martes, 31 de enero de 2012

Cocinar en la noche

Esta noche estaré en la cocina, junto al fuego: habrá olor de panes en el horno, la salvia flotará con su perfume en la luz amarilla de las ollas, se cocerán los días con aroma de aceites traslúcidos y verdes, tintinearán las copas su cristal fragilísimo y los cuchillos rebanarán las horas para que suelten su jugo y maceren la noche. Las carnes se cocerán en su propio deseo bordeadas por manteles de purísima premura. Las cucharas rasparán con su temple callado de madera los fondos de barro de potajes en los que la luna habrá espolvoreado la harina de la risa. Lloverá a las 21 y 15 cuando suenen tus pasos y la mesa esté lista. Vos traerás la historia que estuviste buscando para darme y yo la beberé como un trago de vida: otra vez será la bienvenida del milagro que nos estaba, sin duda, destinado desde un tiempo infinito que situamos en julio.

sábado, 28 de enero de 2012

Fórmulas secretas

"¿Cómo funciona esto?", se preguntaba mientras hacía un pocito en la tierra y lo llenaba con agua.
"Las palabras son brotes", pensaba mientras un pajarito de pico azul echaba unas semillas en el pozo. "Yo digo, él me contesta. Él dice, yo respondo. A veces hablamos a la par y nos reímos. Otras, nos quedamos callados oyendo las palabras que tenemos revoloteando en la cabeza."
"¿Qué debo hacer para que dure siempre?", se decía mientras unos insectos ponían tierra encima de las semillas que estaban en el pozo y la tierra absorbía el agua que hinchaba la simiente y la explotaba. Iban saliendo unas raíces que daban vueltas por los terrones húmedos y se acariciaban de brazo a brazo cada vez más profundo, más adentro, más oscuro.
"¿De qué forma secreta hay que lustrar la vida para que brille en medio de la noche?", se decía mientras el tallo verde crecía como una vara para medir el tiempo de caricias, de besos, de abrazos a través de la noche y la lluvia.
"¿Cuál es la fórmula para que estemos a pesar de los vientos, los huracanes, las borrascas, la pena?", murmuraba mientras el tallo abría unas hojas de verde transparente que se hacían enormes, daban sombra y flores y frutos y los animales salvajes se ovillaban a su lado.
Entonces abrió los ojos, miró cómo su pozo, la tierra y el agua habían hecho vida de las semillas traídas por los pájaros, se alegró de que fuera tan simple y se tendió a dormir. Esa noche soñó que él venía por la colina verde, la abrazaba en su sueño y la llevaba a volar por un cielo que de tan azul era casi turquesa y fino como un beso en su espalda donde la columna le trazaba una línea que dividía el mundo en dos. Se sonrió en sueños y al despertar él la cubrió.

martes, 24 de enero de 2012

Telar

Hilo.
Y la rueca se mueve.
Hilo.
Y la hebra se tensa, se moja, se hila.
Hilo.
Yo hilo.
Para bordar.
Una figura que tenga tu rostro.
Un rostro que tenga tu boca.
Una boca que tenga tus besos.
Unos besos que tengan tu lengua.
Una lengua que tenga tus palabras.
Unas palabras que tengan tus sentidos.
Unos sentidos que tengan tus yemas.
Unas yemas que tengan tus dedos.
Unos dedos que tengan tus manos.
Unas manos que tengan tu cuerpo.
Un cuerpo que tenga tu rostro.
Hilo.
Yo hilo.

lunes, 23 de enero de 2012

Bautismos

Quiero que sepas mi nombre:
el que tejo con hilo de arañas blancas cuando la luna se esconde y brilla como un camino en medio de la sombra;
el que saben las hierbas que se doblan en su verdor como las sábanas de la tierra;
el que devoran las raíces de los tréboles cuando los pájaros pequeños tironean de ellos;
el que beben las águilas cuando baten con sus alas el viento húmedo de la montaña;
el que tallan los bueyes que trazan los surcos como cicatrices abiertas en el campo;
el que sacude sin cesar el trigal cuando entona su melodía amarilla y madura.
Quiero que sepas mi nombre:
un secreto escondido en el ruedo del tiempo.
Cada vez la copa se vuelca desde una perspectiva diferente.
Tengo alas en la espalda,
pero esta vez no deseo volar para ver desde lejos el dolor de los hombres.
Quiero dormir en el hueco que me hagan tus brazos
mientras decís mi nombre privado
y me hundo en tu boca para nacer entera en tu fe bautismal.

domingo, 22 de enero de 2012

El club de las chicas de Letras (versión 2012)

Las chicas de Letras saben que el lenguaje vence al tiempo, solo porque este necesita del primero para existir. Conocen la manera de reinventarse cada día porque hablan de inacabable interpretación y contexto de producción. Las chicas de Letras juegan con las palabras, las disecan, las fragmentan, las acoplan, las violentan. Se paran en medio de la sintaxis y la patean, dan vuelta la frase como un guante, distorsionan sin paz la concordancia, y cuando todo parece aquietarse toman un verbo, pacífico e inmóvil, y lo lanzan en medio de un sintagma que empieza a rechazarlo, a crear anticuerpos, a encapsularlo para que sepa que no es bienvenido y que nadie le allanará el camino para que alcance al sujeto, ese que se hace esquivo, histérico y fóbico, tácito tal vez. Las chicas de Letras crean sentidos nuevos (por las dudas, al comienzo, no dejes que te toquen), tanto que los pronombres de ser indefinidos mutan demostrativos, o enfáticos; los relativos se vuelven posesivos y no hay impersonales pues todo se dirime entre el vos y el yo, y sus procaces plurales, según cuadre... a veces, ellas dudan con el nosotros pero conocen a la perfección la fertilidad de los circunloquios y las paráfrasis. Las chicas de Letras supieron, desde siempre, que el lenguaje es un virus y hay que dejarse estar en su contagio: su enfermedad embriaga, obsesiona, atormenta. Ellas jamás dejan de hablar y su lengua puede envolverte con una ola desbocada de adjetivos interminables, de sustantivos improcedentes y de adverbios muy fuera de lugar. Vos sabrás lo que tenés que hacer antes de que su compulsión por las conjunciones copulativas derive en adversiones y se precipite sin solución en la disyunción. Un consejo: nunca le dejes la última palabra y las tendrás para siempre rendidas esperando por vos en un renglón.

sábado, 21 de enero de 2012

Aprendizaje

Enséñame a vivir: déjame que resbale por la piel de tu cuello y me mojen las aguas de tu boca. Déjame que perdure en el hilo tendido de tu abrazo y la luna me alcance con todos los perros ladrando en la tormenta. Déjame que te huela, te muerda, te deshaga para que yo pueda, entonces, hacerme a tu medida. Déjame que insista en enredar tu cuerpo, en oír tus relatos, en perderme en tus besos. Déjame que me sepa mutable, taciturna, inexacta, que me habite el aliento de lava del deseo, que pasen huracanes por mi voz y mi risa. Dejame que me demore saboreando tu nombre, tu relieve, tu historia, que queden los objetos suspendidos en el sitio donde todo se estrena, que los pájaros canten y crezcan madreselvas, que te llame dormida y te convoque en sueños, y te busque entre los libros donde habita mi mundo para encontrarte y escuchar los sonidos que producen tus manos. Enséñame a vivir: quiero ser la que llene tus días, tus noches y tus sueños.

Bienaventurados los que se dejen mojar

Quien toca el aire, roza el viento y deja que la lluvia lo penetre y le moje la carne, las vísceras, el alma; ese será salvado del silencio infinito porque todo su cuerpo se poblará de ninfas que nadarán en sus cursos de agua.

viernes, 20 de enero de 2012

Intolerancias básicas.

No me tolero bien a mí misma. Hay momentos en que las vértebras me suenan y ya conozco sus sonidos en la boca del alarido. Se me vuelan los pájaros del alma. Estoy pero no quiero, pero no sé, pero. Hay horas que me incordio, me incomodo, me destrato, en algún efímero renglón me olvido de cómo me obligo a la templanza. Hay días en que querría ni verme, no ser mi vecina más próxima, dejarme esperando en cualquier estación de cualquier ciudad perdida en cualquier mapa. Sufro de intolerancia conmigo más a menudo que con cualquier otra cosa: me descentro de todo y huyo de todas mis ternuras para despejar mis propios pulmones que se ahogan y dicen que no puede ser ya posible que viva así: deshauciándome para perdereme definitivamente escondida detrás del muro que yo misma construyo. Soy un caso imposible para todos: y sobre todo para mí misma.

jueves, 19 de enero de 2012

Elementos

Voy a morder el viento hasta extenuarte a dentelladas; a envolverte en un mar de saliva para que el mundo se disuelva inasible. Voy a besar la tierra lentamente para que el amor te huela a barro, a tormenta de sembrados caóticos y firmes. Voy a mojar el fuego para que te haga sombra sobre la piel ardida y sientas una llama en el centro del pecho. Voy a traer el agua para que te arrastre los días que ya fueron y haga germinar una palabra y luego otra y otra hasta que los vocablos nos doblen la mirada con su peso de sales. Y cuando todo eso haya pasado y estemos dormidos en el tiempo, comenzaré de nuevo para que nada cese y el infinito sea, entonces, música nacida de tus dedos.

De peces y conejos


Ha habido, en otros tiempos, peces que boqueaban en la orilla de mi cuerpo y se asfixiaban desnudos y etéreos sin poder ordenar las palabras. Ahora, siento tu voz en la distancia y el deseo, y los aleteos enfurecidos de tu aroma hunden su cabeza en el agua profunda donde bebemos las praderas en las que unos conejos saltan de alegría antes de caer rendidos en el sueño.

miércoles, 18 de enero de 2012

Una historia de amor


Alguien ha dado vuelta la hoja del calendario: se termina un año. Mágica cifra que caduca y otra, a la par, que se inicia. Y pienso: "Que no se acabe el que se fue". "¿Por qué?, me dicen. "Fue bueno y tengo un temor irracional a que el futuro se emponzoñe y me ahogue."
El año nuevo se despereza, elonga sus calurosos días del estío rabioso. Y él se para en la puerta a esperarme. Golpea a la hora exacta, que no es hora redonda sino inusual momento fragmentado, y me aguarda. Después me va envolviendo con su boca y sus palabras tejen una red donde quedan atrapados los pájaros de mi risa. Bebemos para cazar el miedo y que deje, por fin, de incordiar con su sermón de párpados caídos y distancias estériles. Por eso, y en pleno desafío de los temores que suben por mis piernas para ahogarme, me sacudo los muslos y acudo corriendo a la cita del día subsiguiente: un café y las historias que se hacen adictivas sustancias que ciñen mi oído con sus labios, que llenan mi pecho con su lengua. Después solo queda encontrarnos para que exista el beso de los duendes: piel contra piel en una absurda coherencia que vamos construyendo. Entonces el cuarto se nos puebla de conejos; mientras, en Singapur, los perros le ladran a la luna helada del invierno. Me duermo y el cerebro explota en partículas de luz elemental y menudas palomas que picotean el silencio entre las Santa Ritas de la casa de enfrente cuando el sol azafranado las enciende. Él es igual a nosotras, pero es masculinamente otro. Tiene la mirada transparente de todas las historias que ambiciono. Es el deseo mismo con perfume de noche. Y en esta larga costa de olas que se enreda en mis pasos pienso que es él y respiro profundo para que los mapas (croquis imaginarios que los seres trazamos) no se confundan con la tierra mojada de todo territorio, con los ríos, los bosques y la noche que cruzo en su abrazo como si hubiera sido desde siempre, desde entonces, por todos los ahora, por todos los tiempos que se esconden para ser descubiertos. Me ahogo algunas preguntas que provocan su risa. "Eso", dice, "tendremos que decirlo en veinte años, pero no habrá respuestas". Y es cierto...¿a quién puede importarle una pregunta si todavía está germinando la profunda semilla de todos sus relatos?

lunes, 16 de enero de 2012

El amor

Necesito decirlo -que no quede en mi boca-, sacarlo de mi lengua, dejarlo que se airee con el viento, se moje con la lluvia, se ilumine con fuego. Necesito mirarlo con todas mis pupilas, con todas mis pestañas como suaves palotes de crayones. Necesito olerlo para atrapar sus notas de magnolia y de luna, de panes en la mesa, de café en la mañana. Necesito morderlo, pasarlo entre mis dientes, triturarlo y que viaje por el tubo afelpado que sostiene mi cuello. Necesito que sepa a agua, a limones, a almidón y lavanda. Necesito tocarlo, palpar sus humedades, sus durezas, la ternura perfecta que se duerme en los pliegues, estirarlo y que dure aunque lo gaste en cada madrugada. Necesito entenderlo con la cabeza sedienta de mi sangre, con la encarnadura profunda de la idea, con el profuso recuerdo del deseo. Necesito que sea y se haga un sol en medio de lo que fue mi cuerpo. Otra vez.

sábado, 14 de enero de 2012

Los insectos

Se duerme mientras deslizo mis dedos por su espalda como si fueran pasos pequeñitos de insectos que trazan un sendero que termina en el sitio exacto de su corazón. Y allí mi mano pliega sus alas y se pone a dormir también.

viernes, 13 de enero de 2012

Amanecer

Volveré sobre mis pasos en la vereda de la mañana con tus yemas adheridas a mi espalda y de los brotes me nacerán alas.

domingo, 8 de enero de 2012

Tiempo

La piedra está allí: redonda, con aristas, negra, veteada, roja, verde. Si la moja el agua brilla en el silencio que impone su eternidad. La piedra perdura desde que Dios sopló el mundo y el polvo se amontonó, grano sobre grano, bailando en el hálito divino. El tiempo petrificó las grietas por donde los segundos se escurrían, uno tras otro; y no hubo transcurrir, sino, de tanto en tanto, para que piedra y piedra acoplaran sus bordes. Se hicieron las mesetas, los llanos, las montañas, las bahías, los golfos, las delgadas penínsulas, los desafiantes fiordos. Bajaron los ríos y los mares, los lagos, los arroyos y los hondos océanos. Y allí quedó la piedra como marca en la historia de lo que muta apenas, tanto que el ojo no percibe ni la gota que horada ni el viento que erosiona.
Pero se levantaron aldeas, pueblos, ciudades. Los hombres inventaron las guerras, las caricias, el samovar, el pan, las tortas de jengibre, los dulces, los pucheros. Abrieron los museos para colgar los corazones que ya se habían ido y allí estaban las piedras, iguales a sí mismas, perfectamente repetidas como el día anterior, el siglo, el milenio: mudos testigos impertérritos del día en que Dios sopló y se hizo su estructura angular o redonda. Los hombres se apuraron, hicieron de su prisa un motivo de cuento, e inventaron relojes porque era necesario mensurar la dimensión precisa de su urgencia y llenaron el mundo de números que corrieron, se atropellaron, quisieron ser primeros, ganar tiempo, matar la espera, madrugar temprano para recibir ayuda.
Y allí, la piedra que ella toma en sus manos de dedos extensísimos, en su mundo de horas sorpresivas . No hay ya, ni ahora, ni pronto. Solo esa mano que toma la piedra, la acaricia, la moja, la mira, y descubre, en sus vetas, caminos que no tienen relojes ni agujas ni números esclavos de otros números. Va a la cocina, abre un grifo y deja salir el agua que sabe a agua, huele a agua y tiene la transparencia colorida del agua. Toma un vaso del armario de madera que cruje al ser abierto, lo coloca debajo del chorro plateado del grifo. El vaso se llena hasta el borde, tira lo que sobra, lo seca con un trapo blanco; mira, a través, la luz de la cocina y va girando para que cada objeto se disuelva en la densidad propia del líquido contenido en el vaso. Camina hasta el jardín, cuidando que nada se derrame ni que se mueva demasiado la superficie espejada del agua. Lo coloca sobre la mesa, junto a una lata repleta de pinceles. Se sienta y con la mano izquierda se acomoda un mechón de cabello que se ha salido. Luego va rozando uno por uno los pinceles de la lata con sus yemas, como si quisiera percibir su suavidad y, a la vez, su longitud y espesura. Elige uno, de cierto largo y alguna anchura. Lo sostiene un rato entre los dedos como pesándolo, se lleva el extremo de madera a la boca y lo mordisquea un poco. Después lo gira entre sus dedos y se acaricia los labios con las sedas. Sonríe y entrecierra los ojos. El sol le ilumina los cabellos.
Regresa de su momento de abstracción y sumerge el pincel en el vaso. Y los pelos se abren y llenan de pequeñas burbujas que se les adosan, hasta que tocan el fondo y quedan allí: burbujas de agua adheridas a los pelos de un pincel de marta color castaño. Aprieta un pomo de pintura azul ultramarino sobre un plato de vidrio blanco y la pintura sale serpenteando brillante contra la superficie.
Junto al plato hay unas piedras, redondas, lisas, de colores suaves grisáceos, verdosos, amarronados, amarillentos. Las toca para elegir una y percibe que el sol las ha entibiado; entonces se las coloca en la palma y cierra los dedos con placer sobre ellas. Se queda así un rato hasta que las piedras se enfrían. Vuelve a apoyarlas y elige una ovalada de color perla: una piedra pulida por las aguas. La coloca con delicadeza enfrente de sí y la observa para descubrir sus irregularidades, la perfección de sus imperfecciones. Se la lleva a la nariz y huele su olor a piedra, es decir, a tiempo soplado por el hálito de Dios. Con la piedra en la mano izquierda a la altura de los ojos, la acerca y la aleja de sus pupilas para enfocarla bien.
Después, saca el pincel del agua, lo escurre en el borde del vaso y lo apoya en la pintura azul que ya es una serpiente adormecida sobre el plato. Entonces apoya los pelos sobre la piedra y la va tiñendo de azul. Cuando termina, el pincel se hunde en el agua y da dos o tres vueltas en un remolino que va virando el agua hacia el azul. La piedra es un planeta brillante arriba de la mesa, un trozo de cielo nocturno caído después de una lluvia de meteoritos; y el vaso se ha vuelto una copa de mar en el que nadan pequeñas partículas apecezadas de pigmentos. El mechón de pelo vuelve a soltarse y ella lo acomoda con el pincel en la mano. Se roza la mejilla sin querer y traza una línea azul en su rostro moreno. ¿Cuánto tiempo pasó?

sábado, 7 de enero de 2012

Fotos con "!"

Por alguna razón imposible de comprender para mí, algunas fotos de este blog se fueron. Ni pienso preocuparme. Solo las borraré cuando me vengan ganas. Gracias.
Estoy en un año de no preocuparme por imbecilidades superfluas.
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