jueves, 29 de noviembre de 2012

Portate bien/Empezar a pensar qué hacer con los chicos en la escuela hoy

No te muevas, no te pelees, no contestes, no hagas eso porque no es el momento, no escribas con esa letra inentendible, no hables , esperá tu turno, no te olvides de tu tarea, leé este libro, hacé estas cuentas, no salgas al patio en este instante porque no es el instante, no mastiques chicle, no comás, estudiá todos estos datos, sentate, parate, vení al frente, andá al fondo, escribí, borrá, así no, así sí. Y las palabras terminan pesando tanto que aplastan, liman bordes y diferencias, aburren, se vacían.
Portate bien. ¿Bien? ¿Qué es bien? ¿Lo contrario de mal? ¿Y qué es mal? ¿Mal es para todos igual?
A veces desconfío de mí misma. ¿No será mejor empezar a decir: podés elegir qué hacer y aprender a hacerte cargo de cada cosa que elegís? La escuela tiene reglas para funcionar, y, como en toda comunidad humana,  uno puede respetarlas o trasgredirlas y cada cual no se porta bien o mal por hacerlo, simplemente debe saber qué está eligiendo y hacerse cargo. No puede ser que la medida sea "portarse bien" con la pesada carga  personal que eso conlleva. Ser el "diferente" es demasiado pesado, máxime cuando todos lo somos. ¿Y diferentes a qué? ¿Quién inventa los patrones de "modelo 2013 del alumno que se porta bien"? ¿Y el que trata de meterse en caja y no lo logra? Un maestro que "se porta bien", ¿no debería pensar por qué, y poner en juego todo lo que es, piensa y siente para lograr que ese chico llegue a ser quien, de verdad, es? ¿O será que aquella escuela sarmientina en la que todos éramos cortados por la misma tijera ya no es factible? ¿No será que no existen alumnos promedio ni estándares que alcanzar? La escuela debe cambiar porque cada chico es un mundo distinto y diverso que tenemos la obligación de no dejar pasar. En mi caso, yo tengo, además, el deseo de que no se pierdan en una meta tan imposible como "portarse bien".

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Juicio ESMA

Voló tu cuerpo nuevecito en caída libre sobre el agua. Yo no lo vi. Alguien me lo contó. Y me dijo que tenías mis besos prendidos como estrellas. Y me dijo que te hiciste luz cuando las aguas se abrieron para dejarte pasar. Los peces se detuvieron y la espuma te abrazó. Yo te sostuve en mi memoria, pero me hice adulta mientras vos siempre tuviste esa edad en que la vida es brillo, y el amor es todo lo que se precisa saber. Voló tu cuerpo y el agua fue una cuna para tu cuerpo de ahombre, para mi otra mitad.

martes, 27 de noviembre de 2012

La muerte

Voy a ponerme mi vestido verde.
Con mis zapatos amarillo limón.
Voy a peinarme con un lazo menta.
Voy a sacar mi silla azul.
Va a pasar una golondrina violeta.
Y una mariposa naranja emperador.
Van a temblar las margaritas blancas.
Va a brillar espeso el sol.
Va a caer una lluvia celeste.
Van a crecer las lilas perfumadas.
Voy a mirar mi relojito negro.
Voy a beber un té color de miel.
Pero vos,
vos no vas a volver. 

Polisemia

Verbo incluida yuxtapuesta conjugación género modo personas nominalizar pasivación el sintagma el paradigma núcleo sema fonema morfema constituyente construcción circunstancial directo subjetivo objetivo predicar proposición:
el lenguaje, ese gigante que no cesa de proliferar.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Pespuntes del amor

Cuando me alcance el viento con sus crepitaciones voy a ponerme otra vez tacones altos.
Tanto que alcanzaré las ramas más altas de los paraísos y sus flores doradas.
Tanto que la fatalidad mojada de la luna se posará en mis cabellos y yo andaré con mi vestido negro como las golondrinas de verano por ahí.

Cuando me alcance el viento con sus dulzuras raspadas de feriado me esparciré espejitos por los ojos y la luz tocará mis pupilas para entrar hasta el hueco de mi ensangrentado corazón.
¿Y qué dirán las venas cuando se columpien sobre el lecho florido?
¿O las arterias cuando se despierten de su sueño de volcanes dormidos?

Cuando me alcance el viento con su lengua alrededor de mi cintura voy a saber.
Habrá miles de grifos abiertos en el aire por donde manarán fuentes de grillos y luciérnagas de gasa sobre los calendarios que acabaron por fin.

Cuando me alcance el viento con su soplido de sentidos dispersos sin parte racional diré las palabras que se duermen en el vaivén de un piano y, en los profusos huecos donde las pérdidas duermen, plantaré las semillas de los pespuntes del amor.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Amores náufragos: o cómo nadar en el recuerdo

Los amores que naufragan en las aguas turbulentas de la muerte se quedan sin orillas, se quedan sin mañana ni futuros. Los peces los habitan porque se van vaciando para llenarse de recuerdos que tienen luminosas fragancias. 
Y los chicos les tiran piedritas que rebotan, y ellos -amores naufragados, amares que se quedan sin ropa, desnudos, tiritando- ellos no tienen cuerpo y las piedras los atraviesan con su pura tristeza. 
Si vos supieras, 
si tan solo tuvieras la posibilidad de saber cómo es vivir queriendo estos casi tres años con la piel enredada en las algas, 
si tan solo pudieras verme buscar como una loca entre tus cartas las palabras que dijeron que ibas a morirte y hallar dibujos, flores secas, caracoles, ramitas, papelitos pegados y plegados, alas de mariposas, 
si vos supieras...
pero cae la lluvia otro día y lava los cristales y no te veo ya del otro lado poniéndole miguitas a cada pajarito. 
Y es temporada de tilos en las casas. Y bailo. Sola. 
Los amores que mueren de pronto, sin que nadie los hubiera previsto, tienen una lenta agonía donde, a veces, sale un sol tímido y triste; y, en otras ocasiones, el desierto se prolonga como una caminata interminable. 
Yo doblo tu amor pálido de hombre que se ha muerto y lo pongo debajo de mi almohada y te cuento las cosas del momento. Pero no oís y yo me pongo apenada y dolida. 
Los amores que fueron en brazos de la muerte no se mueren, quedan guardados en una vitrinita a la espera de que el corazón vuelva a querer para que. con la sangre tibia. se les vuelva la risa y el sol; porque ellos, también, esperan sacarse una sortija en ese carrousel color violeta que gira sin cesar en el crepúsculo de la melancolía por lo que ya no fue. Pero qué lindo fue, amor, qué lindo.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Reflexión

Una reflexión:
Yo fui una niña solitaria. De esas de vida interior. No había peor mal que ir a la plaza. Desde que aprendí a leer, me la pasaba entre libros y ahí era feliz. Mi papá me traía todos los viernes, cuando volvía de su trabajo, unos libros con unas muñecas de cartón y ropa para recortar que se sostenía con unas pestañas. Yo aprendí a dibujar haciéndole nuevas ropas a esas muñecas y entonces empecé a ocupar mis horas en leer y dibujar hasta que descubrí que también podía escribir. Creo que no tenía más de diez años. El mundo fue entonces perfecto: podía olvidar el desamor violento de mi madre inventando historias donde las mamás siempre querían, cuidaban y salían a jugar. Un día, mi papá me construyó un mueble. Era muy habilidoso con la madera mi papá (y era alto, lindo y el mejor de los papás cuando lograba ocultarse de mi madre). Era un pizarrón verde con un escritorio. Ese día empecé a jugar a la maestra. En la casa de la calle Plaza, en Belgrano R, yo ponía en fila a mis muñecas y a mis hermanos, y les daba clase. Mariano, el de Uruguay, se rebelaba y se iba; pero mi hermano Pablo, el de Marsella, se quedó siempre hasta el final.  Después crecí, vinieron los años camporistas, descubrí la perfección del amor, la militancia adolescente y un mundo afuera de mi casa en el que yo podía ser feliz. Pero los sueños tiene final y el mío se llamó '76. El dolor puede ser tan infinito como el lugar que le hagamos para que crezca. Yo no tuve madre que me consolara en esos días, pero tuve libros, una caja de Carandache que me había regalado mi papá y la increible posibilidad de escribir: todo eso me salvó la vida. No la exterior sino el delicado e inestable equilibrio interior. Y un buen día entré en la Facultad para estudiar historia. Al llegar a la ventanilla de inscripción, algo en mí dijo Letras y me eligió. Los años transcurrieron, amé, tuve un hijo, empecé a dar clases,  a trabajar para Alfacguara, luego también para  Santillana; y siempre las palabras me vertebraron, me dieron el consuelo y la sabiduría que necesité. Cuando Levin se murió entre mis brazos en apenas seis horas, la escritura me permitió no naufragar. Hoy me miro, ¿y qué hago? Escribo, dibujo, leo y enseño. Lo mismo que hacía cuando tenía diez. He tenido mucha suerte. Mucha más de la que pude alguna vez soñar. Y tengo la increíble fortuna de trabajar en una escuela que se parece a mis mejores juegos y con gente que me valora más de lo que yo me suelo valorar. Y el dolor, ya lo dije, ocupa el lugar que le damos para que crezca. He perdido gente a la que amé, pero aprendí desde chiquita a poner a la pena las vallas más simples, pero más efectivas: las del mundo interior. Es cierto que, a veces, me paso de la raya y lo de afuera parece desaparecer. Mi trabajo no es lo que hago, es lo que soy. Y lo que soy me hace feliz. Algunas cosas quedan en los pendientes, pero a quién no. Solo querría que mi hijo Pablo hallara su propia posibilidad de ser feliz, pero esa es su historia y solo depende de él.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Después de las tormentas

Cayó la lluvia y los cristales se lavaron. Hacían ruido a música entre las hojas, mientras su superficie se pulía y el aire se llenaba de jazmines y de tierra mojada. Yo no tenía frío, y no pensaba en otra cosa que en las migas húmedas de los pájaros y el musgo que, a veces, crece en las fuentes donde el agua se estanca. Mi vestido era una lengua verde y flotaba en la electricidad azul de la tormenta. Había remolinos de fragancias que yo desconocía anudados como lazos en mi cintura fina, y el cabello lloraba agua de cielo que se anegaba en el hueco de mis clavículas donde bajaron las mariposas para saciar gotita a gota su sed insectiva. La lluvia entonces rebalsaba mis óseos bebederos y caía mojaba por mi pecho pequeño, se anidaba en mi vientre de húmeda llanura, bajaba por mis muslos delgados, mis tobillos y se hacía charco sin que yo me moviera en medio de las gotas que lamían mi piel, mi cuello, mi boca. Después el sol reverberó en las diminutas lagunas y yo extendí las alas para sobrevolar en el oxígeno que dejan las tormetas: liviana de alma, limpia. Nueva.
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