jueves, 28 de febrero de 2013

Papel

Tengo una caja que guarda un tul con una nuez bordada que adentro tiene un pajarito en cuyo pico hay un sobre que guarda un papel de seda verde plegado cien veces en el que, con agua de mar azul y letra prolija y redonda, escribí lo que te extraño.

Te vi

Salí a ver el sol y te vi.
Abrí la puerta, jugué con vos y la luz se hizo vértigo y bondad.
La vida tiene misterios que no intento comprender.

Mariano Levin: 28 de febrero 2010/2013

Mariano:
Tres años son más de mil días. Así que hoy sacaré la silla amarilla para que vengas a charlarme. Tenemos muchas cosas que contarnos. Al final volví a usar los vestidos que estaban colgados y el dolor, como si fuera viento, todo lo arrasó para que el amor creciera de nuevo. Si cierro los ojos, todavía te veo, en esa cama, desde la puerta, muriendo y despidiéndome. Veo el sol como fuego y la tumba entre piedras. Pero si los cierro más fuerte, hasta llegar a mi alma, veo tu risa, las migas para que te visitaran pájaros, los avioncitos de madera pintada, el hombre pantano y los secretos que nos habíamos contado por las noches cuando ponías música y yo me sentaba en tus rodillas. Vení, ahora, acá, en tu silla. Seguro hay cosas que desearías que  te comentara; y yo querría sentir cómo suenan tus huesos de puro transparentes. Sé, Mariano, que después de mis relatos,  me abrazarías y me dirías: "Bien, campeona, lo lograste"; y te irías silbando hacia tu territorio de fantasma feliz donde bebés armagnac con los amigos que se fueron. Sé, también, que brindarías para que yo estuviera contenta. Ahora que el tiempo no te cuenta, podrías deshacerte de todos esos lastres que te ataban y flotar con tu corazón abrochado a la muerte, pero suelto. Desde abajo yo te estaré mirando porque a los muertos se los sigue queriendo a través de los años que nos dure su ausencia.  Y este es otro barrilete, que queda acá anudado, para que lo desates y lo lleves, volando, por el cielo

miércoles, 27 de febrero de 2013

Mariano Levin: Víspera

Te abracé y te temblaba el cuerpo.
Aspiré tu perfume, pero no sabía que era la última vez.
A medianoche volví a verte, pero la blancura de la muerte y el frío ya se habían posado sobre vos.
Afuera era verano y yo había olvidado cómo se hacía para respirar.
Ni tiempo tuve de acomodar -como siempre- tu maleta desordenada, tus papeles caóticos o los libros en los que me dejabas mensajes para después.
El mundo empezaba a adelgazarse hasta la invisibilidad.
Mis ojos eran agua y no podían mirar.
Pero antes temblabas como si presintieras el viento en aquellos álamos de mar.
Y yo te dije esas cosas que digo cuando presiento que algo anda mal.
Recordé mucho tiempo la casa que querías y no te di.
Recordé la escritura de a dos y el cuerpo que te ayudé a agregar.
Supe que la muerte no es solo esto, sino una cierta clase de amputación.
Aprendí a odiar la tuya, a insultarla y a convivir con lo irremediable de tu ausencia infinita.
Finalmente me habitaste como la dulce patria de mi memoria por donde muchas veces suelo pasar.
Allí te reís otra vez y yo sé que ese es el color de tu amor.

Amanecer

En la intemperie las palabras son estrellas, lazos de agua tendidos en el filo del cielo negro, y la luna, un hondo ojo blanco. Sobre el ritmo del corazón, que camina encendido, lo digo en voz alta para que mi conciencia se haga cargo del vacío del día. Te nombro y trazo un puente sostenido por verbos que se llenan de burbujas y lluvias. Mi espalda se hace selva, coronada por el abismo del omóplato que hiciste tuyo; y paseo por el vestíbulo del día hasta la puerta cancel de los abrazos, entornada que está. Los grillos ya se durmieron y el sol abre sus párpados con un chorro de lumínica leche. Tiendo la mesa y aliso con las manos los manteles y la brisa que corre. La lengua habla movida por el amor. Y la vida revive en el viaje que espera en la orilla del tiempo para ser. 

martes, 26 de febrero de 2013

Fotos

El sol último del primer verano.
Las rendijas de paz entre las luces.
La fiesta de la lluvia y la tierra.
La sustancia del alma por un sendero claro.
El verde acitronado de la mata de lantanas.
La música del agua.
Las canciones de fuego.
Un libro como siempre.
El día infinito que termina en la calle.
La blusa blanca.
La fragancia del cielo.
Tus espejos azules.
Las cosas que crecen en silencio.
El marco de la puerta.
La calma.

lunes, 25 de febrero de 2013

Tu boca

En tu boca nieva bajo el sol 
y el alma se despierta en vértigos de luz y de agua. 
Yo me digo que si fueras naranjas dormiría saturada de azahar. 
Y me río en una tarde en que todos los papeles me hablan sin cesar de vos. 
Tu boca tiene el  frescor de las sábanas de aquella cama con baldaquín, crujientes de cristales de almidón. 
Mi alma te besa con su voz ronca 
y es el aire salado de una isla navegando en el medio del mar.

Blusa blanca

Entre su ropa de hombre está mi blusa de algodón y encaje  blancos, con larga fila de botones y ojales. Está sola y ajena en otro territorio, descubriéndose distinta y extrañada. Será tendida al sol y se preguntará por qué la miran; pero la halagará la mirada entre sus pliegues blancos y buscará la intimidad en la oscuridad perdida de un armario.

domingo, 24 de febrero de 2013

El Bósforo

Donde la azul Estambul arde con su asiática luz y Europa huye sobre un toro blanco, te amaré.
Donde quepa, sumergida, tu mano en las aguas y vuelva enredada con perlas que salten a fuerza de cuchillo del interior salado de las ostras, te amaré.
Donde tus dedos recorran mi columna sin sostenerme, te amaré.
Donde el desierto se haga aire y piel sobre mi omóplato de vidrio blanco y tus yemas moldeen las efímeras dunas que cambian con el viento, te amaré.
Donde la noche sea ese mar Negro con peces fosforecidos en el que nada tu voz hacia mí, yo te amaré.
Sin antes.
Sin después.
Excepto esa escápula pequeña en la que mis mariposas se quedaron para beber el agua que les das.
El Bósforo se llenará de embarcaciones con turquesas y fresas y los marinos traerán la noticia de una isla triangular que ha nacido en el mar. Dirán que cuando cae el sol, ladran los perros al oír el amor; y que las sirenas se acercan a escuchar relatos en una lengua incandescente que nadie nunca puede reconocer. Dirán que, sin embargo, sabe a casa, a regreso rendido a sus pies.
El viento arrastrará sus relatos por los mares hasta Cevennes donde mi omóplato en tu mano será bosque y río y piedra otra vez más.
Lo escribirás en tu idioma de océano: que sea tuyo/ que sea así.

Emerger

He llevado tierra de acá para allá intentando que alguna vez fuera fértil. 
He dicho palabras -las mismas una y otra vez-. 
He culminado el bordado deshilándolo para volver a empezar. 
Me ha alcanzado la muerte con su traje de niebla y no la dejé encarnar. 
He perdido y ganado en partes semejantes. 
He visto tormentas hacerse y deshacerse sin llover. 
Ha salido el sol y se ha puesto en días brevísimos como el tiempo que lleva morder un durazno y al día siguiente, al borde de una cama, me he preguntado de qué manera  podía yo seguir. 
Me han regalado felicidad a manos llenas y no quise decir sí. 
He tenido siempre una maleta lista donde poner lo poco que tenía para huir. 
He visto el mar como una lengua pasar sobre mi piel para curar el dolor. 
He creído en las máscaras y las he destrozado a mordiscones en busca de alguna clase de verdad. 
Me han dicho que lo que no te mata, te fortalece;
y he pensado que era una perfecta imbecilidad: lo que no te mata, te deja tuerta o renga o idiota para siempre. 
He tenido el corazón en la mano y la he cerrado para evitar la pena subsiguiente. 
He crecido de pie mirando tras un vidrio lo que los libros tenían para decir. 
Nadie puede ser quien no es. 
Y elegimos con los ojos cerrados, solo para abrirlos alguna que otra vez. 
Cuando los párpados se despegan, a veces perdura la oscuridad; 
y, en otras ocasiones, hay un golpe de luz voraz. 
A mí, la que prolifero en palabras, la desbodada de oraciones que no cesan jamás, dos palabras logran sumergirme y hacerme emerger. 
He visto el mundo a través de tus ojos y un remolino brillante me desviste el alma debajo de la piel.
Los sauces inclinados sobre la orilla se mojan para empezar a florecer.

Tormenta de sábado

Quedaron las escamas en el fondo de la pileta y la corvina desnuda.
La tormenta se armaba en el ángulo izquierdo, lejana e improbable como siempre.
Y se llevaba al verano cosiendo sus pespuntes de calores.
En el aire, el relámpago bordaba el deseo de lluvia
y la tierra esperaba al pie de la frontera.
Después había silencio:
unas matas de hierba que echaban sus raíces,
animales dormidos en el filo azulado de las horas,
las manos que se buscan en la sombra,
y pájaros dormidos en la luna de agua.
Alguien me habla con su voz de canciones
y las melodías me rozan mis huecos de ternura.
Puedo mirar el cielo
como si fuera un plano bordado de sonidos
y me acuna la perfecta dulzura del abrazo.
A veces son los cuerpos que se buscan,
a veces son las almas que se vuelan.

sábado, 23 de febrero de 2013

Debajo de la lluvia

Él me besa debajo de la lluvia.
Y la boca se deshace en el agua.
Me besa y la lluvia me moja la cabeza,
los brazos que bordean su cuello;
y huele a tierra fresca.
Dejo que el agua caiga por mi cuello,
que se enrede en mis piernas
y nade entre mis dedos.
Dejo que el agua se derrame en mi pecho,
haga nido en mi vientre.
Mis orejas se anegan,
mis párpados florecen,
mi corazón navega entre líquenes húmedos.
Él me besa debajo de la lluvia.
Y mi alma late como un pájaro húmedo
e ilumina el silencio con gránulos de brillo.
Y llueve sin fin en la noche profunda. 

Ropas mezcladas

Gira.
En agua.
Azul.
Verde.
Violeta.
Nada.
En agua.
Fría.
Enjabonada.
Suave.
Ropa.
Una cierta clase de intimidad:
En agua.
En moléculas de oxígeno desnudas.
En hidrógeno de sol.
Y el viento de un verano que se escapa
En la trama extendida de algodones
Evaporando el agua
que gira
que nada
que lava.

Pasaporte

Pocas cosas son tan certeras como la muerte. Casi diría, con absoluta seguridad, que es lo único definitivo. Pero sé que me equivoco. El amor -ese frágil vínculo que puede deshacerse tan rápidamente- también lo es. Solo porque su marca -en el cuerpo o en el alma- se queda prendida para siempre. Yo no he tenido demasiadas cosas en la vida y muchas de las que me alumbraban me han sido arrebatadas sin que yo pudiera elegir. La muerte de los que amé no es una medalla para ostentar, no me hace mejor ni peor, es un simple hecho -político o biológico, vaya una a saber.  Nada más. En alguna hoja queda el dolor, eso que aprendí a domesticar. Y eso es mi marca de identidad: lo que aprendí a hacer con la pena, con la soledad, con lo que nunca tiene respuesta, con lo que soy. Lo que figura en mi pasaporte son los datos que me permiten atravesar fronteras y límites. Lo otro: esa forma de recordar al hombre que hace tres años se me murió en apenas seis horas; la primera vez que me pusieron un hijo en el pecho y le di de mamar, las palabras que escribí, los amigos que abrazo, los hermanos que se fueron lejos, los alumnos, el recuerdo luminoso de mi padre, los libros que me hablaron cuando mi madre se calló, el muchacho que me desnudó por primera vez antes de que lo desaparecieran en la noche y la oscuridad, los amores que me dejaron y aquellos a los que abandoné, esa sensación infinita de que el mundo es un sitio donde es bueno estar. Y en las hojas interiores de mi pasaporte, en algún rincón sin sellar, está la muerte que me aguarda y a la que deberé hacer frente porque es certera y definitiva; pero también está el amor, con su único rostro de máscaras cambiantes, con su efímera sustancia, con su definitiva verdad.

viernes, 22 de febrero de 2013

El poeta del rey

La máscara y su espejo.
Su reverso grumoso.
El gesto que no había caído,
oculto como estaba por el rostro tallado.
El vacío silente.
La recurrencia y la risa mordida.
La larga herida roja y repetida.
El sueño iterativo y el sopor desvelado.
El tejido sin beso.
El musgo estrepitoso.
La razón extraviada en vasos de colores.
El decir y lo dicho.
La explicación fatal que corta como hierro y abre la hendidura por donde sale el miedo.
El tocar la agonía y no ceder.
La muerte de la boca.
La pesadilla amarilla y verde.
Todavía.

José Lezama Lima (La Habana/ 1910-1976

MUERTE DE NARCISO

Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo,
envolviendo los labios que pasaban
entre labios y vuelos desligados.
La mano o el labio o el pájaro nevaban.
Era el círculo en nieve que se abría.
Mano era sin sangre la seda que borraba
la perfección que muere de rodillas
y en su celo se esconde y se divierte.

Vertical desde el mármol no miraba
la frente que se abría en loto húmedo.
En chillido sin fin se abría la floresta
al airado redoble en flecha y muerte.
¿No se apresura tal vez su fría mirada
sobre la garza real y el frío tan débil
del poniente, grito que ayuda la fuga
del dormir, llama fría y lengua alfilereada?

Rostro absoluto, firmeza mentida del espejo.
El espejo se olvida del sonido y de la noche
y su puerta al cambiante pontífice entreabre.
Máscara y río, grifo de los sueños.
Frío muerto y cabellera desterrada del aire
que la crea, del aire que le miente son
de vida arrastrada a la nube y a la abierta
boca negada en sangre que se mueve.

Ascendiendo en el pecho solo blanda,
olvidada por un aliento que olvida y desentraña.
Olvidado papel, fresco agujero al corazón
saltante se apresura y la sonrisa al caracol.

La mano que por el aire líneas impulsaba,
seca, sonrisas caminando por la nieve.
Ahora llevaba el oído al caracol, el caracol
enterrando firme oído en la seda del estanque.

Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados,
aguardan la señal de una mustia hoja de oro,
alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes.
Dócil rubí queda suspirando en su fuga ya ascendiendo.
Ya el otoño recorre las islas no cuidadas, guarnecidas
islas y aislada paloma muda entre dos hojas enterradas.
El río en la suma de sus ojos anunciaba
lo que pesa la luna en sus espaldas y el aliento que en halo convertía.

Antorchas como peces, flaco garzón trabaja noche y cielo,
arco y cestillo y sierpes encendidos, carámbano y lebrel.
Pluma morada, no mojada, pez mirándome, sepulcro.
Ecuestres faisanes ya no advierten mano sin eco, pulso desdoblado
los dedos en inmóvil calendario y el hastío en su trono cejijunto.
Lenta se forma ola en la marmórea cavidad que mira
por espaldas que nunca me preguntan, en veneno
que nunca se pervierte y en su escudo ni potros ni faisanes.

Como se derrama la ausencia en la flecha que se aísla
y como la fresa respira hilando su cristal,
así el otoño en que su labio muere, así el granizo
en blando espejo destroza la mirada que le ciñe,
que le miente la pluma por los labios, laberinto y halago
le recorre junto a la fuente que humedece el sueño.
La ausencia, el espejo ya en el cabello que en la playa
extiende y al aislado cabello pregunta y se divierte.

Fronda leve vierte la ascensión que asume.
¿No es la curva corintia traición de confitados mirabeles,
que el espejo reúne o navega, ciego desterrado?
¿Ya se siente temblar el pájaro en mano terrenal?
Ya sólo cae el pájaro, la mano que la cárcel mueve,
los dioses hundidos entre la piedra, el carbunclo y la doncella.
Si la ausencia pregunta con la nieve desmayada,
forma en la pluma, no círculos que la pulpa abandona sumergida.

Triste recorre-curva ceñida en ceniciento airón-
el espacio que manos desalojan, timbre ausente
y avivado azafrán, tiernos redobles sus extremos.
Convocados se agitan los durmientes, fruncen las olas
batiendo en torno de ajedrez dormido, su insepulta tiara.
Su insepulta madera blanda el frío pico del hirviente cisne.
Reluce muelle: falsos diamantes; pluma cambiante: terso atlas.
Verdes chillidos: juegan las olas, blanda muerte el relámpago en sus venas.

Ahogadas cintas mudo el labio las ofrece.
Orientales cestillos cuelan agua de luna.
Los más dormidos son los que más se apresuran,
se entierran, pluma en el grito, silbo enmascarado, entre frentes y garfios.
Estirado mármol como un río que recurva o aprisiona
los labios destrozados, pero los ciegos no oscilan.
Espirales de heroicos tenores caen en el pecho de una paloma
y allí se agitan hasta relucir como flechas en su abrigo de noche.

Una flecha destaca, una espalda se ausenta.
Relámpago es violeta si alfiler en la nieve y terco rostro.
Tierra húmeda ascendiendo hasta el rostro, flecha cerrada.
Polvos de luna y húmeda tierra, el perfil desgajado en la nube que es espejo.
Frescas las valvas de la noche y límite airado de las conchas
en su cárcel sin sed se desbancan los brazos,
no preguntan corales en estrías de abejas y en secretos
confusos despiertan recordando curvos brazos y engaste de la frente.

Desde ayer las preguntas se divierten o se cierran
al impulso de frutos polvorosos o de islas donde acampan
los tesoros que la rabia esparce, adula o reconviene.
Los donceles trabajan en las nueces y el surtidor de frente a su sonido
en la llama fabrica sus raíces y su mansión de gritos soterrados.
Si se aleja, recta abeja, el espejo destroza el río mudo.
Si se hunde, media sirena al fuego, las hilachas que surcan el invierno
tejen blanco cuerpo en preguntas de estatua polvorienta.

Cuerpo del sonido el enjambre que mudos pinos claman,
despertando el oleaje en lisas llamaradas y vuelos sosegados,
guiados por la paloma que sin ojos chilla,
que sin clavel la frente espejo es de ondas, no recuerdos.
Van reuniendo en ojos, hilando en el clavel no siempre ardido
el abismo de nieve alquitarada o gimiendo en el cielo apuntalado.
Los corceles si nieve o si cobre guiados por miradas la súplica
destilan o más firmes recurvan a la mudez primera ya sin cielo.

La nieve que en los sistros no penetra, arguye
en hojas, recta destroza vidrio en el oído,
nidos blancos, en su centro ya encienden tibios los corales,
huidos los donceles en sus ciervos de hastío, en sus bosques rosados.
Convierten si coral y doncel rizo las voces, nieve los caminos
donde el cuerpo sonoro se mece con los pinos, delgado cabecea.
Mas esforzado pino, ya columna de humo tan aguado
que canario en su aguja y surtidor en viento desrizado.

Narciso, Narciso. Las astas del ciervo asesinado
son peces, son llamas, son flautas, son dedos mordisqueados.
Narciso, Narciso. Los cabellos guiando florentinos reptan perfiles,
labios sus rutas, llamas tristes las olas mordiendo sus caderas.
Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de palomas
ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los cisnes.
Garza divaga, concha en la ola, nube en el desgaire,
espuma colgaba de los ojos, gota marmórea y dulce plinto no ofreciendo.

Chillidos frutados en la nieve, el secreto en geranio convertido.
La blancura seda es ascendiendo en labio derramada,
abre un olvido en las islas, espadas y pestañas vienen
a entregar el sueño, a rendir espejo en litoral de tierra y roca impura.
Húmedos labios no en la concha que busca recto hilo,
esclavos del perfil y del velamen secos el aire muerden
al tornasol que cambia su sonido en rubio tornasol de cal salada,
busca en lo rubio espejo de la muerte, concha del sonido.

Si atraviesa el espejo hierven las aguas que agitan el oído.
Si se sienta en su borde o en su frente el centurión pulsa en su costado.
Si declama penetran en la mirada y se fruncen las letras en el sueño.
Ola de aire envuelve secreto albino, piel arponeada,
que coloreado espejo sombra es del recuerdo y minuto del silencio.
Ya traspasa blancura recto sinfín en llamas secas y hojas lloviznadas.
Chorro de abejas increadas muerden la estela, pídenle el costado.
Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin alas.

Pasajera en trance

La última pasajera transitó por la hora de un viernes que se va hacia otro país. Juntó en su maleta papeles donde volver a escribir como los tímidos cuadernos de antaño y apoyó el secante sobre la tinta azul. Cuando le pagó al chofer supo que tenían otro secreto y lo quiso guardar. La calle tenía olor a selva y caminó tranquila. Ya sabía adónde ir.

jueves, 21 de febrero de 2013

A corazón abierto

Tengo el corazón abierto y en su interior crece un pueblo con calles en subida y en bajada adornadas con guirnaldas de faroles y una música que sale de ventanas con cortinas amarillas. Los vecinos se sientan en las veredas y comparten sus relatos mientras el sol cae en el horizonte y se hace de noche. Algunos guardan sus sillas y se ponen sus ropas de domingo para bailar en la plaza del pueblo. Nosotros, por ejemplo. Nos llenamos de enredaderas con sus flores violetas mientras yo siento que tu brazo pasa por mi cintura y me dejo llevar por las calles del pueblo que crece en el interior de mi corazón abierto.

Bonjour, Oliverio

Estimado Oliverio:
No nos conocemos, pero me contaron que anda buscando una mujer que vuele. Mi nombre es Marie Louise y, desde chiquita, me pasa algo así. Usted dirá que se trata de algo bello, pero lo quiero ver siendo el comentario de cuanta persona caminadora anda por ahí. 
El asunto empezó desde temprano. Casi desde el vientre de mi madre. Ya ahí, ella me quiso sacar volando, y así salí. De bebé había que andar buscándome por el cielo raso porque era el mejor lugar que había encontrado para poder dormir en paz. Es que yo tuve un padre que era muy volador: de acá para allá y, a mi madre, eso no le gustaba ni cinco. Cuando vio que, además, yo le había salido bastante alasuelta; se le dio por renegar de su maternidad, lo cual, en vez de volverme más corpórea y atada a la gravedad, me liberó definitivamente. 
 Cada mañana me levanto con el firme propósito de caminar, pero no bien abro un ojo y saco los pies de la cama, descubro que ya estoy a cinco centímetros del suelo y en pleno plan de despegue, muy en contra de mi voluntad. De ahí en más solo se trata volar y, como la madrugada es el momento en que el aire está limpio y bastante despejado, suelo levantarme temprano para andar por ahí sin chocar. 
Desayuno volando, y volando voy a trabajar. Usted podrá pensar que, si una no puede hacer otra cosa que volar, trabajar en un sitio donde todos caminan por pasillos  puede ser un gran problema. Pero, no: es que  trabajo con niños y a ellos lo más sorprendente les suele parecer de lo más natural y como, además, mi trabajo consiste en leer y escribir poemas o cuentos, es de lo más usual que, al cabo de un rato, ellos y yo andemos por ahí, entre las tipas y los jacarandás en vuelo azul de pura felicidad. Aunque no lo crea y piense que fantaseo, tengo muchos que aprendieron ya a nadar por el aire con mucha facilidad. Con otros se hace un poco más difícil; pero, a la corta o a la larga, meses más, meses menos,  una bandada  me sigue por todo lugar. Ni se imagina usted, Oliverio, lo mucho que nos divertimos. Y en eso consiste mi mayor felicidad.
Algún tarado de esos que una puede cruzarse en la vida me decía que yo era un ángel. Qué pavada. Nada que ver. Deberían verme  cuando algo me sale mal, o me pongo triste:  el vuelo se me da en círculos cada vez más concéntricos hasta anudarme sobre mí y flotar. En esos momentos de ángel nada, más bien algo de golondrina errática que no sabe bien cómo seguir.
Al principio esto de volar me enojaba mucho porque yo quería ser una chica normal:  gastar mi dinero en zapatos, ir a bailar en esos lugares llenos de luces de colores y música estridente, tomar un jugo de naranja con el chico que me gustara sin tener que estar sujetándome todo el tiempo con una mano a la silla; pero no pude. Y tuve que aceptar que debía usar mi dinero para comprar otras prendas, y  usar vestidos de colores. Es notable lo que se confunden los pájaros cuando una va de celeste o de blanco.
Creí que si tenía un hijo con el hombre más subterráneo del mundo eso me iba a aplacar, pero no hubo caso: la maternidad me elevó a mayor altura aún. No tuve un hijo gorrión, pero, cuando era pequeño y todavía podía alzarlo en mis brazos, le hice conocer la ciudad desde arriba y nos reímos mucho, cosa que, pruébelo, hace volar a cualquiera. Pero después eso cambió. Yo sé que a él le gustaría tener una madre, cómo decirlo, más parecida a las demás: con un poco de cuerpo, que dijera las cosa que se esperan de una madre y que se sentara a la mesa para cenar; pero, bueno, soy la que le tocó: peso menos que un alfiler, digo incoherencias literarias todo el tiempo y como lo mismo que un pajarito: fruta y semillas para variar.
Tuve muchos amores, usted debe saber cómo es esto: pero solo tres de verdad. Uno cuando yo era muy joven aún (tan solo dieciséis). Creo que él -que sabía volar muy bien- me enseñó qué era eso del viento sobre la desnudez. Pero un día desapareció y no lo vi más. Me contaron que unos cazadores de pájaros lo arrojaron al mar. Así que de vez en cuando, planeo sobre las olas, solo para ver si lo puedo, todavía, rescatar. Otro no volaba, pero casi cuando se ponía a cantar. Y el último me ponía un reguero de miguitas para que yo supiera que, alguna vez, tenía que formar un hogar. No era un hombre pájaro, claro que no si solo tenía cabeza y pies; pero fue el hombre más nido que yo alcancé a conocer. La cuestión es que un día tuvo la mala idea de morirse sin consultar y yo me quedé encerrada en una jaula invisible durante más de mil días sin poder salir. ¡Lo que son las cosas: solo revoletaba en mi propio lugar!
Así que, bueno, esta es la situación. Si a usted le interesa lo que yo le puedo ofrecer, le pido que ponga alguna clase de señal en su jardín. Seguramente, desde arriba, la veré y sabré hacia dónde ir.
Con todo mi afecto y
un beso grande,
Marie Louise

miércoles, 20 de febrero de 2013

Soñar con la tormenta

Llueve.
Y las gotas tejen hilos que atraviesan distancias.
De norte a sur, hilos de agua.
Las palabras haciendo equilibrio con sus pies delicados se deslizan para llegar de mi boca a tu oido y contarte de las horas pasadas y los días futuros,  de bicicletas que duermen bajo el agua, de maderas sutiles, de libros que el deseo ha llenado de luces, de ciervos que se alimentan de manzanas de oro, de rocas, de péndulos, de niños amontonados a la hora de salir.
Y vos, cuando ellas llegan, empapadas con su carga de relatos bajo el brazo, las secás con una "servilleta", les preparás algo para que coman  y las arropás para que duerman entre tus manos mientras yo sueño con días de tormenta en los que tejerás hilos de gotas en mi cintura y en mis piernas.

Conjuro

Si se mezclan el fulgor de las hojas con las agujas que cosen las distancias y los días;
si se ocultan los muros con las fotografías que los cubren;
si se colocan las palabras verdaderas al lado de la sensualidad que las encarna;
si se acuchilla a los sórdidos que beben la lengua de las brujas;
si se aquieta la impaciencia en vista de la víspera;
si se teje un otoño entre dos geografías;
si se rescatan las ramas de fuego que flotan en los mares y se siembran:
todo eso da por resultado un viernes de ceniza y un sábado de gloria.
El domingo volvemos a la alquimia: todo se vuelve oro.








John Waterhouse, Circe

Lectura/Escritura

Barthes dice que leemos para saber que no estamos solos.
Soy una persona solidaria.
Me gusta que la gente tenga oportunidades de ejercitar actos voluntarios, es decir, acciones que no se derivan de ninguna coacción exterior y nacen de su propio deseo, ejercido en libertad y a conciencia.
Lo hago solo porque la misma regla rige para el acto de escritura.
Todo escribir tiene algo de exposición y despellejamiento. Enunciarlo resulta un pleonasmo.
El grado cero es solo una neutralidad aparente. No seamos idiotas, o al menos, fijamos parecer inteligentes de vez en cuando.
El que toma el trompe-l'œil para avergonzarse de su propia  realidad está leyendo en un sentido equivocado.
Más allá o acá de la catarsis, más allá o acá de la objetivación de los estados interiores: el texto es una superficie trabajada a partir del artificio, que nunca es inocencia sino efecto perseguido.
Acá deberíamos empezar a hablar de la interpretación que, en materia literaria, viene a ser como la de los sueños. El narrador se enamoró de Faustine que solo era una proyección de Morel. Hay que empezar a leer de otra manera: si no nos ataca el sufrimiento que, seguramente, ha de tener otras razones que escapan al texto y la escritura. Como Morel, que proyectaba.
Tanto la lectura como la escritura son actos sustitutivos. Lo curioso es que el participio latino de "legere" (leer) es "lectus", vocablo que también denomina al lecho.
El resto corre por cuenta propia.

martes, 19 de febrero de 2013

Escena de dos cuartos cerrados

-Esto recién empieza.-dijo Odiseo y le arrojó la llave a Telémaco que cerró la puerta, mientras los dos descabezaban pretendientes sin piedad.
En el cuarto de al lado, Euriclea le dijo a Penélope:
-Yo te dije, yo te dije.
-Dale, Euriclea, dejate de joder y pasame el hacha que pienso bajar este lecho horrible que estropea la habitación.

Yo soy...

La que siempre se cruza y se descruza.
La obnubilada razón.
La certera corazonada.
La desmesura insólita.
La que resbala y se derrama.
La de las piernas de tero y los vestidos cortos.
La flaca desgarbada que mastica en el fondo.
La de la respuesta pronta y equivocada.
La que tuvo un amor y se lo desaparecieron.
La que guarda palabras como si fueran piedras.
La que estaba en la Plaza y no se iba nunca.
La del amor riente.
La que dobla origami.
La que escribe como si fuera una fatal destinación.
La que bebe el agua que le sirven.
La que escupe y se enoja.
La que piensa a veces después de haberlo dicho.
La que da cuatro vueltas antes de confirmarse.
La que se dobla el ruedo.
La que juega en los charcos.
La que relata cuentos.
La que huye en la noche si está la llave puesta.
La que quema las pavas.
La que  respeta el dolor de los otros.
La que se calla.

lunes, 18 de febrero de 2013

Sin escándalo

Sin raíces ni ramas, intento darme sombra para que el sol no me queme. Al final del desierto devoro unas hierbas y me siento ancestralmente sola. Me miro los pies, las piernas, el vientre, la cintura y el pecho; y querría mordérmelos hasta llegar al centro a dentelladas y extirparme el corazón. Quizá entonces podría seguir mi sendero sin escándalo, lejos de todas las zarzas que me arañan. 
Me canso a veces y me apoyo sobre una roca a ver el mar que se desarma. Como las lágrimas.

Acto

De la cintura baja la hermosura
y aroma tierras que no tienen final.
Lo que se cuenta es agua
y el sudor sujetado en la selva.
Braman los animales mientras cae la lluvia
en una noche que se olvida de sí para extenderse.
Los suspiros se duermen como pájaros sueltos,
lenguajes que persiguen con sus alas.
El ópalo de la mirada hermosea en puntos giratorios la tormenta.
Incesantes las luces.
Y flor apretada por adentro y afuera.
El alma se libera de sí misma
y, desnuda, hace equilibrio entre el cielo y la tierra.
Después, se duerme el viento. 

Nostos

Dijo Penélope:
-Anoche, para dormir, me tomé el brazo. Pero no fue igual.

domingo, 17 de febrero de 2013

The Cloud

No se mueve el aire y los pájaros vuelan sobre el sonido de las cigarras. Todavía es verano y hace calor. La lluvia se hace desear. Tejo hilos con puntadas de verbos. Son piedras de colores abrochados en el borde de la oración. Como loca, una hormiga se desplaza entre las teclas y se debe sentir Teseo en el laberinto de Asterión. La soplo para que pueda salir y me creo Ariadna. Los pasos necesarios que se deben dar. A mi izquierda, está el mundo sin vos; a la derecha, sé que estás, más allá de esta escalera en la que me he sentado a escribir para alcanzar a los verbos que pespunteo con mi hilo de teclas en las que otra hormiga se ha vuelto a perder. Si levanto la vista, veo un pájaro nadando a través del aire dilatado por el calor. Pasa un carro con un caballo y oigo la percusión de sus cascos contra el asfalto desaparecer en la esquina que todavía es de tierra. Hay cuatro columnas de madera y yo elegí esta donde apoyarme para escribir. Ahora él riega y me habla: su voz tiene aroma a tierra mojada y sus verbos crecen desde ahí. Espera que su regada invoque la tormenta y llueva sin piedad. Acá todo está lejos de la ciudad a la que en este atardecer deberé regresar. Es difícil pensar una larga semana de cinco días y un océano de 23 kilómetros más allá. No hay apuro, pero siento el tiempo caer hacia un crepúsculo violeta. Cada hora se cierra sobre sí misma y nos acerca más. Algunos autos rozan la acera y recuerdo que me hablaba de lijas 1200 o algo así. Las chicas de Letras siempre estamos dispuestas a dejarnos maravillar: en los talleres y ferreterías hay un universo de hombres que nos gusta observar. Hay sinfonía de mundos que flotan por ahí como magníficas pompas de jabón de lavar. En un rato tenderemos la mesa y el domingo alcanzará su almuerzo de mantel y girasol. Miro a través de los palos borrachos su gigantesca copa de flores carnosas y unas delicadas flores violetas un poco más acá. Las glicinas se enredan en las rejas y pienso en este texto fragmentario y materialmente inmaterial. Así se siente también.

sábado, 16 de febrero de 2013

Hey Girl!

Cuando se duerme el día y llega un aire fresco, eléctrico y mojado, y estás allí, a solo tres metros de mis manos y me mirás y yo juego a mirarte, no hay otra cosa que sea necesaria: una canción que se repite, la hora nocturna que se acerca y acecha; la burbuja del fuego y nada más. 

Explicación

Nunca comprenderás, Calipso, que lo que Odiseo buscaba no era, justamente, la inmortalidad.

Pulsiones

El cuerpo.
Cada centímetro.
El alma.
Cada latido.
Y haber llegado con un collar de gotas enredado en las piernas.
Con las manos abiertas.
Y los ojos buscando el límite en que se abre la carne y crece el río.
Sin otra proximidad posible porque ya es todo próximo,
íntimo cielo y selva azules, densas;
enredaderas, lianas y animales con sus fauces abiertas mojadas por la lluvia,
un surtidor de ardida agua roja.
En el hilo nublado de la luna, una vuelta de estrellas brotadas de las yemas dejan su jugo,
los tallos se agigantan y entran por tubulares surcos de magnolias perdidas.
Metáfora de un tiempo infinito y efímero,
rocas disueltas en pos de la saliva,
y los párpados bordados en los labios.
El aire se hace exiguo
y los peces lo surcan contracorriendo arriba
Se desatan los nudos  y regresa la línea lisa de la noche a invadirse de risas

Árbol genealógico


El instructivo fue breve:
1) Tomar un hacha que sea capaz de partir por la mitad un hilo de coser.
2) Mirar de frente el árbol y partir en dos las raíces.
3) Observar las ramas: si se llenan de pájaros todo está en su lugar. Si no se llenan, dedicarse a mirar, mientras vuelan,  el rostro de las aves, sus alas o sus patas, seguramente tienen algo secreto que mostrar.
4) En cualquier caso, siempre queda la opción de criar cuervos y  no podrás mirar.

viernes, 15 de febrero de 2013

Pornografía o cómo partir de lo evidente para leer entre líneas

Cuando, mesa  de por medio, casi veinte años después de haberlo negado con lágrimas, alguien te dice, con la cara transformada por el el odio: "Si te hubiera querido abortar, lo podría haber hecho. No sabés todo lo que hice para conseguirlo.", una intenta terminar de beber su té y no darse cuenta de lo que le están diciendo, máxime cuando la frase que sigue es "Porque vos siempre fuiste una hija complicada que no me quisiste desde el mismo momento de nacer." Una revuelve la taza y piensa que ya está viejita, que solo hay que oírla, que no hay que involucrarse, que no vale la pena, que nada va a cambiar y que mejor, mucho mejor, beberse el té. 
Pero las palabras son pornográficas y muestran todo, o casi. Cuanto menos, tienen el poder de quedar rebotando en las neuronas como filamentos de luz que no se apagan. Sus sílabas van y vienen sin cesar. En ciertos momentos del día se alinean y vuelven a decir. Entonces, quién podría hacerse la sorda y seguir revolviendo el té. La taza se ha volcado hace rato y con las mismas orejas he sentido el ruido de la loza al caer.  La pregunta siguiente es por qué. Pero no hay respuesta ni en las cucharitas sobre los platos que subsistieron. La conclusión siguiente es la orfandad: vacío y soledad en mi cuarto de niña: libros, papeles y marcadores de colores. Solo mi padre que, a la distancia, todavía me podia, cobardemente, querer. 
Es cierto, mamá, me podrías haber abortado; pero  no contabas con que yo quería vivir. Huelga decir que para un aborto hacen falta tres: un médico dispuesto, una madre anhelante y un niño que se deje morir. Parece ser que, para esa función, yo di parte de ausente. 
La vejez es como un filtro que se pierde y por eso decís las cosas que decís. Querés que te tenga miedo, pero ya no. Yo también aprendí la lección. De todos mis dolores me he curado sola y a lengüetazos -porque escribir tiene esa función sanadora de la saliva vertida para que cicatrice pronto. Solo me queda ese miedo a querer que no me puedo sacar;  porque el afecto podría lastimar y  en mi cuerpo -exiguo y pequeñito- ya no queda sitio por doler. No era necesario. No lo era, mamá. Si a mí ya me alcanzaba con leer en tus gestos mi abismal soledad, si yo podía darme cuenta en la distancia hacia mi piel que jamás franqueás. No era necesaria tamaña pornografía de la palabra, que siempre termina haciendo de mí alguien que huye por no estar /pornostar. 
Ahora que las piezas están puestas, solo se trata de jugar. Pero no. Yo no pienso jugar esta vez. Me levanto de la mesa que tendiste para otra función y te dejo sola. Como siempre quisiste estar/ o no estar.

jueves, 14 de febrero de 2013

Nubar

Yo  te nubo
entibiada en lo blanco de las manos
y el cielo abre sus alas ennubadas
asolecidamente sobre las marcas de mis piernas.
Turquesaban los cuellos,
apenas a su lado(s),
y el vuelo me entre//tiene.
Me dejo des//astrar
encielabismada en el surco de un pájaro que cruza el cenit enfuegecido.
Ámame que me hace falta.

Lo que crees

Para que yo te escuche
Para que abra los ojos despacio y viendo el mundo
Para que se llenen de aire mis suspiros
Para que haya lluvia o sol o nubes
Para que pueda volar al levantarme
Para que el mundo sea un lugar habitable
Para que el viento traiga las hojas y los pájaros
Para que yo respire
Un toque sobre el hombro
Un empujón pequeño
Y la cornisa se llena de plumas de cielos de fragancias
Planear sobre los  techos y los patios y las memorias.
Hacer de todo un vuelo.
Para que me despiertes.



De cómo él le escribía

De cómo él le escribía, y ella tomaba sus palabras y las plegaba. Y en el plegado, cada letra se hacía barco, o pájaro, o rosa y se escapaba temblando de sus manos. De cómo él, que era experto en rescates, salía a buscarlas para que ella durmiera mientras estaba lejos, porque él andaba rescatando palabras que ya eran mariposas, o ranas, o explicaciones pero nunca  espadas. Ella dormía con un gato de seda que soñaba con palacios de jade que alguno de sus genes recordaba. Y él iba de reja en reja, trepado a algunos árboles porque, a decir verdad, sus palabras a veces eran raras, parecían vestidas con los ropajes de otras geografías. Solo desnudas parecían  lo que decían que eran. Entonces, ella pensaba que no hay nada más bello que palabras desnudas debajo de la lluvia, sobre el césped mojado, despeinadas al viento. Y él, sin querer despertarla, la despertaba, llenándole el regazo de palabras y la espalda de besos. A lo largo del sueño, cuando él ya dormía, a tantos kilómetros de ella, se abrazaban y  hablaban. A través de la noche, como hilos eléctricos tendidos en la nada, verbos y sustantivos cruzaban hondonadas, ríos, bosques de cipreses azules y llegaban para dormirse como si fueran niños en una día feriado. Rescatadas del miedo andaban las palabras.

Piedra (Otra historia de amor)

Tomó la piedra para tirarla sobre la superficie del lago y que rebotara: una, dos, tres, cuatro... Hasta diez sapitos había hecho una tarde nublada frente a ella que lo había mirado arrobada. Diez, ¿entendés? Había sido  una piedra gris aquella, chata y pequeña. Aunque no tanto. El peso exacto porque rebotó diez veces. Y ella dijo, Sos bueno. Y él no supo si lo decía por la piedra o por él mismo; pero poco importaba porque, en ese momento, vio que el sol  le iluminaba los ojos verde oscuro y se le llenaron de brillos amarillos. Casi diez brillos contó él antes de que ella bajara la mirada y jugara con el botón de su zapato con presilla, y se subiera nerviosa las medias blancas hasta la rodilla. Él se sentó a su lado, sobre el resto de las piedras. Y quizá hasta hubiera podido encontrar una que rebotara quince o veinte veces; pero no tuvo ganas. Solo quería estar sentado allí, a su lado, y no atrás, como en la escuela, cuando lo único que podía ver era su trenza dorada partiéndole la espalda. A su lado, cerca de la mano que ella apoyaba entre las piedras. Entonces pensó que nunca le había tocado la mano, que no sabía si era suave, o tibia, o rosada; pero sabía que ella, con esa mano, dibujaba flores en el borde de los cuadernos y las pintaba para que fueran lindas. Entonces, levantó los ojos y la miró; y ella, justo, estaba mirándolo y dijo, Sos bueno. Él se sonrió con algo de tristeza porque hubiera preferido que ella le dijera...y ella entonces apoyó su mano sobre la de él, la que había descuidado a su lado y agregó, suave, tanto que el oleaje parecía tragarse sus palabras, Y me gustás. Él entrecerró sus ojos porque la mano de ella era suave, y tibia, y rosada; y tenía textura de pajarito en una tormenta de verano. Y se quedó así, sintiendo cómo sus dedos lo recorrían como pequeñas hormigas de colores. Y dijo, ¿Vamos a la estafeta de Miss Cathy? Ya tiene frambuesas. Y se puso de pie sin soltarla para caminar por la orilla mientras las piedras se morían de ganas de rebotar sobre el agua.

miércoles, 13 de febrero de 2013

No me importa nada más

Estoy sentada en la escalera: la que tiene apenas dos escalones color terracota. Descalza y desvestida -solo una remera color anaranjada. Cae la noche y pienso. El cielo se llena de estrellas y luces azules, y las chicharras calientan el filo del horizonte que pasó del rojo al negro. No me importa nada más que vos. El resto es pura murmuración de cigarras que se frotan la panza en la soledad de sus ramas estivales. No me importa nada más que lo que yo sé. El pasto se transforma en tierra y quema; mientras el agua  de la lluvia se lleva siempre lo que está de más. No hay nada que deba ser explicado porque yo sé. Lo sé cuando el tiempo se dilata hasta volverse densa luz y envolvernos a la hora de dormir. Lo sé cuando a lo largo de la noche sin despertarnos nos volvemos a abrazar. Y no me importa nada más que vos.

Orfandad

Tiene la mirada marcada por el odio y el olvido; e intenta, denodadamente, destruir los afectos que me sostienen como si su única misión fuera dejarme sola en medio de la aridez. No puede ni tocarme, y, cuando me habla, busca el cuchillo que me herirá mejor. Y yo, como una gacela inexperta, pongo mi cuello al alcance de sus dentelladas y me pregunto que seguirá viendo ella en mí. No ha sido una buena idea que hoy estuviésemos juntas. No era necesario ese vendaval de fuego vomitado sobre mí. A lo mejor tenés razón y es hora de que yo comience a sentir eso de que me acusás desde que nací. Tal vez la orfandad, mamá, sea el estado que yo deba asumir, aunque vos vivas cien siglos más.

Vecinas

Baldean la vereda con dedicación estrepitosa: lampazo y balde hasta que quede radiante. Un espejo, vea. Y después los perros del tipo de mitad de cuadra se la enchastran, y ellas  vuelta a empezar. Como si en vez de trapo fueran sus lenguas las que lustran hasta dejar despellejada a esa que sale cada mañana con el pelo mojado y la cara sin pintar. La ven pasar con su cuerpo medio desnutrido y sus patas largas, como de tero, con esa mochila colgada en la espalda. La tipa se para a mirar el sol de la esquina haciéndose visera con la mano libre y luego sigue sin saludarlas, sin darse por enterada de que hablan de ella sin nombrarla siquiera. Le han puesto un anticuado nombre de fantasía, justo a ella que ha tenido cien formas de ser nombrada - siempre en boca de hombre o de amigas desquiciadas y dadas a escribir en diferentes latitudes. Ella pasa con su vestido de flores;  ellas comentan y se ríen. Si ella lo supiera, les recomendaría algún polvo cicatrizante: para que no sangren por la herida.

Una perra

Nunca me gustaron. Es más, hubo momentos en que los detesté: huelen, rompen, demandan un cariño que no siempre estoy dispuesta a exteriorizar. Sin embargo, ella es algo bastante especial. Tiene esos ojos. Si usted mira con atención parece que se están yendo un poco más allá. Cuando la toco, cuando hundo mis dedos en su pelo tupido y me digo cómo hace para soportar el calor, ella los entrecierra y son rendijas negras, abismos donde el tiempo da la vuelta y vuelve a comenzar. Se lo juro. A veces yo estoy sentada o tirada en la hierba, escribiendo en medio de la oscuridad y ella se acerca a que la toque, a que peine su pelo con mis manos como si fuera un peine. Usted pensaría que la alejo porque, bueno, estoy escribiendo; pero no. No puedo evitarlo: mis dedos en su frente, entre los ojos negros, o mis palmas desde su trompa hasta su cuello. Así, como acaricio a mi gato, la toco a ella. Y vea que esto es decir mucho, casi todo si usted sabe leer en medio de las letras. Ella se queda sentada, y espera más y más y más. Exacatamente igual que Gómez. Porque, ahora que lo pienso, ella es una perra que sabe guardar distancias como si fuera un gato. Al rato se echa a mi costado y me deja escribir. Entonces, ¿qué decía yo? Ah, sí, que nunca me gustaron. Pero ella sí me gusta. Es más, me atrevería a decir que la quiero; y que, en ciertos momentos de la semana,  hasta la extraño de no verla. Pero no lo digo muy fuerte porque Gómez me ronda y usted sabe cómo es: un alma de perro en estuche de gato, que siempre anda a la espera de la exclusividad.

martes, 12 de febrero de 2013

Una chica de Letras (de uso personal)

Hay una chica de Letras en mi cuadra que llora con las películas de amor donde el muchacho muere, se viste con vestidos de colores y come pastillas de menta en cualquier momento y ocasión. Las palabras que le dicen se le quedan colgando de los ojos como si fueran lágrimas cuando debe partir, pero se va; porque ella cree siempre saber lo que se debe hacer. A veces parece confundida y temerosa; y no se le da por creer demasiado en cómo deberían funcionar las cosas. A ella le basta con que el corazón no le quepa en el pecho, con que las oraciones se le pueblen de sentidos insólitos, con que la vida finja parecerse a los libros, con que la acaricien como si fuera de vidrio delicado y le digan que escribe más lindo que todas las demás. Esta chica de Letras tiene relatos guardados y los suele contar sin que se los pidan. Le gusta que la ovillen, que la plieguen o la desplieguen, que le hagan marcas para recordar dónde iban leyéndola, que la besen buscándole las declinaciones que alguna vez supo recitar, que la atraviesen con lenguajes alados y le digan lo que, pese a todo, ella no quiere oír. Cuando detiene su cabeza, el mundo entra en una mágica suspensión y a su alrededor pueden cantar las golondrinas que vienen de Etiopía, florecer los almendros con flores de color miel y hasta un hombre podría colocar en su regazo unas uvas maduras para que ella las coma de a una por vez; pero, a diferencia de aquel personaje de novela, ella las apura solo para vivir. Si ella es tu chica de Letras, podrías considerarte afortunado. Quizá no lo sabías y la estabas buscando. Sería bueno que tengas en cuenta que ella simpre te anduvo buscando por ahí. .

Él

Él une las palabras que yo digo, las da vuelta a la luz, las interpela, las pliega y las despliega, les halla los sitios en los que fallan o se hacen transparentes, les ve el otro lado y les pasa su lengua a contrapelo, me irrita, me subleva porque descubre grietas en lo que pretende ser la explicación de todas las verdades, de todas las cuestiones. Y quedo desarmada, inerme en la intemperie, desnuda bajo la lluvia que me escarcha el cerebro, desvelada y con sueño, agotada y sin léxico que pudiera explicarme, vacía... y entonces él comienza su siguiente tarea: que es comerme la carne a dentelladas para que solo quede mi alma latiendo contra el viento.

Gota

Retenida.
Sujeta.
Atrapada.
Encuentra su salida.
Halla el hueco.
La rendija.
La grieta.
Resbala.
Cae.
Se desliza.
La miro ir.
Su soledad.
Su perfume.
Su densidad.
Su color.
Rueda.
Tensión de superficie la sostiene.
Para que no se estrelle.
Y yo la vea caer en cámara detenida.
Cientos de fotogramas en su pendiente.
Cientos de vueltas dibujando una línea de materia orgánica.
Cientos de trazos de células ardidas.
Quemadas.
Adheridas.
Finalmente se pierde en un dibujo espiralado
Fractal diseño sobre mi piel.
Otra textura.
Ahora mojada.
Donde el dedo levanta lo que queda.
Y lo lleva a los labios.
Que sabe a sal y a peces y a marea.
Lo disuelve en saliva.
Humores cristalinos.
Hasta la risa o las lágrimas. 
 
 

lunes, 11 de febrero de 2013

Lunes de carnaval

Ayer dos colibríes volaron sobre la mata de heliotropos. Después comenzó a llover y, durante un buen rato, olía a amor. Cuando el agua se deshizo del cielo, el amor se mezcló con la tierra y olía mucho mejor. En algún momento de la larga noche nos habremos dormido, acunados por el sonido de la tormenta inundando el jardín. Antes yo había cocinado porque no solo de lluvia viven el hombre y la mujer. Igualmente nos levantamos con los relámpagos en el centro de las pupilas que se quemaban de tanto mirar. A la siesta trajiste pañuelos de papel porque íbamos a ver una de esas de llorar y sucedió que, casualmente, lloré. La vida y su revés, que viene a ser la muerte, es una brutal elección. Algo de cántaro frágil que pudiera romperse; pero sigue empecinada hasta la rajadura final. El amor tiene algo de molino de agua donde se cuecen los mágicos instantes de la verdad, mientras, en la oscuridad que va cayendo en el jardín, los pájaros vuelan de rama en rama conversando con idéntica precisión. Pronto será la noche y la tierra comienza nuevamente a oler. Hay algo de salvaje ternura en el perfume de la selva al anochecer. Y los animales se desmadran debajo de la piel. Lejana, llega la música y los sonidos de la cocina donde preparás de cenar. No solo de atardecer vievn el hombre y la mujer.

domingo, 10 de febrero de 2013

À la recherche du temps perdu

Lo vi a trasluz. Yo entraba al pasillo, y él acababa de salir de la ducha y empezaba a afeitarse. Lo primero que sentí fue el olor de la espuma. Así que me detuve junto a la puerta a mirarlo y recordé a mi padre, junto al lavabo, con su brocha y su jabón, y la máquina de plata con la gilette. En su gesto, seguro y masculino, recordé el de mi padre, exactamente igual. Inclinado apenas, sobre el borde y enjabonándose el rostro. Y luego la cuchilla a contrapelo. La piel suave y la colonia ardiente. Y me quedé allí, mirándolo afeitarse; porque en ese gesto se resumía una memoria que yo tenía guardada en el perfume de la espuma, en el sonido de la máquina contra piel, en el aroma de la lavanda impregnada en la camisa almidonada y limpia. Pensé en los ojos grises de mi padre, y vi los suyos, tan celestes. El mundo se revela en gestos, en momentos efímeros que sintetizan ideas que anidan en algún sitio del cuerpo, perdidos -tal vez- para siempre. Y de pronto, los hombres suelen ser hermosamente parecidos, en su esencia, en eso que desconozco todavía, que pretendo aprehender para que me explique cómo logran comprender la otra parte de la vida: mi padre en su mesa con tornillos guardados en frascos y sus martillos; mi padre pidiéndome que sostuviera las maderas mientras él serruchaba y me hablaba de cosas que no logro recordar, pero me conforman. Quizá la vida sea algo como andar buscando esas palabras que no me dejan ciega y  no me pertenecen porque son de hombres afeitándose o cargando combustible mientras el sol quema el mediodía y huele a nafta en medio de la ruta, con un viento que se lleva los mapas que nos guiaban para que no nos extraviásemos. Quizá ser mujer sea reconciliarse con ese gesto que no logramos dilucidar, pero que nos revela que existe otra forma, otros verbos luminosos que nos abren esas puertas vedadas a lo femenino, otra densidad, percibida mientras ahora cae la lluvia en los jardines inundados al borde de otra noche durmiendo abrazada a su nuca recta y sus manos completas. Quizá sea eso el tiempo que viene y va; y abarca lo que había existido y lo que está por venir. Quizá todavía haya algo de agua para unir los recuerdos que andan desparramados y siempre tienen el mismo punto de fusión: una imagen que trae adheridas las otras anteriores y el deseo de un día posterior.

sábado, 9 de febrero de 2013

De sábado a martes

Están ahí:
limpios, nuevos, brillantes, deseables, con miles de secretos entre sus pliegues, con recuerdos cuajados de sol, con perfumes, con sonidos, con aire, agua, fuego.
Están ahí:
para que yo los mire a trasluz y los sienta venir a impactarme en el cuerpo, a ocuparme, a habitarme; para yo les hable, los acaricie, los bese, los mire con los ojos tan atentos como sea posible; para que los amanse, los deje estar, los sedimente, los beba.
Están ahí:
con vos, conmigo, con el pronóstico de lluvia, con el calor; para que los usemos, los gastemos, los veamos formarse y deshacerse en nuestro abrazo.
Quiero bailarte y ser bailada.
Una y otra vez.

viernes, 8 de febrero de 2013

Mi corazón

Tengo una suave colmena en el corazón.
Después o antes se dora al sol.
Y sus cuerdas salpican con sus gotas de luz. 
En su vuelo se deshoja como una mariposa sutil
y su sangre se vuelve mar y oleaje y surtidor de espuma salobre.
"Si te vieras..."
"Si pudieras verte..."
Mi corazón es un animal suelto en la selva sedosa de tu cadera.
No hay inocencia.
Ni efímero fulgor.
Sino una brillante verdad que es certera como un hacha de fuego:
La ropa queda en la brisa
o doblada en su propio perfume de estremecimiento.
Tengo un amor.
Y te quiero como si hubiera sido canto desde siempre.
La noche está despierta y dura mucho.
Tanto como la luna que se vuelve tormenta
tan solo por desear.

Sueño 2

Era invierno. Dormíamos. De pronto me despertabas y me proponías salir a caminar. Yo miraba el reloj por sobre tu cabeza. Eran las 3:13. Lo recuerdo con precisión. "¿Ahora?", te dije y me senté en el borde de la cama. Me empecé a vestir. Cuando salímos, el barrio estaba todo nevado. Veinticinco centímetros al menos. El manto era blanquísimo, estaba intacto y nuestras huellas iban haciendo como un caminito: uno al lado del otro. En silencio. Tomados de la mano. Como yo me había puesto guantes envolvía la tuya con la mía. Durante una hora atravesamos esa cubierta hundiéndonos en la nieve  en silencio. Por momento era blanca, a veces casi celeste; el aire era una ola oxigenada y helada y hería al respirar. Tomamos una calle y bajamos a la acera blanca. En el medio de la calzada había un árbol: enorme, prehistóriuco. Entonces me dijiste: "¿Subimos? Hay algo que te quiero decir." Convengamos que trepar a un árbol a las tres de la madrugada y en un barrio nevado para decirse algo, es bastante extraño. Pero no lo dudé, me saqué los guantes, el gorro, la bufanda, el abrigo azul y trepé. Cuando te sentaste al lado, en la misma rama y abrazándome, me desperté. Era verano, todavía.

jueves, 7 de febrero de 2013

Fairy tales

Dicen que allá aún nieva. Cosas inútiles de los que hablan sin saber. Y que los perros saltan en las orillas de los ríos ladrándoles a los peces que ven nadar debajo de los hielos. Dicen que algunas mujeres, a la hora de la luna llena, bajan a desnudarse sobre la hierba escarchada y conversan. Algunos hasta relatan las historias que intercambian, las risas que se oyen y el perfume de los cabellos desparramados junto al agua. Se trepan a las rocas, dicen, y trenzan sus palabras bajo un cielo negro de tan azul en el que se han abrochado algunos puntos de luz que ellas llaman estrellas. Hablan de hombres, aventuran: de sus ojos brillantes, de sus nucas rectas, de sus pechos anchos, de sus piernas fuertes. Hablan de la tibieza áspera de sus manos y del aroma a bosque de sus brazos; de sus palabras cautas y  sus gestos medidos; de sus cuerpos de madera y su corazón de niebla. Los perros dan vueltas enloquecidos por alcanzarlas y ellas los rozan con sus labios de agua para calmarlos. Los animales apoyan la cabeza sobre sus largas piernas y se duermen bajo ese helado círculo de plata que pende del cielo. Ellas se recuestan en los árboles fríos , dicen, y conversan hasta que el cielo se abre con una profunda herida roja que el día llegará a cicatrizar. Entonces juntan sus ropas y se cubren para atravesar el bosque hacia sus casas porque en algún sitio han de vivir. Hay quienes dicen que las han visto volar sobre los pinos, pero yo no creo en semejante versión. He pasado medianoches junto a la orilla, me he desnudado sobre la hierba escarchada, he hablado con otras hasta el amanecer: cada una de los hombres que ha conocido alguna vez, hemos dormido a los perros para que dejasen de ladrar y volvimos a casa a la salida del sol. Jamás las hemos visto: solo oímos a los hombres, en las tabernas, hablar de hadas como si fueran niños mientras nosotras nos secamos la escarcha y les damos de comer.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Concederes

Que me desees  límpidos amaneceres.
Que me converses hasta que cambie el día.
Que me huelas.
Que me toques.
Que me des vuelta.
Que me digas que me ves.
Que te rías de mí.
Que vengas al pasto donde leo para que te acaricie a vos también.
Que me escribas y me nombres.
Que me beses.
Que me aprietes y me sirvas café.
Que me hables.
Que me conmuevas.
Que me entusiasmes.
Que me extrañes.
Que me brilles los ojos.
Que seas vos el que.

Sueño

Alrededor de la medianoche me despertó un sueño. Soñé que alguien me buscaba por una serie de cuartos silenciosos. Yo estaba sentada en un sillón con respaldo de madera y asiento de arena que se iba deshaciendo. Deseaba que me hallaran antes de que el sitio donde estaba apoyada quedara deshilachado en el piso y yo cayera con estrépido y sin solución. Entonces -como en los sueños- justo en la deadline me tomaban y me sumergían en un agua que giraba. Era azul, violeta, verde: moléculas de colores y una frescura pura y limpia en la que yo comenzaba a nadar. Era un agua extraña y perfumada en la que, raramente, podía respirar. Veía, ante mis ojos, la ropa que bailaba conmigo y en su superficie de algodón estaban estampadas imágenes que yo conocía: las calles de un barrio silencioso, un pato y un lobo que cantaban, unos maderos ardiendo en una noche fría, un trago dulce de sidra, los panes sobre la mesa de un fin de semana, un hombre de ojos claros que me miraba desde tan cerca y siempre sonreía, el sol entrando por la ventana del oeste a la hora de la siesta, unos animales que se acercaban cuando yo leía, la lluvia eléctrica detrás de una arboleda... En el agua que giraba, en la espuma que mojaba mis intersticios yo me volví a dormir.
Cuando me desperté, acá, en mi cama, estaba limpia y olía a jabón de lavar.

martes, 5 de febrero de 2013

La golondrina le habla al curador

Para usted, solo para usted.

Los libros no leídos.
La música escuchada.
Los besos concedidos, los atrapados, los estampados.
Los abrazos partidos, ceñidos, alejados.
Las mujeres perdidas, olvidadas, halladas, extrañadas.
La comida tendida.
Las palabras fluidas, profundas, dispersadas.
Volar es condición del alma.
Nada tienen que ver las páginas, ni la nostalgia de lo que no se hizo.
Las golondrinas migramos los domingos por la noche con el ala herida: es un vuelo que abre el cielo en dos, de Sur a Norte, sobre las avenidas, las calles, los jardines: desear quedarse donde la vida es calma y la herida se cierra. Nadie nos enseñó a desplegar las alas: en ningún libro decía cómo era que se hacía para que el cuerpo flote y se desplace batido por las plumas.
Sucede.
Yo lo he visto cuidar, reír, jugar, colocar su deseo como si fuera dueño de todas las instancias: las formas de su vuelo.
Canta su alma en cada amanecer que se espera sea límpido mientras la hierba crece, olorosa y verde.
En sus manos de nido, mi cuerpo azul se estremece y baila.
Y si el aire le llega a preguntar adónde quiere llegar, contéstele como el gato de Cheshire a Alicia: Siempre se llega a alguna parte si se "vuela" lo suficiente.

lunes, 4 de febrero de 2013

El curador de pájaros 3

De la pata frágil brotaba sangre. Un hilo rojo. Apenas. El pájaro gritó de dolor y aplicó su lengua para detener su fluir. Él vio la gota e hizo un nido cálido con sus manos sabias de curador. El ave se resistió. Siempre lo hacen cuando se saben atrapadas. Pero, a la vez, aspiró su perfume de hombre y, reclinando el cuello,  aceptó su destino y se entregó. Él lavó, bajo el agua, la pata sangrante y la secó con suaves toques en los que el ave sintió el estremecimiento y la sorpresa en su alma acostumbrada al aire y la tempestad. Luego, él chupó la sangre que se cuajaba y la vendó. Esa tarde, ella durmió en un hueco de su pecho y, al despertar, la herida había cicatrizado y ya podía andar. Cuando el ave se dispuso a partir para alcanzar el Norte, sintió que la herida había mudado de lugar. A lo largo de su intenso vuelo, sus alas se extendían en el dolor punzante del amor. Y el cielo no hacía otra cosa que recordarle la luz de su mirada al verla dormir.

Mundos clásicos: o cómo leer con el cuerpo

Cuando me lo dijiste, yo pensé en esos textos que llevo impregnados bajo la piel.
Pensé en Odiseo recorriendo las islas de piedra en medio del mar.
Pensé en Escila. Y en Caribdis también.
Pensé en Ifigenia llegando a Áulide para el sacrificio que necesitaba un rey.
Pensé en Eneas y Lavinia, la de las trenzas de plata.
Pensé en los dioses y en él, que había sido traído de Tracia para proteger la planta de la vid.
Pensé en el sol sobre la superficie del agua más antigua.
Y pensé que hay libros que una lee y otros que lleva incrustados, esos son los que me revelan quién fui y quién deseo ser: los peplos rosados se descorren en la orilla donde el marino la ama una y otra vez, y ella se deja ir pensando que los dioses la protegerán esta vez del dolor.
Pero confiarse a los hados divinos es un humano error.
Los velos se descorren y la Aurora arrastra el carro donde se quemó Faetón.
Ibant oscuri sola sub nocte per umbram y más allá ardía la luz.
La isla es pequeña y está coronada de olivos y vides. Cuando él llega, su perro lo reconoce y salta junto a él. Quieto, Argos.-exclama, pero el animal no puede dominar su felicidad. Después el hijo, la criada, y la mujer que lo aguarda en el lecho que él mismo talló.
No hay otra forma de leer junto al agua turquesa del Mare Nostrum que no sea así: no son hojas, son manantiales de sangre que se empecinan en pasar una y otra vez.
Dormir a la hora de la siesta y ver caer el sol es estar otra vez en ese exacto lugar en el que los pretendientes fueron acuchillados y todo por la nostalgia de un  amor.

Tarbut: febrero 4

Otra vez la mañana.
Otra vez el café y la ropa lista.
Otra vez la mochila y pensar en el día.
Otra vez.
Otra vez el saludo en la puerta.
Otra vez los jardines.
Otra vez la calabaza en el comedor.
Otra vez la impresora sin hojas y dejá yo voy.
Otra vez la taza roja.
Otra vez la combi 37.
Otra vez Lucas.
Otra vez la oficina de Laura.
Otra vez qué interno es.
Otra vez recordar/olvidar el celular.
Otra vez las reuniones.
Otra vez la lengua, ese oficio maravilloso.
Otra vez los chicos -siempre-.
Otra vez comenzar.

domingo, 3 de febrero de 2013

Café

Ponés el café, echás el agua, revolvés con la cucharita y bajás el émbolo para que separe la borra del café.
Y mientras esperás pensás en los  días que pasaron, en las cosas que dejaste en su casa porque te dijo que era hora, en "Pedro y el lobo", en las tejas, en las fotos de papel, en la curita sobre el corte, en la comida, en las charlas sin fin, en la mesa de la cocina, en los animales, en el enamorarse, en la siesta, en el polvo que flota en la luz de la hora.
Y el café se hace.
Y te desarma tener que partir.

Danza

Era de noche y me tomó en sus brazos para bailar. Sonaba música de siempre y me dejé llevar. Abandoné mi cuerpo - que ya era suyo desde hacía rato - y mientras él tomaba mi cintura, dejé de pensar. Hay cosas que pasan por el cuerpo. Es un impacto, un agujero hondo en medio de la piel, que abre la carne para ver a través esa luz que yo tenía cuando él me hizo bailar.

sábado, 2 de febrero de 2013

Tormenta

Eléctrica.
Fosforescente y azul detrás de trama tejida de las ramas.
A-tormentadas cicatrices de oxígeno ardido.
En llamas.
Superficies de grises.
Pesados y encapotados aires.
Y el agua.
Que lava las horas, los minutos, los instantes.
Los cuelga de su tendal de gotas.
La tierra con su perfume de deseo.
Absorbiendo en lo seco la humedad cristalina.
De rama en rama se mojaban los pájaros.
Y las cigarras, nocturnamente insólitas, cantaban todavía.
Los charcos.
Las mesas que se mojan.
Las sillas.
Los cuerpos.
Los abrazos.
La cena en el acuático fragmento.
Después, decir lo que se dice en idioma de lluvia, de manantial, de vidrios empapados.
Y el deseo se curva.
Se anuda como un nido en la piel y se disfraza de furia o de ternura.
En la mesa.
En las sábanas.
En los momentos de memoria que se narran.
Y el deseo de agua, de viento, de otra vez el sol y otra vez la mañana.
Y los ojos abiertos mientras el agua se mezcla con la tierra.
Evaporada.
Perfecta.
Fértil de toda melodía.
Abro los ojos y aún está la mano que me roza, me abarca, me duerme en su palma para que lata mi corazón al ritmo de la lluvia: tambores y violines.
Dijeron que era hora de levantar los bordes de las cosas: adentro brilla la luz como si fuera noche y es de día. 


Lluvia

Llovía y en el vapor de agua que caía, ellos eran una anémona de fuego.

viernes, 1 de febrero de 2013

Primordial

De todo se sale.
A todo se entra.
Y el corazón es ese músculo que bombea sangre e irriga viento.
Tengo un secreto que no voy a decir.
Y una llave para guardarlo.
Hay aire entre los huesos y se escurre como el agua del estanque donde flotan los veleros.
Yo miro más allá.
Veo el futuro, pero, como Casandra, suelo no creérmelo.
 Pongo café en la taza y lo revuelvo.
El reloj se deshace de horas.
Dice la superficie del tiempo antes de atacarla con sus cuchillos de hielo.
¿Quién era yo?
Ya no puedo recordarlo excepto en la piel que me escribe con tinta un nombre.
Ahora el calor es un perro que ladra con insistencia y nadie le abrirá la puerta.
Paso mi mano por su lomo ardido, pero no se calma.
La tierra llama por una campana de agua, pero su eco se pierde en la enredaderas lejanas.
He comprendido hoy la sutil extrañeza del silencio,
no obstante voy a poblarlo de sílabas brillantes
porque me he tallado el alma a dentelladas.
Sola.
De soledad primordial,
según alcanzo a comprender.

Es un largo camino

A esta hora, es de noche aún. Todavía no han comenzado a cantar los pájaros y la lluvia, como llegó, se fue. Es un largo día para regresar a casa. He tomado la ruta que atraviesa el desierto; pero a mitad de camino he creído morir de sed. El horizonte era una línea amarilla y lo prendí fuego. Me senté a mirarlo arder, mientras cantaba una canción que no puedo ahora recordar. Es un largo día y los hombres se detienen a mirar mi auto pasar. Ahora están hablando justamente de mí. Prefiero no escuchar. He pasado el día debajo de las aspas de un ventilador y embebida en alcohol. Todo para olvidar lo que -ni siquiera así- soy capaz de recordar. Tengo puesto mi vestido de gasa blanca y unos tacos que no me dejan manejar. Resabios de un pasado que se fue. Lo incendié en la gasolinera junto con el desierto y me senté en el auto a verlo arder. Junto a los papeles gastados que nunca escribiré, dejé un teléfono al que nadie podrá volver a llamar Es un día largo para regresar a casa y la ruta está roja de fuego en la oscuridad. La cabeza me estalla como una bomba a punto de destrozar el poco bien que quedaba en el mundo y no haré nada por detener la destrucción. Solo pondré fuego y me sentaré a verlo arder. Quizá hasta se queme mi vestido de gasa blanca y yo con él.
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