sábado, 15 de enero de 2011

jueves, 13 de enero de 2011

Acuarelas: primera vez

Puse el agua limpia -bajaba el río entre las piedras-.
Mojé el pincel -corrían animales sedosos bajo la lluvia-.
Humedecí la hoja hasta inundarla -las gotas perfumaban la tierra-.
Elegí el color - amanecía el alba como un cuenco en el campo-.
Dejé caer los puntos de colores y miré.
Hay pocos milagros que me quedan: el azul se expandía con venas de sutileza extrema y, entre ellas, el verde sacudía sus hojas de rocío donde el violeta anclaba su poderosa estirpe de profundo misterio; entre todos, el rojo se expandía avasallante como una lengua gorda y el amarillo hundía su luz de invitado a la fiesta.
Sin límites se abrían impensadas figuras hechas de sucesivos nados del color en el agua: ríos, animales, lluvia, sol, campos.
Había que mirar y descubrir los rumbos como un viajero que abre los ojos y está en otro sitio que revela sus cortes, sus perfiles, que le golpea el alma como lo que se sabe nuevo e irrepetible porque el viajero ya se pone en marcha y busca otro paisaje que lo llame a sentarse y ver el color expandirse como acuarelas nadando por el agua.

domingo, 9 de enero de 2011

El tiempo involuntario


Trato de ver que hay más allá.
Aguardo que la tarde se haga mansa.
Espero que la vida se serene y la luz se disgregue en gránulos sombreados.
Miro los pájaros que vienen a posarse en el ceibo.
Me pregunto, al cabo, cómo es posible que haya sucedido.
Me resigno a tu ausencia definitiva.
Me ilusiono pensando que tengo el tiempo guardado en mi bolsillo.
Pienso en el sol como una fresa que no me corresponde.
Me ahogo de palabras y colores.
Te extraño irremediablemente.
Siento mi vida como una pradera donde estarás no estando.
Quiero a los que me amparan.
Lamento que hayas muerto tan de pronto.
Escribo para ponerle coto.
Leo para llenarme.
Dibujo para sentir que te reís todavía de todo.
Así se pasan los minutos y se llevan rodando mis tristezas hacia un futuro que no está en el presente ni en ningún otro lado porque el tiempo es algo que sucede, que se amontona, que ya pasó, que no te toma lista porque vos te moriste en algo que se llama pasado y que no está aunque cantes en los segmentos profundos de mi cuerpo y en ese espacio ancho que habitan mi memoria amorosa y tu recuerdo.

jueves, 6 de enero de 2011

El amor

Sólo nos enamoramos de aquellos que, de una u otra forma, reproducen imágenes de nuestra infancia. Si la reproducción es de instantes luminosos, habremos alcanzado la felicidad; pero si lo revivido son esos densos momentos de viscosa oscuridad sólo nos aguarda una sempiterna prolongación del infierno infantil.
Y todo esto porque nos recordé hace un año comiendo a la orilla de la ruta tres, como, cuando era pequeña, con mi papá.

miércoles, 5 de enero de 2011

Mariano Levin: Tu recuerdo

Cuando yo canto, la voz de tus pájaros me acompaña y buscan en mis manos tus miguitas.
Afuere llueve otra lluvia pesada de verano y con mi boca decís que hace calor y el mundo se hace verde.
Cuando yo miro, hay otra luz del mundo que me habita y encuentra en mis pupilas lo que vos le alumbrabas.
Afuera las piedras se pusieron mojadas y bajo el cementerio, tus huesitos se mueven como una cacalaca de sonidos.
Cuando yo hablo, me salen tus palabras y la risa precisa con que quebrabas todo: la pena, el silencio, la agonía.
Afuera de mi casa se ha quedado tu muerte: yo entibio tu recuerdo y eso alcanza.

martes, 4 de enero de 2011

Catábasis

¡Oh dioses, que ejercéis el imperio de las almas, calladas sombras, Caos y Flegeton!
¡Oh, vastas moradas de la noche y el silencio!
Séame lícito narrar las cosas que he oído.
¡Consiéntame vuestro numen descubrir los arcanos
del abismo y las tinieblas!
Virgilio. Eneida, VI, 264-267


Treinta pesos alcanzan para algunos días no es mucho pero alcanza hace frío carajo y además empieza a llover pero voy a poder comprarle el libro a Marita no es mucho ya sé a ver si me acomodo mejor me va a doler la espalda y después si esto sigue quizá haga otros pesos como está la cosa me conviene que esto siga ojalá que dure así también puedo comprarle las zapatillas pobrecita la nena las changas y esta lluvia de mierda justo hoy tenía que llover y así es buena la lluvia cuando estaba allá en Bahía Blanca nos íbamos con los pibes al campo el barro ¿y qué será del Tito? ¿estará así como yo en la lona y guardando un lugar en esta cola de mierda? ¿y la hermana? ¿cómo se llamaba? treinta pesos por esto el tipo de más allá pide veinte y esa otra pide cincuenta es mucho más vale treinta en mano que cincuenta volando no por mucho madrugar carajo a ver si éstos que pagan van a madrugar para eso estamos nosotros Marita el libro las zapatillas pero antes un kilo de buen pan y una buena tajada de dulce de membrillo ¿cómo se llamaba la lata de la vieja? mierda era redonda Marita debe acordarse petisa chiquita y redonda alcanzaba para dos días con la bestia de Mariano que se lo tragaba de un bocado ése sí que la hizo bien está allá pasándose la gran vida justo a tiempo ¿y la hermana? el Tito la odiaba porque la vieja siempre se la encajaba a todas partes el Tito con ¿Jimena? no Jimena no me revienta cuando se me va una cosa Juana ¿cómo se llamaba la pendeja ? una pesada era y la vieja Tito lleváte a tu hermana eso Juliana se llamaba y tenía unas trenzas que el Tito le tiraba de las trenzas y lloraba con unos mocos esta lluvia de mierda después me la encontré en dónde en la biblioteca de la facultad ¿qué año era? yo no conocía a Marita todavía ¿o sí? no no la conocía porque la mina estaba buena pero era la hermana del Tito y al principio no la reconocí claro si ya ni trenzas tenía y la vieja cómo rompía andábamos por el barro con la nena lloriqueando y le decíamos Tito dejá a tu hermana y no puedo chicos no puedo es mi vieja y una vez Mariano la subió a un árbol porque todos queríamos jugar a la pelota y la nena lloraba y ése cuánto cobrará podría preguntarle porque si está tan cerca y cobra menos mucho menos nadie me va a elegir y la nena necesita el libro y Marita podría comprar carne y hacer uno de esos guisos de antes ella estudiaba y la fábrica era lindo cuando yo volvía a la casa y Marita llegaba con la panza y los libros y cortaba la carne y la verdura y el tomate el juguito de todo cuando hervía e iba soltando todo para pasar el pan treinta pesos alcanza aunque sea para el libro la zapatilla de la nena pan y un pedazo de carne ¿alcanzará? para la carne un cachito nada más estoy cuarto a lo mejor es un poco caro treinta pero estos tipos ganan más comprando acá y vendiendo enfrente pero la fábrica cerró porque no necesitaban un ingeniero en ningún lado y yo le dije a Marita de cualquier cosa trabajo si hay que subir ladrillos yo subo ladrillos al principio estaba pretencioso pero después cualquier cosa lo que fuese para que los chicos comieran cómo llueve ahora menos mal que Marita me hizo traer esta campera que me mandó Mariano está buena la campera no pasa la lluvia y abriga también le mandó a los nenes y a Marita ese día la dejó en el árbol no no la dejó arriba la piba lloraba y lloraba pero nosotros dale que dale a la pelota y después como ganamos nos la dejamos y ya estábamos a tres cuadras de la casa y el Tito grita mi hermana y nos dimos cuenta de que la habíamos dejado arriba del árbol carajo el Tito se puso como loco le quería pegar a Mariano yo no tengo la culpa de que tu hermana sea una pesada rifála loco no la traigás más no se puede salir con una mujer vos no entendés Mariano yo por mí la dejo pero mi vieja ahora mi vieja me mata si se cayó mi vieja me mata y yo te mato a vos ¿a mí? ¿qué tengo que ver yo tarado? es tu hermana no la mía pero vos la subiste al árbol imbécil y todos corríamos para el campito y la nena estaba todavía arriba del árbol se había dormido entre dos ramas que la sostenían y el Tito se subió con Mariano y la despertó de un sopapo y vuelta a llorar tonta le gritaba el Tito ¿cómo te quedaste acá arriba estúpida? y la bajó cacheteándola pará bruto le gritó Mariano y se pelearon mientras la nena lloraba a los gritos con la cara roja de las bofetadas del Tito cómo me había olvidado de esto hace tantos años Mariano le encajó una piña al Tito que le destrozó la nariz se le puso como un huevo podrido y le sangraba la nena dejó de llorar de cómo le sangraba la nariz al Tito hasta Mariano se asustó lo llevamos a la salita y el doctor le puso hielo y le sacó una placa ¿habrá sido ahí cuando Mariano pensó que quería ser médico? sí debe haber sido ahí porque el doctor se lo llevó a Mariano afuera con la nena porque la tenía en brazos y la piba se había dormido después de tanto llorar cómo dormía la piba no sé qué le dijo Mariano nunca quiso decir qué le dijo el médico pero lo iba a ver una vez por semana cuando me llame le voy a preguntar si me acuerdo porque el tipo desapareció cuando nosotros también nos fuimos de Bahía el Tito se quedó porque el padre tenía negocios con la Marina ¿qué le vendía? unas arandelas para no sé qué cosa de los motores de unos aviones que los tipos tenían Mariano decía que el padre del Tito había ajustado las tuercas de los vuelos de la muerte el doctor la lluvia ésta me la manda quién mierda y encima empieza el frío si esto sigue a treinta pesos por día en cinco días hago ciento cincuenta cuánto hace que no tengo ciento cincuenta menos mal que está Mariano que se fue a Europa y yo como un boludo no quise y me peleé con Mariano treinta no es mucho pero hoy somos los que no estamos a ver si Mariano sabe cómo la estoy pasando claro él está cómodo allá dándose la buena vida y yo acá sin laburo haciéndole el caldo gordo a estos tipos que si fuera por mí cómo no me fui que los dos estudiar estudiamos y encima llueve no si yo estoy meado por un rinoceronte qué orgullosa estaba la vieja un hijo médico y el otro ingeniero se lo decía a la Choli qué piola el tipo ése que se trajo una mantita va a ser como esa vez que con Marita fuimos a ese recital con los milicos qué bien se sentía en ese momento y ¿el Tito? ¿qué se habrá hecho del Tito? la hermana al final estaba en la biblioteca de la facultad qué tiempos esos estábamos bien carajo y no en cambio ahora con éstos que se llevaron hasta el agua de la fuente de la Plaza de Mayo ¿era Mariano el que decía que ahí se habían lavado las patas el 17 de octubre? si seguimos así ahí voy a tener que ir a bañarme a la fuente estaría bueno miles de tipos de nuevo con las patas en el agua fresquita dicen que nos van a dar plata no sé si no tenés laburo y te anotás no sé dónde pero ni siquiera es seguro Marita dice que me anote que igual ya no tenemos nada ella limpia en esa casa y con lo que nos da la vieja de ella vamos tirando los chicos comen pero Marita pobre flaca si le hubiese hecho caso a Mariano y me hubiese ido con él el Tito le avisó que se fuera el pobre hablaba desde Bahía Blanca y el tarado de Mariano le discutía ¿qué habrá hablado Mariano aquella vez con el médico? ¿vendrá alguien mañana? ¿no estaré acá como un pelotudo para que mañana nadie venga y yo me vaya a casa con una bronca que al final la pagan Marita y los chicos? y mi suegra como una víbora que éste no trabaja que al final yo los mantengo y se la da de vago y muerto de hambre te hubieses casado con el hermano que está de médico y vivirías ahora en esa ciudad que no me acuerdo cómo se llama se llama Poittiers se dice poatié vieja de mierda que no me hace falta que me des si después vas a echármelo en cara y llueve llueve y los muchachos no quisieron agarrar cuando les dije que podíamos reabrir la fábrica en cooperativa yo sabía cómo si habrán sido cerdos claro mejor la indemnización calentita en el bolsillo que voy a poner un kiosco que voy a poner una verdulería la mierda nos llevó a todos ahora si me fijo capaz que alguno está en la cola engordándole el caldo a alguno de éstos que vienen a cambiar pesos por billetes el Tito ¿qué será del Tito? jugaba bien a la pelota el loco pero era medio facho nos dijo esa vez que a los zurditos de la universidad como ustedes los vamos a reventar en cuanto se descuiden pero ése era el viejo le llenaba la cabeza el viejo que le hacía las arandelas a la Marina y Mariano sacó una de sus grandes frases ése creía que con hablar y tirar unos panfletos iba a hacer la revolución y la revolución la hicieron éstos productiva decía que el salariazo que con la democracia se come sí Raúl si ahora estoy acá guardándole el lugar a uno de ésos a los que les hablaste con el corazón y te contestaron con el bolsillo con la democracia se educa por eso Marita no tiene los libros y después el dormido este último que iba a ser el médico y el maestro de todos que íbamos a tener la fiesta linda fiesta tuvimos cerró la fábrica y nos cagaron de nuevo palo y a la bolsa cerraron los bancos le afanaron a la gente a la que todavía tenía un mango porque lo que es a mí estoy bien porque ya no tienen qué afanarme linda joda y todavía los pelotudos salen a golpear la ollita con una cuchara qué suerte que todavía tienen ollas y qué sea lo que Dios quiera dijo éste último que venían los tipos el 20 por el barrio diciéndonos vamos a los supermercados que van a dar comida y la gente se prendió Marita quería pero yo le dije no le creas flaca qué va a dar el supermercado si ni para ellos tienen ¿te lo imaginás al Ruben regalando arroz? claro ni ahí lo veíamos al Ruben sacando latas a la vereda para que la gente comiera hubiese sido lindo pero el Ruben cerró las persianas cuando todos le llegaron como manada y mi suegra prendida al teléfono le gritaba a Marita que no me oyera y que se quedara en la casa porque era peligroso si la vieja hubiese sabido que era la hija la que me decía a mí vayamos vayamos así me traigo algo para comer unos días yo seré pobre pero no boludo y era raro que el Ruben justo él se pusiera generoso de golpe y después lo vimos por la tele la cana tiraba con los gases y estaba toda la gente ahí alrededor con los pibes y Marita no sé por qué no manda a la vieja al carajo si igual nos vamos a arreglar yo le pido a Mariano que en vez de camperas nos mande guita y se acabó el Tito le decía vos vas a llegar lejos Mariano y a Mariano le daba un ataque ni que el Tito hubiese sabido y se portó bien el tipo cuando lo llamó a Mariano para decirle que lo buscaban quiénes dijo Mariano quienes van a ser imbécil los milicos de Punta Alta estúpido que mi viejo les hacen las arandelas y le dijeron mire González cuide a su hijo que anda con ese mediquito que estamos buscando tu viejo es un hijo de puta le dijo Mariano mirá si era momento para decirle al Tito que el viejo era un trucho el chabón le avisaba y Mariano sale con sus principios la vieja lo subió a patadas al avión porque Mariano no se quería ir la vieja vendió todo para pagarle el boleto y el tipo no se quería ir que acá había que luchar que el pueblo iba a reclamarle por su fuga decí que la vieja tenía su personalidad porque le pegó un sopapo que le quedó la cara flotando en el aire le llenó la valija y lo llevó a Ezeiza en el colectivo 86 solitos los dos se fueron a la vieja no se le cayó ni una lágrima hasta que Mariano subió al avión y del Tito no supimos nada más hasta que vi a la hermana en la biblioteca ¿qué hacés acá? le dije lo mismo que vos supongo me dijo te bajaste del árbol y la piba se rió y me acordé de las trenzas y el Tito pegándole y le dije era medio bruto tu hermano no me dijo un bruto entero y nos reímos los dos estudiaba analista de sistemas creo y ¿vos que estudiás? me preguntó ingeniería industrial te vas a morir de hambre quién piensa en la industria en este país che ¿te volviste peronista vos? le dije a tu viejo le va dar un ataque a mi viejo hace tres años que no lo veo ¿y al Tito? ése se murió ¿el Tito? ¿se murió el Tito? la piba se rió a carcajadas no me dijo es una manera de decir se murió ¿por? estuvo en tantas raras y ahí me enteré que el tipo había hecho una fortuna en Punta Alta y no con arandelas justo al fin Mariano tenía razón y después la vieja se dejó morir que no fue otra cosa que no me lo digan a mí y que no le avisemos a Mariano cómo no le voy a avisar que estás enferma mamá vos no le decís nada y se acabó yo me voy a poner bien me voy a poner bien y se me murió en los brazos la vieja de triste se murió el corazón no le respondió y se murió de triste y la piba después me contó y Mariano vino y estaba enojado como si yo le estuviese ocultando algo fue un infarto le dije cuando lo llamé y al día siguiente vinimos con el 86 para la casa Marita no lo conocía y ahí estaba la vieja de mierda que se mantuvo callada pero un día se le fue la boca ¿y usted no pensó nunca en todo lo que sufría su mamá acá? le dijo no hacía otra cosa la pobrecita que hablar de usted y claro así no hay corazón que aguante y se enfermó y Mariano se enojó conmigo nos peleamos a los gritos claro así es fácil vos estás allá y no sabés lo que pasa acá ¿y por qué no me contaste así yo te ayudaba? claro el señor todo lo resuelvo qué imbécil fui con Mariano si al fin y al cabo el tipo no tenía la culpa Marita decía que yo le tenía envidia y que estaba celoso de que la vieja se hubiera muerto de tristeza por él y no por mí a las mujeres se les da por pensar cada cosa como la hermana del Tito que no me dijo en qué andaba el hermano después de tanta amenaza mirá si yo iba a saber que el Tito andaba en cosas pesadas así que era él el que sabía que buscaban a Mariano y este pelotudo al que puso pesos le daremos pesos y al que puso dólares le daremos dólares ¿y a los que pusimos el cuerpo qué? ¿nos darán una vida nueva? digo porque la vida ya me la gasté me la gastaron y Mariano esa vez después me dijo veníte conmigo al principio es medio jodido pero después tenés una vida mejor allá todo funciona y una vez que te legalizan podés planificar tu vida y yo como un imbécil le hablé de la patria ¿la patria? ésa se murió con Moreno allá en 1810 que al tipo lo tiraron al mar linda metáfora para fundar la patria digo llovía como ahora ¿cuántas horas más tendré que estar acá? ya deben ser como las cinco qué bien me vendría algo caliente Marita tenía razón que me decía que me trajera mate cocido en el termo con una galleta que ya se veía que iba a llover y acá hasta las diez no abren y hasta esa hora no va a venir nadie los tipos se levantan a las nueve la mujer les prepara un café un juguito de naranja y unas medialunas no como medialunas desde que cerró la fábrica se dan una ducha y vienen acá adonde este tarado por treinta pesos les guardó un lugar toda la noche para que ellos cambien pesos por dólares y mañana en vez de comer una medialuna coman dos y yo ni media galleta para engañar el estómago y después dije la patria esa de la escuela de la escarapela celeste y blanca y de San Martín que cruzó la cordillera a lomo de caballo si habrán sido truchos que el padre de la patria estaba sifilítico y lo cruzaron en camilla y con la espada con la pluma y la palabra ese Sarmiento en la cordillera dicen que escribió una frase en francés lindo patriota que escribía en lengua extranjera y encima se equivocó el autor otro trucho y yo le dije a Mariano que quería quedarme en la patria y a los dos meses cerraron la fábrica y la patria me dejó en pelotas como a los indios que mató Roca que está en los billetes de cien linda metáfora el billete más grande para el criminal más grande de la historia en el de veinte está Rosas otro que se las trajo ¿me dará el tipo uno de diez y uno de veinte o tres de diez? ¿quién está en el billete de diez? Belgrano está en el de diez ves ése me cae simpático ¿y en el de cinco? ¿quién está en el de cinco? San Martín mirá vos los más bajos tienen los mejores próceres y los más altos le voy a decir a Marita que le gusta pensar en estas cosas le voy a decir cuando vuelva con los tres Belgranos sí prefiero tres Belgranos a llevar un Roca Moreno no tiene ni un billete y si me va bien vuelvo mañana y pasado y hasta que esto se acabe así le digo a la vieja que se vaya a la mierda que a ver si ella me consigue un laburo ella que vive de lo que le dejó el marido que hasta después de muerto la sigue bancando así es fácil se rascó toda la vida y ahora critica y critica decí que si no fuera por ella no sé qué comerían los chicos así que me la aguanto y por la flaca que después de todo es la madre y la quiere y no se merece que además yo le haga eso que bastante me banca el mal humor que me agarra cuando pienso en qué mierda de país estamos viviendo que fuimos nosotros y no otros los que votamos a esta manga de tránsfugas así que no revoleen más la ollita y la cucharita que tienen lo que se merecen no yo yo no tengo lo que me merezco yo no me merecía estar acá esperando que venga un chorro educado pero chorro al fin a pagarme treinta pesos para ganar mil yo no festejé en el mundial del 78 yo no dije algo habrán hecho yo estuve en la Plaza aquel 30 de marzo en que nos corrieron a golpes yo no fui a gritarle viva a Galtieri por las Malvinas yo no aposté al dólar pero perdí igual yo no viajé a Miami yo no voté a ganador yo estuve en la Plaza de las Felices Pascuas yo luché contra la obediencia debida y el punto final yo estuve en la Plaza muchos jueves yo no me merecía esto vender mi alma por treinta dineros sólo treinta dineros no yo.

domingo, 2 de enero de 2011

Bajo el cielo de Pompeya


BAJO EL CIELO DE POMPEYA

La Circumvesubiana bordea el Golfo de Nápoles a la vera del volcán. Pasa las estaciones con las casas y los viveros casi adheridos a las vías. La gente sube y baja con un ritmo enfervorizado y grandes ademanes napolitanos. Van y vienen como insectos palmeándose los hombros y proclamando a los gritos la historia que tienen para contar. El tren es un tubo de vidrio: a la izquierda, el Vesubio y a la derecha, esa porción azul del mar Mediterráneo que se llama Adriático. Pasan San Giovanni, Barra, Santa Maria de Pozzo, Villa San Giorgio… y casi al final de la curva abrupta que lleva a Moregine está la Villa dei Misteri donde ella debe bajar.
Es una parada pequeña junto a las ruinas, a treinta minutos de la terminal central de Nápoles. En el andén, escasos veinte metros de lado a lado, hay una diminuta cafetería que vende también algunas pastas y pizzas. Medita un rato ante la vitrina si sentarse a comer o hacerlo de pie. Finalmente elige lo último porque no quiere perder tiempo. Bastante ya con el tren que la traía desde Roma y se demoró noventa minutos a la entrada de Nápoles hasta que a algún ferroviario inteligente se le ocurrió volver la máquina atrás, hacer descender a los pasajeros y buscar un ómnibus que, en menos de diez minutos, los dejó en la terminal. Así que pide un acqua frizzante piccola y un panino de prosciutto cotto e formaggio. El camarero le pasa la botella y un sandwich en un sobre de papel blanco. Lo toma y se sienta en un banco en la estación. Abre la bolsa y come intercalando tragos de agua. Termina y tira todo en el recipiente de residuos. Pregunta por los servici igiénici y el cajero, un viejito de bigotes blancos, le indica un corredor que se abre entre unas glorietas de buganvillas bajo el cielo azul del Golfo.
Dentro del baño hay un hombre. Puede verlo, detrás del vidrio esmerilado, cambiarse la ropa con detenimiento. Se impacienta porque tiene deseos de orinar y el ocupante tarda como si, en el mundo, no hubiera otra cosa que su aseo tras el cristal opaco. Ahora se lava las manos y la cara con abundante agua, a juzgar por el ruido del grifo abierto contra la pileta que no hace más que aumentar su deseo de orinar. Ahora se peina con un cepillo cuyo color no puede identificar y que, por momentos, supone verde o azul claro. El hombre -ella oye el spray- se arroja desodorante, guarda sus cosas y corre el pestillo. Justo a tiempo antes de que ella se orine o la emprenda a golpes contra el vidrio para que le abran.
Ella casi no lo mira. Entra, corre la traba, se desabrocha y orina con una increíble sensación de felicidad. Su chorro dorado se mezcla con el agua traslúcida y brillante de la taza del inodoro. Cuando termina se corre el cierre del pantalón, se lava las manos, las pone bajo el aire caliente del secamanos y sale.
El cielo está azul y, pese a ser agosto, es un día apenas primaveral. Ya casi lamenta haber traído el abrigo verde que le fastidia en las manos. Antes de salir de la estación y cruzar la calle, compra otra botella de agua y unas frutas que guarda en su mochila de lona. Camina media cuadra bordeando la muralla de Pompeya, un muro que simula ser antiguo, pero protege desde hace poco los restos a los que va a ingresar. Es lunes. No hay mucha gente y compra sin inconvenientes el boleto, pasa el molinete y ya está. Acaba de entrar en Pompeya: la Villa dei Misteri.
Sube por un puentecito de madera, pasa un bloque de piedra bastante tosco y accede a una calle en deplorable estado de conservación. Camina tranquila, pero sus ojos van más allá, casi hasta el límite donde Pompeya se pierde en las laderas lejanas del Vesubio. Accede al foro donde unos turistas japoneses se ríen detrás de una varilla con una cinta roja que porta un guía, japonés él también. Y sacan fotos. Muchas, muchísimas fotos. Los mira. ¿Qué entenderán de una ciudad romana sepultada en lavas? ¿Y de las sutilezas del derecho romano y las bacanales sangrientas en el circo? ¿Y del fino arte del envenenamiento y la política?
El foro es amplio, verde, con columnas caídas y desparramadas El sol del mediodía del 23 de agosto se alza contra los muros que estuvieron sepultados tantos años a su luz. Extiende el mapa para orientarse. Una niña rubia pasa saltando a su lado y le sonríe, pero está demasiado concentrada en el entramado de calles que salen del foro como para observarla. La pequeña la rodea con sus saltos y se aleja justo cuando ella levanta los ojos. Alcanza a ver su vestido blanco flotando detrás de una columna como una mancha clara en el mediodía pompeyano.
Parada en el centro del foro imagina el bullicio del mercado, las mujeres cargando a sus hijos y deambulando entre los puestos de narcisos, de pescados, de verduras. Y los hombres con togas livianas caminando en grupos con un manojo de esclavos de piel cetrina detrás, llevando los rollos. Allá, Fluvio discutiendo con un senador recién llegado de Roma acerca de los acueductos que deben ser reparados mientras un carro se aparta para no chocarlos. Sobre una angosta veredilla, Silvio Apérculo desenrollando un libro que Polibio ha traducido del griego y que le ha sido enviado con el correo de la mañana. Respira feliz. Está en Pompeya. De un lado, el mar; y del otro, el Vesubio con su tamaño imponente y su antiguo aroma de fuego. Está en Pompeya. ¡Quién lo diría! Recuerda entonces a su viejo profesor de latín... Pompeya y el ‘79. ¡Qué año!, piensa. Hacía tanto calor en esas vacaciones veraniegas. Tanto que se hacía imposible permanecer en la ciudad con sus malsanos olores. Elige la Via dell’Abbondanza, una calzada que emerge a la derecha del foro en línea recta, y la toma. Una humedad liviana y trasparente tiñe las superficies de un azul cristalino y único. Agosto se deshace en una brisa fresca contra las antiguas paredes. Sopla entre los intersticios y desaparece bajo los pies que recorren la villa. Hicimos lo que deseábamos. Un día, salir de Roma, populosa y hambrienta, encaminarnos por la vía hacia esta pequeña casa de piedra donde el aroma sulforoso y marino entraba por los poros. Más allá el circo, el teatro, la habitación donde los gladiadores ejercitaban sus músculos para la lucha y los olivos en fila contra el cielo azul del verano. Hicimos lo que deseábamos: vivir en Pompeya. Los carros horadaban la piedra del suelo y el sueño se tejía en la calma de la siesta; mientras, en los jardines, las matronas descansaban junto a las fuentes con la vista en los murales de finos colores y la Venus de Pompeya les devolvía su propio reflejo mejorado.
Dobla a la derecha por la Via dei Teatri y la calle entrega filas de casitas con sus pórticos y sus columnas. Domus Silvii, Domus Flavii: una pegada a otra, una tras otra, una con otra, en una algarabía promiscua de viviendas que parecen darse sombra mutuamente, que se sostienen en un inestable equilibrio. Dobla por la Via del Templo d’Iside, pasa bajo una arcada y penetra por un bosque de pinos pequeños a las gradas del Teatro Grande que unos obreros están refaccionando para devolverle las tablas a lo que parece ser el antiguo escenario. La gente está sentada en el semicírculo y observa, bajo el sol, a los albañiles que representan la escena del trabajo. Ella también se sienta. Sobre su cabeza, el cielo abierto de Pompeya y su perfume de azufre. Cierra los ojos, escucha el ruido de los martillos contra los tablones y estira su mano para rozar las hierbas que crecen entre las viejas rocas. Repentinamente sus yemas alcanzan algo suave y abre los ojos. La niña rubia le sonríe tapándose la cara con sus manos pálidas porque el sol enceguece sus ojos azules. Tiene un vestido blanco que ella no alcanza a distinguir si está bordado con girasoles o alguna flor entre amarilla y grisácea. La niña le sonríe sacudiendo un piecito apenas calzado con unas sandalias de cuero rosáceo. Ella le sonríe también y gira su cabeza alrededor para distinguir a los padres de la criatura; pero no ve a nadie. Cuando vuelve sus ojos a la pequeña, la ve a alejarse a los saltos por la escalinata opuesta, hacia los arcos que dan al Odeion donde distingue su ropa blanca flotando con la brisa que s aleja los ruidos de los obreros y el murmullo de los turistas despatarrados sobre las escaleras. La brisa de agosto en Pompeya. Hicieron lo que habían hablado porque Iulia necesitaba el mar y su aire salobre para limpiar sus pulmones enfermos. Además era tan bella Pompeya en los amaneceres, cuando, al despuntar el sol, comían en el pórtico de la casa cercana al Arco Onorario donde aquella vez habían jurado a los Dioses no regresar jamás a la metrópoli. La ciudad se dormía con el ulular sibilante de las cigarras en la calma dorada del verano, cuando llegaban los hombres y mujeres de Roma y Iulia crecía fuerte con el aire puro, ligeramente sulfuroso, que mataba los males que alguna antigua envidia había implantado en su cuerpo frágil. Tan cristalinos sus grandes ojos. Corría cada mañana al Templo de la Fortuna con un manojo de flores para depositar junto a la estatua.
Qué afortunada era de estar en Pompeya. Si la viera su profesor de latín que le había asegurado a la segunda clase que ella había nacido para aquella lengua, que nunca en su vida había visto a alguien que la aprendiera con tanta facilidad. Casi como si fuera su lengua materna, dijo y le estampó un diez en su libreta universitaria antes de estrecharle la mano con efusividad. Baja a las apuradas las gradas y pasa la puerta. El Odeion está desierto. Sólo una pareja duerme en las gradas de este teatro pequeño como olvidada del tiempo y el lugar. Sale por detrás del escenario hacia el Quadriportico dei Teatri. La gente está tirada en el inmenso rectángulo. Observa, paseando entre todos, cómo comen sus viandas; pero la niña no está: sólo unos turistas alemanes cuyos hijos corretean con poca gracia persiguiéndose por entre las columnas que bordean el césped. Se sienta ella también y despliega su mapa sobre la tierra. ¿Adónde ir ahora? Una pequeña mano pálida le señala un punto en el Vicolo del Balcone Pensile. Levanta los ojos y ve a la pequeña, en cuclillas sobre su mapa, que ya se pone de pie y le hace gestos para que la siga. Ella mira alrededor y no ve a nadie que acompañe a la niña. ¿Qué adulto podría haber extraviado a semejante criatura en Pompeya?, piensa. Algunos padres deberían sacar una licencia antes de procrear. Sería mejor tomarla de la mano y llevarla a la caseta de la Porta Stabia que es la que está más. .. Pero la niña ya cruza los arcos y ella la sigue a través del pequeño bosquecillo verde que rodea al Templo Dórico. Cuando sale, la ve avanzar por la via dei Teatri varios metros delante de ella, como si supiera adónde desea llevarla; porque marcha, en sentido contrario, a una velocidad que apenas puede sostener: ya cruza la Via dell'Abbondanza; a la izquierda quedan las Termas Stabianas y la calle gira suavemente hacia la derecha cuando distingue, en la esquina del Vicolo del Balcone Pensile, una pequeña casita de dos plantas, a la que se accede por una puerta angosta, tanto que apenas si pasa un cuerpo de frente. Eran delgados estos romanos, piensa; pero la casa está tan en penumbras que no puede pensar más en la complexión romana porque debe orientarse entre la gente que deambula riéndose en unos pequeños cuartuchos más estrechos que celdas. Por unas ventanitas a la altura del techo se cuela un débil rayo de sol y el aire entra como un agónico quejido.
¿Dónde está? ¿Dónde está? Hace horas que la buscaban. Hace horas que deambulaban por las calles como ausentes. Habían recorrido las casas de todos los vecinos, como tontos de ira y de dolor; pero ella no estaba. Parecía que se la había tragado la tierra. A los gritos él había llamado en el Foro, en los huertos, en las tabernae; pero nada... Agosto se duerme en su color azul. Un cuartito que sus ojos ya distinguen porque se han acostumbrado a la oscuridad. Unos dibujos en las paredes muestran a parejas copulando. Se sienta en un lecho de piedra. El lupanar, piensa. El cuarto es agobiante de tan pequeño y huele a sudores veraniegos mezclados, esa amalgama de perfume a lavanda matinal, a jabón de coco nocturno y a transpiración cotidiana de pieles grasosas o secas, y en el fondo un lejano olor a sexo que parecen exudar las piedras. Las risas se oyen asordinadas en los otros cuartos. ¿Y qué es eso, papá?, una voz infantil. Unos señores jugando. ¿Y a qué juegan, papá? Al caballito. ¿Jugamos? ¿A qué, hijo? Al caballito. Yo me monto en tu espalda y tú te acuestas allí, papá. Es que aquí no nos dejan. Esto es muy antiguo y tienen miedo de que tú y yo jugando lo rompamos. Mejor salgamos y, en la calle, te monto en mi espalda. Se levanta del lecho de un salto. En el marco de la puerta, la niña la mira con sus grandes ojos azules. Seria. Está muy seria con su vestido de flores amarillas o grisáceas. Apoya las dos manitas pálidas contra los marcos de la puerta que no es más ancha que su cuerpo de apenas ocho años. Ella observa el corte de su cara. ¿Y Iulia? ¿Cómo es que la perdieron? ¿Cómo pueden perder a una niña en una villa veraniega a pocos kilómetros de Roma? Imposible que eso hubiera sucedido. Revisaron los riscos, los cursos de agua, los pozos y nada de Iulia. La madre se sentó en una roca y se largó a llorar, alguien le acercó un vaso de agua. El Vesubio tenía olor a infierno ya. Ella se levanta y tose: la humedad nunca le ha hecho bien: ni en Pompeya ni en París ni en Buenos Aires. Se le mete en los pulmones y los aprieta hasta terminar ahogándola. Y el lupanar es tan estrecho. No me explicó mi profesor cómo entraban todos acá. O yo tuve la malograda sensación de que los conquistadores del mundo debían ser altos y anchos porque, prejuicio al fin y al cabo, no se imaginaba a los Césares de baja estatura. Se ríe y se levanta para salir al exterior; pero ella sigue allí, vedándole la puerta con su cara pálida, sus ojos azules y su vestido blanco con flores grisáceas o amarillas. ¿Tus padres?, le pregunta. La niña no contesta. And your fathers? Silencio. Et ton papas? Silencio. La tua mamma, ragazza? La niña abre la boca y una voz subterránea y gangosa, que parece apartar telarañas y musgos para salir a la luz, modula con dificultad, Mater et pater morti sunt. Ella cierra sus ojos claros. Seguro ha oído mal. Por las dudas vuelve a preguntar y la niña repite la respuesta. No oyó mal. Empieza a sentir que el aire la oprime, necesita salir. Iulia ha desaparecido y nadie la vio: ni los tenderos, ni los paseantes del foro, ni los comerciantes nuevos que habían llegado a la ciudad veraniega y ya se estaban marchando. ¿Haber venido desde Roma a instalarse para que el aire sano de Pompeya curara los pulmones enfermos de la pequeña y extraviarla en una aldea italiana? La madre lloraba desgarrada junto a los centuriones. ¿Alguna seña? Las que ya había repetido hasta el cansancio. ¿Algo que la distinguiera? Una pequeña cadena de oro con una guarda de estrellas diminutas de zafiro. La niña se le acerca a ella, que permanece sentada. ¿Cómo te llamas?, pregunta ella y recuerda la lengua en que la niña le había contestado. Quo nomine es ?, se corrige. La niña sonríe, se sienta junto a ella y susurra. Iulia, ego me appello Iulia. Pulcher nomen puellae est Iulia, sonríe ella acercando su mano a la mejilla de la niña, pero la retira al rozar esa piel fría, como de mármol. Et tu, Iulia, quocum habitas? Iulia la toca en el pecho y murmura In te. Ella se ríe. La niña la toma del brazo. Dócilmente la sigue saliendo a la luz abismal de agosto. En el exterior, sus ojos tardan en acostumbrarse a la claridad. Cuando vuelve a ver, Iulia corre delante y ella la sigue: se detienen en una casa grande de paredes rojizas con mujeres acuáticas pintadas. Ella siente un perfume familiar: es el mismo romero que su abuela sembraba en el jardín y florecía cada primavera. Iulia sube, de a dos en dos, los escalones del acceso y empuja la puerta de madera y vidrio coloridos. In nostrae domu sumus, aclara. Ella, sin saber por qué, asiente. Están en casa, es cierto. La niña deambula entre los cuartos hasta llegar a uno lindero con el jardín y pintado de celeste como el cuarto de su infancia. Iulia corre a un rincón y levanta una baldosa azul del piso para sacar algo que está escondido allí. Manus tuas apere, le ordena. Ella extiende las palmas y la pequeña deposita la cadena de oro con una guarda de estrellas azules que ella había extraviado en Buenos Aires al cumplir 16 años. Se la coloca sin preguntarse qué hace allí mientras por la ventana se ve bajar el fuego del Vesubio y un cortejo fúnebre de veraneantes romanos transportan en andas un pequeño ataúd rumbo al cementerio de Pompeya la tarde del 23 de agosto del año 79.
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