domingo, 31 de agosto de 2008

Cuando este 25 de diciembre


Papá:
Cuando este 25 de diciembre me suba a ese avión que ya me está esperando y vuele hasta París, cuando este enero me lleve el tren hasta el sur de España y ponga mi corazón en las calles soleadas de Jerez, vos vendrás conmigo. Lo que yo vea, lo verás; lo que yo sienta, lo sentirás; conocerás de antemano cada uno de los sueños que tendré, sabrás cada una de las palabras que acudirán a las orillas de mis labios. Cuando pasee por esas calles que hace casi cien años vieron partir a tu mamá, estarás en mi sangre protegiéndome como siempre, rescatándome de la desgracia, amparándome con tu silencio de ojos claros, con tus manos de caballero andante, con tu caligrafía perfecta y aprendida, con tu aroma a lavanda, con tu sonrisa triste. Veremos juntos el río que se ondula, aspiraremos el aire del invierno azul de Andalucía y lloraremos ahogados de nostalgia por lo que debió haber sido otra cosa y sólo fue dolor. Papá, como a los nietos que no llegaste a conocer, me ocuparé de relatarle a Maïa tu historia, la que yo te inventé para que fueras alguna vez feliz sin sacrificios que no te condujeron a ningún sitio excepto al centro colorado de mi corazón donde habitás, calentito y cuidado, a resguardo de todos los fantasmas que desean herirte cada vez, otra vez, y en donde te alimento con la única sustancia del amor que me enseñaste, silencioso y distante, pero aromado con el humo con que volaron tus cenizas para siempre de entre mis manos quién sabe hacia qué ignoto lugar.

Mi padre

Mi padre tapaba el cielo con las manos, pero el cielo se colaba en sus ojos y lo hacía llorar.

Mi madre

Mi madre tenía un rostro de arena blanca y unas manos de alambre. Sus abrazos eran tapados de puerco espín que sólo otorgaba de vez en cuando y yo nunca tenía el número ganador. Olía a balcón abierto por donde sus gritos se despeñaban o a puerta cerrada en un silencio que yo nunca podía comprender. A su lado mi vida era una eterna justificación de lo que yo deseaba y un sentimiento que se cubrió de conceptos para que no me hiciera sufrir. Mi madre era pequeña, apenas 150 centímetros, pero yo la sentía gigantesca en la desmedida ambición de su demencia que todo lo ocupaba, que todo lo arrasaba, que todo lo acababa. Hubiera sido mejor que ella cumpliera sus promesas tempranas de dejarnos. Así mi infancia habría tenido la imperfección de todas las infancias, algo dulces, algo salobres, llenas de altibajos saludables; pero no, ella la hizo perfecta con su enorme colorido negro... ¿Quién podría sufrir como mamá? ¿Quién podría ser siquiera la sombra de su locura alguna vez? Y desde lo alto de un escenario ensangrentado, ella me decía cada cosa cómo debía ser. Las gorgonas sacudían sus cabellos de medusa y yo no quería ver, pero la vi y me volví de piedra, de fría piedra para siempre aunque me acerque al fuego en busca del calor que ella no me quiso dar.

Mariposas amarillas



















No sé por qué sortilegio he vislumbrado a través de los poros los fragmentos dispersos por las últimas lluvias.
Esta temprana primavera que sabe a sol furioso y a los flores veraniegas en agosto me ha dado una rabia impertérrita y deseo arrancar a mordiscones lo que ya ha muerto y despojarme para quedar vacía bajo el agua que cae y cae y cae desnudándolo todo.
Como efímeras campanas de cristal y de plata subsisten ciertos ritos sonando en el tiempo que se aleja hasta que un eco nuevo se traga al otro eco que boquea falto de oxígeno y de azul.
Mis lares arden en la temprana madrugada con las ramas aún verdes del bosque sagrado y debo hacer las ofrendas votivas para una nueva temporada de siembra.
Si todo fuera tan sencillo como soplar, las botellas tendrían exóticas formas inventadas para sorpresa de los ojos extranjeros, pero yo sé y otros también que el níquel se desvía según su propia y exclusiva voluntad.
¡Cuán difícil es soltar las amarras de las naves para verlas partir serenas en las aguas verdes del mar!
Ahora sopla el viento cálido de un septiembre a punto de llegar y yo, en la orilla, pienso cómo será disponer de todo lo que espera de todo lo que aguarda de todo lo que está allí a ras del suelo oscuro y fértil.
Miles de mariposas amarillas hacen nido en los bordes de mis párpados y entonces veo el mundo de otro color.

jueves, 28 de agosto de 2008

Los rincones de mi casa





Me asomo a los rincones de mi casa y están llenos de plantas, flores, mariposas, angelitos. Me asomo a los rincones de mi casa y están llenos de libros y colores, de soles y de tazas, de cucharitas y de papeles. Me asomo a los rincones de mi casa y hay recuerdos de todos los viajes, de todos los lugares, de todos los pasados. Me asomo a los rincones de mi casa y están llenos de poemas en papeles violetas. Me asomo a los rincones de mi casa y están llenos de fotos de personas que quiero y se han ido muy lejos y de otros que están a la vuelta. Me asomo a los rincones de mi casa y están llenos con mis palabras y con la más efímera sustancia de mis sueños. Me asomo a los rincones de mi casa y tengo una corona de maripositas mexicanas que vuela arriba de cada cena, de cada desayuno, de todas las meriendas. Me asomo a los rincones de mi casa y hay juegos de té pequeñitos y ollas, sartenes, platos con flores amarillas. Me asomo a los rincones de mi casa y hay olivos y ciruelos que florecen y dan frutos en el calor veraniego. Me asomo a los rincones de mi casa y es mi reino, donde yo soy la que deseo ser sin que nadie se enoje ni se ofenda. Me asomo a los rincones de mi casa y están llenos de mis últimas y primeras sonrisas. No falta nada para que yo sea alegre hasta el hartazgo nuevamente.

JuanCa...era por esta fecha, ¿no?

El año pasado te regalé luz pura de sol filtrándose por entre las hojas de la Plaza San Martín; este año te traigo la niebla densa del Riachuelo en invierno porque ha de ser rarísimo pasar de festejar con bufanda a soplar velitas en ojotas. Feliz cumple por estos días. Que todos sea con felicidad.

miércoles, 27 de agosto de 2008

La tormenta de Santa Rosa

Llueve
y se traspasan los papeles para otros días y otras circunstancias.
Me distraigo
y enloquezco de pura distraída.
Veo una especie de punto que no debo perder para no disgregarme en la lluvia que cae desde este mediodía.
Llueve.
Me distraigo.
Me olvido de las cosas.
Deambulo sin sentido.
Hago lo que no debo.
No hago lo que debo.
Me canso y bebo café hasta la náusea.
Vuelan ahora palomas casi otoñales en París, seguramente.
Cecilia se ríe y yo con ella en nuestra diaria hora telefónica.
La espalda me atormenta y los papeles trasmigran de lugar.
Quiero reordenar los muebles y me agota pensarlo.
¿Qué estará haciendo Mónica a esta hora en Santo Domingo?
Llueve.
Recuerdo que en estos días era el cumpleaños de JuanCa.
Pienso que debería lavar la ropa antes del viernes.
¿Qué serán los paréntesis de Dani?
Debo hacer el mural y lo pienso varias veces por día desde el sábado pasado. Juro que no pasa del domingo próximo.
Tengo que comprar verdura y me incomoda escribir hasta la lista.
Llueve.
No hay nada más.
Siempre hay un alguien que queda sin nombrar.

lunes, 25 de agosto de 2008

Une autre fée


Tardío feliz cumpleaños para Maïa

Diminuta y efímera,
con sus alas de azúcar,
con tocados de gasa que aún sabe a pañales,
otra hada mira hacia el cielo
en una tarde de agosto caluroso,
cercana al mar como una nereida de platos rosados y pasteles.
Otra hada que sabe a mieles,a chupetines, a chocolates en papeles plateados,
que tiene un pequeño corazón de alondra que late apresurado en el encierro de su pecho nuevo,
que huele a tierra mojada por la lluvia, a orillas de arena, a algodón perfumado con niebla,
que tiene el tacto suave que poseen las hadas,
que duerme en su nido dedal de porcelana azul
y que abre sus ojos inmensos para que quepan todas las brisas, todos los besos, todas las lunas.
Otra hada que cumple años mientras llega la tarde con globos brillantes, lluvia de serpentinas y confetti de colores cayendo desde el cielo.
Otra hada: la única verdadera.

Cae el sol



Cae el sol como una guadaña de luz fosforescente
Cae el sol como cien mil escopiones naranjas
Cae el sol y quema las pocas ideas que subsisten
Cae el sol y me dejo estar
hasta que se sequen los charcos de la noche
hasta que se violenten los escalones de las tristezas
hasta que se esmerilen los vidrios de mis ojos
y ya no pueda ver
de tanto amarillo saturado
de tanto recuerdo caluroso
de tanta luz hecha con corpúsculos de azafrán.
¡Quién puede saber si después no sobrevendrá la más fatal de las oscuridades para mí!

Mis hermanos

A veces me preguntó cómo fueron en realidad las cosas que decimos recordar. Chac chac han cortado las tijeras de la memoria para lograr un relato que sea soportable. Veo a mis hermanos hoy, me veo a mí y algo nos diferencia la mirada y me pregunto dónde nació nuestra marca. En medio de la locura de mi madre, en medio del miedo de mi padre, ¿dónde nos hicimos distintos? Las cosas que tuvimos, la dedicación imperiosa a nuestra propia supervivencia en el huracán silencioso de la demencia, los ritos de lo cotidiano, las tías protegiendo lo que quedaba de nosotros, ¿dónde nos hicimos distintos? ¿Por qué yo persisto en intentar tejer los lazos con lo que quedó de mi familia como si en eso residiera un antiguo secreto de felicidad? Todavía pienso que hay algo de verdad en la sangre que nos une, algo de memoria instántanea de felicidad, lo único que podrá redimirme de no sé bien qué espantos. Nada hay que mitigue esa pena pretérita que no sean mis dos hermanos, nadie puede como ellos , con su negarse a hacer historia con el recuerdo, librarme de los dragones que me asaltan. Su contacto, sus voces, traen a mi alma los bálsamos que debo haber perdido y necesito de aquellos días cuando la casa de la calle Plaza se desplomó en el día de los destrozos y los gritos. Mamá no habló durante noventa largos días y escribía en papelitos sus efímeros deseos, mientras yo hervía leche, hacía sopas e intentaba que Mariano y Pablo fueran casi felices como lo intento ahora, como lo intento siempre, porque eso alivia los propios dolores que yo siento, que siempre siento, que me persiguen como avispas en medio de la noche neblinosa de la memoria.

domingo, 24 de agosto de 2008

Mi hermano cumple años



De mis dos hermanos, Pablo es el menor. Entre él y yo median seis años que sirvieron para que yo siempre lo ponga bajo mi temprana ala maternal. Hace unos días, a mi pregunta de "¿Cómo estás?", respondió con un "Yo soy, básicamente, un tipo feliz." Pablo debió cruzar miles de kilómetros para serlo y con toda seguridad lo es. De los tres debe ser el que cargó la mochila más liviana y lo hizo, además, muerto de risa siempre. Yo lo extraño. Siempre lo extraño. Siempre me gustaría que estuviera más cerca, que me visitara a menudo, que viniera a comer día por medio. La vida ha sido poco generosa en esto de desparramarme la familia. Y hoy, 24 de agosto, mi hermano Pablo, el enano, el que se fue lejos, cumple años. Me gustaría poder tocarle el timbre con una enorme torta y un paquete envuelto en algún papel brillante, poner agua en el fuego y tomarnos tres pavas de mate mientras hablamos hasta que caiga la noche en Marsella. Para eso voy a tener que aguardar aún 122 días. No es tanto si uno lo piensa bien.

viernes, 22 de agosto de 2008

Amor Catulli

Vivamus, mea Lesbia, atque amemus,
rumoresque senum severiorum
omnes unius aestimemus assis.
soles occidere et redire possunt:
5
nobis, cum semel occidit brevis lux,
nox est perpetua una dormienda.
da mi basia mille, deinde centum,
dein mille altera, dein secunda centum,
deinde usque altera mille, deinde centum.
10
dein, cum milia multa fecerimus,
conturbabimus illa, ne sciamus,
aut nequis malus invidere possit,
cum tantum sciat esse basiorum.

Gaius Valerius Catullus (Verona, 84 a.C.; 54 a.C.)
Vivamos, Lesbia mía, y amémo(nos), y no nos importen un centavo todas las murmuraciones de los ancianos severos. Los soles pueden ponerse y volver a salir: nosotros, una vez que se apague nuestra breve luz, tendremos que dormir una noche perpetua. Dame mil besos, luego otros cien, luego otros mil, luego los segundos cien, luego otros mil, luego cien y, finalmente, cuando hagamos muchos, perderemos la cuenta, para no saberla y para que ningún malvado pueda envidiarnos al saber cuántos han sido los besos.

jueves, 21 de agosto de 2008

Vocación

Cuando yo era pequeña jugaba a ser maestra. Mi papá me había construido un mueble con madera que tenía un escritorio, un banco y un pizarrón pintado de verde. Yo ponía en fila, sentadas adelante, mis muñecas y me pasaba las horas explicando no recuerdo bien qué cosas. Hacía listas y boletines. Cada tanto ponía a mi hermano menor en la fila y el pobre, con una paciencia que le agradezco, hacía de alumno preferido.
No recuerdo cuál fue mi primer libro, pero pasaba horas leyendo. tenía una biblioteca llena de libros en mi cuarto y me recuerdo, tirada en la cama, con una pila de libros y un caldito Knorr de gallina que chupaba como si fuera un caramelo mientras leía sin pausa. A la edad de diez años, escribí mi primer cuento. No sé de qué trataba, pero había princesas y una esfera de cristal. Lo había copiado en un cuaderno Gloria y había dibujado unas ilustraciones pintadas con los lápices Carandache que me había regalado mi papá.
Si se me diera por hacer relaciones (Dios me perdone de cometer semejante desatino), creo que desde entonces nunca dejé de jugar. Será por eso que me dan tanta felicidad las cosas que decidí hacer todos los días para seguir viviendo.

Haber

En la columna del haber, si lo pienso, hay varias cosas:
Una tarea que realizo puntualmente, que me da de comer y me alegra los días.
Los libros que estuvieron desde siempre.
Mi hijo con quien tejo puntada por puntada un nuevo puente.
Unos hermanos que, desde lejos, son la familia que me dejó mi padre.
Una amiga hermana anclada en medio del Caribe que me comprende aún sin hablarnos.
Las palabras las palabras las palabras.
Una casa llena de plantas y perfumes.
Algunos sueños.
Una prima a la que desconozco y ya la quiero.
Una amiga que dice que se muere y continúa peleando.
Un hombre al que quiero y que me quiere aunque andemos a los tropezones en la oscuridad que nostros mismos nos producimos.
Una amiga que me abriga si hace frío y me manda a comer si tengo alguna tristeza mal habida.
Unos sobrinos que son la ternura que me invade a esta altura del día.
Los alumnos que me dan contentura.
Una amiga que es gota de luz y paciencia.
Un amigo que espera como si fuera desde siempre.
Personas que se acercan y me abrazan y me quieren.
Una hija postiza que heredé de ese hombre.
Una Alicia maravillosa que anda trepándose en montañas a riesgo de su vida.
Dos chicos que me quieren y a los que adoro cuando comemos juntos algunos mediodías entre risas.
No es poca cosa para quien se lamenta como si fuera un tango.

Los monos

Los monos se balancean entre las ramas más altas de las palmeras, procuran que estén fuertes y no se quiebren en la primera fiesta de brazos largos. Se ríen entre ellos, se despiojan, comen lo que encuentran de frutas o semillas o de hierbas. Y son felices o aparentan. No piden nada y gozan lo que cuadra. Duermen envueltos en los brazos de los otros cuando cae la noche y se arrullan en el sudor transparente de otros cuerpos. Aceptan lo que tienen sin pensar siquiera que deba ser de otra manera. No ambicionan la majestuosidad del tigre en la tormenta ni la belleza de una mariposa en el amanecer caluroso, ni el abrigo del oso en los hielos eternos, ni la insignificancia efímera de la oruga ni la arrastrada voluptuosidad de los chanchos o la obediencia sempiterna del perro. Ellos son monos y quizá ni lo sepan; pero se balancean, se despiojan, se ríen, se amontonan como lo hacen los monos y lo aprovechan porque no tienen otra cosa, porque nunca la tuvieron, porque no la tendrán. Quizá deba aprender la aceptación en esta instancia de mi vida: de lo que hay disfrutar y no andar penando por ríos imposibles o desiertos ignotos. No quiero ser heroína de un relato de pianos tuberculosos. No da réditos el sufrimiento a esta altura del cuento.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Anécdota LXVIII: Dolores de parto

Profesora: (Rodeada de un montón de alumnos que hacen análisis sintáctico)Presten atención todos. (Dejan de trabajar y la miran) El español tiene dos contracciones.
Alumno 1: (En voz muy baja le dice a un compañero) Sí, y después tiene un bebé. (Se ríen)
Profesora: (Sigue, sin prestar atención) Son "al" y "del" que resultan de la unión de "a" más "el" en el primer caso (Dos chicas empiezan a cuchichear) y "de" más "el" en el segundo. (Las chicas se ríen bajito) Che, ¿ustedes me escuchan?
Alumna 1: Sí, profe, sí.
Profesora: A ver, ¿qué dije?
Alumna 2: Sí, que las contracciones de las mujeres son con "al" y "del".

lunes, 18 de agosto de 2008

Intentos

Trato de hallar el camino que me permita sobrellevar mis propios fantasmas.
Trato de hallar la pócima que conjure mis miedos y fracasos.
Trato de sobrevivir entera y sin lesiones.
Cada ser humano es un manojo de historias que no alcanzo a entender.
Trato de seguir adelante con los relatos que me conforman y sostienen.
Trato de abrir los ojos y ver.
Los cactus a veces doblan sus espinas y se disuelven con el revés de las lágrimas en el universo convexo de los párpados.
Todo pasa.
Todo regresa.
Todo puede empezar.

Él duerme

Ahora él duerme. Entre sueños, abre sus ojos azules y me dice si quiero ir a desayunar. Yo pienso en un vergel de flores y frutas perfumadas y, entre canastas, estoy arrodillada mientras voy arrojando adentro naranjas, uvas, jazmines y algunas fresias amarillas y rosadas. Hay sol, mucho sol de invierno que es manso y familiar. Es tan extraño el tiempo, hace ya tantos días que no amanecemos para algo que no sea ir a trabajar. Cerca está el río que trae un aroma mojado y vegetal. De todas las palabras que alguien debió decir quizá el goce era la única posible. Debo desinstalar mi cabeza que ruge como una bestia traicionada y entregarme a la efímera sensación del no importa qué suceda después. ¿Quiénes saben los días venideros sino los oráculos que quedan vencidos en tierra argiva a fuerza de callar para siempre jamás? Los hombres son seres complejos que sólo desean una piel transparente y unas manos de madre que sepan acariciar. La rueca hila filamentos de oro que a veces no sé destrenzar. Creo que hace dos años que no dejo de llorar y querría poder tener alas de cristal adheridas a la espalda delgada para aprender a volar. Sólo después las nubes serán volutas livianas que yo deba atravesar para vivir. Ahora él duerme y se agita en su sueño como si fuera un niño. Mi mano en sus cabellos lo calma mientras no deja de soñar.

domingo, 17 de agosto de 2008

El amor en los tiempos del cólera

Le rogó a Dios que le concediera al menos un instante para que él no se fuera sin saber cuánto lo había querido por encima de las dudas de ambos, y sintió un apremio irresistible de empezar la vida con él otra vez desde el principio para decirse todo lo que se les quedó sin decir, y volver a hacer bien cualquier cosa que hubieran hecho mal en el pasado.
Gabriel García Márquez

Hoy

Estoy en una tierra de cactus y no paro de llorar.
Miro más allá y mis ojos están tan empañados que creo que no hay nada más.
Me consuelo diciéndome que
yapasaráyapasaráyapasaráyapasaráyapasaráyapasaráyapasará
yapasaráyapasaráyapasaráyapasaráyapasaráyapasará
yapasaráyapasaráyapasaráyapasaráyapasará
yapasaráyapasaráyapasaráyapasará
yapasaráyapasaráyapasará
yapasaráyapasará
yapasará
ya
pasará
ya
pa
sará
ya
pa
sa
rá.

viernes, 15 de agosto de 2008

Incipiunt

Cada cual elige el sitio donde esconderse: yo prefiero las volutas de las letras trazadas con plumas y tintas, caligrafías latinas donde oculto los dobleces de mi alma y la carnadura espesa de mi corazón. Incipiunt, para quien no lo sepa, significa comienzan. Incipiunt laetitiae, desinunt dolores: ego in corde clamo; in solitudine sum.

(Lamento haber perdido hace muchísimos años aquel librito de caligrafía de editorial Gallimard en ese colectivo 107. Que quien lo haya llevado, haya disfrutado de sus páginas tanto como yo)

Viaje

¿Cuánto falta para la próxima estación?, preguntó ella.
Ya llega, dijo él. Dormite y no molestes.
Pero, ¿me vas a despertar?
Claro, tonta, te voy a despertar.
Cuando abrió los ojos el tren ascendía rumbo al desierto de Gobi. Nadie más quedaba en el vagón.

De algo servirá


De algo servirá que llegue el día y destapar la noche para que ahora entre el sol

jueves, 14 de agosto de 2008

No querer

Querría que esta brisa, fresca de aires nuevos, que baila mis pájaros de vidrio y los hace sonar como cristales biselados, querría que esta brisa trajera lluvia fuerte con gordas gotas hundiéndose en la tierra con olor a mojado. Querría que ya fuera mañana y yo hubiera dormido, plácida y melancólica, como si fuera otra. Querría que ya hubiera pasado este día en que decidí que empezaba a olvidar. A esta hora de la noche ya escuché las canciones más tristes, ya leí diez poemas, terminé una novela, tomé dos tazones de sopa y me hundí entre las sábanas sólo para llorar lo que no puede ser. Mi corazón es una sala de terciopelo rojo donde la sangre se derrama y se ocupa de glóbulos como de brillantina desparramada en lentejuelas que giran al ritmo del lamento. Querría que fueras de otra manera y eso significa no querer.

Sin ti



Nadie murió de amor esta noche ni ayer ni el mes pasado. Entonces, hoy, cuando sol era de cal blanca en medio del invierno y lavaba el cielo de aguas temporales, vine a mi cuarto y me encerré para llorar, como se llora siempre cuando el corazón es una sala vacía donde resuenan los pasos que no se quieren dar. Nadie murió de amor ni va a morir aunque el alma se estruje entre las sábanas blancas. Se agotan los pañuelos, pero aún hay más. Más triste es no tener ya nada qué decir y seguir como si fuera vida, como si fuera cierto, como si fuera así como debiera ser.

Finales

Porque todo anochece
Porque todo se enfría
Porque todo se acalla
Porque todo se duerme
Porque todo se olvida
Porque todo se muere
Porque todo termina
y yo lloro
en medio de mis sábanas
en medio de mis días
en medio de mi nada

martes, 12 de agosto de 2008

Espiral

No quiero que me hablen.
No quiero que me digan.
Que nadie opine, comente, aventure.
Que sólo vean lo haya para ver y se callen.
Me saturan las voces que creen conocer, que necesitan que les informe, que ponga nombre a todo, que precise la exacta carnadura de lo que es sólo una espiral apenas en medio de mi corazón que va cobrando vuelo hasta ser abanico abierto hacia la lluvia invernal de este agosto que ya se va, que ya se fue, que se murió y nunca más volvió a resucitar.

Punto y aparte

De pie o casi moribunda,
sobre los tejados resbaladizos de la lluvia o bajo los muros rajados de la desdicha
los párpados se entrecierran y adormecen.
No hay nada en mí que sepa a cepas olvidadas de tristeza:
tengo el regusto amargo de las verdades, las evidentes, las que sentí el domingo casi al filo del lunes.
Por más que intente disfrazar la distancia con los ropajes coloridos de las pieles y los perfumes ya nada es igual.
Comienza a perfilarse un abismo vacío donde estoy sólo yo y aceptándolo, ya sin dolores, ya sin remordimientos, casi en un atisbo de resignada sabiduría y pertenencia a mí misma más allá de los aires con que intento resistir esta muerte.
La ilusión, cuando se pierde con mansedumbre, es una forma de ver la descarnada forma de las sustancias íntimas.
A la larga, siempre alcanzo a comprender que yo deseo lo que está más allá de este cuarto, de estas sábanas, de este relato que tiende a encriptarse otra vez en sí mismo.
Las diferidas comas anticipan el definitivo punto y aparte donde todo termina y al texto sólo le queda la rebarba que debemos borrar para que quede redondo y majestuoso.
Maravillosa zona del recuerdo donde se anuda todo hasta la planicie final que espera en la memoria.
Es así, indefectiblemente: todo se acaba con un suspiro que lo prolonga hasta que el aire se agota y hay que volver a abrir la boca para respirar.

Latencias

Extraña sombra de lo ajeno interpuesta en medio de los cuerpos y mi silencio se hace siempre distancia y pacífica lejanía. Sigo en medio de la lluvia que lo moja todo y lo lava y lo deslíe y lo aleja de su propia sustancia. Las narraciones tienen complicaciones que son sólo disparadores de la única línea que se tuerce. Los días no, la vida es un relato cuyo narrador se ha tirado a dormir y nadie resuelve lo que se anudó hace días. Uno tras otro se superpone el aire con sus moléculas de nada. Estoy soportando la lluvia y nunca hay nada más.

lunes, 11 de agosto de 2008

Muerta de amor- versión invernal




Luca Pinasco
Uruguay, agosto de 2008

Diario de viaje

7 de agosto de 2008 20:00 horas.
Las caras son tostadas. Los cabellos son lacios, siempre lacios. Esta gente no lleva rulos y portan bolsas de marcas carísimas con naturalidad. No es gente como uno. En realidad nunca es gente como uno, jamás la gente es como uno. Yo tampoco soy igual a ellos. Una beba, cuyos padres están sentados detrás de mí mientras esperamos para abordar, mete sus dedos sucios de yogur de vainilla entre mis bucles. Sus padres hablan entre sí sin prestar atención a la perfumada crema de peinar saborizada que su hija desparrama en mi pelo. Me corro más allá y la beba se desplaza con una vocación de coiffeur que sorprende por lo temprana. Claro, es que en este mundo no hay bucles y la niña está maravillada con la novedad que le ofrece mi cabeza. Al lado mío, se sienta una señora mayor con cartera de Gucci, muy barrio Parque, que tuvo que haber votado a Macri, con seguridad o cuanto menos a López Murphy. Hay adolescentes que leen revistas en inglés y llevan relojes que parecen caer de sus muñecas, pero se ve que hacen deportes de riesgo –se les nota en la mirada entre desganada e intrépida- y pueden sostenerlos airosos. El buque sale con media hora de retraso. Siempre me sucede cada vez que voy a Uruguay así que estoy resignada. La única vez que todo salió bien con Buquebus, entraron ladrones y vaciaron mi casa, así que prefiero salir con tres días de retraso de ser necesario. Una también llama a los dioses de los azares para que conjuren cualquier imprevisto. Pienso en Cecilia, su llanto, su terrible desesperación. Me gustaría tener algún dios a quien implorarle para que cese todo su mal denominado cáncer. En unas horas llegaré a Montevideo y volverá a suceder el reiterado milagro del amor infantil.

7 de agosto de 2008 23:32 horas
En la 18 de julio, las putas se pasean de a dos por las esquinas. Hace un frío de Polo Sur y Polo Norte sumados. Algunos hombres caminan por las veredas anchas de la avenida. Ellas están envueltas en chales y por debajo asoman unas piernas cortas apenas tapadas por minifaldas rosadas. Están de a dos, tomadas del brazo, y recorren las esquinas de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Nadie repara en ellas y en la soledad de una noche de agosto con el frío al cuadrado de los Polos. Triste noche la de las putas de faldas rosas y tacones altos de Montevideo.

8 de agosto de 2008 14:30 horas.
Los nenes de Neptunia están en los almohadones esperándome. Les llevo un libro de cuentos y unos chupetines con formas de corazones colorados que deben tener gusto de frutilla. Luca me muestra todo el jardín con una alegría que lo desborda: su perchero, las dos estufas, su sala, la mesa de la merienda, el rincón de los juegos, las macetas con plantas que recién están asomando. Cada una de las cosas que forman su universo cotidiano. Me mira absorto mientras mi voz deshilvana el cuento. No me quita sus enormes ojos verdes como si viera más allá de lo que yo digo. Están todos, pero el cuento sólo sale de mi pecho, de mi garganta, de mi boca para él. Se le tejen mis palabras como caricias al cuello tibiecito que horas más tarde se dormirá junto a mí.

8 de agosto de 2008 17 horas
Voy a buscar a Luca y Miranda al jardín. La mamá se tuvo que ir y no regresa hasta el domingo a las 14 y mi hermano, su papá, todavía no salió de trabajar. Caminamos tres cuadras de tierra con el sol en las espaldas mientras miramos las sombras larguísimas delante nuestro que nos hacen reír. Con mi hijo jugábamos a pisarlas de vez en cuando si ellas nos le permitían. Luca pregunta todo el tiempo por explicaciones que disfrazo de versos. Llegamos a la casa, me hace leer otra vez su cuaderno. Me regala un dibujo de flores para que yo pegue en mi pared. Jugamos, escuchamos música y bailamos. Al rato llega mi hermano y lo llevamos a la fonoaudióloga. Volvemos para que yo prepare la cena y él se mete en mi cama para mirar libritos y se queda dormido mientras yo le acaricio la cabeza. Mañana se despertará en otra cama y volverá para meterse en mi acolchado otra vez.

9 de agosto de 2008 15 horas
Luca y Miranda tienen un cumpleaños. La nena se llama Ainara y el hermano, Kenai. Tomamos jugo de frutas exprimido y comemos empanadas y pizzas integrales con tofu derretido. Los hombres visten casacas tejidas y cabello largo y lacio y las mujeres trenzas y faldas hasta el piso. Todos tienen zuecos, sandalias de cuero con medias de lana de ovejas y adornos tejidos en el cuello y los cabellos. Los niños hacen rondas y dan gracias a la tierra generosa. Luca los mira a la distancia y pide por los globos de todo cumpleaños que se precie. Cuando volvemos a casa pongo un pollo al horno con papas y mis sobrinos se comen tres platos. Vuelvo a leer cuentos y los chicos se van durmiendo uno por uno, inclusive mi hermano.

10 de agosto de 2008 18:15 horas
El micro se va. Atraviesa Montevideo hacia Colonia en un cielo celeste cruzado de nubes que son como trazos rojos fosforescentes. Dejo atrás tres días y miles de imágenes que se anudan a mis células. Espero volver pronto. El perfume de la piel dormida de mi sobrino es una aguda necesidad. Anochece con la seguridad con que la naturaleza traza sus ritos. El alma humana desgasta sus pasos con delicada inseguridad. Es volátil la especie y sutiles los lazos que nos unen. La sangre que me anuda a estos niños late igual de roja que otras tantas y, sin embargo, sólo yo sé cuál es el tempo exacto de cada pulsación. Todos nos hemos reído en estos días más de una vez. Eso alcanza para alcanzar ahora la eternidad.

Luca en clave de amor


Miranda, su Barbie y sus dibujos


Fin de semana en Uruguay


Fuimos muy felices

jueves, 7 de agosto de 2008

Carta para Cecilia


Ceci:
No siempre detrás de todo el sufrimiento está la muerte esperando. A veces no puedo comprender por qué todo esto te toca justo a vos que recordás las campanas de los responsos en Chajarí, por qué justo a vos que no aceptás las cosas hasta que les ves todos los dobleces, las razones, las fascetas, por qué a vos que tenés un largo camino de Santiago por recorrer. Creo -con toda la fuerza de que mi corazón es capaz- que, más allá de todas las palabras que decís, llenas de tristeza y desesperación, tenés la voluntad para pasar por esto y por todas las cosas que se te puedan oponer. Ya demostraste, nena, cuánta fuerza anida en tu resistencia. ¡Qué más decirte! Que te quiero, que querría cuidarte, protegerte, ayudarte; que no deseo que nada nunca te suceda; que te necesito para hablar horas por teléfono mientras el señor Telecom se enriquece con nuestras risas, con nuestra acidez; que quiero que llegues a Santiago de Compostella, fresca como una novia, para que la vida siga, como siempre; que sólo quiero que estés siempre bien.

(Y no te enojes con la foto. Saliste linda, muy linda, como siempre. Y no digo, por esta vez, ninguna ironía. De verdad.)

miércoles, 6 de agosto de 2008

Deseos para el año nuevo

Hay siete cosas que quiero para mí:
La alegría con mi hijo.
La salud de Cecilia.
El amor de mis hermanos y sobrinos.
La entrega y fidelidad de mis amigos.
Mi viaje a Europa.
Mi novela familiar.
Y vos.
El resto son días que se acumulan como nieve en la puerta.
Viene la barredora y se van.

Las últimas serán las primeras



Las últimas palabras pueden ser las primeras: esto ya fue dicho mucho antes. Lo siento, no soy nada original. Anoche te dormías atrapando mi cintura en tu sueño y yo respiraba feliz el aire frío que entraba por la ventana mientras te oía respirar. Después llegó la mañana, cebé mate y me reí como me río a veces, cuando las cosas salen bien. Todo tiene el color helado del invierno que se pasa debajo de los acolchados. Nada más allá del tiempo. Nada más.

domingo, 3 de agosto de 2008

Domingo en el borde



Es madrugada aún y está todo en silencio, oscuro y frío.
En la sala titila la pantalla como una luz azul en medio de la noche más antigua del mundo.
Bosques sagrados de limoneros y naranjos bordean mi memoria junto a los templos sagrados de las primeras diosas.
No es la luna, no; sino la verde cazadora deslizándose por los vidrios de la medianera para hablarme con la lengua primera de las lacedemonias.
Ya cayeron los peplos ensangrentados de Afrodita y la casa se inundó con su espuma liviana.
La sacra esposa me ceba mate y ordena los eventos;
mientras atrás revolotea una lechuza de ojos verdes.
Proserpina se hunde en su reino invernal y vuelve, siempre vuelve, en el tallo ondulante de las amapolas enrojecidas.
Se agitan las ninfas con sus cabellos de trigo y quiebran su talle delgado para envolverme.
Nunca estoy sola.
Yo también tengo mis lares, mis manes y penates.
Van variando sus rostros, pero jamás se apagan.
Yo mantengo encendido el fuego del hogar que los sustenta.
En medio de las ruinas,
en medio de las huecas y pobladas soledades,
en medio del vacío y la tormenta,
cuando ya nada dice,
cuando ya todo calla,
cuando el frío teje carámbanos de pena,
yo mantengo la llama:
siempre alguien precisa de mis manos de lana, de mis besos de madre, de mi aroma a violetas.
Ellas lo saben y se disfrazan con rostros amigables, pero vienen de lejos y han estado siempre como lo están las deidades antiguas de la Hélade, junto a mí, en los bosques sagrados de mi carne, en la fuerte fragilidad de mi templanza, en la austeridad de mis temblores, en mis comidas, en mis palabras, en la luz transparente de mi memoria.
Ellas están como las diosas de pueblos infinitos que ya han muerto y que nadie venera.
Ahora las arropo porque duermen y sólo titila la luz azul de la pantalla.

sábado, 2 de agosto de 2008

Corazón radioactivo


Primero fue en el brazo izquierdo a las 15 y 25.
Después, en el derecho a las 19 y 25.
¿Qué es?, le pregunté.
Material radiactivo.
Ah, le dije viéndome como Homero y fosforesciendo.
En cantidades mínimas para que no te dañe, quiso calmarme.
Con calcio y potasio para que se fije en el corazón y en la paratiroides, agregó.
Salí a las 20 y 30 con el corazón radioactivo.
Brillaba como la mica, el feldespato, las piedras estelares y la luz de la luna.
Corazón de tungsteno en medio de la noche fría.
Irisdiscente músculo de minerales radioactivos.
Rutas de arterias como lámparas ardientes.
Calles de venas como señales luminosas.
Albedos altísimos en cada capilar, cada gota de sangre.
Tengo el corazón hecho de partículas radioactivas en suspensión gelatinosa.
Y sigue titilando como una luciérnaga en medio de todas las tormentas que sacude la ausencia.

viernes, 1 de agosto de 2008

Récit

Fue una rara semana en los marcos del silencio que nos hemos impuesto. El lunes te quería y te extrañaba y creía que la vida no podía ser ya a sí. El martes vinieron mis amigos y tomamos el té. No tuve ya momentos para sentir que me faltabas. El miércoles di clases, vino Lucía, con la que puedo hablar más allá de vos; a la noche Cecilia y Ale comieron pizza en mi casa y nos reímos hasta el amanecer; el jueves estuve con Sofía y así fue todo. Ya no puedo pensar. No sé muy bien en qué estará mi corazón en este instante. Acabo de soñar con un bebé que se perdía y la imagen del río Paraná desde el piso veinte de un edificio de la avenida del Libertador. Era un río marrón y blanco, turbulento, lleno de islas y de espumas. Corría tanto el agua que contrastaba su espesura con un cielo de atardecer. Yo lamentaba no poder fotografiarlo. Me desperté. Tengo que dar clase, escribir hasta terminar mi planificación e ir a hacerme un estudio al sanatorio. No es una cosa más. La ausencia se ha llenado de palabras, las que eran mías desde antes. Espero que a vos, desde allá, te suceda lo mismo. No desearía que nada te lastime ni te entristrezca. Nada más.
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