domingo, 30 de noviembre de 2008

Masitas de queso en el domingo

Ungüento mágico


Así es como se cura una herida:
empieza a cerrarse sobre sí misma, a proteger lo que duele tanto y, una vez cerrada, ya no ves qué hay debajo, eso que provocaba el dolor.
Amy Tan, "La cicatriz", El club de la Buena Estrella, Tusquets

A esta hora de la mañana, a esta hora de la noche, pienso en la reparación. Creo que las heridas cicatrizan cuando se las cura con emplastos de baba de luciérnaga porque ese ungüento, aplicado sobre los labios abiertos de la carne, tiene luz fosforescente que cose los tejidos como si fueran hilos traslúcidos y frescos. Luego se agregan unas hojas de menta y se bebe una tisana de piedras de montaña embebidas en fríos arroyos de deshielo. Es indispensable que sean manos de amor las que curen porque sólo de ellas puede llegar la reparación. Poco a poco la carne amoratada cede, y se forma una cáscara de avellana que un día cae y ya nadie cree recordar que allí había una boca entumecida que sangraba de dolor. Sin embargo, la piel , que ya no duele, que ya no sangra, que ya no está partida en dos, lleva en sí los hilos irisdiscentes de la luciérnaga y brilla pálida con su cicatriz en la oscuridad.

Para Gisele y Pablo, que tanto han hecho por reparar mis heridas. Gracias por sus ungüentos mágicos. Retribuiré con suculentos platos de comida y la primera rosa de mi rosal que es también prodigiosa.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Tan sólo un sábado














Un sábado fresco como un chorro: tenso en la superficie, pero líquido y desplazándose en su interior de agua. Transparente como un cubo de hielo, como un espejo en el que se refleja la luz de sol desguazada en colores: amarillo, naranja...Un sábado con olor a lluvia verde, a verano que empieza, a primavera que parte. Un sábado sin papeles, sin trabajo, de reposeras abiertas en el patio y mate espumoso con bombilla. Un sábado de soledad traslúcida para pensar qué voy a hacer con mis días, para dormir, para comer ciruelas, para salir de compras. Un sábado que sea el primero y el último de toda temporada. Lejos de todo, lejos de todos, menos de mi corazón y su azorada descendencia, un sábado de ropa blanca limpia, de camas que se tienden, de toallas que se esponjan, de tazas de café que tienen que ser bellas. Un sábado a solas, sin nadie que incomode la calma. Un sábado de gloria. Eso deseo para que diciembre comience con su carga de fiestas y traiga la paz que necesita mi cuerpo adelgazado, mis huesos doloridos, mi cerebro quemado, mi corazón en llamas. Un sábado. Tan sólo un sábado.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Manual de ornitología


Hay un cuervo negro que grazna en la noche.
La luna es un círculo pálido de talco que se deslíe en el cielo.
Yo sólo deseo bailar;
pero, a cada paso que doy, el cuervo grita y me dice cuán errada estoy.
A veces lo acompaña una vieja urraca de plumaje opaco y gastado.
Ella suele gritarme más fuerte y peor.
Alguno que otro proyecto de buitre se alza de su nido, pero no alcanza siquiera a despegar.
Yo sólo deseo bailar,
pero el coro fatídico aúlla que me voy a caer porque nunca supe cómo poner un pie tras otro pie.
Cerca mío, tres garzas de plumas brillantes como sedas me toman entre sus alas y me llevan a volar.
Al rato, una bandada de golondrinas amigas traza un arco índigo para protegerme con sus frescas alas veraniegas.
Desde arriba diviso los techos, las calles y los árboles violáceos del jacarandá; las mesas tendidas en la hierba, los arroyos que caen desde las colinas y las playas de arena donde residen los niños que me bordearán en su ronda de risas.
A mi lado, una pareja de coloridos colibríes jóvenes me saluda al pasar hacia el cielo azul.
Me emociona verlos brillar verdes entre sus carcajadas de primavera.
Yo sólo deseo bailar entre las garzas y golondrinas amigas y los colibríes verdes en ese rincón traslúcido que mis pies tienen prometido.
Mis brazos delgados podrían ser alas si me propusiera agitarlos para dejar atrás las viejas urracas, los cuervos negros y los buitres estúpidos que ni saben graznar.
Sólo la danza me salvará.
Debo empezar a bailar y el mundo desintegrará a los pájaros malignos para acercarme la alegría de las copas, de los cantos, de los platos vacíos después de comer, de la música que brota de las guitarras templadas en la purpúrea luz de la tarde.
En algún lugar que todavía desconozco reside un cóndor, dueño de las montañas más altas.
Yo sólo debo empezar a bailar.

Esta es una alegoría en idioma de pájaros.
Que cada cual vea los símbolos que mejor pueda entender.
Yo sólo escribí de aves. Nada más.


Hace calor

Arde la ciudad.
Todos gritan en mi cerebro.
Y los ojos se les ponen oscuros y opacos.
Detrás de las palabras crecen lanzas dispuestas a clavarse en mi pecho cuando yo diga algo que sea distinto a lo que piensan los demás.
Las llamas del infierno me condenan incluso antes de hablar y hay mil hogueras donde mi cuerpo irredento debería ser colocado para arder.
Soy la culpable de todos y cada uno de los males de este mundo.
A la sombra los pájaros se desmayan de calor y nosotros dos, mi hijo y yo digo, deambulamos en busca de la frescura de la serenidad. En una plaza nos sentamos a beber una botella grande y fría de agua mineral.
Todos podemos ser felices después, cuando cae la lluvia y enfría las conciencias fritas en la irracionalidad.
No hay exactos paraísos. Sólo la lluvia que cae y vuelve verde el mundo.
No es un mal plan trabajar y estudiar música. Nada mal.
Vuelvo sobre mis pasos para tomar el último subte del día. Otro más.
Quiero creer que los ríos vuelven a su cauce y sólo queda reconstruir lo que llevó arrasado la corriente.
Quiero creer en la capacidad de cambiar.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Historia de sábado a la noche

Ella estaba triste, angustiada, ¿vencida por las circunstancias? El viernes anterior había sido su horario de terapia y un embotellamiento la había atrasado veinte minutos en Puente Pacífico con lo que la sesión se había visto reducida a sólo media hora. Al salir, había recordado que el domingo era el cumpleaños de él y, sacando voluntad de donde desde hacía tiempo le menguaba, había ido a Cabildo y había comprado una hermosa caja de regalo con elementos de baño anaranjados. Él le había enviado un mensaje el mismo viernes, pero ella había desistido del encuentro porque no se sentía capaz de sostenerlo: su cerebro y su cuerpo eran tierras arrasadas y prefería meterse en la cama y dormir hasta el día siguiente. El sábado se hablaron por teléfono. Ella le volvió a decir cómo estaba; pero sabía que era su cumpleños y quería darle el regalo y festejar algo con él. Le aclaró: "Sencillo, pidamos empanadas. Yo no estoy para cascabel de ninguna celebración." El tocó el timbre a las nueve, como habían acordado. Ella acababa de tener un pequeño contratiempo; pequeño, pero destructivo. Se subieron al auto. Necesitaba silencio, sólo un poco para hallar la punta con qué comenzar a desatar el nudo que se había anudado segundos antes. Él hizo una serie de comentarios que no hicieron más que ajustar el moño. Ella lo miró y él le dijo: "Si vas a estar así te llevo de vuelta a tu casa." Ella puso la mano en la traba y contestó: "Mejor dejame en esta esquina". Se bajó y caminó desde Alvarez Thomas y La Pampa hasta su casa para que se le sosegara el alma. No lo logró. Los otros estaban dispuestos a apalearla, de eso ya no había duda. Era mejor así: dormir sola hasta que acampara.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Olga llama


Desde Jerez donde el invierno va llegando poco a poco a Buenos Aires donde anochece estivalmente a las nueve y media de la noche, Olga me llama preocupada. Le pregunto cómo está y me dice "Bien, más o menos, creo". Nos reímos mucho. Yo, en cambio, estoy mal, más o menos, creo... Con una única certeza: que todo en la vida pasa y ya vendrán tiempos mejores para mí. Pienso en el avión que despegará hacia ella y en el que yo no iré a su encuentro para reconocer en su abrazo que desconozco el afecto que podría describir como si fuera mío. Pienso en los paseos que deberán esperar otro año y en la costa africana que no veré esta vez desde la orilla de España. Pienso en ella que se preocupa tan lejos por que yo esté bien y en la vida que sabe lo que hace y por qué. Nadie es dueño de todas las palabras y mi cuerpo se adelgaza a fuerza de dolor. Queda todo un verano para protestar por el calor y la humedad y una maleta nueva que dormirá un año más en el placard. Queda conformarse con sentir por teléfono la dulce voz española de Olga que bebe mate en un café de Jerez. Y todo sigue bien o mal, más o menos; pero siempre creemos que todo pasará

Me asaltan las dudas

Sentiría la incongruencia de la vida que busca amparo en el arma que nos va a matar.
Silvina Ocampo

Me asaltan las dudas de la muerte de la falta de sueños de la anestesia de la sinrazón de la caparazón de las tortugas agonizantes en las playas de coral amarillo de las mariposas que se lamentan porque no podrán jamás volver a ser orugas de los rinocerontes que ven subir los ríos y recuerdan que todavía no han aprendido a nadar de la tristeza en cuentagotas y de la tristeza en cucharones soperos de la agonía de las raíces que sienten la planta perecer de los laberintos que querrían que el hombre encuentre la salida así lo dejan de molestar de las tazas vacías sobre la mesa de la noche mojadas con restos amargos de café de las conversaciones desmayadas y sostenidas a contrapelo del aburrimiento que es parecido al hastío pero peor de los colores amarronados que desearon ser rojos y no supieron con qué. Me asaltan las dudas en cada rincón de la casa enfundadas en impermeables grises y con un revólver de acero en cada mano dispuestas a matar(me). Yo quiero huir, pero en mis sueños nunca puedo viajar y debo resignarme a vaciar una y otra vez las maletas de las que escapan los pájaros fríos de todos los inviernos europeos que están en período de migración. Las dudas me persiguen hasta la puerta del baño, pero como son educadas no entran sin golpear. Y golpean, golpean y golpean hasta que los nudillos se les ponen rojos de tanto sangrar. Entonces las dudas lloran y me conmuevo. Abro la puerta para realizarles las primeras curaciones y, justo en ese instante, me asaltan y tiran a matar.

Tristeza no tiene fin

Mi tristeza es una planicie de piedras diminutas que, al menor movimiento, se desmoronan para colocarse en otra posición.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Estado

No hay muchos secretos: cuando todo se aquieta y quedo sola, lloro a mares y en el llanto se purgan las condenas y el saber que no se puede más; pero se sigue como si más allá hubiera un río que yo debo cruzar para quedar a salvo de las fieras que me acosan con los dientes clavados en la carne para hacerla sangrar. Después creo que me dormí, exhausta de tantos pensamientos que como lanzas fulgurantes se hundían en el velo de mi piel y trazaban un hoyo por el que se veía el hueso, blanco como un marfil ensangrentado y doloroso. Tengo los pies ardidos de tanto caminar y un sudor frío que me moja la nuca. Hay fantasmas asidos de las cornisas que desean escupirme cuando me ven pasar. Las orillas de la desesperación están llenas de sanguijuelas verdes y más allá, cantan sirenas en pos de hundir los barcos de la felicidad. ¿Quién puede decirme que no es así?

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Mea culpa

Al pie de la tormenta
Al pie de las murallas infectadas de peste
Al pie de los leprosarios en ruinas
Al pie de mis propias infecciones purulentas
quiero dar vuelta mi alma para reconocer
cómo es que fallé
cómo es que tantas veces fallé
cómo no supe ver con la lucidez de mi mente y la entereza de mi corazón.
Los panes no lograron levar y salieron pesados y gomosos
y yo no supe qué debía hacer:
ensayo y error y siempre error.
No es lo mismo que un hijo se enferme del estómago que del cerebro.
Nadie se siente responsable de una gastritis aunque Mónica diga que es igual.
Fallé por omnipotente, por sorda, por egoísta.
Fallé porque no supe diferenciar.
Fallé porque deseé armar palacios en los que nunca pudiera penetrar el más mínimo dolor.
Fallé por inhumana y exigente.
Quiero expulsar los demonios que me habitan y me matan la alegría.
Quiero acabar con mis tristezas de niña para siempre.
Quiero dejar de pensar alguna vez.
Quiero la calma de los redimidos para mí.
Quiero ser perdonada por todas las circunstancias en que no supe qué hacer y no pude quedarme inmóvil a esperar.
Quiero una oportunidad nueva para aprender a ser madre de un hijo.
Quiero tener la generosidad de aceptar sin rencores cuánto hice de más y de mal.
Al pie de las tumbas de mis fracasos.
Al pie de los túmulos de las fieras exhaustas.
Al pie de mí misma
Necesito empezar otra vez.
Otra vez cada vez.

martes, 18 de noviembre de 2008

Tan temprano

Cuando abro la ventana de la cocina de tu casa , se ve el verde frondoso de los árboles, se escucha cantar a los pájaros y huele a albahaca mojada. Más allá, a lo lejos, cruzan el cielo unos aviones de acero. Vos te despertás para llevarme a la escuela.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Temporada de caza

Ella me habla con la bocina de la tragedia y yo no deseo oír sus críticas de sibila extraviada. Sus dardos punzantes buscan el centro de mis blanduras para hacerlo sangrar, pero los años me han enseñado a levantar barreras infranqueables a su desesperado deseo de acabar conmigo en no sé qué afán destructor y suicida. La veo diminuta y venenosa como una avispa de hielo y esquivo mi corazón a su dolor. Lejos quedó la temporada de la veda de gacelas. Nuevamente los cazadores andan a la pesca de la víctima y esta vez sé de un refugio donde ella no me hallará. Nadie puede decir que no lo intenté aunque, como siempre, ha sido un remanso en vano que se ha vuelto a frustrar.

Noche

Los labios como mariposas de alas rojísimas abren un cielo de fragancias en un mar de yemas encendidas por el tacto. Sólo queda el sudor de la noche liviana de noviembre. Huele a jazmines el ruedo de la luna y los cristales chocan con sonido de campanas desprendidas en medio del cielo negro. Tu cuerpo trae recodos de luces antiguas y familiares, un sentimiento de lluvia sobre la tierra seca: todos los animales se recuestan cansados debajo de las estrellas de pan y de zafiros. Mi voz se vuelve ronca como una gacela adormecida y te habla en la línea de tu cuello que se enreda como una liana en mi cintura pequeña. Junto a mis piernas se cierne tu vegetación selvática con su frondosidad espesa, pero el sueño llega con su rasero de milagros y tu cabeza se apoya sobre mi vientre para callar ahora y olvidar lo que dijimos hasta llorar ayer.

El tao del amor

He vuelto.
Después de muchos días.
Y tu mesa estaba tendida y esperándome.
Habías cocinado para que yo comiera alguna vez algo.
Me hablaste mientras serviste vino en una copa que tintineaba cuando chocaba contra el vidrio de tu mesa de colores y cuadros.
Dos veces me serviste.
Yo casi no hablaba y me reía como se ríe alguien que está volviendo a casa después de un largo viaje.
La noche era una esmeralda pulida de tan verde y acuática.
Sólo reía y tus sábanas estaban tendidas y blancas.
Me acostaste en tus brazos, bordeada por tu cuerpo.
Yo me reía como si fuera una niña pequeña.
Me hablaste de tus miedos y yo te escuchaba como si fuera siempre.
Mucho más tarde alcancé las orillas del sueño cuidada por tu abrazo.
Por la mañana lavé y sequé los platos de la cena.
Tu casa estaba en silencio y vos dormías en medio de la luz que crecía con la frescura primaveral de noviembre.
Leí mis libros mientras la cocina se llenaba de un aroma a café y a tostadas.
Después me fui, pero ya había vuelto a tus brazos donde estuve aunque no lo supieras porque me fui muy lejos, a territorios que veda la confianza y el cuidado.
Y pensaba que tantos años son una planicie azul llena de burbujitas donde nos gusta hallarnos.
Y me reí con el corazón cuajado de emociones tempranas.
Lentejuelas prendidas en el rayo de sol que me moja para seguir queriendo.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Vacío

Ya no hay París
ni Marsella para recibir el año que vendrá.
Ya no hay sobrina ni palabras en español que yo pudiera inventar para hacerla soñar.
Ya no hay hermano con la servilleta al cuello esperando por la magia de mis ollas al anochecer.
Ya no hay Jerez y la larga mesa de los Becerra para mí.
Ya no hay Lourdes ni Carcassone
ni la costa azul en invierno
ni los pueblos colgados a ambos lados de los Pirineos nevados.
Ya no hay Madrid ni Segovia con Juanca.
No hay Salamanca ni Oviedo ni Santiago
No hay Medinaceli ni San Esteban de Gormaz en las espuelas del Cid.
No hay lugares en La Mancha de cuyo nombre no podría acordarme
ni los castillos e iglesias de los Cátaros perseguidos por el fuego de la Inquisición.
No hay juderías en España ni año 1492.
Nada quedó en pie de tantos sitios.
Y ahora debo pensar que hace calor y tarda siglos en refrescar

El cuaderno

El cuaderno con la tapa azul con margaritas está...¿dónde está? No lo veo, no sé dónde quedó. ¿Dónde están sus páginas de ciudades fantásticas escritas con letra apretadita? ¿Y sus museos y sus iglesias de siglos medievales y sus calles cubiertas por la nieve que todavía ni siquiera ha empezado a caer? Entre los miles de miles de papeles que coronan las mesas de mi casa, ¿dónde quedó tapado el cuaderno de las margaritas blancas? Debe haber venido el hada de la renuncia y, con toda seguridad, se lo llevó para que yo deje de pensar. Las hadas son seres ilusos a más no poder. No sabe que tengo el corazón escrito con letras menuditas y está lleno de imágenes de lo que vi sin estar, de la gente que abracé sin tocar, de Maïa a la que besé tantas veces mientras se durmió en mi regazo que no conoce, de mi hermano que es un sueño necesario que tuve que alejar., de mi prima que me alcanza con sus manos de mujer generosa. La vida es una prueba de paciencia que no querría tener que pasar y los billetes de avión son pases a un futuro que cambia como el cuaderno de tapas azules con margaritas que no termino de entender dónde está.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Cansancio triste

Se está enrollando el día en el pliegue desplegado de otra noche. Estoy cansada. El cansancio me da hastío y tristeza porque no logro vislumbrar un final y todo sigue. Hay fragmentos desguazados por todas partes que deben ser reunidos si el tedio no me invadiera para teñirlo todo con su luz gris. Hablan los párpados pesados, pero yo debería dormir de tanto grito con perfume a madre vieja. Ya no quiero que me hables. Ya no quiero que lleguen tus palabras de antaño a lastimarme como entonces pero ahora. No puedo escucharte porque tengo el alma amurallada de dolores y deseo que te vayas de mi memoria por todos y cada uno de los días que me faltan vivir. Soplan los remolinos de la historia que han sido sucesivas puñaladas de hielo en el torrente de la sangre que alguna vez fue todo lo que nos unió y hoy ya ni siquiera. Yo hubiera deseado un edredón de plumas para echarme a dormir con tus manos rozando mis cabellos infantiles. No puedo ni siquiera nombrarte con las letras que componen tu nombre. Tan lejos estás vos de mí.

Encierro

Los encierros son huevos de cristal donde no entran el mundo.
En su interior se gesta una vida que late de a poquito.
Yo lo sé porque yo estuve en uno de ellos.
Pero un día el espacio se torna insuficiente y el huevo ha de quebrarse para que salga la vida hacia afuera y se proyecte.
Los encierros entonces se tocan con la muerte y hay que romperlos, hay que expulsar lo que latía dentro para que no se pudra, hay que ver hacia afuera y remontar el mundo para alentar el alma.
Yo lo sé.
No hablo por llenar con palabras la página en blanco.
A veces lo recuerdo y recuerdo esa ventana, aquel parque en otoño, aquel cuarto.
Es tan solo una anécdota lejana.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Estallidos

A cada rato estalla el universo y voy, por ahí, a lo largo del día, juntando los pedazos. Cuando la luna sube por la terraza de plantas de mi casa, siento el peso de tanto destrozo como una plancha de acero en mis espaldas. Intento no morir en el intento, no desangrarme, no perder peso, no dejar a mi costado fragmentos de sol que me pertenecían desde siempre. Lo logro casi siempre y en el filo de la noche suelo sonreír: es la hora del suprabond. Hay que pegar lo que fui recolectando para que mañana, cuando vuelva a estallar, haya con qué. Simplemente.

martes, 11 de noviembre de 2008

Tormenta

Fue así: sólo un relámpago en medio de la noche y una lluvia que lo mojaba todo.
Después hubo el silencio que sigue a cualquier tormenta que se precie de serlo.
Es cierto que hace dos años lo dijiste.
También lo es que ya voy aprendiendo y no me importa que sea tan efímera el agua que nos moja los cuerpos.
Me hago agua y huyo por las alcantarillas de tu sombra.
Llevo el olor de tu piel desde hace tanto tiempo que ya no puedo distinguir cuánto me pertenece y cuánto es parte de tu propio perfume.
Somos antiguos conocidos y sabemos cómo laten los días, cómo caen las gotas, cuándo es mejor dejarse o volver a abrazarse.
Todo está en el sitio donde lo habíamos dejado entonces.
Permanezco a tu lado aún en la distancia.
No lo sabés, es cierto.
No acudiré a contártelo porque no es necesario.
Basta con acudir cuando cae la lluvia y nos moja,
como lo hizo siempre,
como continuará haciéndolo.

Cansancio

Pedacitos de luces relampaguean en la sombra de la tarde. Mi cerebro vaga por las rutas de su propio cansancio. Hace un calor de órdago que burbujea en la seca humedad del asfalto. El aire huele a verano y lluvia. Atrás de todas las palabras trajino con ellas y las estiro para duren otro rato y no tenga que hablar demasiado. No puede ser que ahora venga a yo a desmayarme en la línea sinuosa de los verbos o la abundancia fatal de tantos adjetivos. CDeseo dormir, sola, en mi cuarto de blancos broderíes, hasta que ardan mil días en otros mil calendarios. Deseo que pasen los meses como gigantes de piernas largas y todos estemos sentados a la mesa con la servilleta echada al cuello y anudada. Deseo que sea mañana y pasado y el mes que viene y el año próximo y el siglo que me sigue. Deseo que nadie más me diga nada, que todos se llamen a silencio y me acunen con caricias en mis cabellos de enredadera encrespada y que sepan hablarme sólo de otras cosas que no sean estas. Me canso de tanta verbalización en la hora del aire que sopla desde el río. Quiero que todo cese, que se detenga el mundo y yo pueda cerrar mis ojos sin temor de que estallen los vidrios y ya no pueda abrirlos. ¡Qué solos estamos para siempre en la vida! ¡Qué abandonados de toda tutela y recorrido! ¡Qué vacío destino! ¡Qué cuerpo de cerámica quebrada! Nada más que pensar. Sólo deseo.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Deseo entre silencios

Cuánto hay de silencios y miedos
entre vos y yo aunque el calor suba con la hora oscura de los cuerpos.
No se puede hablar lo que rezuma y suda y tiene el perfume de los fantasmas ocultos tras los árboles.
A veces cuando decís lo que decís y callás lo que callás me recluyo en el filo de mis sombras y me apeno de todo lo que tememos y nos podría hacer tan felices para siempre.
Recuerdo aquellos mediodías junto al río en que aún creíamos que el mundo nos cabía en las manos.Ahora ya hemos visto cuán pequeñas son las palmas para tamañas ambiciones.
Siento la madrugada enredada en el vientre y tu aliento diciendo lo que preferirías callarme.
Yo también puedo extrañarte cuando estás lejos y las enredaderas entran por la ventana de tu cuarto en esta primavera que yo deseaba fría.
Hace calor. Duermo a tu lado. Late la luna en un cielo que quiere ser tormenta.
Todo podría ser una antigua pesadilla si vos y yo aprendemos a sortearla y hacernos el favor que merecemos que no es otro que estar, como esta mañana, tendiendo la cama mientras tomamos mate.
No hay nada más. No hay otra cosa en todos mis deseos.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Piedras

Colecciono piedras. Algunas brillan al sol o cuando las moja el agua. Otras son pesadas como canteras completas. Unas tienen vetas atemporales ya de tan viejas. Otras son nuevecitas, pero ya gastan la costura de los bolsillos. A veces no sé qué hacer con tantas piedras y deseo arrojarlas por el borde de la terraza; pero temo que pase alguien y reciba de lleno mi colección de piedras lastimándose. así que voy por la vida cargándolas. No queda otra.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Ella


Ella me ronda con su muro de cristales que se resquebrajan al primer viento soplando los vidrios a lo lejos. Ni me atrevo a nombrarla y evito las ocho letras que componen su nombre. Ella trae su traje, el viejo que yo conozco tanto, el que usaba en las cenas familiares mientras los platos volaban en una danza insólita y yo hundía mi nariz en la sopa que humeaba para no verla. Ella pasea impertérrita a mi lado con su blanca mano de dama que no deseo tomar porque le temo. Como una sombra se ha deslizado junto al lecho de mi hijo y le sopla oraciones que no alcanzo a comprender. Tengo un palo de lluvia y le han crecido hojas, verdes hojas verdes. Si continúa, tomaré el palo entre mis dos manos y golpearé su cabeza hasta que se abra y su humor negro se desparrame entre las baldosas y la tierra lo chupe hasta hacerlo desaparecer. Que ella lo sepa: todos nosotros somos poetas. Pero nada más.

Gracias

A todos los que pude haber lastimado con mis desbordes, mis impaciencias, mi cansancio, mi intolerancia pido disculpas esperando que sepan comprender el contexto en que cada una de esas cosas sucedieron.
A los que me esperaron, contuvieron, llamaron, abrazaron, escribieron, sonrieron, lloraron.
A los que no pudieron ni siquiera rozarme porque construí muros para protegerme.
A los que a la distancia me enviaron canciones.
A las que sentaron y comieron conmigo obligándome a no perder más de los cuatro kilos que mi menguado cuerpo dejó en este tramo.
A la familia que a las apuradas debemos ir armando para ser sostén del dolor y la tristeza.
A los que comprendieron que el viaje era imposible ahora y tal vez por un tiempo.
A los que me escucharon las palabras y las lágrimas.
A todos todos agradezco aunque me digan que no debo.
Decir gracias es una bendición que nos da la vida para devolver el afecto.
Y yo lo recibí a manos llenas de todas partes.
Agradezco

lunes, 3 de noviembre de 2008

Proposiciones incluidas condicionales imposibles

Cuánto más leve habría sido, si en medio del dolor de estos días, del desconcierto en que mi corazón ha quedado, del huracán de fuego que ha abrasado mi cuerpo hasta dejarlo más menudo, hubieras extendido tu mano para tomarme sin oír todas las palabras que pude haber dicho y en vez de dieciocho días de sepulcral silencio me hubieras acunado como antes hasta que me durmiera segura en tus abrazos.

Me sobra corazón

Definitivamente los hombres no tienen esa metonimia que denominamos corazón.
Y a mí -como a Hernández- me sobra corazón. Como él hoy estoy sin saber yo no sé cómo y tengo ansias de arrancarme el corazón de cuajo y ponerlo debajo del zapato porque estoy para penas solamente. Como en el de él, hoy es día de llantos en mi reino y descarga en su/mi pecho el desaliento plomo desalentado. Yo también haría un tintero de mi corazón y le diría al mundo de los hombres no puedo más y ahí te quedas. Cortar este dolor, ¿con qué tijeras? Yo también desearía descorazonarme para ver si en el trance pudiera perdonarme la agonía.

Sombras en la arena

A veces pienso que las cosas que suceden no están pasando, pero la verdad es otra y el día se estira sobre sí como una sombra al atardecer en la arena de la playa. La sombra es larga y no se puede tocar su punto final. Así pasan mis días en este instante: largos, solitarios y sin poder alcanzar jamás su punto final. El sol cae a la tarde y mi cuerpo se vacía de todo deseo y pulsión. Nunca sé qué me deparará el siguiente amanecer, excepto otra sombra que irá estirándose hasta alcanzar un punto final que yo no podré siquiera tocar. Espero, sin embargo algunas cosas,; pero sé que no sucederán: el abrazo fraterno de mis hermanos que me envuelva ahora y acá, la mirada cara a cara de Mónica llevándome a las fronteras de mi propia lucidez y tu risa diciéndome que no podés dejar de pensar en mi triste fragilidad. Sin embargo la sombra crece con la tarde y nadie viene a apagar el sol para que no se estire más. Hago una mousse de chocolate, lavo los platos, compro comida y me siento morir por dentro como si fuera el sol que va quemando lo que tiene mi interior. es cierto que todo podría ser peor. Pero las dimensiones de las propias circunstancias sólo las mensura una sin la ayuda de ningún metro patrón porque París es una ciudad que disolvió en medio de la sombra y la tarde se funde en el horizonte del mar. El desconsuelo es una gota de luz que tiñe los márgenes de la noche donde me siento a ver la luna pasar.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Idus

Nunca entendiste nada y seguís sin entender. La comprensión es un don divino y cuando naciste seguramente los dioses venían de bacanal en bacanal y se quedaron dormidos hasta tarde. ¡Qué le vas a hacer! Alea iacta est..., dijo César y cruzó el Rubicón. El caso es que él tampoco tenía el don: no supo prever a Brutus ni los idus de marzo ni el puñal trapero y vengador. Y así van los hombres por el mundo: de desazón en desazón.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Centenario


Y yo llegué allá por el 73
Ríver vs. Huracán.
En casa, todos de Ríver.
Yo - no era para menos- me hice de Huracán.
Y así seguí,
aunque mis alumnos se rían.
1908-2008
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