lunes, 31 de diciembre de 2012

Fin de año de mis palabras

Me quiero adormecer.
Me lo impongo.
Por eso infantil de llegar a la noche más despabilada.
Y las palabras empiezan a cargar sus cajones de piedras, de tallos, sus bordaditos, sus tazas, sus almohadones. Las palabras sacan de sus letras los manteles, tienden las mesas y baten palmas. Se acomodan para formar una frase y hop! la desordenan para armar otra nueva. Se entretienen un rato en ese divertimento que yo llamo sintaxis. Después beben un té de pausas y muerden unas masas de puntos, de comas, de tildes predispuestas. Se colocan  de un lado señores sustantivos y sacan a bailar a adjetivos en trajes de colores. Los verbos tocan, cantan, tararean y las preposiciones se acercan para cumplir su parte indicando quién es de quién, con qué debe bailarse o por dónde seguir hasta los baños. En un rincón, los ceñudos pronombres esperan que los llenen de aire, de luz, de primavera porque andan vacíos y a la espera.
Y yo intento dormir: una siesta, una humilde siesta de 31.
Y hay algarabía en mi cabeza, alguien colgó guirnaldas y prende lucecitas en mis ojos.
Nada que hacer.
Mejor me levanto y escribo, a ver si una vez fuera, gritan felicidades y como esa niña que fui se duermen en  el mantel del Año Nuevo.

domingo, 30 de diciembre de 2012

El tejedor de corazones

Me tejiste el corazón.
Con zurcidos porque el pobre ya venía maltrecho.
A veces te detuviste a bordarle unos pÁjaros amarillos y te empeñaste en darles migas y agua fresca cada mañana mientras yo dormía.
Otras veces hiciste ojales y pegaste botones para que yo pudiera abrir  y cerrar el corazón  como tuviera ganas.
Hubo un lugar en el que dejaste unas estrellas de lentejuelas rojas para que mis noches iluminadas.
En un rincón pusiste tu silloncito y me sentaste en tus rodillas, a oscuras, para que yo te oyera cantar.
Después llenaste mi corazón con tus semillas. De girasol, para que fuera fuerte.
¿Y para qué? -te pregunté- Si yo te tengo a vos...
Entonces hiciste un nudo en el hilo, lo cortaste con tu boca y te acostaste a morir.
Y yo seguí viviendo, con mi corazón bordado y zurcido.
Intentando reír.
Intentando querer.
Intentando soñar. 
A veces las personas se acercan y me hablan de vos. Y me dicen que eras un gran tejedor de corazones.
Eso yo ya lo sé.
Lo que ellas no saben es el nudo que adentro, muy adentro, tengo yo.

Carta para Maïa al final de 2012

Buenos Aires, 30 de diciembre de 2012
Mi querida, mi pequeña querida:
Espero que al recibo de la misma te encuentres bien. Acá las festividades del fin de año han llegado con mucho calor y sin un mar donde refrescarnos. Pero no es este el motivo de mi carta, ya tendremos tiempo para decirnos nimiedades así.
La razón por la que te escribo es para proponerte un sueño, de esos que se tejen con hilos de rocío en telares de hada. Si todo sale bien, este año que comienza podría viajar para visitarlos. Desearía hacerlo en julio; pero septiembre es también un buen momento. Te ofrezco unos días las dos solas, vos y yo, en París. Pasearíamos por la orilla izquierda y la derecha contándonos cuentos de cosas que todavía no pudieron suceder, tomaríamos el té en la confitería verde y rosada del Musée d'Orsay donde parece que una está adentro de un pastel, subiríamos juntas hasta la punta de la Torre e imaginaríamos que somos pájaros a punto de volar entre la bruma de gasa gris, nos atragantaríamos, con los dedos y la ropa manchada, con todas las frambuesas que encontrásemos al caminar y tomaríamos millones de helados de chocolate de Berthillón, visitaríamos el Jardin des Plantes y el carrousel de Sacre Coeur en un día de lluvia en el que la tristeza sabe a dolor de princesa que no tiene lo que hacer, comeríamos crêpes en todas las esquinas y nos chorrearíamos los dedos de Nutella mientras nos reímos de todos les mesdames et messieurs. Te llevaría a conocer a Le dame et la licorne y te explicaría, a través de los tapices,  cómo solo se puede ser feliz si el deseo entra por los sentidos; después nos deleitaríamos con los peines, espejitos y cofres de la Abadía de Cluny. Por la noche, después de bañarnos y cenar, caeríamos rendidas en sábanas de seda hasta el siguiente y límpido amanecer. Compraríamos chucherías, pasearíamos por Place Vêndome, nos recostaríamos en los bancos del Jardín del Musée Rodin y les veríamos los pies a los reyes en Saint-Denis, cruzaríamos corriendo todos los puentes y nos extasiaríamos con las flores de lis de Sainte-Chapelle, pensaríamos que somos Esmeralda en Notre-Dame y María Antonieta yendo en el RER a  l'Orangerie.
Querida mía, mi pequeña querida: dicen que los sueños se hacen realidad si una los piensa todos los días. Espero que desde Marsella vos también empieces a pensar.
Feliz 2013.
Nos vemos pronto, Maïushka.
Je t'aime; je t'aime; je t'aime...
Beacoup de beacoup.
Un beso inmenso de alas vaporosas como suelen ser los besos entre hadas.
Llevo libros de cuentos, pero todos en español para que tu papá no me rete.
La tía Julieta

sábado, 29 de diciembre de 2012

La hora del silencio

No importa por donde empiece,
de nuevo otra vez llegaré hasta allí.

(Parménides, 4)
No diré ninguna palabra.
Dejaré que el vacío se llene con mi aleteo temeroso de pájaro,
que me habite la fragilidad en una esquina de mis remolinos
donde el viento se acuna con la lluvia.
Dejaré que se haga ancha la curva de mis piernas delgadas
y mi nuca se desnude con el perfume nocturno de los muros.
Que haya luz en partículas granulosas y densas
y el agua se derrame en los huecos del aire.
Me callaré cuando mi boca se entreabra
y el mar sea un aroma en mis cláviculas aladas.
Nadie sabrá mejor que el tiempo lo que debe ocurrir.
Por donde sea que comience siempre llegará la hora en que prefiera el profundo silencio

jueves, 27 de diciembre de 2012

Luna otra

Sobre mi boca el perfil de  esa luna de hielo.
Después se resbala lo blanco vértebra a vértebra como harina perdida.
Me quedo adormecida, con los ojos abiertos para ver cada sueño. 
Un ovillo de agua -límpida y clara agua- enredada en estrellas.
Hablo casi dormida,
desnuda,
temerosa.
Los lobos se reúnen junto al fuego
y conversan.
Yo solo espero el abrazo que encierre mi cintura pequeña.
Luego vendrá el color danzando entre mis piernas y será perfumado en el plato repetido de los besos.
Sobre las sábanas se evapora la luz lunar de los recuerdos.
Y el alma como un chorro trepará los aleros para rozar los corazones blancos.
El sentimiento agita sus collares de risa.
Quiero dejar que me empape la luna como si yo no fuera la que era.  

Helado de frambuesa

La de las mesas redondas era París. A veces la memoria mezcla los tantos. Circulares y mínimas, donde las miradas y los cuerpos se rozan y no hay espacio para más que dos. Y los demás, aunque estén cerca, se subieron al Metro y están a cinco mil años luz. Mesitas como redondeles brillantes donde se baja la cabeza y se susurra para que nadie -los otros inexistentes- oigan las palabras que se derriten.
-¿Qué va a tomar?
-Un helado de frambuesa.
-Pero esto es un café. Y en los cafés de mesas redondas no servimos helados de frambuesa.
-Pues, le voy a decir que hacen muy mal. En todos los cafés deberían servirlos. Sobre todo si se acerca el final de un año e inauguramos un calendario que ya hemos dibujado con pinceles de colores. ¿Cómo no van a tener helado de frambuesa? ¿Con estas mesitas que son como secretos, como rueditas que aceleran las pulsasiones? ¿No oye mi corazón que gotea como si estuviera lloviendo aquí, justo debajo del esternón, en ese huequito donde se oculta el sol?
-Ahora que lo dice, sí, lo oigo. Es un sonido de brisa sobre...
-Sobre campos de amapolas.
-Por supuesto. Amapolas. Yo conocí una chica que se llamaba Antoinette y tenía el pelo negro como la tarde y los ojos mojados de estrellas. Y usaba vestidos de seda roja que parecían amapolas. ¿Qué habrá sido de Amapola Antoinette?
-Ve lo que le digo. Estas mesitas remontan sus recuerdos.
-Tiene razón.
-Entonces, ¿me traería un helado de frambuesa? Pero que sea en una copa de cristal azul, con una larga cucharita que se ponga muy fría y me duela en el paladar. Arriba del helado, deje caer mis sueños. Los tengo acá, en este pañuelito que doblé en dos.
-¿No será usted Antoinette?
-No. Yo soy solo Julieta. ¿Lo hará?
-¿Y el caballero?
-Eso se lo dirá él. Y después, cuando nos vea enredados en las cintas  de las palabras, déjenos hablar sin interrumpir, recuerde a Scherezade, sáquese el delantal y corra a buscar a su Amapola Antoinette. Seguro que, en un balcón, ella lo espera para decirle hola a un nuevo año. Y tomen un helado a nuestra salud.

martes, 25 de diciembre de 2012

Estar ahí

Estar ahí.
Cuando ya no me esperes.
Con la ropa empapada
y la mesa tendida.
Estar ahí.
Con la luz de las doce
sobre los platos todavía lavados
y la nuca desnuda.
Estar ahí.
Cuando ya no me esperes.
Y yo diga
estoy ahí:
frágil como soplo de lluvia,
callada como aire de estío,
húmeda como mar neblinoso.
Estar ahí.
Y en ningún otro sitio.
Con la boca entreabierta,
Con las piernas delgadas,
Con el deseo alerta.
Estar ahí.
Porque de eso se trata.
Y eso es como nada mojándonos los brazos.
Estar ahí.
Cuando los besos llamen y la comida quede esperando en el plato.
Y cuando
las baldosas se doren en el crepúsculo del fuego
las estrellas olviden cuál era nuestro rostro.
Ahí,
Solo que no me esperes.
Tal vez me tarde un tanto.
Pero estaremos,
hundidos,
atrapados,
ceñidos con la furia del hambre,
de los perros que ladran,
de los lobos que aúllan,
de los tigres que aguardan.
Estar ahí.
Sí.
Cuando ya no me esperes. 



lunes, 24 de diciembre de 2012

Una historia de amor (del 19/03/10)

Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que, la primera noche en que me amó, en vez de dormirse, me sirvió un vaso de vino e hizo que yo oyera al poeta mexicano Jaime Sabines. 
Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que esa noche, después de haberme amado, tendió la mesa y dejó que el poeta me penetrara en los oídos y en el alma. Y yo lloraba con el rostro entre sus manos.
Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que me tendió una red infinita de palabras en la que yo caí rozando con mis dedos sus vocablos y, letra a letra, me fue atando al matiz de su voz susurrada.

Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que no me miraba los ojos sino la boca y subía a mis labios con su río de tinta subterráneo para sacar a mordiscones mi léxico escondido.
Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que escondía el sol en mis clavículas y despuntaba un mar en el revés de mis rodillas, y me hacía dormir en sus brazos, y me acunaba para que yo me hiciera blanda.
Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que decía que era biólogo, pero mentía; porque era poeta. 
Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que me regaló palabras escritas en mi cuerpo de pájaro, pero un día se fue y me dejó una cartografía en el corazón y en el alma, y yo navego sus costas, sus islas, sus fiordos escarpados, sus desiertos. Hubo humo y pantanos y ramas de tilo y ahora hay una espera que silba como tierra en el viento.
Dice Roland Barthes que leemos para saber que no estamos solos.
Yo escribo para saber que no te fuiste.

Amor mío, mi amor, amor hallado

de pronto en la ostra de la muerte.
Quiero comer contigo, estar, amar contigo,
quiero tocarte, verte.

Me lo digo, lo dicen en mi cuerpo
los hilos de mi sangre acostumbrada,
lo dice este dolor y mis zapatos
y mi boca y mi almohada.

Te quiero, amor, amor absurdamente,
tontamente, perdido, iluminado,
soñando rosas e inventando estrellas
y diciéndote adiós yendo a tu lado.

Te quiero desde el poste de la esquina,
desde la alfombra de ese cuarto a solas,
en las sábanas tibias de tu cuerpo
donde se duerme un agua de amapolas.

Cabellera del aire desvelado,
río de noche, platanar oscuro,
colmena ciega, amor desenterrado,

voy a seguir tus pasos hacia arriba,
de tus pies a tu muslo y tu costado.

(Jaime Sabines)

domingo, 23 de diciembre de 2012

Ey, vos, vení.

Voy despacito.
Vos, que sos una brisita ahora, y podés oírme hasta cuando pienso, sabelo.
Después me siento en tu silla amarilla para tirar piedras al río.
Y rebotan.
Y suben por el cielo.
Y golpean tu puerta.
-Ey -te digo- salí de tu casa de nubes, que necesito hablarte. Dejá de darle de comer a los pajaritos de arriba y baja un rato a hacerme compañía en la silla amarilla.
Vos me mirás de más allá del sol y me guiñás tus ojos de muertito que son redondos, vacíos, luminosos.
Y yo quiero abrazarte, pero los cuerpos de ustedes son como gasa, como vapor y lluvia.
No pueden abrazarse.
En la silla hay lugar.
¿Viste qué cosa, en unos años los dos tendremos la misma edad? Yo seguiré creciendo y vos, vos ya estás muerto. Ha hecho muchas cosas desde entonces. Ha de ser para no escuchar cuán hondo es mi silencio.
En la puerta de nuestro amor, la Muerte está parada. Yo no la dejo entrar porque ahí guardo todos tus papelitos con letras de colores, tus caracoles, tus piedras, ese fusible que, una vez, se quemó en Comodoro, las cáscaras de tus maníes, tu pez azul y el hada que yo era cuando vos me abrazabas. Guardo todos los nombres que supiste ponerme. A veces, como ahora, los saco afuera, en la silla amarilla y toman el fresco de la tarde y vuelvo a ser aquella que bailaba en el tilo.
Pero es solo un ratito.
No quiero que se gasten.

Picaderos


A Mariano por los picaderos de Chubut
(que fueron lo último que vio)

   La mujer lo miraba fijo. Sin sacarle los ojos. Como queriendo penetrar en su mirada para cazar, vaya usted a saber, qué secreto. Porque él, vea lo que le digo, él guardaba un secreto. Le hizo un gesto y ella le llenó otra vez la copa, si es que a eso podía llamársele copa: un vaso alto y cilíndrico como un caño de vidrio grueso, ligeramente ensanchado en la boca. Y siguió mirándolo.
   Afuera, el viento soplaba como siempre desde que el tiempo empezó a andar. A veces uno tiene la sensación de que va a levantar la casa y la va a depositar algunos kilómetros más adentro.
   El bar se llamaba “La Esperanza”  y usted se preguntará de qué…Esperanza de qué si acá todo está alejado de la mano de Dios. Ni para sembrar sirve esta tierra. Apenas unas ovejas raquíticas que mordisquean unos arbustos con la boca llagada por la sed. A los del pueblo vecino se les fue en nombre el deseo y le pusieron Buen Pasto…¡Buen Pasto! Suena hasta gracioso.
   La cuestión es que el tipo empinó el vaso de un solo trago, se lo metió entre pecho y espalda como para calentarse un poco. Ella hizo el ademán de volver a llenárselo, pero él la detuvo agarrándola de la muñeca. Impresionaba la blancura sobre la piel cetrina de la mujer. Se soltó con violencia y ladeó la cabeza como avisándole que ni se atreviera a tocarla una vez más. Se acomodó los cabellos renegridos detrás de la oreja y tapó la botella. Todo sin dejar de mirarlo.
  El hombre apartó sus ojos lechosos y miró, por la ventana de vidrios polvorientos, el perfil verde del lago a varios kilómetros de distancia. Ella siguió la ruta de su mirada y murmuró algo que no se entendió, pero que el hombre pareció comprender con claridad porque se rozó el sombrero con la punta de sus dedos flacos y se encaminó hacia la puerta. Antes de abrirla dudó unos segundos. El silencio era barrido por el viento que lo llevaba cada vez más lejos, cada vez más profundo, cada vez más oscuro.
   Debió sentir aquel par de ojos negros prendidos como bichos de su cuello porque giró el cuerpo macizo y la miró. En su cara delgada se dibujó algo que parecía ser el rastro de una sonrisa pretérita, tanto que, con seguridad, el hombre la había extraviado en una infancia ya mucho más lejana que la mueca. Sonrió y los ojos apenas le brillaron con chispazos tan verdes como el lago.
   Yo pensé que qué estaba haciendo un tipo como aquel en ese puesto perdido en medio del desierto donde los perros ladran de puro aburridos que están, sólo para hacer algo.
   Volvió sobre sus pasos, metió la mano en el chaquetón pardo y  la sacó con un billete amarronado y viejo entre los dedos.
-Me olvidaba –exclamó con voz ajena, que no parecía suya sino robada a alguien de pecho mucho más ancho todavía.- Mire si me pasa algo y no regreso. No me gusta dejar deudas…- y se le cayó una carcajada seca y negra como una piedra.
   La mujer tomó el billete, abrió una caja de lata y sacó tres monedas de color cobrizo que puso con un golpe sobre la mesada.  El hombre la miró sin entender bien. De frente, con las pupilas bien abiertas y la frente sombreada por el ala de un sombrero inútil en estas inclemencias.
   Ella arrastró las monedas por la madera lavada desde su vientre, que rozaba el mostrador, hasta el del hombre del otro lado. Hubo algo en el gesto que me pareció lúbrico, cargado de un deseo denso como lava: la forma en que las yemas de ella se apoyaron en el borde de las monedas, la presión imperceptible sobre la madera, el desplazamiento por la superficie que sonaba suavísimo pero rasposo.
   El hombre la miró hacer como si el viento hubiera vaciado repentino el universo completo y sólo quedaran esos dedos, esas monedas y ese rozar.
   Cuando ella estiró todo lo que pudo el brazo, él volvió a colocar su mano pálida como una pulsera sobre su muñeca; pero esta vez fue un aro envolvente y amable.
-Te dije que si me tocás otra vez, te mato.- susurró ella a través del mostrador, acercándole la boca caliente a la cara.
   Él le sostuvo la mirada y, sin soltarla, le dijo en voz baja:
-¡Atrevéte!
   La mujer cerró por primera vez los ojos y yo vi, se lo juro, las cuatro sílabas de él treparle por el hombro y el cuello como lagartijas grises. Cuando quisieron entrarle en la oreja, ella las apartó de un manotón y le escupió la mano al tipo. La saliva era una marca húmeda y espumosa sobre el dorso, pero él no se la limpió.
-Quedáte con el vuelto, che. –volvió a lanzarle sus palabras.
-Ni loca.- dijo ella esquivándolas, pero el hombre ya había abierto la puerta y el viento se lo había tragado.
   Ella lo miró perderse en la meseta desierta sosteniéndose el sombrero con la mano escupida. Los vidrios polvorientos la reflejaron hasta que la silueta se hundió en la inmensidad de la tierra amarilla y verdosa hacia la zona de los antiguos picaderos tehuelches.
-Otro más. –dije yo entonces.
-Otro. –contestó ella volviendo al mostrador.
   Se hizo de nuevo silencio.
-Ahí tenés las monedas… si las querés. –agregó ella al rato.
-Guardálas vos.
-Ni loca.
  El viento se ahogaba en la meseta.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Madrugar en azul



Hay tanto azul este día en el cielo que no sé qué decir. 
Las azoteas rezuman líquidos y me empapan.
Mi piel, desnuda y tiritante, se va tiñiendo, poro a poro, con la mano ultramarina de esta luz.
El corazón grita como si todo estuviera atrapado en una burbuja índigo amanecer.
Tengo los ojos tapados por tus palabras, pero así veo mejor.
Corre una brisa de indolentes sonidos entre el ciruelo, y el gato abre sus pupilas de hielo para atrapar el color.
Ya saldrá el sol y borrará los sutiles detalles del despertar.
Se secarán las huellas mojadas de los besos y los dedos comenzarán su trabajo de día.
Las sábanas dejarán de ser hadas bordadas de caricias y el mundo perderá su interpretación.
Pero ahora,  la noche se desmaya de dicha en los filones azules que promete esta luz.
Y hay tantos secretos en la hora que no sé qué decir.

viernes, 21 de diciembre de 2012

El fin del mundo

Hoy me levanté, y la luz estaba ahí.
Entraba por el patio como un manantial incontenible.
Estiré la espalda, y las vértebras estaban ahí.
Eran piezas del mismo esqueleto de cristal.
Aparté las sábanas, y el gato me miraba.
Tenía la misma sonrisa que el de Cheshire.
Pensé en ir a la cocina.
Y las ideas hicieron el mismo ruido de campanas al vibrar.
Hice café, y el aire se llenó de perfume.
Los pájaros cantaron a la hora exacta en que lo puse en la taza blanca.
Pinté una gallina amarilla con un gran manubrio marrón.
Y la pintura tenía sabor a sol.
Me desnudé, y abrí la ducha.
El agua me mojó a las 5:45 y el jabón era de limón y la toalla naranja.
Después vine a escribir.
Y las palabras me obedecieron hasta ahí.
Como todos los días.
Como todos los exactos días.
Y cada cosa estaba en su lugar.
Y me esperaban los libros.
Y me esperaban los diálogos que seducen con su perfume a boca.
Y me esperaba el tren pitando en el andén.
El mundo sigue estando: pesado, feliz, justo e injusto, luminoso y oscuro.
Tomé una tijerita y me puse a recortarlo,
para que cambie,
para que sea mejor,
para que el deseo sea la única verdad que nos impulse.
Y tuve ganas de bailar.

martes, 18 de diciembre de 2012

Por el 2013

Ya se acaba el 2012 y es hora de pensar. Ha sido un año especial y la lista es larga: 
1) mi patria, que cada día crece como una plantita verde buscando el cielo azul y el sol;
2) mi hijo, que pelea cada día con sus males y fantasmas y a veces, como este año, pierde por goleada, pero sigue como puede;
3) la escuela, que me albergó desde el 2011 y este año me regaló unas alas extensas;
4) Laura, que confía en mi creatividad, mi capacidad intelectual, y mi hacer con las palabras;
5) Jaguit, que me ayuda a caminar por el laberinto cada día de 8 a 17;
6) mis compañeros Tarbut, que me quieren y me ayudan cada jornada de trabajo a que aprenda, a que crezca, a que sea feliz;
7) Fer, que está lejos, pero yo la quiero;
8) Majo, que se siente abandonada y no sabe cuánto la necesito;
9) mis libros -los que leo, los que escribo, los que me salen por los ojos, por la boca y por el corazón;
10) Violeta que es pura generosidad y afecto y abrazo reídor;
11) tu recuerdo, Mariano, que, a veces, se hace chiquitito y lo guardo adentro de la cáscara de una almendra para llevarlo siempre cerca del corazón; y, a veces, es una sombra inmensa que no me deja ver con claridad y debo plegar como una pajarita para que vuele y me deje respirar en medio de tamaña nostalgia;
12) Lucas, que me enseñó que se puede querer de nada más que asombrarse otra vez de las cosas que nos pasan;
13) Iván, que me da mucha risa y eso es siempre un motivo real; 14) los amigos nuevos, que conocí y los que no conozco todavía;
15) los amigos, que de tan viejos -MóniMoni, Andrés, JuanCa...ya son parte de mí.
Creo que soy una tipa afortunada, muy: en medio de los fuegos y tempestades que me atraviesan, tengo el enorme poder de saber resistir: me quemo, me empapo pero deseo ver un poco más allá. Si no tuviera tantas palabras -adentro, revoltéandome, seduciéndome- no podría soportar la orfandad. Y como la vida -pese a todos los pronósticoas apocalípticos- sigue y sigue y sigue, yo quiero acompañarla un largo tramo más. Así que feliz 2013 para todos y todas, pásenla lindo que no hay otro plan mejor, dejen los llorares de lado por un rato y dedíquense a jugar y a reír.

lunes, 10 de diciembre de 2012

David y Goliat o cómo hacer listas de fórmulas inmilagrosas

"Levántese a la hora que se levante K,  JP ya lo hizo mucho antes," (IK)
"Por mucho que K se caiga de la cama, JP ya está en Olivos." (JP)
"Sueñe los viajes orientales que sueñe JP, K ya estuvo en Laos." (JP)

viernes, 7 de diciembre de 2012

Dante, te quedaste corto.

A la hora de salida, la remake del Diluvio Universal: Noe y la rama de Olivo(s). El agua salía a borbotones por las rejillas. ¿Mantenemos las tres puertas de salida? Sí, por supuesto. 1000 y pico de chicos a la espera de sus combis, padres, remises, abuelos... Las puertas 1 y 2 no se pueden abrir. Salimos todos por la principal, mi puerta. Que levanten las mochilas porque
el agua llega al tobillo. Despejen la puerta y hagan un pasillo. Todos los chicos al edificio (está como a un cuarto de cuadra de la puerta). Cadena de directivos y docentes para ir llamando a las combis que me avisan que van llegando. Algunas quedaron del otro lado de la inundación y no pueden llegar. Los chicos salen del edificio bajo la tormenta. Sin correr que se resbalan. Levantá la mochilita que se te va a empapar todo. Vero, la 20 no llega y la 33 se rompió. ¿Y mi papá? Andá a recepción que ya llega. Oíme, traé a mi hijo que tengo el auto en la puerta. Imposible controlar fehacientemente si subieron los 15 de la 23. Un padre con combi de cumpleaños, apurado porque el salón tiene plazo de cierre. Los del cumple de Sophie!!! Quién los cuenta? Que salgan de cinco en cinco y hasta que no suben los anteriores no los sacás. Las mochilas arriba. Chiquito, vos de qué combi sos? La 25 no salió, ponete ahí al costadito y dejá la puerta libre. ¿Por qué llorás? Me da miedo. No pasa nada, llueve un poco más que otras veces. Vos, que sos más grande, quedate con ella y cualquier cosa me avisás. Grité como nunca en mi vida. Pero los pibes salieron. Jaguit se quedó hasta la noche porque había papás atascados en la Panamericana y chicos esperándolos en el Colegio. Pero sacamos correctamente a todos los pibes. En medio del agua que no tenía por donde huir porque las rejillas eran surtidores y las escaleras cataratas, cada chico levantó su mochila, se subió a su transporte, agarró la mano de su padre, tutor o encargado y se fue como correspondía pese a que las líneas de celular se murieron en el momento más álgido. Una joya, che! Pero que no se haga costumbre la remake del Arca de los Niños de Olivos!

domingo, 2 de diciembre de 2012

Las cosas que me gustan

Me preguntaste qué cosas me gustaban y dije:
Me gustan los botones: juntos, en pila, mezclados, de todos los tamaños y colores.
Me gustan las tazas, los bazares, los mercados.
Me gustan las frambuesas, las moras, las cerezas.
Me gustan las verduras.
Me gusta el agua: salada, dulce, fresca, en botellas, corriendo entre las piedras, flotando en la arena.
Me gustan las librerías.
Me gustan las lapiceras de pluma que te dejan los dedos manchados.
Me gustan la caligrafía en grandes hojas grises.
Me gusta el café.
Me gustan amasar pan.
Me gusta la ropa que se lleva abajo, interiormente.
Me gustan las mañanas de domingo si todos duermen.
Me gusta la soledad. Y el silencio.
Me gustan los gatos porque eligen quererte o ignorarte.
Me gustan los cuadernos y libretas, los lápices de colores, las acuarelas.
Me gustan las sábanas pero sí son blancas.
Me gustan las terrazas y sus plantas.
Me gusta Parque Chas y sus calles circulares e imprevistas.
Me gustan las nucas de los hombres porque son rectas.
Me gustan la brisa del atardecer en verano y el perfume de los jazmines pequeñitos.
Me gustan las amapolas si son rojas.
Me gustan los niños cuando saben jugar y se ríen, me gustan los que siempre se portan mal para pedir que los miren.
Me gustan los alumnos que me miran con ojos brillantes y pueden atravesar las gansadas que digo.
Me gustan las palabras porque puedo amasarlas para hacer mundos.
Me gustan los libros para chicos.
Me gusta ser la madre de mi hijo.
Me gusta el color azul y todas las palabras que lo nombran.
Me gusta el recuerdo de mi padre.
Me gusta el amor de mis hermanos aunque se hayan ido tan lejos.
Me gusta mi trabajo porque es lo que yo soy.
Me gustan los vidrios de colores, las piedras y el olor del pasto cuando lo cortan.
Me gustan los patos, las películas de dibujitos y los peces.
Me gustan los trenes porque transportan sin violar la relación tiempo/espacio.
Me gusta bailar y caminar descalza aun en invierno. 
Me gustan el aire, las ninfas, las hadas y las náyades.
Me gustan Cervantes, Miguel Hernández, Éluard, Borges, Shakespeare, Virgilio, Rimbaud, Yourcenar, Lorca, Góngora, Catulo, Pizarnik, Gelman y Proust.
Me gustan los costureros desordenados y los restos de telas.
Me gustan los abrazos.
Me gusta pensar hasta que no quede nada y volver a pensar otra vez.
Me gustaba dormir en tu cama y tu café espantoso y tus galletas de hombre proveedor y tu perfume a(hu)mado y cuando jugabas al hombre pantano y me mojabas. Me gustaba que me dijeras que yo era una trotskista de las emociones y que era breve como un pájaro.
Lo único que ahora no me gusta es que hayas elegido morirte y no se te dé nunca por el arrepentimiento.
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