viernes, 31 de octubre de 2008

Sin descanso

Hay un vacío sin agua donde te extraño y querría que estuvieras a mi lado para abrazarme como siempre y te rieras conmigo de lo que siempre nos reímos cuando éramos antes. El dolor actual se mezcla con la nostalgia del pasado y hace estragos. Ya no sé ni qué siento si es que siento. Sólo querría que me llevases a pasear como antes a la orilla del río como si nada de lo que está pasando fuera cierto. No encuentro los recodos donde poder descansar. Y todo sigue igual.

sábado, 25 de octubre de 2008

Lucía Elisavetsky

Cuando Lucía me abraza la siento chiquitita entre mis brazos, cuando ella me abraza me siento abarcada entre los suyos. Con dedicación de hija preocupada por Pablo, Lululi hace dos viernes que viene a visitarme. Hablamos, comemos, nos contamos cada vez más cosas y más íntimas y nos cuesta dejarnos cuando se hace tarde. Ella dice que yo soy su mamiguita y ella viene a ser como una hijiguita que yo tengo. La quiero porque es linda, porque es inteligente, porque es buena, porque es divertida. Me dijo que estudia Letras porque le gusta aprender palabras nuevas y, quizá, ese sea el mejor de los motivos para la literatura. Ayer me llenó de regalitos y yo le hice la cena. Me abraza, la abrazo, nos alejamos y volvemos a abrazarnos. Desaparecido de mi vida el hombre que nos unió en un principio, Lululi ha ocupado un lugar más inmenso. Si tuviera una hija, me gustaría que fuera ella así tal como es, con sus rulos, con sus ojos brillantes que vi llenos de lágrimas alguna vez, con su risa fresca. Y aunque viaje y se vaya lejos (Siempre me pasa lo mismo con la gente que quiero), ella tiene un lugar en mi corazón que lleva su nombre y que le pertenece y pertenecerá por toda la eternidad que duren nuestras vidas.

jueves, 23 de octubre de 2008

Mónica Volonteri llama desde el Caribe


Mónica llama desde las calles llenas de autos y tráfico enloquecido de Santo Domingo en República Dominicana. Usa su celular y se olvida que la alarma de su carro tapa todas las palabras cuando lo abre. Me habla febril y taxativamente como cuando tiene urgencia por sostenerme y decirme cómo debo actuar. Me habla dándome las instrucciones de uso que siempre me arman y me indican un plan de acción para seguir adelante. Después de la receta tenemos tiempo de reírnos de cosas que sólo nosotras entendemos como lo del objeto de odio y la gran bestia pop. Cuando cortamos, siento que está tan lejos y está tan cerca, que la vida la puso en mi camino en marzo de 1989 y la sostuvo allí para que cada una fuera sostén de la otra. Es mi hermana, mi amiga, mi compañera, mi yo, mi otro, mi mamá, mi hija. Es mi Moni, la que me dice: "¿Qué hacés, Pinasco?", la que me escucha decir: "Todo bien, Volonteri." Es la psioanalizada a morir a la que sólo el Caribe la contuvo y le dio dos hijas. Es un canto interno que yo llevo siempre, que me sostiene y me alumbra. Es la que llevaba a Pablo a la terraza a mirar el horizonte y la que se disfrazaba de Tía Harriet cuando Batman hacía furor en los 90. Los kilómetros son pura mentira, ayer desde Santo Domingo sus brazos me tomaron con el sabor transparente de ese mar y me protegieron dándome todos los elementos para seguir caminando esta pelea.

lunes, 20 de octubre de 2008

Agradecer

Agradecer es saber que una no está sola, que una, finalmente, aceptó que los otros son tan necesarios como el agua y el aire. Agradecer es decir que sé que estuvieron, que están y estarán para acunarme, para darle calma a mi dolor, para ayudarme a seguir y seguir, para esconderme cuando quiero gritar. Agradecer es decirles que los quiero a todos y cada uno porque me enseñaron que sola no se puede, que sola no se quiere, que si somos muchos soy más fuerte y puedo dar más.
A todos gracias:
A Cecilia, a Fernanda, a Ale López Coda.
A Moni.
A mis hermanos Mariano y Pablo.
A Hernán Ziccardi, a Ale Mezquita, a Vivi, a Horacio.
A Carlos.
A Jim y al Colo.
A Dani.
A Gi.
A Jorge Weisz.
A Lululi.
A Olga.
A Lili, a Adri Beniamini, a Adri Fernández, a Ichu.
A Marita, Valeria e Ignacio.
A Jorge Weisz.
A Pablo y a Tomás.
A Ale Tapella.
A Lucy.
A Isabel Estevarena.
A todos mis alumnos.
A los que ahora no recuerdo e iré agregando.
A mí misma que acepté que sola no puedo y empecé a crecer desde los demás.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Signum hominis


Incanta ego tuum fluidum verbum circumdo et es alter vos. Proximitas remota est et universum cupiditatis ego tollo. Quomodo eris? Obsequiosa hominem fabricor et homo meos libidos coniurat. Te nescio sed te cogito. Istud sufficiens est.

Géneros

No seas trágica, maniática, obsesiva. No seas histérica, insufrible, demandante. No seas así ya más. No seas fantasiosa, fantástica, incoherente. No seas infantil. No me enloquezcas. No seas cerebral, tan emotiva, independiente, taaan marxista. No seas tan carnal, tan suave, tan salvaje, tan éterea. No seas libre, rebelde, contestataria. No seas tan ansiosa, tan calma y satisfecha. No seas impaciente, irreflexiva, tan familiar, doméstica, querible. No seas tan arisca, tan linda a la mañana, tan deshumorada por las noches, tan sarcástica y cruel, tan incisiva. No seas adictiva a todos mis sentidos, tan diferente y parecida, tan necesaria y prescindente. Tan cómica, tan llorona, tan dura por afuera y tan blanda. No seas tan desnuda, tan vestida, tan de vos y de nadie. No seas tan pensante, tan revolucionaria para nada que no me pertenezca, no seas tan egoísta y generosa con los otros. No seas la de siempre, la que conozco de memoria, la que se escapa, la que no está, la que se oculta. No seas tan secreta, tan transparente, tan mía y tan ajena siempre. No seas tan gritona, tan silenciosa, tan sorpresiva y sorprendente. No seas tan maternal, tan inhumana, tan comprensiva y tan lastimadora. No seas esta que sos a pesar mío. Ay, cuándo aprenderás que no y no y no. No seas vos, sé la que yo deseo y el mundo será casi perfecto.

Anécdota escolar LXXI: El tutti frutti es un viaje de ida.

Alumno 1: (En medio de la evaluación y con visibles muestras de desesperación después de dos semanas de no hacer ejercitación y jugar al tutti frutti todas las clases.) Ay, ay, ¿te puedo hacer una pregunta?
Profesora: (Lo mira con sorna.) No, no me podés hacer una pregunta; pero si querés jugamos unas manos de tutti frutti.
Alumno 1: (Se sonríe) Una sola pregunta. Dale, por favor.
Profesora: Te dije que no. Pero unas líneas de tutti frutti me divertirían muchísimo ahora.
Alumno 1: (Se resigna y vuelve a su prueba. ) Bueh...
Profesora: Y no sabés todos los colores que sé.
Alumno 1: A ver, decime uno con "G".
Profesora: Gris.
Alumno 1: ¡Qué tarado! Si me daba cuenta ganaba. ¡Qué tarado!

Anécdota escolar LXX: Todo tiempo pasado...

Alumno 1: ¿Así van a ser las oraciones de la prueba?
Profesora: (Sin mirarlo, mientras le corrige la ejercitación) Sí.
Alumno 1. ¿Por qué no son oraciones normales?
Profesora: (Levanta la vista y lo mira) ¿Normales? ¿Y qué viene a ser una oración "normal"?
Alumno 1: ¡Qué sé yo! Una oración que tenga verbo...
Profesora: (Se ríe) Pero, flaco, estas oraciones tienen verbo. Mirá (le muestra).
Alumno 1: Sí, pero...
Alumno 2: (Desde el primer banco) Ay, qué épocas esas de segundo grado en las que me tomaban leer en voz alta.

martes, 14 de octubre de 2008

Pienso, luego siento


Yo pienso en corazones de sangre espesa, en pájaros que abren sus alas en estampidas hacia el cielo azul. Yo pienso en lagunas naranjas, en ángeles y en hadas, en mariposas incadescentes y en tazones de sopa humeante. Yo pienso en tres niños que huelen a sudor de verano con ese olor de niño aún, en caramelos de fresa y serpentinas doradas. Yo pienso en ropa de seda, presillas y bordes de encaje y broderie, pienso en sábanas blancas y en viento fresco que entra por la ventana, pienso en rutas atravesadas en vuelos fugaces hacia allá lejos, pienso en el mar siempre distinto y siempre igual. Yo pienso en el sol de lleno sobre mi piel y en los jazmines de mi terraza mientras vacío una jarra de agua fría, pienso en bailar y en mi cintura fina como una cinta de raso. Yo pienso en miles de frutas y verduras de colores brillantes y áspero sabor, pienso en palabras y el placer del instante que se va mientras hundo mis raíces en el cuerpo que me habita. Pienso en mis hombres: en mi padre que ya no está, en mis hermanos que se fueron lejos, en mi hijo que no hace más que doler, en mi sobrino que me abraza con su boca dormida. Pienso en mi cocina, en mis plantas, en mis libros, en mi casa. Yo pienso -que esta vez es como decir que yo siento y siempre esa crucial confusión que me funda. ¿Por qué esta vez no habré dicho que yo siento? Yo siento que nunca paro de mezlar.

lunes, 13 de octubre de 2008

Deseo estival

Después hoy me quedé y llovía esa suave garúa sobre mi techo abierto en el que la tormenta despegó las enredaderas que yacían adheridas al muro. Ahí estaba contra los colores de las paredes esperando que empezara la primavera para dormir otra vez bajo las estrellas. El día ya se acaba y mañana volveremos a lo que hacemos siempre. Creo que estoy feliz. En mi cocina hierve el caldero con la sopa y vos dormís, ausente de todas las cuestiones. Pienso ahora en mi viaje como una próxima realidad que se acerca a grandes zancadas y no me permite ya fantasear. Se me cayeron encima los días de octubre y la maleta está ya llena de ansiedad y temor. Cuando me lleven a Ezeiza y suba en esa calurosa Navidad a mi avión, todo caducará y empezará adelantado otro año para mí. Por ahora esponjo los vestidos de organza, las medias de seda y me preparo otra vez para bailar con mis zapatos de tacones. Trazo dibujos en las baldosas brillantes con mis tobillos finos y se me mezcla el aire entre las piernas cada vez. Eran libélulas las que volaban como alas en mi espalda delgada y se quebraban en los juncos de mi cintura con la música lejana del piano que sonaba en el anochecer. Vuelvo a reír pero mis ojos están limpios y claros. No sé qué estarás pensando en este instante y creo que nunca podría importarme menos. Hace calor y amontono abrigos en la maleta con cierta melancólica resignación. Así soy: cuando me voy a otro invierno sólo deseo el verano sobre mi piel. Tal vez sea la perenne falta de aceptación de la realidad que me toca atravesar.

Amaranta



Y todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.
GGM, Cien años de soledad

Amaranta, alargas la manta blanca para apagar la mañana, amarga vacavarada, alta planta falsa. Cada mañana alba parabas la casa, harta ya, Amaranta. Asabas, bañabas, pasabas las sacas. La gata naranja amaba a Amaranta, la alargaba hasta la jarra, calaba la bata. Allá, acá, saltaba la clara rana a la araña, atacaba la cara para acabar las calas blancas. ¿Amaranta? Alas calcadas traspasabas, instalabas a acanaladas bandas. Aljabas cavabas, anclabas brava cara grabada. Lavabas largas babas , tablas clavabas, cantabas bachatas, arrancabas albahacas, aplacabas las cabras, apalabrabas las casacas, hamacabas las manzanas, cavabas las chacras, Amaranta. Demacrabas las caras amadas, blancas lacras sacras. Pactabas las hachas. ¡La facha tachabas! Atacabas las gachas alabadas. Agarrabas las alcanzadas alcaparras, salabas las masas. Saltabas calabazas cansadas. Tarada Amaranta, calada, dañada, cargada, cazada, cascada, ganada, hablada. Amaranda, hada alada. Majadas malhabladas manchaban la casa. Tantas tajadas aclarabas. Ramadas raspadas agasajabas, rasgabas las cajas, bajabas las navajas, cabalgabas las matas, sacabas las galgas, resaltabas las nalgas. Desparvabas las barbas. Abrasabas las cartas. Apartabas lagartas. Apartabas las zarzas. Arrasabas las larvas. Acatarrabas gargantas. Aplanabas las pasas. Ablandabas las lajas navarras. Armabas charlas. La parca avanzaba las varas para las cargas. Acá aclarabas, allá dañabas. Avasallabas, Amaranta, avasallabas.

Y todo porque dijiste que yo era como Amaranta con Pietro Corti y su pianola.

Lluvia


Mientras caía la lluvia, sonaba el piano. Era todo doméstico y familiar. Había aire de pasado apelmazado entre las plumas del pecho, de paloma mojada en la cornisa, de gorrión desnudo y tierno. El agua tenía ruido de burbuja, a boca, a borbotón, a ebulliciones. Sobre la piel y el vidrio caía la tormenta resbalada, diluyéndose. Y el piano se inundaba de loviznas bajo los dedos acuáticos de agua y los sonidos se mezclaban con los truenos y sus luces primeras en medio de los latidos de corazones. No hay nada más que agua que moja, que inunda, que hidrata, que resume en las alcantarillas que cantan junto a piano lo que se ve, lo que se oye, lo que se siente. Como siempre, comienzo a recubrir instantes con palabras. Después vienen las tempestades y los abrazos y me empapo sin fin de las esquinas de la risa donde todo se termina sabiendo pese a esta lluvia que cae mientras se moja el piano en la melancolía de la tarde.

Un buitre en prisión

Tiene rostro de pájaro que baja sobre sus presas desprevenidas y se las lleva en el vuelo opresivo de sus garras antes de que ellas tengan tiempo de darse cuenta y gritar. Fue el "moderado" de los años oscuros de tormenta y se arrodillaba para rezar y recibir en su rugosa lengua de lagarto la ostia consagrada. Porque se las lavaba siempre no chorreaban sus manos la sangre que manchaba ante los ojos de todos al que llevaba pantalones blancos y era una bestia sedienta y alejada de toda formalidad. Parecía un abuelito en domingo que lleva a sus nietos a la plaza a jugar. Era siniestro por sus profundos silencios y su negro cinismo, por sus manos que dibujaban incógnitas en el aire mientras decía "desaparecido" como una brasa que le quemaba en la boca. Está ahora más cerca de donde debería estar: en una celda enrejada y no en los mullidos sillones de su calle Cabildo. Señor, líbrame del agua mansa y envíalo al infierno en el que debería acabar: que en ese sitio oiga los gritos de los adolescentes que mandó asesinar, el olor de la carne quemada y desgarrada, los aullidos de las embarazadas a las que torturó e hizo parir, el llanto de los bebés que robó con sus garras de ave carroñera. Que nunca más vuelva a ver la luz de la mañana en las ventanas de su casa mientras bebe un café.

La cena del Sultán

Scherezada fue invitada a la cena del sultán. Los servidores de chaquetas de seda verde extendieron ante ella platos de porcelana azul con hummus, mahamara, basterma, tabulé y labah. En diminutos platillos de metal de cobre trajeron sarma de parra y de repollo y falafel. Una cocinera de faldas anaranjadas bordadas en hilos de plata le acercaron boreks y lehemeyuns de queso, karni yarigs, farfalaj y unos kniches de papa. Más tarde trajeron las muchachas de velos rojos unas fuentes de dulces bocados de baclava, kadaif, galatabureki, gurabie y mamul y unos platos desbordados de shamali y finikia. Danzaron todos alrededor de las mesas tendidas en el jardín que olía a jazmines mojados por la lluvia. Para que fuera bella la cena del sultán, sonaban unas flautas delicadas de cristal, movidos los sonidos por la brisa y el agua de azahar rebosaba en las copas libadas con transparente alcohol. Scherazada entonces dijo: "Oh, señor del tiempo y de los reinos lejanos, ¿podré empezar a narrar el cuento que empezó anoche". El sultán paladeó la pasta de garbanzos y exclamó: "¿Es que no vas a comer las maravillas que mis servidores han preparado para ti, oh pequeña paloma blanca? Observa estos platos, huele estas manzanas de Siria, estos membrillos osmaníes, los nenúfares de Damasco y las cidras sultaníes. Siente en tu boca estos enrejados de azúcar y estas tortas de limón. ¿No vas a probar mis alimentos, oh princesa hija de todos los secretos?" Scherezada levantó sus ojos y exclamó: "Mi alimento son las palabras, oh monarca afortunado. A ellas me remito para vivir. De buena gana, si es que me lo permites, oh rey generoso, voy a darte a probar mis alimentos y te narraré la historia magnífica del mandadero y las tres muchachas" El sultán se rió y asintió y Scherezada comenzó a contar.

domingo, 12 de octubre de 2008

Una cercana Navidad

Podría decir dos o tres cosas que fueran importantes para la hora, pero elijo quedarme callada y esperar que pase el tiempo que, como siempre, no hace otra cosa que pasar. Gesell quedó atrás y lejos, en medio de las dunas de miles de veranos hacia allá. No hay nada más adelante que un avión que cruzará el océano y me dejará a orillas de otro mar. Faltan setenta y tres días para esa Navidad y un mundo por hacerse o deshacerse entre mis dedos vacilantes. No quiero más que tardes de verano por llegar y una terraza que huele a jazmines a esta hora cuando ya ha dejado de llover. Soy la que soy y no puedo evitarlo. ¿Quién sabe qué dice la próxima línea del relato que Scherezada está a punto de empezar a contar? Vos, yo y las mil y una noches, Schariar, en que seré perdonada y me entregarás mi sangre a cambio de un cuento nuevo cada vez. La historia está escrita con tinta roja otra vez y yo mojo la pluma en mis labios antes de empezar a escribir.

sábado, 11 de octubre de 2008

La dueña de las palabras

Y Scherezada dijo:
Oh, mi señor, sultán de mi mente y mi corazón, ha comenzado a llover y la luz de la tarde se moja oscureciéndose hasta desaparecer. De la tierra sube un profundo perfume a raíces que se hunden en los terrones y acá, nosotros, tendidos en el diván de este palacio de bronce, oh, mi señor y dueño de todos los tiempos, oímos caer el agua una vez más. Cuentan los que saben que el joven estaba encantado y su cuerpo era mitad de carne y mitad de mármol por culpa de una mujer que amaba a un esclavo negro. Quien narra semejantes historias sabe qué secretos se ocultan en el alma de los mortales, conoce los sonidos oscuros de las tormentas que son quebradas por la claridad cristalina del rayo. Oh, mi señor, soberano de todos los días, oye las gotas deshacerse en la tierra que las bebe ávida y aprende que así es mi amor de poderoso. Ya dirá otra muchos años después que yo lo diga, que mi amor es tan profundo como el mar pues cuanto más se entrega, más queda porque uno y otro son infinitos. Oh, mi señor, tejo una tela preciosa con mis palabras y nunca te dejaré caer. No habrá silencio aunque estemos callados porque todos los relatos existentes en la tierra anidan en lo más rojo de mi corazón.
Y como viera Scherezada acercarse las luces del amanecer, pidió permiso al sultán y calló hasta el próximo anochecer.

Scherezada y los Schariar

Sábado. Siete y media de la mañana. Olor a primavera en el aire. Agua en las macetas. Fin de semana largo. Murmullos apagados en medio del silencio del corazón de manzana. La luz de octubre filtrada entre las enredaderas del vidrio del patio. Puertas abiertas de par en par. Hablamos hasta tarde. Hasta muy tarde. Tanto que ya era el otro día. Y me reí con el corazón como un conejo tembloroso que antes había llorado. Yo cosía en medio de mi alfombra de colores. Me preguntaste si era voladora y yo te dije que yo era Scherezada, la que narra para sobrevivir y salvar a las otras mujeres. Soy esa y me sé muchos cuentos empezando por el de nunca acabar. La cuestión es que a todos los Schariar la trama les resulta incomprensible. Ellos esperan complicación y resolución una tras otra y un narrador extradiégetico al que no se le dé por cambiar. Siempre pensaste que los sultanes no tienen corazón, dijiste y yo me puse a pensar. El pasado es, a veces, una manta que abriga bien porque sabe cómo cubrir los dobleces dolorosos del cuerpo. ¿Por qué no?, pensé entonces otra vez. Nadie sabe cómo cambiamos los que éramos antes. Nadie sabe lo que espera cuando los cuentos quedan sin final al caer el amanecer y Scherezada dice que mañana todo seguirá.

jueves, 9 de octubre de 2008

¿Qué nos está pasando, vida mía?


En estos días he sacado de su caja vieja, la medalla que mis padres me dieron cuando terminé quinto año, allá por el nefasto 1976. Es un antiguo medallón de plata que lleva la firma del joyero Antonio Belgiorno y representa a la virgen de Lourdes en medio de una corona de velones. Del otro lado, Cristo levanta a los muertos de sus sepulcros. Siempre me pregunté cómo fue posible que mi madre, militante política con un par de Devotos a sus espaldas por andar manifestando por ahí, eligiera para mí un regalo tan cristiano. Ninguno de sus tres hijos fuimos bautizados ni tomamos la comunión ni recibimos ninguna clase de sacramento. A los tres nos envió a un jardín de infantes judío donde aprendimos a usar el cuaderno desde el final y a escribir de derecha a izquierda y a una institución alemana a aprender música y danza. Eran curiosas, al menos, las apreciaciones pedagógicas de mi madre. Esos sí, los tres nos educamos en la escuela pública. Siempre pensé, entonces, que ella había elegido la medalla simplemente por su belleza, que el regalo estaba desprendido de toda significación religiosa y que la virgen era un presente de calidad estética per se. Sin embargo, tamaño símbolo no puede dejar de serlo, inevitablemnte. Una virgen de Lourdes es bella, pero, además, es, quiéralo mi madre o no, una virgen de Lourdes. Así que cada tanto, en medio de desesperaciones varias y a mi particular manera , le he pedido ayuda a mi virgencita. No recuerdo si la he conseguido porque el sólo hecho del ruego me ha reportado la calma que buscaba y alguna noche del terrible año pasado he llegado a dormirme con la imagen encerrada en mi mano. Es que la racionalidad absoluta agota y el psicoanálisis también termina siendo una cuestión de fe más, como tantas otras. Y así entonces vamos por la vida todos juntos: mi materialismo dialéctico, la enciclopedia, mi virgencita y yo. Y tan mal, a decir verdad, no nos ha ido porque después de atravesar infiernos varios y de colores y temperaturas diferentes desde muy temprana edad, acá estamos, todavía, de pie. El asunto cobró un giro diferente cuando ayer mi hermano Pablo me envía su última obra desde Marsella. ¿Qué nos está pasando, vida mía? ¿Creer o reventar?

miércoles, 8 de octubre de 2008

Un sueño feo

Es un secreto. No se lo digo a nadie. Ni siquiera a mí. Anoche tuve sueños feos. Y me dan miedo mis sueños feos. Todo se complota en mi cabeza contra mí misma. Se fue la primavera y regresó el invierno. Vuelvo a usar sacos abrigados y cuento hasta mil para calentar la sopa. En mis sueños los dos Pablos eran uno solo y no me daba cuenta cuál. Es un secreto. Hizo frío a la noche y yo estaba cansada. Mucho muy. No fue suficiente con soñar que después encima me desperté. Sonaba el teléfono. Alguien me llamó. Entraba aire fresco por la ventana y se colaba debajo de mi manta de broderie. Pero era linda la brisa fría revolviendo mi sueño feo hasta mezclar tanto los dos Pablos que nunca supe cuál era cuál. Sé que lo bañé en una casa de campo llorando fuera el que fuera. Y que era un bebé de dos o tres años. Y después llovió. Dani come pastillas de mora chupadas y leicaj que le hace la mamá de Andrés. Moni muere de amor en Santo Domingo mientras le escribe a Manuel. Me da pudor leer. En setenta y ocho días me voy. Yo tengo mis secretos y no quiero soñar más. Un Pablo me espera con la servilleta arriba del pullover y el otro quién sabe en qué andará. Quiero causas y consecuencias de una historia. Uno es lo que hace con lo que hicieron con uno. C'est vrai. Fernanda se desquicia y se queda sin teléfono. Cecilia espera y no espera que llegue el viernes. Alejandra anda con sus botas rojas recorriendo la ciudad y yo no quiero soñar más. Después me voy a trabajar y como yogur antes de salir. Entra frío por la ventana abierta para que limpie todo. Sobre todo el silencio que no para de hablar. Mi cuerpo no se estremece con el frío y está siempre nuevo. Voy a tomar un café porque no quiero soñar más. A las tres viene Pedro y me hace reír. Nacho pregunta cosas imposibles que yo no le puedo contestar. ¿Quién soy cuando sueño? ¿Quién soy cuando dejo de soñar?

martes, 7 de octubre de 2008

La pleine lune

A esta hora de la noche hay un aroma denso de jazmines que sube de la tierra mojada. Hace un fresco calor primaveral en un octubre que se enciende suave y perezoso. La Santa Rita está brotada de furiosos morados. Me siento a oír cómo pasan las horas sobre mi piel dorada. Tengo una jarra de agua fría que bebo cada tanto y el líquido helado cae mojando las paredes internas de mi cuello. Alguien canta y en el jardín de al lado alguien toca el violín como todas las noches. Envuelvo mis piernas con mis brazos y me dejo mecer. Tengo un recuerdo exacto de este instante. Yo hablaba mientras el fuego se encendía en aquella esquina y te reías. Era verano, como siempre en todos mis recuerdos de terrazas. Hace un rato me llamaste y hablamos de autos viejos y coupés de dos asientos. El gato del vecino se pasea por la medianera y se apoltrona en el techo del cuarto. Se levanta una brisa desde el este que tiene olor a río. El jacarandá de la vereda tiene flores lavandas que caen en diciembre. Aún falta y yo estaré tan lejos que no las veré morir. Allá, donde yo vaya, habrá nieve y cuando regrese será el calor insoportable de febrero, tan diferente a esta tibieza primaveral. Es una perfecta noche de luna sin palabras. No hay que tentar al mundo. Puede enfurecerse y temblar.

lunes, 6 de octubre de 2008

Bubble bath

¡Ay, quién te ha visto y quién te ve!
Se viene ese momento en que, puestas tus cartas sobre la mesa, sólo te queda apostar.
Y vos, de juego, ni una mísera teoría para sostener.
Hay una copa volcada sobre la mesa.
Nena, hay medias de seda guardadas en el cajón.
Qué cansada estoy de ser siempre yo.
Es demasiada repetición y la luna está amarilla sobre el río donde ahora no estoy.
Huele a cazadores salvajes en la selva y está a punto de llover.
Un baño de espuma corriendo por la piel.
¿Y ahora de qué nos disfrazamos para jugar?
Burbujas de colores estallan en los ojos y los hacen llorar.
No empieces porque no te queda bien.
Se me moja el corazón que canta entre esponjas de color.
Para salir, unas gotas de perfume francés.
¿Ange ou démon? Mejor, Poison.
Ahora me pongo a cantar junto a la tina tibia y el vapor.
Llueven caramelos de fresa y serpentinas azules.
Llueve confetti transparentes sobre mis huesos de marfil.
Llueven bombones de menta sobre mis tobillos mojados.
Dejo huellas pequeñas encima del parquet.
Dejo marcas de lilas en las paredes de loss cuartos.
¡Quién te ha visto y quién te ve!
¡Ay, nena, si sabrás!
Las cartas sobre la mesa y hay as de corazones y reina de diamantes para vos.
Baños de espuma. Ya.
¡Ay, nena, quién te ha visto y quién te ve!

El círculo de baba





Oígo las voces -y no soy Juana- que ya empiezan a decirlo.
Lagos inmensos en medio de mi carne que tiene el color oscuro del silencio.
No sé cómo podré traspasar los ríos de montaña por puentes delgados como hilos violetas de bordar.
Quiero salir fuera del círculo de baba que yo misma tracé en el suelo de tierra y andar lejos de todos para no llegar a ningún sitio donde estén esperándome.
Los carteros depositaron veintiocho sobres de papel de seda en mis umbrales. Están escritos en tinta roja, pero no tienen remitente. Sólo unos trazos de sangre en el reverso mientras me hundo en la resignación.
¿Quién dijo que este era el último tren? En la cartilla anuncian que una locomotora pasará a los diez. Es de las nuevas amarillas y hace la ruta de los trigos y termina en el mar. Quiero llegar lejos, quiero oír a los hombres cantar, quiero leer mis cartas y esperar.
Una mujer de delantal blanco me trae una taza de café. No quiero beber. Tres litros diarios, dice la médica, si no tendremos que operar. Se perfilan los hechos en forma de piedras en el riñón. En algún sitio el cuerpo deposita sus fracasos. Debo beber tres litros hoy. Vienen a ser dos botellas grandes. Podré. Siempre tengo fuerza de voluntad a pesar de mí misma y de todos.
Quiero salir del círculo de baba y volar. Ochenta días y me voy. Lejos, tan lejos que no voy a poder llamar ni siquiera por teléfono. Veintiocho sobres en papel de seda y tinta roja.
El círculo de baba tiene la forma de un muro de cristal y no voy a quedar atrapada en medio de las mariposas naranjas que todavía son babosas orugas. Voy a volar tan lejos que no podré responder cuando me hablen.
Tres litros de agua mineral son dos botellas de las enormes y voy a volar tan lejos hoy.
El que quiera saber, que hable ahora o calle para siempre.
Veintiocho sobres que destrozaré en el aire porque los fantasmas no saben escribir.
Fuera de todo círculo, más allá de todo muro de cristal.
Lo sabía, lo sabía: siempre la misma cantinela de verdad. Escucho pasos -y no soy Juana aunque a mí también me espera una hoguera para morir-.
El círculo se cierne junto a mis pies, pero yo voy a volar. Ahora, ya.
Ego dixi. Nihil est sic.

domingo, 5 de octubre de 2008

La lucha armada empezó en el campo


Pablo Pinasco
Bayauca, provincia de Buenos Aires
Julio de 1969
(¡Y todavía no existía la soja...!)

Cuando yo digo...

Cuando yo digo que te quiero, estoy diciendo que formás parte de mis huesos, de mis ojos, de mi carne, de mi cerebro. Cuando yo digo que te quiero, estoy diciendo que, pase lo que pase, nunca será de otra manera aunque se vista de otras formas. Cuando yo digo que te quiero, estoy diciendo que no me importa lo que sea sino que sea, siempre, aún en la distancia y el olvido. Cuando yo digo que te quiero, estoy diciendo que te llevo conmigo adonde quiera que yo vaya. Cuando yo digo que te quiero, estoy diciendo que hay rutas que son tuyas y son mías, inevitablemente, y hay senderos que juntos construimos y juntos destrozamos, por partes semejantes. Cuando yo digo que te quiero, estoy diciendo que ojalá gane tu equipo, que te sientas feliz, que puedas lo que quieras, que te conozcas y te aceptes, que te cante la vida. Cuando yo digo que te quiero, estoy diciendo que voy a regalarte un acuario azul lleno de peces y un sol que huela a verano para toda la vida. Cuando yo digo que te quiero, estoy diciendo que deseo escribir mis palabras en tu cuerpo y que sean las mismas y otras diferentes cada vez. Cuando yo digo que te quiero, estoy diciendo que voy a preparar muchas cenas, hornear muchos scones y hacer enormes frascos de berenjenas. Cuando yo digo que te quiero, estoy diciendo que estoy acá y vos estás allá y eso es inevitable y elegible y deseable. Cuando yo digo que te quiero, estoy diciendo que te quiero y nada más estoy diciendo cuando yo digo que te quiero.

Corazones disímiles


La noche tiene un silencio espeso y solitario y las risas se rompen contra las copas. Huele a jazmines y a comida en la oscuridad poderosa. La piel se abre a una boca que se derrama demorada y perfecta entre los pliegues taciturnos de la sombra. Veo tus manos, últimas y primeras, y la luz clara que reflejan tus ojos como piedras de agua en medio de la hora. No puedo hablar porque el cuerpo se quiebra en la emoción violenta de la voz que se busca y se encuentra y se halla cálida y recordada. Conozco los caminos para encender la lumbre y podemos ovillarnos a su calor como entonces. Fuera los minutos revientan contra los murallones del mar, pero acá, entre nosotros, el tiempo ya no pasa. Se ha detenido para siempre y yo me río. Sube la selva con todos sus tambores a habitarnos y vaciarnos los cuerpos. Después nos dormiremos envueltos en los brazos y nadie dirá nada porque sólo latirán nuestros corazones disímiles.

sábado, 4 de octubre de 2008

Zapallito


Él dice que la extraña. Ella piensa que también.
Él dice que la quiere. Ella piensa que también.
¿Por qué no se encuentran a cenar?, dice la amiga.
Anotate en la heladera, dice la otra, "Zapallito, no va a cambiar."
Otro sábado en la ciudad de Buenos Aires.
Creo que voy a dejar de estar triste.
Zapallito... sería bueno. Te pone fea llorar.
Y un amigo dice que está pronto para golpear.
¡Che, gente grande!
¿Por qué no se dejan de joder?
Zapallito, zapallito, zapallito...
Sabelo, no va a cambiar.
Pero lo extraña y él también.
Así que se puso a cocinar.
Zapallito, ¿lo anotaste?
Sí, claro que sí. El asunto es que me acuerde de leerlo.
Ya sabés. Después no digas que no te avisé.
Sólo es cuestión de tiempo para que todo vuelva a empezar.
Pero lo quiere y él también.
¿Zapallito? No, ravioles de verdura para continuar.

¿Por qué, papá?


Papá, ¿por qué no estás hoy que estoy tan triste y necesito que me envuelvas con tus brazos y, acariciando mis cabellos, me digas que ya va a pasar y que si no hay alegría nada sirve para mucho? ¿Por qué tuviste que morir justo vos, papá, y yo siempre tengo que necesitarte para que la vida no me lastime demasiado? ¿Por qué no me enseñaste a cuidar mi corazón y a ponerlo en una cajita de cristal con cinco llaves? ¿Por qué, papá, no estás aquí para espantar mis más terribles pesadillas? ¿Por qué no volvés para hablarme como aquel día a orillas del lago, cuando yo lloraba y vos me contabas relatos de esperanza como siempre? ¿Por qué, papá, no puedo esconderme para que no me alcancen el dolor o la pena o la tristeza y siempre corro y corro; pero ellos llegan y nadie me defiende porque no estás acá? ¿Por qué siempre creo en todos los que me rodean y no me enseñaste a ser prudente, a poner distancias, a no involucrarme demasiado, a no ser generosa, a no sentir con esta agudeza lacerante? ¿Por qué no me dijiste que siempre iba a ser así, que era cierto lo del molde roto, que no hay globos rojos en medio de los desiertos, que los corazones que laten pagan por ello, que no hay tardes ya de sol en Palermo, que todo tiene un final hecho de desgarrones, que la pena es el reverso siempre? ¿Por qué no estás acá, hoy, papá? Te necesito.

viernes, 3 de octubre de 2008

Boleto de ida

Alcanzo a comprenderlo. Mi corazón también. Ya no hay retorno. Las estaciones de vuelta desaparecieron quemadas en los verbos de la desdicha. Era un viaje con boleto de ida y yo deseo sobrevivir.

jueves, 2 de octubre de 2008

La maleta abierta

La maleta está abierta y espera los ochenta y tres días que faltan para que salga mi avión: un par de libros, cuadernos, lapiceras, una buena cantidad de medias y de abrigo, una mochila llena de papeles, la cámara para fotografiar, un ciervo pequeño de paño, regalos, mapas, música, planos, deseos -muchísimos-: estoy lista para partir rumbo a una medieval travesía por esas tierras en las que yo misma comencé. Sólo yo sé cuál es la ruta, hasta qué altura ascenderé en la nieve y a qué profundidad de mi silencio llegaré a descender. Cuando retorne en el calor de este verano, no seré igual. Lo sé.

El nido

Me rodean susurros que parecen arrullos y yo me dejo acunar como si fuera nuevo el nido para mí.

Amanece

Todo suceso tiene su contracara. De pie miro adelante y amanece. No es poco. No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. Lo que no es cierto es eso de que lo que no te mata, te fortalece. Como si la garantía de la voluntad fortificante, fuera siempre un pasaje lúgubre por los infiernos de las hogueras y la desolación. Amanece y el invierno acaba de terminar. Siempre hay puntos finales que entenebrecen las historias. Pero después se reorganizan las fuerzas y una está pronta para pelear. Quiero mañanas de lluvia en las rutas vacías de mi cuerpo. Quiero la luz del sol, la nueva luz del sol que todo lo descubre. Quiero la hierba fresca y verde en la humedad de la aurora que vuelve. Otra vez cada vez

El país cátaro


Château de Peyrepertuse
Dulhac, France


Durante el siglo XII se desarrolla en el sur de Francia una religión cristiana diferente al catolicismo: el catarismo. La doctrina cátara, voz disidente del cristianismo medieval, surge en la Cristiandad a mediados del XII y reclama, como otros movimientos de la época, el retorno al modelo de la iglesia primitiva de los primeros tiempos del cristianismo. Condenaba a la Iglesia romana y su jerarquía dado que no respetaban el ideal de vida y de pobreza de Cristo. Bajo diversos nombres se expandieron a través de toda Europa; pero es en el Mediodía francés y en las ciudades del norte y centro de Italia donde el catarismo se hace fuerte. A los ojos de Roma, los cátaros representaban un peligro mayor que los infieles -judíos y musulmanes- porque, siendo cristianos, interpretaban de manera diferente las escrituras y rechazaban la doctrina de los siete sacramentos. Sus creencias se basaban en la existencia de dos mundos: uno bueno y otro malo. El primero, un mundo invisible en el que las criaturas son eternas, resulta de la creación de Dios; el segundo, el mundo visible y corruptible, es obra del Diablo y las almas de hombres y mujeres son estos ángeles caídos. Para los cátaros, Cristo es únicamente el enviado de Dios para traer un mensaje de salud a los hombres; pero de ninguna forma, el redentor de los pecados humanos. Los cátaros conservan un solo sacramento, el "consolamentum", que aporta la salud por medio de la imposición de manos.

Rápidamente, esta nueva creencia se expandió por toda Occitania. El papa Inocencio III para contrarestar sus efectos decide lanzar en 1209 la cruzada contra los cátaros o albigenses, primera organizada en tierra cristaina contra las herejías y quienes las sostienen y que se transforma rápidamente en una guerra geopolítica entre los señores del norte y los señores occitanos. Ese mismo año, el rey de Francia se lanza a la aventura con 300.000 barones y caballeros, acompañados de hombres a pie que se reúnen en Lyon atraídos por las riquezas del Mediodía languedociano. A partir de 1226, Luis VIII sucede a Felipe Augusto en el trono de Francia y se compromete con la cruzada. El conflicto dura veinte años y provoca la transformación del tablero político de Occitania con la creación del cargo de senescal en Carcassone y la sumisión al rey del conde Raymond VII de Toulouse. En 1233, la Iglesia adopta una estrategia terrible y represiva y crea una nueva institución judcial de funesta trayectoria y confiada a los dominicos: la Inquisición. Las persecuciones y hogueras que se extienden a lo largo del siglo XIII y principios del XIV reducen al mínimo el número de cátaros en Occitania. La caída del castillo de Montségur el 15 de marzo de 1244, el arresto de los perfectos Pierre y Jacques Authié en 1308 y la hoguera a la que es condenado en 1321 el último perfecto conocido Guihlem Bélibaste son los hitos que ponen término definitivo a la historia del catarismo en el Mediodía.
Si bien los cátaros son erradicados, su religión es uno de los símbolos de la tolerancia, la libertad y la abertura de espíritu de la cultura occitana y dejan su huella en la identidad de ese territorio. Hoy en día sólo quedan pocos vestigios de esa historia. Los castillos y abadías del país cátaro en la zona francesa del Languedoc se han transformado en los símbolos de ese combate ya que los primeros sirvieron de refugio a los cátaros y sufrieron numerosos sitios durante la cruzada de los seguidores del Papa y del rey de Francia. Las abadías, en cambio, reforzaron la posición católica y sostuvieron la cruzada.

El manual

Sé que el lenguaje es equívoco, que las palabras no son placas transparentes, que las más de las veces funcionan para ocultar lo que late tras ellas, que no debo creer lo que se dice a pies juntillas, que el sonido dura menos que el viento en pasar de un lugar a otro. Todo eso lo sé. Sin embargo, las sigo mirando como si fueran pequeñas cuentas que encierran siempre una verdad, sigo sintiendo que la palabra que se dice es eterna como una piedra sin darme cuenta que la piedra también se desgasta sólo que lo hace tan lentamente que nosotros no podemos percibirlo. Así me quedé suspendida en tus palabras: aunque supe siempre que te ocultaban; quise creerte a lo largo de tantos largos años y ayer asestaste tu herida final. Te conocí y empecé a ver qué ocultaba tu perversa bondad. No quiero que te acerques, que me hables, que me digas, no quiero que me mires, que me pienses nunca más. Y yo sí hablo con palabras que conforman escudos y armaduras perfectas, hablo para protegerme de los que, como vos, dicen siempre lo que no están en condiciones de cumplir. Vos sabrás tender la mesa, pero de solidaridad todavía no leíste ni la primera página del manual.

Las partes litigantes y la verdad

Quizá fue antes, en una prematura hora en que no era el tiempo todavía. La cuestión es que fue y el guante lanzado al aire no quedó apoyado en la acera. Alguien lo recogió y redobló una apuesta hecha de confusiones y lamentos. Lo que era un reclamo, a su manera, es decir indirecta y torcida, fue excusa suficiente para un adiós. Los escribas recuerdan haber oído y anotado que alguien había dicho que se podía contar hasta cien mil con él y que era prenda suficiente y extensísima de su amor. A renglón corrido indican , con su letra elegante y en tinta azul, que nada semejante sucedió. De lo cual derivan, con cierta lógica profesional acostumbrada al entramado de efectos sucesivos que, o alguno de los contendientes estaba sordo, o tan sólo alejado, y oyó lo que nadie había osado decir; o simplemente, que en el fragor del dolor despuntado se enuncian muchas cosas que, luego, no se está en condiciones de cumplir. La cuestión es que, cuando una de las partes en litigio, solicitó colaboración a la otra, esta última miró hacia otro lado y silbó bajito no sin antes ser de una perversa amabilidad, cosa que, mirándolo bien, escriben los escribas, siempre había sido igual. Razón por la cual, la primera de las partes litigantes gritó, lloró, escupió y habló de bastardía, cosa que no era nueva y ya había sido dicha siempre en tono de sorna hasta ese preciso instante en que la risa se hizo una mueca de patética angustia. No hay como los anales de la historia para entender los motivos perentorios que originan las caídas de tantos imperios que se dicen poderosos y no son más que gigantes con los cimientos hundidos en las aguas pantanosas del barro. Escriben también dichos relatos que la primera de las partes litigantes, la que creía con la pureza ingenua de su corazón que las palabras siempre enuncian las verdades de los enunciadores y que no sirven para ocultar la esencia verdadera del que habla, escriben ellos, que en esa ciudadela los puentes se cerraron y se anegaron los pozos, que las zarzas crecieron y que nunca más se volvió a hablar de ella en los siglos venideros. Que sea así.

miércoles, 1 de octubre de 2008

¿Pensando en qué?

Cuando me veo así, lejanísima y borrosa en el recuerdo, hace ya más de treinta años, pienso en quién fui. Los ojos se me iban igual hacia la "luna de Valencia" y el gesto se recorta baen la tristeza prematura mientras el sol brillaba en mis cabellos como ahora. ¿Qué era lo que atormentaba mi corazón fresco de diez años en un verano cordobés que recuerdo pesaroso? La misma delgadez que quiebra hoy mi cuerpo me vaciaba los brazos. No hay una sola foto donde mamá me abrace. No hay una sola foto donde yo le sonría. ¿Quién dijo que la infancia era aquel paraíso que perdimos? La mía, por momentos, fue el túnel del espanto con todos los fantasmas de la cuadra en perfecto estado de salud.

Sentires

Lo que siento es un agujero en el pecho que tiene un gran reborde amarillo con luces naranjas y refulgentes. Y ese borde se expande hasta llegar al centro y cubrirlo todo. A veces tengo frío, pero no hay nada que se pueda hacer con ello más que esperar.

Función poética y carácter ficcional

Quizá siempre hubo un lago frío que yo entibié a fuerza de voluntad.
Pienso obsesivamente en ello
y la realidad se empecina en darme a cada paso la razón.
No borro con el codo lo que escribí con la mano.
Simplemente creí que todo era algo más que la mera narración antojadiza en que me muevo: la vida para mí es literatura, es decir, función poética y carácter ficcional.
De tanto decirlas las palabras se tornan verdades que cobran cuerpo e intentan respirar.
Y ya se sabe,-bien lo dijo, entre otros, don Miguel-: ¡venir a ignorarnos un personaje de papel que yo misma creé!
El peor de los pecados es suponer que ese devenir que llamamos existencia tiene alguna coherencia o, mucho peor aún, que se proyecta en una trascendencia abarcadora.
Soy una pobre imbécil. Y sé que lo volveré a ser: pura pulsión de tinta en vez de sangre. Eso es.

Universos de nada

Creo que no tengo mucho para agregar. No era tan grave, al fin y al cabo, si no tuvimos nada más que decir. Es curioso, al menos, cómo terminaron las cosas: con escasas cincuenta palabras; no más. Y pensar que sobre ese pobre vocabulario yo había edificado un universo con sus calles, sus ciudades y sus parques. No deja de parecerme llamativa tanta naturalidad, tanta desapasionada naturalidad. Era lo mismo la presencia que la ausencia y los colectivos toman los caminos que me llevan a la periferia de todos los planetas donde una nueva edificación está a punto de comenzar. Dicen que necesitan quién construya y yo soy una proyectista de nada mandada a hacer.
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