lunes, 31 de mayo de 2010

Los movimientos de la muerte


Cosa curiosa: la muerte, en realidad, se mueve en dos sentidos. Por un lado es un llegar, un final de la proximidad, del tacto, de la vista, del oído. Cuando vos te moriste dejé de percibirte con la paleta de mis sensaciones corporales. Ya no estabas, te habías muerto, algo se había clausurado para siempre y no podría regresar jamás. Terminaba el que fuiste, el que me abrazó en extensísimas noches, el que me escribió casi mil textos de todos los tamaños y densidades que guardo como piedras de colores profundos, el que se río de mis arrebatos imperdonables, el que me sirvió un café intomable, el que me nombró de cien maneras diferentes, el que hundía su rostro en mi espalda en busca de un perfume. Y también acabó esa conversación que llamamos vida en la que yo decía y vos me respondías multiplicando mis palabras para que yo tomara tus respuestas y las sembrara en mi boca y florecieran en reverberaciones milagrosas de ecos que nos nutrían.
Pero ese mismo día, la muerte disparó hacia adelante otra cosa. (Y esto no es consuelo porque no lo hay en algo que es tan contundente y doloroso que atormenta sin que haya un mínimo resquicio donde apoyar la frente y pensar que el tiempo cura lo que ya sabemos que sólo atemperará sin que nunca deje de arder como una llaga en llamas). Ese mismo día, entonces, en que la muerte cierra algo, abre a la vez otro vector. Como si el hecho de tu muerte fuera a la vez un punto de llegada (el de la vida) y otro de partida. La muerte inaugura otra clase de diálogo con el ausente y todo se duplica: las palabras dichas y guardadas en el receptáculo denominado memoria cobran un sentido que no tuvieron antes. Pienso, de pronto, en los motivos musicales de una sinfonía que se repiten y son diferentes dependiendo de en qué tipo de movimiento van insertos: no es lo mismo prestíssimo que allegro ma non tropo. Los sentidos de las palabras, y hasta de los acontecimientos, se modifican según sea el contexto que los cargue y ampare.
Junto al vos que eras para mí, en tu muerte, estaban el hijo, el padre, el hermano, el amigo, el científico que habías sido: todos tus rostros descansaban superpuestos en el tuyo, acostados junto a vos... sólo el vacío se había puesto de pie para acompañarme como un perro fiel desde ese momento y para siempre.
Pero lo que la muerte inauguró desde ese día no ha cesado de pasar en mí: el corazón me quedó atrapado en el impacto, los segundos se hicieron infinitos y el espacio -esa inconmesurabilidad- se encogió sobre sí mismo para anudarme a un único lugar: el del conocimiento. Ese día en que cerró el eco de tu voz, la muerte me abrió un universo de sentidos difusos pero aplastantes. Me despierto a menudo tratando de entender quién soy después de vos, un sentimiento de extrañamiento, como si nadara en corrientes que no alcanzo del todo a descifrar: ¿Qué es un hombre en la vida de una mujer? ¿Quién fuiste vos? ¿Quién fuiste para mí? ¿Quién era yo antes? ¿Quién fui con vos? ¿Dónde está adentro mío lo que me diste? ¿Cuándo comenzó y cuándo terminará? ¿Terminará realmente? ¿Cuánto de lo que entiendo es mío o tuyo o de ese momento en que supimos decir "nuestro" y era una opción valedera e imaginable y amparadora y suave?
Lo que me queda claro es que lo que yo conocía de vos antes de tu muerte venía solo de vos y me lo dabas en ese eco de palabras que era nuestra vida. Lo que yo ahora conozco viene del vos que alojo en mí y es el segundo movimiento que alumbraste al morir: te conozco ahora como se conoce lo que no está pero deja su impronta: como si apagásemos la luz y nos quedásemos a oscuras para siempre: no por eso nuestras retinas dejan de ver: aloja el cuerpo la memoria de la claridad y las sombras se van poblando lentamente de relieves que antes, enceguecidos, no lográbamos siquiera vislumbrar.
Cada día que pasa me convenzo que la muerte arrasa con lo que late y suda y canta; pero no puede atravesar la puerta del amor; justamente porque está en su aterradora realidad el cerrar una línea para abrir otra que empuja hacia adelante, pero que ella -paradójicamente- no puede transitar.
Y cuando la angustia ceje (el dolor no se irá jamás, ya lo sé) ella mirará desde la puerta, que no puede pasar, el movimiento que originó: la vida que se burla con una vestimenta denominada amor.

domingo, 30 de mayo de 2010

Anécdota escolar LXXXVIII: Cuando pase el temblor...


Profesora: Esta es la lista de la clase de palabras. Vamos a definir morfológicamente cada una de ellas. Por ejemplo, el verbo es la clase de palabra que flexiona en tiempo, modo, voz, aspecto, persona y número. ¿Y el pronombre?
Alumno 1: El pronombre flexiona en número y persona.
Profesora: ¿Y en qué más?
Alumnos: ...
Profesora: Aquel, aquella, aquello...
Alumno 2: En género.
Profesora: Muy bien. ¿Y en qué más? ¿En qué flexionan los personales? Lo vimos el año pasado.
Alumnos: ....
Profesora: Yo, me, mí...
Alumnos: ...
Profesora: Caso, flexionan en caso. ¿Se acuerdan?
Alumnos: No.
Profesora: Caso subjetivo, caso objetivo y caso terminal.
Alumna 3: Ah, sí, ahora sí... caso terminal: lo que le pasa a Cerati.

Pedacitos

Me quedaron pedacitos pegados del día. Intento desprenderlos, pero tienen miedo de que los deje volando en el viento frío de hoy y se adhieren más y me hacen doler. Todo tiene el color de tus ojos y no se puede pensar en nada más.

sábado, 29 de mayo de 2010

Feliz cumpleaños

te habría cantado un feliz cumpleaños en el hueco del cuello donde tu piel se ponía tibia
te habría hecho abrir paquetes con inmensos moños azules
te habría llenado de libros con largas y cortas dedicatorias que llevaran por firma Giulia
te habría cocinado una torta de café y miel para el desayuno y unos panes de centeno sin sal
te habría dicho por vez número cinco mil que te quería
te habría dibujado esos gatos que tanto te gustaban sólo para vos
te habría cantado esa canción una y otra vez
te habría abierto una botella de ese vino para que brindásemos los dos
todo si no te hubieras muerto hace noventa días sin tener la paciencia de quedarte a vivir un poco más.

Cumpleaños

Me siento a la orilla de la lluvia para esperar tu fiesta de cumpleaños que debería haber sido hoy; pero el agua moja el papel picado, empasta las serpentinas y la torta de limón se moja de tristeza y soledad.

Mariano y mi papá


Mi padre era un hombre de costumbres meticulosas. Un universo ordenado giraba obsesivo a su alrededor. Cuando murió y me tocó desarmar sus cosas (en mi familia siempre las cosas me tocan a mí ya sea porque debo hacerme cargo de ellas o porque estallan impactando en mi fragilidad corporal), todo estaba clasificado y colocado en su sitio sin que ningún clavo, lápiz o herramienta faltara de su lugar.
Mariano Levin (para diferenciarlo de mi hermano y que la historia no se preste a confusión) vivía en una entropia permanente. Al salir a la calle, ponía en mi bolso sus anteojos, los documentos y su teléfono celular y era capaz de regresar a las tres cuadras porque sostenía que había dejado todo sobre la mesa. En una tarde podía extraviar diez veces las llaves de la casa y no hallar lo que acababa de leer.
Cada vez que armamos el auto, yo le decía:
Ay, Levin, mi papá hubiera estado muy enojado con vos. Mirá todo el espacio que desaprovechás.
Mariano se reía y me contestaba:
"Sí, don Pinasco, seguramente, movería la cabeza protestando por el tipo desordenado que se ligó la hija."
Un día, en Bahía Bustamante, cuando estábamos por regresar, anduvo acarreando cosas, pegando cajas y no me dejó participar ni una vez. A la hora de semejante hiperactividad, me llamó.
"Vení, Giulia...", gritó parado al lado del baúl.
¿Es necesario? Estoy leyendo, resoplé yo.
"Absolutamente necesario."
Voy..., me levanté desganada.
"Mirá.", dijo cuando llegué.
El baúl del auto era un rompecabezas con todos los bártulos perfectamente encastrados entre sí. Lo abracé sonriendo.
"¿Vos creés que tu papá estaría orgulloso de mí?", me suusrró en el oído.
Mucho más que orgulloso, le contesté, Mi papá te adoraría, Levin.
Papá, en el lugar en que estés, protegelo mucho a Mariano: es el hombre que más amó y valoró en esta vida y vos sabés que es así.

viernes, 28 de mayo de 2010

Tres meses


En la cocina amarilla de tu muerte, las arañitas tejen un sudario de lluvia y los pajaritos, pesarosos por la falta de tus migas, buscan los nudos donde quedaron atados tus penares para morderlos con su pico de piedra roja y dejar que el dolor de tu sangre blanca vuele hasta los confines del pasado donde nadie puede regresar.
Mi amor te envuelve como una cajita de colores pintados con pinceles de pelos suaves y mi piel se estremece sintiendo los noventa días en que tus dedos no la rozaron para hacerla temblar con las estrellas luminosas del deseo. No hay ninguna soledad que se parezca a esta, tan poblada que está la pobrecita de tus ojos.
Mi amor te llama a lo largo de las horas de la noche y, desde abajo de la tierra donde hiciste tu nido de muertito, sacás tus labios para contestarme pero la voz se desparrama en las grajeas perfectas del sol que brilla aunque no estés acá.
Mi amor se pone triste y sin cobijo, sin el amparo en que dormía en tus brazos y busco en tus cartas las palabras que me escribiste, los secretos que me contaste -todos, excepto el de la muerte de tu sangre sin puertas-, los regalos que me hiciste : yo tengo un mundo guardado entre tus letras; pero estoy sola hace noventa días.
Nada puede cambiar lo que ha sucedido cederá la angustia con el paso del tiempo; pero el dolor latirá siempre debajo de los huesos de mi cuerpo.

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 80
"Ella se dibuja dibujando y la vida sigue..."
Cette histoire ne finira jamais parce que l'amour est une porte que la mort ne peut pas traverser.
¿Fin?
Julieta Pinasco
Mayo 28 de 2010

jueves, 27 de mayo de 2010

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 79
"La vida sigue y ella escribe."
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 78
"La vida sigue y ella lee."
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 77
"La vida sigue y ella enseña."
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 76
"Ella lo despide prometiendo llevar su corazón adonde fuera"
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro

Imagen 75
"El ángel se despide de ella dejándole su corazón."
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro

Imagen 74
"Se acerca el momento del adiós."
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

martes, 25 de mayo de 2010

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 73
"Ella llevará su corazón de mariposas en su corazón por siempre jamás"
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 72
"El ángel le entrega su corazón lleno de mariposas"
Julieta Pinasco
Mayo de 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


"Cuando las almas están listas, los ángeles parten"
Imagen 71
Julieta Pinasco
Masyo 20.10

Papel de calcar

El frágil cristal de mi alma tiembla en el viento que sopla desde tu muerte repentina y no le queda más que cantar para que no desaparezcan los sutiles momentos que tuvimos y que anidaron en medio de tus brazos que les daban calor. Miles de pajaritos desplumados tiritan desnudos en la lluvia y el cielo gris se deshace en miguitas de agua adonde me adormezco adolorida y sola sin poder entender por qué me abandonaste así tan sola y sin remedio, tan pobre de consuelo con la carne vacía y la memoria hueca y sin saber qué hacer para volver adonde estábamos riéndonos, inmortales y eternos como siempre pensamos que seremos hasta que la Muerte se ocupa de mostrarnos su larga cara blanca. Ahora sólo me queda repetirme con papel de calcar hasta que cese el tiempo y vuelva otra vez a llover líquida escarcha sobre mis manos blancas que no huelen a nada más que a tristeza oscura y especiado dolor.

Mariano Levin: el deseo familiar

"Le rogué a Dios que me concediera un hogar feliz lleno de gente que me quisiera."
Orhan Pamuk

Yo no creía en la familia. Vos me hablaste una y otra vez del calor del hogar, del nido, del ovillo donde se acunaban los sueños, del regreso y la compañía. Me hablaste hasta llenarme los poros y los ojos con el deseo de lo que nunca deseé y, cuando esa necesidad prendió en mí y brotó como el manantial debajo de la piedra, te moriste dejándome con el deseo y la imposibilidad. Ahora, todas las noches, pido que se apaguen mis sueños para poder seguir con quien yo era antes de vos. Pero no me es concedido sino llorar.

Orhan Pamuk

Por esas cosas de la vida que suelen sucederme, compro libros al azar que me dicen lo que necesito en el momento en que me es imprescindible una palabra mediatizada por la distancia y la cercanía que da un libro.
Ayer, en el avión en que regresaba a Buenos Aires, pensaba en que el escritor lanza sus palabras al vacío y ellas vuelan hasta impactar en un alma lejana, lejanísima, tanto como la mía que lee las palabras de un hombre nacido en Estambul en 1950.
Me llamo rojo es un libro sobre ilustradores, sobre el amor y la muerte, sobre las bellezas del dibujo y la escritura, sobre el deseo y la felicidad y dice cosas como estas:

"Eran tan felices que les habría gustado que su vida siguiera siendo siempre así. Descubrieron que la mejor manera de hacer realidad ese deseo era abrir libros y contemplar como si no pudieran detenerse las perfectas pinturas de los maestros antiguos. Mirando las ilustraciones sentían que el tiempo se detenía y que el momento venturoso que narraba la historia se mezclaba con su propia felicidad."

"Lo que el ilustrador pasa al papel no es lo que está viendo, sino el recuerdo de lo que vio, lo cual prueba que la pintura sólo es posible gracias a la memoria."

"Siempre hay algo en el mundo que nos da miedo a la gente como nosotros, que vive entre libros y que sueña con sus páginas. La razón de que nos entreguemos a las palabras e ilustraciones no es el dinero sino la posibilidad de escapar al griterío de los otros; pero, además, queremos que esa misma gente de la que nos ocultamos vea nuestra obra, la aprecie y nos quiera."

"Qué injusto, qué cruel, qué despiadado me pareció estar muriendo en ese instante. Me daba la impresión de estar ardiendo sacudido por un dolor ilimitado tan difícil de soportar que era como si una parte de mi mente se esforzara en sumergirse en un dulce sueño como única solución. Eso era la muerte. Pero, a la vez, tenía deseos de asirme al mundo, de echar a correr para huir y quería mirar las manos frescas de mi amada para llevarme el recuerdo de sus ojos verdes conmigo. Y aquello me resultó tan doloroso que quise morirme de pena. Abrí la boca para que saliera mi alma y todo se volvió multicolor. De mis ojos se derramó una lágrima amarga y de mi boca brotó mi alma que era del tamaño de una abeja, envuelta en una pura luz."

"Mientras yo lloraba su muerte me daba la impresión de que me había convertido en una mujer distinta que había surgido en mi interior y se había separado de mí. "

Este libro que compré sin saber qué me diría es un motivo profundo de compañía para mí hoy.

jueves, 20 de mayo de 2010

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 70
"LLega el invierno y los ángeles deben regresar"
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 69
"El ángel y ella ven anochecer en el mar"
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 68
"El ángel y ella leen por las ncohes"
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Mater/matris, tercera declinación

Me voy desgastando como una piedra pulida por el agua y quedo rodada y nimia y transparente de tanta nada, de tantas lágrimas, de tanto preguntarme cómo sucede todo lo que nos va pasando. A veces creo que me quedé sin boca y no puedo otra cosa que mirar hacia adelante como si hubiera muros y más muros y otros y otros. Alguien debería responderme cómo me equivoqué así y hasta cuándo debo cargar la cruz que han atado a mi cuello. Pero todos están mirando para otro lado y yo no sé cómo tomar la taba entre las manos y hacerla volar por el cielo azul.

miércoles, 19 de mayo de 2010

lunes, 17 de mayo de 2010

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro

Imagen 66
"El ángel sirve el té."
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 65
"El ángel la escucha tocar el piano."
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Setenta y ocho días


Son tantos hilitos: cientos y todos tienen tu perfume que ya se fue, que ya no está, que no es posible volver a la vida de los cuerpos y la otra es tan nimia como el temblor de un pajarito en una noche de frío. Yo querría una vida donde tu abrazo fuera más que un recuerdo, un espacio con peso y consistencia y no una dimensión mental donde construyo aires que se mueven con la velocidad de un vendaval. Después el día pasa y el devenir hace su obra arrasadora y me olvido de todo, pero en la soledad de mi casa -tan mía desde que vos te fuiste hacia ese hogar que ahora es tuyo hasta la médula livianita que tuviste donde la muerte se enrollaba como una serpiente blanca que mordía tus glóbulos-, en esa soledad, tu ausencia tiene el cuerpo del vacío; tu risa me llena la cabeza, el vientre, la vuelta de los párpados y los ojos se llenan de tristeza inconsolable. Yo riego tu nombre hace 78 días, pero no da sus frutos o en todo caso no da la fruta que podría hacer que mi sed se saciara. Camino en un desierto y el cielo está negro y desnudo aunque no llueva nunca en mi carne dormida. No hay forma de aceptar los zapatos vacíos, las camisas sin vos, la ropa doblada en los estantes. Ta peau n'est pas jamais avec moî. Ego in solitate per secula seculorum ero. No hay mucho que pueda cicatrizar la herida aunque intente cerrarla de mil modos. Los días seguirán en tu ausencia creciendo como granos siniestros que nadie comerá. Hay que seguir viviendo aunque ya no comprenda lo que hago.

domingo, 16 de mayo de 2010

Pedir deseos

Trato de no sentir la lacerante herida que no hace otra cosa que doler.
A esta hora, exactamente, pienso cómo es que te moriste sin darme tiempo siquiera a comprender lo que estaba sucediendo.
Vos estabas solo entonces mirando con tus pupilas dormidas cómo te ibas yendo, solo y hacia la nada.
Yo estoy sola ahora mirando con mis pupilas despiertas cómo te fuiste y me dejaste en medio de la belleza de una vida que no hace más que dolerme sin posible reparación.
Y querría cerrar los párpados, soplar muy fuerte y que todo se borre para volver a tenerte en mi abrazo, con tu boca pegada a mi cuello contándome historias de cuando fuiste feliz.
No hay sueños porque ya se sabe que nunca se cumplirán.

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 64
"El ángel la protege de la lluvia"
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 63
"El ángel ayuda a mantener iluminado el hogar"
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 62
"El ángel la peina"
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 61
"El ángel protege su dormir"
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Bicentenario


Comodoro Rivadavia, Chubut
Argentina
Enero 2010


Desde que era muy chica la Revolución de Mayo tuvo un significado muy preciso en mi vida porque lo había tenido en la de mis padres. Mi hermano se llama Mariano en homenaje a Moreno y mi padre era un admirador incondicional de Juan José Castelli, de manera tal que siempre vi aquel hecho histórico como algo próximo a mi corazón y digno de ser recordado desde la emoción de una utopía que había alumbrado a un grupo de hombres que se supieron llamados a darle otro destino a lo que todavía no era ni siquiera una patria.
No sé demasiadas cosas sobre causas o consecuencias de esos hechos, no más que las que sabe el común de la gente; pero siempre me emociona pensar en los seres humanos como capaces de soñar y, sobre todo, de hacer para que esos sueños sean reales. Hombres de pensamiento y de acción a los que los vientos de la Revolución francesa les habían cambiado la cabeza y que salieron a construir un mundo mejor para ellos y para quienes los rodeaban.
De los relatos de mi padre me queda la imagen de un grupo de intelectuales jóvenes y algo ciegos en su pasión renovadora, capaces de hacer tabla rasa con todo lo instituido y de conspirar contra el gobierno de turno. En mi mente infantil cobraban vuelo sus gestos de héroes románticos y sufría con la muerte sospechosa de Moreno –recuerdo el gesto teatral de mi papá diciendo aquella frase “Se necesitó tanta agua para apagar tanto fuego” mientras el cuerpo supuestamente envenenado de Moreno se hundía para siempre en las frías aguas del océano. Escucho aún su voz hablando de la entrega desinteresada de Belgrano, la pasión inflexible de Castelli, la lealtad de Monteagudo, las actitudes de barricada de French y Berutti . En sus relatos ninguno de estos hombres era medido, sino manojos de pasión tumultuosa y poco reflexiva.
Contaba mi padre que la noche de 24 de mayo de 1810 Belgrano se había quedado dormido en un sillón mientras sus amigos, en la sala contigua, decidían que era la hora de tomar las armas para que se cumpliera con lo que el pueblo había resuelto. De repente, Belgrano se despertó sobresaltado y entrando en el salón donde los otros discutían, exclamó, con la mano apoyada en la cruz de su espada: "Juro a la patria y a mis compañeros que si a las tres de la tarde de mañana el virrey no ha renunciado, lo arrojaremos por las ventanas de la Fortaleza".
Los años han pasado, a esos cuentos se unen otros muy dolorosos que tiñeron de sangre y miseria las posibilidades de justicia social. Y sin embargo cada vez que pienso en la Patria, cada vez que trato de entender qué significa ser argentino no pienso ni en la bandera ni en el himno ni el ejército de los Andes: pienso sólo en Mayo. Pienso en esos hombres a escondidas en la Jabonería de Vieytes confabulándose por un mundo mejor y entregando su sangre para hacerlo posible. Y me pregunto entonces qué sucedió para que tantos sueños se ahogaran en desencanto y en cómo rescatar aquellas ilusiones, aquellos ideales de una nación justa e independiente. "El poder soberano", decían los hombres de Mayo, "reside en el pueblo, es inalienable e imprescindible por lo que no puede ser cedido ni usurpado por nadie. El hombre en sociedad tiene derecho a la libertad civil, a la igualdad legal, a la seguridad individual."
Habría que hacer algo por desmentir aquellas terribles palabras de Juan José Castelli, el orador de la revolución al que un cáncer le destrozó la lengua, "Si ves al futuro dile que no venga" y las de Juan Manuel Beruti "Pobre patria, que la ambición de algunos de tus hijos te exponga a tu total ruina y dispuesta a ser presa de naciones extranjeras de Europa que ambicionan de tus riquezas y desean dominarnos" La bicentenaria memoria de la Revolución espera que su destino se encarne y sea una realidad.

Los Cacabelos


José, Cristina, Esperanza, Cecilia y Ana María Cacabelos
Florida, 197..

Por alguna razón, inexplicable pero comprensible, una de las dos sobrevivientes de la familia Cacabelos, Ana María, y yo nos hemos encontrado.
Quizá la memoria y la justicia tenga que ver con estos actos mínimos de solidaridad que los "malos" de siempre no pueden borrar aunque lo pretendan.
Oí hablar de los Cacabelos por primera vez en una actividad que terminó en desastre en el colegio donde ellos habían estudiado y yo soy profesora. En ese año -el 2003- no tenían nombre y era sólo una frase: "En esta escuela también hubo desaparecidos."
A escondidas y en los pasillos, alguien -que había sido alumna de Esperanza- me dijo sus nombres y yo empecé a buscarlos. Me llevó tiempo, todo el que lleva destejar los secretos guardados adentro del corazón y la boca, pero di con ellos.
Los volví a las aulas donde habían estudiado, en Florida, en marzo del 2009. En ese acto, su nombre volvió a ser oído y cientos de adolescentes, nacidos tantísimos años después, supieron que había habido una familia Cacabelos que estaba desaparecida: oyeron el nombre de Esperanza, el de José, el de Cecilia y se fueron con la certeza de que había un pedazo de memoria que era suya también y que debían velar por su recuerdo.
Hace poco fui aula por aula -las que transito tres veces a la semana enseñando literatura a chicos de entre 13 y 18 años- diciendo que el general Reynaldo Bignone y sus cómplices habían sido juzgados y condenados por, entre otras, la desaparición de nuestros Cacabelos. Y emepcé entonces a buscar a Ana María, única sobreviviente y di con ella.
Ahora ella, Nana para sus hermanos, me trae fotos y cartas y dibujos; le pone rostro inconmensurable a lo que era un nombre; los hace cuerpo insustancial, pero cuerpo al fin y se acerca a mí que tengo mis propios duelos y dolores -algunos que existen desde el 76 y otros más nuevos-.
Pienso en las vidas que son cortadas de golpe, pienso en los que nos quedamos sin saber qué hacer o en dónde acomodarnos para que el dolor mengüe un poco. Pienso en lo inexplicable de la pena que jamás se termina aunque una siga haciendo lo que debe y quiere. Pienso en las alegrías que nos asaltan y que vivimos casi con culpa, creyendo que les estamos robando el respeto enlutado que se merecen. Pienso en la misión de llevar su mirada y su risa como banderas. Pienso en el mundo con que todos soñábamos y que no fue, empapado en la muerte. Pienso en la vida que sigue aunque queramos detenerla para que se haga nido y nos cobije un poco. Pienso en Nana que no recuerda la risa de Cecilia y querría poder tener esa memoria para dársela a manos llenas y consolarla diciéndole que todo no se ha ido; que ahora hay cientos de pibes que saben, en esas mismas aulas, quién se reía en el patio por las mañanas como se ríen ellos; que la memoria es una tela que se teje entre todos con miles de hilos de colores: algunos son más gruesos, otros frágiles como el aire, algunos duran mucho y otros de deshacen en los dedos; pero lo que es de todos, Nana, eso es eterno, pasa de boca en boca, se enraíza en las almas y crece con sus ramas hasta el cielo... donde habitan los que se hicieron pájaros, los que se hicieron nube, donde están tus hermanos.

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 60
"Ella y el ángel regresan al mar"
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

viernes, 14 de mayo de 2010

Picaderos


Este es el cuento que ganó el primer premio de Narrativa breve en España.

La mujer lo miraba fijo. Sin sacarle los ojos. Como queriendo penetrar en su mirada para cazar, vaya usted a saber qué secreto. Porque él, vea lo que le digo, él guardaba un secreto. Le hizo un gesto y ella le llenó otra vez la copa, si es que a eso puede llamársele copa: un vaso alto y cilíndrico como un caño de vidrio grueso, ligeramente ensanchado en la boca. Y siguió mirándolo.
Afuera, el viento soplaba como siempre desde que el tiempo empezó a andar. A veces uno tiene la sensación de que va a levantar la casa y la va a depositar algunos kilómetros más adentro.
El bar se llamaba “La Esperanza” y usted se preguntará de qué…Esperanza de qué si acá todo está alejado de la mano de Dios. Ni para sembrar sirve esta tierra. Apenas unas ovejas raquíticas que mordisquean unos arbustos con la boca llagada por la sed. A los del pueblo vecino se les fue en nombre el deseo y le pusieron Buen Pasto…¡Buen Pasto! Suena hasta gracioso...
La cuestión es que el tipo empinó el vaso de un solo trago, se lo metió entre pecho y espalda como para calentarse un poco. Ella hizo el ademán de volver a llenárselo, pero él la detuvo agarrándola de la muñeca. Impresionaba la blancura sobre la piel cetrina de la mujer. Se soltó con violencia y ladeó la cabeza como avisándole que ni se atreviera a tocarla una vez más. Se acomodó los cabellos renegridos detrás de la oreja y tapó la botella. Todo sin dejar de mirarlo.
El hombre apartó sus ojos lechosos y miró, por la ventana de vidrios polvorientos, el perfil verde del lago a varios kilómetros de distancia. Ella siguió la ruta de su mirada y murmuró algo que no se entendió, pero que el hombre pareció comprender con claridad porque se rozó el sombrero con la punta de sus dedos flacos y se encaminó hacia la puerta. Antes de abrirla dudó unos segundos. El silencio era barrido por el viento que lo llevaba cada vez más lejos, cada vez más profundo, cada vez más oscuro.
Debió sentir aquel par de ojos negros prendidos como bichos de su cuello porque giró el cuerpo macizo y la miró. En su cara delgada se dibujó algo que parecía ser el rastro de una sonrisa pretérita, tanto que, con seguridad, el hombre la había extraviado en una infancia ya mucho más lejana que la mueca. Sonrió y los ojos apenas le brillaron con chispazos tan verdes como el lago.
Yo pensé que qué estaba haciendo un tipo como aquel en este puesto perdido en medio del desierto donde los perros ladran de puro aburridos que están sólo para hacer algo.
Volvió sobre sus pasos, metió la mano en el chaquetón pardo y la sacó con un billete amarronado y viejo entre los dedos.
-Me olvidaba –exclamó con voz ajena, que no parecía suya sino robada a alguien de pecho mucho más ancho todavía.- Mire si me pasa algo y no regreso. No me gusta dejar deudas…- y se le cayó una carcajada seca y negra como una piedra.
La mujer tomó el billete, abrió una caja de lata y sacó tres monedas de color cobrizo que puso con un golpe sobre la mesada. El hombre la miró sin entender bien. De frente, con las pupilas bien abiertas y la frente sombreada por el ala de un sombrero inútil en estas inclemencias.
Ella arrastró las monedas por la madera lavada desde su vientre, que rozaba el mostrador, hasta el del hombre del otro lado. Hubo algo en el gesto que me pareció lúbrico, cargado de un deseo denso como lava: la forma en que las yemas de ella se apoyaron en el borde de las monedas, la presión imperceptible sobre la madera, el desplazamiento por la superficie que sonaba suavísimo pero rasposo.
El hombre la miró hacer como si el viento hubiera vaciado repentino el universo completo y sólo quedaran esos dedos, esas monedas y ese rozar.
Cuando ella estiró todo lo que pudo el brazo, él volvió a colocar su mano pálida como una pulsera sobre su muñeca; pero esta vez fue un aro envolvente y amable.
-Te dije que si me tocás otra vez, te mato.- susurró ella a través del mostrador, acercándole la boca caliente a la cara.
Él le sostuvo la mirada y, sin soltarla, le dijo en voz baja:
-¡Atrevéte!
La mujer cerró por primera vez los ojos y yo vi, se lo juro, las cuatro sílabas de él treparle por el hombro y el cuello como lagartijas grises. Cuando quisieron entrarle en la oreja, ella las apartó de un manotón y le escupió la mano al tipo. La saliva era una marca húmeda y espumosa sobre el dorso, pero él no se la limpió.
-Quedáte con el vuelto, che. –volvió a lanzarle sus palabras.
-Ni loca.- dijo ella esquivándolas, pero el hombre ya había abierto la puerta y el viento se lo había tragado.
Ella lo miró perderse en la meseta desierta sosteniéndose el sombrero con la mano escupida. Los vidrios polvorientos la reflejaron hasta que la silueta se hundió en la inmensidad de la tierra amarilla y verdosa hacia la zona de los antiguos picaderos tehuelches.
-Otro más. –dije yo entonces.
-Otro. –contestó ella volviendo al mostrador.
Se hizo de nuevo silencio.
-Ahí tenés las monedas… si las querés. –agregó ella al rato.
-Guardálas vos.
-Ni loca.
El viento se ahogaba en la meseta.

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 56
"El ángel y ella: encuentro"
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

jueves, 13 de mayo de 2010

Tu risa

Trato de recordar cómo era tu risa y me vienen a la memoria cargamentos de arroz cayendo con un ruido de desgranado río, rayos de sol como lluvia de luz, pájaritos bebiendo en un cuenco de porcelana blanca, páginas volando con el viento y agua, mucha agua corriendo.

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 55
"La mano del ángel la levanta y sostiene"
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 54
"El ángel abre la burbuja"
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

miércoles, 12 de mayo de 2010

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 53
"El ángel le comunica que está allí"
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 52
"El ángel viene para ella"
Julieta Pinasco
Mayo 20.10

Temporalidad

El tiempo se me ha vuelto una percepción infinitisimal de las diferencias: ese árbol, esa hoja, ese vidrio van cambiando a cada instante y registro las mutaciones imperceptibles. Quizá saber que la inmortalidad no existe me ha dado una nueva sensación de perentoria temporalidad, quizá saber que todo lo que está a mi alrededor puede desaparecer inexplicablemente me ha lanzado a una calma voracidad de todo lo existente. Lo que tu muerte también me ha dado es la carencia de un interlocutor privilegiado y eso es lo que me duele más: no poder llamarte para decirte todo lo que descubro sin vos.

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 51
"Aparece un ángel"
Julieta Pinasco
Mayode 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro



Imagen 50
"¿Cómo regresar del dolor a la vida?"
Julieta Pinasco
Mayo de 20.10

martes, 11 de mayo de 2010

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro

Imagen 49
"Ella se deja secar"
Julieta Pinasco
Mayo de 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 48
"Y no halla en qué poner sus ojos que no fuera recuerdo de esa muerte"
Julieta Pinasco
Mayo de 20.10

Libro de artista: Encuentro/Desencuentro


Imagen 47
"La burbuja se cerró"
Julieta Pinasco
Mayo de 20.10

Los dibujos


Cuando volví de Europa, le mandé a Mariano Levin uno de mis dibujitos de ciudades. A vuelta de correo, él me agradeció la imagen del puerto. ¿Puerto?, dije yo y todo derivó en un equívoco muy gracioso en el que yo conté el argumento de una novela que había leído en el vuelo Madrid /Buenos Aires y que trataba sobre la imposibilidad de la comunicación humana.
En nuestra jerga íntima, puerto se transformó rápidamente en sinónimo de deseo, de sueños, de espacios donde podíamos ser nosotros dos, lejos de todo lo que los demás esperaban que fuésemos.
Al poco tiempo, él y yo inauguramos nuestro blog privado -Libro de las horas, se llama- y el dibujo del puerto levinesco/ciudad mía estuvo en el encabezamiento. Curiosamente nunca le dije a Mariano que era mío ese dibujo y él se dio cuenta sólo dos o tres meses después.
Desde entonces me martilló la serenidad insistiendo en que yo tenía que dibujar, tenía que mostrar eso a lo cual yo no le daba ningún valor más que el puro entretenimiento. Cada vez que Mariano empezaba con su hostigamiento yo caía en un mutismo angustioso que no podía siquiera tolerar.
La última vez fue en el mes de enero, algo más de treinta días antes de su muerte, mientras pintábamos unas rejas en San Bernardo. Mariano nunca había realizado este tipo de tareas hogareñas y lo hacía ese día con una alegría digna del mejor novato. La actividad habilitaba la charla y él volvió a la carga. Me dijo que yo era egoísta, que estaba bien con que eso me había servido para sobrevivir en el desastre familiar de mi infancia/adolescencia, pero que ahora se trataba de los demás, de que yo pudiera dar esa posibilidad de vivir mejor a los otros. Me largué a llorar: mi vida familiar había estado inmersa en la falta de valorización y recordé cuando recibí sola mi diploma universitario y regresé a mi casa en el 152 mientras todos festejaban con sus padres. Mariano me abrazó y ese día no volvimos a hablar.
A diez días de su muerte, volvimos a conservar de esto. La charla fue casi inquisitoria: dónde estaban mis originales, si podía volver a reproducir los extraviados, si pensaba ocuparme , etcétera, etcétera... Me lo decía urgente y perentoriamente, con una rigidez que le desconocía y que despertó en mí la rebeldía que me brota ante cualquier autoridad Le dije que me dejara de joder.
Después llegó el 28 de febrero y la Muerte se llevó a Mariano en apenas cinco horas, las más incomprensibles de mi vida. Ni la muerte de mi papá ni la enfermedad de mi hijo, hace dos años, entraron en ese terreno de no entendimiento, de estar viviendo algo que escapa a la posibilidad de pensarlo, de ajustarlo a razón. Esos dos hechos tenían causas, podían ser enmarcados en sucesos devenidos lógicamente; me herían con cuchillos hondos, pero la razón los ponía en situación y yo tenía, entonces, la posibilidad de la acción.
Esto era diferente porque me asaltó por la espalda y a traición, me dejó desnuda, vacía, pero viva y sin saber qué hacer.
Entonces recurrí a lo que siempre me había salvado: a escribir y dibujar, compulsiva y desesperadamente. Y las palabras y las imágenes me dieron un marco para poder entender y sobrevivir.
La única diferencia, Mariano Levin, es que te hice caso y no lo guardé sólo para mí.
Quizá hayas tenido razón en insistir.

domingo, 9 de mayo de 2010

El sudario de Laertes


Dicen que Penélope tejía y destejía el sudario de su suegro, Laertes, sólo por ser fiel al recuerdo del ausente. En esa tela iba armando sus horas y, al anochecer, las desarmaba, sabedora de que otro día igual la esperaba del otro lado de la noche. Odiseo, mientras tanto, era una imagen impalpable en el fondo de su cuerpo que se anudaba en cada fila de hilos con más fuerza. En el ir y venir del telar, ella lo construía como una araña aplicada que lanza su tela para vaciarse y volverse a llenar. Los recuerdos hacían agua en su cuerpo menudo y el dolor era la aguja que sus dedos movían para trazar el ruedo del sudario que albergaría al muerto familiar y al que ella intuía. No tiene peso la historia de los otros: el duelo de la ausencia es una tela que se teje y desteje hasta que cesa el llanto y queda trasmutada la esencia imperedecedera del que ha muerto. Después resta el sudario para envolver el tiempo.
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