miércoles, 27 de julio de 2011

Matemática pura

Uno más uno dos, pero se equivocan: uno más uno es solo eso: uno más uno sin síntesis abarcadora que pudiera dar dos.

viernes, 22 de julio de 2011

La confianza

La confianza dice no con la cabeza y, en la mano, estruja su pañuelito de palabras. Ella quiere saber, que le cuenten una y otra vez la vieja historia en la que nunca termina de creer. Busca en su pecho, el lugar en donde se extravió su corazón y solo halla unos huequitos de colores antiguos por donde sopla el viento de la pena una vez más. Dice que ahora no, que otra vez será, que muchas gracias, que ha sido una velada encantadora, que quizá en otra circunstancia, que Dios dirá. Y en sus ojos de gacela olvidada, la confianza construye un edificio de certezas para abrir esa puerta y refugiarse en él.

Nadie quiere jugar conmigo

martes, 19 de julio de 2011

Trapito

Miré tus ojos y no había luz que reflejara mi mirada;
así que tomé un trapito para lustrar la vidrierita de mi corazón y dejar que lo entibiara el sol.
Y trapo va y trapo viene,
te fuiste disolviendo y brillé.

lunes, 18 de julio de 2011

17 años



Llovía como llueve en julio en Buenos Aires cuando llega la sudestada: frío, finito e incesante. Algunas ráfagas más tupidas y un viento helado colándose en el pelo, en la ropa, en los guantes, entre los paraguas.
Y entonces a esa hora de siempre: la sirena sonó y pensé en los muertos: en esos, en los míos, en los que todos tenemos en algún pliegue del cuerpo.
Y la sirena penetraba en mis ojos al compás de la lluvia: fría, finita e incesante.
La sirena era un pedido de auxilio, de justicia, de memoria.
Me revolvía el alma. Volaba entre el techo de paraguas que no nos cobijaban. Hice lo que hago siempre cuando algo me asalta: lloré porque las lágrimas reparan las heridas y son el agua con que regar la confianza en que algún día el mundo será un sitio sin ninguna tormenta.

Apariencia y realidad

La única familia es la que una nunca puede alcanzar. La otra, la que existe, la que lastima es un efecto de la radiación.

domingo, 3 de julio de 2011

Anécdota escolar XCIV: Yo quiero ser toro.

Los cuentos fueron colocados frente a los alumnos. Uno a uno con su texto y con sus posibilidades de interpretar lo que ese autor tenía para decirles, ahí, en esa precisa circunstancia.
-No entiendo.
-¿Qué quiere decir infortunio?
-¿Y hervor?
-¿Y nítido?
-No entiendo.
-¿Qué es el gato? ¿Un gato?
-¿Cómo alguien quiere ser toro?
-¿Qué te pasa, nena, nunca quisiste ser conejo?
-No entiendo.
En el frente, ella respiró profundo. Al fin y al cabo no era tan complejo: una carilla, un niño que recuerda, siendo adulto, un pasado doloroso que, sin embargo, valoriza porque la infancia -ya sabemos- es la edad de oro de los imbéciles inconformes con su adultaactualidad.
-No entiendo. ¿Vos entendés que yo, yo -oíme bien- yo no en-tien-do?
Tuvo la sensación de una crisis histérica al por mayor y multiplicada por cinco, seis o siete sirenas desatadas intentanto que Odiseo no llegue a casa, no por el afán de quedarse con el hombre; sino, tan solo, por arruinarle la vida a la pobre Penélope. Así que deshizo la tela con paciencia, palabra por palabra.
-Hervor es el efecto de hervir: colocar un líquido en un recipiente sobre el fuego para que se caliente y hierva. Nítido, claro, diferente. Infortunio, desgracia...
-No soy tonta.
-Nunca dije semejante cosa.
-Pero explicás de una manera, como si lo fuera. Simplemente, no en...
-Ya sé, no entendés.
Se acordó de aquel joven japonés en la estación de trenes de Venecia que intentaba comparar la palabra "Génova" de su boleto con la que estaba escrita en un tablero, letra a letra para ver si esos dibujos -desconocidos para él- tenían alguna semejanza y debía subirse al tren. Él, de verdad, no entendía.
Cerró los ojos para adentrarse en el misterio de esas dos palabras: "No entiendo", percibir con claridad racional qué secreto guardaban, mientras a su alrededor los gritos se amontonaban como torres a punto de desmoronarse.
-¿Y qué es la incógnita de un rumor?
-¿Por qué ladran los perros?
-¿Y una zorra? ¿Qué es una zorra?
-No entiendo.
Sintió deseos de llorar, de gritar que ella tampoco entendía, de recitar el Cántico espiritual de ese poeta del siglo XVI, san Juan de la Cruz, a ver si le apaciguaba un poco la comezón que, a esta altur,a se componía de irritación, fastidio, intolerancia y ganas de levantarse, ponerse el abrigo e irse tan lejos como le fuera posible: eso sí, a un lugar donde todos entendieran de qué se trataba entender.
Se pensó a sí misma a esa edad. Claro, era otro mundo, una tenía la obligación de entender porque pensaba cambiar el mundo; una no tenía tiempo de no entender porque la gente que una amaba desaparecía y no quedaba otra que reaccionar cuando tus padres te mandaban lejos para salvar tu vida. Las ventajas y desventajas de haber sido adolescente en el 76: o entendés o morís. Así de simple. ¿A qué edad había comprendido que la vida era mucho más dura de lo que siempre había imaginado y mejor aprender bien sus aristas filosas si no quería quedar atrapada en la maraña del fracaso y la desilusión? Claro, que de leer sí entendía, había entendido desde siempre. Ante la carencia del regazo tibio de una madre no había tenido otra posibilidad que refugiarse en la fragilidad de un mundo de papel.
-¿Y cómo voy a hacer esto si no entiendo?
-¡Te podés callar que así no puedo trabajar!
-Vos porque entendés...pero yo, ¿cómo voy a hacer?
De la única forma en que se aprende a hacer, intentándolo. Solo de cara al texto, a la muerte, al dolor, a la desolación. Solo y sabiendo que no te van a vencer. A caminar se aprende caminando, ¿no? Como a amar. ¿O acaso alguien sabe de antemano qué cosas debe intentar para ser feliz? Recordó la tarde en que había sido madre. El pediatra le había dicho en un rato le traía al bebé y ella había pensado para qué, si no iba a saber qué hacer con el chico cuando se pusiera a llorar. Y, sin embargo, el tipo se lo trajo y ella supo bien qué hacer: primero vacilante, luego segura, acertando y equivocándose por partes iguales o tal vez con menos aciertos que errores- algunos insalvables-. Veinticinco años de no entender jamás qué hacer, pero seguir; seguir porque lo único que nos mueve con una voluntad inquebrantable es la confianza en que, algún día, lograremos comprender y eso tendrá una recompensa final, propia, personal, privada. Y al apoyar la cabeza en la almohada -alguna vez- sentiremos que sí, hoy, por fin, lo logré. Y así saber qué significa el amor, qué cosa es esto de la amistad, de qué forma sigo de pie, qué puede pedirsele a los hijos y qué debe una siempre dar y dar: la recompensa de que hoy supe por fin cuál era la moneda de oro que deseaba compartir con los demás.

viernes, 1 de julio de 2011

Literar en familia

Una familia en la que es imposible tejer lazos;
una familia en la que nadie hace que valga la pena llegar;
una familia en la que no se reconoce al otro como tal;
una familia donde los bebés fueron sacados al frío de julio con los piecitos desnudos y nadie se alarmó;
una familia donde la madre mira para otro lado como si nada estuviera sucediendo aquí;
una familia donde el padre vuelve, pero no está;
una familia donde los hermanos sufren la diáspora como algo sumamente natural:
una familia que hubiera podido brindarme la demencia y, en todo caso, me regaló la literatura como necesidad.
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