domingo, 27 de marzo de 2011

El perro

Soy un perro que se muerde la cola. El problema es que el rabo se acabó y ya me devoré medio lomo. Si sigo así, no me dejaré nada con qué vivir.

sábado, 26 de marzo de 2011

Propuesta

-¿Qué dijiste?- susurró ella con los ojos anegados de lágrimas que intentaba reterner.
Él la miró sin entender.
Ella se levantó de golpe y, con su movimiento brusco, empujó un poco la mesa.
-¡Pará! -exclamó él- ¿Qué te pasa?
Pero ella ya corría para el baño del bar y él, atónito, la miraba perderse en la puerta blanca del cartel "Damas". Y se quedaba sin entender. Diez largos minutos sin entender.
Al rato, ella salió con la cara roja y los párpados refregados.
Se volvió a sentar sin mirarlo.
-¿Me querés decir qué carajo te pasa? -preguntó él ahogando la rabia.- ¿Por qué saliste corriendo así?
-¿Así? ¿Así cómo?
-Como una loca. Sólo tenías que decir que no si no querías. ¡Quien te entiende!
Ella respiró profundo y mirando por la ventana dijo:
-Pensé que nunca me ibas a decir que nos casásemos y hace diez días que empecé a salir con Mario. No sabía...
Él sacó las cuentas de los últimos diez días, metió una mano en su bolsillo, dejó un billete sobre la mesa y salió, mientras ella miraba por la ventana sin dejar de llorar.

sábado, 12 de marzo de 2011

La caja

Yo le di la caja. Era lunes, 21 de diciembre, un calor que pegaba los pájaros al suelo. Habíamos caminado en procesión -informal y desarticulada- hacia la casa; yo con la caja. Como si llevara una ofrenda. La gente ya festejaba una Navidad deslucida e imprecisa, pero yo llevaba la caja.
Ella venía apoyada en el brazo varonil de mi hermano, como siempre. Y él se inclinaba, ligero, hacia ella, protegiéndola de las circunstancias que se habían instalado entre nosotros desde el jueves anterior. Todo perfecto, pero la que llevaba la caja era yo. E iba sola, adelante, por la calle Olleros que parecía una boca de aire quemado de tan caliente.
Al llegar, ella sacó la llave y me la extendió. La introduje en la cerradura y la puerta sonó oxidada sobre las bisagras. Esperé que todos pasaran -ella, mi hermano, y la vecina infaltable que ella solía prohijar como si fuera su propio riñón-, y cerré la reja. Con el llavero me dirigí a la puerta de entrada donde me aguardaban. La casa estaba fresca y oscura. Unas bolsas se apilaban en el pasillo.
-Ya junté la ropa. -me aclaró.
-Ah, -dije- mirá vos.
-Habría que regalarla -acudió presurosa la vecina- no va a hacer más que juntar polvo acá.
-Sí, claro -apoyó ella apurada- ¿Venís a comer mañana? Puedo preparar algo para...
-¿Festejar? -la interrumpí.
Mi hermano levantó la vista.
-¿Festejar? ¿Qué decís? No hay nada que festejar.
-¿Vos no vas a aprender a leer entre líneas jamás, no?
-¿Venís o no? -insistió ella.
-Después te aviso. -le contesté y apoyé la caja en una repisa- La dejo acá y mañana vemos cómo hacemos.
-Entonces venís.
-Te aviso.-dije- Y si no vemos mañana, resolvemos el miércoles de qué manera cumplimos. ¿Les parece bien?
-Sí -contestaron a coro ella y mi hermano.
-Entonces me voy- y la vecina ya tenía el llavero en la mano.
Cuando salí recordé que aún no había pensado en los regalos del 24 y era un momento para hacerlo. No sé si el mejor, pero uno al fin.
Al día siguiente cuando toqué el timbre, mi hermano salió a abrir.
-¿Vos vivís ahora acá?
-Llegué hace un rato nomás.
Entramos los dos en silencio. La caja ya no estaba en la repisa. Fue lo primero que noté.
-¿Y la caja? -pregunté.
-Ya la tiré.- aclaró poniendo los platos sobre la mesa.
-No habíamos dicho...
-Sí, pero lo resolví yo. Al fin y cabo era mi derecho, ¿no?
Respiré profundo y cerré los ojos. Volví a verlo, sentado en una piedra de un lejano bosque, con la cabeza entre las manos y los ojos grises, empañados y tristísimos. Alguien tiene que sacrificarse para que los demás puedan ser felices. Como si la felicidad fuera una donación, pensé. Abrí los ojos y la vi de pie, junto a la repisa, con un tenedor en la mano y esperando.
-No -murmuré- no era tu derecho.
-No vas a hacer un problema por esto. -exclamó mi hermano desde su lugar en la mesa -¿Qué importa quién lo hizo? Está hecho y listo.
-Abrime.
-¿Qué? -preguntó ella- ¿No te quedás a cenar?
La miré midiendo la repercusión exacta que irían a tener mis palabras. Las vi deslizarse por la rejilla y supe que era una batalla que no valía la pena librar.
-La sangre es nuestra, no tuya. Y si alguien, en esta situación, tenía derecho éramos nosotros tres. Y ahora abrime.
Mi hermano se levantó.
-Siempre la misma- resopló mientras agarraba las llaves- De una cuestión intrascendente hacés un mundo.
-Un mundo que si se desploma sobre vos, mirás los restos diciendo "uh, se cayó".
-Dejala, dejala...- exclamó ella- No tiene nada para decir e igual jode.
-No peleen.
-Ni pienso, abrime. Lo que venía hacer ya está hecho, ¿para qué cenar?
-Abrile. Y no vuelvas nunca más.
Mi hermano abrió la puerta y salí. Esta vez, con seguridad, no era un buen momento para pensar en regalos o festividades de Navidad.

De esto han pasado ya casi veinte años: veinte largos y pedregosos años.
Ayer justo tomábamos el té, ella y yo. Mi hermano vive lejos y de la vecina, ni rastros.
-Cuando yo me muera- dice, y yo pienso, con resignación, que faltan todavía siglos para el acontecimiento - quiero que pongas mis cenizas en el arbolito de Plaza Francia así le doy sombra a la gente que va a pasear-siempre fue afecta a los sentimentalismos poéticos.
-Está bien.
-Agarrás una palita, cavás un pozo y me dejás.
-Bien.
-¿Vas a saber hacerlo bien?
-Y, quizá, -exclamé ponzoñosa- nunca me dejaste ejercitar. La otra vez lo hiciste vos solita.
Ella levanta los ojos de la taza y me explica como si yo fuera una niña
-Mirá si iba a necesitar tu ayuda para tirar las cenizas de tu padre a la basura. Para eso nadie necesita ayuda. ¿O sí?
Intento contener la ira que repentinamente, con la revelación, me crece en medio del estómago porque ni vale la pena discutir. Ella ya decidió que a mi padre no puedo continuar amándolo porque está muerto. Y a los muertos no se los sigue queriendo, aclaró.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Tu nombre


Cierro los ojos un segundo para poder mirar la esencia ventajosa del verano. La nuca se irisa de sudor como un collar de frescura aduraznada y huelo su perfume mojado. Debajo de mis párpados crece tu nombre húmedo y fecundo. Siento cómo echa sus raíces en la densa tierra de mis pupilas y da sus hojas asomando en las líneas sutiles con que se teje el iris. Mis pestañas aspan el viento en medio de tus letras y las refrescan una por una hasta que tiemblan movidas por el aire. En mis cejas se limpia la tormenta veraniega de tus sílabas y te veo con los ojos cerrados abriéndome un camino que me diga cómo era lo que yo esperaba y nunca acontecía. Después cuando entra la luz calurosa de marzo, tu nombre me acompaña con los ojos abiertos.
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