domingo, 29 de septiembre de 2013

Haendel y la música acuática, el Palacio Longchamps y un regador Gardena

Cuando yo era pequeña, mi padre me hacía escuchar la Música Acuática de Haendel. Me ponía el disco y yo imaginaba esas aguas danzantes, de colores, que subían y bajaban, que se enredaban y desenredaban, siguiendo los violines o los vientos. Podía pasar horas oyendo a Haendel en un disco de tapa blanca donde se veía una fuente atrás de la orquesta. Cuando mi hermano vivía en el Boulevard Longchamps, (ahora se mudó un poco más allá) la avenida por la que circulaba el colorido tranvía marsellés terminaba en un palacio -museo de no recuerdo bien qué- que tenía una fuente neoclásica de aguas danzantes, en la que siempre terminaban mis solitarios paseos, a la espera de que Pablo finalizara su trabajo y nos fuésemos juntos a comer un sandwich en la peatonal. Aguas que brotan, impulsadas por no sé qué magia,  describen círculos, abanicos y flores de gotas suspendidas en el aire, en contra de toda lógica y ley newtoniana. Aguas que me cautivaron desde siempre por lo incognoscible de su ir y venir en ritmos que escapan a mi raciocinio y despiertan mi intuición. Ayer, Claudio cumplió años y, entre otras cosas, le regalé un aspersor de esos que dan vueltas trazando volutas de agua en el aire para depositarla en una circunferencia de tierra. Y de pronto, al ver volar las gotas en su danza de colores a través de la grisura del día, me doy cuenta de que escucho la música de mi padre, vuelvo al palacio de la calle en que vivía mi hermano y todo adquiere una acuática y luminosa cohesión otra vez.


sábado, 28 de septiembre de 2013

De eso no se habla

Si del hilo removido de mis propias historias tiro tan solo un poco y veo lo que trae la cuerda de un ayer tan ayer que no debiera estar allí porque de eso no se habla, recuerdo la humillación de esa noche en que yo era otra y no supe más que meterme debajo de la ducha para llorar a los gritos y resfregar con la esponja el barro de la muerte. ¿Qué podía esperarse de tanta soledad, de tanto miedo? La carne se me abría como si fuera ese hilo rojo que yo creía que me ataba a la pena y no había tijera que cortara mi sombra. Después -porque siempre existen los más tarde y los luegos- aprendí a perdonarme, a darme oportunidades para subir al cielo y bajar mis temblores a orearlos contra el viento. Pero en el mientras no supe otra cosa que elegir la dentellada en el cuello desnudo y la sangre caía. Los ruedos estaban descosidos, la casa estaba sucia y las camas, deshechas. Y yo, paralizada en el alarido infecundo. Irse tan lejos como dieran las alas porque no era meritorio haber sido obligada  sin sentido en medio del silencio que quemó como fuego. ¿Qué podía esperarse? La muerte ataba con su hilo de hielo y la carne temblaba al empujón helado del que hizo trabajo el tiempo para limar la huella. De eso no se habla porque no siempre perdonan las palabras. No siempre.

He aquí el dilema.

La que soy.
La que no puedo dejar de ser.
La que quisiera ser.
La que me cansa ser.
La que debería ser de una buena vez por todas.
La que a nadie le importa quién es.
La que evito ser.
La que no soy.
La que creo que soy.
La que seguramente creen que soy.
La que todos señalan quién es.
La que me dijeron que sea.
Esa.
La que.

Joyeux anniversaire, dit l'hirondelle

Querido curador:
Ando por estas tierras porque mi instinto me dijo que estaba por llegar la primavera -aunque parece que no me funciona bien la orientación climática ya que más que primavera esto es un otoño deslucido- y me contó una mujercita que hoy es su cumpleaños, así que aprovecho para hacerle llegar mis felicitaciones y un regalo que he dejado en su jardín y cuyo funcionamiento paso a explicarle.
Le he dejado un árbol frutal, un ciruelo para mayor datos. No, no salga a ver. No hay ninguno en medio de su jardín. Pero ahí está, bajo la tierra he dejado la semilla que le traje en mi pico porque, sepa, que un nuevo año de vida es un balance y una esperanza. Y como tal se festeja. Sigamos entonces, ahí, abajo de la tierra que he removido y aireado (muy bueno su compost: me he dado una panzada de lombrices.), deposité una semilla,  colorida como un zafiro. Solo deberá regarla día a día para que el árbol se abra paso en la corteza dura y dé sus hojas. Si lo piensa, le pido que trabaje. ¿Qué es lo bueno entonces? Que mi regalo, querido curador, es a futuro. Tendrá usted sombra, perfume cuando el árbol dé sus flores, y fruta fresca y jugosa en medio del verano. Sentirá una calma profunda cuando lo vea despuntar hoja a hoja, rama por rama, soportar las heladas y dar fuertes raíces. Sabrá que ha sido bueno apostar a la vida que sigue, que fructifica, que continúa abriéndose hacia el cielo porque eso es un festejo de cumpleaños. Así que ya que le obsequiaron  una lluvia privada, úsela para exploten los verdes, las aguas y los días. 
Con un amor verdadero y alado.
L'hirondelle

viernes, 27 de septiembre de 2013

Es cosa buena.

Dar el salto.
Dejar las ataduras que sostenían los miedos.
Abrir los brazos al aire y que me lleve el viento por tus cielos.
Sentir la lluvia mojar el pelo y correr por la piel.
Mirar hacia adelante y confiar en tus manos que me hablan con su idioma de sintaxis inédita.
Decir que sí.
Siempre que sí.
Y que llegue el verano y la vida se estrene cada mañana en que logre dormir.
Llegar a la otra orilla abrazada por tu boca.
Saber que al fin la vida es cosa buena. 

jueves, 26 de septiembre de 2013

Insomne

0:43;
1:22;
2:45;
4:57...
Dormir así.
Por intervalos.
Llevando postas adonde duerme el sueño.
Dormir así.
Como si fuera un pájaro asustado,
un tallo verdecido,
un fragmento de espejo,
un tren varado en la estación vacía.
Dormir así
a veintitrés kilómetros del sueño
y nada.
Con los párpados desiertos y cosidos con niebla.
Lo mismo que no llega.
Dormir
Querer y quedarse en deseo.
5:09
Arriba.

martes, 24 de septiembre de 2013

Un jardín

Al principio - en esos tres nanosegundos iniciales- son chispas. Y te iluminan por fragmentos clavándote perfumes en el estómago. Chispas azules, rojas, violetas. Como fatales estrellas fugaces a las que hay que pedir un deseo. O trenes que te pasan por encima mientras vos a toda marcha construís ese puente para que pase el tren y ponerte debajo y pedir un deseo que será que esto dure. Después es un tanteo, mover la ficha y observar el sistema (somos saussureanos y el valor siempre es posicional). Las piezas a veces son redondas, cuadradas, triangulares y vas observando cómo las toma entre sus dedos, las huele, las lame, las pesa. Es el momento en que pensás que el juego es algo serio. Entonces llegás a una extensión de tierra, y tenés ganas de que sea jardín, de llenarlo de plantas con fuertes raíces poderosas, de árboles que rocen el dobladillo azul del cielo, de pájaros que canten mientras hervís el agua, de ropa limpia secándose -mezclada- bajo el sol. Y cuando estás pensando en estas cosas ves que él ya aprontó la carretilla y la pala, y te ponés a trabajar. Y pasa un tren por arriba del puente que echa chispas y los saludan desde arriba innumerables jugadores con sus fichas redondas, cuadradas, triangulares y el pelo se les llena de estrellas  aunque sea la hora de almorzar.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Una habitación propia

A la luz helada de este lunes, me sacudo un sueño en el que estaba en una casa amarilla frente a una pintura acerca de la cual debía escribir. ¿Existen las cosas más allá de su interpretación? Si yo no estuviera diciendo lo que digo, ¿tiene la cosa una significación per se? Eso soñaba yo, y después me desperté. Me gusta soñar. Creo que entonces he dormido bien, profundamente bien. Ayer hubo fragmentos de cristal  colorido flotando en el aire interior. Trabajábamos y todo corría por los caminos de la risa y la ensoñación. Vos no eras un príncipe vestido de azul, eras un hombre real. Tan real que 
podía mirarte a los ojos y verte.Y sonreías mientras poníamos las computadoras en red y yo acomodaba mis libros en el estante, e imprimías mis dibujos justo cuando yo pensaba que ya tenía la habitación propia de la que hablaba la Woolf. Y vos eras real como los pájaros, los árboles y el día gris. La noche se acercaba con pasos de gigantes y perfume de cena.  Ahora yo tenía mi lugar para escribir, leer y dibujar; y los cajones donde guardar la ropa y las ollas donde inventar qué comer. Me gusta soñar. Y era una casa amarilla junto al mar, y yo escribía sin parar. Y vos eras un príncipe vestido de azul, pero real. Tan real que te podía ver y tocar.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Todavía vivimos

Es curiosa la vida. A veces se alisa y desparrama para ser transitada sin rispideces. Otras, se encrespa y avellana para tirarnos de una punta a otra sin que podamos asirnos a ninguna saliente. El cuerpo se llena de cardenales violáceos, y el corazón pide una tregua, por un rato siquiera. Y, sin embargo, seguimos empeñados en en continuar adelante pese a las cicatrices que nos cruzan, de lado a lado, los días y los años. Será porque no conocemos otra cosa que esto de estar vivos y sabemos que es corto para mojarnos los brazos en un lago, remontar la corriente, besar unos ojos amados, parir con dolor y alegría, amasar muchos panes, volcar las palabras en un cesto, devorar a dentelladas las frutas que tenemos, aventar otros vuelos y nadar en la espuma. Es corto y hacemos frente a todo, con la dosis de llanto necesario, con las risas que nunca se desmayan, entre sábanas y cuerpos amorosos, repasando en los libros lo que nos falta todavía. Será que sostenemos la historia como si fuera un fuego pasado de mano en mano: de nuestros padres a nosotros y luego a nuestros hijos, un fuego que alumbra la memoria de quiénes fuimos y el sueño intacto de lo que un día seremos.

Días a contrapelo/Así de simple es

Hay días que crecen a contrapelo. Las porcelanas tintinean y todo se enrosca en el centro de la cabeza como una enorme serpinete taciturna. Días ásperos, madera sin pulir en su comienzo alborotado. Y entonces entrás y te reís de mí. Y en tu risa recupero la cordura y lo absurdo del día se hace relato inconducente. Me tomás de la mano, me arropás en tu abrazo, cerrás la puerta de mi vocación a la pena y el castigo, y me empujás fuera de mi cabeza donde la serpiente se queda sola y preguntando "¿Y ahora qué?".

Una educación comme il faut

De pequeña he visto cine europeo. Mucho. Del de la Europa del Este, cuando decir "este" no era solo un punto cardinal sino también una ideología. Aprendí muchas cosas en mis libros de Gorki y de Galia Konsomola. Quise ser una pionera con mi pañuelito rojo y mis trenzas, que era más o menos como ser girl scout, pero del otro lado de la cortina de hierro que imaginaba como esas de almacén. Vi trenes que andaban en la nieve, gatos que miraban el color del alma de la gente, chicos que corrían en los Palacios de Invierno del zar recuperados por la gloriosa revolución bolchevique que mi madre festejaba con una torta roja y regalos para todos los niños de la casa. No sé si mamá hoy aprobaría todo lo que aprendí. Seguramente se criticaría con acidez comunista mi rol de intelectual pequeño-burguesa, de mocosa irredente, de "decile algo a esta chica que vos sos el padre". A esta altura poco importa mi madre ni el muro de Berlín y esos países que ya no existen y nutrieron mis fantasías infantiles mientras me preguntaba cómo hacían las bailarinas del Bolshoi para no tocar el piso cuando bailaban o de qué color era la tristeza del payaso Popov y sus osos cuando me llevaban a ver el Circo de Moscú. Sé que, con tanto cine ruso, aprendí algo mucho mejor, pero eso queda entre vos y yo.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Los pájaros caninos

A Pedro los pájaros lo tenían podrido. Él entendía todo, pero eso de que se comieran el alimento de los perros era demasiado.  ¿O no les había puesto alpiste en unos simpáticos comederos que clavó en medio del jardín? Y no, no había forma de que entendieran: iban una y otra vez a comerse la comida de sus dos perros. Y eso no era lo peor. Lo más grave, lo que lo ponía en un estado francamente irracional era que cagaban todo el lavadero, lavarropas y palangana incluidos. Cuando su amigo le prestó el rifle de aire comprimido para que los asustara, los muy turros se dedicaban a saltar los balines. Él tiraba y hop, los tipos daban un brinco y el perdigón les pasaba por abajo de las patas. Si hasta podía ver cómo se reían. Los pájaros no se ríen, Pedro, le decía Isabel. Pero a él nadie le sacaba de la cabeza que esa reunión de calandrias sobre el techo del lavadero era para burlarse de él y de sus vanos intentos, porque hiciera lo que hiciera los pájaros seguían comiéndose el balanceado. Y cerrar el lavadero era imposible. No sé trataba de sacarles la comida a las aves y de paso dejar a los perros al borde de la inanición. Y cada vez venían más. Si hasta debe pasarse la noticia, decía Pedro. Ya me imagino, deben andar gritándose vengan que acá hay un par de idiotas que nos alimentan. Se lo comentó al señor de la veterinaria y cuando le trajo el bolsón de veinte kilos, el empleado se rio y le dijo, Acá le traigo la comida para los pájaros. Ah, ¿te hacés el gracioso?, pensó Pedro cerrándole el portón en la cara. Ahora, además de los pájaros, se ríen todos en el barrio. Isabel trató de calmarlo, pero, a decir verdad, a ella también la fastidiaba tener que limpiar la mierda de los bichos desparramada por la pileta y el piso. Y el colmo fue el día en que entró a la verdulería y Mery le preguntó si ya habían solucionado ese "asuntito" con los pájaros. Cuando Isabel le contó a Pedro que todos ya lo sabían, la mujer apenas podía contener su furia. Así que cuando vio la torcaza entrar a los saltos al lavadero, seguida por dos gorriones  y una paloma montera, salió como una loca y se paró en la puerta a los gritos. Los perros, asustados, ladraron detrás de ella mostrando todos los dientes. Esa tarde, en ronda de pájaros, se comentó que, unas cuadras más allá, un monstruo de tamaño descomunal, con dos dragones violentos había tomado el comedero y se abrió una lista de voluntarios que desearan conformar el escuadrón que se haría cargo de reconquistar el bastión. Mientras tanto, Pedro e Isabel dormían abrazados después de festejar la recuperación del lavadero. Los perros patrullaban el lugar.

Gestos

Son esas formas ilusorias de acomodar el cabello o apretar los dedos de las manos. No me reconozco. No soy esa que siente esas cosas, que hace esos ademanes en el vacío y llora sin piedad para consigo misma. Querría que un maremoto me llevara a una isla donde no hubiera espejos y  nadie pudiera rozarme tan siquiera. A veces tengo frío y llueve en los andenes solitarios de la tarde. He sido tonta. Tanto que me avergüenzo de mí misma y me bordo disfraces con hilos de colores donde esconder mis pensamientos nublados como la tarde de primavera que se oculta. Es la segunda vez que quisiera borrar el día y dibujarlo nuevamente. La otra fue en invierno: 5 de julio para ser más exactos. Se ve que anoto mis gestos insufribles en el calendario de mi memoria. Con precisión y sin ningún perdón para conmigo. Veo a mi madre asomarse por el ruedo del día, sonriendo como siempre que siento cosas inapropiadas o reprobables. Es conmigo el asunto, con ese reflejo fragmentado que poseo, con esa boca que no me dice ninguna cosa que no sepa. Afuera sopla el barro en la tormenta. Quiero que este día comience nuevamente y escribirlo con otra caligrafía, con otra tinta, con otra firma.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Septiembre 21

Mañana haremos el mundo nuevamente: lavaremos las flores que hemos guardado desde junio, las sacudiremos y brillarán al sol. En vista de experiencias pasadas, esta vez lo haremos mejor que nunca, corrigiendo imperfecciones que hubiéramos vivido en otras primaveras. Olerá a luz y agua la mañana, extendemos en la soga todos los pensamientos invernales para que las brisas los atraviesen y enciendan su frescura de mañana primera. Te besaré hasta quedar sin besos, solo para que vuelven a nacerme como si fuera un manantial en el que nadan los peces violentamente tiernos del amor. Acostados sobre la hierba veremos crecer el mediodía de sus hojas y será la calma profunda de la siesta veraniega que se acerca como una naranja enfebrecida a chorrear sobre nosotros otra vez.

jueves, 19 de septiembre de 2013

La miel de la memoria

En 2012 y 2013 se produjeron hallazgos de desaparecidos asesinados en la dictadura. 
Sus cuerpos metidos en tanques de 200 litros de aceite y rellenados de cemento.fueron  arrojados
 al río en el Canal San Fernando. 
El Equipo Argentino de Antropología Forense encontró la compatibilidad de ADN de los huesos. 
Los huesos de uno de ellos, encontrado el 18 de abril de 2013, tenía en su interior una colmena llena de miel. 
40 kilos de miel. 
Las abejas no se querían ir.

No se querían ir. Sus huesos eran cañas, flautas de miel que llamaban a través de los años y decían aquí estoy para que fueran con las palas a buscarlos y los dieran a luz.  
No se querían ir. 37 años cuidando su estructura de calcio más pura que la luna, más suave que el amor. Habían tejido panalcitos para que no se fuera la memoria por las ondas del río y quedara atrapada en la dulzura dorada del recuerdo y fuera luminosa la evocación del tiempo en que el agua se fue llevando la carne en pedacitos y seguimos buscando, a ciegas, sin saber dónde ni cómo, pero con la certeza absoluta del por qué. 
No se querían ir y chorreaba la miel como si fuera aquella sangre de antaño que alguien arrancó de un manotazo. Eran la guarda, habían protegido la verdad que es dulce cuando se sabe justa. 
No se querían ir porque ellas sabían la materia que tenían los huesos ya que vivían en su luz.

Pájaros de mañana

Los pájaros están sentados en el jardín. Picotean el borde del día para que sangre una intensa luz enrojecida y brote el sol por los agujeritos, mientras ellos se alisan las plumas con las que acudirán a la fiesta de otro amanecer. La sombra les teme y se retira como si fuera una lengua que lame  el tiempo y sus gránulos de imperfección. A una señal imperceptible, remontan vuelo hacia la luna que aún enfría el cielo y se van.  Queda el silencio como una huella batida por las alas donde el miedo se  comienza a derretir. Oigo el ruido lejano de tus tazas llamando a la intemperie de mi amor.

martes, 17 de septiembre de 2013

Trampa de liebres

Para atrapar el verano siga atentamente estas instrucciones:
Colóquese a la orilla de un lago patagónico y espere. Ya verá que el verano, por las tardes, baja a mojar sus pies en el agua herida del crepúsculo. Haga silencio. Que se oiga solo su respirar y el de quien la acompañe. Es imprescindible que sean dos, porque ningún verano se deja atrapar si uno va solo. Aguarde y, mientras tanto, mire los pinos azules como agujas hacia el cielo, las piedras redondas de la orilla, el color tembloroso de las aguas. Sienta el olor profundo de la tarde, el ruido de los peces que vuelan  en el líquido como si fueran pájaros, las aves que nadan en el aire. Mueva apenas la mano, tan despacio que parezca que todavía está quieta, y roce al otro con las yemas. Él volverá los ojos, la mirará con una luz límpida y exacta. Ese será el momento en que la trampa atrapará al verano. 


Sutilezas

Llueve.
Afuera.
Adentro:
una manzana sola,
un instante de fuego solar,
la furia de los pájaros ilusionados,
los puentes delicados del amor,
la dulce noche del mantel,
la lejanía de las calles.
el roce de la luz,
el cántaro completo.
Afuera.
Llueve aún. 

lunes, 16 de septiembre de 2013

domingo, 15 de septiembre de 2013

Pilow Fight

No puedo ganarte. Lo intento. Es necesario para que el vínculo se fortalezca en la tensión que nace de toda diferencia. Se hace preciso comparar las posturas, intentar un planteo, la táctica destinada a derrotarte de una vez para siempre y proclamarme la única vencedora. Debo gritar tan fuerte que no se oiga ningún otro sonido. Espero que bajes la cabeza, que te doblegues para dar la estocada con que yo pueda destruirte, hacer que muerdas el amargo sabor de la derrota. Pero nada que hacer, apenas me arrojo sobre vos, me hacés una llave que inutiliza mis posibles defensas. Intento morder tu cuello, pegarte en el costado; pero ya me has vencido. Me quedo inmóvil, atrapada en tus brazos. De nada sirve que grite y le pida a los perros que vengan en mi auxilio. Levantan la cabeza. Deben pensar que  que somos dos humanos imposibles que juegan a pelearse y se mueren de risa. Ya no nos creen y bajan la cabeza para seguir durmiendo. Debo pensar mejor mis estrategias así te anulo la próxima antes de que me ataques y me venzas. Como siempre.

Caminar sueños

La noche es larga, oscura y extensiva. Está poblada de planicies y cimas empinadas. Hay lagos donde beben las gacelas y  árboles que ocultan los ojos de los felinos asesinos. Tus piernas se enlazan con las mías. Me buscan para andar en la espesura del sueño, cuando las luces se apaguen y los perros ya callen sus aullidos. Se anudan mis rodillas con tus plantas y huele a menta salvaje en el borde bordado de la sábana. Una luna de cuento sobre mis muslos largos que buscan tus dedos para entibiar su frío. Y andamos en medio de la noche hasta que llega el alba y amanece en la línea dormida de mi cuello. Corrés los velos que cierran mis cabellos y entra la lluvia, el viento: la realidad entera con sus pequeños relatos de mañana. Fuera de todo seguimos caminando nuestros sueños.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Verde, azul y rojo

A esta hora de la mañana, cuando el común de los mortales duerme -como corresponde a un sábado gris, helado y desapacible-, nosotros ya tomamos tres tazas de café, hablamos de Rumble fish y él dijo que su infancia en Francia fue en una ciudad como la de Le ballon rouge -la de Lamorisse, porque la otra es una burda versión-. Entonces, yo recordé que mi madre nos llevaba los domingos a la cinemateca que estaba en el Museo de Bellas Artes a ver imposibles cortos animados rusos, húngaros, checos o polacos. Mis hermanos, varones indomables, corrían de acá para allá; pero yo, niña obediente y respetuosa, me sentaba derecha en mi silla con mi blusa blanca, mis medias tres cuartos, mis zapatos con botón y presilla y mi pollera escocesa; y veía horas de círculos y cuadrados que se dividían, mezclaban y volvían a crecer. Así que, prontamente, fui la única asistente a las funciones que se expandieron, a la velocidad de la luz, en el cine Cosmos 70 donde vi toda la filmografía de un polaco que hacía cine para niños, se llamaba Karel Kachina e hizo volar mi fantasía desbocada. Para esa época, quizá antes, vi Le ballon rouge y Crin-Blanc, y mi padre me trajo dos libros grandes, de tapas duras que contaban ambas historias con fotos de las películas.  Como tantas otras cosas, esos volúmenes se perdieron y, vaya a saber una, en las manos de qué niños están. Como fuere, hace unos años, visité a mi hermano y fuimos juntos a la Camargue y en Saintes-Maries-de-la-mer vimos muchos Crin Blanca corriendo sueltos por la desembocadura del Rhône en el mar. Y nos reímos juntos, de pura felicidad. Pienso que mi infancia no tuvo ningún momento de afecto maternal, pero estuvo llena de sutiles experiencias estéticas que suplieron lo que mi madre no me quiso dar. El arte - o la forma que ella tuvo de constituirla como sublimación de lo que no podía hacer por mí- fue la cuna en la que, con sabiduría infantil, me resguardé. Y ahora él dice que su infancia fue en una CiudadGloboRojo y, como si no alcanzara eso para morir indefectiblemente de amor, saca de su bolsillo tres gomas de pegar con brillantina que compró para mí: verde, azul...y rojo.

jueves, 12 de septiembre de 2013

El paraguas rojo

Dicen que caerán cuatro días de lluvia. Que no es normal que haga este calor endemoniado cuando todavía es invierno. Y a mí se me da por pensar  en la gente que opina que la naturaleza está loca como si estuvieran exentos de responsabilidad, ellos y los grandes capitales que envenenan el mundo. Cuatro días son muchas horas, para ser exactos noventa y seis. Algo más de cinco mil setecientos minutos de lluvias de septiembre en que los objetos y los animales se esponjarán, la tierra se hará barro y miraremos el jardín, verde como una fruta inmadura y deseada. Por suerte, desde hace  días tenemos canaletas, y no por obra de alguna deidad. Es admirable tu habilidad para encauzar las aguas y que caigan sin manchar las paredes de verdín. Para poner un ejemplo, si yo les hablara con metáforas espontáneas, ellas continuarían dejando su borde sobre los muros. A veces hace falta un poco de practicidad para que las cosas entren en su senda y la casa esté seca. Sobre todo si dicen que lloverá durante tanto tiempo mientras nosotros podremos oír las gotas que golpean en la chapa que las conduce. El ruido se duplicará y, semidormidos, diremos que llueve y para qué levantarnos. A mediodía nos llevaremos la comida para no abandonar el relato que me estarás contando, y que yo tensaré de detalles que, a simple vista, pudieran parecer inocuos, aunque ya sepamos que no hay nada inocente en el narrar. Y si tenemos que salir, por esas cosas del olvido, usaremos el flamante paraguas rojo que brillará como un pez en medio de las aguas tempestuosas de ese infinito llover. Nadaremos bajo sus escamas protectoras, entre algas suaves y extensas para enredarnos una vez más: porque la lluvia se ha hecho para muchas cosas, entre las que se cuentan, como primera y fundamental, enredarse hasta que el sueño llegue para depositarnos en las orillas secas de las canaletas que soldaste con los dedos precisos de tu hábil pasión.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Porque hay maestros que son maestros, y otros que dictan su materia y se van

Recuerdo a la maestra de segundo grado que vivía cerca de la plaza de Gándara y me enseñó de memoria la poesía "Cultivo una rosa blanca" de José Martí, que no  he olvidado.
Recuerdo a la maestra de séptimo, la señora Egozcue, que me enseñó "Castilla" de Manuel Machado, y yo me la aprendí porque me encantaba el contraste entre el Cid y la niña, y la frase "oro pálido nimba".
Recuerdo a mi profesora de Literatura, la señorita Elena Pezzoni, que -en la década del setenta-, tenía una mirada de la enseñanza de libros tan particular. Ella me hizo leer Romeo y Julieta, la Celestina y Bodas de sangre; y yo me empeñé en aprenderme el Llanto por Ignacio Sánchez Mejía y lo recitaba frente al espejo. Muchos años después -treinta y cinco-, la llamé por teléfono y siguió enseñándome cuando dijo que me recordaba.
Recuerdo a mi otro profesor de Literatura, el señor Hugo Ilundain, que -por esas cosas de la vida- fue también profesor de mi hijo y a quien volví a ver muchos años después. Él me hizo leer El llano en llamas de Juan Rulfo y El reino de este mundo de Alejo Carpentier, y le abrió una puerta a mi vocación cambiándola para siempre de Historia a Letras. Creo que él ya sabía quién era yo.
Recuerdo a mi profesora de Latín, la señora Marta Royo, que me hizo brotar un amor -que aún dura- por el idioma madre del español.
Recuerdo a mi profesora de Literatura Española del siglo de Oro, la señora Celina Sabor de Cortazar, que me trajo libros de su biblioteca personal para que yo jamás saliera del universo Góngora en el que todavía estoy, y me hizo recitar de memoria la Fábula de Polifemo y Galatea en el examen final como si fuera una madre que quería que su hija se luciera.
Recuerdo a mi profesora de Gramática Española, la señora Ofelia Kovacci, que tenía registrado cada error que una cometía en un parcial y no aprobaba a nadie hasta que lo supiera todo y bien; la recuerdo porque me enseñó los pliegues del lenguaje y la belleza de su exactitud.
Recuerdo a mi profesor de Griego, el señor Mascialino, que me hizo leer y traducir tantas páginas perfectas.
Recuerdo a cada uno de ellos y he olvidado a otros, porque hay maestros que son maestros y otros que dictan sus materia y se van.

martes, 10 de septiembre de 2013

El otro 11 de septiembre: 1973

Cuarenta años ya. Yo usaba trencitas y ese día empecé a militar. Recuerdo la Plaza de los Dos Congresos, llena como no volví a verla nunca más. Y a los compañeros del ERP con la cara tapada y el fierro asomándoseles por la cintura. Recuerdo que fueron días y días de marcha. Yo iba con mis compañeros del Colegio y ese día vi por primera vez a Julián. A los pocos días supimos que Pablo Neruda se había muerto de pena y desolación. Después, unos meses más tarde, mis padres alojaron en su casa a un hombre menudo y cetrino al que nos dijeron que le dijésemos tío Luis. Un tipo de la embajada de la República Democrática Alemana le hizo una cédula color celeste y un pasaporte que parecían de verdad. El tío Luis se reía y decía con su inocultable tono chileno. "Ustedes me toman para el fideo" cuando mis hermanos se burlaban de él. Yo le escribí un poema que se hizo microfilmar y se llevó con él. Ese golpe fue el comienzo o tal vez allí empezaba el final. Después, América se hizo jirones y se prendió lentamente en llamas. Veíamos, con ojos arrasados de lágrimas, el Estadio Nacional y los cabrones de los carabineros y nos decíamos que no podía ser. La violencia empezaba a larvarse como una serpiente adentro de su huevo hace ya cuarenta largos años. Después supimos muchas cosas y otras tantas nos tocaron vivir. La cordillera es una vena abierta que, a uno y otro lado, todavía sangra llamando a los muertos que no sabemos donde están. Cuarenta años que gota a gota se destilaron sin justicia ni respuesta allí. La memoria es un brillo que mantiene alzada la mirada y no se cierran los ojos Nunca Más.

Feliz día del maestro: 11 de septiembre de 2013

¿Cuándo una elige ser maestra? De pequeña, yo ponía a mis muñecas en una fila y les daba clase frente a un pizarron verde que mi padre me había hecho. Clase, ¿de qué? Lo ignoro. Así que enseñar fue, en gran parte,  seguir jugando: Letras, adolescentes, niños, literatura, libros... Pero, ¿es que alguna vez elegí?, me pregunto entonces. ¿O habrá sido esto que se desenrolló como si fuera lo mismo que crecer, amar, parir, llorar, reír? No me imagino "siendo" otra cosa. Cada mañana, cuando me levanto a la madrugada, para viajar hasta la escuela, siento, básicamente, alegría. En mis más difíciles momentos, los adolescentes con quienes discuto y me peleo a menudo, supieron ampararme en un afecto silencioso, pero atento. De los cientos de chicos que pasaron por mis clases, he sacado algunos buenos lectores y un par de estudiantes de Letras; pero -seguro- cientos de seres humanos a los que les enseñé a escribir su nombre en el libro de su vida: elegir cada acto con honestidad, respetarse y respetar a los otros, disfrutar de lo que se nos cruza para ser vivido. Como pude, traté de estar cuando me necesitaron y, por sobre todas las cosas, hice lo mejor que sé hacer: enseñarles mi pasión por las palabras y los libros. Lo demás es solo el río de las historias que nos acerca y nos aleja con sus corrientes.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Unas zapatillas de lona azul

Una se pregunta, sobre todo a esta hora de la tarde, en que ya cayó el sol y comienza a remontar vuelo la noche, cuándo es que se enamoró de él. En ciertas circunstancias es casi imposible acertar con el momento exacto y una lo inventa, lo más literario que fuera posible para que se destaque en medio de los mil acontecimientos que suelen cercar una relación amorosa. Pues bien, debo decirlo ahora, antes de que lo olvide de una vez y para siempre, o de que me deje llevar por la función poética y lo encharque con otros relatos -menos verídicos, pero más interesantes-: me enamoré de él cuando vi sus zapatillas de lona en una foto. En ese momento, me dije que quería a ese hombre, solo porque llevaba esas zapatillas de lona. Nada raro en quien había dejado, olvidado y defenestrado a su primer amor de cuatro años porque el Romeo en cuestión había osado calzar una sandalias de plástico que llamábamos skipis. En la foto de la que hablo, él estaba sentado en la punta de una larga mesa, después de un asado. Una pierna, la izquierda, si recuerdo bien, estaba apoyada sobre el pasto, levemente levantada hacia la punta de la zapatilla azul. La pierna derecha estaba flexionada sobre la otra, y apenas se alcanzaba a distinguir el acordonado blanco escondido entre las sillas y el mantel. Entonces, antes de que la alegoría lírica del amor se lleve en andas el par de zapatillas, las rescato porque fue justo ahí, entre esos cordones y la lona azul que se perdió mi corazón para siempre. Lo demás es solo decir. Que venga a desmentirme alguno si se cree capaz de pensar en alguna otra razón que esta que cuento acá.  Con seguridad, él también lo sabía porque, cuando me invitó a tomar un helado de frambuesas en una mesita redonda de metal, el muy seductor trajo las mismas zapatillas y yo no me pude resistir a semejante insinuación.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Noche de viernes

Esa frontera que separa los días, esa línea de segundos en que el reloj cambia la fecha, ese pasaje en que el dormir ya no será. Entre mi cuerpo que flota entre las sábanas y el tuyo, allá lejos, habrá una noche de kilómetros que se enredará como una cinta anudando la nada. En mi cuello anclará la humedad de la sombra, la intempestiva fragancia que vendrá a buscarme con su lápiz inútil de vacío y me dirá que no estás. Calmaré mi ansiedad pensando en tu silueta contra el río, unas horas después. Una escena soñada de aeropuerto esconderá la urgencia. Y lloverán lapachos que solo veremos vos y yo. Volveremos a casa debajo de la lluvia y dormiré donde quiero dormir.

jueves, 5 de septiembre de 2013

La que escribe/ De cómo reconocer a un poeta

"13.30, puerta 8", dice la empleada de Aerolíneas y me extiende el billete. Antes bromeé con un tipo que me preguntó por LAN. "Por ahora están en su hangarcito". No le hizo gracia. A mí sí. Desde la mesa en que espero para almorzar veo el río. Escribo. He decidido escribir. Es mi mejor manera de protegerme de la angustia y la incomodidad que me producen las situaciones sociales y los encuentros multitudinarios, léase, más de dos seres humanos. Me pedí una tarta de verduras y un agua mineral. Parece ser que en el Chaco va a hacer calor. No conozco esa provincia a la que mi padre solía viajar con asiduidad. Miro a la gente que espera que salga su avión. Escribir es una forma de no estar en esta situación: yo no soy la que espero ni la que como. Yo soy la que escribo y todo lo demás se subordina a este acto fundador de mi diferencia. La tarta es espantosa. Una ensalada hubiera estado mejor. Creí que era imposible que la verdura supiera mal. Bien, mi teoría salta por el aire con esta tarta. La ensalada, al menos, hubiera obviado la nefasta mano del cocinero.
Los aeropuertos son sitios de observación antropológica. Prefiero, claramente, las estaciones de tren. Cerca de mí, un hombre habla y su mujer hace cinco minutos que se pinta los labios, deteniéndose cada tanto para decir que sí. Ahora que ella ha terminado, él habla por teléfono celular, lo que funciona, a posteriori, como una devolución a la falta de atención del pintarrajeo. Una mujer joven acaba de entrar al bar, seguida de su marido que arrastra un carro rebosante de valijas. Él es dos ellas, pero ella tiene cara de tragedia por los dos. El hombre sigue hablando por celular; pero ahora tiene, en la otra mano, un sandwich que mastica cada tanto. Supongo que cuando cuelgue, la mujer volverá a pintarse.
Natalia me ha pedido que identifique a los dos poetas que viajarán conmigo en el avión; pero, ¿qué cara tiene un poeta? ¿Cómo podré reconocerlos? ¿Me paro sobre las butacas y grito sus nombres? me inclino por pensar que son los que ahora están leyendo, pero lo descarto por prejuicioso. ¿O acaso la industria editorial se alimenta de poetas? Quizá uno sea este señor mayor que, a mi lado, juega con su smartphone. ¿O el ser intrínseco del poeta, la quintaesencia de su poeticidad lo inhabilita para toda actividad banal? Otro truco prodría ser observar las manos. Pero, ¿y si el poeta hace albañilería para comer? Siempre existe la posibilidad de que ellos me contacten a mí. Al fin y al cabo, soy la que escribo. Es sencillo darse cuenta de algo así.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Bonne rentrée, Maïa

A un hemisferio de distancia, Maïa regresa a la escuela. En el otoño marino de Marsella, ciudad que la vio nacer, caminará por las sinuosas calles del Panier y mirará el mar del Vieux Port donde los pescadores venden sus peces a mediodía. Llevará en su mochilla cientos de palabras en su lengua materna y un par de vocablos asustados en español. Ya ha cumplido nueve y este verano nos iremos de gordas a París. La llevaré de la mano a que conozca "Ma dame et ma licorne" en la  sala en penumbras de Cluny  y comeremos helados de Berthillon hasta morir. En el tren que nos deje en la Gare de Lyon rescataré para ella las memorias de este sur del que llegó su padre y le contaré relatos de esa infancia que no fue. Ella sabe que el lenguaje es la patria que llevamos en el corazón.

martes, 3 de septiembre de 2013

Él sabe

 A Claudio

Él ya sabe que su sangre es mi casa y que los pájaros que duermen en mi vientre, se ponen a cantar, locos de luz y de perfume, para que venga él y con sus manos les acaricie las llamas y los duerma con sus melodías de mundo que quiere lo que tiene y más. Él ya sabe que, en el pozo profundo de sus ojos, mis pájaros beben su agua y hacen gorgoritos como joyas abiertas que no dejan de saltar de rama en rama para decirle al sol que él ya sabe cuánto mis pájaros y yo lo queremos porque da una alegría que ya sabe quién es.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Exhalación

Que cómo era dijo la fortaleza que impera y que porfía la suave tempestad en que atempera colorida y furtiva la caricia más antes o después el cuerpo se hace alma y se corona de pájaros que de papel encienden los renglones y digo entonces que no tus ojos azules ni tu risa bilingüe sino la cristalina manera que inventamos de estar sin invadirnos pero asaltándonos  hasta caer rendidos cubriéndonos a besos mordiscos dentelladas alguien canta a lo lejos la medianoche alza su rostro de verano y huele a tierra fresca dispersa como lluvia como viento como dormir entonces mientras poblás mi sueño.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Frontera

Esa línea frágil en que se pasa del enamoramiento al amor.

Domingo: día 242

Saqué la silla y me senté a ver pasar el día. 
Y pasó.
Traía un sol amarillo y brillante, un recuerdo de terrones de tierra entre las manos, un viaje en bicicleta, unas flores de colores vibrantes, la piel estremecida, el agua fresca que preanuncia el verano, un cielo azul y la mesa tendida.
Cuando llegó la noche, me di cuenta de qué sentido tuvo entonces la vida.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...