martes, 30 de noviembre de 2010

Mariano Levin: La Tablada


Caminé por la calle de piedritas y el sol era una roca bajo el cielo. Apenas seguí el dedo del empleado que me señaló el camino cuando, apenas, susurré tu apellido. Como hace nueve meses volví al mismo sitio y te busqué entre los montoncitos de restos para decirte que la vida que sigue está vacía, pese a todos los esfuerzos que hago por llenarla de palabras, de colores, de abrazos. Y me quedé un rato mirando el sitio donde estabas durmiendo y el suelo se llenaba de lágrimas que te mojaron despacio. Y sé que las bebiste debajo de la tierra y el corazón se hinchó de palabras no dichas, de secretos guardados. Yo volveré, Mariano, para que no te quedes solo en ese cementerio alejado del mundo.

Última tarde de noviembre

Querría que me escucharas porque los pajaritos comen las migas que le dabas.
Querría que miraras el fondo cristalino de mis ojos.
Querría que rozaras mi boca con tus propias palabras.
Y me dijeras
cómo te borro del curso de los días
cómo te saco del rito cotidiano de mi vida
cómo te desalojo del borde de mi cama
y te hago recuerdo: liviano, volador, acariciante.
Y me dijeras
cómo hizo la muerte con su paradojal sonrisa
para dejarme sola
y con todo el amor que antes sosteníamos.
Querría que estuvieras en el verano que empieza a estrenarse
y es de una soledad que me atormenta
que me clava la sangre
y no sé a quién decirle que vuelvas de tu muerte a consolarme
a darme el corazón que te llevaste
y llueve sobre tu tumba en la última tarde de noviembre.

martes, 9 de noviembre de 2010

La muerte de las bestias


Murió. Todos algún día deberemos hacerlo. Murió sin darse cuenta de lo que le estaba sucediendo, inconciencia que no supo permitir a sus víctimas cada vez que ordenó que sus cuerpitos fueran lacerados, que sus hijitos fueran regalados, que sus viditas fueran arrojadas y sus almas nadaran entre las aguas mojadas de los ríos para alcanzar el cielo con sus alas. Murió en una cama blanda, con sábanas inmaculadas y médicos que trajinaron a su vera en un intento por salvarle eso que, en todos los humanos, denominamos vida y en él habrá sido un conjunto de sangre y carne y oxígeno enfervorizadamente turbios. Murió y habrá habido miles de bocas (treinta mil para no andar con aproximaciones) golpeando a la puerta de donde vive Dios para decirle que no, que no le concediera la gracia de la ausencia, que lo curara, que lo dejara vivo y lúcido para enfrentar el juicio de los hombres que lo llevara a una celda y entonces sí hacer lo que la muerte hace con todos los humanos: borrarlos de un plumazo y dejar la memoria instalada, el recuerdo perenne, la conciencia intacta. Murió Massera sin juicio justo, sin condena, sin vergüenza siquiera. Dante lo hubiera puesto en el noveno círculo: los que traicionan recibirán al tipo que se llevó cargado a tanto ser humano, que robó tanto niño, que tuvo tanta alma enrojecida con la sangre de mucho joven muerto. Murió Massera y no hubo justicia...¡qué tristeza infinita!

En estos días pasados en los que tantos se alegraron por la muerte de Kirchner,
yo, que me enfurecía ante esa alegría, pensaba, con inquietud,
cómo hacer el día que murieran estos tipos porque, nobleza obliga,
no se puede pregonar lo que no se hace y me imaginaba
en pleno descorche de bebidas brindadoras. Ahora sí puedo decir:
qué hijos de puta los que se alegran con la muerte de otro
como si la desaparición física fuera justicia.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Viaje

No comprendo, ni intento.
Hay aire alrededor y se satura de oxígeno mojado.
Se perpetúa una perfecta sombra que sabe a mar, a verano, a meseta desnuda.
Y voy por las orillas de los días buscando el agua que me falta, los árboles que quedaron hablando, la admiración de todo lo que ha sido en los ojos perdidos para siempre.
La nostalgia es una nave honda y he emprendido un viaje.

martes, 2 de noviembre de 2010

Mariano Levin: Día de todos los muertos



Vengo a golpear la tierra que te cubre con todos los pajaritos que criabas en tus miguitas y que ahora duermen en el hueco profundo de mi mano. Vengo a decirte que te levantes y me mires bailar con mi vestido blanco mientras el sol se llena de plumas, de canciones, de besos, de palabras. Te traigo mi recuerdo envuelto en un papel de seda, con un moño, para que vos, con tus dedos de hueso, lo rompas; así tenemos suerte y entre tu carne ausente y mi cuerpo que late se desparrama el aire de la fiesta, y el amor que está vivo más allá de tu muerte, tu insólito y estúpido obituario: "A los 58 años, por una leucemia que no comunicó ni a sus amigos más íntimos, murió el científico Mariano Levin." Y se quedaron tu risa afuera de semejante frase, tus manos sobre mi corazón dolido, todo lo que teníamos de luz entre nosotros todavía. Y ahora te arrimo el dulce que comías hecho de suaves pelusas de albaricoque tierno para que sepas que hay un cuarto que es tuyo, una caricia que a nadie pertenece más que a tu boca buscándome el oído. Y el Amor que es una puerta donde no entra la Parca. Ahora te puse una sillita a mi lado para que veamos cómo cae la tarde otra vez en los cerros chubutenses mientras el cielo vuela de tus ojos cerrados a los míos que guían todavía tus miradas.
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