jueves, 29 de diciembre de 2011

No se sabe

No se sabe con certeza: una mano distraída, una caricia al pasar, una palabra, una cierta memoria, un aire generoso, una voz que se dora en la hora tardía, un dormir en los brazos, una presencia hoy/una ausencia mañana, un pronombre en plural, un corazón que rompe los latidos de la orilla, un alma que se llena y se vacía, un perfume, una piel sorprendida, un deseo y otro, una vez y más allá silencio, un relato. Y no hay certezas porque de eso se trata: de que nunca se sabe.

sábado, 24 de diciembre de 2011

El secreto

"Voy a contarte un secreto.", dijo. Él la miró directo al rostro y vio que los ojos le brillaban con una irisada luz verde. El corazón se le encogió apenas un milímetro para expandirse rápido en el perfume de bosque que tenían sus cabellos cuando ella sacudía la cabeza. La mujer se sonrió y él también. "¿Qué secreto?", preguntó. Ella tenía una risa de cueva submarina con peces fosforescentes y saladas estrellas repentinas. "Un secreto mío.", susurró la mujer. "Decímelo.", apuró el hombre. "¿Qué me darás a cambio?" Él pensó qué tenía para entregar por un secreto. ¿Dinero, joyas, propiedades? Nada tenía, pero deseaba el secreto de esa mujer que olía a mar, a bosque, a electricidad. Ella enredó una pierna con otra esperando la oferta. El hombre suspiró y dijo, "No tengo nada, nada puedo ofrecer: ni un hogar, ni una familia, ni siquiera una hora de absoluta seguridad. Me pierdo tu secreto porque soy el más pobre, el más huidizo, el más frágil de todos los mortales." Ella irguió su torso desnudo y el hombre vio que, en la espalda, a la mujer se le desplegaban dos alas de colores brillante. "¿No hay nada que puedas ofrecerme?", repitió con su voz ronca y mojada. El hombre negó con la cabeza. Y entonces ella lo besó con delicadeza en la oreja susurrando palabras delgadas como algas mientras el hombre sentía que el mar comenzaba a llenarlo con una marejada de color. Esa noche la orilla los mojó una y otra vez hasta que el sol salió.

Viaje

Él le besó los pies y le acarició las rodillas con sus labios .
Ella, entonces, se rió como si hubiera un mundo detrás de su sonrisa.
Las palabras se hicieron un columpio de luz y el cielo estuvo cerca.
La hora se hizo extensa:
se hamacaron hasta que la piel se les llenó de estrellas
y atravesaron la noche a bordo de su sueño.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Quiero

No es difícil: que no haya ideas y me enciendas la piel; que no haya palabras y me habites la boca; que no haya piedras y me pintes el vientre; que no haya pasados y me des un presente; que no haya cartografías ni caminos trazados y me hundas en el fondo de tu mar. No es difícil: que haya cielo y alas y una taza de té al regresar.

Árboles

Árboles en el borde del camino, troncos ásperos y oscuros uno tras otro, veloces, como una cinta movida de luz. Árboles con hojas: verdes, ocres, amarillas, anaranjadas, secas, vivaces, sujetas, cayendo, en el suelo, en las ramas, enteras, comidas, tan solo nervaduras como alas de hadas, como telas de araña. Árboles con raíces, profundas, superficiales, gruesas, enteras, divididas como los bronquios en los pulmones rosados, hundidas en la tierra negra con insectos de cáscaras crocantes y azules y antenas con lunares de colores, gusanos como pequeñas serpientes en miniatura que los niños toman entre sus dedos pegoteados con asco y ensartan en sus cañas de bambú para sacar del río verde peces plateados que coletean ahogados en la orilla de pasto. Árboles que tejen un encaje de cielo con sus hojas y dejan filtrar la luz como ojos en el suelo, tupidos como copas desbordadas, sutiles como telas de arañas, como hilos de viento, como saliva de amantes. Árboles que bailan cuando se encrespa el aire y pasa violáceo entre sus ramas, que no se quiebran porque se dejan atravesar sin resistir, entregados a su destino de árbol movido por las ráfagas violentas. Árboles altos, altísimos que escarban el cielo para que lluevan estrellas en la noche del amor. Árboles que rozan sus copas de hojas que se llaman con una melodía fina de flautas verdes hasta alcanzarse y entrelazarse en un túnel umbrío que se refleja en los charcos que quedaron después de la tormenta. Árboles con nidos en las ramas mientras el sol se cuela dorado sobre los huevos, entre las ramas, junto a los barros. Árboles para aprender a volar, a sentir cómo se despegan las plumas, se tensionan los músculos, se desarman los picos, se perfuman los ojos y, de pronto la rama deja de sostener para dejarse llevar por un colchón de nubes blanquísimas de espuma en el cielo azul y los pulmones se ensanchan mientras el vértigo del vuelo se clava como una espada en medio del pecho de la felicidad. Árboles, árboles y más árboles y yo aprendiendo a mirar.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Te toco el alma

Con los ojos te toco el alma, miro en ella el espejo que refleja mis palabras, rozo apenas el soplido que te habita para inflamarlo con mi propia luz. Enciendo los corpúsculos donde viven tus sensaciones como gotas de agua que se expanden, que chorrean, que mojan la tierra seca y la perfuman con colores: añil, índigo, un violento naranja, un encendido amarillo de sol sobre la arena, verde hoja nueva brotando del tallo, rojo hematí, violeta fondo de mar.
Toco tu alma. Mis yemas acarician sus bordes, no para suavizarlos sino para sentir cuán filosos pueden cortar, para que me hieran los dedos tus dolores más oscuros y mi sangre brote mojándote la superficie platinada. Toco tu alma y despierto los peces que la atraviesan, los árboles que la cubren, las cuerdas que la atan, los rayos que la iluminan. Toco tu alma y muevo el telar en el que dibujás tus imágenes.
Sacudo apenas los hilos cristalinos que zurcen el bastidor y las manos veloces que se sumergen y emergen entre los hilos para volver una y otra vez. Veo, más allá de las hebras, la sutileza del diagrama que se arma, que se enhebra, se desenhebra, que aún no ha comenzado a nacer. Veo más allá de los límites donde tu alma bulle; distingo, en la tierra densa de las sensaciones, la extensión que tu alma alcanzará y me empeño en tocarte para que mis dedos amasen la cera que te compone y mis palmas te fundan en calor.
Toco tu alma porque no existe otra manera de sentir, es decir, de hacer marcas en el viento, horizontes de vuelo, alas expandida para volar.

domingo, 4 de diciembre de 2011

escrito en el agua

Nada de lo que pueda decir quedará dibujado en el agua; pero lo que tu boca trajo fue una tormenta de ternuras sobre mi piel dormida y me escondí en el campo profundo de tu abrazo para soñar con barcos deslizándose por la pequeña curva de tu húmeda nuca.

sábado, 3 de diciembre de 2011

He vuelto a casa

Apenas la boca se posa sobre la piel desnuda, bajo el sol y entre los labios nace un río de luz, una mañana se hace nido y van los verbos como peces hilvanando los restos de los árboles entre la lluvia de perfumes que los mecen.
La hora redondea su aventura y no deja que nada se enfríe en el aire que sopla como una brisa clara de molino en el campo.
Es como estar en casa otra vez: haber perdido en un hueco de muerte el camino de vuelta y haber llegado entonces: la cancela, el zaguán, los vidrios de colores y soy yo y mi alma que hemos regresado después de un largo viaje: que nada me lastime cuando irizo los pliegues de mi cuerpo con todos mis colores.
Quiero pasear por todos los jardines de la risa y ver los peces nadar entre mis dedos mientras me alzás junto a la gente que camina.
Puedo cerrar los ojos para que el tiempo encienda el color de las horas estivales sobre los primeros manteles.
Voy a bailar hasta caer rendida: he vuelto a casa.

jueves, 1 de diciembre de 2011

El tiempo

Hay un mundo que se ha deshojado y ya no está. En ese tiempo –que puede parecernos inmemorial y perdido- las cosas tenían otra impensable duración. Eso cargaba la sustancia de todo lo que hacíamos con otra densidad. Los minutos podían demorarse horas en transcurrir, porque todavía había más horas para ser gastadas, usadas, diluidas, finalmente, en un devenir del que parecíamos no tener conciencia. El sol –en ese entonces- tardaba más en irse de los manteles y mucho más de las paredes del mediodía. Algunos hasta quedaban prendidos del movimiento de una luz en el fondo de su pupila. Mirábamos cómo las hojas se abrían desenroscando sus verdes al girar y cómo las agujas de las tejedoras encimaban un punto sobre otro para enlazarlo en otra vuelta de lana roja y llegar a un final que parecía no arribar jamás. Los amigos se oían y las palabras de uno caminaban por los brazos del otro hasta alcanzar sus oídos donde dormían dulcemente acunadas. Ese era otro tiempo, inmemorial y perdido.
Hoy los minutos se adelgazan en una anoréxica vocación por ser segundos. Lo que no puede ser ya, pierde instantáneamente su mera posibilidad de existir. No encontramos los huecos y apenas si podemos respirar: un, dos, tres, inhale, exhale y ya: a otra cosa. Nos levantamos, hacemos mientras desayunamos, sacudimos un poco a nuestros hijos para dejarlos en condiciones y que suban al micro escolar que los sumerge en una agenda gritándoles si llevaste la mochila o te llamo por celular, hacemos las compras sin oler los tomates que deben ser rojos pero no importa demasiado a qué saben, no sabemos por dónde sale el sol y ya ni manteles quedaron para que se demore porque es el chico del delivery el que ya toca el timbre y salimos a pagarle y entramos y comemos y a dormir porque se hace tarde y mañana hay que empezar otra vez y no tendremos tiempo para llamar al amigo, para querer el amor, para mirar las hojas desenroscarse y de pronto el tiempo nos arrebata lo que queríamos sin que alcanzásemos a mirar cuál era el color de sus pupilas al hablar. Y ya es diciembre y vuelta a empezar.
Y entre un tiempo y otro, venidos de la nada y del todo hay seres que zurcen aquella densidad con esta superficie y nos muestran que, más allá de las olas que ruedan en la orilla, el mar tiene una oscura profundidad. Y vamos de su mano a sumergirnos con los ojos abiertos para poder aprender qué era aquello de detenerse a ver. Esos son los que cada uno llama maestros, venidos de otra vida para decirnos cómo hacer para sobrevivir a lo que ya se fue en la arena intempestiva del reloj.
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