martes, 30 de julio de 2013

La Cartuja de Jerez

Otra vez he ido a la Cartuja. Olga me acompañaba entre las buganvillas y en la Clausura las monjas practicaban un rezo coreográfico, con el sonido de sus cadenas por el piso de losas. Ella no pudo sosportarlo y yo miraba fascinada a las encapuchadas besar un Cristo bizantino. Después nos fuimos a una venta a beber café con leche y pan tostado con oliva y tomate. Todo por bajar esa angustia de oscuridad de España. Y en Osuna nos sumergimos en un café que era marino y había tanto sol que la calle bajaba entre unos toldos, mientras el palacio Govantes era un mármol en ruinas que brillaba en la tarde.

lunes, 29 de julio de 2013

Un deseo

Voy a pedir un deseo:
que tu mano esta noche haga un nido en mi pelo y despiertes ahí.

Regreso

Como si fuera un pespunte sobre la tela van mis pasos hacia la sombra, solo para iluminarla con fuegos dulces.

De madrugada

Los zapatos, lustrados.
Los lápices, con punta.
El guardapolvo, colgado de la silla.
Y la cama, tan tibia.
Es la vuelta.
Hace frío.
Está oscuro.
El resto está durmiendo todavía.
Solo yo voy envuelta en mi sueño
que es un vapor que sale de mi boca.
Vuelvo.
Por las dudas tiré piedritas para saber el camino.

domingo, 28 de julio de 2013

Viaje

Cuando mañana esté yendo hacia otras oscuras geografías, extrañame con esa manera tan peculiar que vos tenés de hacer luz. Y yo, dormida todavía, veré esa orilla en donde se ilumina mi ternura. Despertaré entonces para decirte lo tanto que te quiero. Y el viaje será en olas de agua, en espuma salobre, en aire pespunteado de burbujas, en pequeñas raíces adentro de la tierra, en insectos que tejen o construyen, en palabras de lluvia. Entonces llegaré.

Móvil inmóvil

A veces creo que regreso; pero, en realidad, nunca me he ido.
Siempre estoy en el mismo sitio, inmóvil, y lo único que ha cambiado, vertiginosamente, es mi mirada.

Por la noche, me florecen las ideas


Mi casa

Una casa es el lenguaje con que nos nombramos.
No importa dónde sea que yo habite, mientras pueda decir las palabras que me constituyen estaré en mi hogar y seré yo.
Lo demás son desnudos ladrillos.
Deambulo con mi lengua a cuestas como una bendición intransferible.
Mientras exista un sustantivo que sea mío, yo tengo un lugar donde vivir.

sábado, 27 de julio de 2013

Dedales

 Sony DSC H50

Tengo tres dedales.
De plata, de loza y de carey.

En uno guardo polen de azafrán.
En otro, cascabeles de viento.
El último, gotas de llanto viejo.
Si los miro a trasluz adivino cuál es cuál.
En uno de ellos ha hecho su casa un hada.
Cuando zurzo mi alma, ella enhebra el hilo azul y me mira coser.

The cat is under the house


Bailar


205: Siempre

A veces es de noche, y la oscuridad es sedosa y espesa, iluminada apenas por las risas acalladas en la almohada. A veces es de día, y la luz se reparte como un eco entre los pliegues donde el amor se tensa en su tormenta de labios temblorosos. A veces es la tarde, y el sol se azafrana entre las yemas de los dedos para dorar los bordes de los cuerpos abrazados. A veces es ese instante inexistente en todo calendario, y el mundo es una esencia cristalina que se llena de voces en lenguas imposibles, las que hablamos nosotros y nadie más en la extensión extensa del planeta: porque el amor es ese lenguaje que nace, que fructifica en vocablos de corpórea sustancia, de frágil entramado, de deseos fugaces que duran todo el tiempo, de temores efímeros que pierden sus raíces, de mesas con manteles amarillos, de secretos cuando la luz se va por varias horas. El amor es ese vértice en el que tus palabras hallaron a las mías y me entregué a la dicha de empezar a ser dicha por otra boca entonces. Lo demás -lo que digan los sabios que repasan la historia- es hojarasca que mojará la lluvia. Nosotros sabemos que el tiempo es condición cognoscitiva solamente.

El hada de la lectura

"-Anduve entre pilas de libros. Altas hasta el cielo. Y los libros se abrían para dejarme pasar mientras yo los rozaba en sus hojas, como si mis dedos fueran ojos", me dijo. Dije: "-¡Qué curioso! Leemos las hojas con los ojos: hojeamos/ojeamos páginas sin cesar." "-¿No me digas que vos también?" "-Yo, más que nadie." Y saqué mi cosecha de la tarde. Alrededor de cuatrocientas páginas, más las que leí en el transporte de ida y las del de vuelta. "-Es un laberinto", dijo. "-Yo no pretendo salir.", aclaré. Entonces desplegó sus alas y voló por entre los volúmenes que me rodeaban. Desde arriba me gritó que todo estaba bien.

viernes, 26 de julio de 2013

Mónica Volonteri

"No llores", me dijo, "No quiero cortar la llamada y que estés llorando, porque entonces yo también voy a llorar y debo ser fuerte." Yo iba a decir la consabida idiotez de "¿Desde cuándo llorar es símbolo de debilidad?", pero ya no podía decirlo porque las lágrimas me lo impedían, y era, ciertamente, una idiotez. Entonces pensé en el mar transparente que bordeaba su casa, sus hijas, su vida; en la amistad que viajaba a través de kilómetros de nada para sostenerse como un hilo de niebla en medio de la selva; recordé sus medias de encaje blanco y las mías, negras; y el tiempo que se va irremediable hasta dejar la carne viva. Pensé que nos llamamos cada cumpleaños -una vez por ella el 17 de febrero, otra por mí el 23 de julio-;  o si el viento nos birla los cimientos. Nos recordé en aquel cementerio de Viedma cuando murió su padre de mano propia, y nosotras viajamos a encontrar la soledad que es patagónica y nada; y en ese otro verano en que cremamos a mi padre y ella estaba, y nos fuimos al Tigre para que yo llorara la pena que no podía salir ni a contrapelo. Porque nos unen historias infinitas, un par de hombres, los hijos, las palabras y una sed inagotable de querernos a través de los años.

jueves, 25 de julio de 2013

La rue des papillons

Se detuvo frente a una casa y señaló la bocacalle. "Aquí vivía mi abuela. Cuando volví de Francia a los siete años, yo no hablaba una palabra de español. Lo había olvidado todo en dos años, así que me enviaron a aprender porque, si hablaba solo en francés, no hubiera podido ir a la escuela. En primavera, aquella calle se llenaba de mariposas. No sé de dónde venían ni cómo, pero era un río de todos los colores: celestes, naranjas, amarillas. Cientos, miles de mariposas que inundaban la calle. Después no las vi nunca más. Bajaban del cielo con la primavera y eran como un sinfín de alas coloridas de vereda a vereda. La llamábamos la calle de las mariposas. Era cuando yo aprendía a volver a hablar en español."
Sony, DSC H50

Hongos

Samsung, Galaxy 2

L'oiseau du matin

Sony, DSC H50

Desvelo

Me despierto en el borde de la noche.
Desvelada.
Con la ansiedad desnuda.
Las palabras clavan sus aguijones de sílabas agudas.
Digo a mi sueño que regrese.
No estoy en mí.
Me he ido lejos y me llevé el dormir conmigo.
Doy vueltas como un trompo roto.
Los laberintos son los segundos sucesivos que caen como balas.
No quiero despertarte y me levanto.
Tal vez quedaron mis sábanas en algún sitio y debo reencontrarlas para seguir durmiendo.
Ya estuve aquí.
Y allí.
Y en tantas otras partes.
Los que van y vienen hunden sus talones en mi memoria despierta a contrapelo.
En un rato amanecerá y no tendré regreso.
Debo leer el día y me he quedado ciega en este rato.
Que alguien abra el sol y pinte la cama de mantas desveladas.
Quiero dormir un largo día más.

miércoles, 24 de julio de 2013

Un vestido y un amor

En principio el año era nuevo y el vestido era de seda: negro y blanco. Y si yo giraba se abría como una campana, como una corola, como una invitación. Después me tomaste entre tus manos y fui una hebra frágil. Al caer el vestido, solo quedó el amor: desnudo amor que sostiene mi corazón: al sol, bajo la lluvia, en la mañanas heladas, en los abrazos y la risa. Soy feliz cuando me acunás para dormir.


Cuando las chicas de Letras cumplen años

Cuando las chicas de Letras cumplen años, se les instala un manchón de melancolía en la mañana. Se preguntan con obsesión qué están haciendo y el alma se les inquieta como un pequeño pájaro asustado. Entonces suspiran con un coeficiente de suspiro/minuto francamente imposible, con lo que poco tiempo les queda para oxigenarse como corresponde y se sienten ahogadas hasta el colmo. A las chicas de Letras, su día de cumpleaños, les organizan un té con masas todos y cada uno de sus fantasmas, y se atosigan de los azúcares envenenados del pasado. Ven todos sus agujeros y carencias, buscan felicidad y alegría durante todas y cada una de sus horas matinales mientras se enjugan lágrimas con los bordes bordados del mantel. Pero, como ellas ya saben de qué viene la cosa, salen a despabilar sus cabellos porque -como bien dijo ayer otra chica de Letras- para princesa triste ya está Rubén. Y se suben y bajan de medios de transporte para ir a ningún lugar, excepto ese en que se disuelven las horas y se encuentra la calma. Cuando regresan, han vuelto a ser lo que antes eran del pozo de la fobia -ese lugar umbrío en que bebía Platero y rompía el espejo de las aguas. Al fin y al cabo, por cada día de cumpleaños, hay trescientos sesenta y cuatro en que la vida es puro libro.

Amor vegetal


domingo, 21 de julio de 2013

Oda a un par de medias (O versionando a don Pablo)

Me trajo Claudio
un par de medias,
que compró en su bicicleta voladora,
dos medias suaves como liebres.
En ellas metí los pies
como en dos estuches
tejidos con hebras del
crepúsculo y pellejos de ovejas.

Abrigadísimas medias,

de mis colores (dijo),
mis pies fueron dos pescados de lana,

dos  mirlos,
dos cañones;
mis pies fueron honrados de este modo
por estas medias celestiales .

Eran tan hermosas que por primera vez
mis pies me parecieron inaceptables,
como dos decrépitos bomberos,
bomberos indignos de aquel fuego bordado,
de aquellas medias  luminosas.

Sin embargo, resistí la tentación
aguda de guardarlas como los colegiales
preservan las luciénagas,
como los eruditos coleccionan
documentos sagrados,
resistí el impulso furioso de ponerlas
en una jaula de oro y darles cada

día alpiste y pulpa de melón rosado.
Como descubridores que en la selva
entregan el rarísimo venado verde
al asador y se lo comen con remordimiento,
estiré los pies y me enfundé
las medias bellas, y luego las botas.


Y es esta la moral de mi Oda:
Dos veces es belleza la belleza,
y lo que es bueno es doblemente bueno,
cuando se trata de dos medias
de lana colorida en el invierno.


Beirut, la matria recuperada

Los territorios son tan sutiles como mapas que se inscriben en la piel en las horas en que no tenemos dónde asirnos. Algunos humanos deambulan por el mundo desprendidos de su lugar: pueden armar un campamento en cualquier parte, llevan su historia en la boca y no precisan otra cosa que un momento de atención para enunciarla y hacer del relato su patria, es decir, ese sitio que el padre les ha legado para comenzar a ser. Otros, en cambio, necesitamos la significación de los recodos. Con obsesión hacemos de las casas indicios identitarios de lo que es un alma en formación: esa taza de bordes pintados, aquel libro, el rayón de una mesa, el perfume inédito de unas paredes, la luz al reflejar contra el cristal de color. En los muros de lo que es nuestra casa escribimos con tinta, que solo nosotros podemos ver, lo que es nuestra historia y la corregimos cotidianamente. Curiosamente, somos los ausentes de una patria como discurso épico, miramos los ejércitos viriles pasar con sus botas de cuero y nos quedamos a fundar algo que sabe a sensación materna, a taza de té debajo de la manta, a lengua que desconoce las palabras y las inventa para transportarlas cuando va por ahí. He descubierto la especie de la que formo parte: lo veo en los párpados entrecerrados de sueño de los que viajan conmigo en el tren, en la forma de arropar la memoria de los muertos, en los recortecitos de papeles que desplegamos para leer. Antes o después hacemos de nuestras casas derruidas por la guerra -sea cual fuera esta, siempre hay una guerra que nosotros libramos para vivir-, regresamos a nuestra casa a colocar las cosas en su lugar y volver a dormir bajo las cobijas de ese territorio que es el plano de nuestro existir.

Invierno

Como tijeritas.
Como cuchillos de filo plateado.
Como agujas de cristal pulido.
Como vapor girante de espuelas.
Como sal en la herida.
Hace frío.

sábado, 20 de julio de 2013

Cartago delenda est

Una vez, crucé el Mediterráneo, hasta Túnez y vi Cartago. Las ruinas de la roja ciudad destruída estaban desparramadas cerca del mar que sus naves surcaban y unas columnas se erguían, límpidas y acomodadas, como inútiles faros sobre las aguas. Creí sentir a Dido sollozar mientras las naves de Eneas se alejaban para fundar la ciudad que traería el odio a las tierras púnicas y mojar las dulces prendas en su salobre dolor. Roma era una madre aún inexistente y ya paría varones capaces de fijar su mirada en el punto más alto del poder, mientras la africana Cartago se deshacía en el calor intempestivo de las pasiones. En ese entonces, yo tenía la juventud inexperta sobre la piel y me acompañaba un hombre de Argel que supe conocer en París. Recuerdo mi vestido color celeste cielo y mis cabellos sujetos en la nuca. En mi memoria, aquel día tomamos boukha en un negocio oscuro y ahumado donde devoré con ansiedad unos briks. El sol pegaba como una mano dorada y caliente y en una lengua inventada hablamos de Virgilio hasta el anochecer. Dos días después volé hacia Buenos Aires y nunca supe nada más de él. Cartago fue destruida, pese a la furia protectora de la diosa Juno: todo porque Venus no perdería su segunda guerra en la historia y Roma estaba llamada a dominar el mundo. El Mediterráneo es un mar azul donde las historias se tejen sin otro esfuerzo que evocar lo que fue. De peces y pájaros amorosos está llena la espuma y si una extiende la mirada ve a Dido hundirse para siempre en la agonía de su desolación.

Levadura

Voy a sumergir mis manos en harina para amasar tu cena. Construiré un mundo de perfumes solo para te alimentes de mi amor. Del resto me ocuparé más tarde: te contaré secretos en el hueco del oído hasta que duermas abrazado en mi cuerpo.

Conato de rebeldía

En la secreta sombra me sumerjo y salgo rota. 
Los relatos me rozan como espadas y esquivo los cortes peligrosos; los otros me atormentan. 
Algunas palabras cavan fosas es mi propio cementerio y se ríen de mí. 
La cabeza es un laberinto vertiginoso. 
Lo sé y no comprendo. 
Que no me digan cómo dar las puntadas al ruedo de mi falda.
 A mí me gusta andar deshilachada y descalza en invierno.

Analepsis explicativa

Retrospectivamente, la Lectora acaba de saber que el relato tuvo un instante de incertidumbre, un nudo en que quizá hubiera habido otra resolución y la invade una cierta melancolía que decide dejar de lado para seguir leyendo.

viernes, 19 de julio de 2013

Fiesta de cumpleaños

Cuando despunte el martes, voy a colgar guirnaldas de vereda a vereda para que todos sepan cómo llegar a mi fiesta.
Serviré licor de mandarinas en copas diminutas y el invierno entrará por los sentidos.
Caminarán descalzos por arenas que guardo del verano: tibias de sol estival y aromadas con olas.
Comeremos granadas, frambuesas y frutas de colores imposibles, y el jugo nos manchará la boca y los brazos.
Nos reíremos mucho. No habrá un segundo para ponerse serios.
Nos leeremos cuentos como si fuera Firenze en 1348, la misma luz azafranada en los muros mientras se hace de noche.
Habré cocinado durante muchos días: masas crocantes, verduras que humeen, fiambres con especias traídas por el mismísimo Marco Polo, los peces que encantaron a Virgilio y los bueyes asados a los dioses por Homero.
La mesa será larga porque ustedes son muchos y a todos los espero.
Hay que cantar así que traigan sus gargantas. 
Cuando se haga de noche bailaremos porque quiero decirles que festejo estar viva, haber vencido el dolor de la muerte y su pena, un sinfín de días de palabras y dibujos, el amor que es un mantra milagroso, las lágrimas que lloro pese a todo.
Y cuando levantemos las copas, regálenme sus risas: lo único que quiero.

Helada

En el frío violento que corta, raja, rompe, busco el amparo de tu abrazo y te sueño.

Legor in lecto

Como una página que el dedo roza renglón por renglón.
Como una yema empapada que da vuelta el borde para seguir.
Acto carnal
-si carne son los glóbulos que miran-.
Sigue la boca el apretado conjunto de palabras.
Articulan sus órganos sonidos desmayados.
Toca la lengua  el borde de los dientes fricativa
O los labios se pegan implosivos.
La letra con sangre entra.
Legor
In lecto
Alba
Fervens
Legor
Tunc
Sum.

jueves, 18 de julio de 2013

Mudanza

Una mudanza es como un viaje para siempre. Una empaqueta las cosas, las repasa y vienen las memorias: lo que fue, lo que no pudo, lo que hubiera debido. Pasan las fotos, los libros, las tazas. Se mueven los muebles, la ropa, la loza: el íntimo territorio del mundo cotidiano. Luego llega el transporte y la llave que cierra un mundo que ya no podrá ser y salimos con nuestra geografía a insertarla en otra galaxia que aguarda. A veces da tristeza la partida, ansiedad, temores tibios. Y la primera noche es tempestad en el centro del alma: cambiaron los colores, la sombra, los sonidos. Después la vida se afloja y llegan las mañanas. Otro mundo en el que estamos, como siempre, con nuestras propias cosas y nuestros mismos sueños.

miércoles, 17 de julio de 2013

Mensaje matinal.

El día era un estallido de sol.
Azul el cielo se limpiaba el invierno con sus deseos primaverales.
El despertar se cruzó de pájaros.
Y el viaje se envolvió de lanas.
Junto a unos ventanales de luz, trabajé.
Y tu voz atravesó la mañana para hablarme de amor.
Entonces me trepé a un árbol
para leer tus papelitos de colores
y canté.

martes, 16 de julio de 2013

Sursuburbano

En la cocina del sursuburbano es madrugada. Afuera la noche todavía se abrocha de las estrellas para sostenerse en el cielo. En un rato, por la ventana de atrás, la despegará la luz para invadirla con su corte frío y rojizo mientras amanece sobre las ollas y los vapores. Salto de un pie a otro para no helarme mientras espero que hierva el agua para el café. Los perros hacen nubes blancas del otro lado del cristal esperando su desayuno; y el gato se refriega contra mis piernas. El día se despereza como una larga cinta azul y me toma de la cintura. Vierto el café en las tazas y voy: él tiene un nido de tibieza bajo las mantas y treinta años para reír.

domingo, 14 de julio de 2013

El sabor de las ciruelas

Cuando yo era pequeña vivíamos en una casa en Belgrano R. Se entraba por el garage a una escalerita que daba a un hall. A la derecha estaba la cocina, con la mesa donde desayunábamos y merendábamos; a la izquierda, el comedor donde comíamos. Mi cuarto estaba en la planta baja y daba a la calle, los de mis padres y mis hermanos, en el primer piso al que se accedía por una escalera de madera que era rasqueteada dos veces al año. Tenía una baranda lustrosa por la que nos deslizábamos cuando no nos veían. En el primer piso había otra escalera pequeña que conducía a un altillo donde mis hermanos y yo jugábamos a disfrazarnos con un canasto lleno de ropa vieja, o dibujábamos y pintábamos en los días de lluvia. Atrás de la casa, siguiendo por la puerta trasera del garage, había un patio, y más allá un jardín con un ciruelo que se ponía en flor durante la primavera y se cargaba de gordas ciruelas moradas en el estío. Desde entonces, la ciruela es la fruta que más me gusta; junto con las frambuesas que le comprábamos, cada verano, a la señorita Kathy que atendía la estafeta de la Península de San Pedro y nos las juntaba en una fuente enlozada ovalada de color rojo. En la casa de Belgrano, el tiempo pasaba entre la paz y los brotes que nos deparaba la psicosis de mi madre que solía revolear cosas por el aire y a veces a ella misma también. Seguramente, de haber tenido una mamá cariñosa y serena, yo habría aprendido a confiar con anterioridad; pero tampoco podría decir que he sido una niña infeliz. Mi padre se ocupaba de que tuviera muchos libros, papeles y lápices para dibujar. Lentamente, eso se constituyó en mi posibilidad de pasarla bien. Mi tía Perla, una mujer dulce, que me dejaba ver las películas de Sissi en su cama matrimonial, hizo las veces de hada madrina y me rescató, toda vez que fue necesario, de mi mamá. El resto del tiempo, yo caminaba entre el pasto y las piedritas del jardín, me sentaba a leer debajo del ciruelo, lavaba mi ropa con jabón blanco en una terraza que había detrás y la colgaba al sol. Siempre supe buscar por donde fuera lo que me sujetara al deseo de vivir. Cuando mi abuela paterna vino a quedarse con nosotros, ella me enseñó a cocinar y entonces tuve muchas más cosas con las que sostener mi ansiedad por entender qué cosa le sucedía a mi madre cuando se encerraba en su cuarto y salía sin hablar. Crié a mis hermanos todas las veces que pude, sobre todo al menor. A veces me pasaba horas en su habitación leyéndole historias hasta hacerlo dormir. Mi padre me llevaba con él todos los sábados al mercado de Belgrano, el que está todavía en Ciudad de la Paz. Esos olores, los arenques en crema, las verduras elegidas de una en una, los quesos de Valenti y las canastas de frutas son sensaciones que nunca estarán fuera de mí. Dicen que lo que no te mata, te fortalece. Yo creo, en cambio, que me hizo diminuta, para ocultarme mejor. Pero también me enseñó a inventar mundos en un espacio de dos por dos. Esta mañana, sin ir más lejos, mientras enjabonaba una toalla blanca para secarla al sol, sentía que este ir y venir por esta casa, su caminito de piedras, su cocina para desayunar, su lenta mansedumbre dominical es tan entrañable como el sabor de aquellas ciruelas y por eso es que me siento acá tan bien.

De todas las cosas que nos pasan

De todas las cosas que nos pasan yo elijo la risa,
la prodigiosa risa,
que es un camino que nunca he transitado.
No la irónica, ni la astuta;
sino la risa franca,
la que sacude cada cabello,
la que cae en las manos, la falda,
la que estremece los dedos de los pies
y se cuela en el pecho,
la que pinta de anaranjado los ojos y la boca,
la que libera y atrapa,
la que enciende la historia,
la que mata de raíz a la pena,
la que alivianta todo,
la que siembra dos alas.
De todas las cosas que nos pasan -que son extensas y profundas-
yo elijo la risa:
no la tuya,
no la mía,
la risa que tenemos cuando reímos juntos
en la cama,
en el baño,
mientras comemos,
mientras escribo
y vos andás subido por los techos:
esa única risa que multiplica el alma,
que nos hace elegirnos,
que se hace deseo,
que es vida compartida,
que leva la existencia,
La risa que tenemos y gozamos.
Esa.

sábado, 13 de julio de 2013

Un día, un gato


El gato arisco y mordedor ha corrido la almohada y se ha deslizado entre las mantas para dormir al amparo de nuestros perfumes que lo acunan en la memoria de un calor que había supuesto no tener.


"Ella o vos. Estamos con vos": una cuestión gramatical

Iba a comprar pescado y el cartel estaba a cuatro cuadras. Si bien lo había visto varias veces, enorme y rojo, por primera vez pensé -gramaticalmente- en él. Delicias de caminar en el vacío mental de un sábado a la mañana.
Como conclusión un par de cosas:
1) El nexo "o" es disyuntivo. En el sistema gramatical, los nexos sirven para relacionar unidades sintácticas (constituyentes, algo así como las piezas con que opera la sintaxis). Esas uniones, además de sintácticas, son lógicas ya que establecen diversas formas de relacionar ideas. Bueno, "o" establece una disyunción que puede ser de exclusión o de equivalencia. Para la primera opción, se unen dos ideas que se eliminan una a la otra, como en "Abierto o cerrado"; para la segunda, el nexo establece que el segundo elemento es una expansión del primero, como en "San Martín, o el héroe de los Andes". En este caso "o" puede ser reemplazado por "o sea"/ "es decir". Dado que cada lector hace lo que se le canta, puedo suponer "Ella, es decir vos". Maravilloso.
2) El sistema pronominal indica dos personas participantes del acto comunicativo: el yo y el vos. La tercera persona (ella) es concebida como la "no persona". O sea...la cosa de la que se habla, el tema de conversación. Saquemos la conclusión: si la eliminamos a ella desaparece el tema de conversación. Muy acorde con lo que el emisor de esta propaganda ha dicho: nada importa, excepto sacarla, a ella. Desaparecido el tema, ¿quedará el vacío insustancial? ¿Ya no habrá lo que decir? Y el lenguaje -lo que decimos- es lo que nos constituye como seres humanos. Seremos, pues, cosas o sea, "no personas".
3) Estamos con vos: por definición la primera persona del plural es cualquier grupo en el que esté incluido un "yo".  "Nosotros" podría ser "vos y yo", conjunción adecuada para cualquier propaganda política que se precie de tal, en la que el emisor pretende que el receptor lo vote, que sea parte de su "nosotros". Pero acá dice "con vos", razón por la que este "estamos" no incluye a "vos", ya que sería ilógico decir "Vos y yo estamos con vos". Entonces ese "nosotros" evocaría un "él/ella/ell@s y yo". Pero, ¿no era que la tercera persona la habíamos borrado? Y si no la borramos y su referente está fuera del texto, ¿quiénes son esos que acompañan al "yo" que habla?
4) El presente atemporal (un uso del presente que no está unido ni al aquí ni al ahora, como cuando digo "los osos son mamíferos") no cuadra. ¿Estamos cuándo? ¿De aquí a la eternidad? ¿Cada vez que mi lectura actualice el cartel? Cuando no lo esté leyendo, ¿dejarán de estar?

Ah, compré lenguado para hacerlo arrollado con verduras, y camarones y mejillones para cocinar con arroz.

Aman/e/ceres

El amanecer es un momento de esperanza. El silencio profundo que queda de la noche comienza a llenarse  de pájaros. A lo lejos suena la bocina de un tren con su memoria de viajes a lejanos y perdidos lugares viendo pasar la película del paisaje a toda velocidad. El aire es limpio y trémulo. El mundo está desperezándose para comenzar. Una cuenta sus cosas en voz baja como si temiera despertar a los niños que duermen en el cuarto de al lado y no deben perturbar la quietud inicial. Algo de campo subyace en este suburbano que eran las orillas de la ciudad para el viejo ciego que, a veces, solía deambular por acá: ese almacén rosado, las tibias calles de barrio, la luz amarilla del sol que comenzaba a despuntar. "Escrituras de luz embisten a la sombra" (1) sobre la página esperanzada del día. Un aire helado penetra por la ventana que acabo de entreabrir. Ya llegará la tarde y el cielo sangrará para ser suturado por un hilo de estrellas. Por ahora todo está aún por suceder.

(1) Jorge Luis Borges, "Jactancia de quietud", Luna de enfrente, Obras completas I, Madrid, Emecé, 1996.

viernes, 12 de julio de 2013

Recette de femme. Vinicius

Que les très laides me pardonnent mais la beauté est fondamentale. Il faut dans tout cela qu'il y ait quelque chose d'une fleur, quelque chose d'une danse, quelque chose de haute couture dans tout cela (ou alors que la femme se socialise élégamment en bleu comme dans la République Populaire Chinoise). Il n'y a pas de moyen terme. Il faut que tout soit beau. Il faut que, tout à coup on ait l'impression de voir une aigrette à peine posée, et qu'un visage acquière de temps en temps cette couleur que l'on ne rencontre qu'à la troisième minute de l'aurore. Il faut que tout cela soit sans être, mais que cela se reflète et s'épanouisse dans le regard des hommes. Il faut, il faut absolument que tout soit beau et inespéré. Il faut que des paupières closes rappellent un vers d'Eluard, et que l'on caresse sur des bras quelque chose au delà de la chair : et qu'au toucher ils soient comme l'ambre d'un crépuscule. Ah, laissez-moi vous dire qu'il faut que la femme qui est là, comme la corolle devant l'oiseau soit belle, ou qu'elle ait au moins un visage qui rappelle un temple ; et qu'elle soit légère comme un reste de nuage : mais que ce soit un nuage avec des yeux et des fesses. Les fesses c'est très important. Les yeux, inutile d'en parler, qu'ils regardent avec une certaine malice innocente. Une bouche fraîche (jamais humide), mobile, éveillée, et aussi d'une extrême pertinence. Il faut que les extrémités soient maigres, que certains os pointent, surtout la rotule, en croisant les jambes et les pointes pelviennes lors de l'enlacement d'une taille mobile. Très grave toutefois est le problème des salières : une femme sans salières est comme une rivière sans ponts. Il est indispensable qu'il y ait une hypothèse de petit ventre, et qu'ensuite la femme s'élève en calice et que ses seins soient une expression gréco-romaine, plus que gothique ou baroque et qu'ils puissent illuminer l'obscurité avec une force d'au-moins 5 bougies. Il faut absolument que le crâne et la colonne vertébrale soient légèrement visibles et qu'il existe une grande étendue dorsale ...

Que les membres se terminent comme des hampes, mais qu'il y ait un certain volume de cuisses. Qu'elles soient lisses, lisses comme des pétales et couvertes du duvet le plus doux, cependant sensible à la caresse en sens contraire. 
Les longs cous sans nul doute sont préférables de manière à ce que la tête donne parfois l'impression de n'avoir rien à voir avec le corps et que la femme ne rappelle pas les fleurs sans mystère. Les pieds et les mains doivent contenir des éléments gothiques discrets. La peau doit être fraîche aux mains, aux bras, dans le dos et au visage mais les concavités et les creux ne doivent jamais avoir une température inférieure à 37° centigrades, capables, éventuellement, de provoquer des brûlures du ler degré. 
Les yeux, qu'ils soient de préférence grands et d'une rotation au moins aussi lente que celle de la terre; qu'ils se placent toujours au delà d'un mur invisible de passion qu'il est nécessaire de dépasser. Que la femme, en principe, soit grande ou, si elle est petite, qu'elle ait l'altitude mentale des hautes cimes. 
Ah, que la femme donne toujours l'impression que si ses yeux se ferment 
En les ouvrant, elle ne serait plus présente avec son sourire et ses intrigues. Qu'elle surgisse, qu'elle ne vienne pas, qu'elle parte, quelle n'aille pas.

Et qu'elle possède un certain pouvoir de rester muette subitement, et de nous faire boire le fiel du doute. Oh, surtout qu'elle ne perde jamais, peu importe dans quel monde , peu importe dans quelles circonstances, son infinie volubilité d'oiseau, et que caressée au fond d'elle-même, elle se transforme en fauve sans perdre sa grâce d'oiseau; et qu'elle répande toujours l'impossible parfum ; et qu'elle distille toujours le miel enivrant ; et qu'elle chante toujours le chant inaudible de sa combustion et qu'elle ne cesse jamais d'être l'éternelle danseuse de l'éphémère ; et dans son incalculable imperfection qu'elle constitue la chose la plus belle et la plus parfaite de toute l'innombrable création

jueves, 11 de julio de 2013

Origami: el pájaro azul

Tomar un papel azul.  Ni celeste, ni turquesa, debe ser profundamente azul como las aguas del mar vistas hacia la luz. Acariciarlo lentamente para sentir su textura: los bordes coratntes, la suavidad encerada, el revés poroso. Observar los reflejos que la luz  produce sobre la superficie de color. Sacarlo al exterior para mirar su opacidad o su traslucidez. Oler la pasta de celulosa teñida que lo conforma e imaginar el cerezo de donde provino: sus ramas, las hojas, los botones primaverales, los capullos y su intempestiva floración. Sentir con la memoria el dulzor de los frutos morados y desear las manchas en los labios, los dedos, el pecho, los brazos. Solo después comenzar a plegar: crear diagonales apretadas, extenderlas, caer sobre los pliegues con otros pliegues hasta que el papel se vuelva fragmentadas líneas, vectores imposibles. Al acabar se habrá obtenido un delicado pájaro azul. Dicen los que saben que es una grulla, pero se equivocan: es una golondrina de mar.

martes, 9 de julio de 2013

La golosina caníbal

El ojo, esa golosina caníbal que no nos atrevemos a morder.

Miralo.
Todo.
Que no te quede nada.
Cada doblez abierto.
Cada pliegue escondido.
Miralo todo.
Con el dorso y la palma de las manos.
Con las pupilas.
Con las yemas.
Con el olfato.
Con la boca.
Con la piel.
Miralo todo.
Con la imaginación que desborda.
Con la que se recata.
Con los pasados acumulados en sincera comparación.
Miralo todo.
Devóralo con la mirada desmayada
en cada una de las pestañas,
en las manchas del iris,
en la retina de la saturación.
Hasta que se sacie el deseo.
Y se cierren los párpados.
La cuestión se oculta en el ojo que mira y en lo que es mirado.
Como ese trágico ser de dos planos cuya existencia es  síntesis dialéctica. 
La mirada: conjunción del sujeto mirante y el objeto mirado.
La mirada: epicentro del amor pasional.
La mirada: carne incorpórea, sudor transparente, fluidos vaporizados y más.
La mirada: ese pudor pornográfico que se atreve a acabar.
El problema es cuando se dice pornografía solo por/no/(e)star.

Consejo: Leer Historia del ojo de Georges Bataille/ O en su defecto, "Le chien andalou".

Medea

Medea se entregó a su destino en brazos de Jasón en el mismo momento en que le entregó, dormido, el dragón que custodiaba el vellocino de oro. En este instante fue una mujer que se olvidó de sí misma y se entregó a la furia desmesurada de su sentir. En el barco del regreso, volvió a llamar a las dioses vengadoras cuando descuartizó a su hermano Apsirto para poder huir junto a los Argonautas. Ella no podía saber, aunque era la hija del sol, que las que se apartan del centro de sí mismas corren el riesgo de terminar con el vientre ensangrentado y la cabeza destrozada por una enceguecida pasión. de esta forma, les hizo creer a las hijas de Pelías que su padre rejuvenecería si ellas lo cocinaban en un caldero y así empezó a labrarse su propia perdidción. Porque  Jasón la condujo a Corinto, donde habitaba Glauca que tenía  la cintura fina y los cabellos como lazos de caoba, Glauca que se dormía en los brazos del hombre como si fuera un pájaro pequeño y que reía al correr entre las viñas y los olivares en flor. Y Jasón, que vio el amor en sus ojos de selva, dejó a Medea sola y perdida mientras, la hechicera aullaba: "Por qué a mí, que hice todo por vos". Ni amigas antiguas ni viejas consejeras pudieron obligarla a mantener la calma y la distancia para obrar con razón. Su corazón era una brasa ardiente que le quemaba la carne y la hacía bramar. Noche a noche invocaba su nombre y maldecía a la otra que dormía en los brazos de quien le había jurado amor. El fuego que la quemaba arrasó lo poco que le quedaba de cordura y, en nombre de ese amor, sacrificó a los dos hijos que había tenido con Jasón. Y la venganza, que dejó al hombre sumido en la agonía de su propia dolor, la dejó huérfana y sin posibilidad de regresar a ningún lugar.

Consejo: Leer Eurípides. De Séneca, mejor ni hablar. En su defecto buscar la versión de Pier Paolo Pasolini y entender a María Callas, que suele ser lo mejor.

lunes, 8 de julio de 2013

Circe

Me despierto. Abro los ojos. Me estiro. Me levanto. Pongo agua en un jarro. Hago café. Lo bebo. Me visto. Me calzo. Doy  vueltas a la llave. Salgo. Cierro. Camino dos cuadras. Viajo.  Trabajo. Almuerzo. Bebo café. Escribo. Hablo. Leo. Viajo.  Doy  vueltas a la llave. Entro. Cierro. Ceno. Uso el teléfono.  Me descalzo. Me desvisto. Me baño. Me acuesto. Cierro los ojos. Duermo. Me despierto...
Y no hay espacio ni tiempo ni deseo para pensar en algo que no sea lo que se habita en el tiempo, el espacio, el deseo. 
El resto, que se sueña central y carmelita, que se antoja en el ojo que mira hacia otro lado, ese resto no existe aunque se enuncie como si fuera condición necesaria, y grite con su boca perdida. No hay eco ya para los habitantes moribundos de la Cólquide. 
Soy como Circe: ¡hago cerdos!




domingo, 7 de julio de 2013

La cena del domingo

En las ventanas había colgado vidrios de colores para que las horas, enredadas, duraran más. Tenía esa forma de pensar que el mundo obedecía a su mirada y al tono de su voz. Los panes, los cuchillos y las tazas eran seres imperceptibles que habitaban en su cocina y le hablaban cada mañana con una historia diferente mientras ella trajinaba con el café y la mermelada de cerezas. Después la invadió una especie de tristeza tierna como los domingos de invierno de la infancia cuando su madre la  llamaba para cenar. Siempre ese temor de decir que no, que ella no iba a cenar nunca más para que el domingo se estirara como un gato después de la siesta. Pero a su madre nadie le decía que no, así que tragaba lo que le ponían en el plato con un nudo en la garganta y se ponía a dibujar hasta que le decían que dejara de jugar porque al día siguiente había que ir a la escuela. Y ella rogaba para sus adentros que nadie lo dijera, que, tal vez, si quedaba sin ser dicho pudiera ser que dejara de suceder. De aquellos días le quedó la convicción de que las palabras tenían poderes que solo ella era capaz de convocar y aprendió a ocultarse en sus reveses luminosos y en sus aristas densamente oscuras. De todas prefería los verbos que podían desarmarse como rompecabezas para que el mundo se moviera a una velocidad inusitada o en una cámara que, de tan lenta, parecía inmovilidad. Después recordó su preferencia por el sistema pronominal que adolece de referencia intrínseca y requiere de un esfuerzo supletorio para decir. Todo era cuestión de convocar a las palabras en el caldero de la cena y resistirse a comer. Cuando fuera capaz se conjurarían las horas y el día dejaría de terminar. Entonces podría estirarse en la cama, junto a la ventana y por horas mirar los vidrios de colores girando y sin detenerse  más.

Lo que aprendí

De la muerte aprendí
que llega haciendo silencio con los pies,
que no pregunta y toma lo que quiere,
que te deja inmóvil y boqueando,
que no da una segunda oportunidad,
que lo que te quedaba en el tintero, valga la redundancia, se morirá ahí,
que siempre fuga hacia delante y nunca la alcanzarás,
que te apaga los sueños,
que te deja vacía y colgando de un hilo,
que lo que era deja de ser,
que solo te queda la memoria, la frágil y artificial memoria,
que te llena de miedos,
que te decís que hay que seguir y no te podés mover.
De la vida aprendí
que se la puede oír al empujar las raíces hacia el agua y el sol,
que no pregunta y enciende lo que quiere,
que es una y otra oportunidad,
que hay que escribirla hasta que se acabe la tinta y reponer para continuar,
que te atropella,
que te llena la sangre y la explota en tu pecho,
que te cuestiona los sueños y deseos,
que solo se coloca por delante para gritarte que vayas por allì,
que abre las puertas y ventanas para que ingrese el amor que siempre está ahí
porque no hay muerte que pueda con la vida
ni vida que acabe con la muerte:
y esa es la única verdad.

Confianza

Me despierto en la madrugada.
Duermevela difuminada en el borde de las cosas.
No ha amanecido aún.
Oigo el ritmo de tu respiración y me pego a él.
Suavemente vuelvo a dormir.

sábado, 6 de julio de 2013

Solano

La Argentina es ancha y extensa, y en ella conviven patrias que, a simple vista, parecen irreconciliables: son mundos cuyos límites culturales no se tocan ni siquiera tangencialmente. La localidad de San Francisco Solano, en la provincia de Buenos Aires, a caballo sobre los partidos de Almirante Brown y Quilmes, es esa patria que no conozco y que está soltada de la mano de Dios. Tiene un mercado donde se venden desde tomates hasta celulares robados, pasando por medias, botellas de aceite, la ropa viejísima y gastada, juguetes, estufas, televisores y bicicletas. Son cuadras y cuadras de puestos en los que una bolsa de fideos cuesta $2,50 y un equipo de deportes, $20.- Los chicos tienen mocos verdes que les cuelgan de la nariz, y  una mirada de profundidad adulta que no les pertenece. El aire huele a carne asada y a grasa donde se fríen empanadas; pero por debajo a barro, y a frustración acumulada por décadas debajo del lodazal. Y una se pregunta en qué mundo vive que los márgenes no la alcanzan, que puede cerrar los ojos a la hora de la siesta y dormir mientras esos chicos tienen las mejillas percudidas de tristeza. En un arroyo, en medio de la basura, dos perros se hinchaban de puro muertos junto a un puentecito y el agua se llevaba su pestilencia más abajo, alrededor de casitas donde la gente se quiere, se odia e intenta vivir. Hay circunstancias en que pienso que he elegido mal dónde hacer lo que sé. Pero me pregunto hasta dónde mi comodidad soportaría el barro helado, las mañanas de invierno y la desesperación. Como fuera, el mundo es injusto y doloroso. Solo que para algunos  mucho más.

Scribe!

Dijo mi madre:
No escribas porque vendrán alacranes verdes a comerte las entrañas como si fueran bocaditos a la hora del té.
No escribas porque se desatarán huracanes y estallarán en el centro de tu cuerpo sin que puedas volver atrás.
No escribas porque te crecerás raíces destructoras en el vientre y nunca podrás concebir hijos.
Me lo dijo tantas veces como le fue posible para exorcizar ese mal de mí.
Me ató las manos y me pegó en los dedos con varillas de metal encendido.
Ordenó ocultar todas las lapiceras y las hojas del palacio.
Le dijo a los sirvientes que me azotaran sin piedad cuando me vieran escribir.
Día y noche me tuvo vigilada.
Le dijo a mi padre lo que yo hacía para que él, que tenía ascendente sobre mí, tomara partido y me lo prohibiera.
Y nada de eso sucedió porque lo que ella no podía saber era que, más allá de las hojas y las plumas,
yo escribía cuando paseaba por las sala,s aburrida y perdida,
yo escribía en las sábanas cuando hacía el amor a sus espaldas con el albañil mayor del palacio que era fuerte y gentil,
yo escribía cuando me acercaba a la cocina a oler cómo se horneaba el pan.
Que yo escribía porque no hay nada mejor para el deseo que la interdicción,
porque lo que no se dice, entre las palabras que se dicen,
crece con la fortaleza de un roble,
arrasa con la furia del viento,
devora con la urgencia del alacrán.

viernes, 5 de julio de 2013

El verano añorado

Dicen los niños que el verano huele a otra cosa. ¿A qué?, pregunto, y ellos se quedan merodeando las respuestas como si fueran helados derretidos. A melón, dice uno. A agua de pileta, otro. A pasto y tierra húmeda, suelta una niña rubia que se sienta en el fondo. A sol, agrega otra. El verano huele a tiempo que se afloja. A días de copas relucientes. A siesta sobre el césped. A pájaros nocturnos en los árboles verdes. A flores repentinas. Huele a gotas de sudor corriendo por  la nuca. A noches infinitas. A sidra y ensaladas. A frutas de sabor transparente.Dicen los niños que huele a otra cosa. Ellos lo saben y yo les creo siempre.

El cuerpo explícito

Entonces dijimos que los retazos eran solo tijeretazos dados sobre la carne trémula y el suspiro partido. Y había que zurcir la madrugada como si fuera explícita y no guardara ni un doblez de secreto. Pero todo tiene destellos que arden en los dobleces dorados de los dedos. Apenas un roce contra la piel y el cuerpo, implícito y misteriosamente tierno, se imagina lo que está por hacerse: su propio deshacerse al borde de la boca. Los dientes son suavísimos roedores que buscan denodados que amanezca. El susurro del aire se arremolina detrás de las rodillas. Se olvidan las horas con su paso marcial sobre las avenidas y las aristas se anudan como cintas en los labios abiertos. Después se dicen las palabras y donde hubo cuevas de sombra y de besos, hay una ancha ría de madréporas y peces bailarines. Tu mano pasa bajo mi cuello y duermo.

miércoles, 3 de julio de 2013

Una carta de día 3

Desde esta lejana ciudad te escribo, desde este lugar que ha quedado estampado contra unas vías vacías y gente amontonada que no  terminaba nunca; y te escribo para que sepas lo que yo quería decirte y me lo impidieron semáforos enloquecidos y gritos ensordecedores. Porque ahora dejaré mis piernas quietas debajo del vestido blanco y negro y el viento se calmará en la plaza para que vos me digas lo que me susurraste entonces en la boca y yo escuché con el alma. Antes el gato negro nos había rodeado en una mesa redonda (anotá en el margen que tenemos un helado de frambuesa que nos espera en la nevera) y habíamos sentido la confianza de los justos. Entonces fue un fulgor instantáneo, un destello amarillo en el centro de las pupilas y luego nos adentramos nadando en la corriente de un río que mojaba sus lenguas en nuestros cuellos volcados. Pero yo te escribo para decirte lo que no pude y no querría dejar que muera el día sin que supieras que me duermo en tus sueños y me despierto en tus brazos, justo a tiempo para hacer el café y traértelo mientras dormís un poco, apenas más. Dicen que lloverá el sábado. No lo sé, mientras espero te escribo y la tinta me lleva y te acerca, entonces aprovecho y te beso los párpados. Vos pasás navegando en tus verdes niveles y nos decimos hasta mañana con besos de pájaros y nos dormimos luego. Y el día recomienza: una y otra vez. Eso quería decirte cuando la ciudad explotó en contra de mis sueños. Que tengas un límpido amanecer. Hoy es día 3.

martes, 2 de julio de 2013

La femme-oiseau


La puerta

De no tener no tuve nada
y un día salió el sol.
De no saber no supe nada;
pero aprendí.
El viento movía los manteles
y las voces tejían mi silencio.
Tan solo lo intenté
y el domingo pasó.
Por la noche
me dormí entre tus sueños
y hubo piedras para cruzar el río.
Y te agradecí.
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