domingo, 31 de marzo de 2013

Volar

En un laberinto hay una salida/ En tu cabeza a veces quedás encerrada y sin poder salir/ Es curioso cuando te ves dando vuelta la llave/ Y decís que no/ Es curioso//////
A abrir las alas/ Porque de los laberintos/Y de las cabezas/ se sale por arriba//////

El espejo

Me veo.
Me levanto el cabello.
Miro las huellas.
Aspiro mi perfume.
Me observo la línea de las piernas, la planicie del vientre, los huesos de la cadera.
Me detengo en mi cuello, la ensenada del esternón en donde crecen mis clavículas, mis brazos delgaditos como hilos.
Me adentro en el color de mis pupilas, en la honda espesura de mi boca, en los caracoles pequeños de mis orejas.
Y me pregunto, a esta altura, ¿quién soy yo?

sábado, 30 de marzo de 2013

Evidencia

Momentos de evidencia: esos en los que ciertas cosas se revelan como verdades incuestionables y una se dice "cómo no me había dado cuenta de que era esto". Mira alrededor y todo se torna repentinamente claro: un hombre engrasado de pies a cabeza trajinando con un motor, una mujer cebando mate y sacando unos dulces del horno y el sábado que va cayendo gota a gota de sol entre las hojas rojas y verdes del alcanfor. Y entre todo filtrándose la risa por la malla ancha de las horas. El resto es puro relato. Esto es el centro verdadero de las cosas y no hay mucho más que importe. Verdaderamente.

viernes, 29 de marzo de 2013

De golpe

Tener toda la luz.
Así.
De golpe.
En el medio del pecho.
Quedar sin aire.
Ahogada en luz.
Con el aire estragado de brillo repentino.
Y un relámpago azul
en la noche perfumada de marzo.
Dar vuelta la risa como un guante.
Entre tenerse.
Ilusionarse con rayos de colores sorpresivos
que pintan los pliegues de la piel.
Y ver el fuego que palpita en el centro del abrazo
y se vuela la sombra
hacia el arco perfecto de una estrella.
Así: de golpe, quedarse boquiabierta.
Y decir que sí a todo.
Porque no hay más forma que esa de estar viva.
Luego extender la palma
y ahí brilla una llama pequeña:
bailan las hojas sobre el fuego con chispas en el viento
y se enciende la fogata en el horizonte.
Así,
de golpe.

Bailar

Bailar.
Con los ojos cerrados.
Para que me lleves por donde quieras.
Para que me tomes de la cintura y me aprietes hasta que pierda la respiración.
Bailar.
Para dejarme ir.
Una y otra vez.
Por el piso amarillo.
Y descalza.
Mientras con los ojos cerrados, todo da vueltas y no sé dónde estoy, pero no importa.
Ya no me importa más.
Solo bailar.
Mientras me queda el sabor del agua enjabonada, del fuego, del mate que no cebo bien, de mi siesta en el pasto:
todo como una película que pasa debajo de mis párpados con color de brillantes.
Nada, excepto tu mano dando una vuelta en mi cintura
y dejándome llevar
hasta un sitio infinito donde no paro de reír.
Bajo la luna amarilla de marzo
con mis ojos cerrados
bailar
con tu cuerpo en mi cuerpo
dejándome llegar al corazón.


miércoles, 27 de marzo de 2013

De cómo tuve un hijo lector

Se sentó a mi lado con un libro entre las manos y lo abrió sobre mi falda. Tenía las manos llenas de tierra. El libro me había costado unos buenos billetes: era uno de esos de hojas brillantes y tapas grandes y tenía unos dibujos coloridos. "¿Qué dice?", dijo en su  lengua infantil. Lo miré: tenía los ojos verdes y profundos. Había ríos en sus pupilas y una marea de curiosidad que iba y venía. "¿Qué dice?", repitió, "En estas hormiguitas, ¿qué dice?". Y pasaba su dedo como un gusano pequeño sobre las hormigas negras en fila, alineadas sobre el renglón. Los ojos verdes brillaban como fuegos vegetales encendidos por el deseo. "Dale, mamu, ¿qué dice?" Lo acomodé sobre mis piernas, con la espalda apoyada en mi vientre, y puse mi mentón sobre su cabello rubio. "Y vos, ¿qué te imaginás que dice?", le pregunté. "Ma, yo no sé leer.", me aclaró por si yo lo hubiera olvidado. "No importa. Mirá las letras, observá los dibujos y contame qué dice.", le pedí. Se sonrió. "Vos no me querés leer.", aclaró. "Te prometo que, después, yo te leo desde la primera hasta la última palabra." por esas cosas extrañas de la confianza , me creyó. Volvió a la primera hoja y con las manos sucias de tierra y galletitas con manteca, me leyó su historia que era mucho más bella que lo que que aquellas hormigas negras contaban sobre los renglones. "Ahora vos.", dijo. Y yo leí.  Ese día, Pablo se hizo lector.  A lo largo de 26 años hemos compartido libros, nos hemos recomendado lecturas. Cuando en 4º año, él no entendía La Celestina, la leímos en voz alta haciendo cada uno los distintos personajes. Y nos gustó tanto que nos mandamos los dos tomos del Quijote de a tres capítulos cada uno. Atesoro esos recuerdos como lo más bellos de mi maternidad, que tuvo de todo, como la literatura. Mañana, Pablo cumple años -27-. Y, entre otras cosas, le regalaré un libro. Como siempre. Porque es lo mejor que anida en mi corazón.

Puro infinitivo

Poder estar.
Poder dejarse ir.
Hallar el ritmo de una casa que a veces me resulta extranjera de tanto que no estoy.
Ir y venir entre mis lápices, mis libros, mis cuadernos.
No se trata de universos en pugna, de zonas antagónicas, de antítesis equívocas.
Se trata de dejarse integrar.

Cara a cara: una batalla

Ella se subió el cierre de la falda. Diente por diente sobre la línea de su cadera. Después buscó la presilla e introdujo el botón; con ambas manos se alisó la ropa. Abrió el ropero y sacó unas sandalias rojas de tacones altísimos. Se las calzó y se sintió con unas piernas infinitas. Caminar desde esa altura era otra cosa. Sin dudas. Se miró en el espejo: de frente, de perfil, de atrás. Pensó que no estaba nada mal su falda negra para los cuarenta y pico que pesaba.  Desde el metro setenta que tenía con tacones revisó las perchas y eligió una blusa coral. Con sus dedos delgados, anudó los lazos y volvió a mirarse. Estaba bien. Así podría hablarle cara a cara, y ya sabía que llevaba las de ganar. No necesitaba maquillarse. Por otra parte nunca lo hacía. No iba a comenzar justamente esta vez. Tan solo un par de gotas de Rock & Roses en las muñecas y en la base del escote de la blusa. Pensó en hacerse un café; pero se dijo que mejor lo tomaba ahí. Se miró el cabello en el espejo del baño mientras se colocaba un aro rojo en la oreja derecha (en la izquierda siempre iba ese corazón filigranado que había comprado en Sevilla muchos años atrás).  Tal vez debería peinarse, pero -como con la pintura- jamás lo hacía, así que, ¿para qué empezar?  Caminó hasta la cocina, atravesando el patio y le gustó el sonido de sus tacones rojos sobre las baldosas y el deslizarse del forro satinado de su falda contra los muslos, subiéndose unos centímetros apenas. Estaba bien. Iba a hablar con toda tranquilidad. Ella no tenía problemas con su cuerpo. Podía exponerlo, disecarlo, autopsiarlo. Como su cerebro. El corazón era otra cosa: siempre lo sustraía al banquete. O lo entregaba mucho después. Pero mejor salir. Se hacía tarde. No la iban a esperar eternamente. Nadie lo hace; por más inquietud que se sienta. Y sabía que quien la esperaba del otro lado de la mesa se sentía nadando en inquietud. Ella no. En realidad no era más que una demostración de poder. El tipo que pasó en el auto le tocó la bocina y le gritó algo que ella no entendió. Se sintió segura del disfraz. Porque no era otra cosa que eso: un disfraz para impactar. Ella podía darse cuenta que somos superficies reflejantes y en pocas oportunidades nos desnudamos hacia la verdad. Cuando empujó la puerta y buscó con la mirada hasta ver a quien la esperaba del otro lado de la mesa, se sintió ridícula y ajena. Esa de falda negra y tacones rojos no era ella (que andaba en zapatillas y jean). Así que -sin ofrecer pelea-  dio por perdida la batalla y se marchó.


martes, 26 de marzo de 2013

Viajar al sur

Viajar es salir de uno mismo para encontrarse en otras calles. Es hablar otra lengua y ver la realidad de otra manera, que no es otra cosa la gramática que una organización de nuestra comprensión del mundo circundante. Viajar es buscar las raíces o deshacerse de ellas. Es extrañarse, mirarse desde enfrente, pensarse del revés, mirarse boca abajo. Es sentir el rumor de la cultura, volver a leer las páginas que hicieron de ese sitio un oscuro objeto de deseo. 
Querría llevarte de la mano por Marsella -no porque no conozcas sino porque es mi hermano y mis mejores sonrisas familiares.

Es el amor

Digo que son tus relatos. O tal vez es la risa. O quizá, que tus fantasmas me resultan simpáticos y amigables; y conviven en franca camaradería con los míos. Como fuera que sea, el decir y lo dicho se conjugan, se superponen, arman extensos paradigmas de momentos que tienen espaciosas sustancias, hilan discursos donde el agua es fragante transparencia de vida. Digo que es el amor. Y lo es. Hay pasos de estrellas en la hierba. Brillan las huellas en el borde perfecto de la lengua. Hablamos para que crezca el fuego y se alimente en las noches de invierno. Huele la casa a palabras y besos posados junto al plato de comida. Estar con vos es habitar una casa que yo había olvidado, es abrir esas puertas para que el sol penetre y haga de todo una fácil estancia. Los pájaros se posan en mis árboles y me duermo en tus brazos para pasar la oscuridad en el bote de luminoso del corazón que late acompasado y calmo. Es el amor. Lo sé y me entrego a su sencilla trama, a su simple conciencia. Al agua de la lluvia que fertiliza el aire y anda la mañana como si fuera desde siempre. El tiempo es una efímera marca, porque es eternamente nuestro.

lunes, 25 de marzo de 2013

Sencillez

Qué callada está la casa.
Escribo y los pájaros cantan el jardín.
Te fuiste por un rato y volverás para la hora del almuerzo.
Qué callada está la casa.
Ha dejado de llover y hay un sol frágil y gris.
Todo es de una sencillez conmovedora.

24/03/13: De parto

Había estado inquieta toda la noche buscando el sitio. Iba y venía, se lamentaba, rascaba la puerta con su pata y tenía esa mirada traspasada de negrura que una no sabe si es tristeza o una sabiduría que viene de tiempos incontables. La dejamos entrar y dio a luz: ese acto incomprensiblemente hondo que es pasar de la oscuridad cerrada del vientre a la apertura luminosa del día. Y era 24. El día tan triste de la historia empezaba con el misterio del nacer, de la vida que empuja y sale envuelta en una bolsa. Y una, que mira al lado eso que está sucediendo y acaricia la cabeza suave de la paridora, no puede menos que dejar que el cerebro conecte los sucesos y el corazón se conmueva. ¿Está vivo? Inmóvil, la cría reacciona al lengüetazo que la libera, la zarandea, la hace respirar; y repta -ya repta- buscando el alimento. Y entonces una piensa que vivir es buscar el alimento: el que sea, el que se necesita, el que nos fortalece y nos hace más dignos, más enteros, más libres. Y entonces, pequeña paradoja de la fecha, empezar con la luz de la vida: hecha con sangre, líquidos, gemidos; hecha con aire nuevo, con ternura infinita. Después, entonces, nos fuimos a la Plaza; porque hay que festejar que nadie nos venció y seguimos pariendo para que la alegría  se abra paso desde la oscuridad hacia la vida que dura para siempre.

Eventualidades de un futuro indicativo

Habrá que recordar el sonido de la lluvia mientras leo y afuera cae el agua.
Habrá que cantar bajito como cuando los chicos juegan solos y el mundo son pedacitos de colores.
Habrá que pensar que escribo en la cama mientras el verde del jardín es una mojada llamarada y los pájaros cantas con sus plumas mojadas.
Habrá que sentir que la mañana es una hoja para escribir el día, programarlo, recortarlo y armar sobre una mesa los dibujos del aire.
Habrá que oírte andar en tu trabajo mientras yo permanezco todavía debajo de edredones calientes, escuchar tu voz que habla sola mientras yo leo e imagino una vida que sea parecida a esta; pero siempre.

sábado, 23 de marzo de 2013

24 de marzo: 1976/2013

A Julián Schwartz
Escondido, entre mis párpados cerrados, te quedaste ese día de abril, hace ya casi treinta y siete años. Éramos jóvenes, tanto que ahora me da miedo pensarnos a esa edad que no fue ni pudo. Cuando volví a abrir los ojos ya no estabas. Te habían llevado para siempre y yo estaba desnuda en un pueblo perdido donde nadie me hablaba. Yo seguía algo así como viva mientras a vos te rompían el cuerpo a llamaradas. Y pasaron los años. A veces como viento, a veces como lluvia. Y tus ojos azules se llenaron de agua, de espuma, del mar donde caíste mientras mi amor de adolescente se volvía nostalgia. Como en todas las cosas, el tiempo hace, de heridas, cicatrices y la vida se afirma. Si alguna cosa me fuera otorgada, pediría encontrarte en la Plaza mañana y dar un par de vueltas de la mano. Por lo menos, esta vez podríamos despedirnos por primera vez después de tantos años.

viernes, 22 de marzo de 2013

Me lo dijo un pajarito

Un pájaro me lo dijo. Al mediodía bajó haciendo espirales de aire en el cielo y se posó en mi plato. Picoteó la lechuga, bebió agua fresca en mi vaso de vidrio y de un salto se posó en mi hombro. Asomado al borde de mi oreja me confió el secreto que entró como una flecha por mi oído, se deslizó nadando en el río violento de mi sangre y ancló en mi corazón como en una isla. Después, el pájaro dio un par de volteretas y voló hacia el cielo. Y me quedé en la mesa con el secreto sembrado en mi cuerpo, con su espina clavada y los ojos abiertos. En la boca comenzó a crecerme una flor de sonrisa: que huele a madrugada, a estrella y harina enluneciente, a pupilas de lluvia, a manteles de hilo y ventanas nocturnas. Lo supe antes que nadie. Era un día perfecto.

Pacto ficcional

El que crea que toda palabra lleva las vestiduras de la verdad está ciego y sordo. En la exacta distancia entre el verbo y la realidad se agazapa la ficción. Lo real no tiene la obligación de ser interesante, la ficción no posee otra posibilidad y su fragilidad reside en una palabra fuera de lugar. No hay posible confusión. El resto es tan solo una cuestiòn de latitud y longitud.

jueves, 21 de marzo de 2013

De cómo sigo pensando en las razones

El canto de los pájaros injertado como una luz en el amanecer.
La sangre que encuentra su verdad.
El tejido de una belleza natural de las almas.
Los reflejos del lenguaje en el agua que corre.
El bosque de las pasiones donde resplandecen los brillos del amor.
Los órganos internos de la alegría y la complicidad.
La ausencia y la espera cosidas en el ruedo de los días.
Un tilo lento estampado en el cielo.
Las avenidas de piedras por donde se llega al hambre de esperanza.
Y vos, que sos otro tan vos.
Y yo, que soy otra tan yo.
Y eso que gira como un animal espléndido al que, a falta de nombre, le decimos nosotros.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Sandwiches de miga


Esto es un poema de amor
-aunque no parezca.
Hablemos entonces de sandwiches de miga.
Porque qué querrá ser el amor si no un buen sandwich de miga: pan fresco, mayonesa alimonada, tomate rojo y crocante, verde y húmeda lechuga, un queso suave pero sabroso y un jamón de carne rosácea y perfumada.
Y como esto es un poema de amor agreguemos una fuente de cornalitos fritos, unas pizzas recién amasadas y un vaso de vino blanco medio dulzón y frío.
O una copa de sidra.
O un café de mañana con un par de tostadas.
Un poema de amor.
El siguiente lo hacemos de comida.

Dejarse estar

Será que me he vuelto más sabia.
Será que alcanzo a rozar con los dedos lo que la vida tiene de efímero y no lo pienso soltar.
Será que ha sido definitivamente la familiaridad.
Será que soy como lo era en el resguardo de mi cuarto, pero ahora con vos.
Será que la muerte me agregó liviandad y puedo volar.
Será la confianza, la complicidad, el amor.
La cuestión es que cierro los ojos y no encuentro puertas por las que haya deseado huir.
Ni veo ventanas por las que quiera escapar.
Entonces me dejo estar en la inquietud de la extrañeza cotidiana, en el deseo poblado de tu ausencia y querría que fuera ancho el tiempo para que en él cupiera todo el mundo que me llega cuando me mirás.

Gómez

Dicen que los animales se parecen a sus humanos. Dios me perdone --y me disculpe antes los demás- si mi gato aprendió de mí. El tipo se cree el centro de la nebulosa de Andrómeda. Maúlla para conversar todo el tiempo, independientemente de la voluntad de diálogo del interlocutor ocasional. En cuanto una se descuida, sale disparado a la terraza, de ahí a los techos del barrio de donde nadie sabe cuándo regresará. Se pelea de igual a igual con todos los gatos de la cuadra. Lo lastiman, pero los otros quedan peor. No me deja trabajar porque se apoltrona sobre libros y papeles como si fueran suyos. Juega con cuanta cosa se le cruza. Es curioso hasta el cansancio. Pide yogur a maullido pelado. Eso sí, busca mi mano para que lo acaricie. Si dejo de hacerlo, estira su pata hasta mi palma y me lo pide. Y se hace un ovillo en mi cintura para dormir. A veces lo mataría sin la más mínima duda; pero la mayoría de las veces le estampo besos en la frente mientras él me mira con cara de "dame más".




Mi lengua

Sea yo quien sea.
Diga yo lo que diga.
Sienta yo lo que sienta.
Piense yo lo que piense.

Lo que sucede es que a veces me canso de mí misma y desearía ser otra en el borde inusitado de mi lengua.
Una lengua que explota. Que se desborda. Que se pregunta. Que se recorre sintagma por sintagma. Que ordena paradigmas y los brota.
Una lengua en malón. En montonera. En poblada fragancia.
Una lengua que es la de todos y sin embargo la retuerzo hasta que grita y es mía. Solo mía.

De tanto dibujar las palabras llego a mi nudo crucial
y con paciencia de sustantivo que sustenta sustancias -esencias primordiales- lo deshago y lo hago.
Cállenme: a veces me hace falta.

martes, 19 de marzo de 2013

La risa

Cuando él le hablaba y la miraba, ella se reía mucho: con una risa de cristalitos, de colores y tintineos, de boleros nocturnos; con una risa de secretos y burbujas, de campanas de plata y cubiertos que chocan con los platos; con una risa de luces invernales y amarillas, de relatos de chicos, de viajes imaginados a las fuentes donde nacen las aguas, de besos pajaritos en el cuello; una risa que preparaba café y tendía la mesa y se dejaba estar con pereza en sus brazos. Y la risa -junto al amor y la lluvia- es el único antídoto contra todos los males de este mundo.

Cómo hago

Ahora que llovizna y el verano se ha ido,
ahora que los panes huelen aún a levadura,
ahora que hace un frío de sol lavado apenas,
y que brillan los cristales desnudos,
o que sería fácil intentar lo imposible;
decime cómo hago para atravesar la longitud del tiempo
hasta que vuelvas a abrigarme
en la dulzura tibia de tu abrazo.

El curador de pájaros 5: la migración

El verano hizo su curva de calor y se cerró en sí mismo. En el horizonte azul, unas nubes rosadas trajeron su mensaje de frío. Era lunes y soplaba el viento colándose bajo el ala aleve de un leve abanico. El curador miró a la golondrina y pensó que ella podría hacérsela más fácil. No sé, dijo, podrías clavarme el pico en la mano hasta hacerla sangrar, o rasguñarme con tus patas amarillas de alambre. El ave entornó sus ojos dulces y apretó sus párpados para retener el poco de calor que todavía se demoraba entre las lantanas que visitaban a menudo dos colibríes verdes. Agitó las plumas nuevas y pensó que él también podría facilitarle la partida. No sé,  podrías no entibiarme en la palma de tu mano; o prohibirme dormir en el hueco que tu cuello hace en la almohada. El curador dio vueltas empezando un sinfin de cosas que fue dejando mientras ella alistaba su maleta preparándose para la inevitable migración. Son pocos días, dijo él. Y ella pensó que el tiempo es solo una dimensión subjetiva: poco o mucho tiene la exacta medida que el hueco de la ausencia  va abriendo en el centro del pecho,  donde el pájaro sentía latir apresurado su pequeño corazón azul. Él cerró los ojos y soñó con ríos que brotaban repentinos de la tierra, con canoas deslizándose por el agua, con rocas blancas de tanto rozarse; pensó en el nido que quedaría vacío en las horas del frío y en la primavera que debería regresar cuando el ave volviera a reír entre sus manos. Al alba, abrió la puerta y ella voló a través del cielo apenas iluminado rumbo al Norte. Durante todos los días de su viaje, ella pensaba a menudo en él porque sabía que aguardaba la hora de migrar otra vez.

domingo, 17 de marzo de 2013

Presocráticos

Los ojos cambian mientras miran. Y sin embargo penetra idéntica la luz en la pupila. Y se mantiene idéntico el color de la mirada mientras cambia y mira más ajustadamente los bordes y rebordes de las cosas. Hay un perfume de sándalo en el aire que está allí desde siempre y ahora tiene sutiles toques de solvente. Yo sigo aquí, en este sitio. En el medio del alma cae la misma lluvia que me moja hace años. Mis pies sienten la tierra como entonces después de haber tocado infinitos paisajes. Lo mismo y lo cambiante busca el fuego y se afana en el aire. El mundo se arma y des/arma en esas cuatro cosas y se suma la sangre, fuego y agua; el cuerpo, aire y tierra. Y yo que miro igual y diferente. Y el amor "esa hermosa máscara" que "ha cambiado, pero como siempre es la única". 

Escrito con el cuerpo

Una se pregunta.
De pronto
Por qué toda palabra
Nace del horizonte del cuerpo y lo recorre.
Por qué toda oración
Se enreda con cabellos, clavículas y sangres;
Si hay otro punto
Que no sea hueco en medio de los huesos
Si es posible
Saltearse los humores -los líquidos y flujos y reflujos-
Y pasar tan solo a la cabeza
Que acaba siendo seso molido
Y no pensamiento abstracto
Si puede olvidarse del mes del año de la vez que quisimos y que no nos quisieron de la vez que nos hicieron reinas y huimos.
Una se pregunta
Cómo hace para obviar el vello que se escapa
El encaje imposible
El sexo como un grito
La ternura insoldable
La letra que entra con sangre, pero entra.
Y sabe antes que sea conocimiento claro
Que no hay nada que escape a los espasmos
Que no hay sílaba que no sea pulsión de vida y germen de una muerte
Que la garganta aprieta y no cede
Que la palabra ahoga si no tiene sus vocales de carne.
Y escribe
Hasta el agotamiento
Hasta la culminación del placer y la noche
Hasta que dice el decir lo que ha sido dicho y justifica la redención de una memoria que tiene de latido la sustancia.
Escríbete, 

¿O acaso hay otra cosa para darte?

Tatuado

Dibujos.
Sobre la piel.
Agujas entintadas que trazan caminos de colores.
Pájaros.
Mariposas.
Hadas.
Una luna creciente.
El dolor.
La belleza.
El único cuerpo que ahora es único.
Reconociblemente único.
Marcado para siempre.
Delgada espalda dibujada.
En ven en ada
Ven en hada ven
y dejate caer con tus trazos de tinta donde se dobla el cuello y se desmaya dormido.
Huele a palabra
Huele a aguja.
Y sangre.
Y carne que se hincha y responde resistiendo.
Después queda la marca para siempre.
El omóplato es un único mapa.
Una ruta de suaves recorridos.
Dejo caer la mano.
Me duermo en la vuelta de un brazo.
Me dibujo a mí misma.
Me curvo las líneas, las acóncavo y las encovexo.
Me satino los colores de la risa
y vuelvo a dibujarme para caber en el hueco de una palma.
Te regalo el omóplato: es un nido de mariposas azules. 

sábado, 16 de marzo de 2013

Casa tomada

Paradita y el viento ondeándote las piernas.
A ver cómo decís lo que venías pensando con tus zapatos azules y tu falda floreada.
Después se te despeinan las ideas y das contra los murallones del silencio.
Volados,
ruedos,
presillas,
cintas...
Después te desvestís y pasa el viento.
Y te quedas parada,
con la piel encendida
y las medias de seda,
con costura en medio de los muslos.
Y la cintura con un lazo anudado.
Botones.
Ojales.
Y el viento que sacude cabellos y los desparrama feroz sobre la almohada.
El viento recortándote  los bordes de la falda.
Encajes y puntillas.
Contra la espalda te desviste,
bajo los arcos que tensan las líneas de tucarne.
A ver cómo decís lo que moja la hora nocturna
mientras se cuela el viento
con sus ráfagas largas de aire que revuelve,
da vuelta las gasas de tu faldas,
y te encrespa los brazos que nadan en su aliento.
A ver si podés sostenerte sin plegarte como si fueras un trozo de papel en los dedos del viento.
Paradita
y el viento llegando a tus entrañas,
misteriosas entrañas con ojos de panteras,
con boca de felino sedoso y ondulante.
Las largas piernas largas temblando con la risa
y después el suspiro en que el mundo se acaba -como decía Eliot -
y las mujeres, como locas, acarician al David de Miguel Ángel
mientras beben el té en copas de cristal que dan vueltas y vueltas.
Excepto vos,
paradita con tus zapatos azules y tu falda floreada
que el viento desordena
y te empaña los ojos y te empapa la boca y te estira la nuca
para atraparte con sus dedos de viento
con su mano de viento
con sus piernas
para que ya no te escapes
taconeando en azules por la calle perdida donde el farol se hizo de luces alunadas.
Y tiraste la llave por esa alcantarilla con la tapa de plata.
Mirá si alguien entra con la casa tomada.


Otoño alterado

Hay un aire dorado de tarde en principio de otoño. Una luz de fragmentos que zozobran con el sol y lo queman. Escucho unas voces que hablan; mientras yo adapto Homero y los aqueos están siendo vencidos por el capricho de un Aquiles que se niega a acudir a la guerra. Agamenón se revela como un jefe cobarde y todos esperan que se muera Patroclo para quemar a Troya, la de las gruesas murallas. Oscurece un poco más temprano, apenas para que sea más íntimo el momento. Miro las sombras que llegan trepadas a los árboles, agazapadas como panteras por los techos, con zarpas que se toman de todos los tejados y saltan sobre las horas desprevenidas que no comprenden por qué si es verano. ¿Dónde quedaron las aguas de frescura azulada, la luz como una mano calcinada que me toma la nuca, el sudor del abrazo? ¿Cuándo cambié el deseo del hielo por el fuego y la voz que se hace delgada y transparente debajo de las mantas? A veces desearía que marzo durara para siempre.

viernes, 15 de marzo de 2013

Poderes

Súbito poder de la palabra
que deja ver el alma que la llena,
que deja ver las manos que la acunan.
Y ella desviste el rito,
lo amansa con su boca de muralla
hasta que cesan los pájaros milenarios de la furia
y lo que quedan son gotas transparentes
donde transcurre el verbo de las tardes de invierno.
Algunas melodías olvidadas,
el recuerdo de un niño que se ha ido,
unos días de agosto,
la risa pese a todo,
lo que de malogrado tuvo el relato este,
lo que tuvo de luna,
también de barrilete.
Eso que forma el charco donde corren las nubes.
Y el amor que perdura,
cristalino como una madrugada
y oscuro como un domingo perdido

jueves, 14 de marzo de 2013

Zurcido

Alcanzo a quererte en la distancia y la espera;  y es un manantial de fuego que no apaga la lluvia.
Detrás de los cristales encuentro el reflejo de tu mirada y el frío de la mañana se hace habitable y pasajero.
Los libros, la tinta, los colores: todo se inunda de vapor sabatino.
Doy los últimos pespuntes a esta semana para que el hilo zurza el desgarrón y continúe la vida familiar que yo contengo.
En el tablero las piezas viven reacomodándose.
Te extraño y eso me acompaña.

Voyeurismo

Escribir. Ser o no capaz de hacerlo. Escribir lejos del pasatiempo, la catarsis o la revelación. Escribir como si fuera un trabajo. Desde lo subjetivo en pos de una objetivación. Escribir con el cuerpo; pero, además, con el pensamiento. Asumir la necesidad del trabajo y no el vómito primero y repentino. Escribir para otros -lejanos y ajenos. Dar vuelta el lenguaje y no a mí misma de manera directa. Mezclar los signos en el sintagma y quedarme mirando. En síntesis: ser voyeur y no protagonista.

Errores

Sos mi única familia, dijo. Y ella, entonces, lo miró. Porque había estado trajinando en la cocina mientras él hablaba. Lo miró y pensó en su historia -la de ella y la de él juntos, la de cada uno-. Pensó en ese monstruo social denominado familia, en los lugares que cada uno había ocupado y ocupaba, en los que podían elegir dónde pararse y en los que venían con un sitio asignado y cada milímetro de corrimiento les era cobrado con sangre, sudor y lágrimas. Pensó en los que podían invitar a cenar con la liviandad de un evento extraordinario y los que se comían juntos las dificultades cotidianas. Se sintió sola -adultamente sola- como siempre, desamparada en esto de sacar adelante, vacía en esto de recibir atenciones y cuidados de aquellos a los que atendía y cuidaba. Extrañó a su padre, que hacía veinte años que no estaba. Recordó imágenes, pretéritas y pavorosas, de las que supo desprenderse para ser madre y antes de verlas sintió que ella misma se había equivocado. Sos mi única familia, repitió él. Y ella supo que lo mejor que podía hacer era volver a decir lo que venía diciéndole y entonces abrazarlo. Vivir es más complejo que una sola palabra.

Pájaros en la lluvia

Pequeños pájaros.
Y la lluvia.
Azul.
Mojadas las orillas de las alas.
Luego una boca que habla de tiempos incomprensiblemente lentos.
Nada para decir.
Y habla.
Los pájaros que vuelan en las aguas.
Una ventana abierta.
Una puerta cerrada.
Una lluvia que lava.
Yo, ¿dónde vi las gotas, las plumas, las palabras?

miércoles, 13 de marzo de 2013

Marzo, 13

En la huella asediada, el crepúsculo quiso ser luz y tuvo que aguardar. 
Cuando el alba se quitó de encima los frágiles remiendos del pasado, pudo ver en su centro el fulgor. Crió a tientas su vértice de estrella y lo abrió. Los pájaros heridos se sacudieron la humedad de las plumas y volaron en el borde de un frío que empezaba a nacer. Los árboles se deshicieron, repletos de memorias y verdor. Hubo fiebres de instantes repentinos en sus hojas. De lejos una puerta se golpeó.

martes, 12 de marzo de 2013

Finalidad

¿Para alcanzar qué cosa es que escribo?
¿La consecuencia del aire azul?
¿La música que hace y se deshace?
¿El sueño profundo del pensar?
¿El agua que cae por los ojos?
¿El fulgor del corazón en cristalitos?
¿Un vaso de agua limpia?
¿Los dioses antiguos en el sol?
¿Alguna clase de canto natural?
¿Para qué no puedo dejar de escribir?

Destino errado

Triste iba.
Ella.
A su desolado destino de madre huérfana.
Preguntándose en qué se había equivocado.
Deseando saber cuáles eran los pasos y desatar el nudo.
No me hables.
No.
No roces siquiera el centro calloso de esta pena.
Una boca sin palabras ni algodones.
Solo soy la que estuvo, dijo y se marchó.

Otras palabras

Quiero decir palabras generosas, palabras como hilos tendidos en el cielo.
Quiero decir palabras que sean estrellitas y se duerman en tus ojos cuando sueñes.

Quiero decir palabras que tengan perfume de naranjas y color de mañana.
Y que te alcancen suavecito en el cuello y te digan cuánto te quiero.

lunes, 11 de marzo de 2013

Vaivén

El exceso. El borde. Lo derramado. La mácula. El exabrupto que está más allá de lo interrupto. El borrón. El grito. Y luego el silencio. El vacío. La soledad. El dolor.

La extranjera

Mis libros, mis lápices, mi gato, mis prendas ordenadas por color, mis tintas, mis hojas, mis cajas de música, mis tazas. Todo lo que habita mi cuarto, mi baño, mi cocina y a lo que a veces siento abandonar. Eso que me rodea, me identifica y que queda lejano, como si mi alma y mi cuerpo estuvieran, de pronto, en otro lugar. Es como si volviera después de un largo viaje del que no sé si quiero regresar y tuviera que abrir maletas cuyo futuro no me atrevo a vaticinar. Y me pregunto cómo debo hacer para vivir, extranjera en mi casa y deseando estar allá. Hay algo de salto al vacío en este instante en que me muevo hacia lo que llamo mi casa. Y el pecho late como si me negara a llegar. Retardo el momento de la llave en la puerta y sueño para lograr traspasar el umbral. Lo que yo querría: ¿lo sé? Tal vez lo sí: solo si el saber tiene la boca del desear.

sábado, 9 de marzo de 2013

Sueño

Quepo en pocos centímetros y agoto menos peso. Así de pequeñita. A veces  pliego mi espalda, me doblo sobre mi propio vientre liso, arqueo mi cintura y casi desaparezco. He sido hecha a la medida del hueco de tu abrazo y allí atravieso la noche, ovillada en tu espalda, cobijada en tu abrazo. Cada noche que pasa habitás en mi sueño, dormido en mis clavículas, en la curva cóncava que queda en mis crestas ilíacas como si fuera una ruta sinuosa para arribar al mar y a las lejanas islas, en mi cintura que abarcás con tus manos. Cada noche que pasa me duermo con pájaros volando adentro de mis párpados, con golondrinas que vuelven al verano desde otras latitudes, con bordados de seda en mi boca besándote. Y cuando nos movemos, dormidos, a caballo de un sueño, volvemos a buscarnos hasta que nuestros cuerpos se enredan nuevamente; y me enlazan tus brazos y te anudo mis piernas.Y así el este se hace luz lentamente y estamos abrazados emergiendo al mundo que fuimos habitando. Entonces me levanto, hago café, lo traigo, te busco con mi boca. Cobra sentido el día que gestamos a lo largo del sueño.

Acuarelas


Él y yo buscábamos unos moldes en los que yo pudiera hacer un volcán de chocolate y apareció, entre las cosas, una caja de acuarelas. Yo había estado pintando toda la mañana, y, entonces,  me la prestó. No eran unas acuarelas cualquieras: habían sido de su papá. La acuarela es una pintura particular: tiene algo de independiente, de yo voy por donde quiero, de correr pigmentando el agua, de hacer su propio surco. La acuarela y yo, aguas las dos al fin, nos entendemos y respetamos. De todo lo que sea con pincel es donde me siento más feliz. Así que su caja me conmueve, la miro y pienso en las historias y las memorias, en su mirada de acuarela azul, en la tibieza que hace nido en el corazón. Acto seguido me pongo a pintar.

Dédalo

Tu oreja es un laberinto de cristal al que se entra por el lóbulo para perderse y no salir nunca jamás. Pequeñas vueltas de coral marino en el que juego- rozándolas apenas- sin hilo salvador. Me voy perdiendo, decidida y certera, porque en el extravío encuentro caracoles, pececitos, estrellas de color anaranjado y medusas brillantes. Vuelvo al rato, cargada de secretos, de palabras que quedaron olvidadas allí, de perfumes violáceos, de espuma salitrosa, de corazones bordados con filamentos y escamas. Todo de puro amor.

Tuve miedo

Dije algo.
Algo que miro como si fuera un viejo cristal al que mojó la lluvia.
Después se me oxidó la boca.
Las penas diferentes se mezclaron y tuve miedo de morir.
Necesitaba una palabra que meciera mi cuerpo para dormir.
Tuve un miedo que todavía me está haciendo llorar.

viernes, 8 de marzo de 2013

Ida

Raspaduras de viento en los bordes del corazón abierto
y unas vetas luminosas atravesando de lado a lado mis pupilas ardidas.
Olvido dónde he dejado todo,
y los relojes se quedan en el aire de tu risa
y me pierdo quedándome en mi sitio.
Pasan sobre las calles luciérnagas de fuego
y se llenan de huertas las memorias recientes de la lluvia.
Abro el viernes como si fuera un libro nuevo,
le saco punta al lápiz
y te voy dibujando despacito:
tus ojos, madreselvas perfumadas;
tu boca,
tus manos.
Y en cada trazo descubro la distancia que se acorta hasta sentirte cerca mío:
me duermo entre tus brazos
y se hace simple la noche con sus voces de pájaro.
Se encrespan las venas, las arterias, lo que de mí te llama y te requiere.

jueves, 7 de marzo de 2013

La caldera y el violín

Tenía las rodillas rojas de frío. Era sábado. Agosto. El agua escarchada era una película blanca sobre el pasto. Apenas un débil sol que no llegaba a calentar. La cuestión era empezar: abrir la puerta de la caldera, encender la primera llama, cuidar que prendiera, avivarla, echar la leña en forma regular de manera de tener el fuego ardiendo y que no se apagara a lo largo de toda la interminable tarde del sábado.  Después el frío pasaba. La caldera empezaba a entibiar el sótano donde debía permanecer protegiendo el fuego. Sentado en un cajoncito, junto a la pila de revistas que hojeaba en las que cientos de soldados desfilaban en la nieve. Ellos sí, sin caldera, ateridos, expuestos al azote del viento; él, allí, al abrigo, en el vientre templado de la casa toda la tarde hojeando las revistas. A veces se entredormía y soñaba con una niña rubia y con otra morena, o pensaba en sus amigos que jugaban a la pelota en las quintas vecinas durante todo el sábado. No se movía de al lado del fuego, en el sótano. Arriba de su cabeza, con las puertas de la sala cerrada, su padre tocaba el violín. Toda la tarde. No se podía mover ni un párpado sin que él lo notara. Silencio, niños. Y los tres hermanos enmudecían las largas horas en que la sala caliente se llenaba de música. Afuera el jardín era blanco y los vidrios se empañaban mientras el calor de la caldera entibiaba a su padre encerrado y tocando: una, dos, tres, cuatro, cinco horas: sin que lo perturbara ni el débil ruido de una bisagra girando sobre su eje. Silencio, niños. Y la noche iba tiñiendo de rojo el cielo y él, adormilado junto a la caldera, avivando el calor y el violín en el vacío. Después su madre lo llamaba a cenar. El sábado se había ido: las revistas, las niñas rubias y morenas, los amigos en las quintas cercanas. En la cabecera, su padre pelaba sus propias frutas y pedía queso. La casa se iba enfriando como los soldados en la nieve.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Para ser pájaro o de cómo volar

Hay que desnudarse el alma a lengüetazos y enfrentarla a la madrugada con ramos de relámpagos.  El instinto debe mudarse de transparencia para herir el aire y avizorar las nubes como si fueran párpados dormidos. A veces una chispa negra nace en medio de la harina lunar y se produce un salto: en esos casos es necesario danzar con los pies descalzos para siempre y deambular en busca de la lluvia por caminos inéditos. Los laberintos del amor son propicios para la alquimia de las plumas: espasmos cristalinos de colores en el sudor adosado a los poros como otra piel. Y un día, en el hiato sorpresivo de una palabra, se vuela hacia el corazón.  El deseo está libre y se enreda en la nuca bajo la forma traslúcida de un beso. La luz hermana la dimensión del vuelo y crece en alas desmesuradas. Alguien entorna los postigos para que los perros dejen de ladrar.

martes, 5 de marzo de 2013

Un acto de amor

Para que crezcas, yo debo desaparecer.
La presencia no sostiene mejor: a veces solo arruina la jornada.
Si suelto la mano, deberás intentar caminar.
De eso se trata.
Nada más.
Y aunque no lo veas: es el mismo acto de amor.
Quizá te enojes conmigo.
Quizá no quieras verme más.
Pero es lo mejor que yo puedo hacer por vos.

lunes, 4 de marzo de 2013

Procesando datos

Digo que no.
Me niego.
Me angustio.
Me estremezco.
Quiero escaparme.
Piensopiensopiensopienso.
Me pierdo.
No me encuentro.
Me siento vacía, extenuada, olvidada.
Repaso las palabras.
Hasta sacarles brillo.
Y exagero.
Siempre exagero.
Hay que ser moderada.
Piensopiensopiensopienso.
Me canso.
Me descanso.
Digo que no.
Me pregunto qué hago, cómo sigo, qué pasa ahora.
Tengo gusanos, hormigas y tarántulas anidando en la panza.
¿Exagero?
¿Cómo saber lo que siento?
¿Cómo poner razones al alma que se agita?
Tengo miedo.
 Piensopiensopiensopienso.
De mí.
Quiero callarme.
Quiero abrazarmeyconsolarmeysostenerme.
De mí.
Solo de mí.
Lejanía.
Tengo miedo.
Piensopiensopiensopienso.
Que sea miércoles ya.

domingo, 3 de marzo de 2013

Un hombre con el corazón a la altura del horizonte

Solo por dar alguna clase de explicación

Cuando una, por la mañana, se levanta y se mira al espejo, antes de comenzar, ¿qué busca?
Cuando el día continúa y las cosas se enredan, se arman y desarman, ¿qué busca?
Cuando al volver a casa, vamos pensando en los pasados que sacamos a airear y nada nos parece que pudiera suceder, ¿qué busca?
Cuando las cosas se malograron muchas veces y la pena ya nos tomó del cuello para hacernos caer, ¿qué busca?
Cuando la noche es una honda piscina de silencio donde quedamos boqueando sin poder respirar, ¿qué busca?
Entonces una va como una enajenada contando las baldosas, sabiendo que se miente, que hay algo que es  abismo de vértigo y vacío y que ya pasará.
¿Qué busca entonces?
No lo puedo saber.
No puedo recordar qué buscaba entonces porque ese momento pertenece a un ayer que no está.
Las mujeres como yo buscamos hombres que sean como vos: con capacidad de nido, de orilla, de tormenta, que sepan vaciarse y volverse a llenar; hombres con ojos luminosos que tengan un lado de oscuridad, con almas de piedra y de agua, con relatos que muerdan como perros rabiosos a la luna, hombres que nos sepan alzar y cargarnos cuando se les dé la gana, que no se empecinen en sostenernos ni que intenten enseñarnos a andar; hombres que salgan a cazar y no nos digan ni siquiera que se van y que vuelvan hambrientos para abrazarnos mientras cae la nieve detrás de un ventanal.
Las mujeres como yo buscamos hombres que vean a través de la lluvia, que hablen de violines y de fuegos; que nos pregunten por nuestros pasados hasta ahí, que nos toquen y en sus manos regrese el calor del hogar que nunca supimos habitar. 
Y no hay razones que pudieran explicarlo: yo te busco porque tenés el corazón a la altura del horizonte y presto a volar.

sábado, 2 de marzo de 2013

El curador de pájaros 4

Mi cuerpo cabe en el hueco de su abrazo donde él lo deshace centímetro a centímetro para unir sus fragmentos en el vértigo luminoso de su boca. 
Después pasa su mano a contraviento sobre mi vientre liso y lo llena de pájaros que vuelan con sus alas verdosas. 
Me bordea las piernas como si fuera un monstruo sigiloso que volviera a atacarme cuando yo pierdo las defensas y abro las compuertas de mis brazos para que entre el aire que traerá su lluvia. 
Me oprime la cintura donde dibuja arabescos de trazos imposibles hasta cerrar el círculo y ceñirme en busca de mi omóplato que compró en un mercado pagando con historias de viajes por el mundo. 
La voz me sube ronca y desearía ahogarla para que en Singapur no contesten los perros que ladran a la luna y a los barcos que parten. 
Me toma los tobillos hasta anudar mi viaje al perfil de sus dedos y me invade perfecto derribando compuertas e inundando poblado. 
Después anda sobre sus pasos por distintos caminos, intenta recorridos cuyo mapa yo ignoro y abre una senda de delfines azules que nadan en vórtices de oscuras marejadas. 
Y las olas regresan furiosas sobre su propia espuma, violentas contra su propia agua, suaves sobre la suave espalda que brota de sus manos, que se derrama y, en el final,  cae enredada en el hueco del abrazo donde vuelve a crearme para que duerma. 

Noche de sábado

La cocina se encrespa y huele a mar, a sol, a océanos de yodo.
Abrochaduras perfectas en el aire de donde se sostiene la alegría.
En una olla burbujea el arroz y los peces se entregan al sacrificio de la cuchilla y su borde de acero.
Él lee las etiquetas como si fueran mapas de islas extraviadas
y extiende las carnes rosadas del salmón sobre una tabla.
Lo miro hacer mientras escribo a escaso medio metro, inmersa en los perfumes salitrosos de paisajes marinos;
y pienso:
en las siestas soleadas enroscada en su abrazo;
en las palabras que tejen hilos al centro de las almas;
en las noches de vértices despiertos;
en la risa que cae desliz(h)ada y abierta.
Mientras hace sus cosas y yo hago las mías, me habla y cuenta relatos que me habitan como si fueran enramadas tendidas para que yo las cruce hacia la orilla donde estaba esperándome desde que rozó con sus dedos mi mano a través de esa mesa circular y pequeña.
Hay una voz que canta y me encendí de amor.
El filo hiende la nocturna sustancia que nada en un océano de aire.
La luna se deshace detrás de los muros de la tarde que muere roja de sangre y de ciruelas.
Probamos vinagres milagrosos en los conjuros con que acertar al tiempo y herirlo para que sea infinita dentellada sobre la piel del sábado que acaba.
Comenzar otra vez.
Volver a repetir la pócima perfecta.
Abrir los arcanos del fuego.
Reír hasta quedar reducidos a viento.
Y esperar que otra vez nos regalen la lluvia y la tormenta entre las sábanas.





viernes, 1 de marzo de 2013

En el borde

Ella cerró los párpados para pensarlo. En el borde de su memoria volvieron a crecer las enredaderas fragantes como cintas, un cuenco de vidrio donde sumergir el cansancio y salir como nueva. Pensó que iba a llover, que los dioses estaban siendo generosos con tanta agua. Pensó en la  tierra verde y la costura voladora de los pájaros. Vio, en el revés de sus pupilas, noches  de proximidades infinitas y supo que se atragantaría de risas y de perfume a casa. Cuando abrió los ojos, él ya estaba mirándola.

Parménides o la sustancia inmutable del amor

Noctiluciente, en torno a la tierra, errante, ajena luz.
Parménides de Elea, 14

 Escribo en la madrugada, con la sangre llena de fulgores tibios.
El cielo está despojado de luz aún y late empecinado de estrellas.
Apenas pocas horas para que abras la reja y salten tus animales a mi cuerpo.
Habrá que remontar las calles del amor
para abrir el colmenar de los abrazos y hacer carne la impaciencia.
El que no conoce el aroma de las lantanas en las manos mira desde la orilla cómo el aire perfuma una tierra que nunca pisará.
Me oculto en el hueco en que mi cuerpo cabe, en el espacio que me hacés para que yo entre toda y duerma, segura de las huellas que me rodean y de los monstruos que me vislumbran.
Los árboles dan sombran de piedra y los perros muerden el sueño.
El amor ignora lo que decimos acerca de él porque se viste y se desviste con la música del deseo acumulado en la distancia.
Es un raro animal el corazón: sabe mucho de las luces ajenas, de los ambientes nocturnos y luminosos en que nos reímos, de la piel que se goza, de la libertad y las lágrimas.
Se empeña en apartar los dolores en surtidores de risa que caen frescos como manantiales de hierba.
Luego, el cuarto se llena de golondrinas que se posan sobre el alma satisfecha; y en el borde de tus ojos azules un idioma propio me canta canciones de cuna .
Tu mano se apoya en mi brazo, tu boca en mi nuca y me dejo llevar por territorios de mansedumbre y demencia. 
La luz del fuego nos invade el sueño y se hace nuestra.
Mañana me despertaré y haré café. Lo llevaré a la cama y hablaremos hasta el mediodía de cosas pequeñas y trascendentes. Después nos beberemos el agua en las caderas con los dedos sedientos de sustancias marinas mientras la lluvia cae sobre el jardin y lo transforma en una fértil pecera verde. Haremos compras, miraremos películas, leeré, escucharás canciones y cuando pase a tu lado te abrazaré para que el tiempo tenga una chispa clara prendida en su interior.
Nuestras almas conversan con jeroglíficos que solo nosotros podemos comprender.

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