lunes, 31 de agosto de 2009

La marea

Cada día se desliza sobre el anterior y lo sepulta.
Sólo yo navego entre las aguas del tiempo y no deseo que la marea me tape.
Corro las cosas de un lugar a otro y miro -a veces- dónde quedan más bellas.
Pero siempre entra un aire que desparrama todo y vuelta a ordenar lo inordenable.
Y así se va mi vida: intentando que todo quede lindo para que entre el viento y lo revuelva.
Deseo que la marea no me tape y aprender a nadar a contramano de una vez para siempre.
Sin retorno.

domingo, 30 de agosto de 2009

Las alas del deseo


El ángel deseaba tener cuerpo.
Descender del espíritu inmaterial a la sustancia.
Derramarse en el lodo y el sudor.
Quemarse con el fuego ardiente de un café.
Y respirar el aire frío que pincha los pulmones hasta hacerlos sangrar.
El ángel deseaba encarnar para poder besar.
Yo, en cambio, deseo volverme inmaterial, liviana, diluida en el viento como una ligerísima brisa.
Que donde esté no se sienta mi aroma.
Que nadie perciba mi presencia.
Que la sangre me lata lenta como en meandros de arena sin espumas.
Que me crezcan alas en la espalda delgada que rocen el anillo diminuto de mi cintura.
Que mi cuerpo se vuelva transparente.
Quiero volar.
Volar así: entregada a las manos que puedan sostenerme y hacerme despegar.

Lou Andréas Salomé

Ella era bella y racional, lo cual puede ser una combinación fatal. Que lo digan Niezschte, Freud y Rilke o todos los otros que fueron cayendo alrededor.

Apágame los ojos: puedo verte;
ciérrame las orejas: puedo oírte,
y sin pies puedo andar hacia ti,
y aun sin boca puedo invocarte.
Arráncame los brazos y te asiré
con el corazón como con una mano,
detén mi corazón y latirá mi cerebro,
y si incendias mi cerebro
te llevaré en mi sangre.


Rilke, El libro de las horas

Rumbo al sur


La maleta me mira desde el piso, mientras yo leo, en mi cama blanca, que había dicho Virginia Woolf que, en el día del Juicio, Dios nos verá con los libros bajo los brazos y le dirá a Pedro que no necesitamos recompensa porque ya la hemos tenido en la Tierra: nosotros, los lectores (Allá, yo tenía una enramada profunda de rosas mosquetas donde me sentaba a leer mientras el verano pasaba caliente junto a mi refugio umbrío). La maleta rosada que, en Jerez, me dio Olga está llena y pronta para viajar otra vez: ha cruzado hace un mes el Océano y ahora se dispone a atravesar el desierto sacudida por ráfagas de viento furibundo y sangriento para llegar a ahogar su desesperanza en lagos de agua cristalina donde se mojó mi cuerpo de adolescente ya inexistente. Otra vez voy rumbo al sur, a seguir buscando un pasado que fue feliz porque tenía amancays doblados con la brisa, caballos para andar por la montaña, fuentes rebosantes de frambuesas compradas a Miss Kathy, a mi padre con su polera marrón y la risa de mis hermanos en el refugio del López cuando la temporada se iniciaba con un rito que nos unía ascendiendo y jugando en una olla de nieve. En el sur tengo alas que se despliegan y los ojos me reverdecen de tanto soñar. En el sur creo que la vida es una hoguera que entibia mi alma fría y me llena de aromas y de sonidos. En el sur mi corazón canta cada vez como si fuera siempre, como si el tiempo se disolviera y esperara en un frasco que todos retornemos a hallar los lugares donde aprendimos a vivir. En el sur soy yo, la que fui todos los días, la que se sabe entera, la que se extiende al sol, la que llora y se ríe, la que ama, la que sufre, la que lee, la que baila, la que huele la tierra y aspira el viento, la que siente la lluvia caer sobre la cara, la que grita, la que es frágil y necesita que la protejan, la que es fuerte y acuna, la que comprende, la que es intolerante, la paciente, la que urge a la prisa. En el sur mi maleta se abre y deja salir la pena y la alegría porque todo pasa y se atesora la memoria.

sábado, 29 de agosto de 2009

Alguna que otra vez

En mi familia, todos nos hemos vuelto locos alguna que otra vez, incluso aquellos que anduvieron por ahí pregonando su fantástica cordura sin darse cuenta de que ésa era la cuerda que los anudaba y les impedía escapar. Cada tanto yo me sumerjo en un agua de colores violáceos que tiene chispas fosforescentes y nado a contramano de sus corrientes turbulentas sin poder emerger. En mi familia nadie construyó balsas para salvarse cuando arreciaban los vientos. Siempre hubo una fuerza centrífuga que se disfrazaba, a veces de libertad y a veces de rigidez; pero que nos llevaba lejos sin ticket de regreso para volver. Eso era porque nunca hubo un sitio adonde sujetar la vista y ver un fuego amarillo en las tardes de lluvia y de dolor. Mi mamá siempre tuvo rostro de Gorgona y aullaba desparramando las serpientes de su desventura por todos los caminos que debíamos recorrer. Perseo trabajaba tiempo extra y yo oficiaba de madre para amparar a mis hermanos pequeños en su desnudez. Todos tuvimos frío, sed y hambre; pasamos jornadas extensas debajo de la nieve y los ojos se nos extraviaron sin que pudiéramos saber. La casa de la infancia se derrumbó la noche en que papá murió. Lo que siguió fue la historia de un hilo rojo que dura hasta el día de hoy. En cada uno de los puntos cardinales en que quedamos los sobrevivientes hay sogas que nos atan, nos anudan y se empecinan en hacernos recordar que en mi familia todos nos hemos vuelto locos alguna que otra vez.

El gato

De esta casa pasó por otras y un día esas vueltas, que suelen denominarse vida, lo trajeron de regreso. El día que lo depositaron en mi patio -lo dejo y después hablamos, dijeron sin precisar la dimensión del lapso al que aludía el adverbio y que, a saber, nunca se cumplió- ese día exacto, él se me perdió. La puerta de la terraza estaba abierta (era verano y fines de diciembre) y no lo pude encontrar. Bueno, pensé, iba a pasar y me resigné: gato que cambia tanto de casa debe estar desgarrado. Pero esa misma medianoche salió del lugar en que se había ocultado y se instaló. Siempre se vuelve a los orígenes y este debería llamarse Odiseo porque volvió a su Ítaca: la terraza y sus paredes llenas de plantas, la pelea mortal con su enemigo, el inmenso gato negro de los vecinos que, tiempo atrás, había acabado con mis margaritas; el sillón amarillo, las estanterías saturadas de libros, el borde exterior del piano. Ahora me salta a la falda si me siento, me empuja los libros si intento leer en la cama, se sienta en medio de las hojas cuando quiero escribir y se enrolla en mis pies para dormir. Recibe a todos los que llegan a mi casa, busca las manos para que lo acaricien; le gusta el pollo, el yogur de vainilla, la crema de leche y el pan tostado. Una única cosa revela su estirpe de felino orgulloso y lejano: cuando vos te quedás conmigo, él ni se digna a mirarte y menos que menos busca alguna especie de confirmación de mi atención. Desde su posición de animal sagrado y enigmático nos ignora como quien no cree en Dios ni creerá jamás.

Narciso

Yo dije que me sentía responsable. De todo: hasta de la caída de un gorrión, dije con Shakespeare.
¿Por qué?, me preguntó.
Y respondí, narcisismo puro en definitiva.
Se sonrió y dijo que en la respuesta seguía responsabilizándome.
Para variar, pensé.

viernes, 28 de agosto de 2009

La muerta

Si dejo de escribir, se me secará el corazón y se me llenará la piel lisa de verrugas de sapo.
Si dejo de escribir, se me saltarán los ojos y los cabellos se me caerán de a mechones hasta quedar pelada.
Si dejo de escribir, me arderá la médula hasta hacerse una ceniza pastosa y oscura que olerá a barro putrefacto.
En vez de manos tendré abrojos y se me quemará la boca como si fuera ácido y no podré besar ni hablar ni beber siquiera agua.
Me volveré un pellejo hueco en que repicará el responso sus campanas de muerte.
Hablaré -o creeré que lo hago- pero estaré vacía de sustancia.
Seré materia inerte, inmóvil, llena de espejos que no reflejen otra cosa que no fuere un silencio de sepulcro y de frío-
Si dejo de escribir, no podré respirar, me ahogaré en la calle cuando intente cruzarla como si fuera agua, un mar de asfalto derretido y espeso.
Si dejo de escribir, no tendré sangre ni venas ni arterias y el oxígeno me dejará un agujero cavado en el medio del cuerpo.
Si dejo de escribir, es que me habré ya muerto.
Sépanlo.

Extrañeza

Él bordea con su mano mi nuca. Desliza sus yemas en las vértebras de mi cuello que huelen a tormenta y brisa de verano; hunde sus dedos en mi cabello y acaricia suave mi cráneo. Me bordea los hombros y me ciñe los brazos para demorarse con un roce en mis clavículas que parecen de pájaro. Me muerde y me acaricia con sus labios mientras me habla de cosas que no termino de entender porque estoy sumergida en la sensación que despierta su tacto. Su mano baja lenta por mi espalda y yo me río -siempre me río- y navego en una cúpula de aire azul donde se recortan unos limoneros florecidos. Él me aprieta y se adormece en el hueco de mi cuello. Siento su respiración hacerse rítmica y densa y cierro los ojos para aspirar su aroma, el calor de su cara pegada a mi pecho. Pero él se despierta y me dice algo, yo le contesto que sí y su boca se hunde entre mis labios y me dibuja anémonas de saliva que brotan de mis poros abiertos, se enredan en mi cintura de tierra fértil y crecen con lazos de ternura que me anudan a su cuerpo. Después mis piernas se trepan a las suyas y me duermo a través de la noche para llegar al día. Hace calor y despierto temprano. Me desnudo, me mojo debajo de la ducha y entrecierro los ojos para que no se me pierda su recuerdo por la rejilla de la bañera. Otra jornada me espera del otro lado de la puerta todavía.

Volar de fiebre

Le dije que quería ser liviana.
Me miró, se río y dijo: ¿Más?
No, no estoy hablando del cuerpo. Yo digo...
El cuerpo sos vos, interrumpió. ¿O vamos a hacer una disección anacrónica?
No, claro, pensé.
¿Entonces?, agregó.
Nada, insistí empecinada. Yo digo ser más feliz, así, sin que nada me importe demasiado, sin...
Sin darle tanta vuelta, volvió a interrumpir.
Eso, cerré.
O sea que vos querés dejar de ser vos.
No, me defendí.
Dejar de pensar, ser menos analítica, un poco impulsiva e irracional..., empezó a enumerar.
No, eso no. Ser más liviana.
Y atarte el tobillo para no salir volando cual cometa al primer ventarrón que se desate. El cuerpo...
Sí, ya sé. Mi fragilidad corporal.
Tu fragilidad, sintetizó. Un cristalito a punto de quebrarse si no se lo trata con cuidado.
Me quedé callada y pensé en mi cintura que cabe entre dos manos, en mis cláviculas de donde podrían crecer dos alas y ayudarme a volar.
¿Vos querés volar, no?, dijo adivinándome el pensamiento.
Algo así, susurré.
No lo necesitás. Vos volás.
Sí, de fiebre, ironicé.
De fiebre, si querés. Pero volás.

jueves, 27 de agosto de 2009

Pienso en mi padre

Papá, hoy pienso en vos. Pienso en tus ojos claros y en tus manos. Pienso en tu amor y lo toco como una piedra que brilla siempre en medio de la oscuridad profunda. Papá, la melancolía era una manta negra a la que te entregaste y te dejaste mecer por ella en medio del silencio que conlleva la muerte. No sé bien qué pensabas de las cosas, a veces se me escapan los motivos y te sumerjo en el agua de mi propia bondad para cuidarte como si fueras un niño pequeño al que debo proteger de las dentelladas de una serpiente que suele querer devorarnos: a vos, a mí, de preferencia. Te imagino entrando en esa clínica de Palermo mientras afuera el frío rugía como una Erinia desatada. Trato de construir la escena del perdón que se desmoronaba en su cáscara vacía y la entrega del sacrificio propiciatorio. Papá, hoy pienso en vos. Me sucede a menudo. Allá, en Marsella, a orillas del mar, mientras cenábamos en un barcito sobre la arena, nosotros te invocábamos y yo intentaba transmitirle a tu hijo menor un recuerdo tuyo del que carece: el del padre que dice y esas frases fueron colgándose del hilo del atardecer y el sol que se hundía en el Mediterráneo para que Pablo te supiera, te recordara, te hiciera suyo de grande. Papá, yo tengo tu memoria y la riego para que nunca me abandone, para que sepas que te sigo queriendo y te pienso.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Sol

Llega el calor y, lentas, unas ganas de vivir que me iluminan. El sol se abre y estira mi corazón. Sabe la mañana a fresas y frambuesas. Vos estás lejos hoy, hablando en otro idioma de anticuerpos y genes, a otros que traspasan tu idioma para llegar al centro de tu saber. Yo hablo en la lengua que me enseñaron al nacer, de cosas que las sé porque son yo. Estamos a miles de kilómetros y en unos días todavía a más: el sur y el norte como una extensa masa de agua caudalosa. Pero hace calor y el sol está en lo que me escribís, en lo que yo te escribo, en las palabras que, como filamentos aéreos, nos conectan y nos dicen que allá, que aquí, hay luz y estamos juntos escribiendo hasta que nuestros mutuos días sean uno y el sol se oculte para vernos dormir.

martes, 25 de agosto de 2009

Chispa

Domingo a la tarde y toqué tu dolor: álgido, oscuro, macerado en fórmulas y frustraciones antiguas. Saltó como una chispa y me rozó. Yo la tomé y la mojé con mis lágrimas, con mi deseo de que no te observaras fragmentado, de que te vieras entero, de que pensaras que además de la estructura de los anticuerpos, está tu cuerpo que respira y en el centro tu alma luminosa que respira a la par, que me envuelve, que me mece en tus brazos sin dejarme salir. Lo importante no es sentir el óxido antiguo en los engranajes sino que ver esas ruedas están, se mueven, se deslizan con ruido...sólo el silencio es igual a la muerte. Los murmullos, por mínimos y lentos que sean, son la vida que late, que se resiste, que se enriquece siempre con todo lo que hay para regarla. En medio de la nada está la nada, no está el vacío porque los huecos siempre están para ser llenados: poco a poco, rápidamente, como fuere. En tus ojos se sacude la chispa de tu peor dolor y sobre ella sos capaz de levantar una ciudad.

lunes, 24 de agosto de 2009

Pablo Pinasco


Cuando eras chiquito yo te llevaba siempre de la mano. Trataba de que la locura no te tocara nunca, de que fueras feliz. Te he acompañado en el hospital de la bicicleta, he sostenido tu cabeza en el borde del inodoro allá, en Costa Rica, te he preparado tortas, tartas, empanadas... Ahora ya sos grande (no tanto, claro) y ya no te llevo de la mano porque vas solo por ahí y bastante bien que caminás. Los días que pasamos juntos este julio fueron los más felices de mis últimos años y vos me llevaste de la mano, me abrazaste, me llenaste de regalos, me quisiste como querés vos: tan dado, tan simple, tan tiernamente. Te amo, hermano mío, hasta el cielo, hasta el fondo del mar. Siempre siempre siempre.

Feliz cumpleaños, Papouneche, Bailaor, el mejor hombre de este planeta.

domingo, 23 de agosto de 2009

Que llueva

Me gustaría que llueva, que el aire se llene de plumas húmedas y los cristales se vuelvan líquidos y blandos, que el mundo se disuelva, que se haga una noche cerrada en pleno día tras la cortina de agua... me gustaría que me abraces debajo de las mantas mientras caen las gotas en el patio mojado, que me hables bajito para que yo me duerma envuelta en tus palabras, que me acaricies la planicie del vientre donde se acumulan las gotas como en un suave pozo, que llueva sin principio ni fin desde siempre y por siempre, que se mojen los besos que nos damos, que el sol se vuelva agua tibiamente amarilla y caiga sobre nosotros abrazados, que me cuentes qué cosas son los genes los cromosomas las bacterias, que yo te escuche, que te rías con tu risa de plata de cristalitos líquidos de pájaros mojados de mariposas azules, que comamos en pleno desorden y sin ninguna ceremonia posible, que te pares junto a la estufa y me abraces, que me escribas con tinta que sea como agua titilante, que nos durmamos finalmente enredados como ráfagas de garúa salvaje y suavísima y al despertar nos hayan crecido alas de gotas enhebradas y no haya cesado la tormenta.

sábado, 22 de agosto de 2009

Desmayo

Me desmayo de aire, de puro aire, apretada entre mis pliegues interiores y el mundo que me circunda. En medio de las tintas, de los vasos de agua, de las plumas furiosas y los abrazos reparadores, me desmayo y creo que nunca me voy a levantar de donde fui cayendo. Sin embargo, de todos los rincones va llegando una brisa que arrasa las paredes y los muros. Ahora, por ejemplo, los vecinos, los del jardín de al lado, cantan en su casa y suena música por todas partes en la mía. Como se mezclan nuestras enredaderas y ya son sólo una de ramas imbrincadas, así se unen los sonidos: una guitarra en casa y las voces de ellos. Y ese es el viento que me lleva en este sábado que es noche boca arriba, que es aire que me lleva, que es sonido que vibra, que es recuerdo que llama, que es cena que se espera...en este sábado.

Diferencias

Anoche, mientras tomábamos sopa de zapallo y nos reíamos de resfríos y toses compartidas, él me preguntaba cuánto tardaba yo en escribir un texto. La respuesta se suspendió porque llamó un Ministro de la Nación y él se puso a hablar en un idioma que yo no podía comprender aunque era español. Mientras esto sucedía pensé en los alumnos preguntando cuántas hojas tiene un libro que deben leer casi casi para el día anterior. Las medidas de los eventos son contingentes y personales: jamás cuento las páginas de un libro ni miro el reloj cuando me siento a escribir. En cuanto él cortó (no sin antes recomendarle al señor Ministro que se fuera a descansar) dijo que serían veinte minutos no más y que no entendía cómo hacía porque a él le llevaba mucho más. Yo intenté explicar algo así como el hábito, la costumbre, el escribir desde siempre y para siempre. Y él dijo que no, que no creía que fuera así. Y me preguntó también si siempre me levantaba tan rápido y de tan buen humor. Yo pensé que sí: que jamás permanezco en la cama ni vuelvo a dormirme ni se me da el mal humor matinal. Después estuvimos hasta la madrugada y se fue porque hoy viajaba a Brasil para dar una conferencia y yo debo trabajar en mis papeles, libros y alumnos. Ahora es el día siguiente y pienso en su curiosidad -precisamente la de él-: debe haber algo en mí de síntesis, de inmediatez entre la sensación y su verbalización...a veces me asusta ser así: temo que tras tanta eficacia lingüística haya un vacío que lleno de palabras, un abismo en el que me aterra desaparecer, un exceso que no se detiene y debo correr seis pasos más allá para que no me alcance. Desearía poder ser verdaderamente distante, silenciosa, liviana y breve. Ser apenas una ola que riza el tiempo de la existencia y pasa sin que nadie repare que está ahí.

Y tardé seis minutos. Ni uno más.

jueves, 20 de agosto de 2009

Él me escribe

Él me escribe y sus palabras trepan por mi corazón con pasos de pájaro para anidar allí y traen unos hilitos azules, unos algodoncitos suaves, unas pequeñas pelusas perfumadas, unas semillas de frutas por brotar y unas gotas de lluvia despacito. Y en mi corazón sus palabras se sienten muy gustosas, tanto que se estiran, se duermen, se despiertan, bostezan, me acarician cada uno de los ventrículos y se acomodan según suene sístole o diástole. Sus palabras en mi corazón se adueñan de mi sangre y me recorren cada recoveco del cuerpo llenándome de aromas, de densidades olvidadas, de leones que se desperezan al sol, de húmedos conejos sedientos de su saliva. Él, quién sabe dónde -su casa, su laboratorio, sus reuniones, sus artículos para mí incomprensibles sobre ADN y esas cosas rarísimas-, me escribe palabras que se asientan en mi vientre donde crecen, echan raíces, dan hojas, flores, frutos y se brotan de alas a las que se les da por batir y el aire se mueve y alborota. Él me escribe y sus palabras, entonces, me despeinan el corazón. Y yo, con el corazón como una peluca feliz llena de viento, salgo a hacer mis cosas: comparo pronombres con verboides, metáforas con metonimias y hasta tomates rojos con ajíes amarillos. Y el corazón me salta de hombro en hombro, se hamaca estremecido en mis clavículas donde termina dulcemente adormecido y sus palabras -las que él me había escrito- traen una manta de besos y lo cubren para que el pobre no tenga frío. Aún no llega la primavera aunque parezca.

La verdad

Los sumerios creían que las huellas de los pajaritos en la arena eran mensajes cuneiformes de los dioses que ellos debían descifrar para alcanzar la verdad. Yo creo que no hay dioses, pero sí pájaros y que cuando consiga llegar a la verdad conoceré la felicidad.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Él lee a Gelman

En un bar de Medrano y Humahuaca, él lee a Gelman. Las palabras que yo deseé para él lo sumergen y lo aislan en un bar de un barrio de Buenos Aires. Seguramente antes estuvo dedicado a temas más exactos, cercanos a moléculas y genes, y ahora se detiene a leer al Gelman que yo compré para que fuera sólo suyo desde mí para él. Y las palabras de Gelman, que requieren de bares, de calles, de ternuras insólitas, de hombres y mujeres sumergidos en huevos de dulzura y de luz, lo llevan a otros sitios que él posee en su corazón y desde esos lugares bañados por su risa , él me escribe sobre su día desarreglado en el que amanecimos con la vida deshaciéndose y haciéndose a la vez. Y en el colectivo que me lleva por la ciudad yo también leo que "estoy hablando de cuando vi tu alma/ y la alegría entró en mí como un desconocido/ y mi alma agradecida tuvo extraños primores/". Y lo siento de pronto junto a mí, enlazándome con su abrazo infinito para que yo pueda cantar sin dejar de besar su boca que ha comenzado a besarme con sílabas mojadas esta vez.

martes, 18 de agosto de 2009

Joeux Anniversaire

Maïa
Maiushkine
Maiushka
Maïaïtte
Maimaimai
Lauchinou
Lauchinette
Bomboneche
Carocito de cereza
Ma petite
Papillon en fleur
Feliz cumple
Que el picnic en la playa haya estado fantástico con muchos superpuff
Que el doudou esté todavía entre tus bracitos calentitos
Portate bien que se pudre el rancho.
te quiero te quiero te quiero
Felices cinco

Este hombre

Él duerme toda la noche mientras yo trato de respirar a su par para absorber el aire que lo toca. Pienso en sus pulmones abiertos al viento y al perfume de mi cuerpo. Pienso en sus manos sosteniéndome, en sus ojos cerrados, en su boca devorándome centímetro a centímetro. Pienso en su corazón tan diferente a lo que yo suponía que debía esperar de un hombre como él, tan racional, tan científicamente preciso. Pienso en él en la tibieza del cuerpo que me anuda, lo objetivo para entender la marejada de emociones que me sube hacia el pecho y se abren paso por mi cintura mojada por sus labios. Vuelvo a oír sus palabras exactas y redondas, el color oscuro de su deseo como una dentellada en medio de la planicie de mi vientre. Pienso en los vórtices que nos anudan durante horas, en los cromosomas que nos completan, en las palabras que nos alumbran. Pienso en su risa, la más magnífica del mundo, hecha de cristales en cascada gruesa cayendo hacia mis ojos, entre mis piernas, sobre mi espalda. Él duerme y yo siento el aire que lo toca y me abre hacia sus sueños.

La noche que se hizo día

La noche giró sobre sí misma y abrió su vientre cuajado de luces repentinas. Después nos dormimos enredados, entremezclados, entretejidos y yo sentía tu profunda respiración a la par de la mía, tan cerca que no había espacio entre nosotros para que emergiera la luz que habíamos creado. Tus brazos me enlazaban como hiedras salvajes y volaban las sábanas en las olas del viento. Cuando sonó la alarma, te besé, lenta, la espalda y te dejé dormido. Te despertó más tarde el ruido de las tazas y yo que trajinaba todavía empapada por el dibujo de tu suave saliva debajo de mi cuello. Olió a café y a pan mientras reíamos con los hilos trazados del recuerdo y salimos besándonos por el largo pasillo. Durante el día estuvimos tan lejos como estaban los cuerpos mientras la sangre se buscaba por las calles, en las aceras, debajo de los cimientos, encima de la copa de los árboles.

lunes, 17 de agosto de 2009

Entre tus cosas


Ella abrió su ropero y él, desde el sitio en que estaba, vio, colgada en fila, toda la ropa y deseó saber los secretos de su roce en la piel dorada, el acento marcado de su aroma, la sensación precisa de deslizarse por su cuello, ser su jabón, limpiarla, esperarla en secreto en medio de la penumbra, lazos en los cajones y presillas contra su espalda clara, ser cada mañana el elegido para bordear su cuerpo, absorber el cristal transparente de su sudor y el latido apurado de sus venas y arterias. La vio a contraluz y la tela caía como si fuera un vaso en el que se derrama níquel y cuentas de colores derretidas y quiso estar para siempre entre sus cosas.

Carne líquida


El agua me seduce y me aterra. Sé que el día en que termine, me haré líquida sustancia y mi carne será dos átomos de hidrógeno y uno verde de oxígeno que lo devore todo hasta mi propia alma. Por eso miro el mar desde lo lejos y, si me sumerjo, llego hasta el borde donde mis pies aún tienen raíces. Ambiciono las lluvias, los ríos que pasan caudalosos, los vasos y las jarras, las fuentes que murmuran (moriría por vivir en la Alhambra), los arroyos que cavan la montaña. No conozco el placer de atravesar el aire porque me llevan las corrientes de agua donde la luna es doble y es espejo de un corazón idéntico. No tengo recipiente y me derramo de mí misma sin cesar, como no cesa el agua.

Escriba

En el palacio del rey Zimri-Lim de Mari hay una habitación con bancos y mesas de cubierta de arcilla en las que los arqueólogos suponen que los escribas mesopotámicos aprendían a escribir.

Yo estuve allí antes, cuando mi alma estaba rodeada de otras carnes. En mis dedos -seguramente masculinos- sostuve una caña y tracé cuñas pequeñas sobre la arcilla blanda. Alguna vez, levanté los ojos de mi tablilla y vi hacia afuera la verde fertilidad de la medialuna entre el Tigris y el Éufrates y deseé mecerme con el viento fresco que soplaba levantando los velos anaranjados de las casas.
Yo estuve allí, sobre los pergaminos, declinando para componer las frases con las que Roma era una ciudad azul sembrada en dorados campos de cebada y las legiones del Imperio se afincaban como hormigas sobre las tierras conquistadas.
Yo estuve allí, como también tuve los dedos manchados de tintas en alguna abadía mientras mezclaba sulfato de cobre para mi pluma que rasgaba el pergamino con un sonido raspado. Alguna vez, levanté mis ojos del códice iluminado y vi afuera la campiña brumosa de Francia y un sol de oro desmayado en el atardecer y deseé recorrer los campos violetas de lavanda mojados por la luz y la hora.
Yo estuve en todas partes donde haya habido papeles, tintas y esa empecinada marca que hemos llamado letras en las que penetra un mundo, un designio, una promesa, una lágrima.
Y ahora estoy aquí, en este lejano país en el que un día es primavera y el otro profundo invierno, oprimiendo mis dedos sobre una tecla negra o atada a un pincel y tintas de colores para escribir lo que vengo escribiendo desde siempre: ¿Cómo es posible que nadie lea la maravilla de los días en el perfil somnoliento de las piedras?
Solo tus ojos descifran mis secretos y los hacen empecinados florecer.

domingo, 16 de agosto de 2009

Acuática

El mar es el único paisaje que el hombre todavía no ha podido modificar.

Leer en la cama

Lectus es el participio nominativo singular masculino del verbo lego que, como todos sabemos, signofica leer. Pero también es el nominativo singular masculino del sustantivo de la segunda declianción que significa, precisamente, lecho. Lectus lectus vendría a ser algo así como lecho leído, lo cual en mi caso sintetiza maravillosamente la felicidad y nada más.

Las palabras 2



Las palabras son fragmentos de tiempo que se cristaliza y encierran la fragilidad de lo que ya ha pasado, piedras que brillan en medio de la oscuridad, gotas que caen de las tejas mojadas, vapor de agua contra el perfil húmedo y verde de las montañas, pieles estremecidas al roce de un tacto momentáneo, tinta roja en hilo desplegado hacia el viento. Las palabras son el lugar donde puedo encontrarme para no dejar de ser, son la carnadura posterior de lo que siento, la posibilidad de ser atravesada que practico cuando ya nada queda y el mundo debe ser otro, siempre nuevo y perfecto.

Lluvia

Llueve.
Compilo mis obsesiones y las enumero: las mariposas, las tazas, los libros, los cuadernos, las lapiceras y los lápices, los papeles bonitos, la ropa interior, los yogures, los vidrios de colores, los seres mitológicos que poseen alas y el agua.
Ahora llueve.
Miro hacía atrás y no recuerdo una tormenta cruzando mi existencia en, por lo menos, 90 días anteriores.
Me hacía falta ver caer las gotas disolviendo las cosas.
Me acuerdo de Mary Poppins mirando deshacerse los dibujos de tiza sobre la acera.
Quiero quedarme en casa.
Quiero que no transcurra el tiempo.
Quiero dormir muchas horas seguidas.
Quiero una taza de sopa.
Y que llueva sin parar para que se moje hasta el final mi alma.

sábado, 15 de agosto de 2009

Libro de las horas


En un libro te escribiré con letras capitales que sean de oro y tinta roja. Trazaré signos resbaladizos que se entremezclarán con tus letras y me dirás y te diré. Fundaremos un nuevo territorio para hablar en secreto cosas que sólo vos y yo podremos entender. Vivamus atque amemus et sic sic sic.

Concedido

Si alguien me ofreciera un deseo, pediría volver.

Atentados

La casa, el trabajo, los hijos, los padres, los hombres, los amigos, los sueños, los proyectos, las palabras son siempre estructuras a punto de implosión. Debo aprender a sobrevivir en medio de los atentados suicidas.

viernes, 14 de agosto de 2009

Fin de semana largo

En mi casa andan los pájaros cantando y unas diminutas mariposas amarillas se pasean por la terraza en vuelo breve. Por ahí ha enloquecido el ciruelo y despunta en botones blancos que no saben aún que no serán jamás ciruelas. La canilla gotea al paso de las horas y yo hablo, hablo y hablo: de sujetos enunciativos, de verbos y pronombres, de teorías narrativas y del vacío del tiempo que no hace más que pasar una y otra vez. Hoy ha llamado Olga. Dicen que va a llover a mares (no amares porque el amor no llueve nunca ni acontece...te espera a la vuelta de una esquina, te hace una zancadilla y te deja boqueando y aterida aunque una lleve treinta y cinco amuletos.) Tengo piernas extensas y delgadas y una cintura tan estrecha que se atrapa entre dos manos. A veces me río buenamente; pero de pronto abro un abismo y me sumerjo en mí misma para irme tan lejos como me sea posible. Mañana no cenaré en casa y la noche será verde y mojada y olerá a comida. Tres días pueden ser una vida.

jueves, 13 de agosto de 2009

Una sirena Klimt


Cuando leo las palabras que me mandás, las palabras que llegan desde tu corazón al mío no es mucho lo que puedo contestar.
Necesito leerlas muchas veces para hallarles esos pliegues, esas densidades y pesos específicos que entregan, esas alas sutiles que les crecen en los trazos virtuales que las hacen titilar en mi pantalla que se vuelve azul y traslúcida y profunda.
Luego pasan por mi sangre en marejadas de perfume masculino, de perfume tuyo y llegan a mi cerebro donde adquieren la cadencia de su síntesis.
Entonces enmudezco y todo lo que yo pudiera contestarte es imbécil, estúpido, absurdo, innecesario.
Hace muchos años -muchos muchos muchos- que un hombre no alcanzaba mi alma así, con sólo hablarme con una voz densa, oscura, llena de perros ladrándole a la luna en Bangladesh que está lejos muy lejos; hace muchos años que un hombre no despertaba en mí tamaños abismos de ternura, de calidez, de piel llena de yemas y labios y dientes que me muerden y me buscan.
No me importa nada más que leerte para saber que la emoción se hace agua y me inunda a mí, que soy tan líquida como una sirena Klimt.

Rojo con lunares blancos

Yo tenía un bonito pullover rojo que tenía lunares blancos.
Quedó mi pullover en París.
Solito y abandonado en un avión que me traía de Madrid.
Hacía calor y yo lo llevaba atado a la cintura.
Cuando me senté, el pullover se sentó conmigo y, al levantarme, allí quedó.
Pensé en reclamarlo cuando, un mes más tarde, volví a Charles de Gaulle.
Pero después lo pensé mejor.
¡Qué mejor destino para un pullover rojo que vivir en París!
¡Qué mejor para él que esperar la llegada de un invierno que huela castaños en francés!
Y entonces lo dejé.
Sólo le dije en voz bajita que, cuando le quede tiempo entre tanta felicidad, me envíe una postal desde Le Marais.

Anécdota escolar LXXXI: Dios nos salve

Profesora 1: (En una mesa de geografía) ¿Y cuál es la religión mayoritaria en América Latina?
Alumna: (Piensa) La cristiana.
Profesora: Bueno, pero ¿cuál?
Alumna: ¿Cómo cuál? La cristiana.
Profesora 2: Sí... evangélica, católica...
Alumna: ¡Ah...la católica!
Profesora 1: Nombre completo, por favor.
Profesora 2: (Tratando de ayudar a la alumna) Apos...
Alumna: ...
Profesora 1: Apostólica. ¿Y qué más?
Profesora 2: A ver, ¿dónde vive el Papa?
Alumna: (Sin dudar ni dos segundos) ¿El Papa? ¡Acá al lado!
Profesora 2: (Se ríe) No, no...acá al lado vive el cura. ¡El Papa vive en Roma!

miércoles, 12 de agosto de 2009

El cuerpo del delito

Hago las cosas que me llegan de a una por vez o en montonera.
De repente me asalta la memoria y me sonrío:
es un robo a pedir de boca:
pura caricia.
Y me dejo caer en el minuto que sigue hacia la nada.
Tengo un cuerpo breve y liviano que cabe en la palma de una mano.
Y lo dejo temblar bajo la lluvia vacío de palabras.
Hay flores amarillas en la vera del camino.
Y una luna de cuento que me agita las sienes.
No sé tu nombre verdadero.
Y no quiero saberlo.

Disoluciones estéricas


Ramificado polímero quedo con mis pequeñas moléculas suspendidas al sol y prontas a reorganizarse como estrellas o entrecruzarse; pero jamás en línea. Navego en estructuras desiguales: en bloque, alternantes... y elijo, aleatoria, fundirme al paso de la tibieza de tus profundos disolventes y viscosa, oscuramente adherida a tus manos, encuentro los espacios que me faltan. Se expando y peso casi nada traspasada por la luz de tu boca de agua. Pura disolución en tu cuerpo mientras el mundo se repite en horas que no pasan por alejadas de nuestra fragmentada existencia cotidiana.

martes, 11 de agosto de 2009

Tu risa

Es un cristal: transparente y pequeño y gira al sol.
La luz se quiebra y despedaza como una enredadera que sube por mis manos y regresa a tu boca de donde debe haber salido.
En medio de una casa que muta como una pesadilla, me acuerdo de tu risa y te deseo.

lunes, 10 de agosto de 2009

Domingo por la noche de agosto

Cuando él entró, la noche era todavía pequeña. Trajo una bolsa llena de regalos para mí: unos CD, una botella de buen vino, unos quesos. Yo tenía una foto del Vieux Port, un libro de miniaturas medievales y una reproducción de "La dame et le licorne" para darle. No sé si antes o después del intercambio de presentes nos abrazamos hasta que no quedó intersticio donde cupiera aire. El mundo, el de afuera, fue perdiendo sustancia y adentro me brotaba una suave ternura que él iba despertando con sus besos. Su boca era un manso territorio, una vorágine, un canal hacia profundas sensaciones. Cuando besó mis párpados, mis mejillas, mis labios el corazón se me agitó como un pequeño conejo asustado y mis ojos se llenaron de lágrimas. La noche ya era alta cuando pudimos volver. Era tarde para andar cocinando así que mientras oíamos a un viejo poeta decir palabras que todo lo inundaban pusimos una mesa descuidada, abrimos la botella y nos sentamos a escuchar mientras el alcohol me suavizaba alguna arista que todavía me pudiera quedar. Después se fue y yo dormí apenas, mientras él en su casa me escribía para decirme que elegía mi boca para beberme. Ahora escucho cantar "lo que tenga que ser que sea y lo que no, por algo será". Sic.

domingo, 9 de agosto de 2009

Le Vieux Port


Un puerto tiene agua y sol y barcos que se mecen en la espuma.
Hay gente que se abraza porque vuelve y otra que pone un territorio al que llama partida.
Una ciudad termina en sus orillas y empieza un mundo del que el hombre no ha podido adueñarse todavía: apenas se atreve a derramarse en sus arenas, a merced del destino si se interna en las olas.
Un puerto tiene color de llegada y pinceladas que dicen lo que ha quedado atrás, lejos, tan lejos como la mente sea capaz de recordarlo.
Un puerto es un sitio para pensar en los días que fueron con la vista clavada en un horizonte azul fundido en un cielo infinito y decidir qué vendrá en el minuto en que el cuerpo se alce.
Un puerto tiene pájaros blancos que sobrevuelan y peces que se tejen en danzas imposibles por debajo.
Tiene hombres que bajan de los barcos con canastas repletas y mujeres que frotan las escamas en un caer de lentejuelas sobre sus faldas.
Un puerto sabe a sal en la piel y luz en las pupilas; sabe a tormenta y calma, a calamares crudos y a aceite que se entibia, sabe a vaso de vino y pan, a palabras gritadas y a mínimos murmullos inauditos.
Los ojos se hacen anchos y las manos inquietas.
Se aspira viento siempre y el corazón se limpia.
Todos llegan, todos parten y los barcos se mecen con su vientre de madre.
En un puerto te abrazo una vez y mil veces a vos que llegas con las manos cansadas y la sonrisa abierta, lleno de sal profunda, de un viaje que no sé dónde comienza ni cuál es su destino; pero arriba a este muelle.
En la rivera sopla una brisa fresca. Es el Mistral, dicen los marineros, que despeja el calor furioso del estío, que vacía las calles, que trae aires ignotos de islas alejadas, que te llena la boca de palabras que yo no imaginaba en tu vocabulario hecho de exactitudes.
Los genes se nos llenan de salitre y agua: será el Mistral que todo lo revuelve o los puertos que son sitios donde la ciudad se adormece y a la vez se despierta o el deseo que todo lo sumerge en sus aguas.

Peces


Pido silencio.
Es necesario para que los peces plateados se deslicen seguros en las aguas.
Sin sonidos extraños que pudieran turbar su nado feliz hacia la superficie clara.
El sol relampaguea en sus escamas y los vuelve dorados, verdes, violetas.
Veo sus giros como una danza debajo de la espuma
y las líneas blancas que quedan dibujadas con su paso en el agua.
La líquida marea los sumerge, a veces los aplasta; pero emergen livianos, como hechos de aire, de cristal, de pura lluvia clara.
Desaparecen sin que quede su rastro de tormenta salada y vuelven a mirar el sol tras la pélicula mojada de sus ojos abiertos.
Su cuerpo se resbala entre los dedos que pretenden asirlos para reaparecer metros más tarde, libres y perfectos, como pájaros de níquel.
No hace falta nada.
Todo está dado en el minuto que se suspende en un salto, en una subrepticia caracola, en una estrella oscura y luminosa.
Hago silencio para aprender sus diseños de nácar.

sábado, 8 de agosto de 2009

Baños


Baños árabes
Jerez de la Frontera
Julio 2009

El sol entra por las estrellas del techo de la casa de baños y se hace figura en el piso de mosaicos. Hace un calor espeso en medio de los muros frescos donde los cuerpos se desnudan y cae el agua fría para mitigar tanto verano. A lo lejos se oye el rodar de las fuentes entre los árboles nudosos y las matas floridas de color encarnado. Los cabellos perfumados se destrenzan como si fueran redes soltadas a la mar en busca de peces azulados entre muslos marinos y especiados. Huele a romero la mañana, a azahar profundo, mientras debajo de la estrella de sol que cae desde el cielo de barro yo escribo con la paciencia de un buen caligrafista. Afuera se deshacen las catedrales, las monjas que cantan el odio de la raza, el tiempo y hasta esa memoria que es tuya y yo no tengo. Mi cuerpo es una clara superficie de tinta en la que se orean, mezcladas, las sangres de una España que no existe. Alfonso X me susurra al oído cuando mi cuerpo, breve y delgado como una letra, se sumerge en las aguas brotadas en estrellas matinales desde los cielorrasos: debo aprender ya tantas cosas nuevas que me dejo estar en la quietud líquida que me circunda y se estremece cuando hundo apenas un poco mi cintura de niebla, de olivo, de ciruelos e higos. En los baños árabes de esta tierra soy Raquel, la que huyó a hablar sefardí en otras tierras; soy Elvira, la que cruzó cada puerta cubierta por un velo de sombra, y soy María, la que un buen día vio la tierra de América y era verde y perfecta como una uva nueva. El día se espirala y salgo a la hora en que suenan las campanas del pueblo. Tengo un alma nueva: lavada y perfumada con espliego. Camino erguida porque me he sumergido en el cuenco donde mi baño corre hacia la alcantarilla y se muere en el río. Tengo los pies todavía desnudos y camino con ellos sobre piedras calientes. Sólo escribo en el agua. Vos leerás, del otro lado del océano, la historia de este amor bajo un cielo de barro y escribirás con tu letra perfecta cuánto extrañás mi corazón guardado entre tus palmas.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Anécdota escolar LXXX: La madre que lo parió

Profesora: (Habla sin parar de la Reforma, la Contrarreforma y el arte barroco. De repente percibe que los alumnos la miran con extrañeza) Yo hablo de esto como si lo supieran... ¿Conocen a Lutero?
Alumno 1. Sí, es donde se forman los bebés.

Viento

Después del aire llegará tu boca a anclar su ternura en mi pecho. Cobijaré tu tristeza y el hondo perfume de tu abrazo y me dormiré como si siempre tu risa hubiera acunado los últimos rescoldos de mis miedos. Nadie sabrá cómo ha sido ver la tierra abrirse en lluvia de semillas. Hablaremos bajo para que no despierte el tiempo que todo lo tritura y esperarán las horas detrás de nuestra puerta. Te diré, me dirás y no diremos ya nada que haga estallar la materia en corpúsculos de distancia. Es tan sencillo. Y, sin embargo, es frágil como el viento que todo lo desparrama lejos.

domingo, 2 de agosto de 2009

El Quijote Miciano


Teodoro Miciano
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Grabado en metal


Dulcinea está encantada. Pero sólo él la ve avanzar en su carro.
Los dedos, las manos de Teodoro eran lisas y suaves, dice Jaime con los ojos llenos de lágrimas en Huelva, ese sábado caluroso en que hubiéramos tenido que detener el tiempo para poder atrapar todos los recuerdos y los deseos en su red. El ácido del grabado las había limado de asperezas y las había hecho áereas y transparentes.
Paso las hojas gruesas con demora y lentitud porque quiero que mis retinas se llenen de felicidad y maravilla. Pero mi cerebro comienza despertarse del cómodo letargo del placer y se esfuerza por comprender. Rebota contra las paredes del cráneo hasta las puntas de mis yemas que sólo lidian con plumas y papeles.
Teodoro está allí y me habla de un texto que conozco como mi propio nombre, de un libro que me hace llorar una y otra vez, de un autor por el que siento una nostalgia parecida a la que me atraviesa cuando pienso en mi padre. Teodoro está ahí: en esas hojas ásperas. Yo lo veo: está erguido en su silla y me mira a mí, que paso, como Dulcinea, en el encantamiento de mi carro veraniego que me está llevando de aquí para allá en una Europa mediterránea llena de días largos y calor.
Veo los grabados con mi memoria de las palabras acumuladas en las horas universitarias, en lo que otros dijeron sobre ese texto en el que un hombre se muere de simple melancolía porque no está dispuesto a abandonarse al fracaso de su ideal. Veo a Teodoro empapado en el ácido que graba el metal y en la tinta que llena los espacios en blanco de mi página. Veo a Teodoro y querría volver el tiempo atrás para que la vida pudiera ser más generosa con él.
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