jueves, 28 de febrero de 2008

Quoque tu, Brutus!

A las siete entra un virus en la computadora
A las siete y medio el antivirus me habla en inglés y no entiendo
A las ocho el teléfono queda retenido y sin tono
A las nueve mi amigo Daniel, con afecto, festeja no haberse casado nunca conmigo

Las líneas nefastas se cruzan y todo vuela por los aires: empiezo a creer que me persiguen hados siniestros: cornejas que vuelan por el lado idem. Respiro con el diafragma pensando en el chacra no sé cuánto, tomo una damajuana de té verde, prendo mirra e incienso. Ay, diablos, ¿por qué siempre a mí? Y sé que, en este mismo instante, dos mil millones de seres humanos sobre el planeta Tierra, dicen lo mismo que yo. Soy una verdadera imbécil.


miércoles, 27 de febrero de 2008

Refranero popular

Luca Pinasco, enero de 2008
Mi abuela, que era una andaluza muy sabia, decía que cuando una puerta se cierra, se abre una ventana. Y entonces Luca apareció en mi vida y es una ventana que me llama. En su "tía Julieta" recupero un tiempo en que yo era feliz.
Quien quiera oír...

martes, 26 de febrero de 2008

Tarea en grupo


Febres ingirió cianuro justo antes de declarar. Navone se pegó un tiro días antes de que le tocara hablar ante la Justicia. Extraña suerte la de los apropiadores de bebés de la última dictadura. Pareciera ser que los fantasmas no los dejan vivir en paz o que ciertas sombras vestidas de pasado quieren hacer pasar por suicidio lo que no es más que otra tarea grupal.

La guerra del 36

Flores rojas, Juan Carlos Gargiulo
www.fotosemanal.blogspot.com

Ahora leo sobre la guerra del 36 y el trigo era escaso ya en el 31. Y en Madrid costaba menos comer pan amasado con harina traída de Argentina que de Castilla, es decir, de ahí nomás; y pienso en las huelgas de camioneros del setenta y pico en Santiago de Chile y en la veda de carne del 75 en la Argentina. Leo sobre la guerra del 36 que es la madre y la hija de todas las guerras y pienso en mi tío abuelo Teodoro y en su hermano Juan, el falangista -que, aunque no lo quiera decir, era también mi tío abuelo-. Ahora leo sobre la guerra del 36 y su grupito de militares sublevados en África y pienso en mi abuela María que tejía mantas con retazos de lana y se quedaba dormida en un sillón mientras en mi país los muertos danzaban al golpe de las botas. Ahora leo sobre la guerra del 36 y los latifundios de Andalucía y pienso en los miles de hectáreas de la pampa húmeda que se mueren de pena detrás de un alambrado después de que Roca conquistara el desierto -precioso oxímoron para definir la matanza de los que entonces ocupaban esas desiertas y fértiles extensiones-. Ahora leo sobre la guerra del 36 y sobre los campesinos que no pudieron trabajar las tierras que se le quitaron a la iglesia y pienso en los cartoneros de mi ciudad que no tienen más el tren blanco que los llevaba de vuelta a sus míseros hogares y deben apilarse en las plazas después de revolver la basura para extraer el papel. Y pienso en los vecinos de Belgrano que vieron cómo la policía los corría a palos y que ahora tienen el paisaje limpio y pueden disfrutar de sus cómodos departamentos con vista a las Barrancas hasta donde antes llegaba el río. Ahora leo sobre la guerra del 36 y pienso que todo sigue igual o peor porque han pasado sólo setenta y dos años, que no es nada en términos de tiempos estelares, pero que es una vida humana medida en sufrimientos y desgracias. Todo por una idea que era negra antes de cruzar de Marruecos a España, antes de fusilar poetas, niños y aldeas; antes de pasar y vencer.


Mariposas

Salían del agua
con sus alas verdes y azules
de frente y perfil
oblicuas y rectas
ascendentes y descendiendo
se agitaban en el vapor leve de sus sedas.
Miles
del agua
de los ríos que rodaban cristalinos
de los mares profundos que los tragaban
con el ansia de dulzura de que carecían sus mareas.
Era un vértigo de luces
desguazado de una lluvia lejana de perfumes
de una música femenina y oscura.
Crecían en un vuelo de torbellino denso
en el recuerdo de una piel inocente
en el tiempo que se ovillaba atontado
ante tanta belleza
resumida en un fluir de alas de incandescente gasa
que ardía
se consumía
e incendiaba la tarde en el borde fragante de sus labios.
Volaban sobre la líquida superficie
hundiéndose en ella
emergiendo enredadas en largas algas de tibias tonalidades
Y el sabor estremecido de las bocas que penetraban los designios del alma.
Eran miles.
Y se posaron esa tarde sobre una línea delgada
y allí durmieron
en un aleteo imperceptible
hasta que subió la luna

y todo se acabó.

domingo, 24 de febrero de 2008

Palabras para Isabel

Isabel:
Cuando yo tenía tu edad leía este poema porque me daba fuerza. Sus "Palabras para Julia" son ahora tuyas. Ojalá te sirvan para seguir adelante confiando en el corazón luminoso que tenés. A veces la existencia nos parece injusta y dolorosa, pero es lo único que tenemos y vale la pena. Yo me comprometo a regalarte tus tres palabras diarias, si te hacen falta.

Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.
[...] Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido.
[...] Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
[...] Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones.
Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.
La vida es bella tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor tendrás amigos.
Perdóname no sé decirte
nada más pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.
Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

Juan A. Goytisolo, "Palabras para Julia"
en Palabras para Julia y otros poemas.

jueves, 21 de febrero de 2008

Anécdota escolar XLII: Los arbolitos de Buenos Aires tienen ese no sé qué

Profesora de Geografía: En ese período se produce una migración de los habitantes del ámbito rural al urbano. ¿Cuál es la causa?
Alumno de quinto año: (Piensa) Es que en Buenos Aires había muchos árboles interesantes.

Anécdota escolar XLI: El adjetivo y la brújula

Profesora: ¿Cómo se clasifican semánticamente los adjetivos?
Alumno: Calificativos..., gentilicios...
Profesora: ¿Qué más?
Alumno: Numerales.
Profesora: Bien, y a su vez, ¿cómo se clasifican los numerales?
Alumno: Cardinales...
Profesora: ¿Qué indican los cardinales?
Alumno: (Piensa) Ah, eso de la rosa de los vientos: norte, sur...

miércoles, 20 de febrero de 2008

Desierto

Mórbidos en medio de la nada se estremecen como llantos de iguana.
Sólo el sol, vidrio clavado en el cemento desnudo, chapotea en la hora desdichada.
El paso fue extensivo,
inabarcable,
inapropiado,
improcedente,
y los cristales,
ciegos de luz, despojan el día de significados.
Nadie recuerda ya el sentido que envolvía la tarde atardecida
ni los dedos rosados de la última aurora.
En el filo crucial del horizonte
se habían sentado a dormitar otras estrellas.
Al rato, una brisa brutal lo barrió todo.

martes, 19 de febrero de 2008

La palabra

Detrás de las murallas, a la hora en que el sol se hunde en la noche incipiente, espera una palabra.
Una sola: brillante, espejada, lavada con las aguas que la tarde resbala para pulirla y dejarla intacta.
Una palabra desnuda, con perfume a vientos que fueron desenredándose en costas infinitas y antiguas.
Ella espera allí, en el recodo de una calle, junto a las escalinatas de mármol que tantos pasos han terminado gastando.
De frente está, con el volumen lánguido de su cuerpo erguido, con sus sílabas frágiles como caricias.
Espera y el tiempo se va arrollando como un goteo intermitente a su lado sin que merezca el hecho la más ínfima y perdurable de sus miradas.
Espera mientras los autos pasan en un refulgir de lámparas blancas y rojas y la despeinan sin lograr inmutarla.
Huele a sándalo, a maderas oscuras, a mandarina y agua.
Algún rastro de lluvia le forma la sustancia.
Llena la espera de una boca que la pronuncie detrás de las murallas.

lunes, 18 de febrero de 2008

Resistencias

Inútil resistencia donde la carne aún no ha prendido y no brota. La piel es un camino lejano sembrado de minúsculas yemas y los ojos se resuelven en húmedas raíces hundidas en la distancia y el silencio. Si supiera ahora, en este exacto ahora, el aroma del hueco triste de la ternura y avanzara sobre él para llenarlo con las fértiles semillas de la alegría quizá reverdecería la mañana en una explosión de gritos claros y caléndulas. Bajo la luz del sol, mi silueta delgada se resuma de transparencias y sobre mi cuello desnudo cae una lluvia fresca de inviernos anteriores que resbala por la línea indivisa de mi espalda hasta mojarme entera. Tengo el rostro alzado hacia mañana: tibieza perfecta de las sábanas que quedaron enredadas en mis rodillas y en las primeras hebras iban una a una cayendo hasta morir sin cuerpo despojadas de todo y de todos. Veo allí. Y en el fondo de mis pupilas arde una mojada luz marina que nunca llegaré a conseguir.

El mapa del perfume

Hay un tibio perfume sobre el hueco húmedo de mi piel donde la oscuridad se ovilla como otra nostalgia. Te miré para no olvidar la marca de tu rostro y que no se diluyera la fragancia que ahora exhalan las piedras verdes fosforescentes como hilos en medio de la noche. Hay una luna circundada de agua en la que los peces duermen un sueño que no logro conciliar asido como está de talismanes que siempre fracasan a la hora en que busco incansable algo que me salve, que me diga qué debo hacer, cómo debo evitar la floración intempestiva de deseo. Mi cuerpo era una ruta donde se perdieron antiguos corazones: fina lencería blanca y breteles de seda cuajados de gotas en el alba temprana que se enreda una y otra vez en mis piernas. No pude decir sino con letras escritas lo que debía ser dicho a la hora de los ritos primeros: no hay vastedad que contenga el suspiro de niebla que abre la luz otra vez. Siempre otra vez. Como si fuera la primera y la última. Como si fuera eterna y primigenia. No hay mapa que conduzca al centro de mi alma, pero allí estaré esperando rasgando los únicos abedules que señalan la senda.

Calor

Cuando respiro así
Cuando me pienso así
Cuando te miro así
el día pasa como una oruga deslizándose
y las cosas crecen en detalles absurdos que no alcanzo a entender.
Como, leo, duermo...
te miro con una lente de aumento,
como a todo,
buscando las aristas que calmen mi brutal anhelo de perfección.
Después resoplo
y enciendo el abanico
para que corra aire
-detesto los splits-.
Un gran vaso de agua y unos cubos de hielo que nadan en su interior.
Los poros son desiertos con demandas de sed.
Bebo para que se ahoguen en el oxígeno azul del hartazgo.
Comienza otro año justo hoy.
Quiero creer que ya no hará calor
y que seré feliz.
El sol entra por la ventana como una mano de acero ardiendo.
No hay ninguna posibilidad para mí.

Mañana de domingo

En los fragmentos de humedad que destila el día, se mojan, perezosas, las rosas. Hace calor. El día se detuvo y las hormigas se desmayaron entre las hojas de los jazmines. Siento pasar la aguja del reloj con un sonido pesado de tambor. Me asomo y miro el cielo. Te levantás a ver si no me fui. Podría haber sido. Hoy no va a llover.

martes, 12 de febrero de 2008

Oftalmología

La doctora coloca cristalitos en mi ojo hipermétrope y me hace mirar esas letras diminutas como arañas de agua. Según el cristalito que me pone las veo largas y alargadas o con un sinuoso rulo colgado hacia la izquierda. Es francamente extraño: sólo un cristal y el mundo es otra cosa de la que yo creo que es, de la que estoy segura que es, de la que asevero con certeza que es. La pregunta siguiente es obvia: ¿Cómo será de verdad el mundo? ¿El del primer cristal que todo lo transforma en la angustia de El Greco? ¿O el del segundo que se complica divertido en Art Nouveau? ¿O el que veo sin cristales? ¿Tendrá mis colores, los que yo veo? ¿O tendrá los que ven mis hermanos, daltónicos los dos? Algo tan cotidiano y legal como un cristalito distorciona mi percepción de lo puramente objetivo y lo introduce como verdad inobjetable en mi conciencia más inmediata y sobre ello voy construyendo los restantes juicios de mi absoluta subjetividad. Y la señora que espera afuera, ¿verá como real lo mismo que veo yo? Y la doctora que escribe la receta de mis nuevos cristalitos, ¿qué verá? Y si cada uno ve alargado o ancho o curvo a derecha o izquierda, ¿el mundo real cómo sera? ¿Existirá? Le doy la mano a la doctora y salgo. Creo que tengo que dejar de venir a oftalmología, se me está volviendo una adicción.

lunes, 11 de febrero de 2008

Alfaguara


No puedo perdurar.
Ya no.
He dicho todo lo decible.
He pensado en todo lo pensable.
He llorado todo lo llorable.
Y en la mano sólo quedó el cuenco vacío de porcelana
donde puse los ojos
antes de enceguecerme con mi propia luz.
Todo está lejos,
hundido en el círculo perfecto de su perdición.
Después sólo habrá estratos de carnes donde demorarse en el dolor.
después sólo habrá más desiertos para atravesar,
después sólo habrá otros ángeles que buscarán apuñalarme con su rastro de plumas.
Ahora duermo junto a una fuente.
Que nadie haga ruido:
debo velar por los insectos que vendrán a castigarme mañana
con el mismo lenguaje con que me hirieron hoy.
Sólo una inmensa torre de signos
que todavía debo pulir para aprender.
Llegará una doncella de párpados púrpuras
y nadie sabrá decirle adónde ir.
Déjenme soñar junto a la fuente
que el agua aún es clara y fresca
y no me queda mucho tiempo más.

Ultimidad

Los lazos se deslazan
Los broches se desbrochan
Los nudos se desanudan
Los botones se desbotonan
Las presillas se despresillan
Y así se va yendo todo
hacia el gran hueco donde caen
los silencios mudos
los silencios callados
los silencios perfectos
con labios
empresillados
abotonados
anudados
abrochados
y,
finalmente,
enlazados
a su propia y repentina soledad sin palabras.

domingo, 3 de febrero de 2008

La Gare d'Austerlitz

Bajo la lluvia. Sola. Esperando ese tren que atravesará Francia hacia la nada. Hace frío en un enero que siempre es más cruel que abril. Se resbalan los recuerdos en la tristeza inútil que me gana y que impide cierto modo de la felicidad. Hojeo libros, revistas, tomo de pie un café y construyo los sueños que me darán luz. Se componen siempre de lugares a los que yo llegué con las letras que me habitaron desde siempre: París y sus cementerios sinuosos donde lloré por Proust, una ciudad en España de donde salieron mis ancestros cuando el siglo era todavía un ovillo que no se sabía teñido de sangre, una ciudad costera en el Mediterráno que debe oler a sal, Ginebra donde hablaré con Borges -es urgente saber si el paraíso tenía, finalmente, forma de biblioteca-, Sicilia con sus olivos y sus cielos y el Egeo en todo su esplendor. Cada cual tiene sus sitios, los componen la esencia de su felicidad. En la gare el café sabe a silencio y mis ojos están más allá y miran sin ver. Recuerdo que la mía supo a baguette de pollo en una esquina del Boulevard Saint Germain y a sol cayendo a pleno en el patio del Museo de Clunny. No pido nada más. Sólo poder volver. Siempre poder volver a la gare d'Austerlitz, a esa lluvia, a esa soledad, a ese café con gusto a despedida y a un tren devorándose la noche hacia otro sitio que se desea conocer.
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