jueves, 30 de abril de 2009

Agón

No supe bien cuál fue el momento.
No supe bien cuál fue el corte biselado de los ojos.
No supe bien cuál fue la exacta presión de la mano en mi mano,
.............................la palabra oída,
................................................el viento penetrado,
....................las hojas que titilan en mis poros,
............................................las perfectas caídas de las sedas.
No supe bien cuál fue la hora precisa que dio vuelta el reloj y lo puso en mis manos.
No supe bien nunca ninguna cosa más que intentarlo hasta que se me despegaron las entrañas.
Y susurré
...................................................................por otra vez,
..................siempre por otra vez.


Olviden los puntos. Es que Blogger no permite que me salga del margen, literalmente.

Un hilo

Las palabras se enhebran en un hilo y me rodean dando cinco vueltas alrededor de mi cadera que es una copa de marfil en la que se juntan las lluvias calurosas de otro otoño como en un vaso vuelto de boca en el piso mojado de la azotea donde las Santa Ritas -tan portuguesas ellas- se han llenado, desorientadas, de flores carmesíes. Las palabras evocan barcos cargueros, estancias en islas caribeñas, páginas escritas y suben por mis rodillas como si fueran arañas veraniegas y blancas. Las palabras son hilos al laberinto delgado del vientre donde se han perdido tantos varones ilustres. No hay puertas que se batan con el viento; sólo ventanas por las que la lluvia entra en ráfagas inquietas de aromas que se intuyen, que se desean, que se temen, que se resisten. En el manual gramatical lo dice: los verbos modelo son tres: amar, temer y partir, escuela insidiosa de vivir. Las palabras me sujetan los tobillos y espero más: mi boca es una cueva generadora de milagros. Sólo aguardo el eco de hilos que se agitan en el viento crepuscular de cada día. Son tan sólo palabras, nada más que palabras las que inquietan la superficie inquieta de mis aguas. Salada y honda me sumerjo en el océano denso de sus sonidos y salgo empapada de significados olvidados ille tempore.

La piedra de Cronos

Todos somos Cronos. Nos dan una piedra envuelta en pañales. Una pesada piedra negra en el centro exacto de la cuna. De vos depende que tomes el cincel y el bloque se haga estatua o que vomites sin fin aquello que, a la larga, te matará.

Fábula de Polifemo y Galatea

Ninfa, de Doris hija, la más bella,
adora, que vio el reino de la espuma.
Galatea es su nombre, y dulce en ella
el terno Venus de sus Gracias suma.
Son una y otra luminosa estrella
lucientes ojos de su blanca pluma:
Si roca de cristal no es de Neptuno,
pavón de Venus es, cisne de Juno.

Purpúreas rosas sobre Galatea
la Alba entre lilios cándidos deshoja:
duda el Amor cuál más su color sea,
o púrpura nevada, o nieve roja.
De su frente la perla es, eritrea,
émula vana. El ciego dios se enoja,
y, condenado su esplendor, la deja
pender en oro al nácar de su oreja.

Invidia de las ninfas, y cuidado
de cuantas honra el mar deidades, era;
pompa del marinero niño alado
que sin fanal conduce su venera.
Verde el cabello, el pecho no escamado,
ronco sí, escucha a Glauco la ribera
inducir a pisar la bella ingrata,
en carro de cristal, campos de plata.

Marino joven, las cerúleas sienes,
del más tierno coral ciñe Palemo,
rico de cuantos la agua engendra bienes,
del Faro odioso al promontorio extremo;
mas en la gracia igual, si en los desdenes
perdonado algo más que Polifemo,
de la que, aún no le oyó, y, calzada plumas,
tantas flores pisó como él espumas.

Huye la ninfa bella: y el marino
amante nadador, ser bien quisiera,
ya que no áspid a su pie divino,
dorado pomo a su veloz carrera;
mas, ¿cuál diente mortal, cuál metal fino
la fuga suspender podrá ligera
que el desdén solicita? ¡Oh cuánto yerra
delfin que sigue en agua corza en tierra!

[...] La fugitiva Ninfa en tanto, donde
hurta un laurel su tronco al Sol ardiente,
tantos jazmines cuanta yerba esconde
la nieve de sus miembros da una fuente.
dulce se queja, dulce le responde
un ruiseñor a otro, y dulcemente
al sueño da sus ojos la armonía,
por no abrasar con tres soles el día.

Salamandria del Sol, vestido estrellas,
latiendo el Can del cielo estaba, cuando
-polvo el cabello, húmidas centellas,
si no ardientes aljófares, sudando-
llegó Acis, y de ambas luces bellas
dulce Occidente viendo al sueño blando,
su boca dio, y sus ojos, cuanto pudo,
al sonoro cristal, al cristal mudo.

Luis de Góngora

Ikaria


Ana lo dice simplemente. Como si me dijera que me tome el 60 y me baje en Junín y Santa Fe. Mi cerebro se llena de colores azules y me queda vibrando el corazón. "Si tienes tiempo en tu viaje a Europa, te invito a conocer esta parte del Mar Egeo. Puedes quedarte en nuestra casa, ya que tenemos sitio ¿Te animas?" Mi imaginación tiene plumas pegadas con cera para volar y hundirme en el mar Egeo. Me deslizo, lenta, en mis propias ensoñaciones infantiles cuando me encerraba a pensar que Grecia había sido inventada para mí. Me dejo planear por el hilo extenso de Teseo y Asterión esperando que le llegue el redentor. Ariadna suspira nostálgica en brazos de Dionisos mientras Fedra se entrega al rótulo de un amor incestuoso que no fue. Medea en Corinto asesina a sus hijos y nadie escribe una carta para reclamar. Los dioses no la juzgan y la dejan huir en un carro de dragones dorados. Antígona grita por la palabra de Zeus y se descubre, al final, que era otra hija excesiva de un padre que no supo ser cauteloso con su propio deseo. Ifigenia se entrega al poder de su padre Agamenón mientras su madre ejecuta venganzas y Electra es una pobre chica a la que la vida, como un tango, la engañó. Me dejo ir como si me tomaran la cintura unas manos de hombre y recorrieran sus yemas la delgada planicie de mi piel. La imaginación sabe a miel dorada y libaciones nocturnas, sabe a la arena de Grecia y a cada uno de sus ásperos olivos en esta madrugada de inquietudes variadas. Por alguna razón que desconozco, los dioses me son favorables y Teodoro -al fin y al cabo regalo divino él también- ha llegado a mí con una canasta de frutas silvestres. Pero no nos es dado a los humanos comprender los designios olímpicos, tan sólo permanecer en el agradecimiento inicial. Soy Galatea al despertar en pleno estado de beatitud.

martes, 28 de abril de 2009

Anécdota LIX: La América de Homero

(En una evaluación)
Pregunta: En el canto XI de la Odisea de Homero, ¿en qué país queda la entrada al Hades?
Respuesta: En Cuba.

Abelardo y Eloísa




Dicen que ella no quería que le hablaran de amor. Sólo de la sustancia y sus nombres. Sólo de la verdad y el motor primero que él solía decirle que eran las manos con que la rodeaba en las noches heladas de París. Ella tenía la soberbia de los diecisiete cuando el mundo es algo que cabe en las palmas, y él era la más brillante cabeza de la École. De la admiración intelectual a la pasión de las pieles cabían cuatro pasos. Ella los dio porque sabía, quizá más que él, que nada hay más allá y que eso basta para ver una luz dorada y suave de perfumes cayendo como olas en la ciudad. Ella sabía, quizá más que él, que el amor es una palabra abarcadora tan sólo de los cuerpos entrelazados porque no hay otra verdad que no sea ese lugar para que el alma halle su motor inicial. Y se entregó Eloísa a la pasión spinozianamente, aceptándola para volverla inteligible e inteligente en su comprensión. Realizada en sí misma, expandida en su máxima utilitas, supo Eloísa en manos de Abelardo qué era la vía pasional del conocer, fuego de la mente en el centro de su cuerpo, nunca más dimensión individual estrecha en el marco del in se. A su costado, mientras volvía de la sed, oía la voz futura de Baruj susurrarle que hay un amor intellectualis que desmiente la conocida máxima de que las pasiones son energías incontrolables y cometió así el error de suponer que las distancias y los tiempos se borraban y el episodio individual se transformaba en un conjunto infinito capaz de reproducirse analógicamente ad infinitum.
Volveré esta vez a Pére Lachaise, Eloísa, y te avisaré para que no repitas otra vez el error: el amor no implica del todo el sacrificio de sí; sino, más bien, la más profunda autoafirmación.


domingo, 26 de abril de 2009

Juan, así es.

Lo que vendrá
el que no anduvo su pasado/
no lo cavó/ no lo comió/ no sabe
el misterio que va a venir/
nunca puso su vida/ para
el misterio que va a venir/ la pena
desaparecerá/ un gran humo
se alzará de la sed/ de la hambre/ de
la injusticia/ la soledad/ arderán
como leños/ los astros
se tranquilizarán/
y todo será verde/
como el misterio del dolor/
como tus pechos blancos
bajo el manzano/

Juan Gelman

L'après-midi d'un faune



Faunos a la hora de la siesta.
Justo justo después del almuerzo que no suelo tomar.
Faunos favorecedores en los bosques umbríos de los sueños, esa materia espesa que se resiste a la racionalidad.
"Paniskoi" de las silvas sagradas, medio "tragos" de cabezas cornadas, son portadores de una verdad sagrada que me empeño en no oír.
Mejor dormir en su húmeda compañía salvaje a andar buscando significados a las palabras divinas que terminan siendo burlas para castigar mi "hybris" que no cede jamás.
Entre mis sábanas de ninfa a mediodía los faunos cantan mientras me río entre sueños y a carcajadas en los olivos perfumados de una época que nunca quedó atrás.
Alguno que otro se ovilla con su aroma caprino en los tejados mojados de mi lecho y lo cubro con impaciencia infinita como si sólo así una pudiera conocerse a sí misma tal como ellos murmuran entre sí.
Alguno que otro mordisquea la línea curva de mi columna y me habla en el oído para que oiga cuáles son las verdades que debería escuchar.
Hay ruido a sonrisas, a mares azules, a cielos esmaltados, a trigos ardidos bajo el sol, a peces tostados y almendras oscuras, a vino dorado y a cuerpos rozados una y otra vez.
Los naranjos se llenan de azahares en la siesta con los faunos y soy arrojada una y otra vez contra la muralla de mis propios deseos y mi imaginación.
Cuando despierto, la casa está en silencio y un ligero perfume a líquidos salvajes y sombras se disuelve en el aire.
Ahora ya lo sé: iré a Grecia y dormiré en las playas perdidas del origen.
Seré cada vez más yo.

sábado, 25 de abril de 2009

Desde Tarifa


Desde Tarifa en un día azul veré la costa caliente de África.
Veré los vientos amarillos corporificados como manos alrededor de mi cuerpo frágil asiéndose a mi cintura para robarme y las hordas moras que dicen dejó entrar don Julián aplastarán mis huesos de márfil y mis ojos de selva verde.
Veré los olivos caídos en el calor de julio como una ola crecida desde el mar mojando y mojándome con su carga salitrosa y espesa.
Veré mi nuca sudada con aljofar delicado quebrarse en la respiración que no puede ser de ácida y alimonada.
Desde Tarifa diré que fue ése el sitio donde los barcos me fundaron una patria en la sangre, tierra que tiene sequedad de desierto y frescura de fuentes que manan una y otra vez entre las flores infinitas.
Diré que fue allí donde mi bisabuelo que tenía ojos aceitunados y oscuros penetró el cuerpo blanco de la Cava y se inundó España de esperma moro para tejer relatos de Abencerrajes ensangrentados y traidores.
Diré que allí cruzaron en su diápora todos los expulsados de la madre patria y hasta yo misma que he vivido en los límites de mi propia familia: la que me hizo y la que intenté para que todo continuara.
Diré que soy Julián que abrió la puerta y entraron los califas, los reinos taifas, los almohades, los almóravides y los nazaríes sutiles que lloraban como mujeres siendo hombres que labraban palacios con las torres bermejas como gritos.
Desde Tarifa veré la costa clara de África y sus tambores y cascabeles en los tobillos mientras bailo con el rostro surcado de lágrimas yodadas.
Desde Tarifa atraparé la risa y sentiré mi carne como una mariposa abrirse en el desierto de mi historia, la misma la de siempre la inédita la nueva.
Y volveré a mi casa con una maleta vacía y el corazón cantando en un camino nuevo de tan antiguo.
Veré Tarifa y Tánger y Marraquesh y todo el atardecer como un huevo de fuego en el agua.

Rock'n Rose



Collige, virgo, rosas
Niña, arranca las rosas, no esperes a mañana.
Córtalas a destajo, desaforadamente,
sin pararte a pensar si son malas o buenas.
Que no quede ni una. Púlele los rosales
que encuentres a tu paso y deja las espinas
para tus compañeras de colegio. Disfruta
de la luz y del oro mientras puedas y rinde
tu belleza a ese dios rechoncho y melancólico
que va por los jardines instilando veneno.
Goza labios y lengua, machácate de gusto
con quien se deje y no permitas que el otoño
te pille con la piel reseca y sin un hombre
(por lo menos) comiéndote las hechuras del alma.
Y que la negra muerte te quite lo bailado.
Luis de Cuenca



Y yo estaré bañada en rosas que emergerán de un frasco de perfume cada vez.

¿Para qué preguntar?

Se hilvanan las palabras como cuentas en un hilo que es una hebra roja cargada de futuro.

viernes, 24 de abril de 2009

Infección terminal

Hay músculos que se infectan.
Y no todos comprenden que antes que las palabras está la vida.
A la infección le corresponden los antibióticos y la extirpación.
Los nudos que se atan son difíciles de desatar.
Y la curación nunca llega a tiempo y se clava la agonía angustiosa en medio de la carne.
¿Quién sabe lo que viene después?

Terapéutico (Septiembre de 2006)

Los peces nadan en la acuosa corriente.
Hacia arriba.
Siempre hacia arriba.
Tienen aleteos sorpresivos
que hacen temblar sus diminutas escamas azules
y el agua se llena
entonces
de ondas traslúcidas y claras.
Suben por túneles rosados
al encuentro de su propia vida,
del fragmento naranja
que los complete
para ver la luz
en la plena oscuridad de ese cuerpo.
Sus cuerpos de peces diminutos pulsan el aliento
que los expulsó,
la gran ola en que se sumergieron huele a yodo
y hay espuma en las tibias orillas
que los oprimen
hasta llegar para dejar de ser ellos
y unirse
en la redondez profunda de esa yema
que es casi un sol
y los atrae.
Hay uno cuyo cuerpo irradia reflejos tornasolados:
verdes,
bordes amarillentos,
pedazos de mares,
fragmentos blancos
y
súbitos matices enrojecidos.
Y allí lo espera la mansedumbre de una laguna
hecha de tierra clara
diluyéndose en barros primigenios.
Y se hunde,
la penetra,
deja su materia indisoluble
para fundirse en la crepitación del amor
que consistirá
en dejar de ser pez para volverse otro cuerpo
pura agua y fragancia.

Pero era roja la tinta de sus sangres.
Y caía como gota
hacia abajo
siempre hacia abajo
donde el futuro tenía color de muerte
y naufragó en el océano del silencio
porque era imposible que pensara la luz,
la oscuridad era del agua submarina que no reverberaba.
Ya se sabe:
los peces de mar
mueren boqueando en aguas dulces
ante la ausencia prolongada de la sal que los nutra
como si tanto color se les clavara en la carne como aguja
y no pudiera ser.
Nunca pudiera ser.

jueves, 23 de abril de 2009

23 de abril

No sé cuál fue el primero.
Pero hubo un primero porque siempre lo hay.
Debo haberlo rozado con dedos temblorosos, unas yemas apenas desnudas sobre al superficie y una emoción galopándome el corazón, acelerando ritmos y latidos.
Debo haberlo mirado como se mira todo por primera vez: viendo y no viendo, para que dure para siempre, para que conquiste el arsenal de todos los recuerdos en la posición crucial del privilegio que adquiere todo lo que es primera vez.
Debo haberlo olido para que su perfume anide en mi memoria y se una en una red de aromas infinitos a todos los que mecen el cuerpo y lo alivianan.
No sé cuál fue el primero, pero me levantó en sus brazos aspados y me llevó a territorios donde se pierde la conciencia y se es pura emoción: la más límpida, la más terrosa, la más clara y confusa, la más efímera y perdurable.
No sé cuál fue el primero pero abrió en mi cuerpo un tumulto de imágenes precipitadas que se amontonaron y me nublaron los ojos y ya no pude ver si no a partir de esa experiencia que estaba clavada en mí como una estaca viva reverdeciéndome.
No sé cuál fue el primero, pero después hubo tantos que no podría decir sus nombres, sus momentos, el peso cualitativo que cada uno tuvo.
Líneas negras como caminos por donde me fueron llevando de la mano, ellos y sólo ellos.
Sensaciones ligeras y densas enredadas cada noche en mi cuello sobre el borde blanco de mis sábanas para llevarme a territorios lejanos de deseo.
Podría prescindir de cualquier cosa; pero no de ellos en las tardes de inviernos, en las noches de estío, al borde de las aguas, en la penumbra olorosa de algún bosque, en un transporte que va quién sabe adónde, cuando estoy triste, cuando siento euforia, cuando amo y odio sin saber las razones, cuando no sé qué hacer y acudo en busca de un oráculo que sepa, cuando quiero entenderme, cuando escribo estas líneas.
Están allí, siempre estuvieron, aunque no sepa cuál fue el primero.
Mis libros (que no saben que yo existo).

miércoles, 22 de abril de 2009

Deseos en la tarde de Buenos Aires

Hay mapas desparramados por el suelo y una cámara que gira dando vueltas. Hay recuerdos que no tengo y que llenan mi corazón. Los naranjos están en flor y el aire se cuaja de azahares blancos que desbordan las maletas y me embriagan. Me siento a la tarde a contar las horas que pasan bordadas en el marco azul del cielo y son como gotas y cuentas que se hilan en el tejido intermitente del futuro. Del otro lado de Tarifa está Tánger y es verano. Tan verano que los tangerinos andan embozados con sus telas livianas movidas por el aire ardiente del Sahara. La España mora me asalta violando el orden aparente de las cosas. Toda enumeración es incompleta y absurda mientras pienso cómo será la Alhambra en verano con sus jardines rebosantes de flores y sus fuentes en las que el agua nunca deja de caer. La sangre corre por la tierra de España sin saciar su furor de pueblos expulsados, de pueblos perseguidos y de espadas erguidas bajo el signo de la cruz. Tengo un exceso de páginas leídas por donde mi deseo fragua territorios. ¡Cuán azul será el mar que surcaron Eneas y Odiseo! Quiero ver ánforas enmohecidas en las playas de Niza donde mis ojos se abrirán como candelas encendidas para ver entre la fauna submarina de las profundidades en que me sumergiré. Quiero oler la fragancia pura de los cátaros que fue quemada por las huestes del Santo Oficio que estrenó sus mazmorras pirineicas para cruzar y encenagar, luego, el ruedo de sus faldas en la sangre de tantas carnes trémulas de dolor. Quiero recorrer Jerez para buscar los ojos de mi abuela y entender todo lo que me falta para saber volar.

Miss Parque Patricios, la reina de la Quema

Gonzalo:
Por partida doble cumplo con lo prometido
En mi pared y en mi corazón.
Gracias, te quiero
Juli

Canción de amor de T.S.

No es eso lo que yo quería decir en absoluto.
No es eso, de ningún modo.
"Canción de amor de J. Alfred Prufrock
T.S.Eliot


Y ¿qué habrá sido entonces?
Mientras las lilas se amontonan y es abril, el mes más cruel.
¡Cómo nos hemos demorado arañando los vidrios hasta verlos con surcos por donde trepan los humos amarillos que se restriegan el lomo en las ventanas!
Y no era eso lo que yo quería decir.
En absoluto.
Mientras las mujeres van y vienen y ya no pueden recordar de qué hablaban, pero guarda su tacto el recuerdo del David.
No importa que las sirenas canten y no sea para vos.
Yo canto con ellas hundida hasta la cintura, T.S., y mis cabellos apenas mojan la superficie de las aguas. Después saldré para servirte té con pastas y helados y el líquido se escurrirá por mi piel casi dorada con figuritas geométricas a lo Klimt.
Y habría valido la pena, claro que sí.
Debajo de las luces amarillas leeré en voz alta para que oigan todas las mujeres y se detengan en su ir y venir. Y será una canción de amor de J.Alfred Prufrock lo que diré a voz en cuello. Y habrá tiempo y tiempo aún para que yo esté indecisa y cree y asesine mil veces mi corazón.
Los ruedos de los vestidos de las mujeres rozan el suelo como una caricia a las lilas y abril se precipita, Prufrock, para acabar en el borde de mayo otra vez. La muerte crece desde la tierra seca y se precipita en flor. Es una lluvia de primavera que ninguno debería perder y menos que menos vos, J. Alfred Prufrock, con tus imágenes rotas y tu tiempo que no se sabe por dónde volverá a brotar.
Oh, no era eso lo que yo quería decir.
¿Qué era entonces?
Callate que las sirenas cantan y no podrás escucharlas esta vez.
Se reflejan en los triángulos de oro de mis cabellos mojados y me esperan para otra sumersión.
Claro que sí: aquí te dejo el té en la tetera y las masas de crema de este abril.
Hay que tener mucho cuidado, T.S.: yo te enseñaré el miedo, el que me atraviesa cada mañana cuando me digo que no era eso lo que yo quería decir.
Abril ahoga los sentidos otra vez y las buganvilias explotan mientras Oscar nos habla de Dorian Gray y muere en una tumba espantosa en Pere Lachaise. (Iré a verte otra vez y a llevarte ¿lilas?)
Mi pelo se extiende en puntos inflamados de luz y me digo qué voy a hacer ahora que no he vuelto a ser la misma que era ayer.
Cuando las ninfas se marchen recogeré los platos y las tazas del té y partiré.
Soy Tiresias cuando era mujer.

martes, 21 de abril de 2009

Mare nostrum II

Desde acá lo veo, azul turquesa como en los días de sol. Mi madre me dice que preste atención a los guisantes en vez de estar mirando cosas que nadie ve. Pero yo sí las veo, yo sí huelo su aroma cargado de yodo índigo y oscuro, yo sí siento la caricia fría de sus brisas aspadas, yo sí percibo su sabor salitroso entre mi lengua y mi paladar. A mi lado mis hermanas hablan en un murmullo continuo en el que no alcanzo a distinguir ninguna palabra; pero oigo con claridad atormentadora el sonido de las olas desguazadas sobre la arena blanca. ¡Los guisantes!, grita mi madre y la fuente rueda de mi falda al piso desparramando en una catarata incontenible miles de pequeñas piedras verdes. Siento sobre mi nuca desnuda los ojos de estas tres mujeres que no ven en mí más que la que no sabe lo que hay que hacer. Mi hermana mayor resopla y ruge algo así como que conmigo siempre es igual. Me arrodillo con los ojos arrasados de lágrimas para juntar la carga esparcida y mi hermana mediana grita que no la vuelque en el cuenco si quiero que nadie muera de alguna intoxicación. El aire se carga de irritación y tengo deseos de pisotear los guisantes para que nadie grite más. Lenta, como en una representación, me levanto para tomar un plato en el que colocar las legumbres. Una por una levanto cada grano y los lavo en el grifo abierto. Como si nos sobrara agua dulce, exclama mi madre y toma los guisantes. Me quedo de pie con la vista clavada en la ventana que da al mar. Mis lágrimas saladas mojan mis mejillas de arena clara y mis ojos verdes se estiran hasta el horizonte que no alcanzan a distinguir. La cocina se queda en silencio y nadie grita más. Pero yo ya no estoy allí. Me he subido a un barco de olorosa madera de fresco untando en brea que alguien pintó con pintura amarilla y unas extrañas flores rojas que son, con seguridad, amapolas rojas con sus velludos tallos negros. Un viento repentino de tragedia clásica llena las velas como aquella vez en Áulide cuando la diosa, ofendida, exigió la sangre de la hija de Agamenón. Mi sangre tiene color de guisante verde y el viento sopla con los carrillos hinchados de dolor. Van desapareciendo las casas tragadas suaves por el mar.

domingo, 19 de abril de 2009

Siglos atrás

Yo no nací en este siglo sino muchos miles atrás. En mis pupilas guardo las imágenes encendidas de esos días entre los olivares al sol y el resguardo meditativo de los volúmenes forrados en papel. Mi piel tiene el color del mediodía y el suave viento que llega desde el mar azul. En el oriente de mis tierras brotan los jazmines y las fresias y la hierba se humedece con el rocío matinal. Yo no nací aquí: mi casa tiene estancias donde los pájaros se quedan a dormir y vuelan al salir el sol entre los cipreses y los limoneros perfumados. Un hombre llamado Catulo me trae unos poemas cada mañana para que yo le diga qué pienso de ellos. Lo miro con piedad y le devuelvo el rollo sin que él sepa que los he vuelto a escribir. Ama a una tal Lesbia que lo hace sufrir. Lo miro irse entre las vides preñadas de uvas claras y sé que él cree que es feliz. No deja de maravillarme su simplicidad y le tengo un cariño que no puedo evitar. Vivamus, Catulus, que no hay mucho más.

Querida mía

Querida mía...está haciendo frío y vos estás tan lejos. Si estuvieras aquí, te llamaría y te diría que vinieses a tomar sopa de zapallo conmigo. Los cuervos y las avispas revoltean a mi alrededor y trato de espantarlos con los dedos. En vano, ellos siempre son más poderosos que yo que tengo un alma frágil como un cristal cubierto de copos de nieve diminutos. En un rincón del cuarto sopla un viento patagónico y helado y sólo vos podrías defenderme con las palabras mágicas que detienen cualquier alud. Los cuervos gimen con voces delicadas y a veces me confundo y los invito a tomar el té. Ya sabés cuán desagradable puede ser Humpty Dumpty cuando se sienta en el muro a perorar. Yo tengo frío y me gustaría caminar por un playa solitaria con vos hasta que no nos queden más deseos de hablar. He comprado unas sandalias rojas para mi próximo verano europeo y necesitaría que me llames para decirme que me quedan bien. ¿Podrás hacerlo mientras las horas me acosan con su carga de gritos no lanzados como piedras a ningún espacio exterior y acumulados en el fondo de mi vientre como un peso milenario que no logro expulsar? Ya lo sé: responsabilidad no es lo mismo que culpa, pero no puedo evitar sentirme desastrosa en cada cara que el espejo me devuelve una y otra vez. A veces querría que vinieras a llevarme y me instalaras en una casa blanca y fresca con mosquiteros de seda azul. No puede ser tanta titilante soledad. Y sin embargo deseo hablar con vos de recetas de comidas, de los hijos y los hombres, de los libros que siempre vamos a escribir. A tu manera, en tu geografía, has resurgido de las cenizas de la tragedia para construirte en tu sangre. Quizá también yo deba partir porque aquí se ha quemado todo y los bárbaros -esos que desconocen la lengua griega- hablan sin que yo pueda comprender. Las estancias se quedan vacías y sólo flota el olor de la sopa que esta vez no vendrás a comer.

¿Cómo leer?

No lean contra su deseo de no leer porque no sirve. Encuentren su deseo en el leer. Sólo así . Un texto literario siempre tiene algo para decirles. Búsquenlo: a veces es una imagen, una idea, una sensación...Porque un texto literario es lo que alguien vio, pensó o sintió puesto en papel. Tomen del libro lo que les sirva para entender qué es la vida. Siempre aprendemos de otros lo que necesitamos y los escritores son maestros privilegiados porque el que escribe está siempre atento a ver lo que para otros pasa oculto, sabe establecer relaciones que nadie percibe y tiene la maravillosa habilidad de poder ponerlo en palabras. Y las palabras, mal que les pese a ustedes que berrean desde los primeros días de cada clase de lengua, es lo que los constituye, lo que les permite comunicarse en tanto fotolog, facebook, etc etc. Aprendan de quienes pensaron, sintieron y dijeron, en otros siglos, cosas parecidas a las que piensan, sienten y dicen ustedes hoy: que de eso y no de otra cosa están hechos los libros: materia de los sueños.

sábado, 18 de abril de 2009

Perfección de sábado a la tarde

Hay pequeños instantes en que me siento feliz.

Mare nostrum

La marea pega contra la empalizada de mi ciudad. Una y otra vez. Pero nada puede derribarla. Me encaramo en la muralla para mirar desde allí quién osa anclar su nave llegada desde puntos lejanos con su vientre repleto de aromas y colores. Me deslizo en los resquicios de espuma y en las cenizas saladas para ver y se despiertan en mí mis ansias de viajar entre esas maderas que crujen empujadas por las aguas. Pero soy mujer y la marinería, en estos días, es cosa de hombres que beben hasta caer dormidos en las tabernas del puerto. A las de mi sexo nos han confinado en las diversas estancias de la casa. Quien más quien menos ha pernoctado en el lecho del cuarto principal, a la orilla de los fogones, en la sala de banquetes o junto a la cuna de los críos. Adentro todo es húmedo y cálido hasta la sofocación. Pero el mar es otra cosa. Este al menos: no puedo imaginar si habrá otros y cómo serán. Este tiene un viento frío y denso, cargado de olores a plumas, a caparazones de nácar, a escamas de peces. Este sopla azul refregándose contra las pupilas de mis ojos y me trae relatos de marinos en busca de sus islas, de diosas que convierten a los hombres en cerdos y de ninfas que prometen la inmortalidad por una noche de amor. Pero yo soy mujer mortal y no puedo aspirar a un lugar en las aguas. Ellos dijeron que en el cuarto más apartado deben estar las que todos los meses sangran sin morir. Y allí dedicarse al tejido y a la soledad de la conversación que recubre todo de un brillo del que carece la realidad que es opaca y recia, pero sabe a sal, a sol, a brisa, a piedra, a carne asada con fogatas en la playa para libar a los dioses entre las ánforas de vino dulce que quedan desparramadas en la arena blanca. Dicen que más allá, del otro lado caluroso de esta costa, una reina se arrojó a las aguas por el amor de un hombre que debía fundar una ciudad. Yo creo que no fue así, que ella quiso treparse a su barco cuando vio las proas enfilar hacia la línea turquesa del horizonte, loca de deseos de viajar. Yo acabaré igual, hundida en las aguas de este mar, nadando contra las mareas que nunca querrán llevarme más allá porque soy mujer y el mar, esa masa salada de aguas incadescentes, también lo es. No desea rivales, sólo hombres que penetren sus surcos con el filo de plata de sus naves, sólo hombres que la fecunden con su simiente calcinada para hacerla fructificar en medusas violáceas, en pulpos diminutos y carnosos devorados bajo una luna atroz. Ahora escucho los rumores de las olas en las caracolas destrozadas y tengo deseos de ponerme a llorar porque jamás alcanzaré la costa donde dicen que habitan pájaros verdes de grandes picos negros, porque oigo a mi madre llamarme para que regrese a sentarme a la vera del fuego -ese burdo sustituto del sol- a pelar guisantes para la cena que mi padre tendrá sobre la mesa cuando él disponga sentarse a cenar. "Ya voy", le advierto y sé que un día me revelaré.

viernes, 17 de abril de 2009

Un vagón para mí

Ahora es todo más sencillo.
En los andenes centrales del subte una puede elegir adónde ir.
A mí me gusta ver pasar los trenes repletos de gente que va a trabajar.
Yo me quedo sentada en un banco, como si fuera una plaza, mientras la estación crece como una semilla oculta adentro de una maceta.
Si alguien me toca la mano, creo que me pondré a llorar.
Acá abajo no hay barriletes de papel de seda azul y yo tengo tantas cosas por hacer.
¿Quién dijo que no sería más fácil hablar de lechos ocupados por fantasmas a la hora del té?
Pero las mansiones victorianas siempre están vacías mientras Alicia deambula como sonámbula entre jarrones y cuadros simétricamente dispuestos para hacerla tropezar.
Repentinamente lo sencillo se torna complicado y los subtes no dejan de pasar.
A mí me estallan la cabeza y el corazón a razón de veinticinco veces por día y no deseo cargar una bolsa de piedras que todos insisten en depositar sobre mí.
Aunque llames para decir lo que decís yo ya no te voy a oír más.
No tengo más espacios para tus miedos que son tuyos y no me tocan: les palmeo la espalda y los subo al próximo vagón que sale rumbo a Constitución.
En el kiosco pago por un café que ya sé que sabrá mal.
Pienso que en menos de tres meses voy a estar tan lejos que nadie me va a poder telefonear y el mundo será luminoso como una esfera de cristal.
Cuando moje mis pies en el mar de la historia sabré de dónde vine a salir.
El subte que para ahora está vacío y brilla como una piedra en su soledad interior.
Ese es el que yo elijo para viajar.
Se cierran las puertas y partimos rumbo a la próxima estación donde revolotean delgadas mariposas violáceas en un cuarto azul.
Tengo un vestido de algodón blanco en mi maleta y lo voy a usar para bailar.
En un rincón del andén alguien toca un violín y la música trepa por una escalera de corcheas por donde puedo comenzar a subir.


jueves, 16 de abril de 2009

Gusanos en papel de plomo

Ya lo dijo Saussure: un signo es la unión indisoluble de una imagen acústica y una conceptual: significante y significado adheridas entre sí como las dos caras de una hoja de papel. ¿En qué parte te perdiste, Ferdinand? ¿O habré sido yo la que a cada grafema le pego tantos significados que terminan vacíos y muertos de putrefacta significación? Es tan simple como desplegar el papel de plomo de un viejo chocolatín. ¿Y adentro? Adentro los gusanos se devoraron el cacao porque lo necesitaban para sobrevivir.

Historias repetidas

Después todo se quema. Entrás en la quietud de mi noche para decir lo que te venís repitiendo hace días. En ese instante supe cómo era caminar por el helado fuego de una cornisa que encerraba los días para matarlos. Los hombres son seres tan extraños: no pueden comprender el placer de la soledad ni la necesidad de la tranquilidad si ellos no están. Inventan las historias que desean escuchar. Y después todo arde en una hoguera fantástica que lo quema todo con su gélida silueta. Ya todo se incendió y en los campos los animales huyeron espantados bajo la luna roja. Llueven brasas en un balde de agua. Todo dice que no. Voy a tomar un té con leche para que ceda la hora y los teros inunden la playa al atardecer. Voy a ducharme mientras el agua rueda por mi vientre y mi cintura desde mi nuca frágil. Voy a pensar que ya dije lo que debía decir. Voy a mirar hacia el frente por donde sale el sol. Voy a escuchar cómo zumba el día que va creciendo en los resquicios de la noche que se va. Voy a decir que estuvo bueno y ya. Siempre llega el día en que una dice que acaba de pasar una ballena surcando el océano donde voy a naufragar otra vez. Necesito peces blancos con el lomo azul de tan veloz. En mi mano crecen algas y las veo enredarse una y otra vez. Ya todo terminó: el amanecer es verde y sabe a granada: grano por grano se abre en un jugo espeso y rojo hasta el atardecer.

miércoles, 15 de abril de 2009

Cristales

Los cristales son tan frágiles. Una respira, apenas, y ya se opacan, se quiebran, se desmenuzan. El viento los golpea y suenan, literales, a cristal que se toca. Pero no mucho viento. Pero no mucho aliento. Pero no mucho, nada de nada. Y ni siquiera eso es suficiente. Siempre hay un riesgo -inestable, sorpresivo, angustiante- que yo no sé evitar y amanezco con los cristales en pedazos y la boca sangrando de sólo respirar.

martes, 14 de abril de 2009

Ser dos


No se puede ser dos.
Digo ser dos con otro, se comprende.
Apenas uno con toda la monserga de boludeces para parecer algo integrado, diga.
Apenas uno en esta hora en que miro el cielo así, de esta manera, desde esta perspectiva.
Menos que menos dos.
No se puede.
Definitivamente.
Algo me brota en el borde donde se intenta alguna persona del plural.
Cuando amanso los miles de planetas que giran con vértigo de viento en mi cerebro, logro ser esta ahora y después quién sabe quién seré.
¿Ser dos?
Estar con otro es lograr que sus yos micronánicos se pongan en contacto con mis yos micronánicos y en ese infinitesimal segundo logren verse algo antes de ya no ser.
¿Ser dos?
Olvídalo.
Así está todo bien: me digo cada día a mí misma, es decir, a la que soy ahora, en esta madrugada en que escribo antes de perder esta boca para siempre jamás.

lunes, 13 de abril de 2009

Microsistema cuantitativo

Supo a bastante, que no es lo mismo que decir mucho o demasiado.
Supo a bastante y fue suficiente para el día que era.
Nunca se camina por el mismo camino.
Yo voy por otra ruta cada día y abro nuevas puertas.
Allá había un desierto y ahora hay una playa con palmeras selváticas y sol.
No puedo prometerme lo que no soy, pero sé que puedo ser Leonor de Aquitania, Galatea y Simonetta que era la que se murió de risa el día en que el medioevo se aburrió y decidió volverse renacimiento. Sobre ella el pincel se escurrió y chorreaba colores amarillos y violentos en su cintura frágil.
No es dos ni tres ni veinticuatro y no llueve en el verano que se resiste a morir.
Yo voy armando una valija cada día: tengo una malla blanca nueva para hundirme en el mar y nadar entre sus aguas transparentes. Dicen que en Niza el aire es azul y salado y que hay ánforas con guardas verdes desparramadas en la arena blanca.
¿Quién sabe lo que se sabe sólo con el correr de las horas en el límite de los mundos que explotan como piedras lisas bajo las aguas?
Nadie tiene una mísera verdad para ofrecer excepto tiempo y preguntas que caen entre los dedos de marfil.
A veces pienso que no puedo resolver nada y que mis horas son agua filtrándose desde una montaña.
Nunca se camina por el mismo camino y así está bien

domingo, 12 de abril de 2009

Domingo de Pascua

Me dormí. Me desperté. Y el día es diferente. Hay tanto silencio que parece que viviera en medio de la nada. Se oye gotear una canilla sobre la loza del lavabo. Huele a perfume de domingo a la tarde. Acabo de perder un cepillo de dientes que me gustaba mucho y quiero recuperarlo. Me dormí con un tipo en la tele que hablaba de un viaje por Gales y después fui a la cama y no recuerdo qué más pasó. Cuando abrí los ojos el sol estaba alto y el viento había tirado un cuadro. En puntas de pie, lavé lo que quedó de anoche y el cielo era una pincelada azul, extendida y profunda. Felices Pascuas. Quiero bailar. Bailar hasta caer rendida otra vez entre sábanas que huelan a jabón. Y que me llenen de risa las páginas de Cervantes que se encienden como lámparas de una guirnalda de carnaval y titilan en medio de un otoño que sabe a verano pacífico. Quiero beber agua y que caiga por el cuelllo y el pecho y se moje mi vientre una y otra vez hasta mis muslos largos como esta noche y todas las que vendrán porque estoy viva y tengo un corazón de sangre espesa y caliente y un alma de pura intensidad azul. Me hablan las enredaderas que caen por la ventana que da hacia el río de donde llega el viento. Me dormí y me desperté. Y canto. Nada más.

sábado, 11 de abril de 2009

Rayuela

Rayuela.
Un dos tres cuatro cinco seis siete ocho nueve y diez
Tiene tierra (huele a mojado apelmazado y oscuro después de la lluvia)
Tiene cielo (abre los brazos y parece que vuela)
Rueda la piedra en la acera.
Cae en el número.
Huele a raíces adentro del vientre, a tierra en el pliegue mojado de las piernas.
Huele a nube con mariposas verdes sobre los girasoles.
Rayuela.
Rayuelita.
Salta en un pie y en otro.
Pic pic pic.
Tiene cielo azul en los ojos que abre grandes para ver lo que vuela.
Tiene tierra negra en las manos abiertas y canta.
Diez nueve ocho siete seis cinco cuatro tres dos uno
Y salta
Hopscotch rayuela rayuelita: del cielo a la tierra.
Marelle rayuelita rayuela: de la tierra al cielo.
Abierta línea de tiza que se cierra en la acera.
Y salta como una perfecta piedra.
Y se arquea la línea suave del cuello para ver más allá de los hombros.
Y se ríe.
Y llora con la garganta apretada.
Las manos vuelan en el aire y son yemas abiertas apoyadas apenas.
Las piernas saltan en el suelo y son aves abiertas apretadas apenas.
Rayuela
Rayuelita
Baila con la música del viento a través de cristales de lluvia.
Dibuja pájaros en la acera con sus pies de muñeca.
Y se mata de risa con el corazón en el medio del pecho que late lleno de cielo y tierra.
Rayuela.
Rayuelita.

Más café



Toc.
Ups.
Otra vez.
Se revolvieron los pájaros de la azotea mientras el sol entraba por la ventana.
Dale. Ahora levantate.
¿Ahora?
Sí, la noche ya se fue y vamos a hablar. Hago café. La taza blanca para mí. Todo para mí.
¡Qué cosa la cosa!
Sopita de camarón.
¿A esta hora?
A cualquier hora y más ahora que el viento ha comenzado a soplar y amenaza con limpiar todo con su soplo de fuego.
¡Dale! Si viene el frío... y más acá, cerca tan cerca del río. ¿Y la azotea?
Llena de enredaderas y yo atrapada en el centro y tiritando de calor con los ojos del sol en mis ojos y el bretel se me cae con tanta risa.
¿Y la azotea?
Seca y la ropa bailando. No voy a hablar.
¿No querías hablar?
No, ahora no. Mejor tomemos café y vayamos a dormir con el sabor en la boca. El sol entra por la ventana y los aviones pasan sobre las avenidas. A lo lejos. Sopita de camarón. Para este rato. Para más tarde o más temprano.
¿Ahora?
¿En otro momento?
Nadie dice que no.
Bebamos café.
¿Y la azotea?
Se soltaron los pájaros y vuelan bajos como aviones en la avenida que bordea los lagos.
¡Sh!
No hablemos de lo que no se dice porque no siempre es mejor hablar de ciertas cosas.
¡Qué cosa la cosa!
¿Cuál?
¿Así?
Sí, así sí. Y así también. Después no sé. Intoxicados de furor vuelan los pájaros y yo quiero escribir.
¿Por qué no?
Decí.
Sí, digo.
Hay un mapa de sangre.
¿Hay?
Claro, cartografía nueva en las viejas comarcas. Un bondi a Finisterre. Yo voy. ¿Venís?
Esperá que termine el café.
Dale. Cerrá con llave cuando salgas. No vaya a ser que llueva y se mojen los cuadros y los papeles.
Total, en un rato volvemos, ¿sí?
Y yo hago más café.

viernes, 10 de abril de 2009

La gare de Lyon

A las 17 y 45 de un día caluroso dejaré París y subiré a un tren que, en tres horas, se tragará el camino que conduce al sur. Pediré ventanilla para ver las ciudades, la campiña y los franceses que vayan por allí. Me tomaré un café con alguna magdalena para pensar que soy une jeune fille en fleur y me espera Marcel en algún rincón de mi memoria. Se harán las veinte, casi las veintiuna y el tren me depositará en la gare St-Charles con el corazón como una aguja palpitante clavándose en medio de la garganta. Y allí estarán: Pablo, alto y flaco, y Maïa, tímida al comienzo, mirando a todos los que vienen de París. Nos abrazaremos y recuperaré el perfume de la infancia en la calle Bucarelli, los juegos en la vereda de Plaza y la torta de manzana de todos los cumpleaños. Hablaremos en español para sentir que estamos en casa y veré el Mediterráneo por donde Odiseo buscó a Penélope enrededado en las piernas de Calipso, por donde Eneas abandonó a Dido que se murió de amor. Será un perfecto presente como una piedra engastada a la que pule el viento, una cuna para mi corazón que está cansado y tonto y no puede dejar de llorar. Será como decir que he regresado a los viejos orígenes: mis libros, mi sangre, mis deseos. Estaré bien y volveré a mis ojos que estuvieron cerrados mucho tiempo y no pudieron ver.

Proyección

Con todos los días para pasar uno por uno y afuera hace sol y hace frío y se refriega el azul como una boca contra el cielo. El silencio se arrelllena y me bordea la línea de la cadera si duermo de costado. Quiero pensar que hay respuesta para todo, hasta para la intensidad que me atosiga sin darme tregua. El tema es el exceso que rompe diques e inunda llanuras con sus aguas de fuego. Nunca un hilo de agua pasando entre las piedras, despacio, como una larga gota. Así está bien, no puedo ser de otra manera aunque me muera cada vez que me caigo y vuelvo a levantarme como el viento en la tarde después de las tormentas. Así está bien: el mundo se termina cada día y el corazón se vence cada hora. En la madeja espesa se pierden los extremos y quedo, casi siempre, boyando hasta que llega el día. No era complicado, pese a todo. Una brisa fresca de otoño que desprende las hojas: este almanaque se terminó. Buenas tardes. Fue una velada encantadora, dijo ella extendiendo su mano, Cerró la puerta, tiró la llave y se marchó. Post scriptum: Pantalla fundiéndose a negro, créditos, agradecimientos y the end.

miércoles, 8 de abril de 2009

De párpados abiertos

En medio de la ola que pasa, que me tapa, que me lleva tan lejos; en medio de la ola emerjo para buscar la tibia densidad de mi cuerpo y ver cómo sabía tener los párpados abiertos y mirando.

Julio 2009


Marsella
Maïa
Pablo P
Jerez
Olga
París
Madrid
y yo,
una chica de Letras,
charlando hasta tarde a orillas del mar,
comiendo pescado francés o español,
cumpliendo años en otro lugar:

Nada más que agregar.

martes, 7 de abril de 2009

De nuevo

Estaba el cuadernito de tapas azules con margaritas escrito con letra negra y pequeñita y la vida fue una ola que borró todo y tuve que sacar la cabeza para que no me ahogara el agua.Puse todo a un costado: mi cuerpo, mi corazón, mi cabeza y mi alma. Ahora la vida vuelve a dar otra vuelta y no comprendo bien cómo fue que pasaba lo del tiempo infinito, lo del silencio, lo de todo lo que era agua clara. Entonces pienso en mi cuadernito, en mi poder centrar mis palabras y verme, en todo lo que me pasa y me traspasa y me deja extenueda como una cáscara que se quedó vacía. Si yo supiera remar con el sentido de la corriente hacia donde los ríos desembocan en los mares profundos...pero me emperro en ir contra las aguas hasta alcanzar la incomprobable meta que me trazo a seguro de ahogarme. Quiero volver a estar viva y plantada en tierra fértil. Quiero esperar que llueva en medio de mi piel aterida de frío y que todo se sepa incompleto, imperfecto; pero piedra de boca en medio de mi boca que se acuerda del oxígeno azul para que abra una a una mis más profundas grietas.

domingo, 5 de abril de 2009

Nausicáa

Cuando Nausicáa, hija del rey de los feacios, vio al náufrago, desfalleciente, casi muerto y arrojado en la arena, supo que era él. Llevaba en su frente sucia todavía la marca de su isla y las señales de su mujer. Su corazón de princesa triste tembló porque reconoció los cándidos brazos del amor.
De golpe se chocó con los dioses que la mezclaron en los goces que inundaban el alma con la agridulce pócima del deseo. En una ampolla de oro la bebió sabiendo que él era el marino que Penélope aguardaba desde hacía ya veinte años, que él era el vencedor de la guerra y que Telémaco, su hijo, navegaba los mares argivos buscando reconocer su sangre para que habitara en su alma la fortaleza y el valor y el recuerdo vivo de su padre querido.
Con una mano vacilante apoyó los dedos en el hombro salitroso del hombre y supo que ahora era otra la que lo habitaba, que a ella le tocaba permanecer para siempre en Feacia y que Ítaca era el reino de la otra felicidad.
Sola en la playa de arenas indecisa pensó que no era Penélopey que no sabía tejer ni destejer en las noches de luna porque los hilos eran nudos que acogotaban todo el futuro. Pensó que no conocería nunca el amor sino sólo relatos que se trenzaban en el telar helado del dolor.
Se quedó sentada en una roca viendo partir la nave que la llevaba con ella, a su propio reino, que no era dulce para ella. Se quedó con todas las palabras, con todos los abrazos, con todas las angustias y no hubo mano viril que fuera capaz de calmarlas pasando para cavar una línea de luz en su cintura.
Era Nausicáa, la de pálidos rizos, y miraba partir la nave que cortaba las olas y que lo transportaba en medio del mar estruendoso hacia su reino donde Penélope le daría más hijos y una casa donde sonaría su canción.

viernes, 3 de abril de 2009

Nada, ella nada

Entre lo que quiero y puedo hay un abismo de almendros espinosos.
Entre lo que quiero y puedo hay un desierto de cardos alargados.
Entre lo que quiero y puedo hay lágrimas y gritos y caras enchastradas.
Y tanto quiero que no puedo.
Y tanto puedo que no quiero.
Hay allá lejos una bahía azul de recordado silencio
y nado en medio de la nada que me cerca para alcanzar sus arenas calientes, su sábado a la noche bajo una luna que se cuelga del cielo, su hueco de tibiezas a resguardo.
El aire allí huele a sal y no quedaron huellas en la playa que nadie nunca holló.
¿Quién podría decirme qué cosas están bien si no soy yo misma la que me susurro al borde del espejo que debo hacer lo que me venga en ganas a esta altura de mi caído calendario?
No escribo para nadie más que para mí misma y a veces ni siquiera me oígo.
Entre lo que quiero y puedo hay océanos de dudas y fracasos
y sin embargo sigo nadando.

Quiero ser feliz

Quiero un avión que salga ahora y me lleve a París y caminar por el Boulevard Saint-Germain y tomar un café en la rue Moufetard donde aquel hombre de camisa azul sostenía una copa de vino junto a su lámpara verde y era tan próximo en la vereda de enfrente. Quiero apoyarme en los bancos de las Tullerías y ver las fuentes redondas y a los dos o tres niños que hay en París mover sus barcas de madera y correr en un suelo de hojas secas. Quiero estar a punto de entrar otra vez al Museo de la Edad Media y gozar de ese segundo previo a la belleza que me va a atrapar y ya saberlo y estirarlo hasta la eternidad antes de que la Dama y el Unicornio se metan otra vez en mi alma para siempre. Quiero ir a Orly a ver la lectora de Renoir y estar tres horas mirando el techo de la Gare de Austerlitz y decir muchas veces Austerlitz Austerlitz porque me sabe a pasado francés del que me gusta. Quiero caminar hasta morirme de cansancio y comer baguettes de pollo al escabeche en esos puestitos mugrosos del Barrio Latino y estar contenta hasta morir. Quiero tomarme después un tren que me lleve al sur y llegar a Marsella para estar con mi hermano y llorar porque hace siete años que no lo veo y porque algún día me deberé volver y bailar con Maïa de cara al mar, a ese mar que es toda la historia que conozco pintada en las láminas de todos los libros que leí. Quiero ser yo allí alguna vez. Quiero ser feliz.

jueves, 2 de abril de 2009

Lienzos

Hay lienzos volando contra el viento. Lienzos azules, verdes, violetas que se agitan como si fueran lejanas pieles. Como yemas de fuego rozan el aire y se enredan contra los vidrios con su perfume de cielo. Está fresco afuera entre las hojas amarillas del otoño y sabe a cálido, a sol tibio, a mediodía breve. Hay lienzos contra la superficie esmerilada del cielo, lienzos inflados por el viento, remolinos de tela enredados en el cuello como si fuera el día que nace en las hojas que se caen, que se desmayan, que se alborotan. Es otro día ya y quiero desayunar en una blanca taza.

miércoles, 1 de abril de 2009

31 de marzo de 2009


Y se murió porque la gente se muere. Yo no lo voté, creo que esa vez elegí a Alende o algún otro por el estilo, pero no me acuerdo. Tampoco fui a sus actos en aquel 1983 en que yo apenas tenía 24 y un título nuevito bajo el brazo. Dos años antes la policía me había corrido en Plaza de Mayo y a los siete días de eso, un taxista me bajó de su auto porque yo había osado decir que la guerra era una locura. Y ahora, Alfonsín se murió. Con los años había empezado a caerme simpático, llegué a reconocerle su honor y austeridad, su aspecto de buena gente. Pero, igual que a los padres que uno les acepta cosas y le critica otras, no puedo olvidar que fue el primero en hablar de los dos demonios, que en la Pascua de 1987 yo estuve en la Plaza con mi bebé en una mochilita y le escuché desearme Felices Pascuas para después ver cómo me clavaba dos leyes vergonzantes: punto final y obediencia debida y que paseó por los caminos de la Quinta de Olivos antes de firmar un pacto que precipitó a este país en la nada. Quizá le tocó gobernar en el momento más difícil, en el más duro; quizá le pusieron miles de palos en la rueda; quizá quiso que con la democracia se comiera, se educara, se curara; quizá no vuelva a haber otro como él; quizá hizo lo que nadie hasta él había hecho y metió en prisión a las Juntas...pero quedó tanta esperanza rota quizá también para siempre.
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