lunes, 31 de marzo de 2008

Un jugo de naranjas normal

Salgo de sacarme sangre y voy al bar. Pido un té con leche y un jugo de naranjas. "¿En vaso grande?", me dice la moza. "¿Qué es grande?", pregunto, segura de la subjetividad que porta semejante adjetivo. La chica me mira y repite, "Grande". Yo la observo y recurro al código universal del gesto. "¿Grande así?", y hago una marca en el aire a diez centímetros de la mesa. "¿O así?", a veinte. "¿O así?", cincuenta centímetros. Uma exageración de mi parte, sin lugar a dudas. "No sé... normal.", me dice. ¿Cómo?, pienso, ¿no era grande? Si algo es grande es porque no es normal. O quizá en este bar, lo normal sea grande. ¿Y cómo será entonces acá grande? ¿Un vaso de un metro con una pajita -se dice sorbete, pajita suena mal, casi pecaminoso; aunque yo me empeñe en preguntarle a cada quiosquero dónde están las pajitas- decíamos entonces un vaso de un metro con una pajita de uno y medio. Paren un poco, se han mezclado dos criterios: grande y normal. Irreconciliables en tanto uno alude al tamaño y otro, ¿a la frecuencia con que algo se repite en una determinada circunstancia? Es decir, ¿ese es el parámetro que usamos para decir que algo es normal? ¿O eso es frecuente? ¿Y lo normal? ¿Lo que se ajusta a normas? ¿Normas, leyes, reglas? ¿De quién? ¿Las hay universales en estos casos? ¿Para decir que el vaso es normal hay que recurrir al código de expendedores de jugo en vaso? No existe lo normal. Nunca existió ni existirá, excepto como un parámetro individual a cargo del usuario. Eso será normal sólo en el universo cognittivo o apreciativo en el que se maneje el eventual bebedor de jugo, en este caso, yo que soy, siempre, quien dicto mis "normas de normalidad". Lo mismo corre para grande: la botella de 600 cm3 es grande si la comparo con la de 250 y chica para la de 1000. ¿O sea...? Levanto los ojos y la moza sigue mirándome. "Bueno", digo, "traéme un vaso grande." Al rato me trae uno de quince centímetros. Al fin y al cabo tenía razon: era un vaso normal.

Resemanticemos


¡Argentina, Argentina! = (La nación -¿La Nación?- son ellos. Los demás somos extranjeros, negros de mierda, villeros... o lo que es peor ¡comunistas!)
El campo no se toca. = ( ¿Qué? Si lo toco, ¿me surten?)
El país agricola-ganadero = (Yo debo ser de otra parte, entonces)
Unitarios o federales = (Se me patinó la historia. ¿Por qué no autonomistas? ¿Dónde quedó Julio Argentino en todo esto?)
Esto es el comunismo = (Grita una señora en Carrefour el domingo cuando el gerente le dice que el tope de sachets de leche por persona es de diez. Sí, esto es el comunismo y me voy a Cuba a comprar un nuevo teléfono celular.)
La soja no es mala = ( Minga que vamos a redistribuir nuestras ganancias para subsidiar a los que son más pobres. ¡Que vayan a laburar, carajo!)

Ahora me voy a trabajar... epa, claro, pero si los únicos que trabajan son los que fabrican la riqueza en el campo y están de paro hace diecinueve días. Entonces, en este país nadie trabaja...¿Qué? ¿Estamos todos de vacaciones? Ay, qué suerte, me quedo en casa. ¡Qué bueno! ¡Haberlo dicho antes, los apoyaba!

domingo, 30 de marzo de 2008

A cacerolear, a cacerolear...

Para muestra basta un botón.
Eso sí... que sea del uniforme de mi empleada doméstica.

No ver

No quiero ver lo que a cualquiera le resultaría evidente: un dos más dos, cuatro. Como siempre lleno los segundos para que sea imperceptible su paso demorado. Otra manera de ocultar el cielo detrás de los cabellos y no ver la tormenta que se avecina negra desde el norte. Hablo por teléfono, lavo, escribo, leo, cocino. Diseño el viaje del próximo verano como quien teje un encaje finísimo y milimetrado. Pero las primeras gotas son como manchas de aceite sobre tejados de algodón de colores. En mi mundo las piezas encajan a la perfección y levantan torres y palacios donde siempre se está cómodo y bien. Practico de a ratos una ceguera digna de cierta rama de mi sangre y de a ratos tengo la mirada de la medusa que todo lo vuelve piedra al escrutar. En resumen: soy quien soy pese a todos los esfuerzos por intentar no parecerme a mí misma. Alguna vez soplará un viento suave que despeje la vistas bajo un rayo de sol.

Los libros


Me rodean los libros
dispuestos a saltarme en el cuello
para asestarme un golpe de tinta
de sus mundos inexistentes. Abren sus hojas
para dejar caer
en mis cabellos
la brisa maravillosa de sus frases
que me danzan alrededor
en vaporosas rondas de secretos.
Algunos hombres,
que no he conocido más que a través de papeles escritos hace tantísimos siglos,
me susurran palabras
que saben a rito y encantamiento.
Sus bocas
ya muertas pero vívidamente mías desde siempre
repiten versos
que sé de memoria y murmuro con ellos.
Los lomos suntuosos de los volúmenes
se arquean
para seducirme como siempre
mientras mis yemas los acarician
previendo todo lo que guardan en su interior.
Despaciosos me entregan sirenas de papel, faunos y prados de hierbas y rocío,
todos los caballeros y sus damas infieles,
todos los almirantes y los náufragos
y hasta las marquesitas
que sucumben
a los demonios de la rabia y el dolor.
Y en un reloj
que no puedo apresurar
y que come segundos con lentitud morosa
el silencio se puebla
del recuerdo de sus voces
resbalando por mi cabeza hasta morir en mis pies.
Abierta como estoy a su fragancia,
sueño
mientras el mundo se disuelve
como si nunca hubiera existido,
como si las construcciones
que lo han sostenido a través de los siglos
ya hubieran perdido el sentido perfecto que las alumbraba.
Deberé apurarme,
releer todo lo que ya había devorado
para que se cargue otra vez del significado
habitado por el sabor de las hojas,
para que las palabras
nuevamente
adquieran la carnadura alumbrada del amor
y la luna –esa otra vestidura de la muerte-
sea otra caída en el arrabal y la esquina rosada
que tanto supe desear.
La distancia se mide en verbos,
en deseo de perduraciones y añoranzas,
en talismanes
que brillan en el borde oscuro de la noche
y se hacen día
brotado de palomas acuáticas y libélulas
que danzan porque han decidido vivir.

Inicio


a mi madre, dorada Clitemnestra en su propia locura

Una vez,
sólo una vez,
en la carne se abrió el pasado de lo que yo debí haber sido
y me quedé con esa imagen de fragmentos
de la que fui perdiéndose en la que soy.
Nunca estuviste allí:
siempre con la mirada y la piel estando en otro sitio,
en otro los abrazos y los besos,
en otros las caricias y los juegos;
y yo dormida en la cuna vacía de la sombra
donde todo quedaba lejos,
tan lejos que nadie podía encontrar (lo/me).
¿Quién era yo, mamá, en la oscura materia de tus sueños?
¿Quién era el manojo de sangre
que no quisiste
siquiera alimentar
cuando era parte indisoluble de tu cuerpo?
¿Quién era yo para albergar la muerte
cuando estaba en tu cuerpo
y me abría
como una inédita flor solitaria y vacía?
Nadie dijo nunca mi nombre en labios de pétalos,
nadie dijo cuál era el deseo que me había alumbrado
y allí estaba,
gimiendo,
pagando en abandono
la luz que no había sido,
el amor que se iba,
el deber que volvía,
y fui culpable siempre,
sin juicio,
sin defensa,
condenada al silencio que poblé de fantasmas,
de princesas,
de gritos.
¡Qué sola me dejaste cuando estaba en tu vientre
y no había , ni un dios que me llevara a su reino de eternos imperfectos!
Yo busqué congraciarme;
pero era voraz el rito que exigías
y no hubo don que calmara tus retos
ni plegaria que pudiera aplacarte
como una dádiva amorosa y divina.
Eras la boca devoradora de mi carne.
Lo fuiste antes.
Lo sos ahora.
Y ése fue el inicio.

sábado, 29 de marzo de 2008

El arado. Víctor Jara

Hablemos también de los peones y de la paga miserable y en negro. Ellos no estaban en las rutas sino buscando la leche que los tamberos tenían que tirar.

El muerto de la ambulancia








A Natalio Porta, que nunca pudo llegar a Río Cuarto

El muerto de la ambulancia, ¿en qué cuenta lo cargamos? Si algún piquete de "negritos", de esos de antes, de esos que enfurecían a los que batían la cacerola el miércoles a la noche, hubiera impedido el paso de una ambulancia y el tipo hubiera muerto de un infarto porque la ruta alternativa se le hubiera hecho demasiado larga, ¿cuántos editoriales de La Nación habrían aparecido para denunciar la barbarie? Qué silencio en los medios ante este muerto de la ambulancia: ni siquiera una tapa o una nota al pie de la última página. Se les murió un tipo, a ver si se enteran; y se murió porque no dejaron pasar la ambulancia. Sí, no dejaron pasar la ambulancia y no fue ningún piquetero morochito, mugriento y sin dientes. Fueron las señoras que toman mate a orillas de la ruta, fueron los señores de pañuelo al cuello que ondean banderas celestes y blancas y preparan la leña para el asado en San Pedro, fueron los que gritan, a voz en cuello, "nosotros construimos la riqueza de esta patria" como si ninguno de los otros nosotros trabajásemos para hacer la nación y fuéramos deudores incondicionales de ellos a los que debemos suplicarles que dejen pasar los camiones porque en las ciudades ya no hay verdura ni leche ni carne. A ellos se les murió un hombre. Sería bueno que quede claro y con letras de molde.

Tener la soja atada

Yo según Dani


Sólo faltan mis bucles
El abrazo más constante de mi vida: las palabras
Gracias, Dani
Te quiero desde hace 33 años

Ya

Ya no escribo sobre las cosas que antes escribía.
Ya estoy alejada del vértigo y las cornisas.
Ya no hay palabras.
Ya todo se ha aquietado.
Ya transito el remanso donde el río se envuelve y se hace lago.
Ya salgo de pie de la tormenta.
Ya calla todo.
Ya me siento un estanque.
Ya se detiene el pulso:
Es todo oscuridad en el hueco umbrío del silencio
y estoy sola conmigo
y no veo
y no puedo olvidar
y afuera hay otros vientos rizando las praderas
y afuera me conozco y me sorprendo.
Ya estoy retornando.
Ya respiro cristales helados de otro oxígeno.
Ya lo comprendo todo.
Es una bocanada de pasado que se pierde.
Sólo eso.

viernes, 28 de marzo de 2008

Especies en disputa



Mírelos bien: Trigo, maíz y soja. Especies en disputa. Y si lo piensa bien, tres universos culturales. El trigo fue la alimentación de los pueblos indoeuropeos, léase la cultura occidental, los griegos, romanos, celtas y pueblos urbe et orbi. El maíz nació en América , latina obviamente, digamos, mayas, aztecas, incas, quechuas. Es decir y haciendo historia: el trigo sepultó al maíz que era amarillo como el oro. Bueno, tanto como sepultar... lo trasmutaron en pochoclo para comer mientras miramos la última de Bruce Willis en todos los cines de las cadenas de arcos dorados que crecen como plaga sobre el planeta. Y finalmente la soja, Oriente y las culturas milenarias de China, Vietnam y adyacencias. Eso sí la hicieron transgénica, para que fuera resistente a los venenos que matan a todas las otras plantitas menos a ella. Qué planta tan poco solidaria esta soja, vea. Ella subsiste mientras las demás se ahogan. Y encima se deglute la tierra hasta dejarla flaquita, flaquita. Una pinturita el poroto más proteico del mundo. Y huele a dólar, verde tan verde. Maravilla de maravillas: la soja es poderosa, corta rutas, enardece personas. Debe ser que guarda en sí rastros de antiguas artes marciales orientales que se transmiten por los genes que ña transgenidad no ha podido modificar. ¿Qué decir? A mí me gustan el pan francés y los choclos hervidos. El poroto de soja me cae pesado, nunca termino de digerirlo.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Civilización y barbarie

Anoche me fui a dormir con la imagen de cientos de personas llenando la Plaza de Mayo al son de las cacerolas, como antes había visto las rutas cortadas, los tractores parados, las cosechadoras cruzadas en medio de los caminos. Se me abotarga el cerebro de recuerdos: el boicot camionero en Chile, el desabastecimiento, la especulación, el camino hacia el vacío. Pensaba que la Plaza estaba llena de señores con sol de Punta del Este y de chicos que estudian Ciencias Agrarias en la Universidad del Salvador o la Católica y que gritaban si este no es el pueblo, el pueblo donde está. Debo haber evolucionado del 73 a esta parte porque juro que sentí que ellos también son el pueblo... No, no, me rectifico: ellos no son el pueblo, ellos son la gente. Ayer la Plaza la llenó la gente. El pueblo murió en la década del 70 que ellos tanto aborrecen. Pensaba que a muchos el campo les chupa un huevo, que sólo batían la cacerola para invocar los fantasmas del 2001 y ver a la reina Cristina subirse a un helicóptero y partir. Y sí, ya había salido Lilita a aventar los fantasmas y los partos en los que, prestos, Macri y López Murphy oficiarían de parteros ad honorem. Menuda gente que tan rápido se arremangan en haras de la nación y los sacrosantos bienes de la patria terrateniente (ay, Dios, cuánto hace que no digo esas dos palabras juntas ). Pensaba en las dicotomías de nuestra historia, en las zanjas de la literatura argentina, en el ser nacional. Pensaba en Echeverría, en Sarmiento, en Cané, en Mansilla, en Borges y Bioy Casares. Pensaba que dormí angustiada y que otros lo habrán hecho felices. Pensaba que ciertas actitudes me sitúan aen las antípodas de lo que opino y me encuentro creyendo en el bien de los Kichner. (Oh, dioses, cuánta herencia sofista me atormenta). Pensaba en la bestia negra del peronismo en la conciencia de clase de nuestro país. Pensaba que quizá sean justos los reclamos de miles de chacareros que ven conculcadas sus pobres ganancias mientras la oligarquía terrateniente (otras palabritas que habían caído en desuso para mí) se llena los bolsillos como se los llenó a lo largo de la historia de nuestro país desde el modelo agroexportador hasta la fecha -léanse 128 años de pingües ganacias-. Muchachos, los que se desloman para que las soja les rinda, ya saben... las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas. Siempre.

lunes, 24 de marzo de 2008

El agua de la memoria




En medio de la sangre,
atrás de las banderas,
encima de los gritos,
la memoria perdura.
Aferrada a los huesos,
desatada en las calles,
cobijada en los ojos,
la memoria espera.
Estampada en los pechos,
sentada en los cordones,
cantada en las palabras,
la memoria se instala.
Cosida con retazos,
zurcida con momentos,
tejida con el polvo,
la memoria es un agua
que moja las palabras,
que cuaja los recuerdos,
que se hace viento y barre.
Treinta y dos años es un poco de tiempo,
una nada en términos de cielos.
Treinta y dos años son plazas desgastadas,
son madres que ya han muerto,
son hijos que no vuelven,
son nietos que están lejos.
Treinta y dos años es cada 24:
Juicio y castigo.
Por la verdad.
Por la justicia.
Por el recuerdo.

viernes, 21 de marzo de 2008

Mañana de viernes en Parque Chas


Voy a la panadería a las ocho. Me gusta el barrio los días sin trabajo y temprano. Duermen todos y el silencio es profundo, pero está lleno y listo para poblarse de sonidos. Es el primer día del otoño, pero es casi verano. En las calles circulares se oye el canto aserrado de la chicharra anunciando el calor y el cielo está azul y duro. Junto a las puertas de las casas, detrás de las rejas que resguardan los jardines, dos perros duermen con las patas para arriba en pleno goce de su felicidad. Un par de gorriones, menudos y marrones, saltan en las veredas y un benteveo de pecho amarillento salta hacia unas ramas. Las palomas se arrullan en los cables de la televisión. La calle está vacía, apenas un par de autos que pasan de vez en cuando. La empleada de un almacén habla por teléfono y se la escucha desde la vereda de enfrente. Un niño grita tía, tía y me acuerdo de Luca. Es como si todo recién se hubiera hecho: así de nuevo y fresco parece el mundo. En la panadería, la panadera me da el vuelto en monedas para completar la felicidad del Viernes Santo. Las campanas de Santa Teresita parten el silencio en dos. Cuando regreso, están levantando las persianas metálicas del mercado y un grupo de vecinas aguarda con sus bolsas y changos que se cumpla la ceremonia para poder entrar. Parecen coros a la espera del episodio que está por comenzar. Mi llavero de corazones asemeja un rosario fucsia en medio de los colores de la mañana sagrada. Cuando abro la puerta, el gato del vecino maúlla su lamento de amor. Alguien le grita para que se calle, pero la naturaleza no sabe de mandatos humanos ni siquiera en la ciudad. Los perros se despiertan y ladran. Todo ha comenzado a andar.

Jaime Germá Besó

Jaime no me conoce. Nunca nos hemos visto. Ni siquiera en foto. Es nieto de don Francisco Germá Alsina, alcalde republicano de Jerez de la Frontera. La noche del alzamiento , en el verano del 36, Francisco fue detenido, delante de sus diez hijos. Como faltaba uno de la lista , salvó esa vez su vida porque el tipo dijo que los fusilaba a todos o no mataba a nadie. Lo encarcelaron y un día lo metieron con otros trece en un camión para matarlo en una plaza de toros. Pero otra vez actuó la Providencia y, junto con siete, desde el vehículo vio cómo la descarga de las balas acababa con la vida de los seis republicanos. Bajaron a los ocho que quedaban al centro de la plaza, junto a los seis cuerpos calientes, y alguien dijo: "Germá, al camión", desde allí volvió a ver cómo fusilaban a los siete que quedaban. Ese día él volvió solo a la cárcel. Allí estuvo en la misma celda que su yerno, mi tío abuelo Teodoro, que estaba casado con su hija Paquita. Teodoro pudo huir a Madrid y, cuando cayó la capital, desde las playas de Alicante, quiso escapar a la Argentina donde vivía desde hacía casi quince años su familia. Jaime es hijo de Miguel Germá, hijo, a su vez, de Francisco. Ahora, por manos de unas amigas, de viaje en mi país, me ha mandado un grabado de Teodoro, su tío político y mi tío abuelo. No me conoce. Hemos cruzado apenas un par de palabras electrónicas, sé que está enfermo y ayer hablamos por primera vez por teléfono, yo, desde Buenos Aires y él, desde su buhardilla, en Huelva. Tiene dos hijas, Lola y Vera, y se dedica a la fotografía aérea. Me ha mandado un grabado en el que dos moros embozados recorren una ciudad que bien podría ser cualquier sitio de la España árabe del medioevo en épocas del califato omeya o del reinos almorávides. Oigo sus voces de mozárabes recitar alguna muwahasha. Siento el calor del sol como un canto perdido entre los jazmines y las fuentes. No lo conozco a Jaime, pero le he enviado un libro de poemas de Buenos Airtes donde en los patios se filtra el mismo sol, y huelen poderosos similares jazmines. No lo conozco a Jaime, pero nos une un pasado remoto que se llama Teodoro y una nostalgia. Yo volveré a España, conoceré a Jaime, veré Huelva y Jerez con estos ojos que ahora lloran y le agradeceré que, sin haberme conocido, me haya dado tantos recuerdos que no tuve y son ahora míos.

jueves, 20 de marzo de 2008

Cansada y triste

Ni yo ni nadie ni las cosas. Y yo y alguien y las cosas. Todo en su sitio y todo entremezclado y aturdido. Y encima, sobrevolando, una apatía, un no querer lo que se dice que se tiene, un temor al error del paso subsiguiente y una alegría que ya no está, que no estará, que ha desaparecido para siempre y no hay ave, en este caso, que pueda renacer de sus cenizas. Le temo a la palabra que lo nombre y a los pensamientos de los otros sobre ello. Estoy cansada y triste. Sólo eso.

Legal

Estuve toda la tarde planificando. Acá hago un aparte para anunciarles que sí, yo soy la alumna perfecta, la que hace todo en fecha y si es posible, antes; la que si le pidieron diez hace doce y si le hubieran pedido doce, habría hecho catorce. Así que me dijeron después de Semana Santa y yo ya lo había hecho. Sólo faltaba imprimirlas. Otro aparte: odio hacer las planificaciones, no me sirven para nada, no las miro jamás, son "instrumentos didácticos" del orto, tengo el año en el cerebro y sé qué debo enseñar, cómo, cuándo y cómo sin ponerlo en ningún papel de porquería. Porque de eso se trató. De un papel de porquería. ¿A quién se le ocurre que las planificaciones anuales se hacen en tamaño oficio? Es un tamaño que nadie usa, que es incómodo de trasladar y que me obliga a comprar una resma que va poniéndose amarilla dado que la uso sólo para hacer las nueve planificaciones que hago año a año. En otro aparte debería decir que aborrezco el tamaño "Legal"... Legal, las pelotas dije y parece ser que mi Epson multifunción 4700 me oyó. Es peligroso dejarse oír por las impresoras de cartuchos separados y muuuuucho más baratos. Y sobre todo por la mía que parece ser que, a raíz de que no puedo conversar en inglés con el antivirus, ha trabado cierta empatía conmigo y se le ha dado por ser solidaria con mis sentimientos más irracionales y viscerales. Cuestión que, sin decir agua va, sin avisar, sin siquiera tener un poco de piedad por mi fasceta obsesiva, decidió no aceptar otro tamaño de hoja que no fuera mi bienamada A4. Primero empezó a tragarse las Legal y devolverlas hechas un acordeón impreso de manera sinuosa, más tarde ni se dignó a absorber la hoja que quedó lo más oronda en la bandeja de alimentación. Intenté configurar la impresora con el tamaño Legal. No hubo caso, siguió impertérrita. Rendida y a las 23 y 10 de la noche decidí configurar la hoja para que la planificación fuera repentinamente A4. Aparte: si no puedes vencer a los locos, es hora de que muestres tu propia patología. Como el modelo sobre el que trabajé me lo dieron, no hubo caso: me borraba información, los cuadros Word se me iban al carajo. Son las 7 y 15 de este Jueves Santo: me levanto y tomo mate: voy a hacer un nuevo modelo de planificación A4 y voy a cortar y pegar toda la información que está en Legal. No lo digo muy fuerte...No vaya a ser cosa que ahora tampoco quiera A4. Estas impresoras son como la gata Flora: no hay hoja que les venga bien. Creo que fue Freud el que dijo que nadie puede saber lo que quieren las impresoras.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Quince


Como podría haberse arrodillado en el confesionario de una Iglesia, ella leía a Lenin para saber si debía acostarse con su novio. Y por las noches, en la ventana de la ferretería de Holmberg y La Pampa el corazón le latía apresurado, fuera de todo. El mundo era una fruta intacta, jugosa y llena de dolores prematuros. Los libros no siempre traían las respuestas a todos los deseos ni a los miedos y él, un día, le regaló un poema de Neruda en el asiento de atrás de un colectivo cuyo número se ha borroneado con el tiempo. Después lloraron en sus cuartos respectivos. El cuerpo había burlado sus profundos mandatos porque se había antepuesto la conciencia hecha de dudas y preguntas absurdas. Los años enseñaron otras cosas: el amor y el deseo no siempre se amontonan en jubilosa algarabía. A veces van por sendas separadas y desde lejos, saludan, divertidos, a los textos. Piel, corazón, cerebro: menuda trinidad en la que filtra el tiempo.

martes, 18 de marzo de 2008

El asalto a Madrid

Madrid era la joya, la capital, el territorio donde plantar banderas y triunfar. La Junta de Burgos y el general Varela lo sabían y eligieron el 7 de noviembre para cruzar el río Manzanares y ocuparla. Del otro lado, el general Miaja y el coronel Vicente Rojo se prestaban a la defensa. Era 7 de noviembre y los aviones alemanes surcaban los cielos con sus bombas. De Cataluña llegaron milicianos, de Francia, de Inglaterra, de Alemania. Madrid era asaltada y resistía: desde las casas, en las trincheras cavadas con apuro, en los suburbios obreros y en los barrios donde se habían desparramado los que venían huyendo de las zonas ocupadas. Un tanque italiano saltaba por los aires a la noche de ese día en la carretera de Extremadura. Resistían. Entre los adoquines levantados de las calles, con las granadas de mano salidas de las industrias de la República, en las cocinas de campaña que las mujeres armaron en las plazas y en los puestos de auxilio que construyeron apuradas. Umbral por umbral, cordón por cordón, Madrid resistía. Y cuando los soldados se asustaban, el general Miaja se adelantaba a todos poniendo el pecho ante las balas falangistas y los que habían sido, segundos antes, desertores, entonces lo seguían.Allí peleaban todos: los veteranos europeos de la primera guerra, los antifascitas, los socialistas, los comunistas, los anarquistas, los que eran católicos y los ateos, los extremistas y los moderados. Diez días resistieron mientras Madrid era asaltada y se convertía en el centro del mundo. El éxito estaba al alcance de la mano: Madrid era la tumba del fascismo y la consigna saltaba de Verdún a las bocas madrileñas: "No pasarán".
Pero largos fueron los años de la guerra y dolorosa la herida que explotó en la primavera del 1939 y no trajo la paz sino la victoria de un pequeño general superlativo: al enemigo ni piedad y todos los defensores fueron muriendo: en el exilio, en el silencio o en la honda oscuridad de las cárceles y la miseria. Finalmente pasaron y fue Madrid la tumba de todas futuras alamedas por donde dejaron de pasar los hombres libres. Mi abuela era andaluza y cada 28 de marzo lo recordaba a solas mientras lloraba y cantaba sevillanas a oscuras en su cuarto. Yo era una niña y apoyaba mi cabeza rubia sobre su falda hasta quedarme dormida mojada con sus lágrimas.

Tristeza

Hoy leía Fuegos de Yourcenar y lloraba. No sabía a ciencia cierta por qué, pero en algún recodo de mi cerebro lo sabía. Es simple: nada más triste que una ruta en medio del desierto, nada de nafta en el tanque y ninguna gasolinería a la vista. Sin duda, pudo haber sido algo mejor y fue sólo otro viento rodando sobre la tierra suelta. Creo que no debería enfermarme con tanta frecuencia: las anginas son malas consejeras para el corazón.

domingo, 16 de marzo de 2008

Desamor

De todos los pedazos, instantes de momentos, sólo quedan las alas vaporosas de la sombra.
Los ojos se diluyen, las manos se adelgazan y las palabras son ecos que repiten los recodos de las calles.
¿Y el cuerpo? ¿Aquello que era instancia poderosa en la que se anulaban discordias y tormentos? Nada quedó sino una estéril silueta que no nombra, que no destaca la carne que la hizo imprescindible.
Esto fue siempre el destino: un irse hacia el olvido, un perderse, un ya no estar, un nunca que se sabe para siempre.
Luego, llega la muerte.

Francisco de Quevedo dice

En crespa tempestad del oro undoso,
nada golfos de luz ardiente y pura
mi corazón sediento de hermosura,
si el cabello deslazas generoso.
Leandro, en mar de fuego proceloso,
su amor ostenta, su vivir apura;
Ícaro, en senda de oro mal segura,
arde sus alas por morir glorioso.
Con pretensión de fénix, encendidas
sus esperanzas, que difuntas lloro,
intenta que su muerte engendre vidas.
Avaro y rico y pobre, en el tesoro,
el castigo y el hambre imita a Midas,
Tántalo en fugitiva fuente de oro.
de Quevedo, Francisco. Obras completas I. Poesía orig

Jorge Luis Borges dice

El hilo que la mano de Ariadna dejó en la mano de Teseo (en la otra estaba la espada) para que éste se ahondara en el laberinto y descubriera el centro, el hombre con cabeza de toro o, como quiere Dante, el toro con cabeza de hombre, y le diera muerte y pudiera, ya ejecutada la proeza, destejer las redes de piedras y volver a ella, a su amor.
Las cosa ocurrieron así. Teseo no podía saber que del otro lado del laberinto estaba el otro laberinto, el del tiempo, y que en algún lugar prefijado estaba Medea.
El hilo se ha perdido; el laberinto se ha perdido también. Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto, un secreto cosmos, o un caos azaroso. Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad.
Cnossos, 1984

Borges, Jorge Luis, Los conjurados, Obras completas III, Madrid, Emecé, 1986

Juan José Saer dice

El que se llora
¿Qué lloramos de nosotros mismos cuando nos lloramos en sueños? Lo sabe únicamente el que se llora. Buscar en esa fuente de llanto es un trabajo difícil y la mirada tranquila de la curiosidad no alcanza a ver tan hondo. Para ver el dolor, tenemos que estar en él. Pero lo que sorprende todavía más es que el que se llora está parado en un punto tan singular de la gran llanura de la pena que su llanto es al mismo tiempo recuerdo y anticipación. En las grandes llanuras, el horizonte es siempre circular, idéntico, vacío y monótono.

Saer, Juan José, Cuentos completos, Buenos Aires, Seix Barral, 2006

sábado, 15 de marzo de 2008

Leo Masliah dice

Para ahorrar energía eléctrica, las autoridades de Santa Bernardina del Monte dispusieron que a la cero hora del día veinticinco los relojes se atrasaran una hora, pasando a marcar las veintitrés horas del día veinticuatro. De este modo la gente que tuviera que levantarse a la hora siete del día veinticinco no tendría que prender ninguna luz, ya que en realidad serían las ocho y el sol estaría ya en plena actividad.
Cuando llegó el momento -la cero hora del día veinticinco- la gente de Santa Bernardina del Monte, obediente como era, atrasó sus relojes una hora. Fueron entonces -o volvieron a ser- las veintitrés horas del día veinticuatro. Una hora después, los relojes volvían a marcar la cero hora del día veinticinco. La gente de Santa Bernardina del Monte, obediente como era, atrasó sus relojes una hora. Volvieron a ser entonces las veintitrés horas del día veinticuatro. Una hora después, los relojes volvían a marcar la cero hora del día veinticinco.
-¿Qué hago, mamá? -preguntó un joven- ¿atraso el reloj?
-Por supuesto, hijo: debemos ser respetuosos de las disposiciones de la autoridad - contestó la madre.
Todos los habitantes de Santa Bernardina del Monte obraron en consecuencia con ese precepto. Pero una hora después los relojes volvían a marcar la cero hora del día veinticinco. Nuevamente los pacíficos habitantes de Santa Bernardina del Monte atrasaron sus relojes una hora. Se pusieron entonces a esperar el transcurso de los sesenta minutos que faltaban para volver a atrasar los relojes. Pero algunos tenían sueño y se fueron a dormir, no sin antes dejar turnos establecidos de tal modo que siempre hubiera alguien despierto a la hora de atrasar el reloj.
A la mañana siguiente seguían siendo las veintitrés horas del día veinticuatro. Una hora después era la cero hora del día veinticinco, e inmediatamente después volvían a ser las veintitrés del día veinticuatro. Faltaban nueve horas para que abrieran las oficinas y los comercios. Una hora después faltaban ocho, pero en menos tiempo del que tardaba un gallo en cantar -y efectivamente había muchos gallos haciéndolo- volvían a faltar nueve.
Los habitantes de Santa Bernardina del Monte, de mantenerse este estado de cosas, habrían muerto de inanición. Sin embargo muy otra fue la causa de su muerte. Tres días después del cambio de hora, un funcionario del gobierno central que pasaba por el pueblo interpretó la actitud de los lugareños como huelga general por tiempo indeterminado, y dio parte de ello a sus superiores. Poco después, diez mil soldados entraron con helicópteros y tanques a Santa Bernardina, aniquilando a los insurrectos. Los relojes del pueblo, entonces, quedaron divididos en dos categorías: los que averiados por las balas, estaban clavados en una hora entre las veintitrés y las veinticuatro, y los que seguían marchando libremente, pudiendo llegar hasta más allá de la cero hora sin que nadie los tomara por las agujas para atrasarlos. De todos modos algunas horas después ellos solitos volvían a marcar las veintitrés, como si sintieran nostalgia de sus disciplinados dueños, que en paz descansen.

Por las dudas voy a dejar mi reloj como estaba a las veinticuatro
de este sábado quince de marzo de 2008

viernes, 14 de marzo de 2008

Jorge Luis Borges dice

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.


Borges, Jorge Luis, La cifra. Obras completas III, Barcelona, Emecé, 1996

Juan José Saer dice

La poesía no es un río majestuoso y fértil sino una piedra firme en medio de la corriente que se deja pulir por el agua.

jueves, 13 de marzo de 2008

Anécdota escolar XLVI: Magia oriental

Profesora: En Haiti, como dice el poema, suele practicarse una religión de origen africano denominada vudú.
Alumna1 : (Desde el fondo) Ay, a mí me encantaría saber magia vudú, ser vuduísta
Alumna 2: (Desde el primer banco, se da vuelta) Sí, yo, en una época, también quería hacerme budista.

Anécdota escolar XLV: Al final la clase de literatura sirvió para algo

Profesora: (Leyendo y analizando el poema "Preludio en Boricua" del poeta portorriqueño Palés Matos). ¿Comprenden?
Alumno: (Enciende el celular y pone una canción de Ricky Martin) Oí, oí.
Profesora: ¡Me hacés el favor y apagás eso!
Alumno: No, oí. Vas aver que ahora dice Boricua. Ahora entiendo lo que dice.
(Ricky Martin canta y dice efectivamente "Boricua".)
Alumnos: Sí, qué bueno. Entendemos a Ricky Martin.
Alumna: (Desde el fondo) Y yo, con ese cuento de Carlos Fuentes que leímos, entendí esa canción de Arjona que habla de los mojados. Claro, son los que pasan ilegalmente el río Bravo.
Profesora: (Se toma la cabeza resignada) ¡Dios mío!

miércoles, 12 de marzo de 2008

Anécdota escola XLIV: Producción nacional

Gracias a Adriana Fernández, profesora de matemáticas
Profesora: En este problema tienen que hallar el producto de estos dos números.
Alumno: No entiendo.
Profesora: ¿Qué es lo que no entendés?
Alumno: Lo del producto.
Profesora: ¿Vos sabés que es el producto?
Alumno: Sí, una cosa que uno fabricó.


La gorda se divierte


Miranda Pinasco, marzo de 2008, Uruguay

lunes, 10 de marzo de 2008

Muerta de amor




Luca Pinasco, marzo de 2008, Uruguay


Una tarde en la playa


Buquebus: no me simpatizás en lo más mínimo

Esta vez llegué a horario a la terminal de Puerto Madero. Tanto que pude comprar mi bus, cambiar dinero, tomar un café y comer un sandwich. El barco salió a horario y mi hermano me esperaba en Montevideo 22 y 45. Llegamos a Colonia en hora, en la Aduana nadie me hizo abrir ninguna de las dos cajas que llevaba ni presentar ningún papel. Me sentía una contrabandista de triciclos preguntándose cómo hacen para detener a los que ingresan con algo ilegal. Subí al micro y, obviamente, algo empezó a salir fallado. Primer asiento: yo, con mis 48 kilos y, al lado, una norteamericana de alrededor de 150, ni una gota de desodorante, calzas amarillas de lycra, blusa negra con letras fosforescentes, bolso dorado y ojotas con piedras negras brillantes colgando. Lo primero que me dijo fue "You speak english?". Tuve la malhadada idea de decir "A little...". Desde ese preciso instante me parloteó en inglés todo el trayecto exigiendo respuesta inmediata pese a oservar mis denodados esfuerzos por manejar la lengua de Henry Miller. Me mostró las nueve mil fotos de su cámara digital impresionante, me preguntó por Montevideo y zonas aledañas y otras estupideces por el estilo. Justo a mí que ni en español soy sociable. Oh, my God! Para colmo de males, a los cinco minutos de salidos, embotellamiento por un accidente y ruta cortada. ¿Y ahora? No tenía señal en el celular para decirle a mi hermano que nos íbamos a retrasar y sólo pensaba en su espera en Tres Cruces con dos pequeños de 2 y 4 años a esas horas de la noche. Finalmente tomamos un desvío de tierra en medio de la maleza y, en la oscuridad densa de la hora, tuvimos suerte de no volcar. Llegamos a la terminal a las doce y cuarto, una hora y media más tarde de lo previsto, el auto de mi hermano tenía un despefecto mecánico y se paraba cada cinco minutos, pero los chicos, por suerte, se quedaron dormidos.
¿Y el regreso? Odisea II, demorados por un cambio horario. En Uruguay el domingo se modificó la hora. Mi boleto de bus decía que arribaría a Buenos Aires a las 21 y 30. Muy lindo para darse un baño, ordenar las cosas y comer algo tranquila. Sí, si hubiera estado en Uruguay... porque llegué a las 22 y 30 hora de Argentina, una hora de mierda para quien, al día siguiente, se levanta a las 5 de la matina. Qué felicidad la hermandad latinoamericana: ni en la hora estamos de acuerdo. Para colmo de males junto conmigo subieron al bus una multitud de enfermeras de la Cruz Roja húngara que hablaban una lengua impenetrable y se pasaban maní y palitos salados por sobre mi cabeza mientras, resignada, yo intentaba dormir.
Por suerte el durante entre una pesadilla y otra fue puro amor de sobrinos, risas, sol y playa. La próxima inflo el gomón y cruzo el río a fuerza de remo. Lo juro, de verdad

martes, 4 de marzo de 2008

Anécdota escolar XLIII: Lo sé todo

Profesora: (Cansada porque el alumno no contesta positivamente ninguna pregunta) A ver, ¿qué clase de subsistemas pronominales conocés?
Alumno: (Piensa un rato) Todos.

lunes, 3 de marzo de 2008

Instrucciones


Globos azules y chupetines de fresa.
Y una lluvia de serpentinas y confetti en una fiesta.
Después,
ir al baño
y, de rodillas contra el inodoro,
vomitar el pasado
hasta que no quede nada.
Sólo entonces tirarse a dormir sin desvestirse.

domingo, 2 de marzo de 2008

Regalo matinal

Ha comenzado marzo que es, de por sí, un mes de comienzos, un momento en el que pasan siempre cosas serias. Hace tres días que llueve y mi manta de broderie blanco quedó bajo el agua mojándose. Pese a haberme acostado tarde -cena con amigos en casa (para mí arroz porque, si no fuera quien soy, cualquiera diría que somatizo el viaje a Santiago de Mariano)-, me levanto temprano y, ante el primer sol de este mes, subo a ver qué quedó de mi manta. Algo cruza el cielo. Como una sombra veloz y sostenida. Como una inmensa opacidad verde y se pierde detrás de la puerta de vidrio hacia el jardín de al lado, fugaz, momentánea. Pienso qué mariposa enorme, o será un murciélago, no, muy pequeño para Batmans naturales, y, además, preferiría no pensar en roedores que vuelan. Debe ser el relato de anoche de Juan que me hace verlos ahora. Así que vuelvo sobre mis pasos y me inclino sobre la pared blanca de mi terraza donde está mi rosal y el ceibo vecino se desguaza en flores rojo aterciopelado. Entonces lo veo: pequeño, lustroso, en lo alto de las ramas, con un batir incesante de alas que lo sostiene. El primer domingo de marzo me ofrece su regalo: un colibrí verde esmeralda entre las hojas del ceibo. Arriba, el cielo está azul y nuevo, como después de toda buena lluvia. El barrio duerme y sólo yo lo veo con el pico filoso entre las flores de sangre libándolas como si deseara volverse violeta con tanto néctar rojo. Es un buen augurio para el año. La manta está apenas húmeda. Soy feliz con esta luz temprana y desvestida de recuerdos. En resumen: en marzo siempre pasan cosas serias.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...