sábado, 29 de junio de 2013

Cuando sea grande, quiero ser cocinera

Cuando yo era una niña pequeña mi tía Felisa, que era hermana de mi madre y tenía una juguetería y ningún hijo, un día me trajo una batería de cocina de juguete. Era de alumnio y tenía ollas de todos los tamaños, sartenes, pisapapas, cucharones, espumadera y una pava. Dominga se llamaba la mujer que trabajó en mi casa hasta que yo tuve cuatro años. Era de San Juan y lo más parecido al amor de madre que yo hubiera conocido hasta entonces. Ella me dejaba preparar comida en mis ollitas con las mismas cosas con que ella preparaba el almuerzo. Había una olla grande en la que ponía a hervir las verduras que ella pelaba y con un pequeño pisapapas yo me hacía mi puré. Muchos años después, mi abuela Carmen vino a vivir con nosotros. Era andaluza y cocinaba como una reina -por lo bien y porque había que andarle atrás ordenando todo lo que ella dejaba desparramado y chorreante de azúcar o manteca. Yo aprendí a cocinar con ella. Me enseñó a amasar, a freír, a cortar pequeñito, y, sobre todo, el placer de poner en la mesa algo de lo que los demás disfrutarán. "La cocina", decía mi abuela, "es como la vida: puede ser que la primera horneada te salga dura y quemada; pero con el tiempo aprenderás." A mi padre le gustaba cocinar. Varias veces lo hicimos juntos y las evoco como un momento pleno de felicidad. Como casi todos las horas que recuerdo en cualquiera de las cocinas que supe habitar: la de la calle Rosetti con su amplitud de campo, la de Braille donde compartí tantas horas de invierno en la mesa sola con mi hijo, la de Bauness donde tanto cociné para los demás, la de Ciudad de la Paz donde hice comida para servir debajo de un tilo en flor, y la de ahora, en el sursuburbano, donde volví a hallar mis secretos de cocinera, olvidados en el recodo de un dolor que cada día se hace más y más lejano. Donde fuera que sea, la cocina es un lugar donde me gusta estar.

viernes, 28 de junio de 2013

Regalos

Un retazo de luz en la cocina.
El camino mojado.
Una palabra repentina que envuelve y acaricia.
Una gota que demora en caerse.
La tibieza guardada entre las sábanas.
Una risa de pronto.
Un maullido matinal.
La taza de café.
Una mirada que se cruza confiada.
Los juegos.
Las memorias y las sillas naranjas.
La harina mientras leva.
El abrazo perfecto.
Recuperar la vida que era antes.
Las acuarelas de un padre.
Los viajes.
Las madrugadas de invierno en la avenida.
Los nombres.
Las canciones.
La grasa de un motor.
Volar.
El vapor de un almuerzo.
La vida: una lista infinita. 

jueves, 27 de junio de 2013

El curador de pájaros 6

Ahora que hace frío y amanece más tarde y oscurece temprano y el agua de los charcos se congela, él prepara el abrigo para que la  golondrina, que anda vagando por el cielo, anude en la tibieza, se peine en su regazo las plumas despeinadas por el Austro y coma de su mano unas semillas de memoria dorada. En la ventana, detrás de los cristales el curador explica cómo cae la lluvia, de qué color es el tono traslúcido del agua, su dirección oblicua a merced de los aires cambiantes del invierno. Con sus manos de sabio ha tejido un echarpe, larguísimo, de hojas, rocío, pelusas, pétalos. La envuelve con ternura y le susurra que llegará la primavera en un tiempo cercano. Mientras ella lo escucha, se adormece en sus dedos, se deja deslizar por sus yemas redondas, cae dormida y remonta sus sueños. Cuando despierta, la lluvia se arremansa y no puede mojarla:  ha quedado guardada en el vapor de su mirada clara.

miércoles, 26 de junio de 2013

De cara a la alegría o lo que aprendí de mis padres

Desde pequeña, en mi casa, se hablaba de política. Mis padres militaron antes de que yo naciera y lo siguieron haciendo hasta el último día.   De sus tres hijos, solo yo seguí su camino desde los 13. En mi hogar familiar, hubo asilados de países vecinos, reuniones partidarias y gente oculta en épocas difíciles. Mis padres iban a la villa que estaba en Colegiales, organizaban actividades recreativas los sábados, salas de primeros auxilios, apoyos escolares, ayudaban a hacer calles, levantar casillas, palear zanjas. De ellos aprendi pocas cosas familiares, pero supe qué era ser solidario, entregado, generoso. Me enseñaron que nada era para siempre y que todo podía ser cambiado. Desde muy chiquitita, mi madre me hablaba del Che y el hombre nuevo, ese que debía superarse a sí mismo y ser el mejor entre sus pares. Y yo aprendí a forjar mi voluntad, a superar a fuerza de deseo (y planificación) mis obstáculos, a proponerme metas y evaluar cómo alcanzarlas. Recuerdo que, a los siete, mi padre se acercó, en la noche, a decirme que había habidoun golpe (el de Onganía), que ellos se iban a ir unos días (yo tenía en ese entonces un hermano de tres y otro de uno) y que quedaba a cargo para ayudar a  una tía. Nunca voy a olvidar el perfil de Onganía en el Zenith blanco y negro y mi angustia de cabeza de familia. Mi papá era un hombre de barrio, de esos militantes que caminaban calle y lo saludaban del Comité, la Parroquia y la Unidad Básica. Tenía alojada en el cuerpo una bala que había recibido en la Libertadora. En estos días, pienso mucho estas cosas y en la actitud que ellos me enseñaron. En los años más difíciles de mi vida, cuando yo era apenas una jovencita de dulces dieciséis y 1976 me ponía ante una dura e incomprensible prueba, mi padre me enseñó a seguir adelante, a que la vida valía ser vivida, a que había un futuro y  que tenía la obligación de llegar entera a él y con alegría. En aquella helada estación otoñal de dictadura, mientras me despedía a los más solitarios meses de exilio interior que yo tendría, me repitió lo de las alamedas abiertas para que volviera a pasar el hombre libre. Ocho meses después -con diecisiete- regresé; pero yo ya era otra, aunque siempre de cara a la alegría.

martes, 25 de junio de 2013

Microcosmos

Como si viera el mundo a través de una lente poderosa, yo me demoro en las cosas pequeñas. Me sorprende el hueco de un dedal, el brote verde que se despereza, el retazo de seda, la letra elegante en tinta negra. Me gustan las presillas, la comida en el plato y su hilo de humo, la sombra que se queja de su hendidura luminosa, las hebras que nadan en la taza. Prefiero el calor de la estufa en la espalda y el agua que corre en enero, la nostalgia infantil de los domingos, los lápices con punta. Hay cierto aroma que me dice la palabra pausada de mi padre, una risa que trae a mis hermanos y una canciòn que canto cuando recuerdo cómo dormir a mi Pablo. Los cuadernos son pliegues para guardar oraciones extensas como un suspiro hondo. Por ese caminito yo anduve, y en la cocina colgaban mis piernas de esa silla. Tengo una caja llena de papel de colores, y en una lata pongo puntillas, botones e hilos de bordado. Mi taza tiene amapolas y anémonas y cucharitas con mango anaranjado. Me gustan las esdrújulas, los verbos de la segunda y el latín como una dulce entonación del alma. Recuerdo el perfume de la Rue des Écoles en invierno y tu jardín lleno de hojas un sábado. Yo siempre me demoro en los bordes, las suturas, en el zurcido visible que permite caminar adelante. Veo la hierba crecer entre mis dedos y acaricia mi cara la tibia pelusa de tu espalda. Leo, como si entre las letras se guardaran un secreto y escribo como si fuera aliento. Mis fotos son recortes donde caben universos de aire y te beso en el cuello con sonidos de pájaro. Lo curioso es que, a veces, lo que se ve pequeño apenas me cabe en el cuerpo.

Abrazo

Ahora, yo me doy vuelta hacia la derecha en mi cama,  justo en el momento en que vos girás en la tuya hacia la izquierda; y entonces nos abrazamos pensándonos en sueños.

domingo, 23 de junio de 2013

El número y la letra

Mientras yo trajinaba con las completivas de acusativo e infinitivo y me demoraba, extasiada, en los secretos de aoristo medio; él llevaba camiones a la frontera franco-alemana. Mientras me devoraban los oídos endecasilabos sáficos o heroicos; él volaba en aeroplanos por los cielos azules de su Europa. Mientras yo deambulaba por la Eneida e ibam oscura sub nocte per umbram, él construía casas en los escarpados acantilados de Córcega y el espíritu del Mediterráneo que yo aspiraba a través de los versos de Virgilio, a él le llenaba los ojos y los pulmones. Mientras yo buscaba un verso para comprender el momento, él vivía momentos que eran poéticos de puros, de exactos, de poderosamente claros. Ahora me despierto con la mejilla apoyada en su omóplato que es un hueco profundo de tibieza y el mundo se hace práctica poesía, coherencia temática, y las metáforas son carne de las horas, luz en las manos y música en el aire. Síntesis milenaria del número y la letra que todo lo penetran para apre(he)nderse.

sábado, 22 de junio de 2013

Invierno/luna

Es invierno y hay una luna enormemente grande colgándose del cielo. Adentro -siempre lo hay si es junio- la luz es amarilla y caliente. Los platos están tibiosy las copas de cristal brillan como diamantes o manzanas. Por momentos me vence el sueño e imagino las alas de pájaros azules como trémulas golondrinas. Salgo sin llave, dijiste y no era mi casa. Y yo te dije, bueno. Cuando volviste era la noche oscura: la luna enorme, el adentro amarillo, las sábanas limpias, los animales dormidos junto al fuego. Y la cinta del tiempo que vuela, suelta en el aire. La mesa está tendida. Y comemos.

jueves, 20 de junio de 2013

Ya te estaba esperando

Cuando pasaba mis días infantiles, entre libros y lápices, encerrada en  mi cuarto, ya te estaba esperando.
Cuando, por vez primera, alguien posó la mano en la curva delgada de mi vientre, ya te estaba esperando. 
Cuando el año 76 me mordió los talones con sus colmillos de sangre, y huí hacia los territorios helados e imposibles del silencio,  ya te estaba esperando.
Cuando elegí escribir por sobre las zapatillas de punta y los brazos alados, y deseché las tablas, los compases perfectos, las jornadas de pie junto a una barra, el undostrésarriba,  ya te estaba esperando.
Cuando me senté ante una hoja para pensar qué decir, qué sustantivo podría definirlo, qué verbo darle vuelo, qué punto evitar, en qué pronombre hablar, ya te estaba esperando.
Cuando me puse ese vestido u otro y peiné mis cabellos o perfumé mis sienes, para ir a un encuentro, ya te estaba esperando.
Cuando miré  la muerte de frente y perdí la pulseada y tuve que resignar mi risa para seguir viviendo, ya te estaba esperando.
Porque todos los actos parecen destinados a un encuentro, se hacen  piedras sobre ese río que conforman los hechos  a través de los tiempos, se hilvanan como cuentas en un collar de días y descubro, de pronto, que te estaba esperando desde entonces, que es decir desde siempre.

Á la recherche du temps perdu

Hace ya treinta y cinco años. En esos años vi a mi primer hombre desaparecer en las mazmorras del 76, aprendí griego clásico, mejoré mi latín, fui madre, viajé, amé y fui amada, murió mi padre y quien era mi compañero, volví a enamorarme, escribí libros, leí otros, mis hermanos se mudaron a países lejanos, nacieron mis sobrinos, mi madre envejeció, yo me hice más grande y más pequeña, amasé muchos panes, hice cientos de camas, barrí kilómetros de cuartos, me mudé varias veces, compré zapatos, herví zapallos, bordé almohadones, dibujé y bailé muchas veces, hice el amor con el cuerpo y el alma, lloré, grité, me reí y abracé. Y en unas horas volveré a encontrar aquel Combray, el té de tilo de la tía, la duquesa de Guermantes, Albertine y Andrea, Gilberta y las muchachas en flor, Francisca hablará y la sonata flotará en el aire. Volveré a caminar por el boulevard Saint Germain como aquel año en que recorrí París para hallar el camino de Proust. Yo también andaré en busca de algún tiempo perdido con la secreta esperanza de recuperarlo en algún recodo de una frase, en el pliegue de una palabra o en las acuarelas que se deshacen en mis propios recuerdos. Compañeros de viaje, ¡allá voy!

miércoles, 19 de junio de 2013

Hago cosas pequeñas

De vez en cuando algún chico descubrió una palabra en mi clase y sonrió.
En una oportunidad una maestra me agradeció las puertas abiertas de un poema.
Supe sacar esa fotografía.
O contar aquel cuento.
Conseguí el punto exacto de acidez en una torta de limón.
El papel maché me fue fiel una vez.
Unos chicos plegaron mil grullas y las hicieron volar hasta Hiroshima.
Leí un libro y lo empapé con lágrimas.
Bailé y me dolía el cuerpo.
Supe mirar a la muerte cara a cara y perdí.
Las ninfas me conversaron en los ríos y tenían largos cabellos mojados.
Escribí cuando el vértigo me arrasaba.
La locura trazó una línea roja y la quebré con voluntad.
Dije que no y muchas más veces que sí.
Conocí cuatro veces el amor.
Tuve a mi hijo en el pecho y le susurré palabras de amor.
Aprendí la paciencia que me enseñó mi padre.
Le vi las alas a los ángeles y a las hadas,
Habité en cocinas que eran palacios cuando las prendí.
Conocí buenos hombres y de los otros.
Tuve amigos que me arroparon en las noches de invierno.
Un niño me regaló todos sus secretos mientras ponía su cabeza en mi regazo.
Comí frambuesas con mis hermanos junto a un lago del sur.
Antes o después dormimos en lo altísimo de una montaña los tres. 
A veces los lápices de colores me pintaron una historia.
Abrí libros que eran escaleras para bajar al mar.
Cargué plumas con tinta solo para verlas deslizarse en el papel.
Hice sonar una cajita de música para no olvidar que fui una niña solitaria.
Apoyé mi boca en tu espalda y te besé.
Jugué con mis sobrinos y los aupé.
Entre tantas cosas pasó la vida y me supo bien.



lunes, 17 de junio de 2013

La realidad

Habla de cosas que apenas logro comprender: hormigones, vigas, columnas, peso, pórticos que se sostienen en el aire. Yo apenas trajino con palabras: esas trampas capaces de construir palacios inexistentes, jardines donde crecen sustantivos y dan frutos que nadie puede nunca arrancar. Él hace casas donde vivirán personas, donde otros se amarán, preparán sus cenas, amortajarán sus tristezas, acariciarán a sus hijos. La ventana de la que yo hablo no da a ningún paisaje aunque lo evoque; la que él hace se abre con esfuerzo humano hacia un pedazo de hierba que cada mañana despunta cinco milímetros del suelo. Los sonidos que evoco son reminiscencias de mis palabras que deben ser imaginadas cada vez; los de él suenan a platos que se rompen, puertas que se golpean, balcones que se abren. Yo voy y vengo entre renglones y páginas de libros: él imagina un mundo que calcula cuidadosamente para que sea tal cual lo proyectó. Y ahí van las diferencias entre mi ficción y su realidad

domingo, 16 de junio de 2013

Él habla

La tarde es gris. Los vidrios se cubren de un vapor melancólico mientras el viento galopa en los tejados enjabonados por la lluvia. Vos hablás de esas cosas que guardaste en el bolsillo de tu memoria. Y yo te escucho con los ojos arrasados y el corazón en la boca. Siempre vuelan cerca de mí las palabras: miles, las que digo, las que oigo, las que leo, las que escribo. Mi vida es un rompecabezas de piezas infinitas con forma de palabra. Puedo formar paisajes con ellas, darles vida a seres resplandecientes o hábiles devoradores de la calma. Y sin embargo hay algunas que traen un eco de desmesura triste, de nostalgia profunda: lo que no fue, lo que es un cuchillo que escarba en la herida, que, a veces, cicatriza y, otras veces, se inflama. Querría tener las manos de la sombra verdinegra de un pozo y aportar mi frescura, coser los pedacitos con hilos de araña para que no se vea nunca el zurcido imperfecto.Querría que te sientas cuidado, seguro, protegido, que nunca te dolieran los días que se fueron, las distancias reales. Pero ya está probado que nunca pude ser una buena enfermera, que solo sé hablar, bordar con sustantivos la grisura del día, poner sobre la mesa la comida, envolver en abrazos; pero que, cuando hablan los corazones que quedaron en pulpa en esa otra historia, solo tengo silencios. Y un silencio es la pieza que falta para que el día esté completo, para que los kilómetros se hagan solo metros y haya luz en medio del día que era gris y melancólico. Y sigue cayendo la lluvia jabonosa sobre la tarde prolongada de un junio que dijo sus palabras.

sábado, 15 de junio de 2013

Mi papá

Mi papá era, en pocas palabras, un buen tipo. Quizá se equivocó al pensar que alguien debía sacrificarse y elegir que ese sería él. Desde aquel día de julio, en que vi el mundo por primera vez, me eligió y, como pudo y se lo permitió, me protegió de la Erinia enfurecida que todavía sigue siendo mi madre. Sus ojos eran los más claros que yo jamás haya visto; pero siempre estaban tristes, y profundamente resignados. Tenía bellas manos mi papá,  una mesa de herramientas, en la que a veces me dejaba andar, y una letra prolija que  siempre envidié. Todos los viernes me traía libros de muñecas de papel y un tomo de Julio Verne para que yo leyera. Me regaló una caja de lápices Caran D'Ache y la Literatura latina de Jean Bayet. No me dio muchos consejos, pero recuerdo cada uno de los que me supo decir. Quiso a mi hijo y lo disfrutó, pero se murió demasiado temprano y Pablo acusó quedarse sin su abuelo Jojó. Son infinitas las veces en que tengo memorias de sus libros de teatro, de sus campamentos en la montaña o en el mar, de su cocina, del perfume de sus camisas, de sus relatos de un tiempo que ya no era, de su militancia barrial. Se murió un 17 de diciembre mientras yo le sostenía la cabeza y le acariciaba las manos. Aunque mi madre se enoje "porque no se puede querer a un muerto", yo lo quiero cada día más. ¡Feliz día, papá!

Tres hermanas ladronas


viernes, 14 de junio de 2013

Límpido amanecer

Los signos olvidados en el sueño.
La hora que es nocturna, pero efímera.
La página en blanco todavía.
La desnudez.
El agua corriendo en la bañera.
El olor del café y su trópico ardido.
El silencio que se va deshaciendo.
Las palabras que esperan en el borde perfecto de tus labios.
El día que se cuelga del cielo.
El sol que dobla la capa cuajada de la noche.
El vaso de agua que quedó de otro siglo.
Y vos en la cocina de ahora que tiene las de antes. 

miércoles, 12 de junio de 2013

Magnolia

 Dormir en el sur con las magnolias que no dejan de crecer cuando no las miramos. Ellas se empecinan en desplegar su carne color hueso debajo de la lluvia que cae: un agua estrepitosa que miramos con los ojos entrecerrados y la respiración profunda que nos lleva. Junio es un mes que debería ser helado y sin embargo tiene la tibieza de las magnolias debajo de la lluvia: se abren como trompas de blancura y un perfume prehistórico nos llena de recuerdos. Hablamos bajo para que tiemblen suavemente de palidez sus pétalos desnudos. Nos enredamos en las vocales de sus carnales nombres.
Y dejamos que llueva en el borde mojado de la selva. Luego amanece y el sol se filtra entre las hojas verdísimas y nuestros párpados se abren como labios del día que comienza. Nuevamente el resplandor de las piedras que cantan y las túnicas que caen desde los huesos que crecen como sostén del tiempo.

Apurate, Jonás!


Clase de sintaxis

Ser sintagma
Ser pura nominalización
Ser un hipérbaton en creciente ascendencia
Ser contenido predicado de un sujeto
Ser sujeto de una que otra predicación
Ser  objeto de alguna transitivización.
A tantos procedimientos y la oración que queda sin terminar.
Proposiciones consecutivas inconcluyentes.
Una que otra condicional en su período hipotético irreal.
Concesivas ni una.
Una simple cuestión de caso pronominal:
Pasar del subjetivo, sin solución, al terminal. 


Nadar

Nadamos en el tiempo, ese órgano pasivo que se mueve como si fuera agua y no es más que el pensamiento de un sentido encerrado en algunas palabras que bajo el agua en que nadamos pronunciamos. Es la boca de la belleza con sus hilitos de alegría que zurcimos en la azul inmensidad. Después me río y los cristales unen sus pedazos de arena transparente. El número de sílabas teje una fábula de oro que nos seca en la orilla del abrazo errante de toda la hermosura y más.

Clase de fonética

Bilabial/ labioalveolar/ Labiodental/ labiovelar/
Apicodental/ Dentoalveolar/ Interdental/
Palatal /Velar/ Uvular:
a la lengua su punto.
Oclusiva/ Aspirada/ 
Fricativa/ Africada/
Sibilante/
Nasal/
Lateral/
Vibrante/
Eyectivas/ Implosiva:
al modo su aire.
Sonora/ Sorda:
a la cuerda su vibrar.
Luego, solo luego, hablar de la lengua: eso que  permite ladrar.

martes, 11 de junio de 2013

Exilio

Quizá debería decir que el exilio es una pampa vacía donde no crece ni un mísero álamo y la siesta se frustra porque no hay sombra donde cavar el sol. Quizá podría decir que la muerte a veces se viste de nostalgia y empuerca las cosas con sus humos y sus tristezas. O decir que el sueño tiene los ojos mojados de la selva en una isla de papel. El tiempo te clava sus puñales y estás afuera de todo, pero sumergida en vos misma. Y nada te rescata hasta que se abre el viento. Alguien tiende una mano y el calor es un pájaro titilante que se duerme en tu cuello. Quizá debería decir que podés estar encerrada en tu cuerpo, exiliada de todas las orillas donde tocás el mundo, pero esa mano te roza, te percibe. Y volvés.

Advertencia

La escritura es un acto de voluntad.
La lectura también.

domingo, 9 de junio de 2013

Pulgarcito

Cuando el domingo se dobla, se instala la nostalgia como un crepúsculo incendiándose, de a poco, sobre las huellas de los días. Mis cosas deambulan como maletas al filo de la noche y los territorios derrapan su impertinencia inoportuna de charcos que no me pertenecen y en los que ahogo mis deseos. Voy y vengo en las horas que quedan, ahogándome en coloraturas púrpuras y delicadas como aleteos. Mi cuarto ha quedado vacío de memorias y ya no sé muy bien adónde estoy. Como Pulgarcito dejo migas que se han llevado los pájaros. El bosque es una boca ancha que no me deja en ningún lugar.

Tu espalda

Escribo con mis dedos en tu espalda:
cintas de colores,
letras de saliva,
palabras que mis dedos te dice y que tu piel comprende.
Mis yemas se salen de posibles renglones en busca de esa sílaba que explota con una luz en fuego.
Voy dejando regueros de tildes espaciadas
y consonantes sibilantes como el viento
y fricativas como el líquido que corre entre los dientes y se desmaya.
Roza la lengua apenas el paladar y baja a los alveolos
y se encrespan mis yemas en el palimpsesto de la piel de tu espalda
hasta que apoyo mis labios
y el lenguaje se aquieta, cierra los ojos y se entrega a la certidumbre de llegar a ser frase
-música del alma entre las bocas-.

sábado, 8 de junio de 2013

Sábado de espera

La radio habla.
Es la única voz que suena en la casa, desierta como el Sahara al anochecer.
Trabajo.
Con las palabras.
Que es mi forma de ganar el pan.
El sol está en el jardín y la pava, en el fuego.
Pienso en que andarás trepado a algún techo -quizá no, pero deseo imaginarte así-; y recuerdo que debo ir al mercado, cocinar, y esperar que llegue el mediodía y te traiga a casa otra vez.
El sábado también aguarda junto a mí.
Los dos nos sentamos al lado de los perros atendiendo que nos llegue tu perfume antes que vos.
El mundo, entonces, volverá a girar.

viernes, 7 de junio de 2013

Danza

Una pequeña mota de polvo.
Danza.
En la luz.
Y es un hada de traje incandescente.
Y se quema.
Y baila.
Y se vuelve azul.
Música de polvo azul.
Pequeños acordes en el aire.
Besos de piedras disueltas.
Muevo los dedos y la veo bajar en el postigo.
Es una flor de luz entre los pétalos del traje incandescente.
Dibuja un arabesco de color.
Sedas en-red-(h)adas de polvo.
Danza.
Una pequeña mota.
Y la profunda oscuridad.

jueves, 6 de junio de 2013

El tiempo hallado

Un instante apenas: el pie en la hierba, los recuadritos de cemento que emergen, el atardecer, la ropa en la soga y un viento que no pude saber donde nació. El pasado se acerca, infantil, de la mano, como una cinta dulce, enlazada en las piernas. El tiempo que tardo en llegar de la cocina a los broches rememoro ese momento en que fui una niña feliz. El cielo está rojo como un globo y salto de piedra en piedra para trepar de la tierra al cielo. Adentro sopla una suave luz amarilla donde vos me esperás. Permanezco junto a la soga húmeda, y me despeina el aire, feroz como un abrazo, enredando mis labios. En t'attendant...


martes, 4 de junio de 2013

Héctor se despide de Andrómaca


Yo también sé todo esto, mujer. Pero la vergüenza que sentiría al mantenerme lejos del campo de batalla es demasiado grande. He crecido aprendiendo a ser fuerte, y a librar las batallas en primera fila, para gloria de mi padre y de Troya. ¿Cómo podría dejar escapar mi corazón, ahora, Andrómaca? Sé muy bien que llegará el día en que perecerá la sagrada ciudad de Troya y con ella mi padre Príamo y la gente de Príamo. Y si imagino ese día no es en el dolor de los troyanos en lo que me pienso, ni en el de mi padre,  mi madre o  mis hermanos. Cuando yo pienso en ese día, te veo a ti, mujer mía: veo a un guerrero aqueo que  te arrastra por los cabellos, envuelta en lágrimas, veo a nuestro hijo arrancado de tu regazo y despeñado; te veo como esclava, en Argos, mientras tejes los vestidos de otra mujer y para ella vas a buscar agua a la fuente; te veo llorar, y oigo la voz de los que dicen al mirarte "Mira, esa era la esposa de Héctor; el más fuerte de todos los troyanos". Ojalá yo muera antes de saberte esclava. Que pueda estar bajo tierra antes de ver tu pena. Andrómaca, no llores ni tengas dolor en tu pecho. Nadie logrará matarme si así no lo quiere el destino; y si el destino lo quiere, entonces piensa que ningún hombre, desde el momento en que nace, puede escapar a su destino. Por muy valiente que sea. Nadie. Ahora regresa a casa y retoma tus labores. Que la vida sigue. Y guárdame en tu alma, mujer mía, que es el sitio donde siempre deseo estar"

Río de deshielo

Quiero que sepas que ahí donde yo estaba era perfecto: no llegaba el viento, ni el frío excesivo, ni el demasiado calor, ni los gritos destemplados del pasado, ni las promesas de un futuro fulgurante, ni el hambre ni la sed. Yo no le temo a las tormentas, ni a los rayos azules que queman, ni a los dientes de los perros que le ladran a la luna en Singapur. Yo no le temo a nada, ni siquiera a la muerte porque ella y yo somos antiguas conocidas que se odian, pero no se tienen temor. Quiero que sepas todo eso, para que entiendas qué siento cuando me asalta la fiebre como un fuego y te acercás con tus pócimas de caricias, con tu bandeja y tu boca a preguntarme qué cosa  pudiera yo necesitar. Dicen por ahí que hay un río que se desheló el 3 de junio de 2013. Será así.

lunes, 3 de junio de 2013

Luces de siesta

Llegaba de otro ambiente la música. Tenía los ojos entrecerrados, en esa exacta dosis en que no es la oscuridad total, pero tampoco se ve con los ojos abiertos. Cuando era chica solia pasar horas poniendo mi rostro al sol con los ojos cerrados y me pasaba las yemas por los párpados para ver cómo la luz cambiaba de color a través de la veladura de la piel fina que cubría la púpila y el iris. Ahora era distinto, pero tenía algo de aquel antiguo juego: al correr de los sonidos, mis párpados se llenaban de aguas azules y violáceas, unas flores  burbujeaban desde su propio centro y no dejaban de manar, unos arroyos turquesa oscuros  salían desde mi mirar entornado y se perdían en un punto de fuga más allá. No quise despertarme, pero el cerebro instauró rápidamente sus coordenadas de tiempo, situación y lugar: no fuera a ser que el placer caótico viniera a tomar su lugar.
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