sábado, 31 de enero de 2009

Scherezada se toma vacaciones en Uruguay


Scherezada dijo:
¿Y si me tomo un Buquebus y me voy unos días a Uruguay? ¿Y si me tiro en la arena a tomar sol y bañarme en el mar? ¿Y si me busco unos niños a quienes llenar de golosinas y juguetes? ¿Y si viajo con mi hijo y nos divertimos juntos allá?
Miró al Sultán con tristeza porque lo iba a extrañar y le prometió -como lo había dicho ya él- que estas eran las primeras y últimas vacaciones que no compartían. Cerró la valija y se marchó para regresar.
Y colorín colorado no busques perdices
porque estaremos de vuelta antes de lo que tú dices.

Así que por unos días -excepto que en la nada uruguaya Scherezada consiga Wi-Fi- no habrá nada que leer. Junten fuerzas para la vuelta, porque esto no significa que Scherezada deje de escribir: ya lo saben, una palabra por una gota de sangre y yo me muero por contarlo así que acumulen deseo que ya volveré a satisfacer su ansia de relatos. Y no me extrañen que ya estoy al caer.
Besos para todos y para vos, especialmente, corazón, que no voy a dejar de pensar en vos ni un solo segundo de mi estadía oriental.

viernes, 30 de enero de 2009

El viaje postergado/ el viaje realizado

Para este febrero yo debería haber estado en una ruta europea descubriendo con mis botas de nieve el mundo francés o español del medioevo. Había llenado un cuaderno de margaritas blancas con miles de lugares ignotos en los que iba a descubrir un universo nuevo. Maïa iba a abrazarme con sus manos de hada y mi hermano ya me esperaba con una servilleta colgada de la camisa. Después nos alcanzó la vida: pasamos por las brasas ardiendo y el dolor estrelló su fuego frío en todos los posibles sueños. Pablo atravesó las sombras y salió airoso de su prueba. El amor fue una guía para evitar la muerte y leímos los mapas para llegar al jardín del verano con los ojos abiertos. En aquel oscuro octubre decidí devolver mi pasaje y quedarme donde lo requería mi corazón de madre. Deshice la valija de mis sueños, escondí el pasaporte en un cofre de piedra y dije que sería otro año. Pensé que este verano me vería anclada para siempre en Buenos Aires y, sin embargo, cargando la esperanza en la espalda fui y vine como una hormiga por toda la ciudad llevando a mi hijo adonde fuera necesario y los médicos nos permitieron lo que era impensable: este domingo nos subimos a un barco y nos esperan, allá, en la otra orilla, otro hermano y dos chicos que alimentaron mi corazón los días de agonía. Nos esperan las playas, tardes de nesquick y tostadas, mates y libros. Como antes, pero distinto. De este lado del río, queda un fragmento de mi corazón al cuidado del fuego que deberá estar prendido y ardiendo cuando todos volvamos.

miércoles, 28 de enero de 2009

Pánico en la cabeza

En el aire se agitan murmullos quedos.
Todos hablan suave para no despertar a las sombras.
A lo lejos las serpientes se revuelven en los nidos y empollan sus huevos.
La quietud es un signo perverso donde la mente me estalla y no dice más de lo que yo mismo espero que diga.
Vuelvo a decir -para que entiendan todos- que esto es ficción y sólo ficción.
-Pura literatura hervida en una olla de pasados que se hacen densos como jalea espesa.-
No hay nada que no sepa, sólo transcursos que corren como agua y deben vadearse para llegar al puerto.
La soledad es mala consejera para mi corazón que evita mi cabeza.
Allí nadan en brea mis errores primeros: cuando me quedo sola, cuando todos me han abandonado definitiva o transitoriamente, me abroquelo en la coraza espinosa del erizo y nadie puede horadar esa piedra.
A tu lado desaparece el fantasma que se mueve detrás de la puerta de hierro para alcanzarme con sus garras de fuego que huelen a temores antiguos; pero me quedo sola y él vuelve a asaltarme y me dice que nada ha cambiado, que todo sigue igual, que me dio un recreo, que está tomando fuerzas y volverá a tragarme para asfixiarme entre sus fauces negras.
Respiro profundo, respiro profundo, respiro profundo y el oxígeno trepa a mi corazón como un bálsamo azul.
Nunca tuve familia: nunca tuve una mesa grande en el patio: nunca tuve viento bailando con el blanco mantel: nunca tuve cenas de verano. Mis padres enloquecieron pronto, mis hermanos huyeron, mi hijo se fue y regresó muy tarde. Nunca tuve familia ni hogar ni resguardo. Crecí como una hierba, erguida y sola, en medio de las lluvias voraces y resistí los gritos, los golpes y confundí caricias con asaltos y no supe parir sino un mundo de estrellas y relámpagos. No sé sino estar de pie con la armadura puesta a la espera del monstruo que vendrá a asesinarme cuando baje la guardia. Nunca supe ser la mujer de alguien para que me cuidara cuando me hace falta una taza de sopa y una aspirina en la hora de las fiebres oscuras del pantano. Nunca hallé quien me tapara cuando la noche es fría y me abrazara diciéndome que todo pasa, que nada dura para siempre ni siquiera el dolor que finge ser eterno. Nunca tuve un reparo que me protegiera de la lluvia de fuego que lastimó mi piel con pústulas de hielo. Siempre de pie como una ninfa poderosa que dice no necesitar nada, nunca nada.
La cabeza es mala consejera porque está llena de recuerdos amargos y no distingue con precisión entre lo que se siente y lo que se piensa. El corazón se inquieta y hierve en burbujas de colores y ámbar cristalino: lo que es veneno bien podría ser bálsamo unas horas más tarde.
Me hablo a mí misma frente al espejo para convencerme de que los miedos ceden y se disuelven como agua que pasa si no se ofrece un dique.
Quiero que fluya un torrente adentro de mi alma.
Quiero.

lunes, 26 de enero de 2009

Como cerdos

A la orilla de la ruta 5, pasando Carlos Casares hacia Buenos Aires, de regreso en un domingo algo más feliz con respecto a la temperatura, estaban ellos. Hermanos, primos o conocidos/ desconocidos circunstanciales de aquellos doce mil a los que les faltaba maíz y corrían serios riesgos de comenzar a practicar la porcinofagia, estos gritaban como cerdos con unos alaridos agudos y penetrantes; olían como cerdos nauseabundos y se amontonaban en los dos pisos del camión jaula al rayo del sol: los del piso de abajo dormían como verdaderos cerdos, estirados, encimados y, de seguro, roncando en medio de la suciedad, los del piso de arriba bramaban como cerdos encerrados en un camión jaula, se mordían unos a otros, se hacinaban en peligrosa promiscuidad y se pegaban con las nalgas y las cabezas poderosas. El conductor del camión bebía una gasesosa adentro del local mientras un cajero con más cerebro de equino que otra cosa no podía restar cincuenta menos treinta y darnos el vuelto. Los cerdos chillaban incómodos mientras el sol y la suciedad los hervían en un caldo oloroso e inmundo. Les saqué unas fotos en las ellos no parecieron reparar y pensé que, después de esto, jamás pediré un sandwich de jamón. Sólo de queso.

Eya en el 424


Le dijo llenálo o algo así y entramos a la estación a comprar agua. ¡Maldita costumbre mía de tomar tanto líquido! Cuando salimos, el tipo ya lo había llenado y murmuró algo así como noventa y siete pesos. Estábamos en Pehuajó y todavía yo no conocía el monumento a Manuelita. La próxima parada era en Trenque Lauquen. El termómetro marcaba 39,5°. El sol era un planazo en medio de la nuca y parecía que todo se quemaba lento pero inexorable. 11 y 20 de la mañana. Kilómetro 424. El auto, que venía retobándose desde la estación, lanzó una bocanada de humo negro y se detuvo. Repito: 11 y media de la mañana, 39,5° y la nada a ambos costados de una ruta incendiada por el sol que no tuvo ni un instante de piedad. Para nuestra felicidad, ambos teléfonos tenían señal y estaban cargados. La aseguradora planteó una demora "razonable" (sí, chiquita, razonable para vos que estabas en Buenos Aires con un aire a 19°) porque no tenían servicio en Pehuajó ni en Trenque Lauquen. Alguien, caritativo, nos pasó el teléfono del concesionario General Motors más cercano. El ACA todavía nos tiene en espera. Repito: prontos 40°, 11 y 40, kilómetro 424 y la nada llena de maices quemados por la sequía y el sol abrasador del mediodía sobre nuestras cabezas. En GM atiendió un tal Martín. "Mirá, cargué nafta en Pehuajó, el auto empezó a tirar mal, bocanada de humo negro...Sí, grasoso... ¿Ya cerrás? ¿A las 12? Bancame un rato, está por venir el auxilio...¿Y a la tarde?...Ah, cerrado... Bueno, esperame... Te vuelvo a llamar." Llamó el seguro. Tenían el auxilio. En veinte minutos iba a llegar. Empezaba a levantarse el viento de un agosto sahariano, como si alguien hubiera puesto un ventilador en la boca de un horno a doscientos grados. Cada vez que hablábamos por celular había que cerrar las ventanillas y era lo mismo que con el viento, pero adentro del horno y con la tapa cerrada. El sudor me caía como agua por la columna vertebral. "Llamemos a Martín para avisarle que ya viene el auxilio y que nos espere." Marcamos. "Mirá, somos los del Astra EYA 4.. queríamos avisarle a Martín que en 20 viene el ... Ah, ya salió para acá." Martín empezó a transformarse en una deidad auxiliadora para adorar. Al rato, lo vimos descender de una camioneta, revisar el auto y dictaminar: "NO TE PUSIERON NAFTA. TE CARGARON GASOIL." Sí, sí, sí... el imbécil de Manuelita que se fue a París y volvió tan arrugada como partió había puesto gasoil en un auto naftero. Conclusión: a las tres de la tarde, Martín (que es el único Dios y nosotros sus profetas) había remolcado el EYA 4.. los veinte kilómetros que nos separaban de Trenque Lauquen, vaciado y limpiado el tanque, cambiado el filtro, revisado los cilindros, cambiado las bujías, cargado la batería que se había descargado y revisado el aceite. Parece ser que el gasoil sobrante había escurrido hacia allí y hubo además que cambiar el aceite y el filtro correspondiente. Martín, (te alabamos, Martín), cuyo horario de laburo terminaba a las 12, que no había almorzado y que penaba, igual que nosotros pero yendo de acá para allá, bajo los 42° que ya deberían hacer, que había ido a dar dos o tres vueltas para volver cada vez a arreglar algo que no le sonaba bien, nos entregó las llaves y dijo ya está. Llegamos a Tres Lomas a las cuatro de la tarde, el sol nos había fundido el cerebro y no podíamos pensar. Tomamos mucho líquido fresco y nos fuimos al hotel. En el Astra naftero, obviamente. Por suerte existió Martín y pudimos descansar en el séptimo día. Y además, a la noche, empezó a llover.

jueves, 22 de enero de 2009

Cultura letrada versus cultura oral


Y sí...estoy reiterativa y monotemática. La genialidad de Cervantes, entre otras muchas, consistió en poner, como contrafigura de un hombre cuyos sesos estaban secos por la lectura de libros, a otro que no sabía leer. La cultura letrada y la cultura oral codo a codo por la manchega llanura. El hidalgo leía hasta los papeles que iban volando por el aire y, sin embargo, jamás se lo ve leer en el texto cervantino; excepto en una única y memorable ocasión: el hidalgo se dedica a hojear el libro de su enemigo, el licenciado Avellaneda. Sancho era analfabeto y la suya es una cultura de refranero popular. Puestos en tensión, ¿quién triunfa: Sancho que quiere ser personaje de novela pastoril o don Quijote que desapararece cuando don Alonso Quijano se entrega a las garras de la melancolía que acaba con él? ¿Qué nos dice Cervantes: que los libros producen una enfermedad que crece al ser curada y acaba con el lector? Nadie, hoy, es capaz de sustraerse a los signos invasivos de ese virus que, como dijo William Burroughs, es el lenguaje.


miércoles, 21 de enero de 2009

Leer


Quiero leer hasta que mis pupilas se quemen o mi sangre se infecte.
Quiero palabras y palabras y palabras aún y todavía.
Quiero perder la vista en el papel cuando las letras conforman un torrente que es el texto que me inunda hasta ahogarme.
Quiero quedar insomne, sin dormir entre los libros -mi biblioteca es un monstruo deforme que extiende sus tentáculos por mis paredes como si fuera a devorarme en cualquier descuido imprevisto-.
Quiero leer letras impresas en la piel, en los pliegues de tu cuerpo, en el revés de mis manos, en el borde de los manteles y las sábanas, en las copas donde la sidra fresca tiene letras que estallan en burbujas doradas.
Quiero hallar letras en el ruedo del sol que digan, que informen, que me incendien y me enfríen.
Quiero leer hasta que el mundo se disuelva y vuelva a encarnarse en tinta roja y negra.
Quiero extender el virus de lenguaje por el mundo para el que no hay vacuna ni la habrá. (Todos pronosticaron la muerte del libro en manos de la computadora: se murieron los discos, se murieron los diarios, se murieron los cines...¿Pero el libro? ¿Quién podrá meterse con una notebook en la bañera?)
Quiero más y más libros porque ya hay tantos y tengo poco tiempo.
Quiero ser el Quijote que se ha leído todo y se convierte en libro.

martes, 20 de enero de 2009

Yo me arreglo con poco

Yo me arreglo con poco:
un par de canciones que podría repetir una y otra vez;
un Quijote, las obras completas de Góngora, el tiempo de Proust, algunos poemas de Éluard, otros de Lorca, don Jorge Luis, los tomos de cuero de Shakespeare y algún otro que ahora no puedo recordar;
una playa bajo el sol;
una taza de cereales con yogurt, algo de fruta fresca, una buena ensalada con todo lo que hay, a veces un poco de pescado, una jarra de agua, un pedazo de queso y un trozo de pan;
la voz de mis amigos que me hablan;
mis hermanos como lejanas sombras que me resguardan del mal;
mi hijo que es lo mejor que he hecho en esta vida;
mis sobrinos que son lo mejor que han hecho otros;
unos papeles donde poder escribir;
un jardín para cultivar como quería Voltaire;
unos lápices de colores;
un pizarrón verde para poder enseñar;
mates, tostadas y vos cada mañana cada día
y nada más.

De Quijotes y melancolías

Cervantes era un hombre desgraciado. La vida le transcurría de frustración en frustación. Ni a hacer la América lo dejaron partir y en el archivo de Sevilla consta el documento que rechaza su petición. Y cuando logra un éxito seguro, el primero y único de una vida llena de penurias amorosas y cotidianas, y su Quijote de 1605 conoce las mieles del reconocimiento, aparece un turro, un flor de hijo de puta, que se lo roba y publica lo que hemos dado en llamar el Quijote apócrifo. Ese don tal Alonso Fernández de Avellaneda osa publicar en Tarragona allá por 1614 un malhadado Segundo tomo del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha y esconderse tras tan buen seudónimo que nadie aún ha podido saber cuál era su verdadero rostro (Para mí tengo que debe haber sido el Fénix de los Ingenios, envidioso de tremenda obra maestra.) Preso de un furor verdaderamente divino, Cervantes se lanza a la escritura del único segundo tomo cierto de su obra maestra y, como toda obra nacida de la ceguera catártica, es el alarido de un hombre que clama por su cuota de felicidad en la tierra después de tanto espanto dolorido. Culminada en 1615, dice su Sancho al final, ante un Alonso Quijano moribundo:

"Y, volviéndose a Sancho, le dijo:

–Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.

–¡Ay! –respondió Sancho, llorando–: no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más, que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy ser vencedor mañana."

Y meses más tarde, un 23 de abril de 1616, el propio don Miguel se deja morir en brazos de la melancolía, que fue su mayor y más grande locura.

lunes, 19 de enero de 2009

Siempre

Dice Pablo Neruda en sus Versos del capitán
Quiero que sepas
una cosa.
Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.
Ahora bien,
si poco a poco dejas de quererme
dejaré de quererte poco a poco.
Si de pronto
me olvidas
no me busques,
que ya te habré olvidado.
Si consideras largo y loco
el viento de banderas
que pasa por mi vida
y te decides
a dejarme a la orilla
del corazón en que tengo raíces,
piensa
que en ese día,
a esa hora
levantaré los brazos
y saldrán mis raíces
a buscar otra tierra.
Pero
si cada día,
cada hora
sientes que a mí estás destinada
con dulzura implacable.
Si cada día sube
una flor a tus labios a buscarme,
ay amor mío, ay mía,
en mí todo ese fuego se repite,
en mí nada se apaga ni se olvida,
mi amor se nutre de tu amor, amada,
y mientras vivas estará en tus brazos
sin salir de los míos.
Neruda, Pablo, "Si tú me olvidas", Versos del capitán, Obras completas I, Buenos Aires, Losada, 1973

domingo, 18 de enero de 2009

Lectura

Enero entra en su recta final. Leo, como todos los veranos, para sacarme la ansiedad voraz que me consume cuando el año deja poco tiempo para la lectura. Leo buscando respuestas a mis preguntas de siempre, buscando respuestas que sresuelvan mi destino y me brinden una trascendencia de la que la vida carece, muy a mi pesar. Últimamente se me ha dado por releer: ese deambular por caminos ya transitados por mis propios pasos y en los que, ahora, me pierdo por huellas diferentes. Como siempre ignoro narradores y efectos de ritmo o duración, ignoro actantes y complicaciones para dejarme ir en lo que deseo saber, en lo que otros, sin conocerme, han dicho sobre mí. Porque eso es leer: buscar las pistas de lo que los otros han dicho sobre mí. Las palabras vertidas en el devenir de las páginas son senderos perdidos en medio de las montañas de mi inexperiencia. Las palabras son las cuñas que me permiten escalar adonde el aire está siempre más fresco aunque duela al respirar como si los pulmones se despegaran milímetros a milímetro de las mucosas viscosas que durante tanto tiempo los tuvieron adheridos. Y allí en la cima oxigenada entra lo que otros dijeron en mi cerebro y lo dejo pasar por mi laringe, mi faringe, mi tráquea, mis bronquios, mis bronquiolos y en cada alveólo mi sangre se llena de palabras. Eso es leer, un acto soberano que me permite sobrevivir.

miércoles, 14 de enero de 2009

Pronombres posesivos

Me siento a trabajar porque otro libro debe ser escrito para que unos niños, cualquier niño, sepa de qué viene este asunto de la gramática y la literatura. Debo pensar en verbos -esa increíble maravilla del sistema lingüístico- y en la intrincada red de los pronombres... hablando de pronombres me desvío. ¡Los posesivos! Y pienso, curiosa clase de palabras que tienen doble marca de número; cosa extraña que, a la vez, puede ser plural y singular como, por ejemplo, nuestro que indica plurales poseedores de un singular objeto. Tu casa, digo y él me correge. Y en la carencia de posesivo cuando él dice casa, el poseedor se hace plural por su ausencia. Al no estar resignifica todo, ya no es posesión, tan sólo intimidad. Quien dice casa ha planteado en el vacío del pronombre posesivo la proximidad absoluta. Quien dice vamos a casa no dice ni a tu casa ni a mi casa ni siquiera está diciendo nuestra casa. Casa es un lugar de amparo, un refugio donde nadie necesita decir quién es el dueño. Casa es el sitio donde se está y se está cómodo. Casa no admite, por absurdo, ningún complemento preposicional que marque genitivo. Vamos a casa es volver al origen, simplemente. De repente el gato se acuesta en la mesa donde... ¿qué estaba yo haciendo? Miro la máquina. Ah, sí, yo escribía un libro para niños sobre la perfección de los verbos y la complejidad de los pronombres, sobre la carencia de signo que dice más que su presencia. Un libro para niños.

martes, 13 de enero de 2009

A Mónica y Manuel




Hay momentos en la vida para todo:
para encontrarse, desencontrarse y volverse a encontrar,
para estar solo y estar acompañado,
para extrañar y para abrazar,
para dar besos y para enviar mails desde la distancia,
para pelear y para perdonar
para entregarse y para abandonar,
pero hay momentos que se marcan en el calendario con globos rojos y estrellitas de colores:
cuando un test de embarazo da positivo para dos,
cuando un bebé nuevo es una luz que corona el amor de un hombre y de una mujer,
cuando esos dos se miran a los ojos y deciden que eso de ser padres estaría bueno,
ese día hay que agarrar el marcador azul y redondearlo en un almanaque,
en cualquier almanaque y después brindar aunque sea con ron.
Ahora que ustedes dos van a ser nuevamente papás, pero por primera vez papás, a mí me gustaría estar allí, en Domincana, y no tener que decirles nada porque los tres (los cuatro, bebé) estaríamos abrazándonos hasta morir.
Ya llegará el momento en que eso sea realidad.

Moni: Sos el afecto más constante de mi vida, después de Pablo y el que más bien me ha hecho. Ojalá este bebé sea lo que ustedes dos son, pero mucho mejor.

jueves, 8 de enero de 2009

Siempre sol

Debo cerrar el patio: en mi casa llueve sol.
Siempre sol filtrándose en los cuartos, en la cocina, entre los barandales, en los espejos, en las tazas, en los baldes rojos y en los amarillos, entre las sábanas que se secan ondeándose en las sogas, en los sillones, en las páginas nuevas de los libros viejos, en los jazmines y rosales que se llenan de flores, en los geranios y los malvones rojos, en las camas y los roperos, entre las ollas que burbujean en las hornallas.
Siempre sol en nuestra obra en construcción que va haciéndose con gotas de luz anaranjada, verde, añil, bermellón, índigo, amarilla y marrón.
Siempre sol en chaparrones, en tímidas lloviznas, en borrascas de órdago que arrasan con cada una de nuestras cosas, en simple lluvia helada y en lluvia veraniega con olor a tierra sedienta.
Siempre sol para los habitantes de esta casa que veníamos de nubazón en nubazón, de inestabilidad en inestabilidad y de una presión atmosférica que para qué hablar.
Siempre sol.
Lluvia de sol en mi patio.
¿Voy a cerrar?
Que entre la luz de jueves y moje todas las cosas hasta hacerlas crecer, reverdecer y florecer.
Y por la noche llueva, pero esta vez que sea con agua de verdad, así, allá lejos, en la orilla del río donde dejé mi rastro, él también se pone tan feliz como nosotros acá.

Pablo Pinasco

que es tipo
creativo, maravilloso, inteligente,
sensible, fantástico, simpático...
¡Y ES MI HERMANO!
les desea a todos feliz 2009



lunes, 5 de enero de 2009

Hostel "Perdita Durango", atendido por su dueña

Yo, de este hostel, no me voy más.
Que bien la paso en el Perdita donde la cama no tengo ni que tender.
La mesa está siempre servida y a toda hora te ofrecen un café.
La ropa limpia, el cuarto aireado y Coca Cola tenés para beber.
Lástima un poco doña Perdita:
está deschavetada,
está descontrolada,
no tiene coherencia -¿o era cohesión?-
Algunos rasgos obsesivos,
quizá unas fobias imprevistas,
de vez en cuando algún ligero malhumor.
Pero a Perdita se le perdona todo:
sirve tostadas,
enfría naranjada
y hace unas pizzas amasadas
que en ningún lado las podés comer.
Yo, de este hostel, no me voy más.
Y en veinte años, cuando ella diga:
"Hijo mío, hoy es el día, hoy cierro yo el hostel,
me voy de viaje,
quiero estar sola,
estoy cansada de hacerte de comer.",
ese día le haré una caricia y le diré:
"Perdita, andá ya mismo a hacerme un café,
quiero un tostado con un licuado
y las sábanas limpias in my bed."
Yo, de este hostel, no me voy más,
No me voy más.

(Piensa Perdita que la casa se reserva el derecho de admisión -tarde piaste, golondrina- y el de permanencia. Ya sabés. Algún día te siento en una silla para decirte: "Querido hijo mío, mamá te quiere decir algo. No lo tomes a mal, pero me voy a vivir sola." Aunque por ahora no te preocupes que para eso falta y el hostel seguirá funcionando para vos.)

Aclaración para lectores desprevenidos: No os asustéis. Acá no pasa nada, sólo sucede que Perdita y su niño han recuperado la feliz etapa en que sabían jugar y se divierten en los largos viajes en que atraviesan la agobiante ciudad en busca de asistencia terapéutica de diferente origen. Sabed disculpar los que al leer esto pudisteis preocuparos pensando que se había desatado la anarquía en el reino. Nada más lejano a ello. Perdita y su huésped gozan de excelente salud para lo que se podría esperar de ellos dos.

Lululi se va

Lululi se va. Tomamos quizá el primer y último mate del 2009. Me cuenta historias laborales de ciervos/siervos navideños y lloro de risa. Me habla de sus miedos, de su novio, de su familia. me pide un libro y yo le regalo un pasaje hacia quien, por su cercanía, podría reemplazarme. En sus manos viaja un libro para Mónica que estará a pasos de su nuevo lugar de residencia. La abrazo para retener su recuerdo, su calor, su cariño. Los hijos, aunque no los hayamos llevado en el vientre, deben seguir su ruta y partir para aprender a ser felices. No quiero llorar porque sé que ella estará bien esté donde esté. Tiene la fuerza y la alegría suficientes para vencer cualquier obstáculo. Lululi se va y me quedo con el sabor de su amor en el cuerpo como un pajarito aleteando contento en su ablución matinal.

domingo, 4 de enero de 2009

Yo, sola

Yo, que me he parido sola;
yo, que me he criado sola;
yo, que me he preparado mis sopas desde que tengo uso de razón;
yo, que he festejado sola mi cumpleaños de dos años;
yo, que me he educado sola;
yo, que me he lanzado sola a la vida y al mundo;
estoy cansada y sólo deseo descansar;
estoy harta de todos los recuerdos;
estoy rebasada de todas las miserias y egoísmos;
estoy cansada de ser siempre la única que sostiene las cosas sin que nadie agradezca;
estoy fuera y más allá de todos
esperando que llegue la tormenta que barra todo
para plantar mi propio árbol en la luna;
para que crezca y sea sólo mío
y sólo a mí me proteja su sombra
y sólo a mí me sacudan sus hojas.
Como siempre

Mamá

Mamá no me quiere. Nunca me quiso y yo quería que me pusiera alas de hada para volar al amparo de su mirada mientras ella untaba tostadas con manteca para cuando yo descendiera en su falda. Nunca me quiso y yo quería que me llenara los bolsillos de caramelos de naranja para los recreos lejos de ella y poder recordarla como las buenas cosas que anidan en el alma y suben por la sangre para reír. Nunca me quiso y yo quería no tener que perderla cada vez que busco rostros amigables para ampararme y no tener que olvidarla cada vez que me olvida para salvarme de su caos que me tiñe el corazón de oscuras fauces. Nunca me quiso y yo quería tan sólo ser querida por ella que podía hacer de mí una persona entera. Yo quería ser la elegida de mi madre, pero ella nunca quiso elegirme.

Hormigas

Me dejo estar en la mañana.
Hay unas hormigas negras yendo y viniendo por las enredaderas desde temprano.
En mi mesa, los papeles se acumulan como si fueran montañas que crecen por la noche.
Hay trabajo que hacer desde temprano y yo me dejo estar, me demoro en un verano que sopla como el céfiro feliz.
Todos duermen, hasta el gato que ya regresó de su ronda nocturna.
Simple, la hora se va abriendo y se muerde los bordes y los minutos caen junto al agua en la alcantarilla.
El ceibo se moja con flores rojas.
En otra casa, él duerme también. Sólo sé que nos aguarda la construcción de un mundo hecho de verdes infinitos.
Las hormigas continúan en su senda de labores precisas y cada tanto se detienen a decirse las novedades de la mañana. Ellas saben que mi piel posee marcas de pertenencia y las orillan cuidadosas de no tocarlas. Nada es tan sencillo como soplar y hacer botellas. Nada es tan complicado como levantar vidrierías góticas en medio del desierto.
Los días son pura nada sin otra trascendencia que la que le otorgan los relatos posteriores.
Escribo para eso: para que exista una significación.
El resto son hormigas trabajando.

viernes, 2 de enero de 2009

El amenazado

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Jorge Luis Borges

Los nudos de Gisele

Hacerle otro nudo y volver a tirar.
Y tirar como si hubiera cuerda para seguir atando.
Y el pecho en llamas secas.
Y los pulmones como pedazos de papel pegado.
Otro nudo cerrado y el tirón en medio de tu cuerpo chiquitito.
Y la cocina caliente del primero: yo, apoyada en la mesada y vos, Gisele, sentada en la escalerita con tu piyama rosa.
Las madres somos seres complicados y debemos crecer a fuerza de renuncias. Llevamos un bebé adentro de la carne y, lentas, debemos renunciar a esa sangre. Se trata de crecer, de desprenderse, de desatar los lazos de células que nos atan a ustedes, ver que son otros, que tienen otros rumbos. Y soltarlos para que nos olviden que es lo mejor que pudiera pasarles.
Te toca la peor de las desgracias. Lo digo porque sé bien de qué se trata eso: la de saber que no se tiene madre aunque haya una, que no hubo ni habrá regazos, que nadie pasa la mano por tus cabellos infantiles para decirte que respires profundo, que no te hicieron torta cuando cumplís los años, que te mandaron lejos, que te involucran siempre si piensan en desgracias.
Gi, los jardines de al lado siempre son más floridos, tienen mejores flores y el jardinero viene tres veces por semana; pero nos toca el nuestro y está lleno de abrojos, las flores ni las vemos y nadie nos ayuda a volcarles el agua. Pero es el nuestro y allí la tierra sabe a tierra, el aire se levanta en súbitas tormentas y amaina, siempre amaina. No hay nada que dure para siempre. Ni siquiera las madres y el dolor que nos causan.
Vos tenés manos de música que deshacen los nudos, que despegan pulmones, que dejan correr brisas perfectas de verano. Yo te ofrezco la escalerita y la mesada para que llores todas las veces que sea necesario para ablandar la cuerda, para moler la piedra, para arroparte cuando necesites la taza de café que reconforta.
Quien atraviesa el miedo y la soledad con los ojos abiertos sabe ver cuántas plantas quedaban por cuidar en su terreno.

te quiero, Gisele.

jueves, 1 de enero de 2009

Filosofía de Año Nuevo

Ahí está mi vaso violeta. Sobre la biblioteca. Un vaso que sirve para contener y beber líquidos. Y está vacío. Pero si ustedes miran con atención, mi vaso está lleno. De luz. Mi vaso violeta está lleno de luz en la biblioteca. Así que aclaremos bien los tantos antes de que pase el día de Año Nuevo y hagámoslo a esta hora en que todos duermen y el mundo parece recién estrenado:
Nadie se "merece" que le pasen cosas buenas. Es tan sólo una mera cuestión de praxis. Cada uno debería hacer para que le pasen cosas buenas: para que llegue el amor, para que se instale, para que crezcan alegres y sanos los hijos, los sobrinos; para que los amigos se multipliquen, para que la mesa se amplie; para que la vida propia -la personal, la íntima- sea un árbol lleno de frutas jugosas que refresquen, que alimenten y que jamás se pudran en las ramas. Una debe hacer porque las personas somos un hacer que nos constituye y fundamenta.
Pero como toda praxis conlleva en sí misma una teoría, la ideología debe estar para sostener una buena práctica de la vida: coherencia, compromiso, solidaridad, sís y nos por partes necesarias, perseverancia, esfuerzo, alegría y un par de utopías que marquen un sendero.
El vaso violeta rebasa luz en la mañana de Año Nuevo.
Y yo escribo, que es mi mejor praxis. Las otras, de las que aún carezco, intentaré aprender las en este Año como aprendí a desarmarme en el Año Viejo con las ventajas que están a la vista. Me puse metas que sostengo con mi ideología, pero son pura praxis. Y mi vaso está y estará siempre lleno.
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