sábado, 31 de octubre de 2009

Tormenta sabatina

Llueve simplísimamente sobre mi piel.
Me moja el agua.
Pura y fresca me lava con un perfume a limpio, a nuevo, a estrenado.
Se despierta la carne de una siesta profunda y retorna a la vida.
Florecen las semillas de mis poros y serpentean los tallos de alegría.
Permanezco inmóvil debajo del líquido que se derrama en el aire.
Llueve como llovió desde el primer momento.
Y se van las desdichas por la alcantarilla del patio donde termina el mundo y comienza la risa.

jueves, 29 de octubre de 2009

Harún y el mar de las historias


Mi hijo ha sufrido mis embates de madre lectora compulsiva desde que tuvo edad suficiente para entender su lengua materna...¿seis meses? Le he leído todo lo que creí que merecía la pena ser oído por un niño comenzando por versiones de mitos griegos a la edad de dos años. "Jasón y los Argonautas" se había transformado, sumergidos como estábamos en aquellos años por las primeras secuelas de Batman, en "El guasón y los astronautas". Y la pobre criatura, cual si no le alcanzara y sobrara con la madre que le tocó en suerte, tuvo que atravesar amigos y amigas que le versionaban infantilmente los grandes tomos de la humanidad y así los indios ranqueles invitaban a Lucio V. Mansilla a tomarse un nesquick, Anna Karenina era la que tiraba la chancleta para irse a vivir la vida loca y demás... Leímos con devoción esa maravillosa historia de Bradbury en que Pipkin se enfrenta a la muerte y la vence llamada El árbol de las brujas y ese otro canto al descubrimiento del mundo, El vino del estío. El momento nocturno del cuento era un instante de pura felicidad en que mi voz se hacía íntima y arropada en el lecho infantil a la instancia de su pedido, "Léeme, mamá."; como si ,en vez de un libro, yo debiera transmitirle las palabras con que explicarlo cada noche.
Después, Pablo fue creciendo y la maternidad es aprender a desprenderse del que fue parte de nuestro cuerpo, es un poner distancia y transformar lo material en un entramado sutil de signos y de códigos. Así que él empezó a leerse para encontrar los términos que lo definirían otra vez. Un día, cuando estaba en cuarto año, tiró La Celestina sobre la mesa y dijo: "Este libro es incomprensible. Voy por la cuarta página y no entiendo nada." Recordé lo que Lida, Gilman y tantos otros se preguntaban sobre la dificultosa clasificación genérica del texto de Rojas y le propuse leerlo en voz alta entre los dos. Ese año no sólo atravesamos a Calixto y sus amores desgraciados con Melibea, sino que nos zampamos en voz alta el Quijote completo a raíz de tres capítulos cada uno. Su profesor de literatura española, por esas casualidades del destino, había sido el mismo que me había enseñado en los 70 a mí y, en el acto protocolar de fin de curso, le agradecí el regalo que, sin saberlo él, me había hecho: la palabra tendida como puente entre los seres humanos a los que la sangre liga de esa manera tan particular.
Allá por los noventa, Harún y el mar de las historias tuvo mi voz y así, leyéndole a Pablo sus aventuras en las noches de invierno, descubrí a Salman Rushdie y me enamoré perdidamente de él. Hace unos días le pregunté a Mariano, padre de tres hijos, algunos de los cuales aún ameritan una lectura oral, si les leía por las noches. Él, con tristeza sedimentada en sucesivas ausencias y viajes, explicó que esa había sido una dolorosa asignatura pendiente. Y entonces yo puse en sus manos a Rushdie y su mar. Quizá, como dice Pennac, amar sea, finalmente, hacer el don de nuestras preferencias a aquellos a quienes preferimos. Anoche, Camilo empezó a oír el relato de Harún de boca de su padre. Sé, por mi propia experiencia, que no alcanza con poner los libros al alcance de los ojos de nuestros hijos: es necesario acercárselos en el viento de nuestra voz; hacerles el maravilloso obsequio de la lectura nocturna y desinteresada que tiene el puente más fuerte, el que es porque sí. Lo que les damos a nuestros hijos cuando les leemos es un regalo que los va a acompañar por siempre jamás cuando nosotros no estemos y ellos nos invoquen en las memorias de su corazón.
Yo le di lo mejor que mi alma posee: las palabras; y Mariano acaba de regalarme un instante de clara perfección: su alegría nueva de padre lector. Ahora hay que hacer silencio porque otra lectura está a punto de comenzar.

Anécdota escolar LXXXIV: La vaca es un animal cuadrúpedo.

(La profesora explica la correlación temporal de los pretéritos del indicativo en la narración.)
Profesora: ¿Entendieron? ¿Alguien tiene alguna pregunta?
Alumna 1: (Desde el primer banco) Sí, yo...
Profesora: Dale.
Alumna 1: Las vacas, ¿toman leche? (Carcajadas generales.)
Alumno 2: Ay, nena, mirá que sos tarada. Las vacas toman agua.
Alumna 3: ¿Y qué...? Cuando nacen, ¿qué toman? Toman leche, nene.
Alumno 4: Esos son los terneros, ¡no son vacas todavía!
(La profesora no sabe si reírse o ponerse a llorar. En cinco segundos, la pragmática verbal se desbarata y es imposible rearmar la clase.)
Alumna 5: Claro, la leche descremada es porque los pastos son light.
Alumno 6: (Muerto de risa.) Y la que tiene hierro es porque las vacas comen clavos.
(Se hace un instante de silencio en el que sobresale una voz.)
Alumno 7: Y las vacas de pelaje marrón dan chocolatada.
Alumna 8: (Muy seria) ¿De verdad?
(La profesora empieza a reírse y la clase se pierde irremediablemente en un caos bovino y surrealista. )

miércoles, 28 de octubre de 2009

Sueños

La fiebre es una ola de agua que me lleva. Estoy en Amsterdam y cuelgo unas cosas indescifrables en una pared donde minutos antes he colocado un clavo. Sé que es la ciudad holandesa aunque nada en el sueño me indica la localización. Estoy en un cuarto de ventanas amarillas y alguien toca un violín y yo pienso que es magnífico que una persona que se dedica a resolver complicadas ecuaciones matemáticas toque tan bien el violín. No puedo ver la cara de esa persona, pero sé que sé quién es. Entonces me despierto. Bebo agua porque la temperatura me da sed. Mucha sed. Vuelvo a dormirme. Estoy con vos, en un restaurante a orillas del mar. Sopla la brisa y unos farolitos de colores se mecen con el viento. Es una especie de terraza abierta a un cielo profundo y estrellado, con muchas plantas de perfumes poderosos. Vos y yo cenamos atún a la parrilla. Puedo sentir en la boca la carne densa y el sabor de las hierbas. Vos apoyás tu boca en mi hombro y me hablás. Decís algo con tus labios apoyados en las mariposas de mi derecha. Yo no alcanzo a oír y te pregunto qué dijiste. Te sonreís y aclarás que si apoyo mi oído en las mariposas, voy a saber qué acabás de decir. Es imposible que apoye mi oreja en mi omóplato así que me quedo con el deseo de saber qué dijiste. Justo en ese momento me despierta tu mensaje de texto preguntándome cómo estoy. Es la una de la madrugada. Me levanto y me hago un té.

martes, 27 de octubre de 2009

Desayuno en el puerto


Estamos signados por árboles que nos crecen como venas de savia en medio de la carne. Reverdecemos con los ojos limpios, pero llenos de historias. Aunque no necesitamos narrar somos buenos contadores de recuerdos y anécdotas. Nos gusta andar al sol y enredar nuestros cuerpos en la sombra cuando al doblar el día la piel arde. Olemos a atardecer en la orilla del río y a mediodía rebozante de palabras. Tomamos té en tazas diferentes que se amontonan y desbordan mientras oimos música, leemos o escribimos lo que nos ha quedado sin decir. Estamos nuevos, pero pulidos por el tiempo. Nos reímos a menudo porque sabemos que es la mejor manera de atravesar el mundo; pero tenemos los ojos abiertos y a la espera. Las pupilas se nos llenan de hojas verdes y los labios de besos que nos anudan, que nos apretan, que nos encieden. Somos más todavía que todos nuestros pasados a los que recurrimos cuando es preciso explicar el presente y aventurar el día subsiguiente. No nos importa el sitio de llegada sino el ir desplazándonos por los extensos territorios que dibujamos en mapas incorpóreos. Desayunamos juntos sin prisa y con urgencia. No es demasiado, pero alcanza.

domingo, 25 de octubre de 2009

Tarde de Costanera

Caminamos al sol. Muchas horas. El río se oía a nuestra derecha y los pájaros corrían delante. A un lado y al otro del camino, las retamas y unas diminutas flores blancas perfumaban el aire de un octubre primaveral. Nos detuvimos en una playa y revolvimos piedras hasta dar con un huevo de dinosaurio perfecto, redondo, moteado. Hablamos de tragedias griegas y familiares, de hijos (y de la carencia lamentable de hijas), hablamos de la batalla de Normandía y nos agradecimos el paseo al que llamaste nuestro. (Tengo una absoluta imposibilidad para el plural de la primera persona...es inútil). Tomamos agua mineral y comimos maíz inflado. Finalmente aceptaste muchas de mis pastillas de menta y las comimos triturándolas con los dientes mientras la ciudad iba anocheciéndose con el sol caído del domingo. Después el remanso se hizo un ovillo y se envolvió a sí mismo para perlarse de perfección: la mejor, la del momento que resplandece en su instantaneidad y acaba como las buenas cosas. Supe que te elegía y te quería: todo a la misma vez y en el mismo segundo. Tuve ganas de besarte y ponerme a llorar entre tus brazos de pura felicidad nomás.

sábado, 24 de octubre de 2009

¿Cómo es?


¿Cómo era el mundo a través de esos ojos?
¿Cómo era la tristeza o el dolor o el temor que se escapa en una mirada de apenas seis años?
¿De qué forma se procesan los vínculos a una edad en que debería recibirse sólo amor?
¿Y la soledad? ¿Y el desamparo? ¿Y el borde de la demencia rozado en forma cotidiana?
¿Cómo es ser niña enviada a todas partes, sacada siempre del medio, expulsada, olvidada, rechazada?
¿Cómo es tener mamá y no poder alcanzar jamás su corazón?
¿Cómo es que ella huela a madre y desconocer su aroma y su tibieza?
¿Cómo es armar una muralla de papel y palabras para esconderse adentro donde cada sílaba erige mundos de fantasía y perfección?
¿Cómo es pintar y dibujar hasta el agotamiento para no sentir la carne abierta en dos por una ausencia que todo lo magnifica?
¿Cómo es sentarse a la mesa al volver del colegio y que tu madre no te hable por semanas sin que vos sepas por qué?
¿Cómo es no ser jamás elegida para el abrazo, el beso, la caricia?
¿Cómo es transitar el camino de la perfección para ser nombrada con orgullo alguna vez que nunca acaba de llegar?
¿Cómo es quedar siempre en el lugar marcado y no poder salir de él?
¿Cómo es de irremediable una infancia así?

martes, 20 de octubre de 2009

Pandora


Tengo una caja llena de secretos. Algunos son antiguos como el tiempo; otros nacieron ayer apenas. Hay unos de colores violentísimos; otros no llegan ni a pasteles tímidos. Unos huelen a selvas y animales húmedos debajo de una tormenta; otros tienen perfume a alas y pétalos volando. Es una caja mía, la abro sola tan sola que aún de mí me guardo en eso. Nadie la ha visto, nadie la ve. Y hoy, cuando entreabrí la tapa, tus ojos vespertinos dormían en su interior tapados por las lágrimas que lloré aquella tarde y las sonrisas que estrené hace tiempo, entre mis relatos de infancia y mis tibiezas de domingo de siesta. Cerré suave la tapa para no despertarte. Yo era como Pandora: protegía la esperanza.

La sirena y el pez espada


Ayer me crecieron enredaderas de sirena en el pelo y la piel se me llenó de escamas de fósforo brillante. Vos eras un pez espada nadando en las aguas saladas de mis caderas; me bordeabas con tu lengua y tus palabras se derramaban mojadas entre mis piernas. En ese instante, me encerraste en tus ojos y yo supe cómo ve el mundo un pez espada: burbujas de oxígeno verde crecen entre algas ondulantes, otros peces pasan por las corrientes cálidas atravesados por rayos de luz yodada y el sol entra rasgando la espuma de las olas. Tus aletas tocaron mi piel estremecida por tus pupilas vespertinas mientras la sirena que yo era cantaba y los sonidos eran cristales blandos, perfectas emanaciones de vapores antiguos detenidos en el borde de mi boca nacida de sirena para besar a un pez espada. Después el vacío se llenó de risas, de gemidos, de pequeñas palabras apiladas como torres tambaleantes que ganaron el cielo. La cama fue una honda pecera de abrazos donde dormimos en conjunción.

lunes, 19 de octubre de 2009

Pajaritos

Esta noche, los pájaritos de tu boca devoraban las semillas doradas de mi vientre. Yo los vi tan solos, tan hambrientos que les hice un nido tibio en mi pecho y se durmieron acunados por el latido de mi sangre mientras tus manos me desvestían por no dejarlos solos. Y los pajaritos -húmedos y tiritantes- se despertaron de su dormir, creyeron que había salido el sol y se pusieron a cantar como tímidos pajaritos, felices como agua para sus abluciones matinales mientras vos y yo, olvidados de todo y por todos, nos recorríamos por antiguos senderos de montaña con la avidez de los árboles altos por el cielo. Y los pajaritos se sumergían en nuestras sábanas para hacernos reír.

Noche de domingo

Hablamos en voz tan baja que el mundo silencioso de la noche puede oírse afuera; pero, entre nosotros, hay un hueco de luz, de vapor azul en el que nos reímos y brotan mariposas de colores de mis rodillas desnudas hasta tu nuca y dan tres vueltas antes de partir a perderse en la luna colgada del cielo lejano. Las pieles son fronteras inexactas erizadas de sudor y perlas amarillas donde el aire se desmaya de alegría y no hay más que abrazarse entre copas volcadas y cenas inacabadas que esperan en la mesa enfriándose y las palabras en el idioma cromosómico de los xy y los xx se resbalan hundidas en perfume de manos enhebradoras de texturas como si fueran cuentas de collares marinos. Yo soy una sirena en tus aletas de pez espada y tengo los cabellos enredados entre tus dedos que me llevan al borde de tu lúcida convocatoria y en tu cabeza me dejo estar para caer a tu corazón por el subibaja de tu cuerpo entregado a mi voracidad. Después me hablás y tu lengua -es decir tu lenguaje de hombre en medio de la noche- me abre un horizonte de sutiles perfecciones donde descanso para atravesar lo poco que queda del silencio nocturno. Otro será el borde de la hora cuando se llene de frases inconexas; mientras tanto ando por orillas de luces masculinas donde anido.

domingo, 18 de octubre de 2009

Juegos de amistad


Intento explicar lo inexplicable y me pregunto por qué debería hacerlo, por qué a ellas no les alcanza con mi silencio. Más acá o más allá ha surgido la diferencia: en algún punto del devenir que nos unía (y que seguramente seguirá haciéndolo) han cambiado las reglas del juego aunque las piezas sigan siendo las mismas pese a que tengan los bordes un poco recortados. Pienso en las palabras que no se dicen con obsesividad meridiana: necesito entender qué cosas han hecho de esto lo que sucede y las veo naufragar donde yo me dejo flotar sostenida por algas azules y precisos peces. ¿Y antes? ¿Por qué no acontecían así las cosas? ¿Qué ha cambiado en los relatos? ¿Es verdad que ya no cuento? ¿O dejé de hacerlo por sentir que carecía de auditorio dispuesto? ¿Es necesario un relato pormenorizado para compartir? ¿Relato de qué? ¿Cómo narrar lo que es aire, agua, tierra húmeda, fuego? ¿No alcanza con ver el brillo en la mirada y la urgencia en el latido para entender? Una y otra señalan la diferencia. La cuestión no es que exista -eso ya lo sabíamos- sino que haya sido verbalizada quitándome la sensación de la totalidad. El afecto es inalterable, dicen; pero, en realidad, nada lo es porque estamos sometidos a diario al torbellino de las mudanzas: imperceptibles a veces; violentas, otras. El afecto es una construcción hecha de lazos invisibles y como en toda tela son necesarios los huecos por donde pasa el aire que lo revuelve todo una y otra vez. ¿Qué hay esta vez que el viento parece huracán y amenaza con destrozar los cimientos de los muelles más frágiles? Hay miles de cosas de las cuales yo desearía no hablar porque no podemos decirlo todo, no podemos sentir lo que siente el otro, no entendemos la zozobra y la dicha en corazones que no sean el nuestro. Carezco de simplicidad, es cierto. Pero eso es un plus para mí y no una ventaja tranquilizadora. Me siento desgajada esta mañana y puesta en un vaso a echar raíces antes de ser transplantada. Lo que me sucede es tan abarcador como una tierra nueva donde crecer y poco importa quién venga a regarme. Lo que me sucede no es obra de nadie en particular: después de julio (que debería leerse en todos sus sentidos posibles) he mudado de piel. Tengo un pie en Buenos Aires y otro más allá de las costas del mar, más allá de mi cabeza que es otra desde entonces, más allá de mi corazón que late con otra densidad. La amistad es un juego en el que no hay reglas más que las que quedan implícitas al hablar. No estoy enojada, ni triste, ni desilusionada...sólo entiendo que el suelo es la base desde donde se empieza a volar.


sábado, 17 de octubre de 2009

Lluvia


Dice Mariano que llueve y yo me dejo resbalar mojada para beber el agua que cae y me humedece la piel hasta desdibujar mis felices contornos. Y el sol arriba se pregunta cómo es posible que me empape y llueva así de nada y todo, de poco y mucho, de blanco y negro, de frío y caliente...pero llueve y la boca se me anega de agua colorida, de perfume marino, de vientos de montañas y mariposas violetas que nacen atrás de mis rodillas, en mis hombros y se enredan en vuelo a través de los ojos que él tiene de color vespertino para aletear unos segundos cuando se ríe con la risa primera que abrió las puertas de mi corazón clausurado. Dice Mariano que llueve y yo me dejo estar debajo de su tormenta de palabras, de caricias, de su lluvia de besos; y me dejo llevar al resguardo de sus brazos.

viernes, 16 de octubre de 2009

El surco genitivo

El hombre está a punto de morir y piensa en su vida. Una vida es un relato que no se escribe. Sucede. No tiene lógica, sólo es tiempo desenvuelto sin coherencia ni cohesión. No tiene narrador, sólo una polifonía anárquica en la que, a veces, emerge una voz de preferencia sobre otras para luego ser subsumida en un conjunto amorfo de murmullos que no pueden comprenderse. Pero el hombre, con la guadaña colgada del hombro, siente necesidad de ordenar lo que ha pasado. Sabe que no ha tenido hijos que son quienes, en la generalidad de los casos, se ocupan de montar el relato que resignifique la vida de los padres para explicar esa ausencia y su propia perduración. El hombre sabe que él es su propio hijo y debe apurarse para que el relato no muera junto con él.

(Cuando hallamos quién cuente la historia que queremos escribir, ella va haciéndose evidente en nuestro cerebro y en la punta de nuestras yemas. Me dispongo, entonces, a contar otra vez. )

jueves, 15 de octubre de 2009

Partida

Al pie del andén. En el borde. Parada apenas sobre las puntas de los pies. El próximo tren sale en veinte minutos. No quiero saber adónde va. Debo tomarlo. Debo perderme. Debo salir hacia alguna parte. Que un tren me lleve. Porque las vías se cruzan y descruzan y debo ir. Unas palomas se levantan en medio de los vapores y del humo. Vuelan como gotas pesadas para volver a posarse cerca de mi cabeza. No tengo ni equipaje. Sólo una inquietud corroyéndome la nuca. Arrojé el teléfono a un cesto justo en la ventanilla de venta de pasajes. Dije: deme uno de larga distancia ida . El primero que salga. Y me dieron un papel amarillo. Entonces tiré el celular. No lo iba a necesitar. La gente se arremolina en un torbellino que viene y va. No hay sentido. Ninguno. Sólo mi cerebro fatigado trata de ordenar la secuencia para que sea significativa y real. El tren se acerca y ha comenzado a llover.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Ars amandi

Esperanza de furia: viento rodado sobre el cuello desnudo y titilante. Después la boca como un cántaro volcado en la sábana, debajo de la pierna que oprime. Respiración y trago de saliva que rodea como un vapor caldeado. Líquidos arrojados en el centro del cuerpo: caverna en luces umbrías: pasarelas: zaguanes de carne donde el deseo se agazapa y salta para clavar sus dientes en las orejas: lluvia de peces, salobres renacuajos vitales nadando entre glóbulos rojos despedazados y después aire caliente y seminal fragancia sobre la lengua y en las fosas nasales sólo el gusto salado de la piel que se retira, se llena de turgencias, se estremece. Túneles y trenes luminosos, veloces, despedidos en pos de una estación que se demora gozosa. Marca de dientes sobre los territorios corporales, lencería en cajones cerrados y manso enfebrecidas. Más luego el sueño para vencer al tiempo perentorio que no quiere entregar más de lo que ya dio para la fiesta.

lunes, 12 de octubre de 2009

Aparato digestivo

Me voy a comer mi corazón.
A masticarlo lenta para que dure un rato entre mis dientes.
A mojarlo en saliva y pasarlo feroz sobre mi lengua para después verlo caer pesado y amansado en el fondo de mi estómago hecho un lecho de células molidas.
Y así, sin corazón, andaré por la vida: mucho mejor, más segura, más fuerte, más entera.
Y con el corazón se irán todos mis miedos por las cloacas donde me olvidaré de todo y todos.
Y volveré a mirar otra vez hacia arriba.

No sé qué viene ahora

Para vos, M.L., porque no sé nada.

Quiero escribir que tu boca es una ruta de saliva que dibuja mi cuerpo con aleteos furiosos.
Quiero escribir que tu piel es un roce que llama a los animales salvajes del deseo.
Y me quedo pensando en el paquete de galletitas del hombre proveedor, en el mate, en el queso empetrolado, en el topo y la excursión a los indios ranqueles, en el perro y el gato, en el cepillo de dientes amarillo, en el piso del cine, en la conversación que me debías y me diste, en el partido de Estudiantes por Vélez, en tu risa -siempre tu risa-, en mi libro leído por tus ojos, en mis suspiros que no son maternales, en mi sexo que no es antisemita, en la ducha, en tu nombre, en tus miedos, en los míos.
Y no sé cómo seguir.
Y me detengo.
Y me quedo pensando al borde de un día más que se acaba.
Y no sé cómo seguir mientras el sol me arde en la espalda que tocaste.
Y desearía que no hubieras hablado, que te hubieras quedado allí donde estabas, que no hubiera habido un fin de semana como este, que yo no hubiera dormido en tu casa -extranjera y extraña-, que no hubieras escrito que la pasamos lindo juntos, que no hubieras dicho nuestra mañana.
Y no sé...no sé qué viene ahora.

domingo, 11 de octubre de 2009

Un comentario sintáctico

Te leo ("Qué lindo la pasamos juntos") y pienso cuáles hubieran sido las maneras posibles de decir lo que dijiste:
  1. Qué lindo la pasé con vos: Un único sujeto se hace agente de su bienestar (que ha sido lindo). El "yo" la pasó bien y hubo otro que acompañó, claramente indicado en el circunstancial de compañía. No se puede saber cómo la pasó la segunda persona reducida aquí a un mero modificador del verbo en primera y excluyente persona.
  2. Qué lindo la pasé/pasamos anoche: La persona del verbo sólo indicaría la exclusión /inclusión del otro. Uno o los dos la pasaron lindo. El adverbio de tiempo circunscribe ese bienestar a una única ocasión en el devenir del tiempo. Ha sido anoche, una circunstancia acotada que no podría repetirse porque, deícticamente, de hoy sólo hay un anoche y, puesto el mensaje en circulación, sólo puede llenarse su referencia con la fecha precisa y determinante que ha de haber tenido sus motivos, sus instancias, sus detalles...
  3. Qué lindo la pasamos juntos: La construcción sólo admite la primera persona del plural. Sería agramatical intentar enunciar "*qué lindo la pasé juntos". El bienestar ha sido entonces compartido, ambos son sus agentes. Pero además esta idea se refuerza en la superación del circunstancial -que modificaría sólo al verbo- con un predicativo subjetivo que tiene la maravillosa propiedad de tener dos valencias y aludir no sólo al verbo sino -y sobre todo- al sujeto, en este caso esos dos que la pasaron bien sólo porque estuvieron juntos. Agréguese a esto la ambigüedad propia de la primera persona del plural del pretérito perfecto simple "pasamos" que comparte su forma con el presente de indicativo, de lo cual podría concluirse que o la pasamos lindo juntos ayer o la pasamos lindo cada vez que el presente se hace carne aquí y ahora.
Conclusión:
Las estructuras sintácticas empleadas son elecciones del corazón.

sábado, 10 de octubre de 2009

Pánico en la madrugada

A la noche,
en medio de la oscuridad que es una boca abierta,
lo escucho respirar.
Él me tiene enredada en sus brazos, cruza su pierna sobre mi cintura desnuda y duerme manso y feliz.
Seguramente su pánico se ha atemperado porque lo pudo decir.
Yo, en cambio, siento crecer el monstruo larvado en mi interior.
Tengo la vertiginosa sensación de la extranjeridad
y la nuca se me puebla de voces salvajes que me dicen que me levante, que me vaya, que huya en la madrugada.
Cuento hasta diez y trato de acompasar a la suya mi propia respiración.
Aprieto los párpados para no ver las paredes que desconozco,
la cama que no es mía,
ese cuerpo que se pega a mí.
Siento en mi piel su temperatura y su olor,
el ritmo de su sangre refluyendo,
sus líquidos flotando todavía en mi interior.
Oigo los ruidos que cada casa tiene y que me llaman en un lenguaje que no puedo ni siquiera entender.
Trato de invocar los talismanes del sueño para que llegue, para que nuble toda conciencia, para que cese el miedo y desaparezca la prisa por pensar.
Siento la presión de los barros primitivos, el atavismo de la miseria, el huracán que se desata antes de abrir el cuerpo original, los fantasmas de la pertenecia y el terror.
Me suben hormigas negras por la garganta y se resbalan como piedras en medio de mi vientre que su pierna me oprime.
Necesito gritar para que salga el miedo a lo que podría pasar si reconozco la destinación en sus manos, su carne como un faro en el mundo, su palabra llena de claridad.
No hay nada que temer me digo como si fuera un mantra: ni su casa, ni el cepillo de dientes amarillo que me dio ni su escritura en el borde de mi texto ni su cuerpo invadiéndome ni sus manos sujetándome ni su deseo ni el mío.
No puedo descansar.
Es todo tan real que me produce un vértigo incomprensible que lo torna único y particular.
Quizá sea esta vez pienso ahora mientras la lluvia moja los vidrios de la noche y puedo recordar que, en medio de los cuchillos, desoí los alaridos de la que siempre arma valijas y me quedé para bañarlo en el agua de mis suspiros y despertar por la mañana junto a él.

El asesino

Él se desplaza por mis palabras. Fuerza mi concisón, me lanza al vacío apenas con un simple sustantivo como paracaídas, desnuda la falencia del discurso que me desborda, lo última con dos trazos, coloca en el paredón de la simpleza una pila de renglones innecesarios, acuchilla las blanduras de lo que se hace abusivo y estéril, planea sugerencias y asesina la redundancia propia de mi barroca boca. Propone un borbotón de barro, un alma incomprensible que se diga a sí misma desde el fondo del agua y una daga acerada para hacer contrapunto. Y medio de su furia homicida levanta los ojos y me mira. Estoy arrodillada a su costado, acuclillada junto al sillón en que él está sentado con mi libro en sus manos. Debo haberlo mirado con ojos desolados porque sonríe y disculpa sus disparos certeros en nombre del amor. Sólo suspiro: nunca antes me quisieron con tanta intensidad y me dejo caer. Y mientras él se ducha, comprendo cuánto guarda de mí lo que he escrito y deseo que las palabras no me hundan en el fondo, lejos de su claridad.

viernes, 9 de octubre de 2009

Retórica del desvío

¿La denotación es el estado natural del lenguaje y la connotación, su estado cultural?
¿Y desde cuándo el lenguaje es algo natural?
¿No será que la connotación es el fetiche de la subjetividad?
¿Por qué no hablamos siempre en forma literal?
El desvío de lo figurativo me deja en una posición incómoda como enunciadora y, más -mucho más- si me corresponde la destinación.
La literatura es la perversa de la casa: alejándose continuamente de la legalidad. Es la que es y no es, la que dice y no dice, la que está y se fue.
Yo padezco de significosis -burda demencia de la significación proliferativa.
Sufro de lectura plural incontrolada
y no puedo oponer barreras a mis desbordes anárquicos por hallar sentidos.
De tanto leer lo que no se dice en forma literal transformo a cada texto en sinónimo del único: el que yo deseo escribir.

jueves, 8 de octubre de 2009

Zoológica


Me habita un puercoespín,
pero, entre sus púas,
se agita una mariposa de alas transparentes
con corazón de gorrión empapado bajo el agua.
Si me abrazás
lloverá el sol sobre la ciudad nocturna

Material girl

La materia huele, pesa y se transforma. No puede detenerse el tiempo en la celda éterea de una palabra y el vacío es un vértigo, una vorágine que me devora y a la que me entrego, angustiada, para que algo alguna vez cobre cuerpo y se detenga en mí y cese de mutar. Estéril pretensión en la que desfallezco pues todo está teñido de mundanza. Vago entre hombres huecos de paja que no tienen ya nada que comunicar, vacíos como están de pensamientos y perfumes. La materia pesa, es un agobio espeso que sobrellevar. De hueco en hueco pululan mis neuronas esporuladas y no desean ya ni ser rozadas. No podrían tolerar tanto dolor y luego el vacío orillado en silencio, en palabras que mueren en el borde de la boca porque no se atreven a nacer. Y entre lo no pensado, lo no rozado, lo no dicho nos morimos de soledad y desolación. El desasosiego inunda la honda cavidad de mi alma que se hace agua que nadie desearía beber. Estoy fatalmente condenada al desencuentro y a la imposibilidad del amor. Debería aceptar que así han sido las cosas para mí y empezar a vivir. El resto es humo en el aire, cuerpos que se acoplan a la espera de una frontera donde recalar; pero no hay nunca límite para el vacío que me devora con su vorágine de espinas a las que intento resistir de frente al sol. Todos los espasmos son copas que se vuelcan sobre el mantel: nada más.

miércoles, 7 de octubre de 2009

T.S.E.

Tibias quedaron las manos después.
Y en la boca las palabras suspendidas.
Y yo,
junto a la ventana del último vagón,
veo pasar raudos los paisajes
y seco las lágrimas que me mojan la falda.
Estoy cansada hasta el hartazgo.
Debo volver a comenzar el relato una y otra vez;
entrar en detalles que agobian por estériles;
abrir baúles que explicitan los fantasmas;
perdurar en la espera de la hora novena
y jurar que ya no, que ya nunca más.
Encerrada en mi tierno corazón
no voy a permitir otro tormento
sobre mí.
Hay sol afuera
y octubre era el mes más cruel
alimentando lilas y fúnebres pensamientos...
Así se acaba un mundo... T.S.E.

martes, 6 de octubre de 2009

Numquam

Arrojo las cartas por el aire.
Hay que volver a barajar.
Después me hundiré en una bañera de burbujas hasta flotar.
Y cuando estallen las pompas en mi piel,
y cuando huela a limones y rosas,
y cuando toallas blancas me quiten la humedad
diré que ha sido una historia incoherente;
que, a ciencia cierta, no supe lo que hacía
y que, bueno, ya está bien.
Hablo de cosas que yo sola comprendo,
hablo de pétalos que quedaron muertos en la superficie jabonosa del agua,
hablo de tiempos que se duermen,
hablo de palabras que son sólo ahora para mí.
Compréndeme:
no hay mucho más que yo pueda pensar.
No es temporada de cerezas todavía
y las perdices huimos en la puesta del sol.
Que se confirmen todos los fantasmas imposibles.
Ha ocurrido una fatalidad:
fatum vacuum, ego dico numquam.

Cárcel

No voy a decir nada más: las palabras son puñales perversos que vuelan por el aire y se hunden para siempre en la carne. Nada las puede quitar. Y yo, querido amigo, sufro de la peor de las adicciones: la de decir. En estos días debo pulir mi voluntad como si fuera un cristal frágil porque estoy enferma de tanta locuacidad. He construido un escudo y ofrezco resistencia al viento y, ya sabemos, él siempre se sabe colar por las rendijas. Un texto son espacios en negro y blanco, jamás una muralla de color. ¿Dónde quedé? ¿Dónde quedaron mis días de julio?¿Dónde quedó mi transparencia y atravesabilidad? Encarcelada en mis propios vocablos: ahí estoy.

lunes, 5 de octubre de 2009

Sentidos


Me decís que huelo a caramelo, pero no al de los kioscos sino al que se hace con azúcar sobre el fuego; que mis pliegues tienen perfume a limón verde; que mis ojos son praderas de musgos. Me decís que sé a montañas y agua que se viene cayendo desde el cielo; que en mis cabellos llueve el sol cada mañana y que mi piel tiene suavidades de médano. Me decís que soy extensa como lavandas vueltas en el viento y que en mi boca cantan profundas avenidas; que no tengo brazos sino alas, que mis piernas son lianas que se enredan. Me decís que en mi vientre se puede beber vino y en mis caderas se abraza una tarde de siesta. Me decís que mi espalda está llena de colores pasteles y en mis tobillos danzan cintas de seda. Me decís que mis manos son pequeñas , que mi cuello es larguísimo y mis lóbulos, botones diminutos y rosados. Me decís que te hable porque mi voz se vuelve felinamente ronca, que me deje caer en tu abrazo de hombre. Me decís que soy bella y me inventás mil nombres.
¡A cuántas les dirás las mismas cosas en este exacto instante!

Textos vacíos


Imágenes que replican palabras.
Textos vacíos.
Huecos que parecen bocas que se van devorando
y allá queda lo que no se puede decir.
Leo mal entre líneas.
Creí que las metáforas tenían referentes rojos o púrpura
y sólo eran metonimias vacías del silencio que esa boca intentaba decirme sin que yo la entendiera.
Oigo las gaviotas en las orillas y creo que cantan,
pero son pájaros muertos con un leve aroma a sal marina.
Así es con todo:
no se puede vivir en un mundo cuajado de metáforas.
A la corta o a la larga, el referente se oculta y desaparece y una se queda chapaleando en el barro de la sustancia previa: puros significantes que se vaciaron como pompas de jabón en el aire.
Huecos,
siempre huecos
como hombres de paja que espantan las palomas de mi alma.
Yo sólo deseo volar a través de los cielos azules adonde no queden palabras sino pura necesidad.
Ya sabés:
no me hables
porque no podría resistirlo cuando llegue la noche y decida volver a llorar.

domingo, 4 de octubre de 2009

La libreta roja

La primera frase. La primera palabra. La primera letra: la que comienza, la que abre la desnudez extensa de la página, el primer roce de la pluma sobre la lisa piel del papel inocente de tintas. La mano en el borde de la hoja que apenas acaricia su calidez. La primicia del perfume de la cubierta roja por esta vez invadiendo el olfato con su aroma de renglones finitos. ¿Y ahora? ¿Quién se atreve a decir qué es lo que debe ser escrito después de haber pasado con su suave textura de lenguaje por el tamiz del alma inexistentemente necesaria? ¿Y la sangre no es tinta para escribir por vez primera lo que se quiere en la hoja que aguarda y se estremece en la espera que no es sino la hora subsiguiente, el renglón sucesivo, la frase que se enrosca en el borde del cuerpo que acaricia la mano contra la hoja blanca y entre las tapas rojas? ¿Y el papel no es abrazable superficie entonces para la pluma que se moja en la tinta y dibuja en el cuello palabras atropellándose para ser las primeras que desgranen los labios? ¿Y la libreta roja no encierra entre sus tapas otro día, otra noche, otro tiempo y un mundo donde todo pareciera que fuese más de lo que se espera aunque no haya más palabras que las que ya se han dicho como si fueran nuevas?

Secreto

Él le había inventado un nombre: uno que no sabía nadie, excepto ella y él.
Con ese nombre,
ella se dejaba amar
y luego se ovillaba junto a él
y dormía a resguardo de todos los fantasmas y tormentos.
Y cuando el sol subía por los vidrios poblados de enredaderas,
ella se ponía su nombre de siempre
y salía
a repartirse entre los demás.

Mi hermano marsellés


Pablo está en Marsella donde el otoño comienza a sacudir su capa de frío.
Yo estoy en Buenos Aires donde la primavera se empezó a sentir.
Allá, el año de trabajo se encamina.
Acá, está dando sus últimos pasos antes de desfallecer.
Él transita por calles de subida, come navettes que huelen a naranjas y hacia donde mire divisa la imagen dorada de Notre-Dame-de-la-Garde.
Yo transito por calles circulares, como yogur con frutos patágonicos y hacia donde miro veo el horizonte chato de esta ciudad.
Pero mi corazón tiene su nombre como si fuera un revés indeleble,
mi recuerdo se resguarda en su abrazo, en la ternura de sus palabras, en el hada y la pluma que él me dio
y lo extraño como una hermana mayor extraña a otro más pequeño: con pena, con nostalgia y pensando todo lo que siempre queda por decir.
Tengo mis raíces en esta tierra, pero mis ramas dan frutos a través de las aguas y yo no los puedo comer.

Anécdota escolar LXXXIII: Icticultura húngara

(En una evaluación)
Pregunta: En el relato "Lejana" de Julio Cortázar, ¿con qué ciudad sueña obsesivamente Alina Reyes?
Respuesta: Con Budapez.

sábado, 3 de octubre de 2009

Tarde de primavera


Recupero el verano como un lengüetazo sobre mi cuerpo y en la lamida del sol vuelve la vida.
Miro el cielo azul y duro como un mosaico sobre mi cabeza
y pasan algunos insectos por debajo del puente de mi cintura.
Hay cinco ciruelas creciendo en mi arbolito de maceta.
El aire entra, cálido y lento, y me dibuja la carne como si fuera fuego suave.
Se me queman los poros, los huesos y, de nuevo, la sangre.
Crecen los tallos, los ojos nuevos, los torrentes de risa, los colores.
Mi piel vuelve a ser la que era en julio en otro continente
y se me alegra el alma que bosteza, se estira, se desliza entre el agua que riega las macetas, la terraza, la escalera y el cielo.
No me importa qué dicen los que estaban hablando.
Nada me importa ahora demasiado.
Me siento un rayo en un mundo soleado.
No quiero que me invadan las palabras.
En el silencio se escuchan los distantes secretos y mi corazón salta en mi pecho abierto.
Me alargo en las baldosas y no pienso.
Ya no pienso.

viernes, 2 de octubre de 2009

Amanecer

Matinal el silencio se puebla de pájaros.
El ceibo tiene gotas de sangre entre sus ramas que han de haber quedado colgadas de días anteriores: este recién comienza y no tuvo tiempo aún de estrenar su cuota de angustias y agonías.
La luz del sol es una fragancia insinuada en los vidrios velados del patio.
Yo, mientras tanto, mientras el día adquiere carnadura, se hace dura sustancia, se llena de bordes y figuras, organizo las cosas: almuerzos en envases de plástico para que todos lleven, la ropa que quedó durmiendo en la terraza, desayunos, duchas veloces y sincronizadas, comida para el gato, un café extra para que alguien se despierte definitivamente, papeles, libros, mochilas...
Y el aire está frío como si no supiera nunca de calendarios y deseos.
Entonces me detiene, me atrapa la cintura con sus manos de hombre, su tibieza dormida y todo recomienza para hacerse otro ovillo de cuerpos, de perfumes, de voces susurradas al oído, de palabras tan vagas que son sólo palabras sin dirección que no sea perderse para siempre en el sol que ya se sabe alto y dueño de todo lo que haya para ver.
Y veo...porque de eso se trata despertar en octubre.

jueves, 1 de octubre de 2009

Enredadera feroz


Duermo todas las noches -todas las largas/todas las cortas noches- en los despojos de mi escritura.
Me deshago de las palabras como si fuera ropa para ingresar desnuda en el territorio donde me habita otra realidad en la que nadie queda excepto yo, de pie frente a mis húmedos fantasmas, frente a mis mórbidas fantasías atávicas.
Me deshago de todo lo que dije/lo que leí/lo que escribí/pensé
y quedo sola con mis deseos que son boca enormes, pero mudas;
que son ojos abiertos, pero ciegos;
que son manos ansiosas; pero muertas;
que son pieles suavísimas, pero solas;
que son lo que me sacude la sangre y el corazón y el cuerpo como si fuera un huracán de espinas y la carne se abre, se deja penetrar, se retuerce en medio del placer y del tormento, en medio de la angustia de no poder decir lo que debe ser dicho, en medio del castigo de ser sólo palabra, de estar, fatalmente, condenada a escribirlo; de saber que, en cuanto el párpado se despegue y la luz invada mi pupila contrayéndola, deberé recopilar los despojos y volver a vestirme y explicar argumentar narrar describir dialogar: ser esclava de todos mis decires y no tener ya más resguardo que las palabras que me condenan a una muerte segura cuando todos se callan y sólo lanzo yo mis frases como lanzas que regresan a hundirse en medio de mi cuerpo que no quiere dormirse, perdido como está en la oscura adicción de una lengua que sólo existe si sale de mi boca y se enreda en el borde de mi cama hasta cubrirlo todo como la enredadera feroz de mi conciencia.
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