miércoles, 31 de marzo de 2010

Hic



En la mansedumbre de la memoria.
En el color del revés de mis ojos.
En la textura de tus manos perdidas.
En la simpleza del agua que corre.
En las páginas escritas de los libros.
En lo que se estremece en el centro del cuerpo.
En el abrazo estrecho de los que me comprenden.
En el día que nace pese a todo.
En el día que muere como siempre.





Bahía Bustamante, Chubut
Argentina
Febrero 2010

Oración


Fui criada sin Dios.
Me educaron en la materia que trasmuta por leyes científicamente comprobables, en la sociedad que muta dialécticamente, en la fe en el progreso y la utopía.
No puedo imaginar sentir que hay algo/alguien que decida los destinos y rumbos de la vida que, creo, están siempre en manos de los individuos.
Desde Santo Domingo adonde ya hace veinte años mudó su cuerpo diminuto que dio tres hijas en el mientras, Mónica, mi amiga íntimamente mía, me envía una oración para que yo la repita cada viernes.
La digo y, curiosamente, mi alma se calma.
Necesito entender qué te ha sucedido con tu muerte.
Necesito comprender qué hago ahora con lo que me ha quedado y crece como una planta cuya vida no logro vislumbrar qué cielo va buscando.
Necesito pensar qué es decir una oración durante innúmeros días para que tu alma vuele libre cuando fui educada en la materia, la sociedad, el progreso, la ciencia y la utopía.
Como siempre, leo para hallar quien pueda responderme.

Las puertas de tu sangre


Qué pobrecitas se quedaron tus venas y arterias cuando la Muerte abrió sus puertas y dejó que manara tu sangre para afuera.
Era una sangre suave, como un liviano río de terciopelo rosa que se erizaba si yo pasaba mis yemas suavecito.
Y cuando me llamaste en un susurro para decirme que te ibas, yo busqué en mis cajones todas las llaves que pudieran cerrar las aberturas por donde se iba tu vida quién sabe adónde; pero no había candado ni cerradura donde guardar tu sangre que rodaba entre musgos.
Y se quedaron vacías para siempre nuestras huecas alcándaras sin ropa ni ave que rozara los cuerpos que están pudriéndose debajo de la lluvia y el viento, debajo de la piedra y el río.
Y no sé qué me queda de tus palabras delgaditas que se mueren de pena de tantos tarascones de fieras y de perros.
Querría ser enorme para calmar tu miedo, pero no me alcanzan los brazos para tanto, no me alcanzan ni el corazón ni los párpados para cubrir tu Muerte que se escurre en mis manos ,que se va desmayando de tanta soledad entristecida y tuerta.
Querría tener lenguas y garras y espadas que se llenen de luz en la noche precisa para alumbrar el aire que te iba faltando mientras los pajaritos se asustaban de hambre y calor en la niebla.
Las palabras rebotan como frágiles lajas quebradas en el tiempo.
No puedo soportar otra tarde sin disolverme como inútil espuma mojando las orillas donde ya nadie anda, donde ya nadie puede decir cómo era que pasó lo que yo digo para evitar mirar la soledad profunda de tus párpados vueltos.

martes, 30 de marzo de 2010

Cada hora.


Remonto cada hora como si fuera un río torrentoso.
Voy entre dejarme caer y sostenerme.
No cuento el tiempo en días, meses, años;
sino en pequeños instantes que se resumen en darme cuenta
de que te has muerto para siempre,
de que nada ya es igual,
de que debo susbsistir no sé bien para qué...
Y peleo con voluntad
para no dejarme ganar por el deseo
de aquietarme,
de abandonarme,
de entregarme al llanto otra vez cada vez.

Tus manos


Podrías hundirte de un solo golpe en la nada adonde van los muertos: yo me consolaría si me dejaras tus manos en herencia. Sólo tus manos subsistirían, separadas de ti, inexplicables como las de los dioses de mármol, convertidos en polvo y cal de su propia tumba. Sobrevivirían a tus propios actos, al cuerpo mío que han acariciado. Entre las cosas y tú, ya no harían de intermediarios: ellas mismas se transformarían en cosas. Inocentes de nuevo, pues tú ya no estarías para hacer de ellas tus cómplices, tristes como galgos sin dueño, desconcertadas como arcángeles a quien ningún dios da ya órdenes, tus manos reposarían en las rodillas de las tinieblas. Tus manos abiertas me habrían dejado caer como una muñeca rota. Besos esas manos que tu voluntad no aparta de las mías; acaricio la arteria azul, la columna de sangre que, antaño, incesante como el chorro de una fuente, surgía del suelo de tu corazón. Con sollozos pequeños reposo la cabeza como una niña entre esas palmas llenas de estrellas, de cruces, de precipicios de lo que fue mi destino.
Marguerite Yourcenar

Consolatio


¿Será así de sinuoso el recorrido?
¿Habrá días en que pensaré que te siento dulce y manso y habrá otros en que deseo volver el tiempo atrás y decirte todo lo que ahora entiendo de las cosas que me fuiste diciendo?
¿Será que a veces aceptaré lo inevitable y otras querré patear el mundo para que cambie y vuelvas?
¿Podré aceptar alguna vez que te moriste de muerte para siempre y que la vida sigue pese a eso?
¿Tendré la valentía de decidir qué cosa hacer conmigo y no dejarme estar en la agonía del minuto que pasa y hay que pensar en el que está a la puerta?
¿Se curará mi herida aunque sangre por siempre?
¿Por qué el dolor se actualiza y todo recomienza cada día?
¿Cómo es la ajenidad de una, el cuerpo que se deja estar porque no hay mano que tiente su contorno?
¿Cuál es la boca que no está, que no estará ya más?
¿Cómo es este aquí y ahora que es allá y nunca?
¿Cuál es el tiempo de lo que ya no vuelve y se carga de vacíos y ausencias?
¿Cuál es la dimensión exacta de lo que ha sucedido? ¿Cómo lo mido, lo peso, lo estremezco?
¿Dónde me oculto para gritar que basta de morirte, que ya fue suficiente, que vuelvas a mis brazos, que necesito hablarte?
¿Cuándo llegará la lenta aceptación en que mi alma será por fin consolada?
Hoy estoy así: sin saber no sé cómo: llena de mariposas que se mueren de día porque temen que el frío de la noche se las lleve.



lunes, 29 de marzo de 2010

Padre


Cuando mi hermano Pablo se fue a Francia tenía sólo 23 años.
En todos esos años volvió dos veces: en la primera mi padre todavía vivía.
Cuando el año pasado, mi hermano y yo nos encontramos en Marsella, hablamos mucho de nuestro papá. Fue una charla plácida, sin reproches ni rencor. Pablo recurría a mi memoria de hermana mayor para que le contara qué era oír a un padre desde la adultez.
Es curioso, le dije, mientras los padres desean decirnos qué aprendieron del vivir, nosotros, los hijos, no tenemos las ganas ni la paciencia suficiente para oírlos. Nos fastidian, necesitamos deshacernos de ellos para saber quiénes somos por nosotros mismos.
Pero después, cuando ya estamos dispuestos, cuándo necesitamos saber cómo vivieron, si supieron y logragron alcanzar la alegría, ellos ya no están para responder.
Recuerdo que mi hermano dijo algo así como si nuestro padre habría tenido otra mujer además de nuestra madre. No lo sé, dije, pero ojalá que alguna vez haya podido ser feliz.
En algún lugar de aquella mesa, en esa playa del Mediterráneo, mi padre estaba sonriendo y sintiéndose contento por nosotros dos.
Sé poco de mi padre: nada excepto la tristeza de sus ojos grises, la ternura infinita de su abrazo y la falta que me hace cuando no sé bien qué camino seguir.
Pienso en su muerte, en el día en que decidió que ya había sido suficiente para él, en el amor con que yo, en aquel banco, acaricié sus largas manos pálidas.
Pienso en mi padre siempre en un recodo de mi camino, silencioso y a la espera de mi regreso para tenderme una manta para aliviar el frío que me calaba los huesos.
Pienso en su derrota y me entran una ganas terribles de gritar que la muerte es siempre una injusticia aunque sepa que la axiología poco tiene que ver aquí.
Nada más solitario que el silencio en que todos quedamos cuando nos atraviesa y nos deja boqueando como peces a la orilla de su inmensidad.
En estos días, papá, me falta el aire y he perdido la fuerza que me hacía feliz.
Querría preguntarte cómo sigo, que besaras mi tibia frente triste y que me mintieras diciéndome que todo va a pasar.

Emmanuel Levinas y la ética como primera filosofía


Ando a la caza de algo que me dé sentido, de algo que le ponga palabras a lo que se está gestando en el interior de mi alma.
Leo, anoto en una libretita, pienso, vuelvo a leer, anoto...
Sé que hay un cambio que depende de mi absoluta voluntad y sólo le estoy dando tiempo a mi cerebro para que reconozca cuál es el rumbo.
Así ya he pasado por Ondaajte, Yourcenar, Borges -nuevamente-.
Y ahora llegué a Levinas y su ética.
Emmanuel Levinas era un filósofo lituano nacido a principios del siglo XX que hizo sus estudios en Alemania y Francia. Discípulo de Husserl y Heidegger, sufrió la persecución nazi en carne propia por su condición de judío. Enseñó en París donde murió hace 15 años.
Para Emmanuel Levinas el vínculo con el otro es irreductible a la comprensión y sólo se da en una situación de lenguaje. La relación cara a cara con el otro no es perceptual o visual, sino siempre lingüística. El rostro no es algo que yo veo, sino algo a lo que le hablo. Más aún, cuando le hablo o lo llamo o escucho al otro, no me reflejo en él; sino que estoy sumida activa y existencialmente en una relación en la que me concentro en el individuo particular que se halla frente a mí. No contemplo, converso.
Levinas establece una diferencia entre el decir (le dire) y lo dicho (le dit). El primero es ético y el segundo ontológico. Para él el decir es el acto de exponerse -corpórea y sensiblemente- al otro hombre, la incapacidad de una de resistirse al acaercamiento del otro. Es la posición de mi yo que afirma, que propone o que se expresa frente al otro. Es un desempeño ético verbal, cuya esencia no se puede captar en proposiciones constatativas.
Por contraste, lo dicho es una declaración, una afirmación o proposición cuya verdad o falsedad puede ser demostrada. Lo dicho es el contenido de mis palabras, su significación identificable, mientras que el decir consiste en el hecho de que esas palabras está dirigidas a un interlocutor
Para Levinas el sujeto ético es un sujeto sensible, tiene una vulnerabilidad, una pasividad perceptiva para con el otro, que se da en la superficie de la piel, al borde de los nervios y todo su impulso fenomenológico consiste en describir la sensibilidad como proximidad con el otro.
La ética leviniana no es una obligación para con el otro mediada por la universalización formal y procedimental de máximas. Es vivida en la sensibilidad de una exposición corpórea ante el otro. Gracias a que el yo es sensible, o sea vulnerable, víctima tanto del hambre como el eros, es digno de ética.
Y ese yo leviniano lo primero que dice no es "Cogito ergo sum" sino "Me voici!": un sujeto que emerge en respuesta al llamado de otro.

Emmanuel Levinas, Difficile Liberté. Essaïs sur le judaïsme.

Cuerpos

Me pesa el cuerpo que es asiento del alma.
Desmonto sus fragmentos para localizar el sitio donde quedó el músculo que protege tu rostro.
Es curiosa la muerte: se lleva primero el movimiento, luego el calor y más tarde la forma.
Y el cuerpo se olvida de los otros que iban habitándolo.
Quiero creer en algo.
Me atormenta el recuerdo definitivo de la corrupción y el final.
Necesito pensar que entre las piedras, empujando su peso, tu espíritu es eterno y canta apoyado en mi cuello.
Nada subsiste ahora, excepto mi memoria.

Maldita polenta


San Bernardo, Enero 2010
Fotografía de Mariano


"¿Y si cenamos polenta?", dijiste, "Hace frío y..."
A mí me agarró el ataque. Nene, ¿vos te sentís mal o qué? ¿No te conté la historia de la polenta a los nueve años, acá, justo acá, en San Bernardo.
"Dije polenta nada más...", te disculpaste.
Nada más y nada menos...¡Polenta! ¡POLENTA! Oí, exclamé exasperada, yo tenía nueve años y estábamos acá de vacaciones. (Después averiguamos que en esas vacaciones había otra familia con la mía: eran los padres de un amigo tuyo de infancia, Samy -siempre nos llamaban la atención esas personas que sin saberlo nosotros nos habían ido uniendo). Mi madre había hecho polenta. Me sirvió un plato y yo le dije que no me gustaba. Ella, que era una mezcla de Antón Makarenko y Jóseph Stalin (con cierto predominio de este último) dictaminó: No te vas a levantar de la mesa hasta que termines el plato. No como, dije yo, no me importa... No, no entendés, aclaró pedagógicamente ella, no podés elegir no comer. Te vas a comer esa polenta aunque sea lo último que yo haga. Sólo te vas a levantar cuando el plato esté vacío.
"¿Y?", preguntaste interesado por las desventuras de la komsomola ante el plato detestable.
Y todos se fueron a la playa mientras ella y yo nos quedábamos sentadas ante la polenta.

"¡Qué asco! La polenta fría es espantosa."
No, fría jamás. Cuando se enfriaba, mi madre iba hasta la cocina y la calentaba. Conclusión: se hicieron las diez de la noche, me sacó el plato y dijo. Se ve que, a esta chica, no le gusta la polenta. Mi dios, dije, qué madre más perserverante.
"Y qué hija más terca...", exclamaste, "Mirá que sostener diez horas un 'no' revela un carácter impresionante...¡Tenías sólo nueve años!"
Nunca había pensado en mi actitud. Todos mis relatos de ese episodio estaban focalizados en la rigidez de mi madre y su espíritu autoritario y pasaba por alto mi resistencia y triunfo final.
"¿Y nunca volviste a comer polenta?", me preguntaste al rato.
No, nunca.

"Es decir, mantuviste tu posición 40 años."
Te miré y me agarró un ataque de risa.
"¿De qué te reís, pibita?"
¡Me descubriste! Nunca volví a intentar probarla por miedo a que me gustara...Mirá si en una de esas debo admitir que mi madre tenía razón y la polenta está buena.

Te reíste y agregaste: "Hace frío, Giulia, ¿cenamos polenta?"
Me levanté de la cama donde estabas abrazándome y dije: Cuestión de justicia poética. Si le dije no a la polenta en San Bernardo que sea en San Bernardo donde la acepte.
"¿Sabés hacerla sin que se hagan grumos?"
Lo raro,
dije, es que cocino una polenta fantástica según mis hermanos.
"¿Sin grumos? A mí siempre se me hacen grumos...
Ay, nene, sin grumos, claro. ¡Es fá...!

"Sí, ya sé: para vos todo es facilísimo...¡Andá, Pinasco!"
Esa noche cenamos polenta. Sin grumos, obviamente. Dijiste que era cierto, que me salía fantástica.
¿Si me gustó? Digamos que no me pareció espantosa, pero que no iría por la vida pidiendo que me sirvan un plato de polenta.

Eamus ad durmiendum, cor meus

Vayamos para dormir, corazón mío.
Para ir durmiéndonos uno en el abrazo del otro y los dos.
Vayámonos yendo que el día acaba y no tengamos frío a esta hora
porque en tu brazo sale el sol que se pone en mi cuello.
Eamus ad durmiendum, cor meus, atque ad amandum.
Per secula seculorum sic.

domingo, 28 de marzo de 2010

Mis deseos para tu cumpleaños


Que se cumplan algunos de tus deseos, los que te sean más deseados. A esta altura de la vida ya sabemos que decir todos sería incurrir en demasía y los dioses suelen aborrecer de humanos plenos.
Que lo que venga sea bueno en su mayoría y sepas atesorarlo como un regalo en tu memoria para los días venideros.
Que la carga se aliviane todo lo que te sea posible y puedas andar suelto y contento.
Que hagas de tu vida lo que quieras, lo que puedas, lo que debas; pero que no se malgaste nunca porque es breve y el día menos pensando nos es arrebatada sin que podamos entenderlo.
Que encuentres en tu camino sabiduría y amor porque, de verdad, no hace falta demasiado más para estar vivo.
Que estés en el lugar donde desees estar con quien elijas para ello y en el momento en que tu alma así lo busque porque en algo parecido a eso consiste la felicidad.
Que no te lamentes demasiado por los dolores, por la tristeza, por los fracasos porque siempre hay otras oportunidades.
Que no te rindas nunca a la evidencia.
Que des batalla siempre por tus sueños.
Que seas el que imagines ser cada mañana y que el que vuelva a la noche te enorgullezca todavía.
Que recuerdes que, con todos mis límites e imperfecciones, yo siempre voy a estar queriéndote.

Piedras

"¿Es mi fortaleza la de las piedras? ¿O mi carne, es de acero?"
Job, 6:12


Hace milenios se practica la costumbre de depositar o arrojar piedras sobre la tumba.
Las piedras sirven como testimonio duradero porque no se deterioran, ni son fácilmente movibles del lugar. De esta manera, se simbolizan los lazos de unión sentimentales entre las personas sobrevivientes y el fallecido, y sirven para consolidarlos. Quizás al colocar piedras sobre el sepulcro, se esté confirmando el deseo de que la roca sea el verdadero cobijo de la persona que ha partido.
Para recoger las piedras uno debe agacharse al suelo, generalmente en las inmediaciones de la sepultura. Con este acercamiento a la tierra, la "última morada", la persona que visita puede sentir que su propia vida es limitada, que se desconocen los días con que se cuenta en este mundo, y que, por lo tanto, debe hacerse el uso más adecuado que se pueda de los mismos. Las piedras, en parámetros humanos, son "eternas". Al colocarlas, se acepta la eternidad del alma, la contraposición entre una limitada existencia y la perpetuidad incomprensible de llo infinito. Forman parte de la Tierra, a la cual se retornará. Con ellas se asume la existencia limitada, pues del "polvo venimos y al polvo regresamos".
En todas las culturas y tiempos el apedrear a alguien o algo fue una señal de desaprobación. Muchas personas sienten sentimientos de culpa en relación al muerto, por todas las cosas que no pudo decirle y que ya se han perdido. También es común el padecer un sentimiento de ira, pues se siente que su muerte es un abandono. Al apedrear, simbólicamente, la tumba, se están descargando esos sentimientos que sería perjudicial guardar. Aceptar la partida de la persona querida, la imposibilidad de resolver materialmente todos los aspectos inconclusos, es la mejor forma de permitir su descanso, y de vivir en paz en este mundo.

http://serjudio.com/dnoam/piedrasoflores.htm

El tiempo

Qué nada es un mes en la cuenta final de una vida. Apenas unos días cubiertos de pelusa que se amontonan en un rincón del almanaque donde se ve el vórtice del año que va yéndose. Sin embargo, podría enumerar la textura de cada minuto de ese tiempo, el peso denso de sus segundos, la cualidad estrepitosa de los instantes que se han hecho profundos como zanjones donde el agua se estanca. Ya lo decía el viejo "Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo*".

*Jorge Luis Borges, "El amenazado"

Un mes


2010
28 de febrero/28 de marzo

sábado, 27 de marzo de 2010

Insectifauna: Mariposas y gusanos

Las mariposas poseen dos pares de alas membranosas cubiertas de escamas coloreadas, que alteran la reflexión de la luz produciendo colores muy llamativos, tornasolados e iridiscentes y que utilizan en la termorregulación, el cortejo y la señalización. Su aparato bucal es de tipo chupador provisto de una larga trompa enrollada que les sirve para libar el néctar de las flores que polinizan. El cortejo de los machos es muy variable, pero básicamente consiste en exhibiciones y en la producción de feromonas sexuales. para atraer a su pareja. Machos y hembras se buscan activamente, usando su aleteo y el olfato.

Gusano es el nombre vulgar con el que se denomina a los anélidos que son un grupo de invertebrados de aspecto vermiforme y cuerpo segmentado en anillos similares entre sí. Se supone que hay unas 16.500 especies que se encuentran en la mayoría de los ambientes húmedos, aguas dulces y saladas, tierra e incluso parasitando a otros individuos. Un parásito es un organismo que sobrevive habitando dentro de otro organismo, generalmente más grande: su huésped y víctima.

Las mariposas vuelan por el cielo entre matas de flores perfumadas. Los gusanos reptan en la entraña húmeda y osculta de los sitios oscuros.

Él, la mujer y la muerte

No me dejes, le dijo.
Nunca me dejes.
Y ella, que tenía ojos de bordadora de sueños, le contestó que no; mientras cosía un abriguito de luces para hacer frente a todas las tormentas de pie y sin paraguas.

No me dejes, le dijo.
Nunca me dejes.
Y ella, que tenía manos de cocinera de secretos, le contestó que no; mientras hacía un dulcecito de flor de miel para hacer frente a todas las tristezas y curarlas.

No me dejes, le dijo.
Nunca me dejes.
Y ella, que tenía boca de tejedora de historias, le contestó que no; mientras ponía en su telar un ovillo de palabras para hacer frente al temor a la negrura más negra de la soledad.

No me dejes, le dijo.
Nunca me dejes.
Y ella, que tenía corazón de enfermera, le contestó que no; pero la muerte había vacíado de puertitas la sangre de él y, cuando ella quiso detener ese río mientras él le decía que no lo dejara, que nunca lo dejara, ya la muerte se lo estaba llevando en su camita blanca con tubos de cristal .

Y entonces fue ella la que dijo:
No me dejes.
Nunca me dejes.
Pero él no sabía coser.
Pero él no sabía cocinar.
Pero él no sabía tejer.
Y se murió.

La valijita


Toda tu muerte cabe en una valijita que no tuviste tiempo de preparar: te olvidaste poner el cuaderno en el que fuimos escribiendo en el último mes donde están tus dibujitos, tus cartas, el hilo para bordar la risa, tus cenas en los bosques del camino, la silla donde te sentabas para alzarme y tus tazas de té. Ahora el cuaderno, en un estante de mi cuarto, me pregunta por qué y yo no sé bien qué contestar para que no se ponga triste y vaya perdiendo una a una las hojas que no pudiste completar.

Insectitos

Con sus alas de limón sutil y su cuerpo crocante de insectitos van cubriendo la tierra con una red de patas: una unida a otra y sus antenas como lápices que dibujan tu muerte otra vez. Después caminan hasta mi calle para traer el ruido de tu boca que me dice secretos y adivinanzas que yo debo descifrar para que siga el día mientras alguien hace café y todo continúa aunque yo ya no pueda resolver el acertijo de tu partida para siempre hace un eterno mes.

Simone Weil: la poesía fecunda a la ciencia


Fuente: Revista Ñ,Claudio Martyniuk

Simone Weil integró la Columna Durruti en la Guerra Civil Española y después, ya fuera de la geografía ocupada por el nazismo, Francia Libre, la organización liderada por De Gaulle. Profesora de filosofía nacida en París, el 3 de febrero de 1909. De origen judío y familia burguesa, en 1937 experimentó la presencia de Cristo. Enferma y negándose a comer más que lo asignado por la cartilla de racionamiento, murió en Kent, Inglaterra, el 24 de agosto de 1943.
Se mantuvo del lado de los oprimidos, ajena a partidos e iglesias. Anarcosindicalista, virgen roja, criatura lúcida con ideas de alucinada. Despertó a una vida de constante observación, fue un torbellino de pensamientos y acciones, de radical entrega al otro y atención al mundo. Amó la belleza, la unión griega de justicia, belleza y verdad, la familiaridad del arte, la ciencia y el bien. Predicó la poesía, alabó la imaginación, sacralizó lo impersonal de toda persona. Siempre en llamas, con dolores de cabeza e intensa escritura. Y tras la atención, en desesperados esfuerzos para ver, tocar e imaginar, volcando el esplendor de la experiencia a la lucha contra la opresión. Apasionada en los mares de la política, la ciencia y la filosofía, abraza también a la poesía. Lánguida, mística, su obra fascinante y fragmentaria, compuesta de un puñado de artículos publicados en vida, de muchos otros que siguen saliendo a la luz, de cartas, programas políticos, conferencias, anotaciones y poesías, persiste como rumor de diversos oleajes .
Con el estremecimiento de los sentidos que nos arroja al mundo y la intensidad de la atención –y ciencia, para ella, no sería otra cosa que percepción más atenta–, se entregó Weil a la crítica de una civilización que todavía es la nuestra. Como afirma en varios de los escritos en la Grecia antigua había "hombres felices en quienes el amor, el arte y la ciencia no eran más que tres aspectos apenas diferentes del mismo movimiento del alma hacia el bien". En cambio, la ciencia moderna rivaliza con la percepción sin afectar íntimamente; perdió la belleza y carece de sabiduría. Weil constata el nihilismo: "En semejante situación, en la ciencia, el bien está completamente ausente, a tal punto está ausente que ni siquiera hallamos marcada la huella de esta ausencia".

El arca


Cuento horas como si fueran gotas en una tormenta y en un arca llena de suaves melodías llegás con tu pequeña muerte debajo de los brazos, ovillada como si fuera aire que pasa, que se esconde en tus dedos y la dejás volar en una estación donde hay otros que aguardan que pase tu muerte para decirte adiós con un pañuelito bordado.
En la orilla del agua, mis horas forman un río azul que lleno con una copa hasta el borde para que tu arca navegue liviana en mi memoria sin huesos y con decenas de pececitos azules mientras el amanecer sabe a silencio y a sol que nace con su abrigo calentito.
Quiero que estés feliz en tu barca que lleva piedritas, fósiles, papeles y tu risa en las velas rojas que se hinchan con viento y estrellas de arena incandescente.
Quiero que abras los ojos y me veas con mi vestidito de gasa blanca y mis rulos recién peinados, descalza y con la piel perfumada, tu collar de color en mi cuello y una canasta de mimbre para darte mientras pasa tu barca con tu muerte chiquita
Yo te veo mirarme y te digo que te quedes conmigo pero vos me contestás que falta todavía y tu barca da la vuelta en el río de mis horas y queda en mi recuerdo la luz cambiante de tus ojos hondos.
No voy a llorar porque te vi cara de pan tostado en otra mañana que es una gota para la copa de mi río y tu barca.

viernes, 26 de marzo de 2010

El huesito inquebrantable


Dice la Torá que existe un hueso en la persona, denominado luz,
que permanece inquebrantable en la tumba incluso después
de que todo el cuerpo se ha desintegrado.
Ese hueso resiste las llamas y sirve de simiente a la resurrección

Los huesitos dulces de tu muerte suavísima se desparraman entre la tierra húmeda y debajo del sol. Vos ya no estás allí. Por lo desconocido te tomaste un barquito que roza las orillas de lo oscuro y vas en él con tu óseo secreto recopilando cantos y piedrecitas y algunos caracoles que quedaron desparramados boca arriba. Ya no te quedás quieto con tu dolor de muerto porque en tus ojos se pasean colores amarillos y verdes que se prenden al río de los que fueron un hueco de tibieza para mí. En tu huesito luz tiembla una melodía que yo te conocí y vos vas tejiendo espuma y yodo y arenas con ella para que yo te escuche con tus extraños consejos que caen sobre mí como hojas y cuando miro el pan que está sobre la mesa pienso en las migas de tus pequeños pajaritos y en el campo dorado bajo el sol. Baila la llama de una vela y se tuerce con la brisa que sopla en mi memoria y en tu huesito luz que es alegre simiente para mi corazón.

El retacito de mi memoria


Todos se parecen, pero Benito Ayala sabe que cada uno va a cruzar el río con un costal de recuerdos diferentes, una mochila invisible en la que sólo cabe la memoria particular de cada uno de ellos.
Carlos Fuentes

Hay cientos de memorias.
Todas brillan como retacitos de vidrio en la luz.
Tin tin hacen cuando el viento las sopla y atraviesa.
Tin tin y parecen danzar.
Y cada cual oye lo que desea oír.
Y recuerda lo que guarda su cántaro a la hora profunda de beber.
Todo lo que dijiste está adentro mío
y sólo era una parte de vos.
En medio de mi pecho resuena un astro rojo,
una estrella de ritmo enloquecido
donde hace tiempo te empeñás en quedar.
No hay jaulas que sujeten tu memoria:
ella sabe volar.
Un retazo lo cose cada uno y siempre quedan hilos sin anudar.
Yo bordo mi pedazo:
un sol, una meseta seca, la orilla de mil mares, palabras y caricias, flores de tilo cayendo sin cesar, una charla de noche en una arena amiga, pinturitas y cenas, libros en los que siempre conversaremos, fotos, dibujos, besos y sábanas, terrazas con olivos, siestas extensas de veranos inquietos, bibliotecas en orden presuroso, mapas, pasajes, cuadernos y debates, una vieja panadería en la ruta y la lluvia mojando las magnolias en Sevigné...
Qué lindo es mi bordadito.
Más lindo todavía cuando se junta con todos los demás.

Para todos ustedes que me cuidan tanto.

Dormir en la penumbra



Cuando me hablabas, a la noche, en la penumbra lunar del cuarto, tus palabras eran pajaritos que buscaban un nido para descansar. Daban vueltas alrededor de mi pecho con sus patitas de sílabas chiquitas y sus plumitas de colores donde se mecía un rayo perdido de sol. Después, yo las acariciaba un ratito para que recordaran la época en que habían sido un huevo de colores con todo el perfume en su interior y se volvían mansas cantadoras de árbol como palabras suaves que sólo vos y yo teníamos. A cambio yo te daba las mías que vos atesorabas entre tu carne tibia para que se amansaran apenas un poquito y se olvidaran de morder. Más tarde, el cielo se llenaba de avellanas de luz y vos, yo, tus palabras, las mías nos dormíamos en un revuelo de sábanas hasta que el día nos volvía a llamar.

Avifauna: caranchos


El carancho es un ave carroñera de entre 55 y 60 cm de largo. Si bien se alimenta de animales muertos; en algunas situaciones es un cazador oportunista que, con frecuencia, ataca animales heridos a los que agrede, inicialmente, en ojos y labios; de manera que la presa resulte progresivamente indefensa hasta que, finalmente, muera y pueda ser consumida sin mayor esfuerzo.
También se lo puede ver en los basurales, dispuntando restos con chimangos y perros.
No es un ave a la que le agraden las alturas; cuando concede en despegar de sus hábitos caminadores y volar alterna aleteos y planeos en círculo. Tampoco canta sino emite un sonido áspero y fuerte.
Las hembras no son madres dedicadas ya que no prestan mayor atención a los polluelos. Construyen un rudimentario nido con pelos, ramas y hojas que siempre está desordenado y poco limpio y del que están ausentes con asiduidad.

En Bahía Bustamente, con Mariano, vimos dos caranchos haciéndose un festín con los restos de un cordero que había devuelto ahogado el mar.
Cuando nos acercamos para fotografiarlos, no dejaron un instante de gritar.

Nombres

"—Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías."
Miguel de Cervantes

Juli
Julie
Shu-li
Julis
Juls
Julxs
Juliet
Juliiite
Juliette
Giulietta
Giulia
Giulina
Giulísima
Giuliana
Giulisa
Giulux
Giuluz
Pero al fin del día yo sólo era una almendra en medio de tu boca.

jueves, 25 de marzo de 2010

Pasaje de vuelta



Hay una cinta interminable de peces que me bordean con burbujas azules en las que me querría escapar para no ver la ausencia en que cada mañana me despierto y me encuentro.
Si pudiera, te regalaría un pasaje para que vuelvas.

Lluvia de tilo

Flores de tilo contra tos y resfrío.
Sin embargo, las flores de tilo son agradables plantitas poéticas que huelen mejor en el árbol en verano que hervidas en una cacerola. Si se agrega un par de poemas de Heine y una pizca de rum o cognac en el fondo de la taza, todo se hace más soportable.


Saliste al patio. Era una mañana de primavera, fresca y húmeda. Me llamaste a los gritos. Medio dormida todavía corrí pensando que había sucedido algo grave. Estabas parado bajo el tilo.
"Olé", dijiste.
Mi cerebro, adormecido, no entendía qué me estabas pidiendo.
¿Qué?

"Que huelas, nena, que huelas."
Cerré los ojos y aspiré el aire tempranero.
El tilo estaba en flor y la humedad centuplicaba el suave perfume de sus flores.
"¿Sentís?"
Asentí con la cabeza.
"Nunca antes fue así. No olía así."
Me sonreí y empecé a canturrear. Me miraste.
"¿Qué cantás?"
Una canción que me enseñaron cuando yo era chiquita.

"Cantála de nuevo."
El viejo tilo florece,
la fuente canta feliz.
El mundo entero revive.
Llegó primavera al fin.
Sonreíste.
"¿Y eso?", me preguntaste.
Yo tiritaba de frío, en camisón y descalza sobre los ladrillos húmedos del patio.
No sé
, dije, me la enseñó mi papá. Me cantaba muchas canciones cuando yo era chica. Había una de una sapa vestida de azul que me encantaba.
"¿Una qué?".
Una sapa.

"¿Qué?"
Una sapa, una sapa...¿Sos sordo? Una sapa, la señora del sapo.

"Ah, una sapa."
¿Qué dije? Una sapa. Y estaba vestida de azul. Era una sapa preciosa, preciosa.

Te reíste.
"Andá a bañarte. Voy a hacer café y te llevo al colegio."
No es necesario,
protesté.
"¿Qué: el café o el colegio?"
Que me lleves al colegio. El café horroroso no tengo más remedio que tomármelo si no me quiero desmayar a media mañana.
"Pero, yo quiero llevarte. Así que andá a bañarte."
Fui al baño y abrí la ducha.
Cuando estaba bajo el agua calentita, me tiraste por arriba de la cortina una lluvia de flores de tilo que se me pegaron a la piel mojada y te asomaste por el costado.
"Para que te lleves el perfume de la primavera todo el día."
El café espantoso supo bien esa mañana.


Panteras y cervatillos

La pantera es un felino, variedad negra del jaguar, cuyos ojos verdes fosforecen en su pelaje aterciopelado. Es un animal solitario, excepto en el período de reproducción . Tiene una altura de 60 centímetros y las hembras más menudas pesan 11 kilos. Es un animal que prefiere realizar su vida en las alturas, desechando suelos por copas de árboles desde donde observa a sus presas. Puede saltar de rama en rama y descender por planos inclinados con un excelente dominio de su cuerpo.
Como animal cazador, suele ocultarse a observar su presa durante horas, pero jamás la correrá. Es capaz de una paciencia infinita aproximándose a su víctima para atraparla.

Los cervatillos son esbeltos y hervíboros. Pertenecen a una especie caracterizada por su devenir errático por lo que pocas veces se los localiza en los mismos lugares. Conforman grupos matriarcales organizados según una rígida jerarquía de la que los machos adultos se mantienen apartados hasta el verano, época de apareamiento, en que el apetito sexual se vuelve, para ellos, desenfrenado produciendo, incluso, pérdida de peso porque olvidan alimentarse en pos de perseguir a la hembra que han elegido.

Se han registrado casos de panteras negras que han elegido criar cervatillos enseñándoles todo lo que ellas saben acerca de la vida. A cambio los cervatillos, al aprender, las premian con su avidez, su asombro sorprendido y una energía inusitada para ellas.
Aunque parezca poco creíble, cuando una pantera enseña al cervatillo a subir a su árbol; este, en agradecimiento, le muestra dónde están las mejores hojas.
En definitiva, pantera más cervatillo es una conjunción de puta madre.

Quizá

Quizá sea cierto que vivís en la sustancia imperecedera
Quizá estés ahora recorriendo mis glóbulos dormidos
Quizá desees que me ría
Quizá me hayas acercado tanta gente para que el corazón no sólo traiga sangre
Quizá siempre elegiste apartarme de fieras y alimañas
Quizá ahora entienda cada una y todas las cosas que dijiste
Más que nunca
Más que siempre
Hay algo tuyo adentro mío que vivirá hasta el fin de los tiempos
y tus palabras y las mías -pequeñas- serán luceros que cuenten a los buenos cómo eran las mañanas debajo de los tilos florecidos.

Hipermercados



Mariano y yo íbamos, a veces, juntos al supermercado.
En realidad, la frase anterior expresa justamente eso: íbamos juntos a...
Después de nuestra primera ida compartida a Jumbo, comprendimos que lo mejor era que, adentro, cada cual tomara su camino y reunirnos al terminar.
Para que se comprenda esto quiere decir: auto, estacionamiento, dos carritos, beso y chau.
Yo tengo en mi computadora una lista donde figura lo que compro todos los meses. Creo que una busca periódicamente las mismas cosas así que para qué hacer cada vez una lista. Mejor tener una estandar y tachar lo que no haga falta en el mes. En mi caso, además, la lista está armada en el mismo orden en que repito el recorrido por las góndolas siempre idénticas del Carrefour.
Voy a hacer las compras con espíritu militante: de pie frente a la tarea a cumplir, sin demoras y con la máxima eficiencia posible.
Así soy yo. Me ordeno mucho desde afuera para controlar el desbande interior.
Mariano, en cambio, iba por una cosa y volvía con trescientas que no sabía si necesitaba, pero le habían gustado. Paseaba por los pasillos como quien está en Firenze bajo un sol primaveral revisaba cada envoltorio, cada estante con vocación investigativa. Iba y volvía sobre sus pasos zigzagueantes, probaba todo lo que fuera probable.
Yo terminaba antes -siempre- y me sentaba a tomar un café hasta verlo aparecer con la cara iluminada por una sonrisa para mostrarme sus tesoros.
Siempre, en medio de mi compra, le mandaba un mensaje de texto: Doctor, cómo me gusta hacer las compras con usted.
Y él me contestaba al rato: "No tanto, Profesora, como a mí."
Después, cada cual pagaba lo suyo y volvíamos juntos de comprar.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Día de la Memoria, por la Verdad y la Justicia

Los chicos siguen siendo la esperanza.

Los 30.000 compañeros presentes con nosotros.
Restitución de los hijos apropiados.
Ni olvido ni perdón
Juicio y castigo a los culpables


1976~ 24 de marzo~ 2010

Lis


Mariano y Lis
Leipzig, Alemania
197...


Lis llegó a mí quién sabe cómo.
Tampoco importa demasiado. Venía del pasado de Mariano con una caja de fotos y un calor amparador de madre.
Me acunó entre sus brazos cuando yo me deshice.
Y me dio a manos llenas todos los retazos de memoria que ella poseía.
Me dijo cosas buenas.
Recuperó el "Juls" con el que, a veces, Mariano me llamaba.
No tengo para ella muchas cosas más que mi corazón fragante, un sitio especial entre mis mejores afectos y las ganas que me dan de abrazarla para que el tiempo fluya en la seguridad redonda de su abrazo.

Avifauna: gallinas y garzas


La gallina pertenece a la familia de las Phasianidae.
Es un ave doméstica que vive gregariamente a las órdenes de un macho reproductor.
Emite un sonido que no llega a configurar un canto y que se denomina cacareo.
Las hay de distintos plumajes y colores; pero todas son semejantes: bajas, ya que no superan los 30 centímetros, y algo rellenas, en sus dos o más kilogramos.
Pasan su día picoteando maíz en el corral al amparo del gallo y empollan los huevos que este fecundó.


En el reino de las aves también existen las garzas que suelen alcanzar 80 centímetros y poseen plumas blancas. Les gusta la soledad y sólo se vuelven sociables en períodos de reproducción y cría. Su cuerpo es alargado y esbelto, sus patas negras y su pico, amarillo. Al desplegar sus largas alas remontan el cielo a gran altura y su extenso cuello adquiere forma de "S".


En Bahía Bustamante, provincia de Chubut, Mariano y yo vimos muchas gallinas encerradas detrás de un alambre.
Garzas blancas también: volaban libres sobre una isla en el mar azul.


(Quédese el lector atento y prevenido porque se viene el ciclo "Grandes ejemplares del reino animal". En próximas entregas se informará sobre hienas, ratas de albañal, gusanos, chacales y otras bondades de la madre Naturaleza.)



Pienso en tu tilo


Tengo cierta tendencia discursiva, cierto rasgo de estilo que me lleva a usar intercambiablemente los verbos pensar/sentir. Digo "yo siento" cuando enuncio una idea y "yo pienso" para hablar de emociones.
Quizá esto se deba a que, a ciencia cierta, creo que no hay mejor pensamiento que el que se empuja con impulsos de sangre ni sentimiento que no sea más hondo que el que resistió el neuronal cedazo.
Quizá por eso te gustaba verme bailar bajo tu tilo y oirme parlotear en mi cocina.
Quizá por eso me gustaba acunarte y escuchar desgranarte en palabras.
Antes o después del amor yo pensaba y un huracán de tibieza infinita embarcaba mi alma para llevarla a navegar por tu mar de titilantes sombras donde brillaban piedras y estrellas y delicados erizos de carne transparente.
Vos ovillabas tu boca en el hueco de mis clavículas y descendías bajito a perfumarte en mi pecho.
Ahora siento que mi mano te muestra a quienes deseen ver de qué claros colores se teñían tus brazos.
La muerte te ha dejado lejano pero yo pienso en el ruido de tu tierra en mi espalda de agua y todo se hace fácil, se hace liviano y vuela como las flores de tilo que caían si yo bailaba en el halo de luz de tu mirada.


Eternidad

Trato de recordar que la piel es una sucesión de humedades y que tus dedos eran suaves, redondos, cristalinos.
A veces sonaban a lo lejos unos pájaros volando como ráfagas en la lluvia.
Vos les dejabas migas para que ellos tuvieran qué comer cuando volaban.
Después volvías a mi piel debajo del agua que caía y te hundías en ella.
Yo, mientras ibas cantando, te adivinaba los gestos y me apuraba a levantar tus ojos de mis manos y en una tibia cocina amarilla ponía la sarten y el aceite en el fuego.
Me enredabas los ritos con tu risa y peces de colores nos cruzaban debajo de los párpados sin revés de tan claros.
El corazón se apresuraba con sus campanas de níquel en el eco del agua que caía y mojaba los vidrios felices en la casa.
Dormíamos como si fuera un nido el que nos acunaba: me entregabas el aire circular de tu cuerpo mientras yo murmuraba que oyeras el ruido de los pájaros comiendo migas debajo de la lluvia.
Estábamos plantados en un huevo de luz oxigenada y pura y nos crecían líquenes detrás de las rodillas enlazadas.
Y yo tenía la inocencia de las vírgenes: creía que había derrotado ya por fin a la muerte, que éramos criaturas de cuerpos inmortales.
Pero la carne es una frágil funda que se desgarra y cae.
Quedarán para siempre nuestras fragantes almas anudadas con un lazo de risa.
Para siempre.

martes, 23 de marzo de 2010

Julián: treinta y cuatro años de preguntas

¿Cómo habrá cabido el dolor y la tortura en tu cuerpo de hombre recién estrenado?
¿En quién habrás pensado mientras tus células se morían de electricidad y de miedo?
¿A quién habrás llamado a los alaridos en la oscuridad?
¿Cómo habrá ordenado tu alma la experiencia antes de ser hundido para siempre en el río?
¿De qué forma mis besos se habrán quedado sobre tu piel?
¿Qué habrás pensado mientras se abrían las rejas?
¿A qué perfume rancio habrá olido la capucha que te impidió la luz?
¿Qué trozo de esperanza habrás guardado en el velo de tu paladar?
¿Se habrá abierto tu boca para decirme que te encontrara y te sacara de las garras de la Muerte que llevaba uniforme color azul?
¿Quién habrá lastimado tu triste cuerpo mío que recién empezaba a vivir?
¿Quién fui después?
¿Quién soy ahora que te digo que nunca se bajaron tus banderas como insignas en mi corazón?
¿Dónde quedaron, arrancados de cuajo, los días del amor adolescente que nos llevó tan lejos?
¿Qué se hizo del reino que fundaste en mi piel?
¿Cuánto dolor soportó tu memoria de los siglos felices antes de hundirte en un presente de negrura infinita?
Yo querría que sepas que te extraño, que siempre pienso en vos, que los dolores quedan latiendo bajo las cicatrices, que los besos futuros no taparon tus besos, que, allá lejos, yo también te pensaba y deseaba morirme como se quiere morir cuando uno es joven y el mundo es una espina abriendo la carne poco a poco.
Yo querría que sientas que te amaba y que te amé en cada hombre que albergué en el corazón.
El amor se transforma en algo milagroso que nos ayuda a continuar.
Siempre pensé en tu soledad en el fondo del agua, en tu cuerpo mojado por la espuma, en tus huesos de líquidos cristales.
Solo de soledad pretérita, infinita y eterna como se fue tu desaparecida alma treinta y cuatro años atrás.

Tacto

Tocaré tus ojos con mis dedos
y sentiré que sigues viendo lo que mis yemas ven.
Giraré el rostro en algún colectivo
porque creeré haberte visto al doblar una esquina invernal
y será que mi alma no deja de llamarte.
Quiero que vuelvas,
que me abrigues en la anchura de tu abrazo
y me susurres las palabras que conocías para calmarme.
Quiero que vuelvas a poner mi cabeza en tu pecho para que llegue el sueño
y yo deje de ser esta llaga que vaga vacía y deslucida por donde ya no podés andar.
¿Para qué hablo si no podés oírme?
¿Para qué si moriste de muerte inevitable?
¿Cómo anda mi cuerpo que pena solitario?
¿Cómo mato la angustia que se angustia de verme?
¿Adónde voy ahora si todo me atormenta incluso cuando llueve?
Como un soplo de aire me quebrarás la sombra
y volveré a mirar al sol hasta volverme ciega.
Sin luz seré un estante vacío donde quedaron frascos, retratos, pinturitas.
Voy como un corazón sin sangre
como un cuerpo silente de silencio infinito.
Se me caen las manos de a una y a montones.
Te llamo
y mi voz es un eco que se pierde perdido en el estéril borde donde toco tus ojos con mis dedos para verte.

Poderes

Yo no tengo otro poder que las palabras.
Pobre poder, es cierto;
pero con palabras han caído imperios celosamente construidos para vencer al tiempo.
Una vez que los hombres se han ido,
una vez que todo ha desaparecido incluso el mismo tiempo,
quedan tan sólo las palabras.

Inmanuel


La vida guardada detrás de celosías y el viento que sopla afuera barriendo con lo que queda por limpiar.
En algún lugar de Alemania, el filósofo Inmanuel Kant funda el "deber ser". Su letra germánica dieciochesca despoja al hombre del instinto en nombre de una ley aplicable a toda situación.
Acá o más allá de las fronteras, Hölderlin brama colándose en las grietas de la razón y Francisco Goya proclama en sus grabados que "los sueños de la razón engendran monstruos".
Pero Kant, que nunca salió de su Königsberg natal, sigue escribiendo sobre imperativos categóricos y moral.
Tras los muros de mi ciudad reina una algarabía feliz que cualquiera podría confundir con falta de control.
Sin embargo, cuando pusiste tu pie en mi reino, alabaste mi mantenido espacio, mi orden y mi sistematicidad; y te dejaste flotar en el sol que me alumbra al ritmo de tamboriles, cascabeles y coloridas enseñas de seda contra el viento mientras yo labraba nuestros nombres con una sortija de plata en la escarcha no menos frágil que los cuerpos que nos supieron albergar.
Ahora han empezado a aullar los perros por un bocado que nadie les quiere quitar.
¿Los escuchás desesperarse a la luz de una luna amarilla?
¿Qué harían si yo abriera mis cofres y las palabras guardadas salieran dispuestas a morder?
Los individuos somos múltiples rostros de frente a la existencia y elegimos qué cara a quién mostrar.
Tus ojos se mojaron en mis ojos y nuestras bocas rozaron el lecho profundo de la mar.
Detrás de las murallas queda lo que yo tuve y tengo, lo que siempre fue mío, lo que quiero guardar.
Que cada cual se calce la bota que le quepa: yo sólo sé en qué vereda me toca caminar.
En mi ciudad sólo entra aquel a quien yo abra la puerta.
Que los otros queden afuera para aullar.

lunes, 22 de marzo de 2010

Margueritte

El último libro que te presté fue Opus nigrum de Margueritte Yourcenar. Ya terminé El paciente inglés y he tomado el libro de la francesa de la biblioteca. Leerlo será otra forma de volver a estar con vos. Amo a Yourcenar en todas y cada una de sus formas. Me gustaría tener su erudición, su escueta precisión masculina para narrar, su devenir profundo y sorpresivo. La historia del médico flamenco me inunda con sus pensamientos sobre el dolor y sus fines, la benignidad de la naturaleza o su indiferencia y el cuestionamiento latente de si el alma sobrevive al naufragio del cuerpo que es otra forma de simbolizar las pruebas del espíritu por librarse de la materia. La verdad no es una ni única: es un cristal que gira y cambia bajo el rayo del sol.

Sic

Nec certam sedem, nec propiam faciem, nec munus ullum peculiare tibi dedimus, ut quam sedem, quam faciem, quae munera tute optaveris, ea, pro voto, pro tua sententia, habeas et possideas. Medium te mundi posui, ut circumspiceres inde commodius quicquid est in mundo, ut tui ipsius quasi arbitrarius honorariusque plastes et fictor, in quam malueris tute formam effingas.

Pico de la Mirandola, Oratio de hominis dignitate

Barriletes en el aire


Una vez, en el mes de noviembre pasado, no recuerdo en qué circunstancia, hablábamos sobre lo bueno y acompañante que era tener nuestro "Libro de las horas", ese blog en el que vos y yo nos escribíamos varias veces en el día. Y yo te dije que sentía que el blog era un barrilete.
"¿Cómo?", me preguntaste.
Claro, abro la computadora pensando que vos dejaste un barrilete volando en el cielo y atado a algún palito para que yo lo desate y lo remonte un rato para dejártelo atado en el mismo u otro palito. Y vos entrás, lo remontás un rato y allá va el barrilete de nuestra proximidad tan próxima... (redundancia de tu autoría exclusiva)
"¡Qué lindo barrilete el nuestro!", me dijiste riéndote.
Esa tarde yo te subí un dibujito de un barrilete en una nube de letras que te gustó.
Ahora voy por ahí con el barrilete atado a mi muñeca; pero no todos lo pueden ver.
Yo sé que cuando se agita un poco es que vos estás soplando para que vuele más.

Viento hablador

Amontono vocales redondas con mi letra de tinta negra y entre ellas, delante y detrás sujeto sus vueltas en consonantes cortantes y ligeras; agrego tildes largas como ramas de álamos y dejo que pase el viento entre mis letras; que las desparrame y las junte; que sea él quien vaya formando las palabras y vuelva a soplar para volver a deformar y formar. Las palabras que el viento me coloca en las manos salen todas de vos: yo solo las voy atando para que otros las puedan disfrutar.

La memoria de otros muros


Este 28 de marzo se cumplen 34 años de tu secuestro y un mes de tu muerte. ¡Qué día aciago ha sido el 28 para vos!
Y yo pienso en que han cerrado tu página. Es lógico, ya no estás.
Pero allí tus amigos escribían cuánto te estaban extrañando y se han quedado sin sitio para decírtelo a vos.
Lo grave, lo terriblemente grave, es que, al levantar tu página, también han desaparecido los comentarios que vos habías dejado, los diálogos que vos habías tenido con ellos en sus páginas ( no conmigo porque no usábamos ese medio para hablar).
Ahora hay decenas de fotos donde la gente parece enloquecida hablando sola durante siete comentarios porque los tuyos ya no están.
Vuelven a mi memoria las manos de un flaco hombre dibujando garabatos en el aire para explicar lo que no se podía explicar.
Los hechos ya están hechos y son irreparables.
Hablarán solos de aquí en más tus amigos y llevarán tu voz en su recuerdo; aunque no puedan volver a leer lo que vos habías elegido decirles y ya no está.

Otoño

Ha empezado otro otoño.
Llueve y las hojas del ceibo cubren mi patio.
El día se vuelve mansamente gris.
El ciclo rueda sobre sí mismo: luego vendrá el invierno, la primavera y un estío que tal vez sea feroz.
La noche llega pronto con su manto sin luces
y el cielo es un esmalte traslúcido y duro donde los pájaros no pueden volar.
En otro otoño,
en otro mundo,
en otra vida
nos vimos por primera vez.
Nada volverá a tener el matiz de tu risa.
Los zapatos quedarán vacíos para siempre.
Como las hojas, caerán las camisas sin tus brazos
y el cielo de tu mirada no dará vuelo a mis pájaros.
Anochece temprano en esta vida
y el sol tarda en salir.
Voy caminando por la calle desierta.
Llueve una lluvia lentísima y triste que trae aguas antiguas y mías.
Querría que me digas donde dejé el abrigo: sopla un viento de cristales filosos y delgados.
La orilla de la vida ahora se adormece y yo no quiero que la vayan a despertar

Una casita de palabras

Voy a hacer una casita de palabras: una sobre otra y te voy a invitar a pasar una temporada abrigado por mis recuerdos.
En realidad no estoy siendo generosa.
Sólo deseo que me cuides de todo lo que siempre me protegiste y que vuelvas a susurrarme, sentando en el borde de mi cama blanca, que te gusta lo que yo escribo para vos.

domingo, 21 de marzo de 2010

Acuerdo


Te doy mi palabra porque en ella está mi alma.
Allí donde estés cuidalas
porque ambas son frágiles y están transidas de un ala de dolor,
Escuchalas atentamente porque ellas tienen cosas nuevas para contar
y, luego, con tu lápiz de punta roma, escribí en los márgenes de mi palabra y en los bordes de mi alma lo nuevo que tengas para decirme.
Lo atesoraré todo en una cajita perfumada en la que pondré tus cartas, los dibujos que le hacías a tu nombre, los collares de colores que me trajiste, la seda, los lazos y las presillas que me regalaste para soltar. Allí estarán también nuestras piedras, las canciones y una luna redonda y anaranjada sobre el mar. Si te comprometés a cuidar que no vayan desordenándolo todo, podré alojar en su interior toda tu explosión de superlativos desmedidos, tus mayúsculas descontroladas y los nombres infinitos con que me quisiste nombrar.
Cada tanto, si así lo deseás -yo sé que sí-, podés venir a visitar la caja
y, de paso, traeme mi alma y mi palabra reescritas con tu letra
para que yo sienta que todo marcha bien.

Le souvenir tendre

¿Quiénes son los que más nos conocen?
Los que llevan nuestra sangre nos son impuestos por la vida:
De los padres sabemos poco en verdad. Cuando queremos preguntarles si han sido felices ya no están y se llevaron con ellos la llave de su secreto que, pensamos, nos ayudaría a abrir nuestras propias rejas.
De los hijos sabemos menos aún. A la edad en que empiezan a mirarnos en busca de su propia identidad, notamos que se escabullen y comprendemos que esperan que no los invadamos, que los dejemos ser ellos -como pueden y como quieren, lo que, a veces, poco tiene que ver con nuestros deseos y posibilidades. Además, somos sus padres, y cuando ellos quieran saber ya no estaremos para contestar.
De nuestros hermanos sabemos que, en la infancia temprana, fueron ese que venía a molestar. A veces estamos muy próximos y a veces naufragamos en una distancia que no sabemos cómo salvar. Sólo cuando tenemos la dicha de elegirlos como amigos, quizá ellos puedan conocernos más que ningún otro ser.
Pero hay otros con los que nos cruzamos azarosamente y a los que -vaya uno a saber por qué- los elegimos: por diversas razones, en distintos momentos, para siempre o por un rato, para compartir ciertas cosas y otras no, espaciada o frecuentemente.
Cuando vos y yo hablábamos en la oscuridad, yo solía decirte que sentía que las personas que se nos cruzan y con las que nos cruzamos aparecen para enseñarnos algo que debemos aprender para continuar.
Ninguna otra razón tienen las amistades y el amor más que aprender.
Entonces, en estos días, en que trato de encontrar la senda que me enseñe a seguir viva pese a tu muerte, me pregunto qué me enseñaste. Curiosamente, tengo muy claro lo que te enseñé a vos...cierto es que te ocupaste de decírmelo cada vez que hubo oportunidad.
Qué raro que vos, que eras el que yo suponía más parco te hayas ocupado de dejar todo en tal estado de claridad conceptual.
A veces creo que tendiste un espejo de colores para que yo pudiera reconocer una imagen bella de mí. (Me sabías carente de cuidados maternos y te entregaste a suturar mis heridas a lengüetazos de calor.)
Otras siento que me enseñaste qué valor tenía lo que yo te daba como si fuera nada.
Alabaste mi orden, mi sistematicidad, y mi capacidad inagotable de producir como si fueran bienes inconcebibles ("Ay, Giulina, a mí me devora la entropía cada mañana al despertar.").
Sé que, a tu lado, sentí, por primera vez en mi larga vida, que la palabra de los hombres (los XY) era valiosa y me completaba.
Te recuerdo, tirado en la arena de la playa, disertando acerca de la ruptura que producía el cromosoma "Y" en tamaña sucesión de "X"; y acerca de la posibilidad infinita de las mujeres en duplicarse dado sus cromosomas gemelos.
Yo sé que, hoy, tu muerte ha de estar enseñándome otras cosas que debo aprender para seguir: intuyo algo relacionado con producir una vida a partir de la voluntad y no sólo por dejarse llevar.
Sin duda, los que más nos conocen son los que nos abrazan cuando transcurre la noche, estén ahora donde estén: el eco reverberado de tu voz en mi cuerpo empieza a susurrarme cosas que quiero aplicarme a entender.
El amor es un tejido de hilos de colores y las hebras negras no hacen más resaltar el tono brillante de las demás.
Dans le souvenir tendre des jours que nous avons eus, ton amour sera le drapeau qui m'aide à survivre.

Calaca 2



La Calaca es una figura de un cráneo o esqueleto humanos utilizados para la decoración durante el festival de los muertos. El rastreo de sus orígenes nos lleva a la imaginería azteca donde las calacas con frecuencia se muestran con flores de caléndula y follaje. Al igual que con otros aspectos del festejo, las calacas son generalmente descritas como alegres. A menudo se muestra el uso de ropa de fiesta, el baile y la música para indicar otra vida feliz. Esto se basa en la creencia de que ninguna alma muerta le gusta ser ocasión de un pensamiento de tristeza y que la muerte debe ser una ocasión feliz. Las calacas utilizados en el festival incluyen máscaras de calaveras talladas usadas por juerguistas, pequeñas figuras hechas de madera tallada o de barro cocido, y dulces en forma de cráneos o esqueletos.

Lo que viene después...



Olga desde Jerez me dice que sentimos que vivimos porque otros nos lo recuerdan.
Ella tiene de mí una imagen feliz. La componen gazpachos abundantes, una sutil ebriedad con jerez, un auto descapotable rumbo a Huelva, un abanico rojo para el calor de Ronda, ese café negrísimo en la Kasbah de Tánger, las tostadas matinales con aceite de oliva y tomate fresco, los maitines en la Cartuja desbordada de buganvilias moradas y -dice ella porque yo lo he olvidado ya- una inhallable estación en Sevilla donde yo abordaba el tren que me pondría en Barcelona.
Mariano y yo hablamos en el mar de un viaje juntos a Europa en mayo. Siempre era él quien proponía viajes y yo quien se asustaba y se negaba. Para quienes no me conocen, debería aclararles que mi primera respuesta a cualquier cosa es no. Sobre todo a viajar: me alteran los desplazamientos, me siento insegura, pienso que dejo mi casa sola y me aterra, no porque alguien pueda entrar sino porque cómo va a funcionar todo si yo no estoy.
"Bueno," dijo él, "es que yo tengo que viajar a París para esa fecha y pensé que podíamos aprovechar, ver a tu hermano, a Olga..."
Me sentí inmediatamente responsable de mis fobias (que son abundantes y variopintas) y de su desilusión. Traté de explicarle lo que siempre me sucede ante la palabra viaje y él agregó: "Es que yo quiero que conozcas mi París..."
Lo abracé y le dije que sí, que viajásemos a su París sabiendo que iba a tener que poner mucho empeño para detener mi cabeza y dejarme estar.
Hoy hace tres semanas de tu muerte.
Tres semanas son veintiún días.
No sé muy bien cómo estoy.
Con vos murió una de las mejores posibilidades que yo he tenido de sentirme viva.
Desde entonces, cuando amaina la ola arrasadora del dolor, me pienso como un tema de estudio, ajena e impersonalmente. Barajo cientos de posibilidades para mi vida, que ya no es ni puede ser igual.
Siento tristeza, enojo, pena, un terrible dolor y, en pocas ocasiones, algo parecido a la bondad.
Voy a trabajar como desnuda de mí misma y, cuando termino, sólo deseo regresar a la soledad de mi hogar.
Escribo y leo porque son las formas que me han sostenido desde pequeña y no conozco otras.
Oigo a todos hablarme, pero sé que nadie me dirá la forma en que todo debe continuar.
Los escucho con la paciencia de quien agradece el amor y el afecto sabiendo que la curación -si la hay- es lenta, sinuosa y -por sobre todas las cosas- absolutamente personal.
Veintiún días no es nada, es cierto; pero puede ser un abismo entre la posibilidad de conocer tu París y la imposibilidad de ver alguna vez esa ciudad con tus ojos .
Será que ahora yo debo aprender a sentir que estoy viva sin que tu amor venga para ayudarme a recordar.

Sábado de verano




Ayer había un sol suave. Era el último día de un verano que nunca llegó demasiado. Trabajé en casa y a mediodía sentí que quería ir a sacar fotos. Mis pasos enfilaron hacia el cementerio británico de Buenos Aires que está a veinte minutos de caminata desde casa.
Cuando entré me palpitaba el corazón. Era como empezar a estar con este que vos sos ahora.
Caminé entre esas tumbas cubiertas de hiedras, con extrañas cruces anglosajones manchadas de verdín.
La luz se filtraba por las ramas de algunos cipreses y castaños y había matas de flores desparramadas por el camino. Las piedrecitas de los senderos hacían ruido al pisarlas y varios pájaros se desplazaban a saltitos.
Todo estaba vacío y silencioso y unas mariposas anaranjadas revoloteaban entre las lápidas de piedra.
De pronto vi que había ángeles: decenas de piedra oscurecida en una actitud de recogimiento bordeaban la callecita principal.
Me senté en un banco verde a la sombra de una mujer alada y pensé que eso también era la muerte: silencio, sol y plantas mecidas por una brisa suave bajo el cielo azul.
Allí, vos y yo estábamos paseando.
Una plácida serenidad me invadió el pecho.
Nadie puede decirme cómo debo sanar mis heridas. Sólo yo puedo intentar los caminos que me permitan volver a la vida.
Ya nada será igual: no puede serlo. Quizá quede mi alma instalada en una melancolía suave que me lleve una y otra vez a vos.
No lo sé.
Lo único que tuve claro es que en ese sitio, en esa tarde, pude mirarme como una extranjera de mí misma y proyectarme hacia adelante con la serenidad que me dio saber que en un sitio semejante al que albergaba mis pasos vos estabas bajo el sol tibio, con pájaros saltando, tierra verde y unas sutiles mariposas naranjas de flor en flor.
Los ángeles te bordeaban la risa y en la luz de la tarde volviste a acariciarme y yo fui un instante feliz.

sábado, 20 de marzo de 2010

Excrucior


A vos, que tanto lamentabas no leer latín.

Que el español es hijo del latín ya lo sabemos todos.
Que fue rebelde, como todos los hijos que se precien de tal, también.
A mí no deja de maravillarme aquello que decía Roland Barthes sobre la lengua como una manera de comprender el mundo.
Vuelvo a Catulo una y otra vez.
El poeta dice "excrucior" y todos traducimos "sufro" sin dudar, pero dejando pasar las sutilezas que siempre se escapan en toda traducción, eso que el mismo Barthes llamaba la locura de la lengua.
La voz pasiva y la voz activa representan, decimos, la misma idea desde dos puntas diferentes.
Significa lo mismo, repetimos, decir"Yo amo a Juan" que "Juan es amado por mí".
¿Será así?
Cada segundo que pasa desconfío de igualdades semánticas al hablar.
Que una idea pueda expresarse de dos formas diferentes me resulta altamente sospechoso, dada la economía constitutiva de cualquier lenguaje.
Y si, además, se trata de dos lenguas emparentadas, pero diferentes, mucho más aún.
Catulo usó el verbo en voz pasiva, es decir, una estructura sintáctica en la que el sujeto no es agente de la acción, simplemente es quien la padece.
Pero en español el verbo sufrir es intransitivo: no tiene voz pasiva.
Nadie puede "ser sufrido".
Es un proceso emotivo intimísimo que no admite pasividad posible y eso bien lo sabe quien ha sufrido alguna vez.
Sin embargo "excrucior" está en voz pasiva: el pobre Catulo está siendo atormentado por ya sabemos quien.
Tan ajeno a la generación interior es su dolor que habiendo podido usa el verbo "crucio" elige adosarle la preposición "ex" que viene a significar lugar desde donde algo proviene, punto de partida, causa...
Y si "crucio" significa torturar, "excrucio" quiere decir, en su voz activa, hacer sufrir y ni qué hablar de emplearlo en voz pasiva.
El tipo la pasaba mal, doblemente mal, en manos de ya sabemos quien.
A nosotros, hablantes del español, sólo nos queda callar, hacer de tripas corazón y sufrir solitos o recurrir a paráfrasis verbales que expulsen la culpa lejos del interior.
Porque podrá haber agente del dolor, pero las lágrimas son pura y exclusivamente nuestras.
En cambio, en la exacta y sutilísima lengua de Catulo sólo ella es el agente de un proceso que él padece y padece hasta desfallecer.
Qué astuta fuiste, Lesbia... negarte así para pasar a la inmotalidad.


Conocimiento

Lo que decimos sobre la Muerte son puras palabras.
Nadie sabe lo que es, hasta que se le muere la mitad del alma.
Algunos pasan por la vida sin saber.
Otros, como yo, no podemos dejar de aprender.

Una estación


Quiero buscar tu espalda con mis dedos
para trazar caminos por los millares de células que se mueren,
para que por senderos de yemas vos te escapes entre la tierra y vengas.
No hay sensación más triste que morirte,
perderte todo en manos del silencio,
quedar como un cántaro roto... y el agua allá, perdida...
No era necesaria tanta tierra,
tamaña corrupción sobre la carne,
semejante vacío para apagar mi sangre.
Mis ojos se atormentan de silencio
y me arrodillo para sentir la imperceptible ruta por donde va tu muerte
y sacudir la tierra hasta que dé contigo.
Quedaron las palabras, huérfanas y terribles sin que nadie las diga.
Mi boca va perdiendo lentamente la lengua
y la ropa colgada se estremece en el viento.
Que alguien me explique
qué debo hacer para que todo siga como era,
qué debo hacer para no haya cuerpo que se pudra de insectos en el fondo del magma,
qué debo hacer para que duermas otra vez a mi lado
y mis tacones y mi vestido no se mueran los dos de tristeza y desgarro,
qué debo hacer para comer, para dormir, para salir y ver la luz,
qué debo hacer para evitar la falta que me hace tu cuerpo,
qué debo hacer para que el día pase y sea otro y otro y otro
y no queden los mapas tirados sobre el piso.
Quiero gritar a gritos más fuertes todavía
que vos dejaste a todos y a todos les dejaste con quién penar;
pero a mí, no fue justo, me dejaste doblemente vacía: me diste a mí tu muerte y me arrancaste también tu compañía.
Que trampa más terrible me tendiste: presa de tus palabras, llena de tus historias y nadie que me oiga ovillado a mi lado.
La pena es una mancha inconsolable.
Voy como sombra estéril por los cuartos,
te llamo y sólo queda el eco como otra voz que brama en soledad y muerta.
Nadie responde
y tu muerte me invade,
llena el revés amargo de mis ojos
y mis pupilas sólo ven recuerdos diluidos y rotos.
Si al menos me hubieras avisado, yo habría preparado un cortejo de hadas, de ángeles; una caravana de carrozas de porcelana y en corceles de plata yo te habría llevado por una avenida ancha de álamos erguidos y de viento...
pero elegiste morirte así, de pronto, sin dar aviso
y el puñado de tierra que te tiene, que te tapa y te hunde
es sólo tierra negra e insectos y un par de piedras por donde empuja tu corazón sediento la luz de las semillas.
Dónde te busco ahora,
en qué camino espero que pases a mirarme y a decirme qué debo hacer para volver al suelo.
Una estación de vías olvidadas donde llueve: eso es mi vida ahora
y una negra maleta donde llevo tu boca para que no deje de hablarme todavía.

viernes, 19 de marzo de 2010

Sobre Berlín, los ángeles y Walter Benjamin


Imaginémonos que estamos a principios de agosto del año 2009 y que un hombre y una mujer en una casa calentita de Parque Chas vuelven a ver, por enésima vez, Las alas del deseo.
Después, él le habla de los ángeles que ha visto en su Berlín juvenil. Y ella, del filósofo Walter Benjamin y de su suicidio en la portuguesa Lisboa.
Al día siguiente, la mujer escribe un poema que le envía junto con un texto sobre el ángel del progreso del filósofo.
Esa noche, el hombre, entonces, contesta:

Hace tiempo que no tomo mis caminos habituales, que no someto a mis cuádriceps al trote cotidiano, obligatorio, que aumenta la vida del corazón, según declara el médico...
En vez de eso, retomo el viejo hábito en mí de joven, de leer poetas, de dejarme llevar por versos, de meterme en el mundo por hileras de palabras que tienen una métrica que nunca supe calcular; pero que intuyo,
que se dibujan entre las circunvalaciones de mi cerebro, que suenan ahi.
Este ejercicio viejo en mí;
pero de alguna manera olvidado,
ni siquiera olvidado, llamémoslo subyacente, nunca perdido,
encontró ahora un cauce nuevo, que parece efectivo...

Comienza de diferentes y diversas maneras...
pero te tienen todas por origen,

pasando por tus manos,
por tus palabras y tu cuerpo,

mínimo, perfecto, breve, efímero también,
breve y efimero,

porque, mal que me pese, sólo apareces algunos días con tu breve cuerpo,
pero estás siempre detrás de un cristal,
y sobre él,
o debajo de él:

tus palabras,
tu breve corazón se mete en el mío, lo acaricia, lo provoca.
Así, tus palabras,
o lo que ellas de vos transmiten,

tus palabras,
que son tus frases,
que son parte de vos,

a mí llegan,
a mi centro llegan,
a mí mismo,

y encuentro que si pensaba en angeles, que me asombraban y torturaban, les ponés palabras y explicación...
que un Berlín lleno de ángeles fue anunciado en Lisboa por un filósofo judío que no soportaría el dolor, ni la tortura, ni vestía esa valentía, ese coraje, habitualmente requerido para matar al enemigo...
se fue en Lisboa, quizás para dejarnos tareas a los que pudieramos interpretar sus escritos... sus rompecabezas alucinados de exterminio...

Y me traés también una espalda,
y sólo suspirás a mi lado,
sólo murmurás en silencio...

Ahí me cargás de lucidez y siento tus manos sobre las mías...
De alli que los abdominales, los ejercicios para mantener el corazón sano, y la variedad de movimientos a los que me obligo para mantener los huesos móviles, tienen algún otro fundamento...
Vos.
Descubro que ahora tengo un ángel aliado, amigo de aquellos que miraban hacia el mismo espanto,
y retomo el habla poética que me habitaba...

Digo a los ángeles que me perdonen, que no era olvido, que no estaba perdido,
que a veces, las palabras requieren añejamiento... que los pensamientos, las ideas maduran más lentas que todas las horas y que el mismo tiempo...

Imagino que ahora vos decís palabras en voz alta en un aula donde te escuchan con esmero...
Y querría que me hablaras a mí solo, a mí único, para mí tus palabras...
Yo siento que me besás ,
que besás mis manos...
y que me guiás suave por esos caminos tan tuyos
por los que deseo transitar hacia tus palabras y tu universo de libros, ángeles y labios.

El día tiene varias batallas mientras tanto.

Una historia de amor

Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que, la primera noche en que me amó, en vez de dormirse, me sirvió un vaso de vino e hizo que yo oyera al poeta mexicano Jaime Sabines.Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que esa noche, después de haberme amado, tendió la mesa y dejó que el poeta me penetrara en los oídos y en el alma. Y yo lloraba con el rostro entre sus manos.
Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que me tendió una red infinita de palabras en la que yo caí rozando con mis dedos sus vocablos y, letra a letra, me fue atando al matiz de su voz susurrada.

Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que no me miraba los ojos sino la boca y subía a mis labios con su río de tinta subterráneo para sacar a mordiscones mi léxico escondido.
Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que escondía el sol en mis clavículas y despuntaba un mar en el revés de mis rodillas, y me hacía dormir en sus brazos, y me acunaba para que yo me hiciera blanda.
Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que decía que era biólogo, pero mentía; porque era poeta. 
Esta es la historia de cómo me enamoré de un hombre que me regaló palabras escritas en mi cuerpo de pájaro, pero un día se fue y me dejó una cartografía en el corazón y en el alma, y yo navego sus costas, sus islas, sus fiordos escarpados, sus desiertos. Hubo humo y pantanos y ramas de tilo y ahora hay una espera que silba como tierra en el viento.
Dice Roland Barthes que leemos para saber que no estamos solos.
Yo escribo para saber que no te fuiste.


Amor mío, mi amor, amor hallado

de pronto en la ostra de la muerte.
Quiero comer contigo, estar, amar contigo,
quiero tocarte, verte.

Me lo digo, lo dicen en mi cuerpo
los hilos de mi sangre acostumbrada,
lo dice este dolor y mis zapatos
y mi boca y mi almohada.

Te quiero, amor, amor absurdamente,
tontamente, perdido, iluminado,
soñando rosas e inventando estrellas
y diciéndote adiós yendo a tu lado.

Te quiero desde el poste de la esquina,
desde la alfombra de ese cuarto a solas,
en las sábanas tibias de tu cuerpo
donde se duerme un agua de amapolas.

Cabellera del aire desvelado,
río de noche, platanar oscuro,
colmena ciega, amor desenterrado,

voy a seguir tus pasos hacia arriba,
de tus pies a tu muslo y tu costado.

(Jaime Sabines)


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