sin embargo, el afecto es viento que sopla -a veces como brisa, otras, un huracán de pena o un mordiscón de lluvia mojando los aleros. Querido mío, haber vuelto a la vida -yo, que alguna parte mía te llevaste- es el mejor regalo que hubiera podido entregarte donde quiera que estés con tu cuerpo de muerto comido por la tierra, esa voraz amante; es lo mejor que hice; estar viva y amar es de una gran "campeona" porque vos seguís vivo -aunque yo no te nombre- en ese territorio, inasible y hecho de nombres, de palabras, de pelusa y de tiempo. Así que, hoy, traé tu silla y miremos el día que se estira entre los bananales, escuchá que te cuento las cosas que pasaron mientras vos te moriste. Querido mío, donde sea que estés, quiero que sepas que he llegado a saber que cada uno elige la muerte que le toca. Un abrazo infinito que llegue hasta ese sitio donde sos mi memoria.

martes, 25 de febrero de 2014

Él duerme/ Aún

La piel del día se estremece.
Oigo el temblor de tu respiración
y me deshago de la sombra que tirita en el silencio casi nocturno todavía.
Las palabras tienen verano aún y brillan como flores o frutas.
Nadie sabe.
Hago un pequeño fuego con el calor que crece de tu abrazo
y entibio los relatos donde quedé dormida anoche.
Hay fulgor en tu sueño
y amaneceres enredados
y amparo de mañanas.
Alrededor se ve el vuelo de los pájaros que serán.

lunes, 24 de febrero de 2014

Comienzan las clases

Cuando yo era chica como ustedes -sí, alguna vez yo fui pequeña-, el primer día de clases me ponía muy inquieta. La noche anterior revisaba decenas de veces los útiles, les sacaba punta a las pinturitas, acomodaba la lápicera de pluma, miraba si había forrado bien el cuaderno. En la silla estaba planchado un guardapolvo nuevo, que siempre era dos talles más grande porque "vas a pegar un estirón",decían en casa. Lustraba los zapatos y les ponía adentro las medias blancas. Esa noche me despertaba pensando que se habían olvidado de llamarme y miraba el reloj para darme cuenta de que eran las once, las doce, la una.
Después crecí, fui a la Universidad y me recibí de profesora. Di clases, escribí libros, fui a congresos y me sigo despertando cada hora la noche anterior al comienzo de clases. Anoche, por ejemplo, preparé mi mochila, dejé mi ropa sobre la silla ( que ahora tiene el talle indicado porque nadie espera que dé un estirón) y me fui a la cama. Me desperté a las doce, a la una, a las dos y treinta y nueve. Y pensaba en cómo sería conocerlos, si nos llevaríamos bien, si les gustarían los libros que pensé para ustedes.
La escuela - como todo- tiene cosas feas y cosas lindas. Es feo levantarse temprano, sobre todo si es invierno. Es feo no poder elegir no venir porque si te quedás en casa te ponen falta. Es feo estar sentado en un banco cuando tenés ganas de estar en el parque.
Pero lo que tiene la escuela de lindo, para mí, compensa cualquier disgusto. En la escuela podés aprender.  Y aprender es una de las cosas más bellas que hay, junto con la amistad, el amor, y -para mí- las frambuesas y los libros. Y que Huracán gane. Porque cuando aprendés podés tomar decisiones, entendés de qué van las cosas. Aprender es como tomar un vaso de agua y otro y otro, y que la sed se calme un rato y vuelva.
La escuela además te permite que aprendas con otros. Y eso es genial porque ayudás y te ayudan a entender, lo cual es doblemente placentero.
Así que, en este año que empezamos, yo solo quiero decirles que ojalá que todos aprendamos mucho. Yo les ofrezco lo mejor que guarda mi corazón: mi amor por la lengua que hablamos y por los libros. Piensen ustedes qué es lo mejor que tienen para ofrecernos. Y seguro hacemos trato. Bienvenidos y vaya este aplauso para todos nosotros.

domingo, 23 de febrero de 2014

Padres lectores, ¿hijos lectores?

Hay un mantra que dice "Si querés que tus hijos lean, que te vean leer".
Mis padres tenían una biblioteca inmensa. Mi madre, con su escaso séptimo grado, es una lectora compulsiva. Debe ser uno de los pocos seres humanos que  ha leído varias veces  las obras completas de Dostoievski, en los tres tomos publicados en papel biblia por Aguilar.  Si el mantra fuera ley, mis dos hermanos y yo, criados en el mismo hogar, con la misma biblioteca a disposición y -mal que nos pese- por los mismos padres, seríamos tres lectores compulsivos.
(Suena una chicharra de alerta).
Pues no. Mi hermano Mariano no lee ni los chistes del periódico,  el menor supo leer cuando yo le puse el libro adelante; y yo, que soy la mayor, no hago más que leer. La conclusión pone en evidencia la fragilidad del mantra mencionado. 
 Los motivos por los que cada ser humano lee deben de ser infinitos y escapan a mi posibilidad de comprensión. Solo puedo hablar por mí misma: yo leí para ahuyentar mi soledad infantil, para escapar al terror que me producían los silencios prolongados de mi madre a una edad en que la madre es ese cuerpo que nos abraza y nos alberga. Mis hermanos -por sus escasos años de diferencia- se tuvieron a sí mismos, yo tuve los libros. Si no hubiera habido tantos en mi casa, y algún otro adulto me los hubiera ofrecido, yo habría leído igual. Porque la cuestión no estuvo ni en la biblioteca ni en los padres lectores, sino en el vacío que los libros vinieron a ocupar. El mundo dolía mucho menos a través de las palabras y el libro podía cerrarse cuando se tornaba insoportable: mi madre, no. 
Cierto es que hay infinitas maneras de hacerse el idiota ante lo real: quizá, a los seis años, leer haya sido una manera saludable que, una vez puesta en práctica, avivó el placer por los mundos sustitutivos, y la sublimación por la escritura (he asesinado a mi progenitora tantas veces a través de las palabras que ahora puedo ser la hija que la sostiene y la cuida). Los libros me han dicho lo que buscaba oír, me mostraron otros caminos, me dieron una estructura que no supo enseñarme mi madre porque carecía de eso que es "maternar": la voluntad de cuidar, de darle cuerpo al amor y poder mirar al otro con confianza. Los libros ordenaron mis emociones, me enseñaron formas de pensarme, me mostraron que somos seres de relatos, que los poemas abren las puertas de la percepción y me hicieron ser Julieta Pinasco.
Pero no soy una fundamentalista de la lectura: no creo que alguien sea mejor o peor persona porque  lea o no.  De hecho, mis hermanos no-lectores son personas de una calidad muy superior a la mía. Cada persona elige de qué forma mediar con lo real: algunos optan por la música, otros dibujan, algunos trabajan el jardín, otros tienen cientos de amigos.
Yo elegí leer. Y volvería a hacerlo si me fueran concedidas otras existencias. Y como esto último es imposible, trato de sacarle rédito a la vida que tengo leyendo un libro tras otro.
Y así alcanzo cierta clase de felicidad que es mía y con la cual no pretendo, jamás, catequizar. 
No hay universales en el deseo y la alegría: solo paraísos individuales.
El mío -como el de tantos otros- tiene forma de libro.

jueves, 20 de febrero de 2014

Canciones tristes

Hoy viniste. Trajiste como siempre tu sillita amarilla. No me dijiste nada. Yo estaba trabajando y me llevó un rato darme cuenta de que ahí estabas. Te delató el sonido que hacían tus huesos al chocarse. "¿Qué hacés?", te dije sorprendida.  Y me miraste con tus ojos de muerto. Y había tanta pena que te senté en mi falda. Entonces apoyaste tu cráneo y, si acaso a los muertos les es dado el sueño, vos te fuiste durmiendo. Yo te canté bajito, para no despertarte, una canción que decía que el amor no se muere; que, simplemente, cambia para que puedan morir en paz los muertos y que logren vivir los que quedan llorándolos.

martes, 18 de febrero de 2014

Elección

No me pregunto por qué.
Simplemente sucede.
Tal vez la rotación del viento en madrugada,
o la hierba que crece sin que nos demos cuenta,
o los destellos del reloj en la noche profunda.
Pero sucede.
Cada mañana.
Inevitablemente.
Gozosa y fijamente.
Como una música ejecutada por el tiempo.
Como la sangre que vuelve a su verdad.
Como el alma que anida en la almohada.
Sucede.
Y lo celebran los fuegos encendidos, las alondras, la risa que se canta a sí misma, tu boca que me nombra y este cuerpo ralo que llevo a través de kilómetros solo para encontrarte y volver a elegirte.
Porque sucede.
Simplemente sucede.

domingo, 16 de febrero de 2014

Nocturno

La noche cae perpendicular a vos.
Yo la recibo,
y me dejo traspasar por tus párpados mojados.
Después la luna cose un manto con las plumas de un pájaro
y no podemos hacer más que volar.
Dicen que llegarán las cartas que nos hemos escrito cuando aún no nos sabíamos.
Tienen letras azules
y un corazón de sal en medio del ayer.
Las estrellas quedaron zurcidas en la sangre y titilan en el ruedo furioso del amor.
Ahora te envolvés en las sábanos,
y llega, lenta, la hora de dormir.
Tus brazos son un nido de lanas y caricias
y alguien ya apagó el sol.

sábado, 15 de febrero de 2014

Carnet de identidad

Yo soy la otra. Esta y la otra. Y aquella otra también.
Soy la que fui corrida a piedrazos por los hombres de la ciudad. Algunas mujeres los acompañaban. Siempre hay mujeres que tiran piedras solo por que lo ven.
Soy la que envolvió su corazón cuando estalló la guerra y el hilo de sangre se le cortó en los dedos. Quedé sola y con el vientre vacío de tanto esperar.
Soy la que desgarró los cristales con sus uñas hasta volverlos arena y grité y me reí sin darme cuenta de dónde estaba el amor.
Soy la que caminó sin detenerse mientras los otros me señalaban con el dedo, y la espada flamígera de Dios colgaba sobre mi nuca rapada.
La vergüenza, dijeron de mí. Y a mí nada me avergonzó.
Soy la que se sentó a acunar los cadáveres de los niños para que la vida volviera en la melodía secreta de la madre que no fui.
Soy la que cortó las sábanas de siete mil hilos con los dientes para anudarlas y escapar mientras las lagartijas envenenaban el aire que tenía para respirar.
Soy la que cerró los ojos y quiso creer. Y creyó.
Yo soy la otra. Esta y la otra. Y aquellas -cientos de otras- también.
Nunca fui huérfana ni frágil ni me llevaron los vientos excepto que yo los dejara soplar.
Y las palabras que dicen, esas que se piensan como avispas, se duermen en mi mano como lebreles mansos cada mañana.
Ya no me importa lo que pudieran opinar sobre mí.
Sé que un día tiraré del cable y apagaré la luz.



Fragilidades

La fragilidad tiene disfraz de volcán.
Y lava.
Y piedras.
Y tormentas.
Las construcciones del otro (o de la otra) son espejos en los que no nos deseamos ver.
De los laberintos solo se sale por arriba.
O cuando hallamos la pieza del rompecabezas, la que habíamos extraviado en el mismo momento de nacer.



viernes, 14 de febrero de 2014

Cocina de Turderaville

Las tazas mojadas por el sol.
La sal en las sartenes.
La ropa colgada debajo de la parra.
La tierra y su lluvia de hoy.
La cuchara naranja.
Las cerezas de enero.
Los cuchillos y sus ganas sedientas.
Los vasos con su memoria de piedra.
El chocolate y su disfraz de barro y colmenar.
La mesa y las nupcias del café.
Todo
y el pan que tapo y no llega a levar.


En esta casa

En esta casa la tibieza ha abierto su colmenar de caricias y se ha paseado desnuda entre las sábanas como una hoja que cae y se demora para mirar el sol desfallecer en la colina del deseo. Los animales duermen en el borde de esta noche a oscuras en la que las palabras se plegaron y vos las fuiste abriendo para mirar su corazón. El alma conoce el soplo que la lleva y te hilvano a mi vida cada día con sus manteles y la conversación como una piedra que pule, que aliviana, que crea ese momento en que decimos que la tibieza nos rescata de aquellos desgarrones en que la vida hizo su sombra. Esperamos la madrugada mientras yo cumplo el rito nocturno de reír.

Ahora

Ahora me he desvelado.
Y hace frío.
Tanto como para ir a buscar un abrigo.
Tanto como asombrarse y decir que hace frío.
Y luego pensar qué hago acá levantada.
Y que el verano parece haberse ido.
Y a renglón seguido decirse que ya volverá.
Ahora gasto el tiempo en los pensamientos vacíos de los que se han desvelado.
Y me enumero
-para mi cuenta personal-
las inquietudes de febrero
como que hace frío
que me he desvelado
y que la muerte es una sombra blanca que lima la memoria con sus dientes de hielo.
Será quizá que el verano, también desvelado, se habrá muerto en febrero. 

jueves, 13 de febrero de 2014

Mi memoria

Tengo una caja de secretos.
Guardo las cosas de mi memoria que tengo miedo de perder.
A veces los olvidos te asaltan por la espalda y cuando te das cuenta se llevaron algo.
Y nunca lo recuperás.
Yo no quiero olvidar.
Yo no quiero perderme en las nebulosas de los sistemas indefinidos.
Yo quiero abrir mi caja y encontrar cada cosa
y que tenga su perfume de antaño.
y el calor de costumbre.
Porque yo soy mi memoria encarnizada;
y sin mi caja
estaría vacía,
que es decir muerta,
perdida,
y loca.
Porque el olvido nos hace otros,
nos roba la posbilidad de aprender.

domingo, 9 de febrero de 2014

Un domingo infinito

Unos pequeños colibríes verdes saltan del iris a la boca y se hace verde el minuto subsiguiente.
Después, entrarás, preguntarás si deseo alguna cosa a esta hora en que el deseo es una lente salpicada de rojos que se agitan.
Te sonreiré, como todas las tardes y diré que soy feliz.
La oscuridad estallará con sus luces de adentro.
Pespunteré la tarde con hilos de colores y serviré la cena, lenta, muy lenta.
Para que siga este domingo hasta el siguiente
y nunca tenga fin.

lunes, 3 de febrero de 2014

Lluvia

Llueve. Con esa manía que tiene la lluvia de mojarlo todo. Los autos se lavan con las luces intermitentes del agua y el asfalto se moja con el verdor líquido que cae. Las esquinas inundadas son peceras en las que los aleteos de los peces marcan una ruta por donde ir hacia la tormenta siguiente.  Unas imperceptibles reverberaciones se montan en las olas azules del aguacero. Y baja la tristeza en catarata desde el cielo.

domingo, 2 de febrero de 2014

Lengua y literatura (III): La formación de grado y la LIJ/ O de cómo nadie quiere ponerle el zapato a la Cenicienta.


Solo por hablar de los profesorados de Literatura dictados en el Joaquín V. González y en la Facultad de Filosofía y Letras ( de donde yo misma egresé hace miles de millones de años), los profesores carecen de formación de grado en Literatura Infantil y Juvenil. Es decir, muchos de los docentes que enseñarán a chicos de entre 12 y 17 años nunca fueron formados en el universo de los libros para niños. 
Para citar lo que mejor conozco, aprendí griego y latín (sus lenguas y literaturas), gramática, teoría literaria, filosofía, estética, y literaturas argentina, española, francesa, italiana, portuguesa, brasileña, norteamericana, inglesa, latinoamericana; pero nunca jamás en LIJ en la Universidad de Buenos Aires.
Soy conciente de que la praxis docente forma, pero también sé que hay profesores cuyas lagunas perduran por siglos y se transforman en inmensos mares que no están dispuestos a vadear. Y así vamos.
La cuestión es que la literatura infantil y juvenil es la Cenicienta para la Academia, y más aún: es la Cenicienta antes de que apareciera el hada madrina. Yo he sentido esa mirada que cae sobre mí cuando digo que soy docente, que trabajo con chicos de 6 a 17 años y que me dedico a la literatura infantil. No importa que coordine mi área en uno de los colegios privados más importantes del país, ni que escriba para una de las editoriales más destacadas del mundo de habla hispana: me dedico a la literatura infantil. ¡Pobrecita!
Convengamos en que los lectores se forman desde la más temprana edad, y que los libros de literatura son buenos o malos, independientemente de la edad del lector para los que estén destinados. 
Hace poco, un docente me dijo que quería que sus alumnos leyeran "autores". La pregunta de rigor sería qué convierte a, por ejemplo, García Márquez en un autor y a María Teresa Andruetto en una "no-autora". ¿El Premio Nobel? Los dos, en su quintita, lo merecieron, pero ¿cuántos saben que el Premio Andersen, otorgado por Dinamarca a los mejores autores de la literatura infantil universaly ganado por nuestra María Teresa en 2012, es el Nobel de la LIJ?
La literatura infantil y juvenil tiene sus propias reglas, que los docentes tendrían que conocer antes de salir al ruedo a enfrentar a los chicos: porque uno debe conocer al dedillo -y más aún- lo que enseña; y porque de ese primer encuentro depende la existencia de toda la literatura posterior (y sus consecuencias curriculares). 
Si no supimos encantar a un chico con un libro, si no logramos que quede prendida en su alma la historia de personajes entrañables, no habrá libros para adultos por la simple razón de que los lectores irán desapareciendo como especie. Y para ello, hay que formar docentes que valoren a esa Cenicienta a la que nadie le quiere colocar el zapato y darle el status de princesa.
Yo me dedico a la literatura infantil y juvenil. Lo hago con una pasión y alegría desbordante. Haber elegido este camino es una de las mejores y más felices decisiones que he tomado en mi vida. Y lo volvería a elegir, si tuviera la posibilidad de otra vida.
Tuve, además,  la dicha de que los libros me acompañaran desde siempre y me sirvieran de refugio, de contención y de ventana abierta desde que era así de pequeña. Lo que quiero es que la formación en estos libros no dependa de un posgrado o un seminario, sino que sea parte de los estudios de quienes, por descarte o por elección, les enseñarán literatura a nuestros chicos.
Va siendo hora de coser el traje e ir al baile munidos todos de los instrumentos para transformar el mundo de los lectores pequeños, que no son -de ninguna manera- la última galletita del tarro.

sábado, 1 de febrero de 2014

Las marcas inefables del amor

Me gustan las sábanas blancas. 
Quedan en ellas 
las estrategias irreverentes de los dedos,
el sudor estampado como una flor inquieta,
los receptáculos laberínticos del beso,
los bosques de las lenguas con sus hojas ensalivadas,
los peligrosos suspiros que son anclas soltadas en la mar,
y vos,
y yo:
las marcas inefables del amor.

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