martes, 22 de febrero de 2011

Universos femeninos

Trajina en su universo de mujeres y su paciencia, que es infinita, se adelgaza hasta hacerse finita como una hoja mínima en el viento. Respira, toma un envión y vuelve a construir los puentes que sostienen relojes de goma, madejas de cabellos, orejas que no oyen, respuestas entre dientes y un estallido a punto de escaparse que doma, de a poquito, corrido hacia un costado: no vaya a ser que la explosión lo lleve y sea irremediable como unir los pedazos de una taza querida con baba de una araña. Él sabe, y aguarda que amanezca, munido de un paraguas. Y pasa la tormenta, él lava las huellas del naufragio y vuelve a transitar paciente su mundo de mujeres hasta que vuelva el viento y achique su paciencia al infinito.

sábado, 19 de febrero de 2011

Volver

La noche espera en el borde de la ciudad que duerme.
Caen las últimas gotas de la lluvia sobre los límites de las palabras que se acurrucan para que nazca el día.
Cierro los ojos sobre la almohada blanca y tu perfume me abraza a través del silencio.
He regresado a casa.

domingo, 13 de febrero de 2011

Él habla, dice, cuenta, oye.

Es una casa de bordes redondeados, sin aristas, en donde los sonidos se arremolinan en manojos de luces mientras la oscuridad se llena de tonos cristalinos. Él me habla en el cuello y las palabras se demoran en el lago mojado de mi pecho para nadar en el perfume de su boca. Después buscan la planicie profunda de mi vientre y vuelan hacia los pliegues húmedos de mis rodillas. Él habla, dice, cuenta, oye; él muestra, abre, abarca, enseña; él ampara, protege, acuna, espera. Yo, a veces, tengo miedos: los de ahora, los de antes, los de nunca, los de siempre. Me descubro queriendo una mañana abierta, unos peces violetas, una mesa pequeña en un lugar sencillo. Yo, a veces, dejo que se convoquen mis fantasmas. Pero él ahuyenta el pasado cuando ríe, me deja que lo llame a través de vidrios circulares, que me aleje y que vuelva, que apoye mi cabeza repleta de dolores para que el corazón se limpie y vuelva a ser un cántaro lleno de agua fresca mientras él habla, dice, cuenta, oye.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Primera oración

Él pasa su mano por mi brazo. Roza mi piel apenas, primero, sin otra cosa que sus yemas sobre mi piel dormida. Después su mano se demora, busca el pliegue, deja una huella de pequeñas medusas azules en el agua que habita entre mis poros y me habla. Sus palabras se enredan en sus dedos, abren sus alas de vocales y se quedan dormidas entre mis manos tibias. Él habla mientras su mano arma un camino en que mi piel lo aguarda. Se me llenan los ojos de recuerdos que aún no puedo poseer, pero ya tengo: un primero de enero, un río, una tarde de lluvia, un libro que se cae, el aroma entibiado de una cena, la sencillez perfecta de una ruta contra el amanecer del campo, el perfume de la tierra mojada... Él pasa su mano por mi brazo y yo dejo caer los murallones que tapaban mi risa y me dejo encontrar donde estaba escondida desde hace tantos días. Y entonces en el límite exacto de mi pena crecen flores violetas, retornan en su vuelo los pájaros y el arroyo se llena de peces y de barcos. Respiro con la boca, con los ojos, con la nariz para que vuelvan a vaciarme las moléculas verdes del oxígeno limpio, mientras lo miro pasar sólo su mano por mi brazo y hablar de cosas que se tornan trascendentes.Y me dejo transportar hacia los días que vendrán y serán en sus manos, sobre mi brazo, sobre mi exacta memoria del pasado, sobre mis penas, sobre los párpados livianos de mi vida, sobre el vacío para llenarlo de bosques, de selvas, de tormentas. No hay nada que decir porque en la noche se abren las luces mientras roza mi brazo y habla y yo me dejo estar en la tibieza del amparo, segura y otra, pero la misma que supe ser cuando yo era. Cada segundo que pasa se hincha de palabras y mi cuerpo es un papel escrito por la mano que roza su superficie, que borronea. Se perfuma la hora y callo. Todo busca su sitio y cantan las alondras en el anochecer dormido del silencio.

jueves, 3 de febrero de 2011

Certezas

No son muchas las certezas;
son, más bien, unas pocas:
los ojos que se abren y se cierran sólo cuando nosotros les ordenamos que lo hagan;
el corazón que late sin que podamos interferir en ello;
la piel que se estremece aunque una se ponga tres abrigos superpuestos
y diga que hoy no, que quizá sea mañana o pasado o en un mes porque el futuro no es más que eso que se va posponiendo.
A veces se descarga un aguacero y despierta el perfume de la tierra;
a veces sale el sol y quema hasta la extenuación pero es una alegría contra el cielo del día.
Está la muerte y es una herida honda e incurable,
pero sigue la vida como un pañuelo que se despliega entre la yema de los dedos
y es una suerte que todo se inaugure después de tanta pena.

martes, 1 de febrero de 2011

Agua

Algo que es apenas imperceptible se eriza sobre la superficie mansa del agua, la encrespa y enerva su molécula de oxígeno por sobre las de hidrógeno incomodándoles la estabilidad que las soldaba. Algo desplaza su quietud verde y la vira hacia un azul ligero, casi turquesa oscuro aún con más de esmeralda que de celeste. Un viento pasa arriba sin rozar su masa líquida pero mirándola moverse casi, como si en medio de un ruego algo hubiera quedado detenido en el minuto subsiguiente en el que la espera se habría de desmigajar en eventos irreproducibles y oscuros. El agua se atormenta en su seno profundo preguntándose –como tan sólo se indaga el agua- qué hay y algunas cuestiones quedan sin respuesta porque no está en su forma más que la dubitación irreductible. Después el agua baja por un camino desconocido, ingresa en territorios que a su esencia le estaba vedados – ¿o fue tal vez ella misma quien se los había impedido para quemar para todos los días venideros lo que la sucesión tiene de perentorio y acechante y quedar suspendida en un tiempo que al haberse abstraído de lo sucesivo asume de algún modo la eternidad marmórea de la muerte?- y en esos territorios se inquieta, insegura, inestable, corroída por la inefable imprecisión del tiempo, esa medida humana dividida por agujas de acero, pero que bulle en el alma imprecisa y a veces se acorta hasta la exhalación de un último gemido y otras se prolonga en un suplicio que dura horas comprimidas en el escaso vaivén de la aguja que corre del uno al dos y luego al tres mientras el corazón acaba de transitar de polo a polo en medio de un desierto sin tiempo. El agua desea permanecer inmóvil en sus viejas orillas, no salirse del cauce, no dejar que la busquen los pájaros para bebérsela de un sorbo cuando el sol sube en el cielo blanco; el agua desea ser otra vez el agua que era mansa, quieta, tranquila, deshacerse de esta inquietud y perdurar en la mansedumbre reconocida de su recuerdo de agua; pero nada es igual a lo que era, nada se repite dos veces y hay que reconocer los signos nuevos que se posan en el lecho del agua y la encrespan, la erizan, la sacuden con un cardumen de brillantes peces blancos que son como jaurías en su interior de moléculas verdes y no desea reconocer que no hay tiempo medible, que la eternidad es sólo muerte pudriéndose debajo de una lápida, que se rescata como una uva la memoria de diluvios pasados, de aguaceros impertérritos sobre la selva, de la meseta transitada a bordo de una nube plateada; que eso permanece en su esencia de agua y la perfuma con una densa capa de frescura profunda. No sabe el agua cómo es la hora sucesiva, pero baila.
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