jueves, 31 de enero de 2013

Buen día

Él dice "buen día", 
así, 
en singular.  
Y solo sirve para hoy. 
Así mañana me regala otro 
y después otro 
y otro
y los días siguen como si fueran las olas de la mar.

Mirada

Tengo trocitos de cristales de colores que me brillan en los ojos cuando pienso en vos.
Y un cuento de palabras que se mezclan, se deshacen, vuelven a armarse.
Como si fuera una cinta infinita que yo suelto en el viento y va.
Tengo una aguja que borda caracoles y una llave de oro y plata para salir a jugar.
Tengo un plato de loza y una taza pintada.
Y un deseo.
Tengo un deseo que no voy a contar. 

Route des crêtes


Abro los ojos donde el mar es azul y el cielo es una línea apoyada en el agua.
He tenido un sueño en el que yo viajaba por la ruta que une Ciotat y Marsella. Me detenía en esa pasarela de madera junto al mar y entraba en una boulangerie, camino hacia Bandol.  Hasta el sol era turquesa todavía. Iba a mi izquierda el agua en la mañana. Y yo pensaba en el calor de julio y en hablar en francés mientras quería mojarme en ese mar que antes fue la historia. Después pensaba en las piedras y en los olivos que fueron el lecho de algún griego que supo ir a una guerra y en mi sueño yo quería viajar. Cuando me desperté era verano en Buenos Aires, hacía infinito calor y festejábamos con un feriado la primera organización doscientos años después. 
No sé cómo ni cuándo, pero quiero viajar.
Mis sueños me delatan.
Tomá nota.

miércoles, 30 de enero de 2013

Las fotos o la forma de una despedida

Lo hice ayer. No sé de dónde vino, pero fue. Miré mi mesa de trabajo, la repisa que está junto a mi cama, los cajones que hizo mi papá, desbordados de libros, y me pareció que había algo que debía explicarte. Así que fui juntando tus imágenes, me senté en la cama y te hablé. Te conté lo que estaba pasándome: sencillo, como si fueras un niño y pudieras oírme. Ya van a hacer tres años. Estoy segura de que vos me entendiste y de que también, seguro, te alegraste. Entonces busqué una linda cajita, y guardé, con cuidado, las fotos tuyas que tenía en mi cuarto. Ya no dormirás conmigo. Es solo eso. El amor es una casa ancha, y cuando más se ocupa le nacen otros cuartos, más ventanas y, de pronto, quizá sea un palacio. En esa casa estarás siempre. No hay otra forma de decirlo. Hay una habitación soleada que es tuya y solo tuya. Pero la vida sigue y me llevó tres años sentir partir tu muerte de mi alma. Me he dado el tiempo y ahora que lo tengo quiero gastar segundo por segundo como si fuera agua fresca. Te querré eternamente y sé que lo sabés. Pero que estás contento por mí, por que he vuelto a reírme, por que pude llorar traspasada de alas. Quiero que sepas que, algunas tardes, cuando necesitemos contarnos las cosas de mi vida y de tu muerte podemos seguir sentándonos a charlar como el hombre y la mujer que fuimos el uno para el otro.

Tiempo y espacio

Voy a sentarme en el umbral para contar las horas.
Con mi vestido de flores veré pasar los autos, los vecinos, los pájaros, las frutas que lustran en el negocio de enfrente, las calles que se doblan y retuercen, el farmacéutico que mira a las mujeres desde atrás de su reja, el cuidador del garage que conversa con otro sobre política o fútbol, la ballena rosada perseguida por un oso violento,  los chicos en bicicletas azules, los perros con correa y los que andan sueltos, las madres con carritos.
Veré pasar las horas, como un volcán de minutos sudados.
Veré pasar el día de hoy y el feriado.
Entraré a la cocina, cocinaré, haré levar el pan que es como sucede el tiempo.
Dormiré, despertaré, diré que es un calor imposible y sabré que no es cierto, porque la temperatura y su bofetada estarán allí, entre mis dedos.
Saldré, regresaré cargada de tomates, de berenjenas, de ajíes, de ciruelas.
Comeré algunas cosas, beberé en algún vaso de vidrio color fucsia.
Y le diré a mi cuerpo que ya llega la lluvia, que caerá el viernes, en otra geografía, por supuesto. Que mojará mis piernas, mi vientre, mi cintura; que anegará mi espalda, mi nuca, mis cabellos; que pintará de perfume mis brazos, mis párpados, mis labios.
Y le diré a mi alma que el espacio y el tiempo son intuiciones puras. Solamente.
Y ya cae la lluvia y empapa mi vestido de flores.
Y estoy de pie sobre una tierra verde.
Mojada, perfumada, y enredada en tu abrazo.

martes, 29 de enero de 2013

El curador de pájaros 2

Él tiene manos para tratar con pájaros. 
Delicadas y fuertes.
Busca un ave:
La alza, la sostiene, la gira, la coloca, la sujeta.
La acaricia, le abre las plumas encerradas, la alimenta, le provoca el canto, la suelta al vuelo.
Descubre especies ignotas y las bautiza con nombres de ensueño, de luces y de brillos.
A la luz de la luna conversa con pequeñas golondrinas, las oye hablar desde sus cielos y, como es un sabedor de lenguaje de pájaros, conversa de islas remotas, de antiguos territorios, de canciones dormidas, de páginas escritas, de ternuras recónditas, de uvas y de olivas.
Dicen que las golondrinas de pecho rojo -comúnmente llamadas de Etiopía- cuando lo oyen brillan Lucidas Lucidas como si fueran fuego y lo buscan para enredarse en su abrazo y dormirse, como si fuera un nido.

Sus palabras

Entra la hora matinal como una ráfaga y vuelvo a sus palabras: el reverbero de su frescura silábica en mi espalda. 
Vuelvo a la luz que brota de sus letras -al esfuerzo que dice tener al construirlas como si fueran casas sostenidas en el acantilado abismal de una frase- y la ventana se enciende de una luz amarilla, vívida, sutilísima, que derrama los pájaros de cada amenecer sobre mi cama.
El tiempo es relativo. Hubo siglos vacíos que duraron lo que una burbuja y días -algunos pocos días- que son conglomerado donde se superponen las risas, el agua, la tierra que huele a madrugada, el cielo imposible de azul y siestas que embriagan para siempre.
Sus palabras atraviesan mis vidrios, se posan en mis hombros y me cantan con su voz masculina para que yo vuelva a dormirme y lo sueñe: como si hubiera sido desde hace muchos siglos.

Danza de la lluvia (Para el viernes)

Desde acá te convoco
Que caigas estrepitosa y mansa en la ciudad dormida.
Que mojes cada hueco caliente y salga vapor oxigenado.
Que se hagan agua alcantarillas, parques, corredores viales, rampas, esquinas.
Que la gente se quede guarecida en sus casas mientras del cielo caen baldes, sapos, culebras, rayos, centellas.
Que no alcance un paraguas ni dos ni tres ni tan siquiera cuatro.
Que haya chaparrón, tormenta, tempestad, aguacero.
Que las bocas de tormenta floten en agua de sí mismas y sean surtidores por donde broten peces, algas marinas, medusas y tortugas.
Que las calles se vuelvan largos ríos de orilla a orilla y todos se lancen a hacer sus propios anchos o largos mientras los colectivos van y vienen en su función de oleaje.
Que llueva.
Pero que llueva mucho.
Que no deje de llover ni un segundo.
Nosotros miraremos detrás de los cristales cómo el verde revive
mientras la luz se va, desaparece, se deshace
y vuelan gotas de agua en nuestros brazos.

lunes, 28 de enero de 2013

Las perlas de Eritrea

Purpúreas rosas sobre Galatea
la Alba entre lirios cándidos deshoja:
duda el Amor cuál más su color sea,
o púrpura nevada, o nieve roja.
De su frente la perla es,eritrea,
émula vana. El ciego dios se enoja
y, condenando su esplendor, la deja
pender el oro al nácar de su oreja.
Luis de Góngora, Fábula de Polifemo y Galatea






Suave perfume a sombra, a luz velada en el postigo de la siesta, a brazo que se cierne en mi cadera, a boca que se pega en mi sonrisa. Y el tiempo sin su gota de lluvia prometida. Después o antes (no puedo recordarlo) el corazón abriéndose entregado y la perla -pequeña gota de Eritrea- resbalando en mi corazón, sediento de hermosura. Eso es el amor: un instante perfecto en que el cuerpo se hace corazón y olvida el pensamiento que desgarra. Él tiene manos de hombre que acarician dando forma y la perla es blandísima sustancia bajo su lengua clara.

Miss Etiopía: la historia de otro viaje

Él contó una a una sus costillas y construyó puentes para poder pasarlas en la tarde mientras el sol caía, naranja y enorme sobre el horizonte desnudo de sus piernas. Se aventuró en la concavidad profunda de su vientre abriendo un sendero en la arena amarilla. Dibujó una "route des crêtes" para cruzar de la ilíaca izquierda a la derecha y ver el mar desde la altura. Dio una pequeña vuelta por sus apófisis sobresalidas como si fueran piedras en medio de algún río. La luz se desgajaba en el cántaro hueco de sus cláviculas y allí bebió sediento. Ella, con el alma expandida, entreabrió sus piernas y él construyó ciudades, parajes milagrosos, reinos que cabían en la palma apretada de una mano, aldeas derramadas de las yemas de los dedos, pueblos sostenidos apenas por los hilos de sus gemidos. Cayó la noche en los jardines colgantes de Babilonia y el cielo era un esmalte azul tachonado de estrellas encendidas. Cuando ella se durmió supo que empezaba a ser otra, construida de todas las que había -hasta ese día- sido. El mundo era una brisa nocturna que volvía.

sábado, 26 de enero de 2013

Sábado

Sábado en una cajita.
Sábado con algodones color celestes.
Sábado con vasos de cristal que hacen tin tin
Sábado nuevo, enrollado aún.
Sábado en una cajita.
Y yo tengo una pequeña llave de cristal.

viernes, 25 de enero de 2013

La otra versión del sapo antílope

Y si el sapo, en vez de antílope, fuera una gota verde que salta mojándote las manos, esas mismas que empaparán mi espalda cuando sea la noche.
¿Quién sabe?
Tal vez sea una estrella fugaz en medio de la noche, fosforescente, ardida, perfumada de pasto, encendida en palabras.
Tal vez una gacela que desea llegar al río del encuentro para croar en su orilla las luces que la llaman.
Lo único seguro es que el sapo salta sobre las horas y se las traga: una por una hasta que ya no quede nada. Salta veloz porque sabe que se abrirá una puerta por donde crezcan el aire, el agua, la tierra...
Y esta vez, el fuego.
El fuego, esta vez.

Mi nombre

Hace muchos años, yo conocí un hombre que me había dado cientos de nombres. Después, en un abrir y cerrar de ojos, los perdí. Y me quedé sin ser porque no podía nombrarme. Anduve por la vida un par de años buscando alguna boca que me dijera cómo debía llamarme, pero eran bocas ajenas que no podía decir con su bárbara lengua la denominación que me aguardaba. Siempre creí que el nombre confiere identidad, nos hace ver quien somos, nos marca un sendero por el que elegimos andar. Vamos por la vida haciéndonos con él, recortándole partes que nos fastidian, llenándolo de significados -los que ya trae/los que le agregamos-. Pero no hablo de eso: hablo del nombre de una mujer en la boca de un hombre: ese que es un  recorrido, una mirada que desea, una asunción de intimidad. Nadie sobre la tierra, excepto él, nos llama así y en ese sucesión de vocablos, a veces caprichosa, hay un afecto que se llama a sí mismo, que se dice en presencia. Yo tengo un nombre: nuevito, estrenado, perfecto. Trae algo de canto, algo de vuelo que nunca se detiene, algo de bocanada de aire y lanzamiento profundo, algo de mar. Pero, por sobre todas las cosas, es mío. Solo mío. Ni él supone el regalo que me ha hecho para que yo vuelva a ser: no la que era, sino alguien mucho mejor.

jueves, 24 de enero de 2013

Quién

En voz baja para que solo vos lo escuches, para que mis palabras suban sobre tu cuello y busquen tus orejas y se duerman allí, diciéndotelo; en voz tan baja que creas que no son ellas sino vos quien se lo dice y ya no podamos saber de quién es esa voz o las palabras o el cuello o las orejas o hasta la misma boca cuando habla.

Desvelo

Des-velarse
Correr el velo.
El sueño.
Sus plurales.
Amanecerlo en vela.
Des-nudo y a-nudado.
Entre-tenido y en-lazado.
Tan antes que hasta los pájaros tienen sus párpados velados .
No hay luz.
El sol está en el otro lado del mundo.
Des-en-caja(rse) y la almohada caída.
Un libro, una taza y 233,14 pasos que andan sobre el agua.
Lejos de pura lejanía.
Y cerca a fuerza de tiempo sucedido.
El deseo se cría, se alimenta, se des-madra para adquirir su fantástica forma azul ola de espuma afrodítica y honda.
El deseo del deseable perfume de las islas cercanas, fragmentos de tierras recurrentes donde vagan marinos en el mar de la historia.
Bajo mis párpados des-hilachados sueños y monstruos subterráneos con des-comun-ales cuerpos que pisan pesadillas: sueños oscuros que circunvalan la curva de mis piernas.
Dormir ahora, sola, 233,14 km de des-boca-(h)ada distancia.
No ser la que volaba para huir de el encierro en ese laberinto.
Inter-ferir lo onírico del cuento con una cata-plasma debajo de la sangre que mana, herida y taciturna.
Des-velada.
Sin sueños y soñante.
Sin ojos y vidente
Sin dedos y en-febre-cida de tacto en mes entrante.
Gotea una canilla el gemido del aire.
Ya se han desvelado los pájaros.
Y hablan.
Ellos también.
Fin de la historia: hoy/Buenos Aires.

miércoles, 23 de enero de 2013

26

Que llueva torrentoso en la tierra caliente.
Que las gotas se estrellen con furia corriendo en su perfume a verano.
Que me abraces como si fuera un siglo  con entintada sangre.
Que me hables, me digas, me calles.
Que me desvistas, me duermas, me despiertes.
Que me tengas apenas en el hueco de tu mano y me pasees por tu boca hasta que crezca el aire.
Que no se haga la luz y esté todo a oscuras excepto nuestras manos -pequeña gruta clara para alumbrar las sábanas.
Que yo esté en tus ojos,
te recorra en la línea de otra medianoche
y le cante a la luna de todas las memorias.
Después estiraré mi brazo y alcanzaré tus labios y todos sus relatos.
El día se hará otro con su puente de sueño.
Me dormiré, perdida y encontrada, desanclada de todo, olvidada del aire y el lenguaje que tengo.
Cuando vos te despiertes con tu lengua en mi nuca, habremos atravesado el umbral del umbrío territorio del sueño.
Y reíremos porque estará la lluvia, primera y con sus luces, en otro amanecer que solo será límpido.
Y nuestro.

martes, 22 de enero de 2013

Verano

Ella venía de un abismo que era un  helado acantilado cayendo en el dolor. Nada podía tocar su piel más honda;  porque la guardaba bajo las llaves que detienen el tiempo y los candados que se oxidan bajo la lluvia.
Cuando él le habló, cuando dejó aquellos silencio colados como incomprensibles interrogantes, ella sintió que había un territorio de su historia que deseaba el verano y lo buscó. Estaba allí, olvidado bajo capas heladas, tiritando de miedo. Y ella se dijo por qué no. No se trataba solo del deseo: era algo más que ella se había empecinado en apartar. Él atravesó la selva que ella siempre oponía y empezó a alcanzarla deshaciendo los verbos espadas con que ella construía pasadizos y túneles para huir. Finalmente, una noche logró tomarla por la espalda y la hizo dormir. Cuando ella despertó, ya era enero y hacía calor en el verde horizonte del jardín. Y entonces se rió. Otra vez se rió, y su risa le supo fresca, le supo clara, le supo nueva. Él se entredormía a su lado, adentro de su cuerpo. Y era verano en toda la superficie del amor.

Poderes

Él tiene el poder de encrespar mis aguas para nadar entre mí y ver.

Sufijación

En su boca las palabras se demoran sin saber qué camino elegir pero, cuando las deja ir, están frescas y nuevas, como si ese titubeo lingüístico, esa duda entre el ropaje de un idioma u otro las hubiera dejado desnudas para  cargarse de otra significación. Los fonemas se deshacen encadenados en un sentido inédito que los hace estallar y me rodean para morder mi atenta percepción con aromadas ideas que intuyo como si fueran besos húmedos sobre mi piel. Primero leves, luego en un hilo que engarza joyas pronunciadas en tiempos inmemoriales, es decir, ayer. Y cuando los sufijos se le anudan y lo deseable (esa condición inherente del otro que solo existe en función de un yo deseador) se superpone a lo deseado (eso que existe como ejercicio del yo deseante sobre el tú que lo provocó); cuando los adjetivos intercambian y mutan en el juego verbal el sentido bidireccional de la seducción, yo solo quiero que me siga hablando hasta acabar.

Circunstancias

En alguna novela que leí hace miles de años, cuando yo era otra, y cuyo nombre se me escurre en la filigrama de la memoria, un personaje decía que el amor era la celebración de que las circunstancias de tiempo y de lugar de los amantes hubieran coincidido en ese exacto momento y ese preciso lugar. He olvidado el autor y el título, pero las palabras perduran intactas como si las tuviera frente a mí.

lunes, 21 de enero de 2013

Potencia y acto

Las manos.
Los dedos.
Las yemas.
Las huellas.
Los poros.
La textura infinita.
La espesa densidad de la espera.
Las presillas.
Los ojales.
La ropa que se fue.
Los bordes agudos suavísimos y romos.
El perfume táctilmente adherido.
La humedad salobre dulce.
El sudor diminuto.
Las voces susurradas
La risa extensa.
El cansancio del músculo después.
La tibieza del sueño que llegó.
Las manos.
Los dedos.
Todo otra vez.

Hic et nunc

Estoy de pie. La cabina de madera mide 1 m2. Pero si cierro los ojos, estoy en su boca y sus palabras bordan un jardín solo para mí.

Violeta y Julieta en la playa de las maravillas

Se bajó con su valijita que es el trono rojo de la Reina de Corazones, un vestido negro de muñeca con broderie y unas zapatillas de bailarina que tenían un número menos que su pie. Así que, como ya era la hora en que la carroza se transforma en zapallo, las cambio por unas ojotas color azul. Yo la esperaba en mi estilo "Ni loca me visto para la ocasión", pero tuve tiempo de pensar que mis zapatillas naranjas eran complementarias de sus ojotas y me puse feliz. Tomamos un colectivo que nos llevó al mar y caminamos dos kilómetros bajo la luna arrastrando su trono como si fuésemos Alicia y su hermana mayor. Era muy tarde cuando nos fuimos a dormir. En dos días dimos varias veces la vuelta al mundo caminando dejando a Verne mordiendo el polvo de la humillación. Hablamos de libros, de más libros, de la pasión gramatical, de familias y de hombres. Y la canasta de relatos no se gastó ni por la mitad. Ayer volvimos a arrastrar a la Reina Roja y nos abrazamos hasta más ver. Yo volví a mi conversación con las moscas y a extrañar que Violeta se ocupara de mí.

La golondrina

Se lanza sobre el vacío como si fuera un abismo de aire que la espera. El viento sopla fuerte desde el lado del mar y ella lo remonta batiendo desesperada las alas para subir. Las ráfagas atraviesan y separan sus plumas azul ultramarino y, mientras lucha contra la corriente, piensa que no hay sensación superior: el sol sobre su cuerpo, el viento diferenciado cada pluma: azul pftálico, cromo, francia, cobalto; la sal entrando como una molécula perfumada en su pico entreabierto, la arena copiando la sombra de su vuelo. Más tarde supera la brisa desatada y se deja sostener por el oleaje del aire hacia el celeste cielo estival, sabedora en la vida -la única que le han dado- de que no hay nada superior a haber nacido golondrina de mar.

viernes, 18 de enero de 2013

Un sapo antílope

Un sapo antílope es un relámpago verde que cruza la penumbra del jardín mientras los otros sapos se alegran porque ya tienen maratonista para los J.J.O.O. 2016.

Entre líneas

Yo no leo, dijo.
Pero se reveló como un gran "leedor" entre líneas de lo que digo.
Así que, yomedije, debería dejar buenos silencios para que él pudiese nadar entre mí.

En colores

Yo dije blanco
y él me quitó sonido por sonido;
hasta dejarme, tiritando y desnuda,
en medio del rojo que yo había.

Escribir

Colocar palabra junto a palabra,
palabra sobre palabra,
amontonadas,
ordenadas,
encaminadas hacia algún objetivo,
como una flecha lanzada,
una espada flamígera,
la punta ensangrentada por abrirse en la carne,
enredarse en la sábana,
meterse entre los huesos,
los pliegues,
los gemidos,
estallar como lava,
quemar,
acabarse recíprocamente,
reír,
agradecer la tinta infatigable,
el solaz de las horas,
la página colmada,
la caricia en la lengua,
lo que se dice ahora y antes y mañana:
puro infinito como el deseo,
esa sed que no cesa.

jueves, 17 de enero de 2013

Hilos

Palabras.
Fueron palabras.
Bordadas como relámpagos.
E imágenes que apenas se dejaban estar.
Después apareció el tacto, el perfume en la noche y la tibieza de las aguas atravesando el sueño que se duerme de a dos.
Un café, y el sol en la ventana del este, al amanecee.
Luego hubo viajes, barcos cruzando los mares en el estío vacacional, arena blanca, tortugas y golondrinas.
Y otra vez la palabra, ese hilo incesante que borda, que dibuja, que une, que recuerda.
La palabra, esa batiente ala que dice más de lo que habla su sonido de fuego, de agua, de tierra, de aire.
La palabra que me cerca en la noche de la distancia, se introduce en mis sábanas, se anuda en mi cadera, se derrama en mi cuello, y, más tarde, se duerme apretada a mi espalda.
La palabra en lanzadera sobre la tela de lo que vendrá y en la oscuridad profunda de la lluvia.
La palabra que está cómoda en el húmedo tejido de este sueño.

miércoles, 16 de enero de 2013

Teléfono

En la casi noche suena el teléfono y es su voz. Quiere oírme y el mundo se ordena hacia la luz. Fatal luz que se empecina, que se distrae, que vuelve en su relato de máquinas de escribir.
Solo su voz.
Atravesando la lluvia que ya fue.

Papá

Te escribo porque no conozco otra forma de evocarte; porque hay algunos días en que me gustaría que estuvieses sentado conmigo como aquel día en el Sur, frente al lago, y me explicaras otra vez aquello que me decías a los 20.  Te miraría tus grandes ojos grises buscándote el corazón en las pupilas, papá. Y lloraría... lo sabés. Y me dirías que ni vale la pena, que juntemos leña porque a la noche viene el frío, que me prepararás tu sopa de cebollas y que vamos andando. Eso, papá, dame la mano y vamos andando.

Anochecer

A esta hora se vacía la arena y el mar me habla solo a mí.
Y a los peces que se han quedado haciendo el amor a la luz de la luna.

El hombre del oficio secreto

El verano tiene siempre algo para ofrecer: cielos azulísimos, soles de cuento, helados de frambuesa, arenas blancas. A mí me ofreció un hombre. Bueno, a decir verdad no es así; pero como se trata de  función poética (Jackobson dixit) era la frase adecuada. A fuerza de honestidad, debo decir que conocí un hombre cuyo oficio secreto me dio que sentir, lo cual es sumamente más importante que si me hubiera dado a pensar. Pero empecemos por el principio que, si no, el relato se entorpece y para eso conmigo alcanza y sobra.
Resulta que yo iba por ahí, por donde siempre suelo ir, distraída, como tantas veces, de mirar a uno y otro lado y de hablar hasta cuando me quedo callada. Entonces entre un mirar y un decir lo vi. Debo ser sincera y convenir en que él me había mirado primero, pero fui yo la que le sostuvo la mirada. Cuando hablamos -él, en principio, poco; yo, casi sin respirar- me lo contó. ¿Cómo qué cosa? Lo de su oficio secreto. Él es curador de pájaros. Claro que no es algo que ocultar porque se verían en peligro los altos intereses de la Nación. Por supuesto que no, es secreto a la manera de no ir por la vida dándole la mano a la gente y diciéndole: "Buenos días, soy Fulanito y me dedico a sanar pájaros." Para esa cortesía, este hombre tiene otra ocupación. Como yo que escribo y enseño, pero, en secreto, soy...  Pero eso es motivo de otro cuento y ahora no lo voy a revelar.
Entonces, el hombre me contó dos historias de pájaros heridos que él había salvado de la muerte. ¿Lo repito, no? Dos historias de pájaros heridos que él había salvado de la muerte: uno por estrellarse contra lo que no debía y otro por caer de un nido en un alero junto a un lejano mar invernal. Y mientras él hablaba, yo, que tengo la imaginación suelta y medio desfachatada, vi entre sus dedos el pequeño pichón tornasolado que le pedía auxilio con un piar apenado; vi cómo sus yemas acariciaban ese otro pájaro de  plumaje azul marino y me puse a pensar que un hombre que rescata pájaros que van a morir y los socorre para devolverlos al cielo y al sol es una cosa seria que ninguna mujer debería dejar pasar. Claro que esto solo lo pensé: hablo mucho, pero a veces solo para mí.
Después él me dijo que las palomas duermen siempre en el mismo lugar, que los gorriones jamás se esforzarían volando contra el viento y que hay pájaros que no tocan el suelo porque se lanzan desde el vacío de un acantilado para alcanzar altura.
No sé nada de pájaros, excepto que me han dicho que como menos que ellos o que parezco uno mojado o que en cualquier momento me echo a volar.
Él me dijo -ese día en que el verano me lo ofreció- que yo era una golondrina.
Hay que tener cuidado con lo que se me dice: ya lo dije, tengo la imaginación suelta y desfachatada y las palabras me suelen atrapar.

martes, 15 de enero de 2013

Me gustaría

Fui sirena, niña nuez, princesa olvidadiza, dueña de casas de papel de varios pisos.
Fui bailarina de zapatilla y de pie descalzo, bordadora de cortes sempiabiertos, cocinera de sopas para noches de tormenta.
Fui acunadora, dibujante de sueños, componedora de pasados, pantera en una selva.
Fui izadora de lunas, abridora de puertas, atajadora de rayos y relámpagos, lectora de cuentos infinitos.
Fui restauradora de ruinas personales, embaldosadora de caminos al futuro, mezcladora de colores al paso, pintora de paredes y de muros.
Fui escribidora de un libro de las horas y una fallada conjuradora de la muerte.
Fui madre tejedora de abrigo, sabedora de ungüentos, sopladora de heridas.
Alguna vez me gustaría ser un hada: bailar desnuda a la orilla del agua y que me moje la luz como si fuera perlas.
Alguna vez me gustaría caber en la caracola de un abrazo y dormir hasta que llegue el día, sin pensar en lo que fui y en lo que debo ser.
Eso me gustaría.

¿Por qué?

Porque me pone en la palma de su mano, sopla y está convencido de que yo podré volar.
Y lo más sorprendente es que, cuando él sopla, yo vuelo.

Silvana: mi agenda 2013

No sé cómo conocí a Silvana. Creo que fue un artículo en una revista, luego un blog y, finalmente, Facebook. Sé que a mediados de 2011 fui a su casa -donde estaba entonces su taller- y, ese día, en el 107, perdí un saquito gris que me había regalado Mariano Levin. Cuando nos vimos, ella me preguntó qué fechas de cumpleaños quería para mi agenda y yo me negué. Nos quisimos de entrada. ¿Cómo no querer a alguien que tiene armarios llenos de telas de colores, papeles ilustrados doble faz, y miles de cintas colgadas por todas partes? Es como entrar en un país de las Maravillas y saber que, esta vez, no es ningún sueño.
Silvana me hizo la agenda 2012 que yo elegí: verde agua y violeta y con el poema "Los justos" de Borges en la portada. Cuando miro atrás, el año que se fue, creo que fue manso y frío, y que hubo muchas personas que salvaron mi mundo con su mano justa y cariñosa.
El último septiembre fui a su ahora taller. Le hice un apfelstrudrel porque había sido su cumpleaños y elegí la agenda 2013 que ella me dará cuando yo regrese a Buenos Aires. Este año es de un naranja vivo y con una tela de colores fuertes llena de estrellas y flores. El papel interior es el más hermoso del universo y parece hecho para mí. Sé que ella lo llenará de detalles que pensará solo para que yo encuentre  y que le agradeceré cuando los vaya descubriendo. Este año volví a elegir a Borges: su texto sobre la enciclopedia china que puso Michel Foucault al comienzo de Les paroles et les choses. Espero que el año sea así: lleno de cosas impredescibles, incalificables y bellas, tan solo reunidas por un acto de palabra. Y yo espero ser ese animal que elija el Emperador.

Despertares

Ha salido el sol. Leo y tomo café en la cama. Sigo en piyama. Hay un benteveo que llama, cantos de pájaros que desconozco. La luz es amarilla y estival. Es como si trajera el calor en gotas de agua. Atrás se oye el ruido del mar que no está a más de media cuadra del borde de mi cama. En unos minutos me desvestiré, me daré una ducha y me pondré la ropa para el mar. Caminaré los diez kilómetros que hago cada mañana y sentiré que nada es más bello que el aire salado, el sol multiplicado en el agua y la inmensidad de la arena blanca y desierta. Mientras camine, pensaré en algunas personas en las que me gusta pensar. Miraré los perros zambullirse en la espuma y observaré las dificultades de las golondrinas al intentar volar contra las corrientes de aire. Sentiré esa satisfacción puramente corporal que otros llaman salud y para mí es la revelación de que la alegría tiene que ver con una cabeza feliz en su cuerpo y al revés. Pero ya la tierra ha girado; porque la luz del sol se escapa de mis sábanas. Es hora de empezar. Buenos días.

Pasos

Tengo un largo camino para llegar a tu boca:
solo puedo andarlo con mis labios apenas apoyados en tu piel.

Insomnio

Me despierto cercada por palabras que te buscan.
Primero es un murmullo incomprensible que se mete en mis párpados.
Se amontonan, arañan  mis pupilas, clavan vocablos en el centro del iris y se asoman a ver.
Después, en la cabeza, las palabras se despegan y te llaman.
No han aprendido aún a atravesar la distancia y no comprenden por qué no contestás.
Así que, despiertas por despiertas, se ponen a conversan.
A veces, dulces o insoportables, gritan desde la orilla de la memoria.
Yo, mientras tanto, ya sé que no me dormiré.
Les converso poco. Solo por no aumentar con palabras el sentirme extranjera de tu abrazo en este mar azul.

lunes, 14 de enero de 2013

Noctilunia

La luna y su estela de pasos en el cielo.
Como harina brillante.
Desparramada.
Fosforescente.
Mojada del rumor de la espuma.
Extraño tu perfume.
Como si en alguna vuelta de los días te me hubieras quedado adherido a los brazos.
Las palabras me susurran retazos de cielo que te han visto.
Yo cierro los ojos y te imagino en la penumbra azul de algún jardín perdido hablándome en un idioma que solo yo conozco.
Y mi espalda te llama para que vengas a dormirla con tu boca.

Newton/Este año aprendo a volar

Unas mariposas negras y amarillas vuelan a veinte centímetros de la arena. Otras, más grandes y rojas, lo hacen a la altura de mi cabeza. Al alba caminé diez kilómetros, crucé unos caballos que iban hacia la ciudad. Cuando volví sobre mis pasos había unos perros negros en el agua. Después saqué mi manta color chicle bazooka y hace dos horas que leo al sol. El cielo está benévolo y tapizado de deshilachados jirones blancos. Si giro la cabeza, apoyada en la arena, el mar parece tan lejos que da temor. Sin embargo está ahí nomás. A media cuadra hay un hombre que hace una hora y media que está inmóvil. El resto de la exigua población va, viene, camina. Pienso, con asombro,  en la gravedad que impide que el agua se caiga del planeta al girar o que la gente vuele en vez de caminar. De no existir andaríamos por el cielo con una soga que nos retuviera en algún lugar. Todo sería liviano y una se cruzaría con los otros mientras vuela por ahí. No habría fronteras porque quién podría establecer mojones en el aire, ni cuadras y dormiríamos colgados de una cuerda dejándonos flotar. Ahora el señor se mueve y va al agua. Tiene un pantalón amarillo y una larga barba. Pienso que, en la casa, está la lechuga más bella del planeta y me entristece saber que la voy  a deshojar. Un perro dorado juega con unos pájaros que parecen reírse de él: se posan cerca y cuando ya casi los alcanza remontan vuelo mientras el perro hociquea la arena. Pienso en todo lo que todavía hay para ver.  El hombre ha salido del agua y está de pie. Si no hubiera gravedad estaría volando y tal vez la pasaría mejor. Será cuestión de intentarlo. Junto mis cosas y regreso caminando. Pero este año, posta, aprendo a volar.

Mi hermano Mariano

Las veces -pocas veces- que me es dado rozar el alma de mi hermano con apenas la yema de los dedos siento que es amarilla y suave y casi dolorida. La vida no ha sido generosa con él,pero lo acepta con una mansedumbre tormentosa. Yo quisiera para él una casita de madera muy tibia para que viva con todos los que quiere, que la música lo llene de colores, que su mujer lo ampare en sus tristezas, que sus hijos crezcan como les sea mejor y posible. Yo quisiera abrazarlo, pero eso no siempre es posible. Aprendí a aceptar los modos que tiene su cariño. No suelo darme cuenta de que, a su manera, él me quiere. Y yo a la mía (exagerada forma mía) lo llevo conmigo adonde vaya. Que eso es el amor y no otra cosa: hacer del otro nuestra casa.

Las chicas de Letras 3

Cuando un hombre conoce a una chica de Letras hay ciertas cuestiones que debería tener muy en cuenta:
1) Ellas viven los hechos varias veces: cuando les toca, cuando los escriben, cuando leen lo que han escrito; de lo que siempre resulta que perciben lo que a otras pasa desapercibido.
2) Ellas están siempre alerta a la sintaxis, así que pueden hacer una historia si usás una construcción impersonal en vez de una primera personal pues vislumbran desinterés o abandono en el enunciado.
3) Ellas sufren de una adicción severa. No pueden dejar de tejer referencias intertextuales. Para todo hay una lectura, un personaje, un autor que ya dijo. A veces son insoportables y parecen soberbias. Solo hace falta recordarles -con suavidad y palabras delicadas- que el 99,7% restante del planeta no estudió Letras y se callan. A veces -pocas- las ataca un inusual sentido de lo real en medio de la ficción en la que viven.
4) A cualquier otra cosa, prefieren que les digas que escriben bello. Pero también que son lindas (recordá que pasan mucho tiempo entre bibliotecas y papeles). De ser posible ambas cosas.
5) Deberás estar dispuesto a que ella haga texto de lo que le contás y contarle mucho. Una chica de Letras está bien atendida con una dosis diaria de relatos.
6) Cuando hace el amor, ella acude con todas las palabras que la habitan; así que serás feliz por mucho tiempo. Si cumpliste con su provisión de relatos, me atrevería a decir que por siempre, aunque que ya se sabe que este adverbio es solo eterno mientras dura.
7) Si tuviste la fortuna de toparte con una chica de Letras que, además, se mueve entre los libros y los niños, tendrás infinitas posibilidades de conocer un mundo casi perfecto. Te visitará una mujer que nunca ha renunciado a sus ojos de niña, que ve hadas donde otras, mariposas, que comprende el lenguaje de amapolas y anémonas, que amasa pan como si fuera el primer alimento del mundo o bebe agua de la canilla creyendo que está en temporada de deshielo.
8) Una chica de Letras tiene libros por todos los rincones. Te dormirás y ella estará leyendo; despertarás y hace rato que tiene el libro ante sus ojos. Deberás aceptar que son parte de ella, como su cuello, sus manos... Es de vital importancia que así lo entiendas.
9) No deberías preocuparte cuando se calla, si está sentada a tu lado, pero ausente; si finge oírte, pero sus ojos la delatan. Ya regresará del territorio de su memoria.
10) Te propondrá que leas esto y aquello y lo otro. Solo escuchala. En algún lugar ella guarda un resquicio de cordura y acepta que hay otros que no leen.
Ahora bien, harías bien en desoír todas estas cuestiones: ya entenderás que las chicas de Letras hacen literatura todo el tiempo.

domingo, 13 de enero de 2013

El peletero de Avignon

Puso su mano sobre la piel extendida en la madera y sostenida por clavos. Un olor animal le golpeó la nariz infantil y pensó en la muerte que nada puede significar cuando se tienen cuatro o cinco años. Monsieur Le Renard corría por un bosque y brillaba como una lentejuela colorada bajo el sol que se filtraba entre los abetos cargados de nieve. La pequeña mano sobre la piel clavada podía sentir el estremecimiento de la huida en el largor del pelo que se erizaba. Robert, el peletero, trajinaba un poco más atrás y en el fondo, la ciudad de los papas y el medio puente sobre el Ródano se dejaba estar en la mañana de sol. Él solo apoyaba la mano en la piel y el olor del zorro, aterido de miedo, paseaba por sus yemas y se agolpaba en sus pupilas azules. ¿Qué está bien? ¿Qué está mal? Le hubiera gustado preguntárselo a Notre-Dame-Des-Dômes, alta y dorada, pero quizá ella tampoco se lo hubiera podido decir. Era dulce la suavidad de esa piel y lo hacía sentir feliz. Y sin embargo, estaba también el miedo de esa lentejuela, huyendo zigzagueante entre los troncos nevados. Podía oír el silbido de las balas amplificado en el silencio de la foresta vacía y el estampido del fuego inicial. ¿Habría de ser siempre así? ¿Un ala de sombra y una de luz? ¿Un dejo de dulzura atrapado en el lengüetazo de la angustia? Intuyó la belleza del momento final: la bala plateada horadando el hueso, la marcha entorpecida, vacilante y la lentejuela apagada en un charco de sangre contra la nieve helada.
-Vamos a pasear.-dijo Robert.
Y no alcanzó a ver cómo la mano infantil se secaba las lágrimas en el borde de la pupila azul.

El amor de los peces

¿Cómo se amarán los peces con tanta agua merodeándoles los ojos?
¿Cómo verá el pez a la peza con su pupila líquida y sentirá que el latido le acelera las branquias?
¿Aumentarán sus pulsaciones de salobre marino hasta hacerles perder la conciencia y soñarán tornasoladas escamas a la luz de la luna?
¿Se hablarán entre burbujas para decirse buenos días y harán la plancha para que el agua con su oleaje de espuma los lleve lejos donde no haya medusas que los hagan de piedra?
¿Se tocarán con sus aletas de gasa y enredarán sus cuerpos peciformes en el vaivén de las algas azules?
¿Se dormirán, después de haberse amado, hasta que el sol les entibie las aguas y comerán juntos sus comidas de peces mientras se cuentan viajes por los anchos océanos del tiempo?
¿A qué jugarán entre las caracolas o enredados en los húmedos cetáceos de la tarde?
¿Oirán cómo cantan las sirenas cuando en las rocas se peinan sus verdes cabelleras?
¿Cómo harán el amor : salvajes, mojados, irisados, fosforescentes, deseantes de ese amor marino y, luego, se dejarán llevar por la corriente marina de la vida?

Maxikiosco

-Buenas.
-¿Qué anda necesitando, doña?
-Un poco amplia la cosa, ¿no?
-Según cómo se mire.
-Y...sí. Según cómo, quién, para qué se mire.
-Ah, le gusta complicar el asunto.
-En mi otra vida soy lectora también. Pero de medidores de Metrogas. Todo por no avanzar de esquina a esquina en línea recta. ¿No le incomoda que le dé charla? Es que con este asunto de la pulpoespalda ando un poco aburrida.
-Se la ve medio enrojecida.
-Yo diría vuelta entera. Pero debería haber amansado al octópodo con una estadía en el freezer. Dicen que es santo remedio. Pero ahora que caminé estos 2 kilómetros, ¿qué llevo?
-Un alfajor.
-No. La masa no me gusta. Solo los de maicena y cuando tienen dulce de leche desbordado y nada de coco.
-Complicada la sujeta.
-No le digo que soy lectora.
-¿Maníes?
-Tampoco.
-¿Caramelos?
-Menos.
-¿Un helado?
-¿De frambuesa?
-Se lo debo. ¿Una cerveza bien fría?
-Detesto la cerveza.
-A usted nada le gusta
-No crea: hay cuatro o cinco cosas por las que muero. ¿Tendrá una sidra?
-¿Sidra?
-Sí. Helada. Con mucho gusto a manzana. Y servida en tazón arcilloso.
-Ya lo veo bien: es lectora.
-Yo le avisé. Y no sabe todas las taras adicionales que tengo.
-Cuente, cuente.
-No sé si debo.
-En confianza, doña.
-Cierta obsesión con el trabajo, un deber ser del tamaño de Asia y Oceanía, una fobia social que me atormenta...
-Nada que no se pase con un vaso de sidra.
-Tiene razón. ¿Me vende una?
-Mejor cierro el maxikiosco, nos sentamos abajo de aquella Santa Rita y la tomamos charlando.
-Pero yo pago mi parte.
-Uff...otra demente del "nomegustaquemepaguenloquebebo". Relájese, doña, esta queda a mi cargo. Si le gusta, usted paga la segunda.

De bello galico (La guerra de las Galias)

Galia est omnia divisa in partes tres*:
Extrañarte.
Irritarme.
Y preguntarme qué hago con las ganas de tus manos, de tu boca, de tu voz.

*"Toda la Galia se divide en tres partes", Julio César, La guerra de las Galias

sábado, 12 de enero de 2013

Fantasmas

Ahora.
Sobre el cuaderno.
Con tinta negra.
Me resisto a mi propio designio, a lo que digo que soy, a la sucesión incontenible.
El tiempo me atormenta y me moja con su mochila de rayos.
Lo que me repito sin sentido, sin esperanza ya de ser oída.
Lo que hay que soltar para que el alma llegue a su centro y cante.
Me impongo recorridos como si fuera una tercera persona impersonal mientras esta primera escribe en su cuaderno de hojas blancas con tinta negra, indeleble, rasgándose la piel como si aullara.
¿Y después?
Solo el vacío del desierto que los pies hollaron sobre vidrios dormidos.
Hoy sopla un viento extraño desde el agua.
Llena los vasos solitarios y la sombra.
El horizonte se llena de lunas ensangrentadas y de felinos enroscados en territorios que son ajenas praderas de luces serpenteantes.
Yo repaso las cosas que me digo y no revelan más verdades secretas.
Tengo la nuca abotargada de silencio.
Será otra noche de lidiar con fantasmas.
La última, pues hoy me he decidido a asesinarlos.
Ya me harta caminar por su alfombra de palabras.
Y aunque me quede desnuda bajo la lluvia, será una feliz oportunidad para aprender.
Se cierra el cerco del pasado sobre sus cuellos vaporosos.
Ellos lo saben también.
Y se disponen a atacar.

Una siesta

Es ovillo de espuma,
un nido de pájaros,
una hoja plegada,
una memoria que no tengo y deseo.
Si me dijeras el color que tienen tus siestas de verano, con mis lápices te las dibujaría para que alguna fuera mía.

El vestido

Lo saqué de la maleta y lo toqué. Suave. Como a las cosas que guardan tus recuerdos. Me pensé hace tres años, caminando por la playa con él. En todos estos años nunca volví a ponérmelo. No porque no me gustara. Guarda la memoria tuya: hay un sol que no está, una brisa que se ha ido, nombres que  ya no poseo. El amor usa muchos vestidos. Este es el tuyo. Me voy ahora al agua, así volvés a reírte en la orilla con mi boca. Tu muerte es una dulce herida que no duele. A veces, como ahora, me asalta y me entristece. Pero bebo mi taza de té de hada y puedo volar sobre las lágrimas. No sientas pena por mí. He aprendido muchas cosas. Y el agua siempre brilla. Habrá nuevos vestidos y otras playas. Y aunque vuelva a sentir la piel estremecida, habrá días en que me asalte la nostalgia y quiera, como Odiseo, el regreso impensable. El amor tiene infinitos rostros. Solo se trata de abrir bien la mirada. Yo voy con las pupilas cantando por la vida.

Mañana 2

La mañana es esa bruma del sol sobre el mar.

Leo

¿Qué hacés ahí solita?

Leo.
Ahí solita.
Yo leo.
Hace décadas que estoy ahí, o allá, o acá.
Hace décadas que estoy solita, o acompañada, o con pocos, o con muchos.
Y yo leo.
Bajo el sol, la lluvia, el viento.
Con anteojos, con sombrero.
En aviones, trenes, barcos, autos, colectivos.
En vestido, con bikini, con pullover.
Con zapatillas, sandalias, borceguíes.
En silencio, a los gritos, declamando.
Para mí, para otro, para muchos.
Sentada, acostada, caminando.
Yo leo.
Entre líneas, a quemarropa, contra el texto.
Para saber, para sentir, para esperar.
Para amar mejor yo leo.
Cuando leo soy la misma y otra mientras lo hago.
Regreso con la piel inflamada por el fuego de las palabras, enredada en mi boca otra sintaxis, voraz de sustantivos, satisfecha de verbos.
Yo soy Penélope y Calipso y Circe y la núbil Nausicáa. Soy Ofelia, Desdémona, la sabia Porcia y Miranda. Soy Catherine, la Borrascosa y Emma, la crédula. Soy Wendy con los niños perdidos y Thinkerbell de rama en rama.
A veces - solo pocas mientras leo- soy Julieta.
Quién podría decir, en esta arena, que estoy sola:
si estoy leyendo...

viernes, 11 de enero de 2013

Mañana

Me despertó el sol por la ventana abierta. Dorado y redondo como un melón. Me quedé entre las sábanas, esperando que las ideas se fueran despegando, en ese momento de cuerpo puro, de piel abierta, de sensaciones vertiginosas y superpuestas. Luego recordé a Luca (9) ayer "Yo me enojo y le pego a Miranda. Después me arrepiento y le pido perdón, pero lo vuelvo a hacer". Pena de infancia y lo abracé. Una perra se ha instalado en la puerta de la casa donde vivo y cree que la adopté. Una gata también. Por alguna razón los animales me siguen. Me levanté, tomé café y yogur. Recordé que no había cenado y corté queso y pan. Después escribí, aún semidormida y con mi pullover rojo. Por la puerta, abierta de par en par, entraba la luz y una ligera brisa de mar. Me colgué la mochila y crucé el médano. La playa estaba amarilla y vacía. Solo unos barquitos en la arena. Saqué fotos. Compré un par de sardinas frescas para asar con limón y cilantro. Caminé hasta el infinito. Hallé perros en el agua, caballos galopando y ruinas de civilizaciones perdidas. Supe que estaba viva y me maravillé.

jueves, 10 de enero de 2013

Tiempo

Merodear los instantes.
Quebrarlos como barquillos para sentirlos estallar.
Dejar que se resbalen, que se deslicen por la piel.
Verlos caer como gotas sobre los pliegues.
Despegarlos uno por uno con los dedos.
Y no lograr comprender qué compone el tiempo,
esa elástica sustancia que se contrae y se expande entre los vidrios de la memoria.
Somos dos latitudes que se buscan aunque haya que dar una vuelta para decir que tal vez seas vos
y que te pienso como si el tiempo de haberte visto hubiera sido parecido a todo y en los segundos pequeños de dos días cupieran muchas cosas: unas copas de sidra, la noche como un hálito verde y los animales que duermen abrazados en la oscuridad prehistórica del tiempo.

miércoles, 9 de enero de 2013

La hormiga

Soy una hormiga.
Camino hambrienta del verde de la hoja,
de la humedad de tierra,
de las hierbas finas como cuchillos desenvainados a la luz de la luna.
Soy una hormiga
con el cuerpo desnudo en la lluvia,
con la boca entreabierta buscando los caminos.
Me atraen los perfumes,
los frágiles aromas de los pétalos,
los colores celestes:
el cielo, el agua, la mañana cuando tiene los bordes como seda.
Me quedo como tonta entre los dedos,
puedo dormir incluso en el pedazo doblado de una sábana.
Me hablan las raíces y los tallos.
Bailo entre los omóplatos de un hombre que se duerme.
Soy una hormiga.
Beso despacio, pequeño, retozado.
Luego suspiro y recomienzo el rito, el camino, el manantial de risa, las palabras.

8 de enero: Viaje


Me voy.
A la orilla del agua abrazaré la almohada cuando sea la noche y te hablaré.
Solo hace falta que escuches la brisa moviéndote las hojas,
la lluvia cuando caiga humedeciendo el aire,
los gatos que conversan de tejado a tejado.
Solo hace falta que huelas mi perfume cuando lo traiga el viento,
que mires el sol en los cristales tibios,
y que sientas mi boca como una hormiga diminuta en tu espalda.
Cada noche conversaré contigo,
aunque estés lejos,
aunque no puedas contestarme:
el agua me traerá tu lengua de retazos ajenos
una y otra vez lamiendo la arena de los tiempos.
Me voy.
Esperame.
en quince días florecerán jazmines en el borde ceñido de la luna. 


Nosotros, los volcanes


No es la primera vez que alguien me dice que soy un volcán.
Entonces pienso en cómo reescribir o no quién soy.
Y las palabras me despiertan, como siempre.
Un volcán arrasa ciudades.
Un volcán quema sembrados, bosques, plantaciones y huertas.
Un volcán es un río de fuego incandescente.
Nadie se acerca a su boca sedienta porque estalla.
A veces está quieto por años, por siglos, por milenios; pero es una quietud que despierta temores venideros.
Antiguas poblaciones durmieron debajo de su furia para siempre
Los niños que escribían en sus paredes quedaron bajo lava y se asfixió su sangre.
Curioso:
Yo no grito jamás si me peleo.
Trato las cosas en el límpido terreno de los verbos.
Con calma. 
Dejo amainarel viento.
No quiero lastimar ni que me hieran.
Muchas veces me callo y salgo a dar la vuelta hasta que el tiempo acampa.
Prefiero perder, marcharme, no dar batalla a menos que sea indispensable.
Y sin embargo soy un volcán, es cierto. 
Yo no espero que la vida venga a golpear mi puerta:
la busco, la enfrento, la tomo entre las manos, dejo que me chorree, me manche, me goce, me sacuda.
Dejo que me lastime, me marque, me suceda.
Que me hagan mella los hechos, los pensares, los sentires.
Que la emoción me surque, me atraviese, me penetre, me inunde.
Quiero oler, percibir los sabores, tocar, oír.
Ver todos los colores, sus matices y luces.
No quiero pasar indiferente entre las cosas, por mínimas que sean.
Es tan corta la vida, tan frágil, tan efímera, tan sujeta con nada  
que no vale la pena no bebérsela a tragos, 
no sentirla pasar , fresca, por la garganta, 
no quedarse mareada de tanto haber bebido.

Un volcán es también un centro de secreto,
una dulzura líquida,
un corazón atrás de una dureza,
un sitio al que llegar con un pequeño esfuerzo,
Un volcán es algo que se abre, se desliza.
Un volcán...
   
           

martes, 8 de enero de 2013

Vacaciones: La maleta



Los viajes son bucles en el tiempo del día. Cierran y abren puertas. Dejan y traen cosas. Acercan y alejan los rostros que tenemos y los otros que deseamos.
El cuarto queda vacío: mi cama, mis lápices, mis libros, mis fotos.
Y el horizonte se redondea con una lejana perspectiva.
Hay pedacitos de piedra que brillan con el sol.
Antes o después llegan las preguntas sobre lo que fue.
Y vienen vestidas con capas de niebla y dedos de hierba.
Yo me dejo mecer en la nostalgia aunque no haya ningún lugar adonde regresar.
Todo lo que tengo es un sendero por la colina, en medio de un bosque umbrío, para recorrer.
Como Orfeo, yo no debería volver la vista atrás.
He arrojado, sin nigún sentido, alguna ropa en la maleta: sé que me alcanzará.
El agua cura todas las heridas: las que se ven y las que están.
Como el futuro: un viaje es una fértil interrogación.
No temo a los lestrigones y Circe me ha invitado a tomar el té.
Puedo aprender a esperar.

7 de enero: La caja

Una caja es algo serio.
La miro y pienso en su interior.
¿Tendrá mapas de islas que nadie descubrió?
¿O un violín con cuerdas de viento?
¿O una frágil noche de tormenta en la que todo podría romperse y desaparecer?
¿O caracoles de colores, pajaritas de papel, almohadillas de olor?
¿O una taza de café bajo el sol del amanecer?
¿O unos sapos pequeños que saltan en la oscuridad?
Todo esto para no decir que pienso en vos.

lunes, 7 de enero de 2013

6 de enero: Des/azar

En la húmeda planicie de tu cuerpo:
redonda boca donde sumerjo mis manos para volver viva.
Cantan los pájaros a la hora en que todos se duermen
y nosotros hablamos con palabras desnudas,
con besos deslizados sobre la espalda,
con roces apenas dibujados.
De tanta fragilidad se anochece la risa
como una enredadera verde en los brazos.
No sé cómo será,
pero hablan los árboles como prehistóricos gigantes.
Me quedo con tu perfume adherido a los dedos,
vuelvo a olerlo cuando me mezclo con la gente en el regreso.
Es un aroma a lluvia,
a peces sorprendidos en el agua plateada,
a dos veces que destruyen el atajo azaroso.
Después dormimos juntos que es mucho más que compartir la sábana.

domingo, 6 de enero de 2013

5 de enero: Les téléphones

Almas de ráfaga en vientos desmadrados.
Nocturnidad sin puentes ni ríos ni tímidas hierbas creciendo alrededor.
Una veleta boba que no sabía muy bien dónde apuntar.
Una mano.
Unos números en serie caprichosa
y el inefable misterio de la voz.
Sílabas como guijarros a través de las fibras.
Relámpagos de incierta luminosidad.
Hablantes que se quedan en silencio.
Luego evocan a Van Gogh.
Puertas que se abren a la luz estival.
Esa otra lengua, esta otra, y la que se comienza a inventar.
El reflejo del agua debajo del velador y el vaso color fucsia.
La extrañeza de extrañar.
Un teléfono de línea acrecienta la intimidad porque es posible imaginar el lugar en que esa voz -la de la otra lengua-, habla con esta voz -la de esta lengua- y la alquimia del verbo inventa una lengua que deja caer agua sobre la risa y las memorias que vendrán.
Más allá de Joyce, Ulises era un marino surcando islas de piedra emergidas del mar, mientras los dioses se divertían dibujando su destino fatal. Ulises, su nostos y un reino donde espera el amor.
Las palabras son rápidas y efímeras embarcaciones deslizándose en el agua azul de la oscuridad.
Cuando cortan, los hablantes de lenguajes inventados duermen acunados en la sintaxis de su calor.

Aprendizajes 2013

Aprendizaje número 6:
Es tan complejo no entregarse a la confianza como entregarse. La cuestión es que esto último trae consigo la generosidad, la alegría, el placer, la risa;  y, créase o no, era, en realidad, de una sencillez pasmosa.

sábado, 5 de enero de 2013

Carta a los Reyes

Queridos Baltazar, Melchor y Gaspar:

Sí, ya sé que me acuerdo a última hora, que debería haber escrito antes y que blablabla; pero ¿saben ustedes la cantidad de cosas que tengo en la cabeza y de todo lo que me tengo que ocupar? Así que pónganse contentos de que les escribo hoy y no reclamen, que los reclameros me tienen hasta la coronilla.
Habiendo aclarado estos tantos, lo que les voy a pedir es poco y sencillo: no van a tener que salir a buscarlo por ningún negocio a horas improcedentes para tres señores casi tan viejos como el mundo. 
En primer lugar, y como cosa fundamental (todo lo que siga a esto pueden dejarlo de lado si se les canta, pero esta no) quiero que mi hijo Pablo se conecte con el deseo de vivir que yo siento que tiene, que la vida le sea un toque más fácil -apenas-, y que halle su lugar en el mundo.
Después, si les sobran ganas de regalarme cosas, les pido que me sostengan el alma y las ansias. Ya conocen cómo soy:  todo lo hago solita, me esfuerzo por que salga bien, trabajo hasta el agotamiento y siempre en cosas que me hacen muy feliz; que en un rincón yo me armo un mundo y sobrevivo contenta a las condiciones más adversas. Pero ¿no les parece que ya está? Ya vagué suficiente por la tundra. Quiero que mi vida sea más sencilla, más liviana, no les pido más feliz porque la paso bien, solo que me traigan algo de confianza, de descanso, y de eso. Sí, justo de eso. Ya saben.
Yo les prometo que voy a seguir empujando, haciendo, riéndome, pasándola bien. Pero háganme la gamba.  Ustedes son tres y reyes: yo solo soy una chica de Letras que usa vestiditos de hada cuando hace calor.
Hoy les pongo pasto, agua y unos buenos sandwiches de pollo de esos que Pablo dice que son lo mejor de lo mejor. A mí me gusta la H2O de limón, pero no sé: quizá ustedes prefieran un Campari con naranja. También tengo.
Ustedes cumplan, de a poquito, por favor, porque si no, me dan ataques de fobia furibunda.
Se los voy a agradecer.
Un beso grande para cada uno en el cachete izquierdo.
Juli

4 de enero: ayer llovía

Llovía.
La realidad se volvía frágil con su carga fatal de posible oscuridad.
Yo estaba acá, en el Norte, donde las casas son contundentes y urbanas:
los semáforos desdibujados en la tormeta y el asfalto como un espejo en el que todo es un vago reflejo.
Vos estabas allá, en el Sur donde las casas tienen parras y jazmines, y la ciudad se adelgaza en su deseo de campo, de orilla vegetal, de pájaros y perros que ladran por las noches.
Pero llovía.
El agua que me mojaba era la misma que empapaba tu tierra.
El mismo oxígeno volviéndose azul con la tormenta de verano.
Y entre mi Norte y tu Sur había brújulas enloquecidas que no sabían dónde ir, cómo hacer para atravesar la distancia y anegarse en los cuerpos: isla mi Norte, isla tu Sur rodeados por orillas de brazos que toman mi cintura, o se anudan enredando tu cuello.
Algún día conseguiré unas botas de siete leguas y la lluvia será una pasajera de violines.
Siempre en tránsito.
Siermpre lluvia.

Violeta

Para Violeta Noetinger

Violeta podría ser mi hija, pero es mi amiga. Es delgadita y rubia y se ríe mucho y lindo. Ayer me invitó a su casa a conocer a Aquiles y Odiseo, sus gatos. (Algunas chicas de Letras tenemos problemas para establecer los límites entre eso que llamamos ficción y lo que los demás denominan realidad.) Me llevó a pasear por su casa que es como un palacio de cuento: un baño color naranja, una sala con butacas de cine y un dormitorio con farolitos de colores. Hablamos mal de los que se lo merecían, porque tampoco vamos a pasarnos de bondadosas. Comimos sushi y helado, tomamos agua mineral con gas, nos contamos cosas que nos pasaban y miramos libros: uno de un bebé que desplegaba unos monstruos horripilantes, otro de unos niños ordenados alfabéticamente a los que les ocurrían cosas espantosas: morir atravesados por punzones, tener síncopes, ahogarse en ginebra con sus muñecos; otro de gatos que querían ser perros; uno maravilloso de Shaun Tan sobre la depresión que se llama El árbol rojo. También me mostró una vieja caja de cartas francesas que sirve para jugar un juego de escritores, y nos reímos del etnocentrismo cultural galo. Llovía en Buenos Aires y ella se asomaba a la ventanita de la cocina, donde se había cambiado sus zapatos blancos de novia por unas zapatillas de baile, para que sus cigarrillos no me molestaran. Violeta es la chica de la sonrisa más linda y los ojos más brillantes. Podría ser mi hija, pero es mi amiga. Yo, en realidad, creo que ella es un hada y que, cuando se va a dormir con sus dos gatos, se saca las alas que nadie ve, pero ella tiene; y  las cuelga de una percha de cristal para que no se le estropeen. Como ella, sus alas son de color lila y tienen espejitos donde las cosas se ven siempre mejor de lo que son, donde el dolor tiene una cura mágica: la risa; donde los abrazos son fuertes y ni la peor tormenta se los puede llevar. Ayer, el hada sacó un libro de su biblioteca y me lo regaló. Cuenta la historia de Julieta a la que le regalan una caja de acuarelas de colores y nunca más se aburrió porque comenzó a pintar la realidad para hacerla mejor: ese problemita que tenemos algunas chicas de Letras.

viernes, 4 de enero de 2013

3 de enero

No querría que el agua me borrara el perfume, el saturado aroma del abrazo, la línea de tus dedos rozándome. Estoy encerrada en una cápsula donde revivo una y otra vez los instantes en que volví a ser feliz con la forma infantil de la simpleza. No quiero que me hablen: no deseo tranformar el ayer en tercera persona, quiero que sea un infinito diálogo entre vos y yo. La luz entraba matinal y perfecta, y yo cabía en tus brazos para que nada, excepto tu mirada, pudiera alcanzarme en el sueño. Reviso las palabras para que me enseñen a comprender el encuentro. Solo deseo que me hables con esa voz suavísima de palabras que no son de esta lengua ni de otra: son solo tuyas. En ellas vuelvo a dormirme hasta que entre el sol y su luz resulte fosforescente sobre mi piel desnuda.
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