domingo, 29 de agosto de 2010

Pensar

Pienso en vos
y en el huevo de luz en que nuestro amor se deslizaba, feliz, hacia la concreción de sus deseos.
Pienso en vos
y en tu boca que me hablaba al oído en la penumbra del cuarto.
Pienso en vos
y en tus manos que buscaban mi espalda para alzarse con mi aroma como un perro abandonado.
Pienso en vos
y en las palabras que me decías para anudar mis tobillos huidizos a tus días.
Pienso en vos
y en todas las cosas que no dije, que temí, que quería.
Pienso en vos
y en el dolor profundo que me clavó tu muerte en las costillas.
Pienso en vos
y el pensamiento cae en mis rodillas solas
y lo acuno para que deje ya de llorar y se consuele.

domingo, 22 de agosto de 2010

Mutación

Te desvestís de tus fracasos
para emerger con una piel distinta.
Atrás quedaron las violencias,
adormecidas en el lado de la desolación.
Con paciencia infinita
te visitan las palomas de la alborada
para construir sus nidos
en la ternura que va creciendo en su lugar.
Unos bichitos verdes trazan sendas de fulgurante brillo
en el revés de tu cuerpo;
cuando te tensás de tristeza
y hacen ruido de lentejuelas en cada una de las lágrimas
que saturan tus párpados.
Te mirás las manos vestidas de musgos amarillos
y ves la sangre,
bajo tu piel traslúcida,
volver a correr una vez más.
A veces te estalla la cabeza
como una gran pompa de agua
y te ahoga con sus glóbulos de oxígeno irrespirable.
Caminás con el paso escurridizo de los peces plateados
hacia donde se terminan las sendas
y sólo quedan selvas silenciosas para desbrozar.

El miedo

El miedo teje sentado en la puerta de la casa
y mueve las agujas como pequeños insectitos negros
tan rápido, tan rápido que no se pueden ver.
La lana es un hilo rojo que quema en punto acero.
Y el miedo teje
y custodia la puerta con un ojo prendido en el tejido
y otro en los dragones que cría en su boca cuando aúlla.
Cuando el tejido toca el suelo
las baldosas se queman como si fuera fuego,
se derriten,
y flota el miedo
con sus agujas de insectitos negros y sus dragones que se inquietan con el calor.
Crece la sombra en la nada del suelo que no existe y que se traga todo.
Mira hacia atrás para que nadie espíe las espinas
que ha comenzado a clavar en el perfil del día.
Y el miedo teje
y la sombra espina las superficies tersas hasta hacerlas sangrar.
Teje el miedo como si su tejido fuera una ropa que uno se pudiera sacar.

La canción

El tiempo canta una canción muda.
Sólo hay que dejarlo correr.

El mojado

El que mira oleajes de dolor
puede -a veces- pensar en el peso específico del sufrir;
pero jamás llegará a tocarlo esa espuma.
Por eso -a veces- abraza al mojado
Para sepa que hay algo seco donde descansar.

viernes, 20 de agosto de 2010

Pajaritos

A Pablo W.
Los pajaritos de mi corazón buscan tu pecho para llenarlo de cantitos; y mientras cantan puede que una semilla se les caiga del pico, encuentre la tierra fértil de tu sangre para que broten árboles y su viento te limpie la tristeza dolorida con hojas verdes en tus pupilas a la orilla del sol.

Maternidad

Para quienes carecimos de madre aunque ella nos hubiese criado hay dos posibilidades: repetir o cambiar.
Lo primero abisma la orfandad y perpetúa las estructuras de una tradición.
Lo segundo tiene el color de una revolución: podrá dejar heridos; pero tiene la esperanza de un mañana mejor.

Ver morir es peor que morir, para que sepas.

Solo se queda el vivo con la muerte del otro
y la mastica para poder tragarla.
Pero vuelve la muerte con su carne incomible.
El que se muere se murió y no come.
Tuvo su pena si pudo pensar que se moría, que se estaba muriendo.
Pero el que tiene una mesa tendida y agua
y nadie se sienta con él en el enorme desconsuelo de la pérdida,
se está muriendo cada día
y nadie se da cuenta.

Los dolidos

¿Qué esperan los dolidos en su cueva
con una cama donde
espantos, miedos, duermen cada noche?
Juan Gelman

Los dolidos se duelen
en su cama de fango que los traga
cada noche,
cada día en espera de que llegue la hora.
Engrosan de tristeza, de pena, de agonía
de ser tanto lo que no son y no saben qué es.
Se saturan de palabras y quisieran silencio,
pero llega la noche,
y la cueva de su cerebro
se completa de monstruos pegajosos,
ocultos en las circunvalaciones terribles
y se inflaman los órganos como esponjas debajo de una lluvia copiosa.
Entonces sólo queda la palabra
y los ruidos lejanos y familiares de alguien que busca trajinar en la cocina.
Los cacharros, el agua y el perfume de una cena que se va en la distancia
amansan las serpientes hasta llevarlas a la zona de la cordura familiar.
Sólo entonces, los dolidos pueden doblar su dolor,
ponerlo debajo de la almohada para el día siguiente
e intentar que llegue algo parecido al sueño
blanco como la nave dolorida de su sufrir.

viernes, 13 de agosto de 2010

El sacrificio

Siempre supuse parecerme a mi madre. Tal vez el género determinara en mí esa idea o fue aquel mediodía en que mi padre trazó una línea imaginaria que nos dejó a ella y a mí de un lado de la mesa y enunció quiénes eran los cuerdos y los locos en esa casa. Era un hombre bueno mi papá, pese a esas ideas que buscaba denodadamente para sobreseerse de lo que era evidente para todos, pero no podía decirse: que el hilo rojo de la locura nos había anudado fuertemente entre esas cuatro paredes.
Recuerdo que, una tarde, volvíamos él y yo en su auto y dijo: "En una familia, para que los demás sean felices, alguien debe sacrificarse." Si cierro los ojos, puedo reconstruir en mi memoria el peso de sus manos sobre el volante y la tristeza de sus ojos grises. Alguien debe sacrificarse... dijo mi padre. En estos días, tan duros y difíciles, sus palabras me persiguen y me asaltan en la senda peatonal, en el asiento del transporte público, en el momento en que la tiza blanca traza una línea contra la pared negra de una pizarra. Alguien debe sacrificarse...
Tal vez, mi padre no sabía que, si uno solo se sacrifica para que los otros alcancen la felicidad, algo funciona mal desde el vamos. Y los felices, aunque lo ignoren y vayan tan livianos por la vida, también están sacrificándose porque han perdido su dignidad y eso es lo más terrible que puede sucederle a un ser humano.

martes, 10 de agosto de 2010

Día 9

Nadie llamó a mi puerta.
Nadie escribió una tarjeta.
Nadie envió flores rosadas.
Pasó este 9.
Y pasarán los otros cada año sin que nada suceda
porque vos te moriste y faltaste al festejo.
Cada día es un monte que escalar y coronar la cima.
Ayer era un abismo debajo de mis plantas:
sin vos,
sin tu tarjeta,
sin tus flores rosadas,
sin nada que decir este 9 de agosto.

domingo, 8 de agosto de 2010

La maletita de Mariano Levin


A veces volvés con tu maletita de muerto y golpeás la puerta de mi cuarto para que yo te abra. Tenés la cara pálida -de tantos días de estar bajo la tierra-; pero seguís riéndote como cuando dormías en esta misma cama. Con tus dedos de huesos descorrés los cerrojos para mostrarme lo que viniste a traerme: un dibujo mío que te gustó, una canción que bailábamos , una lluvia de flores amarillas de tilo, unas piedritas de colores que juntamos en la Patagonia y que todos se olvidaron de darme, un cuaderno repleto de palabras que escribimos, unas fotografías, un perfume. Desplegás tus regalos como si fueras mercader en una tienda persa y yo te miro hacer con los ojos arrasados de lágrimas porque sé que estás muerto, que te irás nuevamente y que con vos se irá todo lo que tuvimos juntos; porque sé que al morirte se me murió un pedazo de historia, un fragmento de alma, una fracción del cuerpo y eso es irremediable. Eso es la muerte entonces: lo que a mí me desapareció cuando vos te moriste.

jueves, 5 de agosto de 2010

Anécdota escolar XC: Cuentos chinos


(La profesora termina de leer el mito chino de la creación.)
Profesora: ¿Qué antítesis estructura este relato mítico?
Alumno 1: La luz y la oscuridad.
Profesora: ¿Se manifiestan la una independientemente de la otra?
Alumna 2: A mí me parece que no: no hay luz sin oscuridad, ni oscuridad sin luz. En el mito de Pa'n Kuh eso queda clarísimo.
Alumno 3: Bueno, no hay bien sin mal, cielo sin infierno...
Alumno 4: (Interrumpe.) ¡Claro, es el ching y el chang!

miércoles, 4 de agosto de 2010

Noche de invierno

Voy por la calle y es de noche. Hace frío y todos están en sus casas. Por las ventanas, una luz amarilla y tibia dora los cristales y las familias comen repartida alrededor de una mesa común. La soledad es un círculo vacío que va rodeándome adonde desee ir. Todos hemos tenidos nuestra parte punzante de dolor, pero el mío carga la culpa de otra posibilidad que no deja de sentirse como una traición. No hay más que acericos violáceos en los que clavo uno por uno los alfileres y las agujas de la pena. Nadie habla más acá del silencio en que mi alma nada, perdida ya de vos.
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