miércoles, 30 de enero de 2008

Así

Estoy al pedo: sólo cocino, explico, escucho, limpio, trabajo, soporto, lloro (de vez en cuando para no perder la saludable costumbre), lavo, plancho, voy a terapia, sirvo café, tiendo la cama, voy al geriátrico, hablo por teléfono, recupero dinero que en mi estupidez puse a cuenta de una tarjeta de crédito que no es la mía, me quejo porque las facturas han dejado de llegar a mi casa y pago más de memoria que de alguna otra forma, escribo, remuevo la tierra de las plantas y las desmalezo, pinto, dibujo, escribo. Al pedo: sin eufemismos, casi literalmente. Al pedo: y estoy de vacaciones, conste. Ni qué decir cuando empiece febrero.

Hay que

Hay que preparar las tartas porque la verdura se pudre y tiene que ser hoy. Hay que limpiar la terraza porque el gato del vecino la ensució. Hay que lavar la ropa porque hay que plancharla para poder usarla. Hay que explicar cuatrocientas veces las mismas proposiciones, los mismos cuentos, las mismas novelas (Kafka, he llegado a aborrcer que se te diera por transformarte en insecto tanttas veces) porque los alumnos tocan el timbre uno tras otro como las gotas de una canilla mal cerrada. Hay que estar contenta, de buen humor, despierta, sentada, interesada en relatos ajenos, en pelotas que ruedan y en problemáticas inentendibles. Hay que ir dos o tres veces por semana de visita porque si no voy yo no va nadie. Hay que concurrir al supermercado para que en la casa haya qué comer. Y la cama tendida y la gimnasia matutina y el café nuevo y la mesa en el patio y el trabajo del año. Y yo sólo tengo ganas de echarme a dormir bajo la sombra de un árbol sin que nadie me diga: Che, Julieta, habría que...

lunes, 21 de enero de 2008

La casa de mi hermano

Por las ventanas de la casa de mi hermano entra la luz azafranada del atardecer marítimo y entre las copas de árboles, el sol del Mediterráneo abotarga de historias el aire cristalino. Tiene mi hermano lamparitas que parecen de cuento y una mesa en la que escribió palabras en una lengua que se le va haciendo esquiva. Mi memoria me trae aquellos habitantes de Macondo que pierden lel recuerdo de las cosas y deben ir anotándolas. Así anda mi hermano por el territorio francés de Marsella copiándose las palabras españolas para que no se le pierdan ni de la boca ni del alma. La casa de mi hermano tiene una cocina de paredes azules en las que penden ollas como en la mía. Tiene sillones de colores y dibujos y fotos... trozos de días que cuelga para no ir perdiéndolos y la mesa dice toros, boca, primavera, casa, libro, árbol. Y en el cuarto de su hija pequeña hay dos pantuflas rosadas, unos carritos de muñecas y un velador que gira hasta abrirse como una flor en su pantalla blanca. Nosotros dos, que no tuvimos reino cuando fuimos pequeños, tenemos casa y la luz entra por las ventanas -marsellesas las suyas y porteñas las mías-, y los granos luminosos del sol nos mojan con su boca de mares para acercarnos a los que estamos lejos.

Pablo: no sabés cómo me emocionaron las fotos de tu casa.

domingo, 20 de enero de 2008

El amor

El amor se deslíe
se adelgaza
se torna una hoja transparente
más tarde se apelmaza
como una densa costra de barro oscuro
y quedan sólo vasos que lavar a la mañana siguiente
cuando baten las sienes como un tambor estéril
que sólo una oye.
Nadie sabe cuando vencen los días y las noches,
pero vencen
como los frascos de yogur de frambuesa y de mora
que se apilan en la nevera
en espera de las cuatro de la tarde subsiguientes.
El amor es una cruel planicie.
Siempre.
No hay música que compense sus furias y sus dolores.
Sólo una larga siesta en el calor ardiente de otro enero.
Caminos para llegar a cualquier sitio que no sea éste.
Cerrá la puerta al salir,
es lo único que voy a pedirte cuando salga la luna llena.

viernes, 11 de enero de 2008

Cosas de tu tío abuelo

" Recorta los tres círculos y ponlos concéntricos para hacerlos girar. Podrás formar distintas figuras. Cosas de Teodoro, cosas de tu tío abuelo.", escribió Jaime. ¿Quién eras, Teodoro? ¿Por qué hacías estas cosas que son delicados juguetes de niño grande? ¿Para jugar vos o algún niño que no era tuyo? ¿Quién eras que te agrandás en mi alma hasta ocupar el espacio de un recuerdo que no puedo tener y se asemeja a una presencia sorpresiva y tangible? ¿Quién eras, Miciano separado de los suyos de pequeño, que ahora sos el hilo que ha comenzado a unirnos, desde tierras y tiempos diferentes, a nosotros, que somos, en la vida, quienes te sucedemos? ¿Quién eras, Teodoro, que puedo imaginarte girando los círculos concéntricos y riéndote ? Teo-doro -regalo de los dioses- Miciano Becerra, ¿quién eras? Como tus círculos yo giro para buscar quién eras y te encuentro en otras voces lejanas, en palabras que llegan por correo como ramalazos alegres de mi sangre española: los Miciano Becerra. Andalucía gira en círculos amarillos contra la luz profunda de los olivos y se refleja, espesa, en las paredes encaladas que lindan con los ríos. A lo lejos alguien canta. Es mi abuela Miciano: Carmen, carminis, tercera imparisílabo, diría don Pedro Becerra en sus años de profesor de latín y de griego como lo digo yo una punta de años más tarde y kilómetros de agua de por medio. Mi abuela Carmen se refriega las manos en su delantal blanco y canta. Después me cuenta historias que siempre transcurren en Jerez que tiene el cielo más azul que tú hayas visto. Se sienta en su máquina y cose un vestido celeste para mi muñeca rubia. Mi padre tiene los ojos claros y cuando sale al escenario se hace llamar Teodoro Miciano en los programas. A veces los confundo. ¡Cuánto te necesito todavía, Teodoro, todavía! Cosas de tío abuelo. Cosas de padre.

miércoles, 9 de enero de 2008

Elena Pezzoni

La recuerdo vagamente. No puedo rememorar su rostro, pero sí su peinado tenso y recogido en un rodete rubio en la nuca. Era cálida y, creo, de voz pausada. La recuerdo portando siempre montañas de papeles y de libros. En 1975 tenía una forma particular y moderna de enseñar literatura: nunca seguimos una línea cronológica; con ella los textos eran una red que se tejía de uno a otro, de otro a uno. En sus clases leí por primera vez el Quijote y la Celestina y aprendí de memoria, a los 16, el "Llanto por Ignacio Sánchez Mejía". Mi memoria la mezcla y la confunde con doña Celina Sabor de Cortazar que habitó mis años de estudiante, cuando yo deambulaba, imperceptible, por los claustros tenebrosos de la Facultad de Filosofía y Letras. Ambas tenían la misma calma, idéntica clase de afecto distante y cálido. Ambas me dieron cartas de puño y letra que decidieron mi destino. Con ellas fui feliz como yo ya lo era con los libros. Me enseñaron que enseñar literatura no es una profesión sino la forma en que nos canta el alma.


PD: 18:21 horas. Hace un rato la busqué en la guía y la llamé por teléfono. Se acordaba de mi nombre -la generosidad después de 33 años sigue siendo una de sus virtudes- y me contó que ella y Celina trabajaron por primera vez en un colegio secundario en Villa Luro y que habían cometido juntas una picardía de profesoras jóvenes: demorar a un muchacho muy buen mozo en un examen para tenerlo un rato más junto a ellas. Por quince minutos tuve 16 otra vez y me sentí agradecida.

Lo que no pudo Franco

a Olga Becerra Vila
a Martha Miciano
a Cristina Duclós Miciano
a Gabriela Miciano
a Jaime Germá Besó

La guerra del 36 como un profundo navajazo nos partió, el océano lo había hecho algunos años antes y el tiempo terminó de hacer lo necesario para instaurar el olvido. Pero yo, de pequeña, copiaba poemas de Miguel Hernández en unos cuadernos de tapa azul y amaba a Federico y su llanto. Mi abuela cantaba saetas mientras freía rosquillas e intentaba que yo aprendiera a usar las castañuelas. Después todos murieron y Cádiz no fue un puerto sino tan solo un nombre con reminiscencias históricas. La vida continuó. Leí a Góngora, a Cervantes, al dulce Garcilaso, la Celestina. Viajé a España como quien recorre el mapa de un pasado que, de alguna forma, es el mío. Quise ser una judía expulsada en Toledo y una mora en la puerta de Elvira en Granada, pero fui solo Julieta Pinasco. Y un día la historia comenzó a mostrar los hilos que quedaron colgando: un hilo verde que se llama Olga y es una prima que ríe, allá, en Jerez donde había vivido y sufrido por la guerra la familia; otro es amarillo y se llama Martha, más tarde uno con gotas de pintura y acento madrileño que es Cristina, luego una prima del Palomar, Gabriela y, finalmente, un sobrino y ahijado de Teodoro que es Jaime. Franco no pudo, la historia siempre deja hilos sueltos y la memoria los busca para volver anudarlos y trenzar con ellos el tejido de ese otro relato que siempre está porque estamos volviendo, porque, aunque los hechos digan lo contrario, no pasaron.

Los hijos de mi hermano

Son gotas de mi sangre.
Gotas llenas de lentejuelas de colores que giran en el sol.
Gotas que tintinean en el viento caliente de la tarde.
Gotas que se estremecen debajo de la piel que se besa.
Gotas que me recuerdan cómo era ser madre.
Gotas que cantan, que gritan, que lloran.
Gotas que se apoyan sobre el pecho y se duermen al calor de la siesta veraniega.
Gotas que humedecen mi alma reseca de ternuras.
Gotas que aprendo y bebo como si me bebiera a mí misma de niña.
El cuerpo es un enorme corazón que va latiendo
y se abraza ante el río que nos separa como un desgarro.
Los hijos de mi hermano recuperan un trozo de pasado
y lo atan con globos en el cielo transparente del futuro.
Son hijos sin cuestiones,
que están,
que dan sólo alegría sin pesares,
que parten y una llora lágrimas de pena
y sueña con el próximo encuentro en que serán unos meses más grandes.
Los hijos de mi hermano son la familia que yo tengo,
son gotas de mi sangre que me anidan
entre los huesos
junto a las manos
bajo los besos.
Son gotas de mi sangre.

jueves, 3 de enero de 2008

Calor

Después del calor, húmedo y ardiente, ha caído la lluvia mojando cada hoja en un afán por refrescar la tierra que se bebió, ávida, las gotas. Toda la noche, el agua cayó lavando el mundo y concediéndole la momentánea frescura del descanso anhelado. Torrentes de líquido caídos desde el cielo que, en el silencio de la mañana, permanecían retenidos en la red de las enredaderas adosadas a los muros caleados. Y ahora el sol sube violento por el cielo y el agua que aún perdura en los charcos y las veredas hierve lenta agregándole vapor al sucesivo suplicio que nos aguarda.
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